Project Gutenberg's El paraiso de las mujeres, by Vicente Blasco Ibanez This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included with this eBook or online at www.gutenberg.net Title: El paraiso de las mujeres Novela Author: Vicente Blasco Ibanez Release Date: January 24, 2004 [EBook #10822] Language: Spanish Character set encoding: ISO Latin-1 *** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL PARAISO DE LAS MUJERES *** Produced by Stan Goodman, Virginia Paque and PG Distributed Proofreaders EL PARAISO DE LAS MUJERES VICENTE BLASCO IBANEZ EL PARAISO DE LAS MUJERES (NOVELA) Copyright 1922. AL LECTOR Considero necesario dar una explicacion sobre el origen de este libro. Una casa editorial cinematografica de los Estados Unidos me pidio hace un ano una novela para convertirla en _film_, recomendandome que fuese muy "interesante" y se despegase por completo de los convencionalismos y rutinas que hasta ahora vienen observandose en las historias presentadas por medio del cinematografo. Yo admiro el arte cinematografico--llamado con razon el "septimo arte"--, por ser un producto legitimo y noble de nuestra epoca. Como todo progreso, ha encontrado numerosos enemigos, que fingen despreciarlo; especialmente entre los escritores faltos de las condiciones necesarias para servir a este arte, aunque lo deseasen. La llamada Republica de las Letras es un estado conservador y misogeno, que se subleva instintivamente ante toda novedad y la repele con sarcasmos que cree aristocraticos. Cuando se invento la imprenta, una gran parte de los literatos de entonces tambien la consideraron como algo populachero y ordinario, que nunca podria gustar a los espiritus escogidos. Fue preciso el transcurso de algunas decenas de anos para que todos se convenciesen de que el libro impreso, aunque menos hermoso que el codice escrito a mano y con letras capitulares artisticamente iluminadas, servia mejor a la difusion de las ideas y al mejoramiento intelectual de la humanidad. Dentro de un siglo las gentes se asombraran tal vez al enterarse de que hubo escritores que presenciaron el nacimiento de la cinematografia y no hicieron caso de ella, apreciandola como una diversion pueril y frivola, buena unicamente para el vulgo ignorante. Conozco todas las objeciones contra el cinematografo y su creciente difusion. Son las mismas que todavia a estas horas formulan algunas devotas, en el fondo de las provincias, contra la novela y contra el teatro, creyendolos la perdicion de la humanidad y la causa de todas las inmoralidades existentes. Si la cinematografia no hubiese de dar en el curso de su desarrollo otras cosas que el sainete grotesco e inverosimil que hace reir con payasadas de _clown_, o las historias de ladrones y detectives, yo abominaria de ella, como lo hacen muchos. Pero el nuevo arte esta todavia en los primeros vagidos de su infancia; no tiene mas alla de veinticinco anos de existencia--que equivalen a veinticinco minutos en la historia de un invento util--, y nadie sabe hasta donde pueden llegar el desarrollo de su juventud y el esplendor de su madurez. Tambien la novela dio en distintos periodos de su vida una floracion de libros que tuvieron por heroes a bandidos "simpaticos" o tenebrosos y a policias "providenciales", y a nadie se le ocurre decretar por ello la supresion de dicho genero literario. Al lado de la novela psicologica y de observacion directa existira siempre la novela de folletin. Y lo mismo puede decirse del teatro. Juntos con el drama y la comedia, atraeran siempre a una gran parte del publico el melodrama espeluznante o la farsa grotesca. La cinematografia no iba a librarse de esta division impuesta por los dos gustos diversos y antiteticos que se reparten la gran masa del publico. Como ocurre en la infancia de todo arte, el primer producto del cinematografo ha sido el melodrama terrorifico y la farsa que hace reir hasta desquijararse, generos que con mas rapidez atraen a las multitudes. Pero ahora, despues de dos docenas de anos de existencia, los que nos preocupamos del desarrollo cinematografico vamos viendo como se afina el gusto del publico en las naciones mas instruidas y como al lado de las historias para reir y las tragedias detectivescas surgen las primeras manifestaciones de la verdadera novela cinematografica, con caracteres extraidos de la realidad, observaciones psicologicas y una fabula que mantiene despierto al mismo tiempo el interes del espectador. Yo creo proximo el nacimiento de muchas novelas cinematograficas que seran al mismo tiempo grandes obras literarias. Pero estas novelas resultan de mas dificil produccion que una novela en forma de libro, ya que en ellas no es posible lo que en la jerigonza literaria llamamos el "relleno". * * * * * La cinematografia no es el teatro mudo, como creen muchos; es una novela expresada por medio de imagenes y frases cortas. El teatro tiene convencionalismos de lugar y de tiempo, impuestos por los breves limites de un escenario, y de los cuales no puede librarse. En cambio, la accion de la novela no reconoce limites; es infinita, como la del cinematografo, y puede componerse de tres o cuatro historias diversas, que se desarrollan a la vez, y al final vienen a confundirse en una sola; puede tener por escenario los lugares mas diversos de nuestro planeta. Una obra teatral llegara, cuando mas, hasta siete actos y cambiara sus decoraciones quince o veinte veces: pero le es imposible ir mas alla. Una novela, lo mismo que una historia cinematografica, puede disponer de tantos escenarios como capitulos, tener por fondo los mas diversos paisajes y por actores verdaderas muchedumbres. Repito que el "septimo arte" es novela y no teatro, y tal vez por esto todas las obras teatrales celebres que fueron trasladadas al cinematografo pasaron inadvertidas, mientras las novelas famosas, al ser filmadas, obtuvieron grandes exitos, agrandandose el interes de su fabula con la plasticidad de los personajes que el lector solo habia podido imaginarse vagamente a traves de las lineas impresas. Hoy empieza a aumentar considerablemente en todas las naciones el numero de los novelistas que nos preocupamos del arte cinematografico. La multiplicidad de los idiomas con que expresan los hombres su pensamiento representa para el artista literario un obstaculo que no conocen el pintor, el escultor, ni el musico. Es cierto que los traductores se encargan de salvar este obstaculo; pero por grande que sea su pericia y la conciencia con que realicen su trabajo, iresulta siempre tan diversa la novela traducida de la novela original, y se pierden tantas cosas en el traslado de una a otra!... En cambio, la expresion cinematografica puedo proporcionar a la novela la universalidad de un cuadro, de una estatua o de una sinfonia. Los rotulos del _film_ y la necesidad de traducirlos representan poca cosa en esta clase de obras. Lo importante es la imagen vivida, la accion interpretada por seres humanos, valiendose del gesto, que ignora el estrecho molde de las silabas. Gracias a este nuevo medio de expresion, el novelista que por su nacimiento pertenece a un pais determinado puede tener por patria intelectual la tierra entera y ponerse en comunicacion con los hombres de todos los colores y todas las lenguas, hasta con los que viven en los limites de un salvajismo recien abandonado. Por medio del "septimo arte", un autor puede en la misma noche contar su historia imaginada a los publicos de Nueva York, Londres y Paris, a las muchedumbres cosmopolitas de los grandes puertos del Pacifico a los arabes que llegan a caballo al aduar del desierto donde funciona el modesto aparato del cinematografista errante, a los marineros que invernan en una isla del Oceano Glacial y entretienen sus noches interminables con el relato mudo de las novelas luminosas. Yo puedo decir que una de mis mayores satisfacciones literarias la tuve hace dos anos, estando en California, al conversar con un japones que habia viajado por toda Asia. Este hombre me hablo de una de mis novelas, contandome su "argumento" del principio al desenlace para convencerme de que la conocia bien. No la habia leido, por no estar traducida aun al idioma de su pais, y pensaba comprar la version inglesa. Pero la habia "visto" en un cinema de Pekin. * * * * * Ademas hay que hacer una confesion. La novela esta en crisis actualmente en todas las naciones. El siglo XIX fue el siglo de la musica y de la novela. Resulta tan enorme la produccion novelesca de los ultimos cien anos y tan diversas las actividades de sus novelistas, que autores y publico viven ahora como desorientados. Es casi imposible encontrar un camino virgen de huellas. Cuando el novelista cree seguir un sendero completamente inexplorado, se entera a los pocos pasos de que otros avanzaron por el mismo sitio antes que el. Todos los resortes de la maquinaria novelesca parecen flojos y mortecinos de tanto funcionar; todas las situaciones emocionantes, todos los caracteres salientes, todos los tipos de humanidad, estan casi agotados. La originalidad novelesca va siendo cada vez mas ilusoria. Por eso sin duda, muchos autores violentan la serena sencillez de su idioma, obligandole a producir una florescencia atormentada, de invernaculo, y hacen de ello su mayor merito. Buscan ocultar de tal modo, bajo la frondosidad forzada del lenguaje, la anemica pobreza de la historia que cuentan. Los novelistas se agitan infructuosamente en busca de novedad; el publico exige igualmente novedad; pero la novela actual, cuando pretende en Francia y otros paises ser verdaderamente nueva, no tiene nada de novela, y aburre al lector.... Y en esta crisis, que es universal, nadie columbra la solucion. Yo no afirmo que el cinematografo sea un remedio unico y decisivo; reconozco ademas como indiscutible que la novela impresa sera siempre superior a la novela expresada por el gesto, pues esta ultima no puede disponer con la misma amplitud que la otra de la sugestion inmaterial del "estilo"; pero creo que si los novelistas empiezan a intervenir directamente en el desarrollo del "septimo arte", monopolizado hasta hace poco por personas sin competencia literaria, su esfuerzo servira cuando menos para reanimar la novela, comunicandola una segunda juventud y haciendo mas extensos sus dominios actuales. Sin embargo, no a todos los paises les es facil adaptarse con exito al nuevo medio de expresion literaria. La cinematografia depende del desarrollo industrial de un pais y de su riqueza. El libro tambien necesita sujetarse a la influencia de estos dos factores; pero un editor de novelas impresas puede establecerse en cualquier parte donde existan imprentas y almacenes de papel, y le bastan unos cuantos miles de pesetas para publicar sus primeros volumenes. Las casas editoriales de cinematografia necesitan capitales de millones y crear por su propia cuenta inmensos talleres. Ademas, les es indispensable tener a sus espaldas la grandeza de una de esas naciones que son primeras potencias industriales, para encontrar con facilidad energias electricas gigantescas, fabricas capaces de producir nuevas maquinarias: en una palabra, para disponer de poderosos aliados y servidores. Por este motivo, el mas enorme de los pueblos americanos es y sera siempre el primer productor cinematografico de la tierra. Francia, que invento la cinematografia, figura actualmente como una simple importadora de _films_ facturados desde Nueva York. El cinematografo ocupa en los Estados Unidos el quinto lugar entre los productos nacionales. Avanza a continuacion del acero, el trigo y otros articulos indispensables para la vida. Hay en aquella Republica veinticinco mil salas de cinematografo, algunas de ellas con lugar para mas de seis mil espectadores. En los miles de ciudades donde viven agrupados sus ciento veinte millones de habitantes, los teatros se mantienen en una situacion estacionaria, mientras los cinemas son cada vez mas numerosos. De una obra cinematografica americana que obtiene exito en el mundo entero llegan a venderse por termino medio doscientas copias. Es lo que se llama, en lenguaje de libreria, "una mediana tirada". De estas copias Francia compra tres o cuatro para "pasarlas" en sus diversos cinemas; Espana tres; Italia tres o dos, etc. La Gran Bretana, que es la mayor compradora de Europa, adquiere once o quince para la metropoli y sus colonias. En total: de las doscientas copias, los Estados Unidos consumen ellos solos ciento veinte, y las ochenta restantes son para los demas pueblos de la tierra. Asi se comprende que los cinematografistas americanos, sin salir de su pais, puedan cubrir todos sus gastos, que son inauditos, y realizar ganancias. El producto del resto del mundo es para ellos a modo de una propina. Despues de saber esto, reconocera el lector que el cinematografo solo puede ser americano, y que la suprema aspiracion de todo novelista que desee triunfos en el "septimo arte" consiste en abrirse paso alla ... si es que puede, pues la empresa no resulta facil. * * * * * Pero volvamos a la explicacion del origen de este libro. Como mi novela _Los cuatro jinetes del Apocalipsis_ ha sido convertida en _film_--mas extenso y costoso de todos los que se conocen hasta el presente, y el cual obtiene en los Estados Unidos un exito que durara anos--, recibi de Nueva York, como ya he dicho, el encargo de escribir un relato novelesco que pudiera servir para una obra cinematografica de "interes y novedad". Asi produje EL PARAISO DE LAS MUJERES. Esta historia fantastica, que se despega por completo de mis novelas anteriores, no ha nacido verdaderamente ahora, pues data de los tiempos de mi infancia. Desde que lei, siendo nino, los _Viajes de Gulliver_, el recuerdo de Liliput y sus pequenos habitantes se fijo para siempre en mi memoria. Muchas veces me pregunte, en aquellos anos ya remotos: "?Que habra ocurrido en Liliput despues que se marcho el heroe de Swift?..." Y me entretenia imaginando a mi modo los diversos episodios de la historia contemporanea de los pigmeos. Ahora, en la madurez de mi vida, he intentado otra vez rehacer la historia moderna de Liliput, pero como puede realizarlo la fantasia de un hombre, menos optimista y generosa que la de un nino. Esto de imaginarse una humanidad mas pequena que la nuestra, con nuestros mismos defectos y preocupaciones, como si fuese contemplada a traves de un microscopio, es algo que halaga la vanidad de los hombres, y por lo mismo resulta tan antiguo como su existencia. Swift, el humoristico dean irlandes, fue el creador de Gulliver y del reino de Liliput; pero cien anos antes, Rabelais, que indudablemente le sirvio de modelo, habia descrito con no menor humor las costumbres de enanos y gigantes. Tengo la certeza de que en todas las literaturas antiguas fueron muchos los relatos sobre paises de pigmeos y paises de colosos. ?Que pueblo no conto historias de gnomos minusculos, de vida misteriosa, y gigantes que para contemplar a uno de nuestra especie necesitan colocarlo sobre la palma de una mano?... Voltaire se inspiro en Swift para crear su _Micromegas_, y seria muy largo el relato de todos los novelistas y cuentistas que imitaron mas o menos directamente este genero de fantasias. Yo escribi la presente novela creyendo que unicamente iba a servir para la produccion de una cinta cinematografica, y jamas apareceria en forma de libro. En realidad, la casa editorial de Nueva York no me pidio una novela, sino lo que llaman en lenguaje cinematografico un "escenario", un relato escueto y de pura accion, para que sirva de guia al director de escena, a los encargados de las tramoyas y a los actores que interpretan los personajes. Pero excitado por la novedad del trabajo y a impulsos tambien de mis habitos de novelista, empece a escribir y a escribir, sin darme cuenta de que en vez de un "escenario" producia una novela, y en veintiuna tardes termine EL PARAISO DE LAS MUJERES. Nunca he trabajado tan aprisa y con tanto fervor. Creo que si me pusiera ahora a hacer una copia del presente libro emplearia mas tiempo. Repito que jamas pense que mi novela cinematografica pudiera convertirse en volumen impreso; y mi sorpresa fue grande al ver que el "escenario" era un libro al que algunos pretendian encontrar cierta intencion filosofica y politica. Hasta en los Estados Unidos--pais donde las mujeres ejercen una enorme y legitima influencia--creen algunos, equivocadamente, que mi novela es a modo de una satira del feminismo norteamericano. Como EL PARAISO DE LAS MUJERES ha sido traducida ya a varios idiomas, me decido a publicarla igualmente en espanol, aunque no pensase en ello cuando la escribi. Sera una obra mas dentro del marco de la novela espanola, la cual desde hace algunos anos no peca ciertamente por exceso de variedad. Los mas de los novelistas marchan en fila india, uno tras otro, y solo de tarde en tarde se les ocurre saltar un poco fuera del sendero. Mientras tanto, en los otros paises la novela procura renovarse y los autores cambian con frecuencia su manera de ver la vida y de expresar sus impresiones, para que no los "encasille" el publico, adivinando de antemano lo que pueden decir. Ademas, la novela es un genero de variedad infinita, y alli donde todos los novelistas describen lo mismo, con un lenguaje semejante, la novela corre peligro de muerte. Tal vez el presente libro sea considerado por muchos como una "equivocacion" al compararlo con mis anteriores obras; pero yo prefiero equivocarme yendo en busca de novedad, a conseguir aciertos faciles, que muchas veces no son mas que simples repeticiones de triunfos anteriores. De todos modos, me anima la esperanza de que este relato ligero tal vez resulte mas entretenido para el lector que muchas novelas de moda reciente, en las que se emplean trescientas paginas solo para preparar el encuentro a puerta cerrada de dos personas de distinto sexo, llegando asi a la escena "culminante" de la obra, que es simplemente una escena de "libro verde", escrita con las precauciones necesarias para bordear el Codigo y que el volumen pueda exponerse sin peligro en los escaparates de las librerias. Del _film_ que dio origen a esta novela dire que aun esta por nacer. Segun parece, fui amontonando en el tales dificultades do ejecucion, que los ingenieros norteamericanos que inventan nuevas "magias" para esta clase de obras todavia estan haciendo estudios y no han podido encontrar el modo de que aparezcan en el lienzo luminoso, a un mismo tiempo y sin trampa visible, la enormidad del Gentleman-Montana y la bulliciosa pequenez de las muchedumbres que pueblan la Ciudad-Paraiso de las Mujeres. VICENTE BLASCO IBANEZ Villa Fontana Rosa Menton (Alpes Maritimos) Febrero 1922 EL PARAISO DE LAS MUJERES * * * * * Frente a la Tierra de Van Diemen Edwin Gillespie, joven ingeniero de Nueva York, llevaba varias semanas de navegacion a bordo de uno de los paquebotes ingleses que hacen la carrera entre San Francisco y Australia. Nunca habia conocido un viaje tan triste. Recordaba con dulce nostalgia su navegacion de tres anos antes, desde los Estados Unidos a las costas de Francia, cuando era oficial del ejercito americano e iba a guerrear contra los alemanes. Aquella travesia resultaba peligrosa; reinaba a bordo una continua vigilancia por miedo a los submarinos y a las minas flotantes; pero Gillespie tenia entonces como inseparables companeros la alegria de una juventud ansiosa de aventuras y el entusiasmo del que va a exponer su vida por un ideal generoso. Ahora llevaba como invisibles camaradas de viaje la desesperacion y el aburrimiento, y cuando conseguia huir de uno, caia en los brazos del otro. Se habia embarcado apresuradamente, creyendo encontrar la fortuna lejos de los Estados Unidos; pero se sentia cada vez mas triste asi como iba alejandose de su tierra natal. Era el amor el que le habia aconsejado esta resolucion desesperada. A su vuelta de la gran guerra habia visto el mundo transfigurado. Todo le parecia mas hermoso; las cosas adoptaban nuevas formas; el aire cantaba junto a sus oidos, agitado por las vibraciones de una sinfonia interminable. Y todo esto era porque acababa de conocer a miss Margaret Haynes, una persona primaveral, cuyos diez y nueve anos, alegres y graciosos, se desbordaban en risas, palabras musicales y gestos encantadores. Gillespie olvido de golpe todo su pasado al hablar con esta adorable criatura. Creyo que su vida anterior habia sido un ensueno. Recordaba con esfuerzo, como si fuesen palidas visiones, su ida a Europa; los combates junto a Saint-Mihiel, de los que salio herido; la ceremonia guerrera durante la cual a el y a otros companeros les colocaron sobre el pecho la roja cinta de la Legion de Honor. Para Edwin Gillespie la unica realidad era miss Margaret, y los dias que no la veia, aunque solo fuese por unos momentos, se imaginaba que el cielo era otro y que se desarrollaban en su inmensidad tremendos cataclismos de los que no podian enterarse los demas mortales. Toda una primavera se encontraron en los tes de los hoteles elegantes de Nueva York. Despues, durante el verano, siguieron conversando y bailando en las playas del Atlantico mas de moda. Miss Margaret era la hija unica del difunto Archibaldo Haynes, que habia reunido una fortuna considerable trabajando con exito en diversos negocios. La sonriente _miss_ iba a heredar algun dia varios millones; y esto no representaba para ella ningun impedimento en sus simpatias por Gillespie, buen mozo, heroe de la guerra y excelente bailarin, pero que aun no contaba con una posicion social. El ingeniero se tuvo durante medio ano por el hombre mas dichoso de su pais. Miss Haynes fue la que se encargo de envalentonar su timidez con prometedoras sonrisas y palabras tiernas. En realidad, Edwin no supo con certeza si fue el quien se atrevio a declarar su amor, o fue ella la que con suavidad le impulso a decir lo que llevaba muchos meses en su pensamiento, sin encontrar palabras para darle forma. Margaret acepto su amor, fueron novios, y desde este momento, que debia haber sido para Gillespie el de mayor felicidad, empezo a tropezar con obstaculos. Seguro ya del carino de la hija, tuvo que pensar en la madre, que hasta entonces solo habia merecido su atencion como una dama de aspecto imponente, muy digna de respeto, pero que siempre se mantenia en ultimo termino, cual si desease ignorar la existencia del ingeniero. Mistress Augusta Haynes era una senora de gran estatura y no menos corpulencia, breve y autoritaria en sus palabras, y que contemplaba el deslizamiento de la vida a traves de sus lentes, apreciando las personas y las cosas con la fijeza altiva del miope. Dotada de un meticuloso genio administrativo, sabia mantener integra la fortuna de su difunto esposo y acrecentarla con lentas y oportunas especulaciones. Amaba a su hija unica, tanto como detestaba a la juventud actual por su caracter frivolo y su inmoderada aficion al baile. En las reuniones buscaba siempre a las personas graves, lamentandose con ellas de la ligereza y la corrupcion de los tiempos presentes. Se habia fijado en la asiduidad con que el ingeniero seguia a su hija, en su aficion a bailar juntos y en sus conversaciones aparte. Ademas, tenia noticias de varios encuentros, demasiado casuales, en los paseos de la ciudad. Como si su instinto le avisase la certeza de un amor que hasta entonces solo habia sospechado, mistress Augusta Haynes, al llegar el invierno, decidio pasarlo lejos de Nueva York, y fue a instalarse con su hija en un lujoso hotel de Pasadena. Creyo, sin duda, con egoista ilusion, que un hombre que habia ido de America a Europa para hacer la guerra era incapaz de trasladarse igualmente de Nueva York a California detras de su amada; pero pronto pudo convencerse de su error. Una semana despues, al bajar por la manana al parque del hotel, vio a Margaret jugando al _tennis_ con un _gentleman_ de pantalon blanco, brazos arremangados y camisa de cuello abierto: el ingeniero Gillespie. Miss Haynes, que habia hecho el viaje malhumorada y nerviosa, sonreia ahora como si viese revolotear escuadrillas de angeles por encima de los naranjos californianos. En cambio, la madre recobro su gesto inquisitorial, acogiendo con helada cortesia las grandes demostraciones de afecto del ingeniero. --Ha sido para mi una agradable sorpresa--dijo el joven--. Yo no sabia que estaban ustedes aqui.... Y por debajo de la naricita sonrosada de miss Margaret revoloteaba una sonrisa que parecia burlarse de tales palabras. Desde entonces, la majestuosa viuda empezo a pensar en lo urgente que era librarse de este aspirante a la dignidad de yerno suyo. La gallardia fisica del buen mozo, su aventura militar, que tanto entusiasmaba a las jovenes, y sus destrezas de danzarin, eran para la senora Haynes otros tantos titulos de incapacidad. Ella apreciaba en los hombres cualidades mas positivas. ?A cuanto ascendia su fortuna? ?Que es lo que habia hecho hasta entonces de serio en su existencia?... Era ingeniero; pero esto no representaba mas que un simple diploma universitario. Habia prestado sus servicios en unas cuantas fabricas, ganando lo preciso para vivir, y cuando llegaba el momento de la guerra, en vez de quedarse en America para trabajar en un gran centro industrial e inventar algo que le hiciese rico, preferia ser soldado, debiendo solo a un capricho de la suerte el no quedar tendido para siempre sobre la tierra de Europa. Su marido habia sido otro hombre, y ella deseaba para Margaret un esposo igual, con una concepcion practica de la existencia, y que supiese aumentar los millones de la conyuge aportando nuevos millones producto de su trabajo. La viuda no ahorro medios para hacer ver al ingeniero su hostilidad. Evitaba ostensiblemente el invitarlo a sus fiestas; fingia no conocerle; estorbaba con frecuentes astucias que su hija pudiera encontrarse con el. Miss Margaret se mostraba triste cuando de tarde en tarde conseguia hablar con Edwin, lejos de la agresividad de su madre y de la animadversion de todas las familias amigas, igualmente hostiles a el. Un dia, Gillespie, con un esfuerzo supremo de su voluntad y mas conmovido que cuando avanzaba en Francia contra las trincheras alemanas, visito a la majestuosa viuda para manifestarle que Margaret y el se amaban y que solicitaba su mano. Aun se estremecia en el buque al recordar el tono glacial y cortante con que le habia contestado la senora. Su hija era heredera de una respetable fortuna, y bien merecia que su esposo aportase, cuando menos, otro tanto a la asociacion matrimonial. --Ademas--dijo la viuda--, yo deseo un yerno que sea persona seria y trabaje con provecho. Nunca me han gustado los hombres que pasan el tiempo sonando despiertos, leyendo libros o escribiendo cosas que nada producen. Gillespie tuvo que reconocer que la viuda estaba bien enterada de su existencia; tal vez por la indiscrecion de un amigo infiel, tal vez por las informaciones de algun detective particular. En realidad, este ingeniero era algo dado al ensueno, gustaba mucho de la lectura, y en sus cajones, junto con los planos y los calculos de su profesion, guardaba varios cuadernos de versos. Margaret le amaba; pero el amor de una senorita de buena familia y excelente educacion, acostumbrada a las comodidades que proporciona una gran fortuna, debe tener sus limites forzosamente. No iba ella a abandonar a su madre y a renir con todas las familias amigas para casarse con un novio pobre, dedicado por completo a su amor e ignorante del camino que debia seguir en el presente momento. Estas resoluciones desesperadas solo se ven en las novelas. Tenia ademas cierta confianza en el porvenir y consideraba oportuno dejar pasar el tiempo. Su madre tal vez cediese al ver que transcurrian los anos sin que ella amase a otro hombre. Edwin podia estar seguro de su fidelidad. Mientras tanto, la Fortuna tal vez se fijase de pronto en Gillespie, como se habia fijado en mister Haynes. Acostumbrada a ver en los salones de su casa a muchos hombres que habian empezado su carrera siendo pobres y ahora eran millonarios, se imagino que esta era inevitablemente la historia de todos los humanos y que a Edwin le llegaria su turno. Pero la madre velaba, y corto con una energica resolucion esta rebeldia mansa. La senora y la senorita Haynes desaparecieron de su hotel. El ingeniero, despues de disimuladas averiguaciones entre las familias amigas de ellas residentes en Pasadena y en Los Angeles, llego a saber que se habian trasladado a San Francisco. Fue alla, y consiguio una tarde hablar con Margaret en el Gran Parque, cuando paseaba con su maestra de espanol. La entrevista resulto grata para el joven, porque le dio la seguridad de que Margaret le amaba siempre; mas no por eso saco de ella un resultado positivo. Miss Haynes era una buena hija y no se declararia nunca en rebelion contra su madre. Pero como en sus afectos solo podia mandar ella, juro a Edwin que le esperaria un ano, dos, tres, todos los que fuesen necesarios, hasta que el encontrase una situacion verdaderamente lucrativa o un medio indiscutible de hacer fortuna. Con esto era seguro que la madre cejaria en su resistencia. El ingeniero juro tambien con el entusiasmo de una juventud energica. El conseguiria esta fortuna. Ignoraba completamente, al formular su juramento, de que modo puede obtenerse la riqueza; pero una nueva voluntad, mas fuerte que la que hasta entonces le habia guiado en la vida, empezaba a despertar en su interior. --iAdios, Margaret! Antes de un ano sere rico, y nos casaremos.... Luego, al verse solo, sin la dulce embriaguez que parecia invadirle cuando estaba al lado de su novia, volvio a contemplar la realidad tal como era, hostil y repelente. ?Como puede un hombre ganar unos cuantos millones en un ano cuando los necesita para casarse con la mujer que ama?... Quiso ver otra vez a Margaret, para que su voluntad adquiriese nuevas fuerzas, pero no pudo encontrarla. La viuda de Haynes, que sin duda habia tenido noticias de esta entrevista por la profesora de espanol, se marcho de San Francisco con su hija, y esta vez Edwin no pudo averiguar nada acerca de su paradero. Le era preciso, despues de esto, tomar una resolucion. Su vida en Los Angeles, siguiendo los pasos de una muchacha millonaria, habia disminuido considerablemente los contados miles de dolares que representaban todo su capital. Necesitaba lanzarse cuanto antes a un nuevo trabajo para no verse en la indigencia. Creyo, como todos, que la fortuna unicamente puede esperarnos en un lugar de la tierra muy apartado de aquel en que nacimos, casi en los antipodas, y por eso acepto con verdadera fe los informes de un amigo que le aconsejaba ir a Australia, ofreciendole para alla varias cartas de recomendacion. Gillespie acabo embarcandose con rumbo a Melbourne, pero antes escribio a una amiga de Margaret para que esta conociese su resolucion y el lugar de la tierra adonde le encaminaba su nueva aventura. La larga navegacion fue muy triste para el. La soledad voluntaria en que se mantuvo entre los pasajeros sirvio para excitar sus recuerdos dolorosos. Durante la primera escala en Honolulu tuvo la esperanza, sin saber por que, de recibir un cablegrama de Margaret animandole a perseverar en su resolucion. Pero no recibio nada. Luego vino la interminable travesia hasta Nueva Zelandia, siguiendo la curva de mas de una mitad del globo terraqueo, a traves de los numerosos archipielagos esparcidos en el Pacifico. En Auckland tampoco le salio al encuentro ningun cablegrama. Varias familias de Nueva Zelandia tomaron pasaje para ir a Sidney o a Melbourne. El joven americano evitaba toda amistad con los companeros de viaje. Preferia la melancolia de sus recuerdos, entregandose a ellos ya que no le era posible el placer de la lectura. Durante la larga travesia habia leido todos los volumenes que llevaba con el y los de la biblioteca del buque, que por cierto no eran nuevos ni abundantes. Una tarde, cuando el paquebote debia hallarse cerca de la antigua Tierra de Van Diemen, el ingeniero, que dormitaba tendido en un sillon del puente de paseo, vio un libro abandonado en el sillon inmediato. Le basto la primera ojeada para darse cuenta da que debia pertenecer a los ninos de una familia subida al buque en Nueva Zelandia. La cubierta del libro era en colores, y el dibujo de ella le hizo conocer su titulo antes de leerlo. Vio un hombre con sombrero de tres picos y casaca de largos faldones, que tenia las piernas abiertas como el coloso de Rodas y las manos apoyadas en las rotulas. Por entre las dos columnas de sus pantorrillas desfilaba, a pie y a caballo, llevando tambores al frente y banderas desplegadas, todo un ejercito de enanos tocados con turbantes y plumeros, a estilo oriental. --Las _Aventuras de Gulliver_--murmuro el ingeniero--. El gracioso libro de Swift ... iCuanto tiempo hace que no he leido esto!... iQue feliz era yo en los anos que podia interesarme tal lectura!... Y Gillespie, tomando el volumen, lo abrio con una curiosidad risuena y algo desdenosa. Primeramente fue mirando las distintas laminas; despues empezo la lectura de sus paginas, escogidas al azar, dispuesto a abandonarla, pero retardando el momento a causa de su curiosidad, cada vez mas excitada. Al fin acabo por entregarse sin resistencia al interes de un libro que resucitaba en su memoria remotas emociones. Pero esta lectura, empezada contra su voluntad, fue interrumpida violentamente. Temblo el piso de la cubierta bajo sus pies. Todo el buque se estremecio de proa a popa, como un organismo herido en mitad de su carrera, que se detiene y acaba por retroceder a impulsos del golpe recibido. El ingeniero vio elevarse sobre la proa un gran abanico de humo negro y amarillento atravesado por muchos objetos obscuros que se esparcian en semicirculo. Esta cortina densa tomo un color de sangre al cubrir el horizonte enrojecido por la puesta del sol. Sono una explosion inmensa, ensordecedora, y despues se hizo un profundo silencio en la dulce serenidad de la tarde, como si el infinito del mar y el horizonte hubiesen absorbido hasta la ultima vibracion del atronador desgarramiento. Pero el silencio fue corto. A continuacion, todo el buque parecio cubrirse de aullidos de dolor, de gritos de sorpresa, de carreras de gentes enloquecidas por el panico, de ordenes energicas. Por las dos chimeneas del paquebote se escaparon torrentes mugidores de humo negro, al mismo tiempo que debajo de la cubierta empezaba un jadeo ruidoso, igual al estertor de un gigante moribundo. A partir de este momento, el ingeniero creyo haber caido en un mundo irreal, en una vida distinta de la ordinaria. Los hechos se sucedieron con una rapidez desconcertante. Se vio hablando con un oficial que corria a lo largo de la cubierta dando gritos a los marineros para que echasen los botes al agua. --Hemos tocado con la proa una mina flotante--dijo contestando a las preguntas de Gillespie--. Y si no es una mina, sera un torpedo abandonado por alguno de los corsarios alemanes que navegaron en el Pacifico. Respondio el ingeniero con un gesto de incredulidad. ?Como podian las corrientes oceanicas arrastrar una mina flotante hasta Australia?... ?Por que raro capricho de la suerte iban ellos a chocar con un torpedo abandonado por un corsario en la inmensidad del Pacifico?... Oyo que le hablaban; pero esta vez era un pasajero con el que solo habia cambiado algunos saludos durante el viaje. --No creo en la mina ni en el torpedo--dijo este hombre--. Deben haber embarcado dinamita en Nueva Zelandia o alguna otra materia explosiva. Lo cierto es que nos vamos a pique irremediablemente. Gillespie se dio cuenta de que este pasajero decia verdad. El buque empezaba a hundir su proa y a levantar la popa lentamente. Las olas invadian ya la parte delantera del buque, llevandose los objetos rotos por la explosion y los cadaveres despedazados. Los tripulantes echaban los botes al agua. Los oficiales, ayudados por algunos pasajeros, todos con su revolver en la diestra, iban reglamentando el embarco de la gente. Las mujeres y los ninos ocupaban con preferencia las grandes balleneras; luego embarcaban los hombres por orden de edad. Se abstuvo Gillespie de unirse a los grupos que esperaban sobre la cubierta el momento de huir del buque. Sabia que el, por su juventud y su vigor, debia ser de los ultimos. Un tranquilo fatalismo guiaba ahora sus acciones. La muerte se le aparecia como algo dulce y triste que podia solucionar todas las contrariedades de su existencia. Automaticamente se metio en su camarote, tomando muchos objetos de un modo instintivo, sin que su razon pudiese definir por que hacia esto. Al volver a la cubierta, ya no vio a los grupos de pasajeros. Todos estaban en los botes. Solo quedaban algunos tripulantes, y el mismo oficial que le habia hablado corria ahora de una borda a otra, dando ordenes en el vacio. --?Que hace usted aqui?--le pregunto severamente--. Embarquese en seguida. El buque va a hundirse en unos minutos. Asi era. La proa habia desaparecido enteramente; las olas barrian ya la mitad de la cubierta; el interior del paquebote callaba ahora con un silencio mortal. Las maquinas estaban inundadas. Un humo denso y frio, de hoguera apagada, salia por sus chimeneas. Gillespie tuvo que subir a gatas por la cubierta en pendiente, lo mismo que por una montana, hasta llegar a un sitio designado por el oficial, del que colgaba una cuerda. Se deslizo a lo largo de ella con una agilidad de deportista acostumbrado a las suertes gimnasticas, hasta que tuvo debajo de sus plantas el movedizo suelo de madera de un bote. Unos pies golpearon su cabeza, y tuvo que sentarse para dejar sitio al oficial, que descendia detras de el. El bote no era gran cosa como embarcacion. Lo habian despreciado, sin duda, los demas tripulantes y pasajeros que llenaban varias balleneras vagabundas sobre la superficie azul. Todas estas embarcaciones se alejaban a vela o a remo del buque agonizante. Por fortuna, este bote, en el que podian tomar asiento hasta ocho personas, solo estaba ocupado por tres: Gillespie, el oficial y un marinero. El paquebote, acostandose en una ultima convulsion, desaparecio bajo el agua, lanzando antes varias explosiones, como ronquidos de agonia. La soledad oceanica parecio agrandarse despues del hundimiento de esta isla creada por los hombres. Las diversas embarcaciones, pequenas como moscas, se fueron perdiendo de vista unas de otras en la penumbra vagorosa del crepusculo. El mar, que visto desde lo alto del buque solo estaba rizado por suaves ondulaciones, era ahora una interminable sucesion de montanas enormes de angustioso descenso y de sombrios valles, en los que el bote parecia que iba a quedarse inmovil, sin fuerzas para emprender la ascension de la nueva cumbre que venia a su encuentro. Los tres hombres remaron varias horas. Luego la fatiga pudo mas que su voluntad, y acabaron tendiendose en el fondo de la embarcacion. La lobreguez de la noche abatio sus energias. ?Para que seguir remando a traves de las sombras, sin saber adonde iban? Era mejor esperar la luz de la manana, economizando sus fuerzas. Acabo Gillespie por dormirse con ese sueno pesado y profundo, de una densidad animal, que solo conocen los hombres cuando estan en visperas de un peligro de muerte. Le parecio que este sueno y la misma noche solo habian durado unos minutos. Una impresion caustica en la cara y en las manos le hizo despertar. Era la caricia del sol naciente. El bote se agitaba con movimientos mas suaves que en la noche anterior. El cielo no tenia sobre sus ojos una nube que lo empanase; todo el estaba impregnado de oro solar. Las aguas se extendian mas alla de las bordas del bote, formando una llanura de azul profundo y mate que parecia beber la luz. Se incorporo, y al tender su vista de un extremo a otro de la embarcacion, no pudo retener un grito de sorpresa. Se llevo una mano a los ojos, restregandoselos para ver mejor. Estaba solo. II Noche de misterios y despertar asombroso No pudo comprender la desaparicion de sus companeros. Es mas: presintio que este misterio no lo aclararia nunca. Tal vez se habian precipitado sin quererlo en el mar, al hacer una maniobra de la que el no se dio cuenta durante su sueno. Luego penso que, al encontrarse en el curso de la noche con alguna de las grandes balleneras procedentes del paquebote, el oficial y el marinero habian querido pasar a ella por considerarla mas segura, abandonando a Edwin a su suerte para no cargar a la repleta embarcacion con un pasajero mas. El joven olvido pronto esta felonia. Necesitaba trabajar para salir de su angustiosa situacion. Durante algunas horas remo y remo, siguiendo el rumbo que le aconsejaba su instinto. Se habia sentido en muchas ocasiones orgulloso de su vigor corporal, pero jamas sus fuerzas se mostraron tan poderosas e incansables como en la presente aventura. De vez en cuando se ponia de pie, esparciendo su vista por todo el circulo del horizonte, sin distinguir la mas pequena embarcacion. Los fugitivos del naufragio estaban ya muy lejos, o los habia tragado el mar durante la noche. A mediodia descanso para comer. En el bote habia abundantes provisiones, asi como numerosos y diversos objetos en disparatado amontonamiento. Era una suerte que sus companeros no hubiesen pensado en llevarse tantas cosas preciosas. Algunas horas despues, Edwin presintio la proximidad de la tierra. El mar tranquilo, sin mas alteracion que algunas leves ondulaciones, mugia sordamente en el horizonte, formando una linea de espumas. Debia ser una barrera de obstaculos submarinos, en torno a los cuales se revolvian las aguas, hirviendo en incesantes espumarajos. El ingeniero remo directamente hacia estos escollos, adivinando que eran las crestas de invisibles murallas formadas por el coral. Mas alla existirian tal vez tierras firmes. Avanzo con precaucion a traves de las aguas alborotadas, sufriendo violentas sacudidas sobre tres lineas de olas, que casi le hicieron zozobrar. Pero una vez pasado tal obstaculo, se vio en un inmenso y tranquilo circo de agua. En todo lo que abarcaba su vista, el mar ofrecia la tersura de un lago, teniendo por orla la linea de rompientes, y por el lado opuesto, una sucesion de tierras bajas que debian ser islas. Edwin siguio bogando. Varias veces hundio un remo verticalmente en el agua con la esperanza de tocar fondo. No pudo conseguirlo; pero adivino que su bote se deslizaba sobre una extension acuatica que solo tenia algunos metros de profundidad. Media hora despues, al volver a hundir el remo, creyo tocar una roca; pero siguio avanzando mucho tiempo, sin que la quilla del bote rozase ningun obstaculo. Empezaba a ocultarse el sol cuando llego cerca de tierra, y fue siguiendo su contorno a unos cincuenta metros de distancia. Iba en busca de una bahia pequena o de la desembocadura de un riachuelo para poder desembarcar, conservando su bote. Como empezaba a anochecer, acelero su exploracion antes de que se extinguiese por completo la incierta luz del crepusculo. Vio que la costa avanzaba formando un pequeno cabo y que, en torno de su punta, las aguas se mantenian tranquilas, con una pesadez que denunciaba cierta profundidad. Llego a tocar con la proa esta tierra, relativamente alta entre las tierras inmediatas. Apoyando sus manos en el reborde de la orilla, dio un salto y quedo de pie sobre el reducido promontorio. Lo primero que penso fue buscar una piedra, un arbol, algo donde atar la cuerda del bote, que sostenia con su diestra. Tuvo miedo de que durante la noche la resaca se llevase mar adentro esta embarcacion, que representaba su unica esperanza. Buscando en la penumbra, dio con un grupo de arbustos vigorosos cuyas ramas llegaban a la altura de su cabeza. Fijandose en ellos, pudo ver que tenian la forma de arboles altisimos, contrastando su aspecto con su relativa pequenez. Pero no creyo oportuno perder el tiempo en la contemplacion de este fenomeno vegetal, y se limito a pasar la cuerda en derredor de tres de los arboles enanos, dejando sujeto de este modo su bote para que no se alejase de la costa. Despues siguio adelante por el promontorio, metiendose tierra adentro. La noche habia cerrado ya completamente, y Gillespie tuvo que desistir a la media hora de continuar esta marcha sin rumbo determinado. No se veia una luz ni el menor vestigio de habitacion humana. Tampoco llego a descubrir la existencia de animales bajo la maleza, en la que se hundia a veces hasta la cintura. Quiso volver atras, convencido de la inutilidad de su exploracion. Preferia pasar la noche en el bote, por ofrecerle mayores comodidades para su sueno que esta tierra desconocida. Pero al poco tiempo de marchar en varias direcciones se dio cuenta de que estaba completamente desorientado. Aquel mar tranquilo como una laguna, sin rompientes y sin olas, no podia guiarle con el ruido de sus aguas al chocar contra la orilla. Un silencio absoluto envolvio a Edwin. La profunda calma de la noche solamente se turbaba con el crujido de los arbustos, que tenian forma de arboles. Sus ramas, al partirse bajo sus pies, lanzaban chasquidos de madera vigorosa. Al salir a una llanura abierta en la selva enana, se sento en el suelo, admirando la suavidad del cesped. Lo mismo era pasar alli la noche que en la embarcacion. No hacia frio, y ademas el estaba abrumado por el cansancio y por las tremendas emociones sufridas en el mar. Comio varias galletas y un pedazo de chocolate encontrados en sus bolsillos y acabo por tenderse, reconociendo que este lecho algo duro no le privaria del sueno. Iba a dormirse, cuando noto algo extraordinario en torno de el. Adivinaba la proximidad invisible de pequenos animales de la noche, atraidos sin duda por la novedad de su presencia. Bajo los matorrales inmediatos sonaba un murmullo de vida comprimida y susurrante, igual a un revoloteo de insectos o un arrastre de reptiles. --Deben ser ratas--penso el ingeniero. Al extender, desperezandose, uno de sus brazos, dio contra los matorrales mas proximos, e inmediatamente sono bajo el ramaje un rumor medroso de fuga. Gillespie sonrio, satisfecho de no estar solo en esta tierra misteriosa. No se habia equivocado: eran ratas u otros roedores del bosque de arbustos. De nuevo empezaba a adormecerse, cuando un zumbido, que parecia sofocado voluntariamente, paso varias veces sobre su rostro. Al mismo tiempo le abanico las mejillas cierta brisa dulce, semejante a la que levantan unas alas agitandose con suavidad. --Algun murcielago--volvio a decirse. Sus ojos creyeron ver en la lobreguez algo mas obscuro aun que pasaba, flotando en el aire, por encima de su rostro. De este pajaro de la noche surgieron repentinamente dos puntos de luz, dos pequenos focos de intensa blancura, iguales a unos ojos hechos con diamantes. Un par de rayos sutiles pero intensisimos se pasearon a lo largo de su cuerpo, iluminandole desde la frente hasta la punta de los pies. El ingeniero, asombrado por el supuesto murcielago, levanto un brazo, abofeteando al vacio. Instantaneamente, el misterioso volador apago los rayos de sus ojos, alejandose con un chillido de velocidad forzada que le hizo perderse a lo lejos en unos cuantos segundos. Esta visita quito el sueno a Edwin, obligandole a sentarse sobre la pequena pradera que le servia de cama. Sus ojos pudieron ver entonces por encima de los matorrales varios puntos de luz que se movian con una evolucion ritmica, cambiando la intensidad y el color de sus resplandores. --Indudablemente son luciernagas--murmuro--; luciernagas de este pais, distintas a todas las que conozco. Las habia de una blancura ligeramente azul, como la de los mas ricos diamantes; otras eran de verde esmeralda, de topacio, de opalo, de zafiro. Parecia que sobre el terciopelo negro de la noche todas las piedras preciosas conocidas por los hombres se deslizasen como en una contradanza. Volaban formando parejas, y sus rayos, al cruzarse, se esparcian en distintas direcciones. Gillespie encontraba cada vez mas interesante este desfile aereo; pero de pronto, como si obedeciesen a una orden, todos los fulgores se extinguieron a un tiempo. En vano aguardo pacientemente. Parecia que los insectos luminosos se hubiesen enterado de su presencia al tocar con algunos de sus rayos la cabeza que surgia curiosa sobre los matorrales. Paso mucho tiempo sin que la obscuridad volviera a cortarse con la menor raya de luz, y Edwin sintio el desencanto de un publico cuando se convence de que es inutil esperar la continuacion de un espectaculo. Volvio a tenderse, buscando otra vez el sueno; pero, al descansar la cabeza en la hierba, oyo junto a sus orejas unos trotecillos medrosos y unos gritos de susto. Hasta sintio en su cogote el roce de varios animalejos que parecian haberse librado casualmente por unos milimetros de morir aplastados. --Voy a pasar la noche en numerosa compania--se dijo Edwin--. iY yo que me imaginaba esta tierra como un desierto!... Manana, indudablemente, presenciare cosas extraordinarias y podre explicarme los misterios de esta noche. iAhora, a dormir! Y como si hubiese perdido toda curiosidad, fue sumiendose en el sueno.... Pero antes de dormirse completamente sintio un pinchazo en una muneca, algo semejante a la mordedura de un colmillo unico, una incision que parecio llegar hasta el torrente de su sangre. Quiso mover el brazo en que habia recibido esta herida y no pudo. Una torpeza creciente se fue difundiendo por sus musculos y sus nervios, paralizando toda accion. Penso que tal vez habia serpientes bajo los matorrales y que acababa de recibir su mordedura venenosa. Fue a mover el otro brazo, y, en el momento que intentaba levantarlo del suelo, recibio una segunda picadura, igualmente paralizante. --Ya no hay remedio--se dijo--. Me han mordido las viboras. Y cayo vencido por el sueno, como si se esparciese por todo su cuerpo el sopor de un narcotico. Cuando desperto, tuvo inmediatamente la certidumbre de habar dormido muchas horas. El sol estaba alto, y al abrir los ojos se vio obligado a cerrarlos inmediatamente. Ladeo la cabeza, huyendo de la causticidad de su luz, y poco a poco fue entreabriendo el ojo mas inmediato a la tierra, mientras conservaba cerrado el otro. Al extenderse esta vision unica casi a ras del suelo, fue tal la sorpresa experimentada por el, que volvio por segunda vez a juntar sus parpados. Debia estar durmiendo aun. Lo que acababa de ver era una prueba de que se hallaba sumido todavia en el mundo incoherente de los ensuenos. Dejo transcurrir algun tiempo pura resucitar en su interior las facultades que son necesarias en la vida real. Despues de convencerse de que no dormia, de que se hallaba verdaderamente despierto, volvio a abrir sus parpados lentamente, y se estremecio con la mas grande de las sorpresas viendo que persistia el mismo espectaculo. Todo el lado de la pradera que llegaba a abarcar con su ojo abierto, asi como la linde de la masa de matorrales y la tierra que quedaba entre sus troncos, estaban ocupados por una muchedumbre de seres humanos, identicos en sus formas a los componentes de todas las muchedumbres. Pero lo que el creia matorrales eran arboles iguales a todos los arboles y formando un bosque que se perdia de vista. Lo verdaderamente extraordinario era la falta de proporcion, la absurda diferencia entre su propia persona y cuanto le rodeaba. Estos hombres, estos arboles, asi como los caballos en que iban montados algunos de aquellos, hacian recordar las personas y los paisajes cuando se examinan con unos gemelos puestos al reves, o sea colocando los ojos en las lentes gruesas, para ver la realidad a traves de las lentes pequenas. Gillespie abrio y cerro su ojo repetidas veces, y al fin tuvo que convencerse de que estaba rodeado de un mundo extraordinariamente reducido en sus dimensiones. Los hombres eran de una estatura entre cuatro o cinco pulgadas. Personas, animales y vegetales, partiendo reducido tipo minusculo, guardaban entre ellos las mismas proporciones que en el mundo de los hombres ordinarios. --iIgual que le ocurrio a Gulliver!--se dijo el ingeniero--. Debo estar sonando, a pesar de que me creo despierto. Y para convencerse de que no dormia, quiso mover su brazo derecho. Aun perduraba en el la torpeza sufrida en la noche anterior. Se acordo de las picaduras y de la paralisis que se habia extendido luego por sus miembros. Al principio, el brazo se nego a reflejar el impulso de su voluntad; pero finalmente consiguio despegarlo del suelo con un gran esfuerzo. Iba a continuar este movimiento, cuando noto que una fuerza exterior, violenta e irresistible, tiraba de su brazo hasta colocarlo horizontalmente, y lo mantenia de este modo en vigorosa tension. Al mismo tiempo sintio en su muneca un dolor circular, lo mismo que si un anillo frio oprimiese y cortase sus carnes. Una explosion de regocijo estallo en torno de la cabeza de Gillespie, un huracan de gritos, carcajadas y aclamaciones. La muchedumbre enana reia al verle con el brazo en alto, inmovilizado por el tiron de esta fuerza incomprensible para el. Abrio Edwin los dos ojos para mirar su brazo, erguido como una torre, fijandose en la muneca, donde continuaba el agudo anillo de dolor. Vio que de esta muneca salia un hilo sutil y brillante, que hacia recordar los filamentos al final de los cuales se balancean las aranas. Tambien al extremo de este hilo, que parecia metalico, habia una especie de arana enorme y susurrante. Pero no pendia del hilo, sino que, al contrario, flotaba en el espacio tirando de el. Era del tamano de un palomo, pero desarrollaba una fuerza impropia de su volumen, fuerza que mantenia el hilo de plata con la tension vibrante de una cuerda de piano, no permitiendo que el hombre contrajera su brazo. Edwin se fijo en que esta ave extraordinaria tenia las formas fantasticas de los dragones alados que imaginaron los escultores de la Edad Media al labrar los capiteles y gargolas de las catedrales. Su cuerpo estaba revestido de escamas metalicas y tenia en su parte delantera una cabeza de monstruo quimerico, con dos globos de faro a guisa de ojos. Sus alas eran a modo de cartilagos erizados de puas. Sobre el lomo del horripilante aeroplano, cuatro hombrecitos iguales a los que se movian en la pradera asomaban sus cabezas cubiertas con un casquete dorado, al que servia de remate una pluma larguisima. Montados en su maquina, que permanecia inmovil encima de los ojos de Gillespie, a unos tres metros de altura, estos aviadores acogieron con un regocijo pueril el gesto de asombro que puso el gigante al sentir el tiron que aprisionaba e inmovilizaba su brazo. Pero luego adivinaron en el prisionero una expresion de dolor. Sentia el hilo metalico hundido en su muneca como el filo de un cuchillo, y al mismo tiempo un fuerte dolor en la articulacion del hombro. Para evitar este tormento, los hombrecillos del aeroplano soltaron una cantidad de cable sutil, lo que permitio a Edwin descender su brazo hasta el suelo. Solo entonces se dio cuenta de que alrededor de la otra muneca, asi como en torno de sus tobillos, debia tener amarrados unos filamentos semejantes. Tendido de espaldas como estaba y mirando a lo alto, alcanzo a ver otros tres aeroplanos en forma de animales fantasticos, que se mantenian inmoviles al extremo de otros tantos hilos de plata, a una altura de pocos metros. Comprendio que todo movimiento que hiciese para levantarse daria por resultado un tiron doloroso semejante al que habia sufrido. Era un esclavo de los extranos habitantes de esta tierra, y debia esperar sus decisiones, sin permitirse ningun acto voluntario. Mientras permanecia inmovil fue examinando lo que le rodeaba. La muchedumbre era cada vez mas numerosa en torno de su cuerpo y en las profundidades del bosque. El zumbido de sus palabras y sus gritos iba en aumento. Se presentia la llegada incesante de nuevos grupos. Por entre los cuatro aeroplanos inmoviles al extremo de sus cables volaban otros completamente libres, que se complacian en pasar y repasar sobre la nariz del prisionero. Eran dragones rojos y verdes, serpientes de enroscada cola, peces de lomo redondo, todos con alas, con escamas de diversos colores y con ojos enormes. Gillespie adivino que eran las luciernagas que en la noche anterior lanzaban mangas de luz por sus faros, ahora extinguidos. Una de las naves aereas detuvo su vuelo para bajar en graciosa espiral, hasta inmovilizarse sobre el pecho del coloso. Asomaron entre sus alas rigidas los cuatro tripulantes, que reian y saltaban con un regocijo semejante al de las colegialas en las horas de asueto.... Al mismo tiempo otros monstruos de actividad terrestre se deslizaron por el suelo, cerca del cuerpo de Gillespie. Eran a modo de juguetes mecanicos como los que habia usado el siendo nino: leones, tigres, lagartos y aves de aspecto fatidico, con vistosos colores y ojos abultados. En el interior de estos automoviles iban sentadas otras personas diminutas, iguales a las que navegaban por el aire. Parecian venir de muy lejos, y la muchedumbre pedestre abria paso respetuosamente a sus vehiculos. Estos recien llegados tambien reian al ver al gigante, con un regocijo pueril, mostrando en sus gestos y sus carcajadas algo de femenino, que empezo a llamar la atencion de Gillespie. Iba ya transcurrida una hora, y el prisionero empezaba a encontrar penosa su inmovilidad, cuando se hizo un profundo silencio. Procurando no moverse, torcio a un lado y a otro sus ojos para examinar a la muchedumbre. Todos miraban en la misma direccion, y Gillespie se creyo autorizado para volver la cabeza en identico sentido. Entonces vio, como a dos metros de su rostro, un gran vehiculo que acababa de detenerse. Este automovil tenia la forma de una lechuza, y los faros que le servian de ojos, aunque apagados, brillaban con un resplandor de pupilas verdes. Dentro del vehiculo, un personaje rico en carnes estaba de pie, teniendo ante su boca el embudo de un portavoz. Al fin alguien iba a hablarle. Por esto sin duda acababa de hacerse un profundo silencio de curiosidad y de respeto en la muchedumbre. Sono la voz del abultado personaje, que era dulce y temblona como la de una dama sentimental, pero con el agrandamiento caricaturesco de la bocina. --Gentleman: queda usted autorizado para mover la cabeza, para levantarla, si es que puede, y para cambiar de postura con cierta suavidad, sin poner en peligro a la muchedumbre justamente curiosa que le rodea. En cuanto a mover los brazos o las piernas, le aconsejo una completa abstencion hasta nueva orden. Ya habra visto usted que su primer intento dio mal resultado. Le ruego que no insista. Da todas las sorpresas experimentadas por Gillespie desde que desperto, esta fue la mas estupenda. El exiguo personaje hablaba su mismo idioma, pero con un tono afectado, con un esfuerzo por conseguir la correccion, detallando las silabas, lo mismo que hablan ciertos profesores. --?Como sabe usted el ingles?--pregunto Edwin--. ?Donde ha podido aprenderlo?... Una risa aflautada del gordo personaje fue la primera respuesta. Luego parecio arrepentirse de su falta de correccion al contestar con risas a las preguntas, y dijo gravemente: --iOh, Gentleman-Montana!... iVa usted a encontrar en mi patria tantas cosas extraordinarias dignas de su asombro!... III De como Edwin Gillespie fue llevado a la capital de la Republica Hubo un largo silencio. El ingeniero, absorto por el caracter inverosimil de su aventura, no supo que decir. iEran tan numerosos los pensamientos que bullian en su cabeza y las preguntas que iba amontonando su curiosidad!... El personaje subido en la lechuza rodante interpreto este silencio como una muestra de timidez. --Puede usted hablar sin miedo, Gentleman-Montana. De todos los miles de seres que estan aqui presentes, los unicos que conocen el ingles somos usted y yo. Los demas solo hablan el idioma de nuestra raza.... Y para aplacar su curiosidad, le dire cuanto antes que el ingles es la lengua particular de nuestros sabios; algo semejante a lo que fue el latin, segun mis noticias, durante algunos siglos, en los paises habitados por los Hombres-Montanas. Yo soy el profesor de ingles en la Universidad Central de nuestra Republica. Edwin quedo silencioso ante esta revelacion. --Entonces, ?estoy verdaderamente en Liliput?--dijo al fin--. ?No es esto un sueno? La risa del profesor volvio a sonar con la misma vibracion femenil, considerablemente agrandada por el portavoz. --iOh, Liliput!--exclamo--. ?Quien se acuerda de ese nombre? Pertenece a la historia antigua; quedo olvidado para siempre. Si usted pudiese hablar nuestro idioma, preguntaria por Liliput a los miles de seres que nos escuchan en este momento sin entendernos, y ninguno comprenderia el significado de tal palabra. Nuestra tierra se ha transformado mucho. Callo un momento para reflexionar, y luego dijo con orgullo: --Antes eramos nosotros los que nos asombrabamos al recibir la visita de un Hombre-Montana. Ahora son los Hombres-Montanas los que deben asombrarse al visitar nuestro pais. Hemos hecho triunfar revoluciones que ellos seguramente no han intentado aun en su tierra. Gillespie sintio desviada su curiosidad por estas palabras del profesor. --Pero ?han venido aqui otros hombres despues de Gulliver? --Algunos--contesto el sabio--. Recuerde usted que la visita de ese Gulliver fue hace muchos anos, muchisimos, un espacio de tiempo que corresponde, segun creo, a lo que los Hombres-Montanas llaman dos siglos. Imaginese cuantos naufragios pueden haber ocurrido durante un periodo tan largo; cuantos habran venido a visitarnos forzosamente de esos hombres gigantescos que navegan en sus casas de madera mas alla de la muralla de rocas y espumas que levantaron nuestros dioses para librarnos de su groseria monstruosa.... Nuestras cronicas no son claras en este punto. Hablan de ciertas visitas de Hombres-Montanas que yo considero apocrifas. Pero con certeza puede decirse que llegaron a esta tierra unos catorce seres de tal clase en distintas epocas de nuestra historia. De esto hablaremos mas detenidamente, si el destino nos permite conversar en un sitio mejor y con menos prisa. El ultimo gigante que llego lo vi cuando estaba todavia en mi infancia; el unico que hemos conocido despues del triunfo de la Verdadera Revolucion. Era un hombre de manos callosas y piel con escamas de suciedad. Babia un liquido blanco y de hedor insufrible, guardado en una gran botella forrada de juncos. Este liquido ardiente parecia volverle loco. Nuestros sabios creen que era un simple esclavo de los que trabajan en los buques enormes de los mares sin limites. Como el tal liquido despertaba en el una demencia destructiva, mato a varios miles de los nuestros, nos causo otros danos, y tuvimos que suprimirle, encargandose nuestra Facultad de Quimica de disolver y volatilizar su cadaver para que tanta materia en putrefaccion no envenenase la atmosfera. Creo necesario hacerle saber que desde entonces decidimos suprimir todo Hombre-Montana que apareciese en nuestras costas. Gillespie, a pesar de la tranquilidad con que estaba dispuesto a aceptar todos los episodios de su aventura, se estremecio al oir las ultimas palabras. --Entonces, ?debo morir?--pregunto con franca inquietud. --No, usted es otra cosa--dijo el profesor--; usted es un gentleman, y su buen aspecto, asi como lo que llevamos inquirido acerca de su pasado, han sido la causa de que le perdonemos la vida ... por el momento. Las palabras del sabio le fueron revelando todo lo ocurrido en esta tierra extraordinaria desde el atardecer del dia anterior. Los escasos habitantes de la costa le habian visto aproximarse, poco antes de la puesta del sol, en su bote, mas enorme que los mayores navios del pais. La alarma habia sido dada al interior, llegando la noticia a los pocos minutos hasta la misma capital da la Republica. Los miembros del Consejo Ejecutivo habian acordado rapidamente la manera de recibir al visitante inoportuno, haciendole prisionero para suprimirlo a las pocas horas. Los aparatos voladores del ejercito salian a su encuentro una vez cerrada la noche. El Hombre-Montana pudo vagar a lo largo de la costa sin tropezarse con ningun habitante, porque todos los riberenos se habian metido tierra adentro por orden superior. Al verle tendido en el suelo, empezo el asedio de su persona. El manotazo a la primera maquina volante que le habia explorado con sus luces, asi como la curiosidad de Gillespie, que le permitio descubrir por encima del bosque todas las evoluciones de la flotilla luminosa, aconsejaron la necesidad de un ataque brusco y rapido. Dos sabios de laboratorio y su sequito de ayudantes, llegados de la capital en varios automoviles, se encargaron del golpe decisivo, pinchandole en las munecas y en los tobillos con las agudas lanzas de unas mangas de riego. Asi le inocularon el soporifico paralizante. --Es verdaderamente extraordinario--continuo el profesor--que haya conocido usted el nuevo sol que ve en estos instantes. Estaba acordado el matarle, mientras dormia, con una segunda inyeccion de veneno, cuyos efectos son muy rapidos. Pero los encargados del registro de su persona se apiadaron al enterarse de la categoria a que indudablemente pertenece usted en su pais. Le dire que yo tuve el honor de figurar entre ellos, y he contribuido, en la medida de mi influencia, a conseguir que las altas personalidades del Consejo Ejecutivo respeten su vida por el momento. Como la lengua de todos los Hombres-Montanas que vinieron aqui ha sido siempre el ingles, el gobierno considero necesario que yo abandonase la Universidad por unas horas para prestar el servicio de mi ciencia. Ha sido una verdadera fortuna para usted el que reconociesemos que es un gentleman. Gillespie no oculto su extraneza ante tan repetida afirmacion. --?Y como llegaron ustedes a conocer que soy un gentleman?--pregunto, sonriendo. --Si pudiera usted examinarse en este momento desde los bolsillos de sus pantalones al bolsillo superior de su chaqueta, se daria cuenta de que lo hemos sometido a un registro completo. Apenas se durmio usted bajo la influencia del narcotico, empezo esta operacion a la luz de los faros de nuestras maquinas volantes y rodantes. Despues, el registro lo hemos continuado a la luz del sol. Una maquina-grua ha ido extrayendo de sus bolsillos una porcion de objetos disparatados, cuyo uso pude yo adivinar gracias a mis estudios minuciosos de los antiguos libros, pero que es completamente ignorado por la masa general de las gentes. La grua hasta funciono sobre su corazon para sacar del bolsillo mas alto de su chaqueta un gran disco sujeto por una cadenilla a un orificio abierto en la tela; un disco de metal grosero, con una cara de una materia transparente muy inferior a nuestros cristales; maquina ruidosa y primitiva que sirve entre los Hombres-Montanas para marcar el paso del tiempo, y que haria reir por su rudeza a cualquier nino de nuestras escuelas. Tambien he registrado hasta hace unos momentos el enorme navio que le trajo a nuestras costas. He examinado todo lo que hay en el; he traducido los rotulos de las grandes torres de hoja de lata cerradas por todos lados, que, segun revela su etiqueta, guardan conservas animales y vegetales. Los encargados de hacer el inventario han podido adivinar que era usted un gentleman porque tiene la piel fina y limpia, aunque para nosotros siempre resulta horrible por sus manchas de diversos colores y los profundos agujeros de sus poros. Pero este detalle, para un sabio, carece de importancia. Tambien han conocido que es usted un gentleman porque no tiene las manos callosas y porque su olor a humanidad es menos fuerte que el de los otros Hombres-Montanas que nos visitaron, los cuales hacian irrespirable el aire por alli donde pasaban. Usted debe banarse todos los dias, ?no es cierto, gentleman?... Ademas, el pedazo de tela blanca, grande como una alfombra de salon, que lleva usted sobre el pecho, junto con el reloj, ha impregnado el ambiente de un olor de jardin. Se detuvo el profesor un instante para agregar con alguna malicia: --Y yo pude afirmar ademas, de un modo concluyente, que es usted un verdadero gentleman, porque he ordenado a dos de mis secretarios que volviesen las hojas de un libro mas grande que mi persona, con tapas de cuero negro, que nuestra grua saco de uno de sus bolsillos. He podido leer rapidamente algunas de dichas hojas. En la primera, nada interesante: nombres y fechas solamente; pero en otras he visto muchas lineas desiguales que representan un alto pensamiento poetico. Indudablemente, el Gentleman-Montana ha pasado por una universidad. En nuestro pais, solo un hombre de estudios puede hacer buenos versos. Los de usted, gigantesco gentleman, me permitira que le diga que son regulares nada mas y por ningun concepto extraordinarios. Se resienten de su origen: les falta delicadeza; son, en una palabra, versos de hombre, y bien sabido es que el hombre, condenado eternamente a la groseria y al egoismo por su propia naturaleza, puede dar muy poco de si en una materia tan delicada como es la poesia. Gillespie se mostro sorprendido por las ultimas palabras. Sus ojos, que hasta entonces habian vagado sobre la enana muchedumbre, atraidos por la diversa novedad del espectaculo, se concentraron en el profesor, teniendo que hacer un esfuerzo para distinguir todos los detalles de su minuscula persona. Llevaba en la cabeza un gorro cuadrangular con dorada borla, igual al de los doctores de las universidades inglesas y norteamericanas. El rostro carilleno y lampino estaba encuadrado por unas melenillas negras y cortas. Los ojos tenian el resguardo de unos cristales con armazon de concha. Cubrian el resto de su abultada persona una blusa negra apretada a la cintura por un cordon, que hacia mas visible la exagerada curva de sus caderas, y unos pantalones que, a pesar de ser anchos, resultaban tan ajustados como el mallon de una bailarina. --iPero usted es una mujer!--exclamo Gillespie, asombrado de su repentino descubrimiento. --?Y que otra cosa podia ser?--contesto ella--. ?Como no perteneciendo a mi sexo habria llegado a figurar entre los sabios de la Universidad Central, poseyendo los dificiles secretos de un idioma que solo conocen los privilegiados de la ciencia? Callo, para anadir poco despues con una voz languida, dejando a un lado la bocina: --?Y en que ha conocido usted que soy mujer? El ingeniero se contuvo cuando iba a contestar. Presintio que tal vez corria el peligro de crearse un enemigo implacable, y dijo evasivamente: --Lo he conocido en su aspecto. La sabia quedo reflexionando para comprender el verdadero sentido de tal respuesta. --iAh, si!--dijo al fin con cierta sequedad--. Lo ha conocido usted, sin duda, en mis abundancias corporales. Yo soy una persona seria, una persona de estudios, que no dispone de tiempo para hacer ejercicios gimnasticos, como las muchachas que pertenecen al ejercito. La ciencia es una diosa cruel con los que se dedican a su servicio. --Lo he conocido tambien--se apresuro a anadir Edwin--en la dulzura de su voz y en la hermosura de sus sentimientos, que tanto han contribuido a salvar mi vida. La profesora acogio estas palabras con una larga pausa, durante la cual sus anteojos de concha lanzaron un brillo amable que parecia acariciar al gigante. Pensaba, sin duda, que este hombre grosero y de aspecto monstruoso era capaz de decir cosas ingeniosas, como si perteneciese al sexo inteligente, o sea el femenino. Bajo los ojos y anadio con una expresion de tierna simpatia: --Por algo he encontrado tantas veces en sus versos la palabra Amor con una mayuscula mas grande que mi cabeza. Despues parecio sentir la necesidad de cambiar el curso de la conversacion, recobrando su altivo empaque de personaje universitario. Aunque ninguno de los presentes pudiera entenderla, temia haber dicho demasiado. --Usted se ira dando cuenta, Gentleman-Montana--continuo--, de que ha llegado a un pais diferente a todos los que conoce, una nacion de verdadera justicia, de verdadera libertad, donde cada uno ocupa el lugar que le corresponde, y la suprema direccion la posee el sexo que mas la merece por su inteligencia superior, desconocida y calumniada desde el principio del mundo.... Deje de mirarme a mi unos instantes y examine la muchedumbre que le rodea. Tiene usted permiso para moverse un poco; asi hara su estudio con mayor comodidad. Espere a que de mis ordenes. Y recobrando su portavoz, empezo a lanzar rugidos en un idioma del que no pudo entender el americano la menor silaba. La maquina volante que descansaba sobre su pecho levanto el vuelo, y los otros cuatro aeroplanos aflojaron los hilos metalicos sujetos a sus extremidades. La muchedumbre se arremolino, iniciando a continuacion un movimiento de retroceso. Gillespie vio que unos grupos de jinetes repelian al gentio para que se alejase. Otros soldados acababan de descender de varias maquinas rodantes que tenian la forma de un leon. Estos guerreros jovenes eran de aire gentil y graciosamente desenvueltos. Uno de ellos paso muy cerca de sus ojos, y entonces pudo descubrir que era una mujer, aunque mas joven y esbelta que la profesora de ingles. Los otros soldados tenian identico aspecto y tambien eran mujeres, lo mismo que los tripulantes de las maquinas voladoras. Sus cabelleras cortas y rizadas, como la de los pajes antiguos, estaban cubiertas con un casquete de metal amarillo semejante al oro. No llevaban, como los aviadores, una larga pluma en su vertice. El adorno de su capacete consistia en dos alas del mismo metal, y hacia recordar el casco mitologico de Mercurio. Todos estos soldados eran de aventajada estatura y sueltos movimientos. Se adivinaba en ellos una fuerza nerviosa, desarrollada por incesantes ejercicios. Paro, a pesar de su gimnastica esbeltez de efebos vigorosos, la blusa muy cenida al talle por el cinturon de la espada y los pantalones estrechamente ajustados delataban las suaves curvas de su sexo. Iban armados con lanzas, arcos y espadas, lo que hizo que Gillespie se formase una triste idea de los progresos de este pais, que tanto parecian enorgullecer a la profesora de ingles. El cordon de peones y jinetes empujo a la muchedumbre hasta los linderos del bosque, dejando completamente limpia la pradera. Entonces, la doctora, desde lo alto de su carro-lechuza, volvio a valerse del portavoz. --Gentleman Montana, puede usted incorporarse. El ingeniero se fue levantando sobre un codo, y este pequeno movimiento derribo varias escalas portatiles que aun estaban apoyadas en su cuerpo y habian servido para el registro efectuado horas antes. Tres enanos que vagaban sobre su vientre, explorando por ultima vez los bolsillos de su chaleco, cayeron de cabeza sobre la tupida hierba de la pradera y trotaron a continuacion dando chillidos como ratones. Sin dejar de huir se llevaban las manos a diferentes partes de sus cuerpos magullados, mientras una carcajada general del publico circulaba por los lindes de la selva. Al fin Gillespie quedo sentado, teniendo como vecinos mas inmediatos a la profesora y sus secretarios, que ocupaban el automovil-lechuza, y por otro lado a los tripulantes de las cuatro maquinas aereas, las cuales se movian dulcemente al extremo de sus hilos metalicos, flacidos y sin tension. En esta nueva postura Gillespie pudo ver mejor a la muchedumbre. Sus ojos se habian acostumbrado a distinguir los sexos de esta humanidad de dimensiones reducidas, completamente distinta a la del resto de la tierra. Los soldados; los personajes universitarios, mudos hasta entonces, pero que se habian ocupado en adormecerle y registrarle; los empleados, los obreros, todos los que se movian dando ordenes o trabajando en torno de el, llevaban pantalones y eran mujeres. Edwin vio que de un automovil en forma de clavel que acababa de llegar descendian unas figuras con largas tunicas blancas y velos en la cabeza. Eran las primeras hembras que encontraba semejantes a las de su pais. Debian pertenecer a alguna familia importante de la capital; tal vez era la esposa de un alto personaje acompanada de sus tres hijas. Concentro su mirada en el grupo para examinarlas bien, y noto que las tres senoritas, todas de apuesta estatura, asomaban bajo los blancos velos unas caras de facciones correctas pero energicas. Sus mejillas tenian el mismo tono azulado que la de los hombres que se rasuran diariamente. La madre, algo cuadrada a causa de la obesidad propia de los anos, prescindia de esta precaucion, y por debajo de la corona de flores que circundaba sus tocas dejaba asomar una barba abundante y dura. Un oficial de los del casquete alado corrio galantemente a proteger a las recien llegadas, con el interes que merece el sexo debil, y las tres senoritas acogieron con gesto ruboroso las atenciones del militar. Gillespie se dio cuenta de que la doctora seguia sus impresiones con ojos atentos, sonriendo de su asombro. --Ya le dijo, gentleman, que veria usted grandes cosas. No olvide que este es el pais de la Verdadera Revolucion. Todavia pudo hacer Edwin nuevas observaciones. Vio con estupefaccion entre el publico, repelido y mantenido a distancia por la fuerza armada, mujeres menos lujosas que la familia recien venida de la capital, pero igualmente con largas tunicas.... Y sin embargo parecian hombres a causa de sus barbas o de sus rostros azulados por el rasuramiento. En cambio, todos los individuos de aspecto civil que llevaban pantalones y mostraban ser trabajadores del campo, obreros de la ciudad o acaudalados burgueses, venidos para conocer al gigante, tenian el rostro lampino y las formas abultadas de la mujer. Encontro, sin embargo, algunas excepciones, que sirvieron para desorientarlo en sus juicios. Vio verdaderos hombres, cuyo aspecto vigoroso no se prestaba a equivocos, y que, sin embargo, marchaban sin el embarazo de las faldas. Estos hombres iban casi desnudos, al aire su fuerte musculatura, y sin mas vestimenta que un corto calzoncillo. Todos ellos mostraban la pasividad resignada, la fuerza brutal y sin iniciativa de las bestias de labor. Algunos acababan de desengancharse de pesadas carretas, de las cuales habian venido tirando hasta el lindero del bosque, y se limpiaban el sudoroso cuerpo. Otros lavaban y secaban los grandes aparatos que habian servido para la narcotizacion y el registro del gigante. Vio ademas Gillespie que la mayor parte de los jinetes que mantenian en respeto a la muchedumbre eran hombres igualmente; hombres enormes y barbudos, con una expresion de estupidez disciplinada, de brutalidad automatica, reveladora de su situacion inferior. A pesar de que iban armados con grandes cimitarras, su traje era una tunica igual a la de las mujeres. Todos ellos parecian simples soldados. Varias muchachas de belica elegancia, llevando sobre sus cortas melenas el casquete alado, hacian caracolear sus caballos entre las de estos guerreros inferiores, dandoles ordenes con un laconismo de jefes. La doctora volvio a interrumpir las reflexiones del prisionero. --Antes de que emprendamos la marcha a la capital, creo oportuno que tome usted un ligero refrigerio. Mi gusto hubiese sido prepararle un desayuno al estilo de nuestro pais, pero no hemos tenido tiempo para ello, pues, como lo dije, su vida estaba en peligro, y nadie piensa en dar de almorzar a un muerto. Podia haber hecho traer algunas de las latas de conserva que guarda usted en su embarcacion, pero esta se halla ya muy lejos. La noticia hizo perder su calma al gigante.... iVerse privado de un bote que representaba la unica probabilidad de volver al mundo de sus semejantes!... --Poco despues de la salida del sol--continuo la traductora--se han encargado de remolcarlo hasta el puerto de la capital los navios de nuestra escuadra del Sol Naciente. Gillespie necesito mostrar su mal humor con palabras ofensivas. --?Y que navios son esos?... ?Como unos barquitos iguales a juguetes, con solo la fuerza de sus velas, van a poder remolcar mi bote, dentro del cual cabe amontonada toda esa escuadra del Sol Naciente?... --Gentleman--dijo la profesora con sequedad--, nuestros buques no tienen velas; eso fue en tiempos remotos. Nuestros navios navegan a voluntad sobre el agua y por debajo del agua. La misma energia que mueve nuestras maquinas terrestres y aereas agita las colas de ellos con igual fuerza que las de los peces mas veloces.... De su tamano no creo necesario hablar. El tamano no significa nada. Nosotros hemos llegado a poseer navios mas grandes que el que le trajo a usted, y los suprimimos por inhabiles para defenderse. Hubo un largo silencio despues de las palabras poco cordiales cruzadas entre los dos. Pero la doctora no parecia tenaz en sus rencores y siguio hablando: --He tenido que improvisar un ligero desayuno con lo que encontre mas a mano. Perdone usted su frugalidad y su monotonia. Cuando estemos en la capital (si es que los altos senores del Consejo Ejecutivo quieren concederle la vida a perpetuidad, o sea hasta que perezca usted de muerte ordinaria), estoy seguro de que comera mejor. Sin separarse el portavoz de la boca, empezo a rugir otra vez una serie de palabras desconocidas, que despertaron gran actividad en los linderos del bosque. Un grupo de aquellos hombres bestiales y semidesnudos, fuerzas ciegas y sometidas como los constructores de las Piramides faraonicas, avanzo por la pradera tirando de un enorme cilindro vertical. Era una bomba rematada por un largo piston. Esta bomba la acababan de limpiar los vigorosos siervos, pues habia servido durante la noche para inyectar al gigante su dosis de narcotico. Poco despues empezaron a salir de la selva rebanos de vacas bien cuidadas, gordas y lustrosas. Parecian enormes junto a los hombrecillos que las guiaban, pero no tenian en realidad para Gillespie mayor tamano que una rata vieja. A los pocos momentos eran centenares; al final llenaron la mayor parte de la pradera, siendo mas de mil. Numerosos enanos, que por sus trajes parecian hombres de campo y en realidad eran mujeres, silbaron y agitaron sus cayados para ordenar y agrupar a estos animales. --Es todo lo que hemos podido reunir--dijo la profesora--. El _Comite de recibimiento del Hombre-Montana,_ nombrado anoche por el gobierno, no ha tenido tiempo para preparar mejor las cosas. Sin embargo, en pocas horas nuestras maquinas terrestres y aereas han llegado a requisar todas las vacas existentes en un radio de diez millas, como diria usted. Y ahora, gentleman, vuelva a tenderse; adopte su primera postura para tomar un poco de leche. Pero Gillespie estaba pensativo desde mucho antes. Se dispuso a obedecer la orden y luego se detuvo para mirar con una expresion interrogante a la universitaria. --Una palabra nada mas, y en seguida me tiendo. La doctora le hizo ver con un gesto que estaba dispuesta a escucharle. El americano mostro con un dedo los automoviles que le rodeaban, despues las maquinas aereas inmoviles en el espacio, y finalmente las esbeltas muchachas del casquete alado, armadas con lanzas, arcos y sables. --No comprendo, profesora.... --Llameme profesor--interrumpio la dama universitaria--. Profesor Flimnap. --Esta bien--continuo el americano--. Digo, profesor Flimnap, que no puedo comprender todas esas armas primitivas al lado de tanta maquina terrestre y aerea, que me parecen perfectas, y de esa escuadra del Sol Naciente de que me ha hablado antes. El doctor hembra sonrio con superioridad. --Ya le dije que los Hombres-Montanas deben asombrarse cuando nos visitan, asi como nosotros nos asombrabamos al verles en otros tiempos. Hay cosas que no comprendera usted nunca si no le damos una explicacion preliminar. Y esta explicacion solo la recibira usted si los altos senores del Consejo Ejecutivo quieren que viva. En cuanto a la desproporcion entre nuestras armas y nuestras maquinas, no debe usted preocuparse de ella. Vivimos organizados como queremos, como a nosotros nos conviene. El joven no quiso mostrarse vencido por el aire de superioridad con que fueron dichas tales palabras, y anadio: --Entre los objetos que han sacado de mis bolsillos habra visto usted seguramente una maquina de hierro formada por un tubo largo y un cilindro con otros seis tubos mas pequenos, dentro de los cuales hay lo que llamamos una capsula, que se compone de una porcion de substancia explosiva y un pedazo de acero conico. Tengan mucho cuidado al mover la tal maquina, porque es capaz de hacer volar a uno de los navios de su escuadra del Sol Naciente. Con varias maquinas de la misma clase ustedes serian mucho mas fuertes que lo son ahora. La universitaria abandono el portavoz para reir con una serie da carcajadas que le hicieron llevarse las manos a las dos curvas superpuestas de su pecho y de su abdomen. --iCuantas palabras--dijo al extinguirse su risa--, cuantas palabras para describirme un revolver! iPero si yo conozco eso tan bien como usted!... Las gentes que hoy han visto el suyo (los cargadores y los marineros) seguramente que no saben lo que es; pero para nosotros, las personas estudiosas, esa maquina del tubo grande y de los seis tubos con sus capsulas explosivas resulta una verdadera antigualla. Ademas, la consideramos repugnante e indigna de todo recuerdo. No intente, gentleman, deslumbrarnos con sus descubrimientos. Aqui sabemos mas que usted. Prescinda da nuevas observaciones y acuestese prontito a tomar su leche. El americano tuvo que obedecer, avergonzado de su derrota. Las vacas, en fila incesante, subian y bajaban por una dobla rampa situada junto a la bomba. Cuando estaban en lo alto, al lado da la boca del receptaculo, los siervos forzudos las ordenaban rapidamente con un aparato, arrojando la leche en el interior del enorme vaso de metal. Varios hombres tomaron el doble balancin del piston para subirlo y bajarlo, impeliendo el liquido del interior. Mientras tanto, otros de los siervos desnudos desarrollaban los flexibles anillos de una manga de riego ajustada a la bomba. --Abra usted la boca, Gentleman-Montana--ordeno el profesor hembra. Gillespie obedecio, e inmediatamente le introdujeron entre los labios una barra de metal ampliamente perforada, de la que surgia un chorro de leche mas grueso que el brazo musculoso de cualquiera de aquellos atletas. Gillespie bebio durante mucho tiempo este hilillo de liquido dulzon, algo mas claro que la leche de otros paises. --?Quiere usted mas?--pregunto la traductora--. No tema ser importuno. Nuestros agentes continuan en este momento su requisa de vacas por todos los distritos inmediatos. Pero el gigante se mostraba ahito del amamantamiento por manga de riego, e hizo un gesto negativo. Volvio a rugir el portavoz dando ordenes, y huyeron las vacas hacia la selva, perseguidas por los gritos, las pedradas y los garrotes en alto de sus conductores. Desaparecio igualmente la maquina que habia servido el desayuno, y los siervos atletas empezaron a trabajar en torno del cuerpo de Gillespie. En un momento le libraron de las ligaduras que sujetaban sus munecas y sus tobillos. Al desliarse el enroscamiento de los hilos metalicos, las maquinas voladoras tiraron de estos cables sutiles, haciendolos desaparecer. Pero no por esto se alejaron. Las cuatro permanecieron inmoviles en el mismo lugar del espacio, como si esperasen ordenes. --Gentleman--volvio a decir Flimnap--, ha llegado el momento mas dificil para mi. Vamos a partir para la capital, y necesito recordarle que la continuacion de su existencia no es aun cosa segura. Falta saber que opinion formaran de usted las altas personalidades del Consejo Ejecutivo. Pero yo tengo cierta confianza, porque el corazon justo y fuerte de las mujeres es siempre piadoso con la debilidad y la ignorancia del hombre. Ademas, cuento con la buena impresion que producira su aspecto. "Usted es muy feo, gentleman; usted es simplemente horrible. Su piel, vista por nuestros ojos, aparece llena de grietas, de hoyos y de sinuosidades. Como usted no ha podido afeitarse en dos o tres dias, unas canas negras, redondas y agujereadas empiezan a asomar por los poros de su piel, creciendo con la misma rigidez que el hierro. Pero si le miran a usted con una lente de disminucion, si le ven empequenecido hasta el punto de que se borren tales detalles, reconozco que tiene usted un aspecto simpatico y hasta se parece a algunas de las esposas de las altas personalidades que nos gobiernan. Yo pienso llegar a la capital mucho antes que usted, para rogar al Consejo Ejecutivo que le mire con lentes de tal clase. Asi, su juicio sera verdaderamente justo.... "Y ahora, perdoneme lo que voy a anadir. Yo no figuro en el gobierno; no soy mas que un modesto profesor de Universidad. Si de mi dependiese, le llevaria hasta la capital sin precaucion alguna, como un amigo. Pero el gobierno no le conoce a usted y guarda un mal recuerdo de la groseria de los Hombres-Montanas que nos visitaron en otros tiempos. Teme que se le ocurra durante el camino derribar alguna casa de un puntapie o aplastar a las muchas personas que acudiran a verle. Puede usted perder la paciencia; la curiosidad del publico es siempre molesta; hay hombres que rien con la ligereza y la verbosidad propias de su sexo frivolo; hay ninos que arrojan piedras, a pesar de la buena educacion que se les da en las escuelas. El sexo masculino es asi. Por mas que se pretenda afinarle, conserva siempre un fondo originario de groseria y de inconsciencia. En fin, gentleman, tenemos orden de llevarle atado hasta nuestra capital, pero marchando por sus propios pies. "Nada de fabricar una enorme carreta y de amarrarle sobre ella, siendo arrastrado por centenares de caballos. Esto resultaria interminable y haria durar su viaje varios dias. Ademas, es indigno de nuestro progreso, a pesar de que usted nos cree barbaros porque hemos querido olvidar la existencia de la polvora. En tres horas llegaremos a la capital. Usted podra marchar a grandes pasos, sin salirse del camino, y le escoltaran a gran velocidad nuestras maquinas terrestres y voladoras. Pero como nuestros gobernantes no le conocen y temen una humorada como las de aquel Hombre-Montana que se enloquecia bebiendo un liquido caustico, sera usted sometido a las siguientes precauciones: "Una maquina voladora ira delante, despues de haber enroscado un cable a su cuello. Otra volara detras, con su cable amarrado a las dos manos de usted cruzadas sobre la espalda. Puede avanzar sin miedo. Los tripulantes de nuestros voladores conservaran siempre flojos estos lazos metalicos. Pero por si usted intentase (lo que no espero) alguna travesura, le advierto que los guerreros del aire tienen orden de dar un tiron inmediatamente con toda la fuerza de sus maquinas, y que los tales cables metalicos cortan lo mismo que una navaja de afeitar.... Y ahora, gentleman, pongase de pie con cierta precaucion, para no causar graves danos en torno de su persona. Debemos separarnos por unas horas; yo marcho delante. Ademas, la comunicacion va a quedar interrumpida entre nosotros desde el momento que usted recobra la posicion vertical, aislandose en su grandeza inutil. El ingeniero quiso protestar, algo ofendido por las precauciones a que se le sometia. --Ni una palabra mas--insistio el doctor--. Le advierto que anoche casi demolio usted en la obscuridad una de nuestras maquinas voladoras al dar un zarpazo en el aire. Falto poco para que cayese al suelo desde una altura enorme, matandose sus tripulantes. Despues de esto, reconocera que nuestro gobierno obra prudentemente al no tratarle con una confianza ciega. Se aparto el vehiculo-lechuza, sin que por esto la traductora, dejase de dar ordenes a traves de su bocina. Gillespie, despues de convencerse de que no quedaban cerca de el personas ni animales a los que pudiera aplastar, empezo a incorporarse. Sus piernas, tras una inmovilidad de tantas horas, estaban entumecidas y se resistian a obedecerla. Al fin se puso de pie despues de largas vacilaciones, y al recobrar su posicion vertical, los arboles mas altos quedaron a la altura de su pecho. Todo su busto sobrepasaba la centenaria vegetacion, y la muchedumbre de enanos, casi invisible bajo el ramaje, saludo con un largo rugido la cabeza del gigante al surgir esta por encima del bosque. Podian apreciar ahora la grandeza del Hombre-Montana mejor que cuando le veian tendido en el suelo. Los tripulantes de las maquinas voladoras se unieron a esta ovacion haciendo evolucionar sus quimericas bestias en torno del rostro de Gillespie. Pasaban tan cerca, que este tuvo que echar atras su cabeza por dos veces, temiendo que le cortase la nariz una de aquellas alas escamosas con sus puntas agudas como cuchillos. Las muchachas del casquete dorado y larga pluma saludaban con risas los movimientos inquietos del gigante. Pero una orden venida de abajo acabo con estos juegos, restableciendo el silencio. Todavia la traductora rugio su ultima orden, antes de partir. --Gentleman-Montana, ilas manos atras! Gillespie lo hizo asi, y, apenas hubo cruzado sus manos sobre la espalda, sintio en torno de las munecas algo que parecia vivo y se enrollaba con una prontitud inteligente. Era el cable metalico de la maquina que iba a volar detras de el. Al mismo tiempo, otro monstruo del aire descendio con toda confianza al verle con las manos sujetas, y quedo flotando cerca de sus ojos. Ahora pudo ver bien a sus tripulantes: cuatro jovenes rubias, esbeltas y de aire amuchachado. Gillespie hasta les encontro cierta semejanza con miss Margaret Haynes cuando jugaba al _tennis_. Estas amazonas del espacio le saludaron con palabras ininteligibles, enviandole besos. El sonrio, y al oir las carcajadas de ellas pudo adivinar que su sonrisa debia parecerles horriblemente grotesca. Estos seres pequenos veian todo lo suyo ridiculamente agrandado. La consideracion de su caricaturesca enormidad le puso triste, pero las guerreras aereas volvieron a enviarle besos, como un consuelo, y hasta una de ellas dirigio contra su nariz dos rosas que llevaba en el pecho. Querian pedirle, sin duda, perdon por lo que iban a hacer con el cumpliendo ordenes superiores. Del fondo de la maquina voladora partio, silbando, un hilo plateado, que, despues de dar varias vueltas en el aire como una serpiente delgadisima, se metio por la cabeza de Gillespie, no parando hasta sus hombros. El ingeniero se sintio cogido lo mismo que las reses de las praderas americanas a las que echan el lazo. Un pequeno alejamiento del avion, que tenia la forma y los colores de un lagarto alado, estrecho en torno del cuello de Edwin el cable metalico. Bajando sus ojos pudo examinarlo de cerca. Parecia hecho de un platino flexible y era inutil todo intento de romperlo. Por el contrario, un movimiento violento bastaria para que se introdujese en su carne lo mismo que una navaja de afeitar, como habia dicho el profesor hembra. Las tripulantes del lagarto aereo tiraron ligeramente de este hilo metalico, y Gillespie, comprendiendo el aviso, dio el primer paso. Ningun obstaculo terrestre se oponia a su marcha. La pradera estaba ahora limpia de gente, lo mismo que los linderos del bosque. Todas las maquinas rodantes, asi como las tropas de a pie y a caballo, habian abierto la marcha, empujando a la muchedumbre para que se apartase del camino. Guiado por la maquina voladora que iba delante y dirigido igualmente por la maquina de atras, que funcionaba a modo de timon, Gillespie solo tenia que fijarse en el suelo para ver donde colocaba sus pies. Empezo a marchar por un camino de gran anchura para aquellos seres diminutos, pero que a el le parecio no mayor que un sendero de jardin. Durante media hora avanzaron entre bosques; luego salieron a inmensas llanuras cultivadas, y pudo ver como se iba desarrollando delante de el, a una gran distancia, la vanguardia de su cortejo, compuesta de maquinas rodantes y pelotones de jinetes. A su espalda levantaban una segunda nube de polvo las tropas de retaguardia, encargadas de contener a los curiosos. Solo algunos audaces, contraviniendo las ordenes, se atrevian a llegar a los bordes del camino. En torno de los pueblos de agricultores hervia el vecindario, gritando y agitando sus gorras al pasar el gigante. Su estatura permitia que lo viesen a larguisimas distancias. Le obligaron a marchar sin descanso, porque el Consejo Ejecutivo deseaba conocerle antes de que anocheciese. A las dos horas distinguio por encima de una sucesion de gibas del camino, penosamente remontadas por la vanguardia del cortejo, una especie de nube blanca que se mantenia a ras de tierra. Estaba envuelta en el temblor vaporoso de los objetos indeterminados por la distancia. Solo el podia abarcar con su mirada una extension tan enorme. Los tripulantes del lagarto volador examinaban la misma nube, pero con el auxilio de aparatos opticos. Una de las amazonas aereas le grito algunas palabras en su idioma, al mismo tiempo que senalaba con un dedo la remota mancha blanca. El gigante le contesto con una sonrisa indicadora de su comprension. A partir de este momento la nube fue tomando para el contornos fijos. Salieron poco a poco de la vaporosa vaguedad grandes palacios blancos, torres con cupulas brillantes, toda una metropoli altisima, en la que los edificios parecian de proporciones desmesuradas, sin duda porque sus pequenos habitantes, por la ley del contraste, sentian el ansia de lo enorme. Esta capital de la Republica de los pigmeos se llamaba Mildendo en otros tiempos. ?Como se titularia en el presente, despues de haber ocurrido lo que el profesor Flimnap llamaba la Verdadera Revolucion?... IV Las riquezas del Hombre-Montana El antiguo palacio imperial, construido por los soberanos de la penultima dinastia, ocupaba el centro de la ciudad y era la residencia de los altos senores del Consejo Ejecutivo. Incendiado repetidas veces en el curso de los siglos y bombardeado durante las guerras, habia sufrido numerosas reconstrucciones; pero la mas grande y vistosa databa de pocos anos despues de la Verdadera Revolucion, suceso que habia iniciado un nuevo periodo historico. Los cinco senores del Consejo Ejecutivo vivian en el centro del palacio; en una ala estaba la Camara de diputados, y en la opuesta, el Senado. A la manana siguiente de la entrada de Edwin en la capital, este palacio, que era como el corazon de la Republica, reanudo su vida mas temprano que en los dias anteriores. Fueron llegando los altos empleados del gobierno y casi todos los diputados y senadores, a pesar de que las sesiones parlamentarias solo empezaban a celebrarse despues de mediodia. En sus inmediaciones se aglomero una muchedumbre de curiosos para ver como centenares de siervos, con la ayuda de varias gruas, iban descargando de una fila de camiones-automoviles enormes y misteriosos objetos, cuya aparicion era saludada con largos murmullos de asombro. Todo el pueblo recordaba el espectaculo extraordinario de la tarde anterior, cuando llego el Hombre-Montana a los alrededores de la ciudad. El Consejo Ejecutivo habia determinado darle alojamiento en la antigua Galeria de la Industria, recuerdo de una Exposicion universal celebrada diez anos antes. Esta Galeria era la obra mas audaz y solida que habian realizado los ingenieros del pais. El Hombre-Montana iba a pasearse por dentro de ella sin que su cabeza tocase el techo. Diez gigantes de su misma estatura podian acostarse en hilera de un extremo a otro de la grandiosa construccion. Su ancho equivalia a cuatro veces la longitud del coloso. Situada sobre una altura vecina a la ciudad, el prisionero podia contemplar, sin moverse de su alojamiento, toda la grandiosa metropoli extendida a su pies, asi como el puerto con sus numerosos navios al ancla y los campos y pueblecillos cercanos, llegando con su vista hasta la cordillera que cerraba el horizonte, en la que habia cumbres de ciento ochenta metros, solamente exploradas por algunos sabios capaces de morir como heroes al servicio de la ciencia. Una fuerte guardia impedia que los curiosos subiesen hasta la vivienda del gigante, donde se estaban realizando grandes trabajos para su comoda instalacion. El publico, ya que no podia verle, concentraba su curiosidad en todo lo que era de su pertenencia, y por esto desde el amanecer se aglomero en torno del palacio del gobierno para contemplar la llegada de los objetos extraidos del navio del Hombre-Montana, que los buques de la escuadra del Sol Naciente habian remolcado el dia anterior. Solo los amigos del gobierno y los personajes oficiales tenian permiso para entrar en el palacio y ver de cerca tales maravillas. El enorme patio central, donde podian formarse a la vez varios regimientos y en el que se desarrollaban las mas solemnes ceremonias patrioticas, fue el lugar destinado para tal exhibicion. Mientras llegaba el momento, los invitados entraban a saludar a los altos y poderosos senores del Consejo Ejecutivo y a los dos presidentes de la Camara de diputados y del Senado, que vivian igualmente en el inmenso edificio. Los guerreros de la Guardia gubernamental, hermosas amazonas de aire desenvuelto y gallardo, defendian el acceso a las habitaciones reservadas o se paseaban en grupos por el patio al quedar libres de servicio. Estos militares privilegiados, que gozaban la categoria de oficiales, pertenecian a las primeras familias de la capital. Iban vestidos de la garganta a los pies con un traje muy cenido y cubierto de escamas de plata. Su casquete, del mismo metal, estaba rematado por un ave quimerica. Apoyaban la mano izquierda en la empunadura de su espada, mirando a todas partes con una insolencia de vencedores, o se inclinaban galantemente ante las familias de los altos personajes que iban llegando para la ceremonia. Algunas mamas, severas y malhumoradas, encontraban atrevida la expresion de sus ojos. Otras matronas, cuya barba empezaba a poblarse de canas, quedaban pensativas y melancolicas a la vista de estos hermosos guerreros, que parecian despertar sus recuerdos. Las senoritas que ya estaban en edad de afeitarse fingian rubor ante sus miradas audaces; pero las que no se veian objeto de la belicosa admiracion se mostraban nerviosas, envidiando a sus companeras. Paso por entre estos guerreros, con toda la austeridad de su caracter universitario y sus opiniones antimilitaristas, el profesor Flimnap. La inesperada aparicion del Gentleman-Montana habia dado una importancia extraordinaria a la traductora de ingles. En unas cuantas horas se habia convertido en el personaje mas interesante de la Republica. El gobierno le llamaba para conocer sus opiniones; el rector de la primera de las universidades, que hasta entonces le habia considerado como un triste catedratico de una lengua muerta y de problematica utilidad, se dignaba sonreirle, y hasta en la noche anterior, despues del recibimiento del Hombre-Montana, lo habia invitado a cenar para que en presencia de su familia contase todo lo ocurrido. Los periodistas de la capital iban detras de el pidiendole intervius, y hasta lo adulaban, hablando con entusiasmo de varios libros profesionales que llevaba publicados y nadie habia leido. Personas que le miraban siempre con menosprecio hacian detener en la calle su automovil universitario en figura de lechuza. --Mi querido profesor Flimnap--gritaban--, siempre he sentido una gran admiracion por su sabiduria y soy de los que creen que la patria no le ha dado hasta ahora todo lo que merece por su gran talento. Cuenteme algo del Hombre-Montana. ?Es cierto que se alimenta con carne humana, como van diciendo por ahi los hombres en sus charlas y chismorreos?... Pero el profesor Flimnap tenia demasiado que hacer para detenerse a contestar las preguntas de las ciudadanas curiosas. Apenas habia dormido en la noche anterior. Despues de su cena con el jefe supremo de la Universidad se traslado a la Galeria de la Industria para convencerse de que el Gentleman-Montana podia dormir provisionalmente sobre trescientas cuarenta y dos carretadas de paja que la Administracion del ejercito habia facilitado a ultima hora. Poco despues de amanecer ya estaba en pie el buen profesor, conferenciando con todos sus companeros del _Comite de recibimiento del Hombre-Montana._ Estos, divididos en varias subcomisiones, iban a dirigir a quinientos carpinteros encargados de fabricar, antes de que llegase la noche, una mesa y una silla apropiadas a las dimensiones del gigante, y a una tropa igualmente numerosa de colchoneros, que en el mismo espacio de tiempo fabricarian una cama digna del recien llegado. El profesor Flimnap se proponia entrar ahora en las habitaciones particulares de uno de los altos senores del Consejo Ejecutivo, que momentaneamente era el presidente del supremo organismo. Cada uno de los cinco individuos del Consejo lo presidia durante un mes, cediendo su sillon al companero a quien tocaba el turno. Estos cinco gobernantes eran mujeres, asi como todos los que desempenaban un cargo en la Administracion publica, en la Universidad, en la industria o en los cuerpos armados. Pero como durante los luengos siglos de tirania varonil todos los cargos y todas las funciones dignas de respeto habian sido designadas masculinamente, la Verdadera Revolucion creyo necesario despues de su victoria conservar las antiguas denominaciones gramaticales, cambiando unicamente el sexo a que se aplicaban. Asi, las cinco damas encargadas del gobierno eran denominadas "los altos y poderosos senores del Consejo Ejecutivo", y las otras mujeres directoras de la Administracion publica se titulaban "ministros", "senadores", "diputados", etc. Por eso Flimnap habia protestado al oir que el gigante le llamaba profesora en vez de profesor. En cambio, los hombres, derribados de su antiguo despotismo y sometidos a la esclavitud dulce y carinosa que merece el sexo debil, eran dentro de su casa la "esposa" o la "hija", y en la vida exterior, la "senora" o la "senorita". Flimnap habia creido necesario, teniendo en cuenta su nueva importancia oficial, llevar bajo el brazo una gran cartera de cuero, semejante a la que ostentaban los altos funcionarios del Estado cuando iban a despachar con los senores del Consejo Ejecutivo. En esta cartera guardaba las actas de las tres sesiones que habia celebrado el _Comite de recibimiento del Hombre-Montana,_ asi como los presupuestos de gastos, presentes y futuros, para la manutencion de tan costoso huesped. Ademas llevaba una traduccion, en idioma del pais, que habia hecho de los versos escritos por el Gentleman-Montana en su cuaderno de notas. El buen profesor Flimnap estaba inquieto por la suerte de su protegido. Gillespie le inspiraba un interes que jamas habia experimentado por ningun hombre de su propia tierra. Dedicado por completo a los trabajos lingueisticos e historicos, solamente habia tratado con mujeres, y estas eran todas profesores malhumorados y de austeras costumbres. Sentia una temblorosa timidez siempre que el rector le invitaba a alguna de sus tertulias, donde habia hombres jovenes en edad de casamiento, ansiosos de que alguien los sacase a bailar o que entonaban romanzas sentimentales acompanandose con el arpa. Ademas, en su afecto sincero por el recien llegado habia algo de egoismo. Gracias al Gentleman-Montana, acababa de conocer instantaneamente todas las dulzuras de la celebridad, siendo el personaje mas popular de la Republica en los presentes momentos. Despues de la fama de Gillespie venia la suya. iQue derrumbamiento tan doloroso en la sombra si el gobierno acordaba la muerte de su gigante!... La tarde anterior habia corrido hacia la capital a toda velocidad del automovil-lechuza, prestado por su jefe el rector. Los altos senores del gobierno estaban sobre un estrado junto al camino para ver llegar al prisionero, teniendo a sus espaldas todo el vecindario de la capital, un gentio tan enorme que se perdia de vista. Estos poderosos personajes lo recibieron con grandes muestras de consideracion que no correspondian a su humilde rango de profesor. El les hizo los mayores elogios de la intelectualidad del gentleman gigantesco, declarandole distinto a todos los colosos llegados antes al pais. Insinuo la conveniencia de guardarlo por mucho tiempo, hasta saber, gracias a su cultura, los adelantos realizados en el mundo de los hombres monstruosos, y copiar lo que resultase aprovechable, si es que realmente habia algo digno de imitacion, lo que le parecia algo problematico. --Es lastima que este Hombre-Montana no sea una mujer.... Los senores del Consejo miraron con interes a Flimnap despues de sus ultimas palabras, apreciandolo como un profesor de merito que habia vegetado injustamente en el olvido, y mereceria en adelante su alta proteccion. Tambien halago los gustos del rector, poderoso personaje cuyos consejos eran siempre escuchados por los senores del organismo ejecutivo. El Padre de los Maestros--pues tal era su titulo honorifico--gustaba mucho de los poetas, y hasta hacia versos cuando no estaba preocupado por sus averiguaciones historicas. Todos los escritores de la Republica alababan sus poesias como obras inimitables, siendo tales elogios el medio mas seguro de alcanzar un buen empleo en la Ensenanza publica. Al verlo Flimnap en el estrado de los senores del gobierno, se apresuro a darle la noticia de que el gigante era tambien poeta, aunque "a su modo", con toda la groseria y la torpeza propias de su sexo, pero anadiendo que, a pesar de tales defectos, propios de su origen, parecia poseer cierto talento. --iOh Padre de los Maestros!--dijo--. Manana tendre el honor de entregarle una traduccion hecha en nuestro idioma de los versos que he encontrado en el cuaderno de bolsillo del Gentleman-Montana. Seria deplorable que los altos senores del Consejo decidiesen su muerte. Mi gusto seria traducir al ingles algunas de las inmortales obras de nuestro admirable Padre de los Maestros, para que ese pobre gigante se entere de que nuestra poesia ha llegado a una altura que jamas conocera el, no obstante la grandeza material de su organismo. Sonrio el Padre de los Maestros con modestia; pero esta sonrisa dio la seguridad al profesor de que la vida del gigante estaba asegurada y que este tendria ocasion de leer los versos del rector traducidos al ingles. Luego, Flimnap recomendo a todos los ocupantes del estrado gubernamental que mirasen al monstruo con los lentes de disminucion que habia traido un companero suyo de la Universidad, profesor de Fisica, pues asi podrian apreciarle tal como era. Al entrar al dia siguiente en el despacho del jefe mensual del gobierno, vio con alegria que el doctor Momaren, el Padre de los Maestros, estaba hablando con el supremo magistrado. Flimnap, antes de dar cuenta al presidente de todos sus trabajos, ofrecio a Momaren varias hojas de papel con la traduccion de los versos de Gillespie. El Padre de los Maestros, colocandose ante los ojos unas gafas redondas, empezo su lectura junto a una ventana. Cuando Flimnap acabo su informe sobre los trabajos para la instalacion del gigante, el personaje universitario se aproximo conservando los papeles en su diestra. --Algo flojitos--dijo con una severidad desdenosa--. Son indiscutiblemente versos de hombre, y de hombre enorme. Pero seria injusto negarle cierta inspiracion, y hasta me atrevo a decir que aqui entre nosotros aprendera mucho, si es que llega a ejercitarse en el idioma nacional. --Para eso, ioh Padre de los Maestros!--dijo Flimnap--, sera preciso que el pobre gigante viva. --Mi opinion es que debe vivir--interrumpio el presidente--. Mi esposa y mis ninas lo encontraron ayer muy simpatico al verle entrar en la ciudad. Un hijo mio, que es del ejercito del aire y montaba una de las maquinas que lo condujeron, me ha contado cosas muy graciosas de el. Todos los muchachos de la Guardia gubernamental lo encuentran igualmente muy agradable, y hasta algunos afirman que es hermoso.... Tuvo usted una buena idea, profesor Flimnap, al aconsejar que lo mirasemos con lentes de disminucion.... Yo opino que debemos dejarle vivir, aunque sea unicamente por una temporada corta. Resultara carisimo, pero la Republica puede permitirse este lujo, lo mismo que mantiene a los animales raros de su Jardin Zoologico. Y usted ?que opina de esto, ilustre amigo Momaren? El Padre de los Maestros, convencido de que para el jefe del gobierno resultaba infalible la menor de sus palabras, se limito a decir con lentitud: --Opino lo mismo. --Entonces--continuo el presidente--, si usted manifiesta esa opinion a mis companeros de Consejo, como todos ellos respetan mucho su alta sabiduria, la vida del gigante queda segura. El profesor Flimnap, deseoso de ocultar la satisfaccion que le producian estas palabras, se apresuro a pedir la venia de los dos altos personajes para abandonar el salon. Llegaba hasta el un rumor creciente de muchedumbre. El gran patio del palacio debia estar ya repleto de invitados. Una musica militar sonaba incesantemente. Escapo Flimnap por unos pasillos poco frecuentados, temiendo tropezarse con los periodistas, que iban a la zaga de el desde el dia anterior pidiendole noticias frescas. Dos diarios de la capital, siempre en escandalos a rivalidad, publicaban cada tres horas una edicion con detalles nuevos sobre el Hombre-Montana y sus costumbres, poniendo en boca del pobre sabio mentiras y disparates que le hacian rugir de indignacion. Uno de los diarios defendia la conveniencia de respetar la vida del gigante, y esto habia bastado para que la publicacion contraria exigiese su muerte inmediata, por creer que la voracidad tremenda de tal huesped acabaria por sumir al pais en la escasez, siendo causa de que miles y miles de compatriotas pereciesen de hambre. El profesor odiaba por igual a los dos periodicos y a las demas publicaciones, que enviaban sus redactores detras de el como si fuesen perros perseguidores de un ciervo asustado. Deseoso de pasar inadvertido, subio a los pisos superiores con la esperanza de encontrar un asiento en las galerias que daban al patio, y estaban ocupadas esta manana por las esposas y las hijas de todos los personajes de la Republica. Su galanteria de mujer bien educada le obligo a permanecer de pie, para no privar de asiento a los seres debiles y masculinos de larga tunica y amplio manto que habian venido a presenciar la fiesta. La gloria del profesor iba acompanada de una nueva vision de la existencia. Nunca le habia parecido la vida tan hermosa y atrayente. Todas aquellas matronas de barba canosa y brazos algo velludos, graves y senoriles, con la majestad de la madre de familia, no podian conocerle por la razon de que el habia rehuido hasta entonces las dulzuras y placeres de la vida social. Nadie podia adivinar en su persona al celebre profesor Flimnap, tan alabado por todos los periodicos. Despues hizo memoria de que en la misma manana los diarios mas importantes habian publicado su retrato, y procuro ocultar el rostro cada vez que un hombre se echaba atras el velo para mirarle con vaga curiosidad. Se fue tranquilizando al notar que las damas solo se fijaban en el fondo del patio, ocupado unicamente por las mujeres. Los guerreros de la Guardia, siempre con una mano en la empunadura de la espada y acariciandose con la otra sus rizosas melenas, miraban a lo alto, sonriendo a las senoritas, emocionadas bajo sus guirnaldas de flores y sus velos. Algunas de ellas, que ya se consideraban en edad de matrimonio por haberles apuntado la barba, contestaban a estas miradas con guinos, que equivalian a frases amorosas, evitando el ser vistas por las cenudas matronas sentadas a su lado. Este espectaculo frivolo, que un dia antes habria sido despreciado por Flimnap, le emocionaba ahora con honda sensacion de ternura. --iOh, amor!... iamor!--murmuro el sabio. La vida es hermosa, y el reconocia que guarda dulzuras y misterios no sospechados por la Universidad. Para vencer esta emocion inoportuna, se fue fijando en los personajes que llenaban el patio. Un estrado, todavia desierto, era para el Consejo Ejecutivo, los ministros y demas dignatarios. En otros estrados, ya casi llenos, estaban los padres y los esposos de todas las damas que ocupaban las galerias. Flimnap conocia a muchos por los retratos aparecidos en los periodicos. Eran personajes parlamentarios, famosos a causa de sus discursos. Algunos habian pertenecido al Consejo Ejecutivo y deseaban volver a el, apelando a toda clase de intrigas para conseguirlo. Guiado por la curiosidad y los comentarios de varias damas barbudas, acabo por fijarse el profesor en una de las mujeres que ocupaban el estrado de los senadores. Era Gurdilo, el celebre jefe de la oposicion al actual gobierno: una hembra alta, desprovista de carnes, con el cutis avellanado como si fuese de correa, y unos tendones gruesos y tirantes que se marcaban en el cuello, en los brazos y en las demas partes visibles de su cuerpo. Los ojos tenian una agudeza fija e imperiosa, y su gesto era avinagrado, como de persona eternamente indignada contra todo lo que no es obra suya. El profesor, que por vivir dedicado a sus raros y profundos estudios concedia escasa atencion a las cuestiones de actualidad, no se habia fijado nunca en este personaje; pero ahora le miro con gran interes. Adivinaba en el a un enemigo del Gentleman-Montana. Bastaria que el gobierno decidiese el indulto de Edwin para que Gurdilo aconsejase su muerte, como si de esto dependiese la felicidad nacional. Ademas, el diario que pedia la supresion del Hombre-Montana habia ya reproducido en una de sus ediciones ciertas palabras inquietantes del temible jefe de la oposicion. Vio el profesor como agitaba los brazos con violencia al hablar a sus companeros del Senado, al mismo tiempo que fruncia el entrecejo y torcia la boca con un gesto de escandalizada severidad. Esto le hizo creer que estaba protestando de la ceremonia presente, de que el pobre gigante hubiese sido conducido a la capital; en una palabra, de todo lo hecho por el Consejo Ejecutivo y de cuanto pensase hacer. Pero las observaciones del profesor fueron interrumpidas repentinamente por el principio de la ceremonia. La musica militar, que seguia tocando en el patio, quedo ensordecida por el redoble de una gran banda de tambores que se aproximaba viniendo del interior del palacio. Los altos y poderosos senores del Consejo Ejecutivo solo podian presentarse en las ceremonias oficiales rodeados de gran pompa. Entraron en el patio los tambores, que eran unos treinta, y detras de ellos igual numero de trompeteros. A continuacion desfilo una tropa del ejercito de linea, o sea de aquellas muchachas con casco de aletas que Gillespie habia visto al despertar. Los soldados iban armados, unos con arcos y otros con alabardas. Despues pasaron los guardias porta-espada, llevando con la punta en alto y sostenidos por sus dos manos cerradas sobre el pecho unos mandobles enormes que brillaban lo mismo que si fuesen de plata. De los tiempos del Imperio quedaba aun el ceremonial absurdamente ostentoso de que se rodean los despotas. Varios pajecillos pasaron moviendo altos abanicos de plumas blancas para que ningun insecto viniese a molestar a los cinco magistrados supremos de la Republica. Despues fueron desfilando estos uno por uno, pero no a pie, sino en cinco literas llevadas a hombros por hijos de personajes influyentes, pues tal honor representaba el principio de una gran carrera administrativa. Las muchachas portadoras de las literas del Consejo eran enviadas despues a gobernar alguna provincia lejana. Pasaron igualmente las literas de los presidentes del Senado y de la Camara de diputados, y a continuacion la del rector de la Universidad, que tenia la forma de una lechuza y era llevada a brazos por cuatro profesores auxiliares. Finalmente, cerraban la marcha, pero a pie, los ministros, los altos funcionarios y un destacamento de la Guardia gubernamental con largas lanzas. Cuando los cinco del Consejo Ejecutivo y el Padre de los Maestros con sus respectivos sequitos se instalaron en el estrado de honor, cesaron de sonar las trompetas, los tambores y la musica, haciendose un largo silencio. Iba a empezar el desfile de las cosas maravillosas que formaban el equipaje del Hombre-Montana. Un alto funcionario del Ministerio de Justicia, del cual dependian todos los notarios de la nacion, avanzo con un portavoz en una mano y ostentando en la otra un papel que contenia las explicaciones facilitadas por el doctor Flimnap, despues de haber traducido los rotulos de numerosos objetos pertenecientes al gigante. Estas explicaciones arrancaron muchas veces largas carcajadas a la muchedumbre pigmea, que sentia compasion por la ignorancia y la groseria del coloso. En otros momentos, el enorme concurso quedaba en profundo silencio, como si cada cual, ante las vacilaciones del inventario, buscase una solucion para explicar la utilidad del objeto misterioso. Lo que todos comprendieron, gracias a las explicaciones del profesor de ingles, fue el contenido y el uso de unas torres brillantes como la plata, que fueron pasando por el patio colocada cada una de ellas sobre un vehiculo automovil. Estos torreones tenian cubierto todo un lado de sus redondos flancos con un cartelon de papel, en el que habia trazados signos misteriosos, casi del tamano de una persona. La ciencia de Flimnap habia podido desentranar este misterio gracias a la interpretacion de los rotulos. Eran latas de conservas. Pero aunque el traductor no hubiese prestado sus servicios cientificos, el olfato sutil de aquellos pigmeos habria descubierto el contenido de los enormes cilindros, a pesar de que estaban hermeticamente cerrados. Para su agudeza olfativa, el metal dejaba pasar olores casi irresistibles por lo intensos. Todos aspiraban con fuerza el ambiente, desde los cinco jefes del gobierno hasta los pajecillos porta-abanicos. El paso de cada torreon deslumbrante era acogido con un grito general: "iEsto es carne!..." Poco despues decian a coro: "iEsto es tomate!..." Transcurridos unos minutos, afirmaban a gritos: "iAhora son guisantes!" y todos se asombraban de que un ser en figura de persona, aunque fuese un coloso, pudiera alimentarse con tales materias que esparcian un hedor insufrible para ellos, casi igual al que denuncia la putrefaccion. Deseosos de suprimir cuanto antes esta molestia general, los organizadores del desfile hicieron aparecer en el patio a una veintena de siervos desnudos, llevando entre ellos, muy tirante y rigida, una especie de alfombra cuadrada, de color blanco, con un ribete suavemente azul, y que ostentaba en uno de sus angulos un jeroglifico bordado, que, segun la declaracion del profesor Flimnap, se componia de letras entrelazadas. Aqui la ciencia del universitario se extendia en luminosa digresion para explicar a sus compatriotas la existencia del panuelo entre los Hombres-Montanas, el uso incoherente que le dan y las cosas poco agradables que depositan en el. Pero, como ocurre siempre en las grandes solemnidades, el publico no presto atencion a las explicaciones del hombre de ciencia, prefiriendo examinar directamente lo que tenia ante sus ojos. Un perfume de jardin que parecia venir de muy lejos empezo a esparcirse por el patio, haciendo olvidar los densos hedores exhalados por las torres plateadas. Las senoras y senoritas de las galerias se agitaron aspirando con deleite esta esencia desconocida. Las mamas hablaban entre ellas, buscando semejanzas y similitudes con los perfumes de moda entre el sexo masculino. Algunas concentraban su atencion para poder explicar en el mismo dia a los perfumistas de la capital la rara esencia del Hombre-Montana, y que la fabricasen, costase lo que costase. Luego entraron mas siervos desnudos llevando a brazo nuevos objetos. Seis de ellos sostenian como un peso abrumador el libro de notas cuyas hojas habia traducido Flimnap. Despues otros atletas pasaron, rodando sobre el suelo, lo mismo que si fuesen toneles, varios discos de metal, grandes, chatos y exactamente redondos, encontrados en los bolsillos del gigante. Estos discos eran de diversos tamanos y metales, llevando todos ellos de relieve en sus dos caras un busto de mujer gigantesco y un ave de rapina con las alas abiertas. Segun la explicacion del sabio Flimnap, servian en el pais de los Hombres-Montanas como signos de cambio, y estaban todos ellos comprendidos bajo el titulo general de "moneda". Algunos eran de plata, y solo llegaban a las rodillas del siervo atletico que se inclinaba sobre ellos para hacerlos rodar. Otros eran de cobre, y poco mas o menos del mismo tamano. El publico, algo aburrido por estos objetos sin interes, solo mostro cierta curiosidad al ver cuatro discos movidos cada uno por dos hombres. Los tales discos llegaban casi a la cintura de sus guias, y eran de oro macizo, teniendo por adorno el relieve de una gran aguila con las alas desplegadas y una especie de escudo con rayas y con estrellas. Volvio a decaer el interes mientras iban desfilando otros esclavos por parejas. Cada dos hombres llevaban entre ellos, lo mismo que si fuese un cartelon anunciador, una faja de papel impreso mucho mas larga que alta. Todos estos carteles tenian una capa de grasa y de suciedad, en la que la vista microscopica de los pigmeos veia rebullir pequenisimos monstruos del mundo microbiano. Los papeles estaban ornados de retratos de Hombres-Montanas completamente desconocidos por el profesor Flimnap. Todos ellos ostentaban la palabra "Banco" y una cifra seguida de la palabra _dollar_. El sabio profesor osaba emitir en su informe la teoria de que los tales papeles tal vez representasen algo semejante a la moneda, pero sin poder comprender su funcionamiento y su utilidad, y extranandose ademas de que hubiese gentes que los aceptasen en lugar de los discos metalicos. Tampoco el publico se fijo mucho en tales explicaciones. Deseaban todos que terminase cuanto antes el desfile de los cartelones grasientos. Entre las delicadas criaturas que ocupaban las galerias altas hubo ciertos conatos de desmayo. Las matronas sacaban sus frasquitos de sales para reanimar el dolorido olfato. En el estrado de los senadores se oyo la voz del terrible Gurdilo. --Solo una humanidad inferior--grito--puede llevar en sus bolsillos semejantes porquerias. No creo que tengan empeno los Hombres-Montanas, si gozan de sentido comun, en adquirir tales suciedades. Esto debe ser simplemente un vicio, una mala costumbre del gigante que ha venido a perturbarnos con su presencia. Pero una nueva aparicion borro el malestar del publico, imponiendo silencio al tribuno. Varios hombres de fuerza avanzaron llevando sobre sus hombros una especie de cofre cuadrado y muy plano. Parecia de plata, y sobre su cara superior habia grabado un jeroglifico igual al que adornaba una punta del panuelo. El profesor Flimnap ignoraba lo que existia dentro de esta caja enorme. No se habia creido autorizado para violar su secreto. El jefe de los mecanicos de la flota aerea estaba alli con varios de sus ayudantes para abrir el cofre, cuyo cierre habia estudiado durante toda la manana. Colocaron los esclavos esta caja en el suelo verticalmente, mientras el ingeniero y sus acolitos empezaban a forcejear en la cerradura, sin resultado. Un martillazo dado por inadvertencia en una arista saliente hizo que las dos enormes valvas de plata se abriesen de pronto, lo mismo que una concha gigantesca, lanzando un crujido metalico. Los hombres de fuerza se apresuraron a tirar de ellas, temiendo que se cerrasen, y quedo visible su interior. A ambos lados, sostenidos por una faja elastica, habia en linea como una docena de cilindros de papel blanco, estrechos y prolongados, cuyo interior estaba lleno de una hierba obscura. Estos cilindros tenian recubierto el papel en su parte inferior con un zocalo de oro. Varios hombres de fuerza, con la inconsciencia propia, de su brutalidad, tiraron de una de las fajas de goma que estaba c