The Project Gutenberg EBook of La Fontana de Oro, by Benito Perez Galdos This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included with this eBook or online at www.gutenberg.net Title: La Fontana de Oro Author: Benito Perez Galdos Release Date: February 13, 2004 [EBook #11070] Language: Spanish Character set encoding: ASCII *** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA FONTANA DE ORO *** Produced by Stan Goodman, Miranda van de Heijning, Paz Barrios and the Online Distributed Proofreading Team. LA FONTANA DE ORO B. PEREZ GALDOS [Illustration: ARS-NATURA-VERITAS] MADRID 1921 Los hechos historicos o novelescos contados en este libro, se refieren a uno de los periodos de turbacion politica y social mas graves e interesantes en la gran epoca de reorganizacion, que principio en 1812 y no parece proxima a terminar todavia. Mucho despues de escrito este libro, pues solo sus ultimas paginas son posteriores a la Revolucion de Septiembre, me ha parecido de alguna oportunidad en los dias que atravesamos, por la relacion que pudiera encontrarse entre muchos sucesos aqui referidos y algo de lo que aqui pasa; relacion nacida, sin duda, de la semejanza que la crisis actual tiene con el memorable periodo de 1820-23. Esta es la principal de las razones que me han inducido a publicarlo. B.P.G. Diciembre de 1870. INDICE I.--La carrera de San Jeronimo en 1821. II.--El club patriotico III.--Un lance patriotico y sus consecuencias IV.--Coletilla V.--La companera de Coletilla VI.--El sobrino de Coletilla VII.--La voz interior VIII.--Hoy llega IX.--Los primeros pasos X.--La primera batalla XI.--La tragedia de _Los Gracos_ XII.--La batalla de Platerias XIII.--No llega el esperado.--Llegada de un importuno XIV.--La determinacion XV.--Las tres ruinas XVI.--El siglo decimoctavo XVII.--El sueno del liberal XVIII.--Dialogo entre ayer y hoy XIX.--El abate XX.--Bozmediano XXI.--iLibre! XXII.--El _via-crucis_ de Lazaro XXIII.--La Inquisicion XXIV.--_Rosa mistica_ XXV.--_Virgo prudentisima_ XXVI.--Los disidentes de _La Fontana_ XXVII.--Se queda sola XXVIII.--El ridiculo XXIX.--Las horas fatales XXX.--_Virgo fidelis_ XXXI.--La reunion misteriosa XXXII.--_La Fontanilla_ XXXIII.--Las arpias se ponen tristes XXXIV.--El complot.--Triunfo de Lazaro XXXV.--El bonete del Nuncio XXXVI.--Aclaraciones XXXVII.--El _via-crucis_ de Clara XXXVIII.--Continuacion del _via-crucis_ XXXIX.--Un momento de calma XL.--El gran atentado XLI.--Fernando el Deseado XLII.--_Virgo potens_ XLIII.--Conclusion CAPITULO PRIMERO #La Carrera de San Jeronimo en 1821#. Durante los seis inolvidables anos que mediaron entre 1814 y 1820, la villa de Madrid presencio muchos festejos oficiales con motivo de ciertos sucesos declarados _faustos_ en la _Gaceta_ de entonces. Se alzaban arcos de triunfo, se tendian colgaduras de damasco, salian a la calle las comunidades y cofradias con sus pendones al frente, y en todas las esquinas se ponian escudos y tarjetones, donde el poeta Arriaza estampaba sus pobres versos de circunstancias. En aquellas fiestas, el pueblo no se manifestaba sino como un convidado mas, anadido a la lista de alcaldes, funcionarios, gentiles-hombres, frailes y generales; no era otra cosa que un espectador, cuyas pasivas funciones estaban previstas y senaladas en los articulos del programa, y desempenaba como tal el papel que la etiqueta le prescribia. Las cosas pasaron de distinta manera en el periodo del 20 al 23, en que ocurrieron los sucesos que aqui referimos. Entonces la ceremonia no existia, el pueblo se manifestaba diariamente sin previa designacion de puestos impresa en la _Gaceta;_ y sin necesidad de arcos, ni oriflamas, ni banderas, ni escudos, ponia en movimiento a la villa entera; hacia de sus calles un gran teatro de inmenso regocijo o ruidosa locura; turbaba con un solo grito la calma de aquel que se llamo el _Deseado_ por una burla de la historia, y solia agruparse con sordo rumor junto a las puertas de Palacio, de la casa de Villa o de la iglesia de Dona Maria de Aragon, donde las Cortes estaban. Anos de muchos lances fueron aquellos para la destartalada, sucia, incomoda, desapacible y obscura villa! Sin embargo, no era ya Madrid aquel lugaron fastuoso del tiempo de los reyes tudescos; sus gloriosas jornadas del 2 de Mayo y del 3 de Diciembre, su iniciativa en los asuntos politicos, la enaltecian, sobremanera. Era, ademas, el foro de la legislacion constituyente de aquella epoca, y la catedra en que la juventud mas brillante de Espana ejercia con elocuencia la ensenanza del nuevo derecho. A pesar de todos estos honores, la villa y corte tenia un aspecto muy desagradable. Mari-Blanca continuaba en la Puerta del Sol como la mas concreta expresion artistica de la cultura matritense. Inmutable en su grosero pedestal, la estatua, que en anteriores siglos habia asistido al tumulto de Oropesa y al motin de Esquilache, presidia ahora el espectaculo de la actividad revolucionaria de este buen pueblo, que siempre convergia a aquel sitio en sus ovaciones y en sus trastornos. Si fuera posible trasladar al lector a las gradas de San Felipe, capitolio de la chismografia politica y social, o sentarle en el humedo escano de la fuente de Mari-Blanca, punto de reunion de un publico mas plebeyo, comprenderia cuan distinto de lo que hoy vemos era lo que veian nuestros abuelos hace medio siglo. De fijo llamaria su atencion que una gran parte de los ociosos, que en aquel sitio se reunen desde que existe, lo abandonaban a la caida de la tarde para dirigirse a la Carrera de San Jeronimo o a otra de las calles inmediatas. Aquel publico iba a los clubs, a las reuniones patrioticas, a _La Fontana de Oro_, al _Grande Oriente_, a _Lorencini_, a la _Cruz de Malta_. En los grupos sobresalian algunas personas que, por su ademan solemne, su mirada protectora, parecian ser tenidos en grande estima por los demas. Aparentaban querer imponer silencio a la multitud; otras veces, extendiendo los brazos en cruz, volvianse atras como quien pide atencion: todo esto hecho con una oficiosa gravedad que indicaba influjo muy grande o presuncion no pequena. La mayor porte se dirigia a la Carrera. Es porque alli estaba el club mas concurrido, el mas agitado, el mas popular de los clubs: _La Fontana Se Oro_. Ya entraremos tambien en el cafe revolucionario. Antes crucemos, desde el Buen Suceso a los Italianos, esta alegre y animada Carrera de los Padres Jeronimos, que era entonces lo que es hoy y lo que sera siempre: la calle mas concurrida de la capital. Pero hoy, cuando veis que la mayor parte de la calle esta formada por viviendas particulares, no podeis comprender lo que era entonces una via publica ocupada casi totalmente por los tristes paredones de tres o cuatro conventos. Imposible es comprender hoy la obscuridad que proyectaban sobre la entrada de la Carrera el ancho paredon del Monasterio de la Victoria por un lado, y la sucia y corroida tapia del Buen Suceso por otro. Mas alla formaban en linea de batalla las monjas de Pinto; por encima de la tapia, que servia de prolongacion al convento, se veian las copas de los cipreses plantados junto a las tumbas. Enfrente campeaba la ermita de los Italianos, no menos ridicula entonces que hoy, y mas abajo, en lo mas rapido del declive, el Espiritu Santo, que despues fue Congreso de los Diputados. Las casas de los grandes alternaban con los conventos. En lo mas bajo de la calle se veia la vasta fachada del palacio de Medinaceli, con su ancho escudo, sus innumerables ventanas, su jardin a un lado y su fundacion piadosa a otro; enfrente los Valmedianos, los Pignatellis y Gonzagas; mas aca los Pandos y Macedas, y, finalmente, la casa de Hijar, que hasta hace poco ostentaba en su puerta la cadena historica, distintivo de la hospitalidad ofrecida a un monarca. Quedaba para catas particulares, para tiendas y sitios publicos la tercera parte de la calle: esto es lo que describiremos con mas detencion, porque es importante dar a conocer el gran escenario donde tendran lugar algunos importantes hechos de esta historia. Entrando por la Puerta del Sol, y pasado el convento de la Victoria, se hallaba un gran portico, entrada de una antiquisima casa que, a pesar de su escudo decorativo, grabado en la clave del balcon, era en aquel tiempo una casa de vecindad en que vivian hasta media docena de honradas familias. Su noble origen era indudable; pero fue adquirida no sabemos como por la comunidad vecina, que la alquilo para atender a sus necesidades. En dicho portal, bastante espacioso para que entraran por el las enormes carrozas de su primitivo senor, tenia su establecimiento un memorialista, secretario de certificaciones y misivas; y en el mismo portal, un poco mas adentro, estaban los almacenes de quincalla de un hermano de dicho memorialista, que habia venido de Ocafia a la Corte para _hacer carrera_ en el comercio. Constaba su tienda de tres menguados cajoncillos, en que habia algunos paquetes de peines, unas cuantas cajas de obleas, juguetes de chicos y un gran manojo de rosarios con cruces y medallones de estano. La parte de la izquierda, y especialmente el rincon contiguo a la puerta, era un lugar en que el publico ejercia un incontestable derecho de servidumbre. Era un centro urinario: la secrecion publica habia trocado aquel rincon en foco de inmundicia, y especialmente por las noches la ofrenda liquida aumentaba de tal modo, que el escribiente y su hermano hacian proposito firme de abandonar el local. En vano se amonestaba al publico con terribles pragmaticas de policia urbana, promulgadas por la autorizada voz del memorialista. El publico no renunciaba por esto a su costumbre, y de seguro lo habrian pasado mal los dos hermanos si hubieran tratado de impedir por la fuerza la libertad mingitoria, autorizada por un derecho consuetudinario que, segun la feliz expresion de un parroquiano de aquel sitio, radicaba en la naturaleza del hombre y en la hospitalidad forzosa del vecindario. Enfrente de este portal clasico habia una puertecilla, y por los dos yelmos de Mambrino, labrados en finisimo metal del Alcaraz y suspendidos a un lado y otro, se venia en conocimiento de que aquello era una barberia. Por mucho de notable que tuviera el exterior de este establecimiento, con su puerta verde, sus cortinas blancas, su redoma de sanguijuelas, su cartel de letras rojas, adornado con dos vinetas dignas de Maella, que representaban la una un individuo en el momento de ser afeitado, y la otra una dama a quien sangraban en un pie, mucho mas notable era su interior. Tres mozos, capitaneados por el maestro Calleja, rapaban semanalmente las barbas de un centenar de liberales de los mas recalcitrantes. Alli se discutia, se hablaba del Rey, de las Cortes, del Congreso de Verona, de la _Santa Alianza_. Oiriais alli la peroracion contundente del oficial primero y mas antiguo, mozo que se decia pariente de Poilier, el martir de la libertad. Al compas de la navaja se recitaban versos amenizados con agudezas politicas; y las voces _camarilla, coletilla, tragala, Elio, la Bisbal, Vinuesa_, formaban el fondo de la conversacion. Pero lo mas notable de la barberia mas notable de Madrid, era su dueno, Gaspar Calleja (se habia quitado el Don despues de 1820), heroe de la revolucion, y uno de los mayores enemigos que tuvo Fernando el ano 14. Asi lo decia el. Mas lejos estaba la tienda de generos de unos irlandeses establecidos aqui desde el siglo pasado. Vendian, juntamente con el raso y el organdi, encajes flamencos y catalanes, alepin para chalecos, ante para pantalones, corbatas de color de las llamadas _guirindolas_, y _carrikes_ de cuatro cuellos, que estaban entonces en moda. El patron era un irlandes gordo y suculento, de cara encendida, lustrosa y redonda como un queso de Flandes. Tenia fama de ser un servilon de a folio, pero, si esto era cierto, las circunstancias constitucionales del pais, y especialmente de la Carrera de San Jeronimo, le obligaban a disimularlo. Fundabanse los que tan feo vicio imputaban al irlandes, en que cuando pasaba por la calle la Majestad de Fernando o Amalia, la Alteza de _mi tio el doctor_ o de don Carlos, el buen comerciante dejaba apresuradamente su vara y su escritorio para correr a la puerta, asomandose con ansiedad y mirando la real comitiva con muestras de ternura y adhesion. Pero esto pasaba, y el irlandes volvia a su habitual tarea, haciendo todas las protestas que sus amigos le exigian. Cerca de la tienda del irlandes se abria la puerta de una libreria, en cuyo mezquino escaparate se mostraban abierto por su primera hoja algunos libros, tales como la _Historia de Espana_, por Duchesne; las novelas de Voltaire, traducidas por autor anonimo; _Las noches_ de Young; el _Viajador sensible_, y la novela de _Arturo y Arabella_, que gozaba de gran popularidad en aquella epoca. Algunas obras de Montiano, Porcell, Arriaza, Olavide, Feijoo, un tratado del lenguaje de las flores y la _Guia del comadron_, completaban el repertorio. Al lado, y como formando juego con este templo literario, estaba una tienda de perfumeria y de bisuteria con algunos objetos de caza, de tocador y de encina, que todo esto formaban comercio comun en aquellos dias. Por entre los botes de pomadas y cosmeticos; por entre las cajas de alfileres y juguetes, se descubria el perfil arqueologico de una vieja que era ama, dependiente y aun fabricante de algunas drogas. Mas alla habia otra tienda obscura, estrecha y casi subterranea en que se vendian papel, tinta y cosas de escritorio, amen de algun braguero u otro aparato ortopedico de singular forma. En la puerta pendia colgado de una espetera un manojo de plumas de ganso, y en lo mas profundo y mas lobrego de la tienda lucian como los ojos de un lechuzo en el recinto de una caverna, los dos espejuelos resplandecientes de don Anatalio Mas, gran jefe de aquel gran comercio. Enfrente habia una tienda de comestibles; pero de comestibles aristocraticos. Existia alli un horno celebre, que asaba por Navidades mas de cuatrocientos pavos de distintos calibres. Las empanadas de perdices y de liebres no tenia rival; sus pasteles eran celeberrimos, y nada igualaba a los lechoncillos asados que salian de aquel gran laboratorio. En dias de convite, de cumpleanos o de boda, no encargar los principales platos a casa de _Perico el Mahones_ (asi le llamaban), hubiera sido indisculpable desacato. Al por menor se vendian en la tienda: rosquillas, bizcochos, galletas de Inglaterra y mantecadas de Astorga. No lejos de esta tienda se hallaban las sedas, los hilos, los algodones, las lanas, las madejas y cintas de dona Ambrosia (antes de 1820 la llamaban la tia Ambrosia), respetable matrona, comerciante en hilado: el exterior de su tienda parecia la boca escenica de un teatro de aldea. Por aqui colgaba a guisa de pendon, una pieza de lanilla encarnada; por alli un cenidor de majo; mas alla ostentaba una madeja sus innumerables hilos blancos, semejando los pistilos de gigantesca flor; de lo alto pendia algun camisolin, infantiles trajes de mameluco, cenefas de percal, sartas de panuelos, refajos y colgaduras. Encima de todo esto, una larga tabla en figura de media, pintada de negro, fija en la muralla y perpendicular a ella, servia de muestra principal. En el interior todo era armonia y buen gusto; en el tripode del centro tenian poderoso cimiento las caderas de dona Ambrosia, y mas arriba se ostentaba el pecho ciclopeo y corpulento busto de la misma. Era espanola rancia, manchega y natural de Quintanar de la Orden, por mas senas; senora de muy nobles y cristianos sentimientos. Respecto a sus ideas politicas, cosa esencial entonces, baste decir que quedo resuelto despues de grandes controversias en toda la calle, que era una servilona de lo mas exagerado. Estas tiendas, con sus respectivos muestrarios y sus tenderos respectivos, constituian la decoracion de la calle; habia ademas una decoracion movible y pintoresca, formada por el gentio que en todas direcciones cruzaba, como hoy, por aquel sitio. Entonces los trajes eran singularisimos. ?Quien podria describir hoy la oscilacion de aquellos puntiagudos faldones de casaca? ?Y aquellos sombreros de felpa con el ala retorcida y la copa aguda como pilon de azucar? ?Se comprenden hoy los tremendos sellos de reloj, pesados como badajos de campana, que iban marcando con impertinente retintin el paso del individuo? Pues ?y las botas a la _farole_ y las mangas de jamon, que serian el ultimo grado de la ridiculez, si no existieran los tupes hiperbolicos, que asimilaban perfectamente la cabeza de un cristiano a la de un guacamayo? El gremio cocheril exhibia alli tambien sus mas caracteristicos individuos. Lo menos veinte veces al dia pasaban por esta calle las carrozas de los grandes que en las inmediaciones vivian. Estas carrozas, que ya se han sumergido en los obscuros abismos del no ser, se componian de una especie de navio de linea, colocado sobre una armazon de hierro; esta armazon se movia con la pausada y solemne revolucion de cuatro ruedas, que no tenian velocidad mas que para recoger el fango del piso y arrojarlo sobre la gente de a pie. El vehiculo era un inmenso cajon: los de los dias gordos estaban adornados con placas de carey. Por lo comun las paredes de los ordinarios eran de nogal brunido, o de caoba, con finisimas incrustaciones de marfil o metal blanco. En lo profundo de aquel antro se veia el nobilisimo perfil de algun procer esclarecido, o de alguna vieja esclarecidamente fea. Detras de esta maquina, clavados en pie sobre una tabla, y asidos a pesadas borlas, iban dos grandes levitones que, en union de dos enormes sombreros, servian para patentizar la presencia de dos graves lacayos, figuras simbolicas de la etiqueta, sin alma, sin movimientos y sin vida. En la proa se elevaba el cochero, que en pesadez y gordura tenia por unicos rivales a las mulas, aunque estas solian ser mas racionales que el. Rodaba por otro lado el vehiculo publico, tartana calesa o galera, el carromato tirado por una reata de bestias escualidas; y entre todo esto el esportillero con su carga, el mozo con sus cuerdas, el aguador con su cuba, el prendero con su saco y una pila de seis o siete sombreros en la cabeza, el ciego con su guitarra y el chispero con su sarten. Mientras nos detenemos en esta descripcion, los grupos avanzan hacia la mitad de la calle y desaparecen por una puerta estrecha, entrada a un local, que no debe de ser pequeno, pues tiene capacidad para tanta gente. Aquella es la celebre _Fontana de Oro, cafe y fonda_, segun el cartel que hay sobre la puerta; es el centro de reunion de la juventud ardiente, bulliciosa, inquieta por la impaciencia y la inspiracion, ansiosa de estimular las pasiones del pueblo y de oir su aplauso irreflexivo. Alli se habia constituido un club, el mas celebre e influyente de aquella epoca. Sus oradores, entonces neofitos exaltados de un nuevo culto, han dirigido en lo sucesivo la politica del pais; muchos de ellos viven hoy, y no son por cierto tan amantes del bello principio que entonces predicaban. Pero no tenemos que considerar lo que muchos de aquellos jovenes fueron en anos posteriores. Nuestra historia no pasa mas aca de 1821. Entonces una democracia nacida en los trastornos de la revolucion y alzamiento nacional, fundaba el moderno criterio politico, que en cincuenta anos se ha ido dificilmente elaborando. Grandes delirios bastardearon un tanto los nobles esfuerzos de aquella juventud, que tomo sobre si la gran tarea de formar y educar la opinion que hasta entonces no existia. Los clubs, que comenzaron siendo catedras elocuentes y palestra de la discusion cientifica, salieron del circulo de sus funciones propias aspirando a dirigir los negocios publicos, a amonestar a los gobiernos e imponerse a la nacion. En este terreno fue facil que las personalidades sucedieran a los principios, que se despertaran las ambiciones, y lo que es peor, que la venalidad, cancer de la politica, corrompiera los caracteres. Los verdaderos patriotas lucharon mucho tiempo contra esta invasion. El absolutismo, disfrazado con la mascara de la mas abominable demagogia, socavo los clubs, los domino y vendiolos al fin. Es que la juventud de 1820, llena de fe y de valor, fue demasiado credula o demasiado generosa. O no conocio la falacia de sus supuestos amigos, o conociendola, creyo posible vencerles con armas nobles, con la persuasion y la propaganda. Una sociedad decrepita, pero conservando aun esa tenacidad incontrastable que distingue a algunos viejos, sostenia encarnizada guerra con una sociedad lozana y vigorosa llamada a la posesion del porvenir. En este libro asistiremos a algunos de sus encuentros. Sigamos nuestra narracion. Los curiosos se paraban ante la _Fontana_; salian los tenderos a las puertas; el barbero Calleja, que se hacia llamar _ciudadano Calleja_, estaba tambien en su puerta pasando una navaja, y contemplando el club y a sus parroquianos con una mirada presuntuosa, que queria decir: "si yo fuera alla...." Algunas personas se acercaron a la barberia formando corro alrededor del maestro. Uno llego muy presuroso, y pregunto: "?Que hay? ?Ocurre algo?" Era el recien venido uno de esos individuos de edad indefinible, de esos que parecen viejos o jovenes, segun la fuerza de la luz o la expresion que dan al semblante. Su estatura era pequena, y tenia la cabeza casi inmediatamente adherida al tronco, sin mas cuello que el necesario para no ser enteramente jorobado. El abdomen le abultaba bastante, y generalmente cruzaba las manos sobre el con movimiento de carinosa conservacion. Sus ojos eran medio cerrados y pequenos, pero muy vivos, formando armoniosa simetria con sus labios delgados, largos y elasticos, que en los momentos mas ardorosos de la conversacion avanzaban formando un tubo acustico que daba a su voz intensidad extraordinaria. A pesar de su traje seglar, habia en este personaje no se que de frailuno. Su cabeza parecia hecha pura la redondez del cerquillo, y ancho gaban que envolvia su cuerpo, mas que gaban, parecia un habito. Tenia la voz muy destemplada y acre; pero sus movimientos eran sumamente expresivos y vehementes. Para concluir, diremos que este hombre se llamaba Gil de nombre y Carrascosa de apellido; educaronle los frailes agustinos de Mostoles, y ya estaba dispuesto para profesar, cuando se marcho del convento, dejando a los Padres con tres palmos de boca abierta. A fines de siglo logro, por amistades palaciegas, que le hicieran abate; mas en 1812 perdio el beneficio, y depuso el capisayo. Desde entonces fue ardiente liberal hasta la vuelta de Fernando, en que sus relaciones con el favorito Alagon le proporcionaron un destino de covachuelista con diez mil reales. Entonces era absolutista decidido; pero la Jura de la Constitucion por Fernando en 1820 le hizo variar de opiniones hasta el punto de llegar a alistarse en la sociedad de los _Comuneros_ y formar pandilla con los mas exaltados. Cuando tengamos ocasion de penetrar en la vida privada de Carrascosa, sabremos algunos detalles de cierta aventura con una beldad quintanona de la calle de la Gorguera, y sabremos tambien los malos ratos que con este motivo le hizo pasar cierto estudiantillo, poeta clasico, autor de la nunca bien ponderada tragedia de los Gracos. "?Pues no ha de ocurrir?--dijo Calleja.--Hoy tenemos sesion extraordinaria en la _Fontana_. Se trata de pedir al Rey que nombre un Ministerio exaltado, porque el que esta no nos gusta. Tendremos discurso de Alcala Galiano. --Aquel andaluz feo... --Si, ese mismo. El que el mes pasado dijo: _No haya perdon ni tregua para los enemigos de la libertad. ?Que quieren esos espiritus obscuros, esos...?_ Y por aqui seguia con un pico de oro.... --Ya les dara que hacer--observo Carrascosa--iQue elocuencia! iQue talento el de ese muchacho! --Pues yo, senor don Gil--manifesto Calleja,--respetando la opinion de usted, para mi tan competente, dire...." Y aqui tosio dos veces, emitio un par de grunidos por via de proemio, y continuo: "Dire que, aunque admiro como el que mas las dotes del joven Alcala Galiano, prefiero a Romero Alpuente, porque es mas expresivo, mas fuerte, mas ... pues. Dice todas las cosas con un arranque ... por ejemplo, aquello de i_al que quiera hierro, hierro_! y aquello de i_no buscan los tiranos su apoyo en la vara de la justicia; buscanle en los maderos del cadalso, en el hombro deshonrado del verdugo_! Si le digo a usted que es un.... --Pues yo--contesto el ex abate,--aunque admiro tambien a Romero Alpuente, prefiero a Alcala Galiano, porque es mas exacto, mas razonador.... --Se engana usted, amigo Carrascosa. No me compare usted a ese hombre con el mio; que todos los oradores de Espana no llegan al zancajo de Romero Alpuente. Pues ?y aquel pasaje de los _abajos_? Cuando decia: i_Abajo los privilegios, abajo lo superfluo, abajo ese lujo que llaman rey..._! iAh! Si es mucha boca aquella." Calleja repetia estos trozos de discurso con mucho enfasis y afectacion. Recordaba la mitad de lo que oia, y al llegar la ocasion comenzaba a desembuchar aquel arsenal oratorio, mezclandolo todo y haciendo de distintos fragmentos una homilia substancial y disparatada. Se nos olvidaba decir que este ciudadano Calleja era un hombre muy corpulento y obeso; pero aunque parecia hecho expresamente por la Naturaleza para patentizar los puntos de semejanza que puede haber entre un ser humano y un toro, su voz era tan clueca, fallida y aternerada, que daba risa oirle declamar los retazos de discursos que aprendia en la _Fontana_. Pues no estamos conformes--contesto Carrascosa, accionando con mucho aplomo,--porque ?que tiene que ver esa elocuencia con la de Alcala, el cual es hombre que, cuando dice "alla voy", le levanta a uno los pies del suelo? --Es verdad--dijo, terciando en el debate, uno de los circunstantes, que debia de ser torero, a juzgar por su traje y la trenza que en el cogote tenia;--es verdad. Cuando Alcala embiste a los tiranos y se empieza a calentar.... Pues no fue mal puyazo el que le metio el otro dia a la Inquisicion. Pero, sobre todo, lo que mas me gusta es cuando empieza bajito y despues va subiendo, subiendo la voz.... Les digo a ustedes que es el espada de los _oraores_. --Senores--afirmo Calleja,--repito que todos esos son unos munecos al lado de Romero Alpuente. iComo puso a los frailes hace dos noches! ?A que no saben ustedes lo que les dijo? ?A que no saben...? Ni al mismo demonio se le ocurre.... Pues los llamo.... _isepulcros blanqueados!_... Miren que mollera de hombre.... --No se empene usted, Calleja--refunfuno el ex covachuelista con alguna impertinencia. --Pero venga usted aca, senor don Gil--dijo Calleja, haciendo todo lo posible por engrosar la voz.--iSi sabre yo quien es Alcala Galiano y los puntillos que calzan todos ellos! iA mi con esas! Yo, que les calo a todos desde que les veo, y no tengo mas que oirles decir _castanas_ para saber de que palo estan hechos.... --Creo, senor don Gaspar, que esta usted muy equivocado, y no se por que se cree usted tan competente,--indico Carrascosa en tono muy grave. --?Pues no he de serlo? iYo, que paso las noches oyendoles a todos, no saber lo que son! Vamos, que algunos que se tienen por muy buenos, no son mas que ingenios de racion y equitacion. --Es verdad tambien que Romero Alpuente no es ningun rana--dijo otro de los presentes. --?Como rana?--exclamo, animandose, Calleja.--iQue le sobra talento por los tejados!... Y a usted, senor Carrascosa, ?quien le ha dicho que yo no soy competente? ?Quien es usted para saberlo? --?Que quien soy? ?Y usted que entiende de discursos? --Vamos, senor don Gil, no apure usted mi paciencia. Le digo a usted que le tengo por un ignorante lleno de presuncion. --Respete usted, senor Calleja--exclamo don Gil un poco conmovido;--respete usted a los que por sus estudios estan en el caso de... Yo... yo soy graduado en canones en la Complutense. --Canones, ya. Eso es cosa de latin. ?Que tiene que ver eso con la politica? No se meta usted en esas cuestiones, que no son para cabezas ramplonas y de cuatro suelas. --Usted es el que no debe meterse en ellas--exclamo Carrascosa sin poderse contener;--y el tiempo que le dejan libre las barbas de sus parroquianos, debe emplearlo en arreglar su casa. --Oiga usted, senor pedante complutense, canonista, teatino, o lo que sea, vayase a mondar patatas al convento de Mostoles, donde estara mas en su lugar que aqui. --Caballero--dijo Carrascosa, poniendose de color de un tomate y mirando a todos lados para pedir auxilio, porque aunque tenia al barbero por lo que era, por un solemne gallina, no se atreva con aquel corpachon de ocho pies. --Y ahora que recuerdo--anadio con desden el rapista,--no me ha pagado usted las sanguijuelas que llevo para esa senora de la cal e de la Gorguera, hermana del tambor mayor de la Guardia Real. --?Tambien me llama usted estafador? Mejor haria el ciudadano Calleja en acordarse de los diez y nueve reales que le presto mi primo, el que tiene la polleria en la calle Mayor; reales que le ha pagado como mi abuela. --Vamos, que tu y el pollero sois los dos del mismo estambre. --Si, y acuerdese de la guitarrilla que le robo a Perico Sardina el dia de la merienda en Migas Calientes. --?La guitarrilla, eh? ?Dice usted que yo le robe una guitarrilla? Vamos, no me venga usted a mi con indirectas...--contesto el barbero, queriendo parecer sereno. --Vengase usted aqui con pamplinas: si no le conoceremos, senor _Callejon angosto_. --Anda, que te quedaste con la colecta el dia de San Anton. iCatorce pesos! Pero entonces eras realista y andabas al rabo de Otolaza para que te hiciera limpia-polvos de alguna cocina. Entonces dabas vivas al Rey absoluto, y en la estudiantina del Carnaval le ofreciste un ramillete en el Prado. Anda, aprende conmigo, que, aunque barbero, he sido siempre liberal, si, senores. Liberal aunque barbero; que yo no soy cualquier vende-humos, sino un ciudadano honrado y liberal como cualquiera. Pero miren a estos realistones: ahora han cambiado de casaca. Despues que con sus delaciones tenian las carceles atarugadas de gente; se agarran a la Constitucion, y ya estan en campana como toro en plaza, dando vivas a la libertad. --Senor Calleja, usted es un insolente. --iServilon! Esta voz era el mayor de los insultos en aquella epoca, Cuando se pronunciaba, no habia remedio: era preciso renir. Ya el arma ingeniosa, que la industria ha creado para el mejoramiento y cultivo de las barbas de la mitad del genero humano se alzaba en la mano del iracundo barbero; ya el agudo filo resplandecia en lo alto, proximo a caer sobre el indefenso craneo del que fue lego, abate y covachuelista, cuando otra mano providencial atajo el golpe tremendo que iba a partir en dos tajadas a todo un graduado en canones de la Complutense. Esta mano protectora era la mano robusta de la mujer de Calleja, la cual, desconcertada y tremula al ver desde el rincon de su tienda la actitud terriblemente agresiva de su esposo, dejo con rapidez la labor, echo en tierra al chicuelo, que en uno de sus monumentales pechos se alimentaba, y arreglandose lo mejor que pudo el mal encubierto seno, corrio a la puerta y libro al pobre Carrascosa de una muerte segura. Las tres figuras permanecieron algunos segundos formando un bello grupo. Calleja con el brazo alzado y el rostro encendido; su esposa, que era tan gigantesca como el, le sostenia el brazo; el pobre Gil, mudo y petrificado de espanto. Dona Teresa Burguillos, que asi se llamaba la dama, era de formas colosales y bastas; pero tenia en aquellos momentos cierta majestad en su actitud, la cual recordada a Minerva en el momento de detener la mano de Aquiles, pronta a desnudar el terrible acero clasico. El Agamenon de la Covachuela ofrecia un aspecto poco academico en verdad. "Ciudadano Calleja--dijo aquella senora en tono muy reposado,--no emplees tus armas contra ese pelon, que se pudre a todo podrir: guardalas para los tiranos." Calleja cerro, pues, la navaja, y la guardo para los tiranos. Don Gil se aparto de alli, llevado por algunos amigos, que quisieron impedir una catastrofe; y poco despues, el grupo que alli se habia formado quedaba disuelto. La amazona cerro la puerta, y dentro continuo su perorata interrumpida. No queremos referir las muchas cosas buenas que dijo, mientras el muchacho se apoderaba otra vez del pecho, que tan bruscamente habia perdido. Basto decir, para que se comprenda lo que valia dona Teresa Burguillos, que sabia leer, aunque con muchas dificultades, hallandose expuesta a entender las cosas al reves; que a fuerza de mascullones podia enterarse de algunos discursos escritos, reteniendolos en la memoria; que alentada por la barberil elocuencia y liberalesca conducta de su esposo, se habia hecho una gran politica, y que era muy entusiasta de Riego y de Quiroga, aunque mas que los _hombres de sable_ le gustaban los _hombres de palabra_, llegando hasta decir que no conocia caballero mas galantemente discreto que _Paco_ (asi mismo) Martinez de La Rosa. Es casi seguro que manifesto deseos de tener delante al _barbaro Elio_ para clavarle sus tijeras en el corazon. Penetremos ahora en la _Fontana_. CAPITULO II #El club patriotico#. En la _Fontana_ es preciso demarcar dos recintos, dos hemisferios: el correspondiente al cafe, y el correspondiente a la politica. En el primer recinto habia unas cuantas mesas destinadas al servicio. Mas al fondo, y formando un angulo, estaba el local en que se celebraban las sesiones. Al principio el orador se ponia en pie sobre una mesa, y hablaba; despues el dueno del cafe se vio en la necesidad de construir una tribuna. El gentio que alli concurria era tan considerable, que fue preciso arreglar el local, poniendo bancos _ad hoc_; despues, a consecuencia de los altercados que este club tuvo con el _Grande Oriente_, se demarcaron las filiaciones politicas; los exaltados se encasillaron en la _Fontana_, y expulsaron a los que no lo eran. Por ultimo, se determino que las sesiones fueran secretas, y entonces se traslado el club al piso principal. Los que abajo hacian el gasto tomando cafe o chocolate, sentian en los momentos agitados de la polemica un estruendo espantoso en las regiones superiores, de tal modo, que algunos, temiendo que se les viniera encima el techo con toda la mole patriotica que sustentaba, tomaron las de Villadiego, abandonando la costumbre inveterada de concurrir al cafe. Una de las cuestiones que mas preocupaban al dueno fue la manera de armonizar lo mejor posible el patriotismo y el negocio, las sesiones del club y las visitas de los parroquianos. Dirigio conciliadoras amonestaciones para que no hicieran ruido pero esto parece que fue interpretado como un primer conato de servilismo, y aumento el ruido, y se fueron los parroquianos. En la epoca a que nuestra historia se refiere, las sesiones estaban todavia en la planta baja. Aquellos fueron los buenos dias de la _Fontana_. Cada bebedor de cafe formaba parte del publico. Entre los numerosos defectos de aquel local, no se contaba el de ser excesivamente espacioso: era, por el contrario, estrecho, irregular, bajo, casi subterraneo. Las gruesas vigas que sostenian el techo no guardaban simetria. Para formar el cafe fue preciso derribar algunos tabiques, dejando en pie aquellas vigas; y una vez obtenido el espacio suficiente, se penso en decorarlo con arte. Los artistas escogidos para esto eran los mas habiles pintores de muestra de la Villa. Tendieron su mirada de aguila por las estrechas paredes, las gruesas columnas y el pesado techo del local, y unanimes convinieron en que lo principal era poner unos capiteles a aquellas columnas. Improvisaron unas volutas, que parecian tener por modelo las morcillas extremenas, y las clavaron, pintandolas despues de amarillo. Se penso despues en una cenefa que hiciera el papel de friso en todo lo largo del salon; mas como ninguno de los artistas sabia tallar bajo-relieves, ni se conocian las maravillas del carton-piedra, se convino en que lo mejor seria comprar un liston de papel pintado en los almacenes de un marselles recientemente establecido en la calle de Majaderitos. Asi se hizo, y un dia despues la cenefa, engrudada por los mozos del cafe, fue puesta en su sitio. Representaba unos craneos de macho cabrio, de cuyos cuernos pendian cintas de flores que iban a enredarse simetricamente en varios tirsos adornados con manojos de frutas, formando todo un conjunto anaecreontico-funebre de muy mal efecto. Las columnas fueron pintadas de blanco con rafagas de rosa y verde, destinadas a hacer creer que eran de jaspe. En los dos testeros proximos a la entrada, se colocaron espejos como de a vara; pero no enterizos, sino formados por dos trozos de cristal unidos por una barra de hojalata. Estos espejos fueron cubiertos con un velo verde para impedir el uso de los derechos de domicilio que alli pretendian tener todas las moscas de la calle. A cada lado de estos espejos se coloco un quinque, sostenido por una peana anaecreontico, donde se apoyaba el receptaculo; y este recibia diariamente de las entranas de una alcuza, que detras del mostrador habia, la substancia necesaria para arder macilento, humeante, triste y hediondo hasta mas de media noche, hora en que su luz, cansada de alumbrar, vacilaba a un lado y otro como quien dice _no_, y se extinguia, dejando que salvaran la patria a obscuras los apostoles de la libertad. El humo de estos quinques, el humo de los cigarros, el humo del cafe habian causado considerable deterioro en el dorado de los espejos, en el amarillo de los capiteles, en los jaspes y en el friso clasico. Solo por tradicion se sabia la figura y color de las pinturas del techo, debidas al pincel del peor de los discipulos de Maella. Los muebles eran muy modestos; reducianse a unas mesas de palo, pintadas de color castano simulando caoba en la parte inferior, y embadurnadas de blanco para imitar marmol en la parte superior, y a medio centenar de banquillos de ajusticiado, cubiertos con cojines de hule, cuya crin, por innumerables agujeros, se salia con mucho gusto de su encierro. El mostrador era ancho, estaba colocado sobre un escalon, y en su fachada tenia un medallon donde las iniciales del amo se entrelazaban en confuso jeroglifico. Detras de este catafalco asomaba la imperturbable imagen del cafetero, y a un lado y otro de este, dos estantes donde se encerraban hasta cuatro docenas de botellas. Al traves de la mitad de estos cristales se veian tambien bollos, libras de chocolate y algunas naranjas; y decimos la mitad de los cristales, porque la otra mitad no existia, siendo sustituida por pedazos de papel escrito, perfectamente pegados con obleas encarnadas. Por encima de las botellas, por encima del estante, por encima de los hombros del amo, se veia saltar un gato enorme, que pasaba la mayor parte del dia acurrucado en un rincon, durmiendo el sueno de la felicidad y de la hartura. Era un gato prudente, que jamas interrumpia la discusion, ni se permitia maullar ni derribar ninguna botella en los momentos criticos. Este gato se llamaba Robespierre. En el local que hemos descrito se reunia la ardiente juventud de 1820. ?De donde habian salido aquellos jovenes? Unos salieron de las Constituyentes del ano 12, esfuerzo de pocos, que acabo iluminando a muchos. Otros se educaron en los seis anos de opresion posteriores a la vuelta de Fernando. Algunos brotaron en el trastorno del ano 20, mas fecundo tal vez que el del 12. ?Que fue de ellos? Unos vagaron proscriptos en tierra extranjera durante los diez anos de Calomarde; otros perecieron en los aciagos dias que siguieron a la triste victoria de los cien mil nietos de San Luis. Entre los que lograron vivir mas que el inicuo Fernando, algunos defendieron el mismo principio con igual entereza; otros, creyendo sustentarle, tropezaron con las exigencias de una generacion nueva. Encontraronse con que la generacion posterior avanzaba mas que ellos, y no quisieron seguirla. Al crearse el club, no tuvo mas objeto que discutir en principio las cuestiones politicas; pero poco a poco aquel noble palenque, abierto para esclarecer la inteligencia del pueblo, se bastardeo. Quisieron los fontanistas tener influencia directa en el gobierno. Pedian solemnemente la destitucion de un ministro, el nombramiento de una autoridad. Demarcaron los dos partidos _moderado y exaltado_, estableciendo una barrera entre ambos. Pero aun descendieron mas. Como en la _Fontana_ se agitaban las pasiones del pueblo, el Gobierno permitia sus excesos para amedrentar al Rey, que era su enemigo. El Rey, entre tanto, fomentaba secretamente el ardor de la _Fontana_, porque veia en el un peligro para la libertad. La tradicion nos ha ensenado que Fernando corrompio a alguno de los oradores e introdujo alli ciertos malvados que fraguaban motines y disturbios con objeto de desacreditar el sistema constitucional. Pero los ministros, que descubrian esta astucia de Fernando, cerraban la _Fontana_, y entonces esta se irritaba contra el Gobierno y trataba de derribarlo. Fomentaba el Rey el escandalo por medio de agentes disfrazados; ayudaba el club a los ministros; estos le herian; vengabase aquel, y giraban todos en un circulo de intrigas, sin que los credulos patriotas que alli formaban la opinion conociesen la oculta transcendencia de sus cuestiones. Pero oigamos a Calleja que pide a voz en cuello que comience la sesion. Dos elementos de desorden minaban la _Fontana_: la ignorancia y la perfidia. En el primero ocupaba un lugar de preferencia el barbero Calleja. Este patriota capitaneaba una turba de aplaudidores semejantes a el, y la tal cuadrilla alborotaba de tal modo cuando subia a la tribuna un orador que no era de su gusto, que se penso seriamente en prohibirle la entrada. En la noche a que nos referimos, nuestro hombre daba con sus pesadas manos tales palmadas, que sonaban como golpes de batan y los demas metian ruido dando porrazos en el suelo con los bastones. En vano pedian silencio y moderacion los del interior, personas entre las cuales habia diputados, militares de alta graduacion, oradores famosos. Los bullangueros no callaron hasta que subio a la tribuna Alcala Galiano. Era este un joven de estatura mas que regular, erguido, delgado, de cabeza grande y modales desenvueltos y francos. Tenia el rostro bastante grosero, y la cabeza poblada de encrespados cabellos. Su boca era grande, y muy toscos los labios; pero en el conjunto de la fisonomia habia una clara expresion de noble atrevimiento, y en su mirada profunda la penetracion y el fuego de los ingenios de la antigua raza. Comenzo a hablar relatando un suceso de la sesion anterior, que habia dado ocasion a que salieran de la _Fontana_ Garelli, Toreno y Martinez de la Rosa. Indico las diferencias de principios que en lo sucesivo habian de separar a los moderados de los exaltados, y pinto la situacion del Gobierno con exactitud y delicadeza. Pero cuando con mas robusta voz y elocuencia mas vigorosa hacia un cuadro de las pasadas desdichas de la nacion, ocurrio un incidente que le obligo a interrumpir su discurso. Era que se oia en la calle fuerte ruido de voces, el cual crecio formando gran algazara. Muchisimos se levantaron y salieron. El auditorio empezo a disminuir, y al fin disminuyo de tal modo, que el orador no tuvo mas remedio que callarse. Cortado y colerico estaba el andaluz cuando bajo de la tribuna. [Nota 1: El mismo Alcala Galiano refiere con mucha franqueza este suceso en sus anotaciones a _Historia de Espana_, por Durham.] El tumulto aumentaba fuera, y por fin no quedaron en el cafe sino cinco o seis personas. Estas querian satisfacer la curiosidad, y acompanadas del mismo Galiano, salieron tambien. En diez minutos la _Fontana_ se quedo sin gente, y el rumor exterior pasaba, se oia cada vez mas lejano, porque andaba a buen paso la oleada de pueblo que lo producia. Todas las senales eran de que habia comenzado una de aquellas asonadas tan frecuentes entonces. Era ya tarde: los quinques habian llegado al tercer periodo de su reverberacion dificultosa, es decir, estaban en los instantes precursores de su completo aniquilamiento, y las mechas despedian humo mas hediondo y abundante. Uno de los mozos se habia marchado a dormir; otro roncaba junto a la puerta, y el tercero habia salido con los parroquianos. A lo lejos se oia un eco de voces siniestras, las voces del tumulto popular, que rodaba por la villa agitandola toda. El cafetero continuaba inmovil en su tripode. Dos luminosos puntos de claridad verdosa brillaban detras de el. Era Robespierre que se acercaba a su amo, y saltando por encima de sus hombros, se ponia delante para recibir una caricia. El hombre del cafe le paso la mano afectuosamente por el lomo, y el animal, agradecido, alzo el rabo, arqueo el espinazo, se lamio los bigotes, y despues de estirarse muy a la sabor, se volvio a su rincon, donde se agazapo de nuevo. Frente por frente al mostrador, y en el mas obscuro sitio del cafe, principio a destacarse una figura humana, invisible hasta entonces. Esta persona salia de la sombra, y avanzando lentamente hacia el mostrador, entraba en el foco de la escasa luz que aclaraba el recinto, siendo posible entonces observar las formas de aquel silencioso y extrano personaje. Era un hombre de edad avanzada; pero en vez de la decrepitud propia de sus anos, mostraba entereza, vigor y energia. Su cara era huesosa, irregular, sumamente abultada en la parte superior; la frente tenia una exagerada convexidad, mientras la boca y los carrillos quedaban reducidos a muy mezquinas proporciones. A esto contribuia la falta absoluta de dientes, que, habiendo hecho de la boca una concavidad vacia, determinaba en sus labios y en sus mejillas depresiones profundas que hacian resaltar mas la angulosa armazon de sus quijadas. En su cuello, los tendones, huesos y nervios formaban como una serie de piezas articuladas, cuyo movimiento mecanico se observaba muy bien, a pesar de la piel que las cubria. Los ojos eran grandes y revelaban haber sido hermosos. Por extrano fenomeno, mientras los cabellos habian emblanquecido enteramente, las cejas conservaban el color de la juventud, y estaban formadas de pelos muy fuertes, rigidos y erizados. Su nariz corva y fina debio tambien haber sido muy hermosa, aunque al fin por la fuerza de los anos, se habia afilado y encorvado mas, hasta el punto de ser enteramente igual al pico de un ave de rapina. Alrededor de su boca, que no era mas que una hendidura, y encima de sus quijadas, que no eran otra cosa que un armazon, crecia un vello tenaz, los fuertes retonos blancos de su barba que, afeitada semanalmente en cuarenta anos, despuntaban rigidos y brillantes como alambres de plata. Hacian mas singular el aspecto de esta cara dos enormes orejas extendidas, colgantes y transparentes. La amplitud de estos pabellones cartilaginosos correspondia a la extrema delicadeza timpanica del individuo, la cual, en vez de disminuir, parecia aumentar con la edad. Su mirada era como la mirada de los pajaros nocturnos, intensa, luminosa y mas siniestra por el contraste obscuro de sus grandes cejas, por la elasticidad y sutileza de sus parpados sombrios, que en la obscuridad se dilataban mostrando dos pupilas muy claras. Estas, ademas de ver mucho, parecia que iluminaban lo que veian. Esta mirada anunciaba la vitalidad de su espiritu, sostenido a pesar del deterioro del cuerpo, el cual era inclinado hacia adelante, delgado y de poca talla. Sus manos eran muy flacas, pudiendose contar en ellas las venas y los nervios; los dedos parecian, por lo angulosos y puntiagudos, garras de pajaro rapaz. La piel de la frente era amarilla y arrugada como las hojas de un incunable; y mientras hablaba, esta piel se movia rapidamente y se replegaba sobre las cejas formando una serie de circulos concentricos alrededor de los ojos, que remataban en semejanza con un lechuzo. Vestia de negro, y en la cabeza llevaba una gorrilla de terciopelo. Cuando este hombre estuvo cerca del mostrador, levantose el cafetero con recelo, se fue a la puerta de la calle y escucho atentamente algun tiempo; volvio, se asomo a un ventanillo que daba al patio, y despues repitio la misma operacion en una puerta que daba a la escalera. De los tres mozos del cafe, uno solo estaba alli, roncando sobre un banco: el amo le desperto y le despidio. Atrancada bien la puerta, volvio aquel a su tripode, y estableciendose en ella, miro al del gorro, como si esperara de el una gran cosa. iBuena la han armado!--dijo en voz alta, seguro de no ser escuchado por voces extranas--iOtro alboroto esta noche! Y dicen que la Guardia Real prepara un gran tumulto. Usted, D. Elias, debe saberlo. --Deje usted andar, amigo; deje usted andar, que ya llegaran,--dijo el flaco con voz sonora y profunda. Y metiendo la mano en el bolsillo, saco un pequeno envoltorio que, por el sonido que produjo al ser puesto sobre la mesa, indicaba contener dinero. El cafetero miro con singular expresion de carino el envoltorio, mientras el viejo lo desenvolvio con mucha cachaza, y sacando unas onzas que dentro habia, comenzo a contar. Al ruido de las monedas, Robespierre abrio los ojos; y viendo que no era cosa que le interesaba, los volvio a cerrar, quedandose otra vez dormido. El viejo conto diez medias onzas, y se las dio al del cafe. --Vamos, senor D. Elias--dijo este descontento.--?Que hago yo con cinco onzas? --Por cinco onzas se vende la diosa misma de la libertad,--replico Elias sin mirar al cafetero. --Quite usted alla: aqui hay patriotas que no diran "viva el Rey" por todo el oro del mundo. --Si: es mucha entereza la de esos senores--exclamo Elias con un acento de ironia que debia de ser el acento habitual de su palabra. --Vaya usted a ofrecer dinero a Alcala Galiano y a Moreno Guerra.... --Esos alborotan alla, en las Cortes; de esos no se trata. Tratamos de los que alborotan aqui. --Pues le aseguro a usted, senor don Elias de mi alma, que con lo que me ha dado, no tengo ni para la correa del zapato del orador mas malo de este club. --Le digo a usted que basta con eso. El senor no esta para gastos. --iY que tacano se vuelve el Absoluto! Mala landre le mate, si con estas miserias logra derribar la Constitucion. --Deje usted andar, que ya se arreglara esto--contesto el viejo dando un suspiro. Y al darlo cerro la boca de tal modo, que parecia que la mandibula inferior se le quedaba incrustada dentro de la superior. --Pero, don Elias de mis pecados, ?que quiere usted que haga yo con cinco onzas...? ?Que le parecio aquel sargenton que hablo anoche? Dicen que es un bruto; pero lo cierto es que hace ruido y nos sirve bien, pues me cuesta un ojo de la cara cada parrafo de aquellos que sublevan la multitud y ponen al pueblo encendido... iY hay otros tan reacios, don Elias...! Anteanoche subio a la tribuna uno que suele venir ahi con el barbero Calleja: ique voz de becerro tenia! Empezo a hablar de la Convencion, y dijo que era preciso cortar las cabezas de adormidera. Le aplaudieron mucho, y yo confieso que fue una gran cosa, aunque, a decir verdad, no le entendi mas que si hubiera hablado en judio. Cuando acabo la sesion, quise picarle para que hablara segunda vez; pero no se si calo mis intenciones; lo cierto es que dijo que me iba a cortar el pescuezo, anadiendo que no me descuidara. iQue susto me lleve! iY esto se me paga tan mal! Aquel discurso que pronuncio anoche a ultima hora el estudiantillo valenciano, me costo dos raciones de carne estofada y dos botellas de vino iAy! Si llegaran a saber estos manejos Alcala Galiano y Florez Estrada ... le digo a usted que me voy a reir de gusto. --Esas son las cabezas de adormidera que es preciso cortar--exclamo el viejo, guinando el ojo y haciendo con la mano derecha, movida horizontalmente, la senal de quien corta alguna cosa. --Pues fuera una lastima, porque son buenos chicos. Yo, francamente se lo digo a usted, aunque soy en lo intimo de mi corazon partidario amantisimo de mi Rey absoluto, cuando oigo a esos muchachos, y especialmente cuando veo a Alcala Galiano subir a la tribuna, y empieza a echar flores por aquella boca, y despues culebras, me da un escarabajeo tan grande, que me baila el corazon y me dan ganas de abrazarle. --Dejalos que griten: eso precisamente es lo que se busca. Mira el motin de esta noche: a ellos se les debe. Con muchos asi, pronto estallara la cuerda. Eso es lo que quiere el Rey. iOh! Ya veras que pronto se despedazaran unos a otros. --?Pero que hago yo con cinco onzas?--volvio a decir el dueno del cafe. --Ya lo he dicho El Rey no esta para despilfarros, y para levantar de cascos a esta gente no es preciso mucho dinero. --?Que no? Pregunteselo usted a aquel lego exclaustrado que escribe _El Azote_; ya me tiene comidas tres onzas de las que usted me trajo la semana pasada. ?Pues y aquel oficialito que pronuncio hace dias aquel fuerte discurso en que dijo: _Calendas Cartagos_...? --_Delenda est Carthago_, querra usted decir. --Eso es: _dilenda o calenda_, lo mismo da--dijo el del cafe.--iPues ese oficialito tiene unas tragaderas! Me comio dos empanadas de conejo como dos ruedas de molino. Y sobre todo, con decirle a usted que para conseguir que Andresillo Corcho saliera por esas calles gritando, como usted vio muy bien el domingo, tuve que pagarle todas sus deudas, que eran ocho meses al casero, y que se yo cuantos piquillos sueltos a los amigos... Y luego no gana uno para sustos, don Elias. Vuelvo a repetirle a usted que si los liberales de copete descubren estas socalinas, no me dejaran un hueso en su lugar. --Mucha cautela, ten mucha cautela: nada de papeles escritos, no me dirijas cartas, no fies al papel ni una idea sobre este punto,--le dijo Elias con severidad. --Y digame usted--continuo el del cafe, bajando la voz como si temiera ser oido por Robespierre;--digame usted, ?cuando se alza la Guardia Real? --No se--dijo Elias, encogiendose de hombros. --Dicen que la _Santa Alianza_ ha escrito al Rey. Elias debia ser hombre prudentisimo, porque contesto "no se" a secas como a la primera pregunta. Entonces se oyo otra vez, aunque muy lejano, el mismo ruido de voces, que hizo salir del club a toda la concurrencia. "Creo que piensan allanar la casa de Toreno. --Bien: me alegro--dijo el viejo con siniestra satisfaccion.--Veo que empiezan a devorarse unos a otros. No podia suceder otra cosa. iOh! Yo entiendo a esta canalla. ?Y que habia de suceder? ?Espana podra estar mucho tiempo en manos de una gavilla de pensadores desesperados? Si esto durara, yo dudaria de la Providencia, que arregla a las naciones como da aliento a los individuos, Espana esta sin Rey, que es estar sin gloria, sin vida y sin honor. ?Habia, por ventura, Constitucion cuando Espana fue el primer pais del mundo? Eso de hacer el pueblo las leyes es lo mas monstruoso que cabe. ?Cuando se ha visto que el que ha de ser mandado haga las leyes? ?Seria justo que nuestros criados nos mandaran? Aqui no hay Rey ni Dios esto se acabara; yo te jure que se acabara." Al decir esto, el viejo abria los ojos y apretaba los punos con furor. El del cafe no pudo resistir al encanto de tanta elocuencia, levantose de su tripode y le abrazo. Al alargar sus manos con entusiasmo, una botella cayo y fue rodando hasta dar un golpe a Robespierre, el cual, despertando subitamente, dio un atroz maullido y fue a buscar regiones mas tranquilas en lo alto del armario de los bizcochos. Elias saco de su bolsillo una pequena faja negra, que le servia de tapabocas, se la envolvio al cuello y se dispuso a salir. El cafetero, con su oficiosidad acostumbrada en presencia de aquel personaje, se dirigio a abrirle la puerta. Ya principiaba a despuntar el dia. El viejo realista salio sin saludar a su amigo y tomo la direccion de su casa. CAPITULO III #Un lance patriotico y sus consecuencias#. Don Elias cruzaba la Carrera de San Jeronimo, cuando vio que hacia el venian unos cuantos hombres que reian y gritaban dando vivas a la Constitucion y a Riego. Trato de evitar el encuentro, y tomo la otra acera; pero ellos pasaron tambien, y uno le detuvo. Eran cinco individuos, y de ellos tres, por lo menos, estaban completamente embriagados. Nuestro ya conocido Calleja les mandaba. Componiase la cuadrilla de un chalan del barrio de Gilimon y un matutero del Salitre, un caballero particular conocido en Madrid por sus trampas y gran prestigio en la plazuela de la Cebada, y finalmente, un moceton alto, flaco y negro, que tenia fama de guerrillero, y del cual se contaban maravillas en las campanas de 1809 y despues en los sucesos del 20. El sello de sus hazanas marcaba siniestramente su rostro en un chirlo, que le cogia desde la frente hasta el carrillo, cegandole un ojo y abollandole media nariz. Los cinco detuvieran al anciano. "iMatale, matale!--dijo con aguardentosa voz el matutero, pinchando con la varita que llevaba en la mano el pecho de Elias. --No, dejale, Perico. ?De que vale espachurrar a este bicho? --Si es Coletilla--exclamo el del chirlo reconociendole.--Coletilla, el amigo de Vinuesa, el que anda por los clubs para contarle al Rey lo que pasa. --iQue cante el _Tragula!_--dijo el chalan, que estaba envuelto desde el pescuezo a la rabadilla en un cenidor encarnado, por entre cuyo pliegues asomaba el puno de uno de aquellos celebres alfileres de Albacete que tanto dan que hacer a la justicia. --Tres Pesetas, coge por ese brazo al senorito." Tres Pesetas puso su mano sobre el gorro de Elias y se lo tiro al suelo, dejando al aire la pelada calva del anciano. Carcajada sonora acogio este movimiento. "iMiren que orejazas de mochuelo!--anadio el guerrillero, tirandole de la derecha hasta inclinarle la cabeza sobre el hombro. --_Pos_ no tiene mala cabeza _e pelailla pa_ jugar a los trucos--dijo el matutero, dandole un papirotazo en mitad del craneo." El realista estaba livido de colera: apretaba los punos en convulsion nerviosa, y en sus ojos brillaron lagrimas de despecho. En esto Calleja, que parecia tener gran autoridad entre aquella gente, se agarro al brazo de Elias, y exclamo, riendo con la desenfrenada hilaridad de la embriaguez: "Ven, bravucon, ven con nosotros. Ciudadanos--prosiguio, volviendose a los otros:--este es el gran Coletilla, el mismo Coletilla. Seremos amigos. Nos va a presentar al Rey constitucional para que nos haga...." --i_Menistros_!--grito el matutero enarbolando su vara. --Ciudadanos, iviva el Rey absoluto, viva Coletilla! --Vamos a _jaserle_ comunero de la gran _comunia_--dijo el matutero.--Primera prueba. iQue salte! --iQue salte! --iQue salte! Y uno de ellos tomo de la mano a Elias como para hacerle saltar, mientras otro, empujandole con violencia, le hizo caer al suelo. "_Zegunda_ prueba--chillo Tres Pesetas:--toma esta espada, pincha a uno de nosotros." Y sacando un sable le dio de plano tan fuerte golpe, que le obligo a caer en opuesto sentido. "Di 'iviva la constitucion!' --?Pues no lo ha _e ezir?_ Y si no, yo tengo aqui unas _explicaeras_...--vocifero el matutero, sacando su navaja. --Este tunante fue el que delato al cojo de Malaga--dijo el caballero particular. --Y el amigo de Vinuesa. --Senores, este no es mas que Coletilla, el gran Coletilla--afirmo Calleja con mucha gravedad." La ferocidad se pintaba en los ojos del matutero y del chalan. El de la cicatriz cogio por el cuello a Elias, y con su mano vigorosa le apreto contra el suelo. "Sueltalo, Chaleco; dejalo tendido." Es de advertir que el matutero era conocido entre los de su calana por el extravagante nombre de Chaleco. "Dejamelo a mi--exclamo el chalan.--_Trincalo por el piscuezo; quio_ ver lo que tienen esos realistas dentro del buche." Muy mal parado estaba el infeliz Elias; y ya se encomendaba a Dios con toda su alma, cuando la inesperada llegada de un nuevo personaje puso tregua a la colera de sus enemigos, salvandole de una muerte segura. Era un militar alto, joven, bien parecido y persona de noble casa sin duda, porque, a pesar de su juventud, llevaba charreteras de una alta graduacion. Traia largo capote azul, y uno de aquellos antiguos y pesados sables, capaces de cercenar de un tajo la cabeza de cualquier enemigo. Al verle que se interponia en defensa del anciano, los otros se apartaron con cierto respeto, y ninguno se atrevio a insistir. "Vamos, senores, dejen ustedes en paz a ese pobre viejo, que no les hace ningun dano--dijo el militar. --Si es Coletilla, el mismo Coletilla. --Pero sois cinco contra el, y el es un pobre senor indefenso. --Eso mismo decia yo--exclamo Calleja, con la misma risa de borracho. --_Poz_ que diga 'iviva el Rey constitucional!' --Lo dira cuando se vea libre de vosotros. Yo respondo de que es un buen liberal y hombre de bien. --iSi es un servilon!--exclamo Chaleco. ?Y que quereis hacer con el?--pregunto el militar. --Poca cosa--dijo Tres Pesetas, que era el mas atrevido.--No mas que abrirle un tragaluz en la barriga _pa_ que salgan a misa las _asauras_. --Vamos, marchaos a vuestras casas--dijo el militar con mucha entereza:--yo le defiendo. --?Usia? --Si, yo. Marchaos, yo respondo de el. --Pues sino _ize_ iviva la...! --Di 'iviva la Constitucion!'--exclamaron todos a la vez, menos Calleja, que se estaba riendo como un idiota. --Vamos--manifesto el militar, dirigiendose a Elias: digalo usted, es cosa que cuesta poco, y ademas hoy debe decirlo todo buen espanol. --iQue lo diga! --iQue lo _iga_ pronto!" El militar persistia en que dijera aquellas palabras, como un medio de verse libre; pero Elias continuaba en silencio. "Vamos padrito, pronto--dijo el matutero. --iNo!--exclamo Elias con profunda voz y tremulo de indignacion." Entonces Tres Pesetas alzo la vara sobre el viejo; los demas se dispusieron a acometerle, y fue preciso que el militar empleara todas sus fuerzas y todo su prestigio para impedir un mal desenlace. "Diga usted iviva la Constitucion!" --iNo!--repitio Elias. Y como si recibiera inspiracion del cielo, en un arrebato de supremo valor exclamo: "iMuera!" Los cuatro desalmados rugieron con ira; pero el militar parecia resuelto a defender a Elias hasta el ultimo trance. "Apartaos--dijo.--Este hombre esta loco. ?No conoceis que esta loco? --Que retire esas palabras--dijo riendo siempre Calleja, que aun en la embriaguez blasonaba de usar con propiedad las formulas parlamentarias. --?Que _ritire_ ni _ritire_? --Si, esta loco--dijo Chaleco;--y si no esta loco, esta bo ... bo ... borracho. --iEso es ... eso ... borracho!--grito Calleja, que al fin habia necesitado apoyarse en la pared para no caer en tierra." Algunos vecinos se habian asomado; algunos transeuntes trabaron conversacion con el venerable Tres Pesetas, y ya sea que un ebrio se distrae facilmente, ya que les impusiera temor la actitud firme del militar, lo cierto es que los cuatro amigos de Calleja dejaron en paz a Elias, el cual, ayudado de su protector, se levanto como pudo y se puso el gorro que casi habia perdido la forma bajo los pies del matutero. El militar, al detener con un vigoroso esfuerzo el movimiento agresivo de Chaleco contra Elias, se rozo la mano izquierda con la extremidad puntiaguda de la empunadura de la navaja que el mozo llevaba en la faja. Esta rozadura le levanto un poco la piel y le hizo derramar alguna sangre. El militar se envolvio la mano en un panuelo, y con la derecha tomo el brazo del viejo. Este se hallaba magullado, roto y en un estado de desfallecimiento tal, que no podia andar sino a pasos cortos y vacilando a cada momento. El militar le sostuvo con fuerza, y andando con el muy lentamente, le pregunto donde estaba su casa para llevarle a ella. Elias, sin contestarle, le encamino haciendole senas por la calle de Alcala, dirigiendose a la del Barquillo para tomar al fin la de Valgame Dios, donde aquel buen hombre vivia. El joven militar era sin duda poco amante del silencio, y de caracter alegre y comunicativo, porque por el camino comenzo a hablar con singular volubilidad, pareciendo que el obstinado mutismo del viejo estimulaba mas su prolija locuacidad. No podemos transcribir los terminos precisos en que hablo este, que desde ahora es nuestro amigo, y nos acompanara en todo el transito de esta dilatada historia; pero conociendo su caracter como lo conocemos, es seguro que no sera aventurado poner en boca suya estas o parecidas palabras: "Hay que deplorar, amigo mio, en esta imperfecta vida humana, que las cosas mejores y mas bellas tienen siempre un lado malo; fatal obscuridad que proyecta en breve parte de su esfera lo mas resplandeciente y luminoso. Las instituciones mas justas y buenas, ideadas por el hombre para producir efectos de bien comun, ofrecen en los primeros tiempos de practica extranos resultados, que hacen dudar a los de poca fe de la bondad y justicia de ellas. Los hombres mismos que fabrican un objeto de sutil mecanismo, vacilan en los primeros momentos del uso, y no aciertan a regular su compas y reposado movimiento. La libertad politica, aplicacion al gobierno del mas bello de los atributos del hombre, es el ideal de los Estados. iPero que penosos son los primeros dias de practica! iComo nos aturde y desespera el primer ensayo de esta maquina! "El mayor inconveniente es la impaciencia. Hay que tener perseverancia y fe, esperar a que la libertad de sus frutos y no condenarla desde el primer dia. ?No seria loco el que plantando un arbol le arrancara desesperado al ver que no echaba raices, crecia y daba flores y frutos al primer dia?" Es probable que el militar no empleara estos mismos terminos; pero es seguro que las ideas eran las mismas. Lo cierto es que al concluir espero a ver si su peroracion producia algun efecto en el viejo; pero este sumamente abstraido, daba muestras de no atender a sus palabras y de hacer en su interior otras consideraciones no menos transcendentales y profundas. "Es de deplorar--continuo el militar reforzando su elocuencia con un poco de mimica,--es de deplorar que los primeros derechos concedidos por la libertad sean mal empleados por algunos hombres. El habito de la libertad es uno de los mas dificiles de adquirir y tenemos que sufrir los desaciertos de los que por su natural rudeza tardan mas en adquirir este habito. Pero no desconfiemos por eso, amigo. Usted, que es sin duda buen liberal, y yo, que lo soy muy mucho, sabremos esperar. No maldigamos al sol porque en los primeros momentos de la manana produce molestia en nuestros ojos, cuando salen bruscamente de la obscuridad y del sueno." Parose por segunda vez el joven para tomar aliento y ver si la fisonomia del anciano daba senales de aprobacion; pero no observo en aquel rostro singular otra cosa que abstraccion y melancolia. "Esos que le han detenido a usted--continuo el militar,--no son liberales. O son agentes ocultos del absolutismo, o ignorantes soeces sin razon ni conciencia. O libertinos sin instruccion, o alborotadores asalariados. ?Sera preciso quitarles la libertad y no devolversela hasta que reciban educacion o castigo? Entonces, ?habra libertad para unos, y para otros no? Ha de haberla para todos, o quitarsela a todos. ?Y es justo renunciar a los beneficios de un sistema por el mal uso que algunos pocos hacen de el? No: mas vale que tengan libertad ciento que no la comprenden, que la pierda uno solo que conoce su valor. Los males que con ella pudieron ocasionar los ignorantes son inferiores al inmenso bien que un solo hombre ilustrado puede hacer con ella. No privemos de la libertad a un discreto por quitarsela a cien imprudentes." El joven se paro por tercera vez por dos razones: primera, porque no tenia mas que decir (insistimos en que no empleo las mismas palabras); y segunda, porque el viejo, al llegar a su calle, se detuvo en una puerta, y dijo: "Aqui." El viejo habia concluido, y el militar iba a dejar a su nuevo amigo; pero noto que estaba este cada vez mas desfallecido y corria peligro de no poder subir si le abandonaba. El locuaz y discreto joven entro, pues, en la casa sosteniendo al realista, que apenas podia dar un paso. La mansion de Elias se ostentaba en la mitad de la calle de Valgame Dios, donde hacia veces de palacio. Colocada entre dos casas _a la malicia_, aparecia alli con proporciones gigantescas, sin que por eso tuviera mas que dos pisos altos, de los cuales el superior gozaba la singular preeminencia de ser habitado por nuestro heroe. La fachada era mezquina, fea. El cuarto bajo servia de oficina a las ruidosas ocupaciones de un machacador de hierro, que surtia de sartenes, asadores y herraduras a todo el barrio del Barquillo. Los balcones del principal eran fiel remedo de los jardines colgantes de Babilonia, porque habia en ellos muchos tiestos con flores, muchas matas que estaban en camino de ser arboles, juntamente con tres jaulas de codornices y dos reclamos, que por la noche daban armonia a toda la calle. En medio de esta selva y de estos gorjeos se veia una muestra de _Prestamista sobre alhajas_. El portal era angosto y muy largo. Para llegar a la escalera, que estaba en lo profundo, se corrian mil peligros a causa de las sinuosidades del terreno, en el cual los hoyos, llenos de inmundicia, alternaban con puntiagudos guijarros, alzados media cuarta. La escalera era angosta, y sus paredes, blanqueadas en tiempo de Felipe V, cuando menos, se hallaban en el presente siglo cubiertas de una venerable rapa de mugre, excepto en la faja o zona por donde rozaban los codos de los que subian, la cual tenia singular pulimento. En uno de los tramos habia, no un candil, sino el sitio de un candil manifestado en una gran chorrera de aceite hacia abajo, una gran chorrera de humo hacia arriba, y en la convergencia de ambas manchas un clavo ennegrecido. Llegaron al segundo, y el militar llamo. Sin duda, alguna persona esperaba con impaciencia, porque la puerta se abrio al momento. Abriola una joven como de diez y ocho anos de edad, que al ver el aspecto abatido del viejo, y sobre todo al ver que un desconocido le acompanaba, cosa sin duda muy rara en el, dejo escapar una exclamacion de temor y sorpresa. "?Que hay? ?Que le ha pasado a usted?" dijo cerrando la puerta, despues que los dos estaban en el pasillo. E inmediatamente marcho delante y abrio la puerta de una sala, donde entraron los tres. El anciano no hablo palabra, y se dejo raer en un sillon con muestras de dolor. "?Pero esta usted herido? ?A ver? Nada--dijo la joven examinando con mucha solicitud a Elias y tomandole la mano. No ha sido nada--dijo el militar, que se habia descubierto respetuosamente,--no ha sido nada: pasaba hace un momento por la calle, y cinco hombres soeces que le encontraron quisieron que cantara no se que cosa, y el senor, que no estaba para cantos, se nego." La joven miro al militar con expresion de estupor. Parecia no comprender nada de lo que este habia dicho. "Eran unos borrachos que quisieron hacerle dano; pero pase yo felizmente... No se asuste usted: no tiene nada." Elias parecio un poco repuesto; aparto con despego a la joven, y su semblante principio a serenarse. "iAy! que miedo he tenido esta noche--dijo la joven.--Esperandole hora tras hora y sin parecer.... Luego esos alborotos en la calle.... A media noche pasaron por ahi unos hombres gritando. Pascuala y yo nos escondimos alli dentro, y nos sentamos en un rincon temblando de miedo. iComo gritaban! Despues sentimos muchos golpes ... decian que iban a matar a uno. Nosotras nos pusimos a llorar: Pascuala se desmayo; pero yo procure animarme, y juntas empezamos a rezar de rodillas delante de la Virgen que esta alli dentro. Despues se fue alejando el ruido; sentimos unos quejidos en la calle. iAy! no lo quiero recordar. Todavia no se me ha quitado el susto." El militar oyo con interes estas palabras; pero sin dejar de oirlas dirigio su atencion a reconocer el sitio en que se hallaba y a examinar el aspecto de la amable persona que en el vivia. La casa era modesta; pero la sencillez y el aseo revelaban en ella un bienestar pacifico. La joven llamo su atencion mas que la casa. Clara (que asi se llamaba,) representaba mas de diez y ocho anos y menos de veintidos. Sin embargo, estamos seguros de que no tenia mas que diez y siete. Su estatura era mas bien alta que baja, y su talle, su busto, su cuerpo todo tenian las formas gallardas y las bellas proporciones que han sido siempre patrimonio de las hijas de las dos Castillas. El color de su rostro, propiamente castellano tambien, era muy palido, no con esa palidez intensa y calenturienta de las andaluzas sino con la marmorea y fresca blancura de las hijas de Alcala, Segovia y Madrid. En los ojos negros y grandes habia puesto todos sus signos de expresion la tristeza. Su nariz era delgada y correcta, aunque demasiado pequena; su frente pequena tambien, pero de un corte muy bello; su boca muy hermosa y embellecida mas por la graciosa forma de la barba y la garganta, cuya voluptuosidad y redondez contribuia a hacer de su semblante uno de los mas encantadores palmos de cara que se habia ofrecido a las miradas del militar desconocido, el cual (digamoslo de paso) era hombre corrido en asuntos femeninos. El peinado de Clara podia rigurosamente ser tachado de provinciano, porque se alzaba en un mono de tres tramos sobre la corona. Este modo de peinarse era ya desusado en la corte; pero la belleza suele generalmente triunfar de la moda, y Clara estaba muy bien con su trenza piramidal. El traje era de los que usaba entonces la clase no acomodada, pero tampoco pobre, es decir, un guardapies de tela clara con pintas de flores, mangas estrechas hasta el puno, talle un poco alto y el corte del cuello cuadrado y adornado de multiples encajes. La investigacion del militar duro mucho menos de lo que hemos empleado en describir la figura. Durante algunos segundos estuvieron los tres personajes inmoviles el uno frente al otro sin decir palabra, hasta que el viejo, como continuando una peroracion interior, exclamo con un repentino acceso de ira y lanzando de sus ojos rapidamente iluminados una mirada feroz. "iInfames, perros! Quisiera tener en mi mano un arma terrible que en un momento acabara con todos esos miserables. iAh! Pero ellos no tienen la culpa. Tienen la culpa los otros, los sabios, los declamadores, los que les educan, esos malvados charlatanes que profanan el don de la palabra en los infames conciliabulos de las Cortes. Tienen la culpa los revolucionarios, rebeldes a su Rey, blasfemos de su Dios, escarnio del linaje humano. iOh, Dios de justicia! ?No vere yo el dia de la venganza?" El militar estaba atonito y algo corrido. Pareciale que aquello era una replica indirecta a su expresiva disertacion del camino; y aunque se le ocurrio contestarla, vio en el rostro de Elias una expresion de contumacia y ferocidad que le intimido. Su atencion estaba en parte reconcentrada en la companera del realista. Clara miraba al viejo con la indiferencia propia de la costumbre, y al mismo tiempo miraba a su protector como si se avergonzara de la extraneza que le causaban las palabras del viejo. El militar, poco cuidadoso al fin de las imprecaciones del realista, comenzo a sentir interes hacia aquella pobrecilla, que, sin saber por que, le inspiro mucha lastima desde el principio. Pero llego un momento en que el joven sintio su situacion embarazosa. Elias continuaba en voz baja su soliloquio sin cuidarse de el; era preciso marcharse; y eso de marcharse sin satisfacer un poco la curiosidad y hablar otro poco con la joven, no le gustaba. Miro a Elias con insistencia y se acerco a el; pero este no daba muestras de fijar en el otro la atencion, ni tenia gratitud, ni afecto, ni cortesia, ni era, al parecer, cortado por el comun patron de los demas hombres. Al fin, viendole tan abstraido, resolvio tomar pretexto de la proteccion que le habia dispensado para hacer hablar a la muchacha. --No tema usted nada--le dijo en voz baja, apartandose hacia la ventana.--No ha recibido golpe ninguno. Esta aterrado por lo sorpresa y la ira; pero se calmara. --Si, se calmara ... un poco. --Y se pondra contento. --Contento, no. --Cuidado: por usted no estara triste. Esto, que podia pasar por una galanteria, no hizo efecto ninguno en Clara. Volviose para mirar a Elias, que continuaba en la misma postura, gesticulando a solas. De tiempo en tiempo proferia sus adjetivos predilectos "iMalvados, perros!" El militar arriesgo entonces la pregunta, y bajando mas la voz, y apartandose hasta llegar al hueco de la ventana, dijo: "Tal vez sera indiscrecion la pregunta que voy a hacerle a usted; pero me disculpa el gran interes que por ese caballero me he tomado, y el deseo de servirle bien en lo que pueda. ?Este senor esta en su cabal juicio?" Clara miro al militar con expresion de gran asombro; y como si la pregunta fuera una revelacion, contesto: --"?Loco?..." Y despues de una pausa, anadio encogiendose de hombros: "No se." La curiosidad del militar crecio. --No lo tome usted a agravio; pero su conducta, sus palabras en aquella pendencia, lo sombrio de su aspecto, lo que ahora acaba de decir, me hacen creer que padece una enajenacion. Clara miraba al joven con expresion que tenia algo de afirmativa. --Yo no se--dijo al fin.--El pobrecito padece mucho. Yo tambien padezco de verle. No esta nunca alegre: a veces creo que se me va a morir en un arrebato de ira. Pasa las noches leyendo libros, escribiendo cartas, y a veces habla consigo mismo como ahora. A Pascuala y a mi nos da mucho miedo: la sentimos levantarse y pasear precipitadamente, dando vueltas en este cuarto. De dia sale temprano, y esta fuera toda la noche. El militar sintio aumentarse la compasion que Clara le inspiro desde el principio, porque le parecia que aquella infeliz era una martir, que sufria resignada los atropellos de un loco. --Pero usted--dijo con el mayor interes, ?no es victima de sus bruscos ademanes? ?No la maltrata a usted? Entonces seria cosa de declararle rematado. --?A mi? No--dijo Clara;--no me ha maltratado nunca. Parecera extrano que Clara, sin conocer al militar, le hiciera declaraciones que parecen de intima confianza; pero esto, que en circunstancias ordinarias seria raro, en este caso no lo era. Clara habia vivido siempre en compania de aquel viejo: era huerfana, no tenia parientes ni amigas, no salia nunca, no se comunicaba con nadie, se consumia en el desierto de aquella casa, sin otra cosa que algunos recuerdos y algunas esperanzas que luego conoceremos. Su caracter era extremadamente sencillo: un incidente imprevisto le ponia delante a un hombre cortes y generoso que para satisfacer su curiosidad empleaba habiles recursos de conversacion, y ella le dijo lo que queria saber; se lo dijo obedeciendo a una poderosa necesidad de desahogo, hija de su aislamiento y melancolia. El curioso no se atrevia a continuar investigando: ya iba a despedirle mal de su grado, cuando Clara vio que tenia una mano ensangrentada, y exclamo sobrecogida: --iEsta usted herido! --No es nada: un rasguno. --Pero sale mucha sangre. iJesus! tiene usted la mano destrozada. --iOh! no es nada.... Con un poco de agua.... --Voy al momento. Clara se marcho muy a prisa y volvio a poco rato, entrando en la habitacion inmediata: traia una jofaina, que puso sobre la mesa, y llamo al militar, que no tardo en acercarse. --?Y tiene familia?--dijo este tocando el agua con la mano para ver si estaba muy fria. --?Familia?--contesto Clara con su naturalidad acostumbrada.--No: me queria mucho. Yo deseo tanto que se le quiten de la cabeza esas manias.... Antes era muy bueno para mi, y estaba muy alegre.... Yo era muy nina entonces. --Antes era muy bueno. ?Y ahora no lo es? --Si; pero ahora.... Como tiene tantas cosas en que pensar.... --?Y desde cuando ha variado? --Hace mucho tiempo, cuando hubo muchos alborotos y dijeron que iban a matar a ... ?al Rey?... no se a quien. Pero antes de eso, ya estaba casi siempre alterado. Cuando yo era muy nina ... No ... entonces saliamos los domingos a paseo, y me llevaba a Chamartin y comiamos en el campo con Pascuala. --?Y ahora no sale usted nunca de aqui? --Nunca--dijo Clara, como si aquella soledad en que vivia fuera la cosa mas natural del mundo. El militar se interesaba cada vez mas por la persona que tan repentinamente habia conocido. Cada vez sospechaba mas que aquella infeliz era victima de las brutalidades del fanatico. Desde el sitio en que se hallaba, veia al viejo sentado en un sillon y entregado a su mudo frenesi. Mirando despues a Clara, cuya gracia sencilla y melancolica franqueza formaban contraste con el terrible realista, se aumento su confusion, su curiosidad y sus temores. --?Y usted no sale para distraerse, para ver y reponerse de estar aqui encerrada tanto tiempo?--le dijo casi conmovido. --?Yo?... ?para que salgo? Me pongo triste cuando salgo. No veo la calle sino cuando voy a las Gongoras los domingos muy temprano; pero al verme fuera, me parece que estoy mas sola que aqui. --?Y el no tiene empeno en que usted se divierta, en que pase agradablemente la vida?--dijo el militar casi asustado de su curiosidad y mirando de soslayo a Elias para ver si atendia a su conversacion. --?El? Pero yo no quiero divertirme ... porque ... ?que voy yo hacer fuera de aqui? El dice que debo estar siempre en la casa. --?Pero usted no trata a nadie, no ve a nadie? --A Pascuala, que me quiere mucho. Ya el militar tenia ganas de saber quien era aquella Pascuala. --?Y esa Pascuala es amiga de usted? --Es la criada. --Ya... ?Y no tiene usted mas amiga? A la edad de usted es natural y conveniente la amistad de las jovenes, y, sobre todo, no se puede vivir de esa manera. Es preciso.... --Yo estoy bien asi. El dice que no debo conocer a nadie. --?Y la obliga a usted a llevar esta vida tan triste? --No me obliga. Yo, si quisiera, podria salir. El no esta nunca aqui. Pero yo ... Dios me libre ... ?A donde habia de ir? El militar no sabia que pensar. ?Que relaciones existian entre aquel monomaniaco y aquella joven? ?Seria su padre, su marido?...--No--decia para si.--Es repugnante sospechar que puedan existir los vinculos del matrimonio entre los dos. --No extrane usted mis preguntas--dijo, continuando con ansiedad;--pero me interesan mucho ustedes dos. ?Y a el nadie le visita, nadie viene a verle? --Conoce mucho a unas senoras, que llaman las senoras de Porreno. Son nobles y fueron muy ricas. --?Y vienen aqui? --Muy pocas veces. El las quiere mucho. --Y esas, que presumo seran personas de buenos sentimientos, ?no le tienen a usted carino, no la quieren? --?A mi? Una vez me dijeron que yo parecia ser una buena muchacha. -?Y nada mas? ?No le han dicho mas? --iAh! son muy buenas. El dice que son muy buenas. Una de ellas dicen que es santa. Estas declaraciones eran hechas por Clara con una ingenuidad tan espontanea, que conmovia al que pudiera oirlas. Para que el lector, que aun no conoce la infinita bondad de este caracter, no estrane la franqueza leal y la sublime indiscrecion de la pobre Clara, anadiremos que durante anos enteros esta desgraciada no veia mas persona que don Elias, Pascuala, y a veces, muy de tarde en tarde, las tres melancolicas efigies de las senoras de Porreno. Su vida era un silencio prolongado y un hastio lento. Tan solo pudieron reanimarla y darle alguna felicidad los cuarenta dias que, seis meses antes de estos sucesos, habia pasado en Ateca, pueblo de Aragon, a donde Elias la mando para que disfrutara del campo. Mas adelante veremos por que tomo Elias esta determinacion, y lo que resulto del viaje de Clara. --Pero es posible--continuo el militar, olvidado de que Elias estaba cerca--?es posible que pase usted la vida de esta manera, sin mas compania que la de ese hombre? ?Y no ha salido usted nunca de aqui, no ha ido al campo? --Si; estuve unos dias fuera, hace seis meses. --?En donde? --En Ateca. El me mando. Me puse mala, y fui alla a restablecerme. Estuve en su pueblo. --Ya.--dijo el militar, contento de haber encontrado un motivo, aunque pequeno, para suponer que aquel hombre no era enteramente feroz. --?Y lo paso usted bien? --iAh! si: me alegre mucho de estar alli. --?Y no quiera usted volver? --iOh! si,--exclamo Clara, sin poder contener una exclamacion expansiva. --Usted no debe estar aqui; usted tiene el corazon mas bondadoso que puede existir. ?Para que, sino para la sociedad, puede haber creado Dios un conjunto de gracias y meritos semejante? iA cuantos podria usted hacer felices! ?No ha pensado en esto? Piense usted en esto. Clara no parecio hacer caso de la galanteria. Quedo en silencio y con los ojos bajos, tal vez ocupada en _pensar en aquello_, como el joven le aconsejo. ?Quien sabe cuales serian sus reflexiones en aquellos momentos? El curioso esperaba una contestacion, cuando Elias, mirando hacia la habitacion en que hablaban, exclamo: "iClara, Clara!" El militar se dirigio rapidamente hacia el, y disimulando su turbacion, le dijo: "Caballero, no he querido marcharme hasta estar seguro de su mejoria. Aqui le contaba a esta nina el caso, y le hacia una relacion de la imprudencia de aquellos hombres. Ya le veo a usted tranquilo y fuerte, y me retiro, diciendole que puede disponer de mi para cuanto yo pueda serle util. --Gracias--contesto secamente Elias.--Clara, acompana a este caballero. Era preciso retirarse; ya no habia pretexto alguno para permanecer alli. Su mano estaba perfectamente vendada, y su protegido le habia indicado la puerta. El impresionable joven no sabia que hacer para no salir. Miro a Clara para ver si leia en sus ojos el deseo de que no se marchara; pero ella manifestaba la mayor indiferencia, y hasta se habia adelantado a abrir la puerta. No habia mas remedio. El militar tendio una mano al realista, que alargo dos dedos frios y huesosos, y salio de la sala; al llegar a la puerta, quiso entablar de nuevo la conversacion; pero la reverencia que le hizo la joven acabo de desesperarle. Salio, y se paro fuera otra vez. --No olvide usted lo que le he dicho. Usted no puede vivir de esta manara--dijo, bajando el primer escalon.--Es preciso que usted... --iClara, Clara!--exclamo el fanatico desde dentro con voz fuerte." Clara cerro la puerta, y el militar se quedo cortado y aturdido en la escalera. Su primer intento fue llamar otra vez, llamar hasta que ella saliera; pero reflexiono en lo imprudente de semejante conducta. Bajo con lentitud.--?Que misterio hay en esta casa?--decia para si.--Al hallarse en la calle, sintio mas viva su curiosidad, y la compasion hacia la joven era mas intensa.--?Es su hija, es su mujer, es su sobrina, es su protegida?--exclamo.--iOh! No es posible renunciar a saber los secretos de esta casa. ?Como renunciar a oirlos de la boca de Clara, que los contaba con tanta ingenuidad? Anduvo un buen trecho por la calle, y se paro, miro a la casa. Ella misma no me recibira--dijo:--esto ha sido una casualidad. Y si vuelvo ?con que pretexto?... iCuanto debe padecer esa infeliz! Tiene cara de sufrir mucho ... en compania de esa fiera, sin ver a nadie ni hablar con nadie.... Maquinalmente se dirigio otra vez a la casa, y continuando su soliloquio, decia:--Tal vez la rina por haber hablado conmigo; tal vez, aparentando distraccion, oyo cuanto me dijo, se habra ofendido y la maltratara. Entro, subio, procurando no ser sentido. Llego a la puerta y se detuvo. Su mano torno maquinalmente el cordon de la campanilla. Si hubiera sentido el menor rumor de disputa; si hubiera sentido la voz agria del viejo, habria llamado con todas sus fuerzas. Pero nada sintio; aplico el oido. Un silencio sepulcral reinaba en la casa. De repente sintio una voz de mujer que cantaba, sintio pasar una persona rapidamente por el pasillo en que estaba la puerta; sintio el ruido del traje, rozando con las paredes al correr, y sintio la voz, la voz que, al pasar tan cerca, resono con timbre delicado y expresivo. Era Clara, que cantaba y corria. ?Era acaso feliz? Nuevo misterio. El curioso se sintio mas confundido: solto el cordon, y paso a paso, y muy quedito, bajo mirando a todos lados con cautela como un ladron. Salio a la calle: marcho resuelto a alejarse: llego a la esquina, se paro, miro a la casa, y al fin, tomando una resolucion, emprendio su camino en direccion a su casa, donde le dejaremos por ahora preocupado y aturdido; para volver a ocuparnos de los amigos de la calle de Valgame Dios, cuya vida y caracteres necesitan historia y explicacion. CAPITULO IV #Coletilla.# El hombre extrano, que conocemos con el nombre de Elias, nacio alla en el ano 1762 en el pueblo de Ateca, lugar aragones que se encuentra como vamos de Sigueenza a Calatayud. Fueron sus felices padres Esteban Orejon y Valdemorillo y Nicolasa Paredes: el, labrador honrado; ella, hija unica del vinculero mas rico del vecino pueblo de Carinena. A los nueve meses justos de matrimonio nacio un tierno vastago que, por las circunstancias que a la prenez y al parto acompanaron, a grandes empresas y notables prodigios estaba destinado. Es el caso que dona Nicolasa tuvo alla por el quinto mes un sueno extraordinario, en el cual vio que el fruto de su vientre, ya crecido y entrado en anos, era arrebatado al cielo en un carro de fuego; mas tarde la buena senora daba en sonar todas las noches que su hijo era consejero del Despacho, padre provincial, venticuatro, racionero, dean y hasta obispo, rey, emperador o, cuando menos, papa o archipapa. Llego al fin el alumbramiento, y encomendandose a Dios y a cierto comadron que habia en Ateca, hombre de gran ingenio, dio a luz un nino, el cual no entro en el mundo con senales de elegido entre los elegidos, sino tan flaco, enteco y encanijado, que no parecia sino que su madre, distraida en aquel perpetuo sonar de coronas y tiaras, habia apartado su organismo de la nutricion del muchachejo. Pero aunque este nacio como cualquier hijo del hombre, no por eso dejaron de verificarse al exterior algunos prodigios. Observose en el cielo de Ateca la conjuncion nunca vista de las siete Cabrillas con Mercurio; la luna aparecio en figura de anillo, y al fin salio por el horizonte un cometa que se paseo por la boveda del cielo como Pedro por su casa. El boticario del pueblo, que se daba a observar los astros, entendia algo de judiciaria y tenia sus pelos de nigromante, vio todas aquellas cosas celestiales aparecidas en el cielo de Ateca, y dijo con gran solemnidad que eran senales de que aquel nino seria pasmo y gloria del universo mundo. La conjuncion significaba que dos naciones se unirian contra el; el cometa que el los venceria a todos, y el anillo de la luna a cualquiera se le alcanzaba que era signo de la inmortalidad. "Porque--decia don Pablo (que asi se llamaba el boticario)--a mi no se me escapa nada en esto de circulos celestiales; y cosa que yo barrunto, ello ha de ser verdad, como esto es chocolate." Efectivamente: chocolate, y del mejor de Torroba, era el que durante los solemnes augurios tomaba, merced a la gratitud generosa de los Orejones. En el bautismo hubo un holgorio que dejelo usted estar. Hubo en gran abundancia vino aragones, grandes ensaimadas, bollos de a cuarta, hogazas de a media vara, gran pierna de carnero, pimientos riojanos y unos bizcochos como el puno, fabricados por las monjas del Carmen Descalzo de Daroca. El mas obsequiado era don Pablo a causa de sus augurios, que el consideraba dignos de grabarse en bronces y pintarse en tablas. Entusiasmado por la generosidad con que pagaban sus trabajos astronomicos, compuso una decima en que llamaba a los Orejones _protectores de la ciencia_. El nino crecia. Inutil es decir que durante su infancia parecian adquirir fundamento las esperanzas de sus padres. iQue precocidad! Todo lo que el nino hacia era prodigioso nunca visto ni oido. Abria la boca para articular una silaba: ya habia dicho una sentencia. ?Pedia la teta? Aquello era, segun la opinion del astrologo, un incomprensible aforismo. Pasaban dos, cuatro y seis anos, y con la edad crecia la fama del joven Orejoncito. ?Sabe usted lo que he visto, senora Nicolasa?--decia el farmaceutico un dia con cierto tono de misterio que asusto a la buena mujer. --?Que hay, senor don Pablo Bragas? --Que Elisico estaba ayer jugando con unas gallinas, y les pegaba a los pollos con una cana, que a ser manejada por mas fuertes manos, no les dejara con vida. "Muchacho, le dije: ?por que castigas a esos animalejos?" "Porque son pollos, contesto, y los quiero matar."--"?Y que te han hecho, verduguillo."--"Les estoy mandando que digan _pio_, y no quieren." Vea, usted, senora dona Nicolasa, vea usted. Esto esta fuera de lo comun, por la sentencia y el gran tuetano que encierra: _Quia pulii sunt_. Lo mismo dijo el Dialectico cuando zurraba a los jansenistas: _Quia, heretici sunt!_ Dona Nicolasa Paredes, dicho sea en honor de la verdad, no comprendia muy bien el _tuetano_ que encerraban las palabras de su hijo; pero agradecida a las carinosas profecias de don Pablo Bragas, tendio un mantel y puso delante del amigo una taza de sopas en caldo gordo, que darian rabia a un teatino. Elias crecio mas, y siguiendo la discreta opinion de un lector del convento de dominicos de Tarazona, que fue a predicar a Ateca el dia de la Patrona del pueblo, le mandaron a estudiar humanidades con los padres de dicho convento. Ya tenia doce anos; alli crecio su reputacion, y a poco fue tan gran latino, que ni Polibio, ni Eusebio, ni Casiodoro se le igualaran. Tenia quince anos cuando se celebro un consejo de familia para resolver si se le mandaba al Seminario de Tudela o a la Universidad de Alcala; pero al fin fueron tantas y de tanto peso las razonas de don Pablo Bragas en favor de la Complutense, que se adopto su dictamen. El prodigio de la Naturaleza fue puesto sobre un macho, en compania da unas alforjas que encerraban algunas, tortas y dos azumbres de vino, y despues de algunos lloriqueos de dona Nicolas y de algunos disticos que ensarto el de los astros, Elias partio en direccion de la patria del inmortal Cervantes, adonde llego en cuatro dias: de viaje. Entonces dona Nicolasa tuvo una hija. Ningun trastorno sufrio la Naturaleza en su nacimiento. Elias estudio en Alcala canones y teologia. Durante sus estudios, en que mostro grande aplicacion, los maestros no cesaron de poner en las mismas nubes al que tanto honraba la ilustre estirpe de los Orejones. Unos esperaban en el un Luis Vives, otros un Escobar, cual un Sanchez, cual un Vazquez o un Arias Montano. Y efectivamente, el joven era aplicado. Pasabase las noches en vela, devorando a Eusebio, a Cavalario y a Grotius. Atarugabase con enormes raciones diarias del libro _De locis teologices,_ y cuando iba a clase descollaba entre todos. Entonces principiaron a marcarse los rasgos fundamentales de su caracter, el cual consistia en orgullo muy grande, unido a gran sequedad de trato y a rigidez de maneras, por lo cual sus companeros no le tenian ningun carino. Pero su reputacion de sabio era general. Fue a su pueblo, y al entrar en el lo primero que vio fue la venerable efigie de don Pablo Bragas, que le saludo con un pomposo arqueo de cintura. Junto a el estaban el alcalde, el cura y lo mas notable de Ateca, incluso el herrador. Bragas saco un papel del bolsillo y leyo un discurso, mitad en latin y mitad en castellano, que aplaudieron todos menos el obsequiado. En la casa le esperaban la senora Nicolasa, que se estaba poniendo vieja, y Orejon _senior,_ que se conservaba muy fuerte. Su pequena hermana era ya una muchacha; pero la pobre mas fama tenia de traviesa que de sabia. Hubo una pequena fiestecilla de confianza con abundancia de bollos, de los cuales la mitad (sea dicho en honor de la imparcialidad) fueron consumidos por don Pablo Bragas. En el pueblo continuo Elias consagrado al estudio. Su sequedad aumento, y se determino mas su orgullo; pero los padres no notaban tal cosa, y estaban amartelados con el joven. Si alguna vez los ofendia momentaneamente la rigidez de su trato, contentabanse luego con oir de boca de Bragas un panegirico, cuyo epilogo era siempre tazon de chocolate o magra de gran calibre. Elias tenia treinta anos cuando marcho a la Corte. No sabemos si el, al tomar esta determinacion, sono con adquirir la gloria que los astros, por boca de un sabio, habian anunciado. El, sin duda, tenia dispuesto algun plan. Al llegar a Madrid trabo relaciones muy intimas con los Padres del convento de Trinitarios, que eran sabios como unos templos. Hizo asimismo estrechas relaciones con un senor de la nobleza perteneciente a la casa ilustre de los Porrenos y Venegas, marqueses de la Jarandilla; y tomo tal aficion a esta familia, que la sirvio fielmente en la prosperidad, y fue su mayordomo, aun despues de la ruina de la casa, acontecida al fin de la guerra. Al estallar esta en 1808, Elias dejo sus costumbres sedentarias, sus Pandectas, su Digesto y sus Dacretales, para militar en las filas de Echevarri y el Empecinado; hizo con el primero toda la campana de Navarra, y organizo una porcion de somatenes en Castilla al pasar Napoleon de vuelta de Madrid. Concluida la guerra, paso por su pueblo: su padre habia muerto; su hermana era ya mujer y se habia casado con un pariente labrador; su madre estaba tullida y enferma. Bragas habia perdido su buen humor y su aficion a los astros; pero no su amor a Elisico, ni el convencimiento profundo de que _dos naciones se unirian contra el, y que el las venceria a las dos_. En Ateca supo el incremento que tomaba el partido constitucional y el entusiasmo con que en toda la Peninsula era mirada la Asamblea de Cadiz. Advirtamos que Elias detestaba de muerte a los constitucionales. Aquel hombre, que desde que tuvo uso de razon no vivio sino con la inteligencia, ni en su juventud experimento los naturales sentimientos de amistad y afecto, estaba a los cuarenta anos enardecido con una fuerte y violentisima pasion. Esta pasion era el amor al despotismo, el odio a toda tolerancia, a toda libertad; era un realista furibundo, atroz, y su fanatismo llegaba hasta hacerle capaz de la mayor abnegacion, del sacrificio, del martirio. Su caracter era apasionado por naturaleza, aunque los asiduos estudios le habian comprimido y desfigurado. Pero al llegar a aquella epoca, en que era imposible a todo espanol apartar la vista del gran problema que se trataba de resolver, la escondida vehemencia de sentimientos de Elias se manifesto, y no en forma de amor, ni de avaricia, ni de ambicion: se manifesto en forma de pasion politica, de adhesion frenetica a un sistema y odio profundo al contrario. Como consecuencia de esta evolucion de su caracter, se desarrollaron en el una fuerza de voluntad y una energia tales, que le hubieran llevado a los mas grandes hechos, a tener ocasion para ello. Su inteligencia, que era muy perspicaz y cultivada del modo que hemos dicho, prestaba mas fuerza a aquel sentimiento exagerado; y el consorcio extrano de sus facultades intelectuales con su gran pasion, unido a su trato indomable, hacia de el uno de esos seres monstruosos, que la observacion superficial califica ligeramente de este modo: un loco. Hundido el sistema constitucional en 1814, Elias fue feliz; pero no por eso vivio tranquilo, porque comenzo a tomar parte en la vida activa de la politica, que es en todas ocasiones una vida poco agradable. Trabo amistad con el duque de Alagon, individuo de la odiosa camarilla; entraba en los conciliabulos de Palacio, y se _honro_ con la amistad de aquel principe que deshonro a su patria. Entonces tomaba parte en los sordos manejos de aquella corte infame. Pero vino el ano 20, y nuestro personaje entro en el periodo de rabia cronica, de desorden moral y frenetica tenacidad en que le hemos conocido. Ya sabemos poco mas o menos como vivia: su actividad habia redoblado, y conspiraba con una constancia de que no se ha visto ejemplo. En relaciones secretas con la corte, procuraba organizar una reaccion, y todos los medios se adoptaban si conducian al fin deseado. Iba a los clubs, atizaba alborotos, frecuentaba las reuniones de realistas y aun de los liberales. Todo lo averiguaba y lo aprovechaba todo. Pero ya sonaban publicamente algunas acusaciones contra el; ya se decia que habia pertenecido a la camarilla: ya se le indicaba como conspirador, y mas de una vez se vio amenazado por gentes que pretendian conocerle o le conocian en efecto. Todos los que le conocian de vista en los circulos patrioticos le llamaban _Coletilla_, apodo elaborado en la barberia de Calleja, algunos dias despues del famoso aditamento que puso el Rey al discurso de la Corona. Aquel apendice literario, que tan mal efecto produjo, era designado en el pueblo con la palabra _Coletilla_. La idea de que Elias era amigo del Rey, unio en la mente del pueblo la persona del fanatico y aquella palabra: los nombres que el pueblo graba en la frente de un individuo con su sello de fuego, no se borran nunca. Asi es que Elias se llamaba asi, para todo el mundo. Sus pocos amigos unicamente se cuidaban bien de nombrarle asi. Concluiremos consagrando un recuerdo a uno de los principales heroes de este capitulo. Nuestro amigo don Pablo Bragas murio en Ateca a los noventa y un anos de edad, de calenturas gastricas, debidas al doble efecto de un hartazgo de salpicon y de un constipado que cogio examinando la conjuncion de Arcturus con Marte en una noche de Enero. Desde entonces la astronomia esta en Ateca en lastimosa decadencia. CAPITULO V #La companera de Coletilla#. En Diciembre de 1808 militaba Elias, como hemos dicho, en una partida que habia levantado en Segovia el Empecinado. Tuvieron varios encuentros con los franceses, hasta que Soult, que salio en persecucion de Moore, encontro a los guerrilleros y les hizo retroceder hacia Valladolid; de alli siguieron avanzando hacia el Norte y llegaron hasta Astorga. Elias se quedo en Sahagun con unos cuantos hombres, dispuestos a organizar alli una partida considerable que hostilizara a Ney en su salida de Galicia. En Sahagun habia un coronel segoviano que, habiendose casado alli, vivia retirado del servicio militar. Era hombre de elevado caracter, de mucho corazon y de bien cultivada inteligencia; habia sido muy rico, pero deparole el cielo o el infierno una esposa que ni de encargo hubiera salido tan discola, intratable y antojadiza. El pobre militar hacia cuanto era imaginable para dominar el caracter de aquel basilisco, en quien parecian haberse reunido todas las malas cualidades que la naturaleza suele emplear en la elaboracion de las mujeres. Empezo por hacerse excesivamente devota, y tal era su mojigateria, que abandonaba a su marido y su casa para pasarse todo el santo dia entre monjas, padres graves, cofrades, penitentes, sin ocuparse mas que de rosarios, escapularios, letanias, horas, antifona y cabildeos. Vivia entre el confesonario, el locutorio, la celda y la sacristia, hecha un santo de palo, con el cuello torcido, la mirada en el suelo, avinagrado el gesto, y la voz siempre clueca y comprimida. En los pocos momentos que pasaba en su casa era intratable. En todo cuanto decia su pobre marido encontraba ella pensamientos pecaminosos; todas las acciones de el eran mundanas: le quemaba los libros, le sacaba el dinero para obras pias, le llenaba la casa de padres misioneros, teatinos y premostratenses; y en cuanto se hablaba do conciencia y de pecados, empezaba a mentar los de todo el mundo, sacando a la publicidad de una tertulia frailuna la vida y milagros del vecindario, para condenarla como escandalosa y corruptora de las buenas costumbres. En tocando a este punto le daban arrebatos de santa colera, y entonces no se la podia aguantar. Pero de repente la insoportable beata se volvio del reves; el fondo de su caracter era una volubilidad extremada. Cambiando repentinamente, adopto un genero de vida muy mundano: se salia de capa y se andaba por esos mundos dando zancajos con el pretexto de que tenia una fuerte afeccion moral y necesitaba distraccion. Acompanabala algun militar joven o algun abate verde. Su marido, viendo que era imposible detenerla en casa, tuvo que consentir en aquella vida voladera; que si bien le costaba una parte de su fortuna, le libraba por algun tiempo de las impertinencias de aquel demonio. La tercera metamorfosis de dona Clara fue peor. Le dio por ponerse enferma, y entonces no habia malestar, ni dolencia, ni afeccion cronica, ni ataque agudo que no viniera a afligir su cuerpo. Agoto todos los ungueentos, especificos y tisanas; puso sobre un pie a todos los boticarios, curanderos, medicos y protomedicos, y visito todos los banos minerales de Espana, desde Ledesma a Paracuellos, desde Lanjaron a Fitero. Lo unico que parecia aliviarla era el circunstanciado relato de sus males que hacia a todos los teatinos, franciscanos, minimos y premostratenses, con quienes volvio a entibiar misticas relaciones. Chacon, su pobre esposo, cogia el cielo con las manos, y aun llego a aplicarle el eficaz cauterio de unos cuantos palos, que no produjeron otro efecto que recrudecer la feroz impertinencia de aquel enemigo. Al mismo tiempo la fortuna del matrimonio tocaba a su termino, y el desventurado marido temblaba al considerar que seria en lo porvenir de su pobre hija, entonces de cinco anos de edad. La devota, la enferma habia tenido, antes de ser enferma y devota, una nina que se llamaba Clara, como ella, unico fruto de aquel malaventurado matrimonio. Dona Clara se curo cuando lo tuvo por conveniente, y se entrego de nuevo a las cosas de la Iglesia, tomandolo tan a pechos que no habia dia en que no se mortificase con disciplinazos, que se oian desde la calle. Estabase de rodillas y en cruz una hora seguida; cuando empezaba a contar los extasis que _le daban_ y las visiones que _tenia,_ era el cuento de las cabras de Sancho. El esposo pedia a Dios que le librara de aquel infierno vivo. Dona Clara no amaba a su hija ni a su esposo, y este que la habia amado mucho, concluyo por aborrecerla. Al fin _la Chacona_ (asi la llamaban en el pueblo) dejo otra vez la vida devota, y de la noche a la manana se marcho a Portugal a _tomar aires_. Felizmente Dios la ilumino, y de Portugal se fue al Brasil con unos misioneros. No se supo mas de ella. El pundonoroso y leal esposo respiro: estaba libre, pero pobre, enteramente pobre sin otra cosa que un sueldo mezquino; tranquilo en cuanto a lo presente, pero inquieto siempre que pensaba en aquella nina infeliz que iba a quedar en la miseria. En la mitad de Diciembre de 1808 todo el pueblo de Sahagun salio al camino real lleno de curiosidad. El emperador Napoleon I pasaba por alli para dirigirse a Astorga en persecucion de los ingleses. Llego al pueblo, descanso dos horas, y siguio su camino, seguido de una gran parte del ejercito que ocupaba a Espana. Cuando los franceses, guiados por Napoleon, estuvieron lejos, Sahagun se atumultuo; tomaron las armas todos los jovenes, y mandados por Elias y el cura de Carrion, se disponian a pelear con unos regimientos franceses, que al dia siguiente habian de pasar por alli para unirse al cuerpo del ejercito. Aquella tarde Chacon abrazaba y besaba tiernamente a su hija, que, al ver llorar a su padre, lloraba tambien sin saber porque. El coronel tenia un proyecto, el unico que podia darle alguna esperanza de asegurar en lo futuro el bienestar de Clara. Habia resuelto entrar en campana, avanzar en su carrera y seguir a la nacion en aquella crisis, seguro de que le pagaria sus servicios. Escribio al Empecinado pidiendole ordenes, y este le contesto que se pusiera al frente de los 500 hombres de Sahagun, y procurase batir a los regimientos franceses que iban a unirse con Napoleon en Astorga. El bravo militar, aclamado jefe de la partida que Elias y el cura de Carrion organizaron, salio aquella noche, dejando a su hija en poder de dos antiguas criadas. Situaronse a un cuarto de legua del pueblo, y al amanecer del siguiente dia se vieron brillar a lo lejos las bayonetas de los franceses. La guerrilla les hostilizo con fuegos esparcidos: al principio, los franceses vacilaron con la sorpresa; mas repuestos un poco, atacaron a los nuestros. El combate fue encarnizado. Elias y Chacon se miraron con angustia. "iSon tres veces mas que nosotros!--dijo Chacon;--pero _no importa_: iadelante!" Retrocedieron hasta la entrada del pueblo: alli la lucha fue horrible. Desde las ventanas, desde las esquinas disparaban los paisanos contra el enemigo, cuyas filas se diezmaban. El coronel mandaba a los suyos con un denuedo sin ejemplo. A la partida uniose al fin el resto del pueblo. Un esfuerzo mas, y los franceses eran vencidos. Este esfuerzo se hizo: costo muchas vidas; pero los franceses, no queriendo perder mas gente, emprendieron la retirada hacia Valencia de Don Juan. El pueblo todo les siguio, con Chacon a la cabeza; pero aun no habia andado este veinte pasos, cuando fue herido por una bala: dio un grito y cayo banado en su sangre. Las mujeres le rodearon, llorando todas al verle herido; el dijo algunas palabras, volvieron los suyos, y entre cuatro le llevaron a su casa. Antes de llegar a ella ya estaba muerto. Reinaba en el pueblo la consternacion, porque habian perecido muchos hijos y muchos maridos; las madres y las esposas gritaban por las calles con amargos y dolorosos lamentos. Delante de la puerta de la casa de Chacon habia un grupo de mujeres silenciosas que contemplaban el cadaver del coronel, tenido en sangre, con la frente partida y destrozado el pecho. Algunos ninos, en quienes podia mas la curiosidad que el miedo, se habian acercado hasta tocarle los dedos, las espuelas y el cinturon. Nadie hablaba en aquella escena, y solo la pobre Clarita, consternada al ver que todos la miraban llorando, comenzo a llamar con fuertes voces a su padre, cuya muerte no comprendia. --Que nina es esta?--pregunto Elias. --Es su hija,--contesto una mujer que la tenia abrazada. --?Y no tiene madre?-- --No, senor,-- --?Y que vamos a hacer de ella?--dijo Elias mirando al cura de Carrion y a los demas cabecillas del tumulto. Todos se encogieron de hombros y besaron a Clara. --Nosotros nos quedaremos con ella,--dijeron las dos mujeres que habian servido al coronel cuando era rico. --No--dijo Elias:--yo la recojo. Me la llevare conmigo, la educare.-- Las mujeres aquellas eran muy pobres. Gran carino les inspiraba Clarita; pero al tenerla a su lado la condenaban a ser pobre como ellas para toda la vida. Consideraban a don Elias como persona de posicion y caracter, y no dudaron, por lo tanto, en dejarle la nina. Permanecio, sin embargo, en Sahagun hasta 1812, epoca en que el realista dejo las armas y se retiro a Madrid. Entonces le acompano Clara, que no pudo separarse de sus pobres amigas sin llorar mucho, ni pudo acostumbrarse tampoco a mirar cara a cara a su protector, porque le daba mucho miedo. Grande fue su tristeza cuando al despertar en un hermoso dia de Mayo se encontro entre las obscuras paredes de la casa que conocemos en la calle de Valgame Dios; y esta tristeza aumento cuando la llevaron al convento-colegio de ciertas hermanas de una Orden famosa, que ensenaban a las ninas del barrio lo poquito que sabian. Tenia la escuela todo lo sombrio del convento, sin tener su claustro melancolico y su dulce paz. Dirigianla unas cuantas viejas, entre quienes descollaba por su displicencia, fealdad y decrepitud una tal madre Angustias, que usaba una cana muy larga para castigar a las ninas, y unas antiparras verdes, que mas que para verlas mejor, le servian para que las pobrecillas no conocieran cuando las miraba. Las ninas se levantaban muy temprano, y rezaban; almorzaban unas sopas de ajos, en que solia nadar tal cual garbanzo de la vispera, y despues pasaban al estudio, que era ejercicio de lectura, en el cual desempenaba el principal papel la cana de dona Angustias. Trazaban luego, por espacio de dos horas, sendos garabatos en un papel rayado; y despues de contestar de memoria a las preguntas de un catecismo, cosian tres horas largas, hasta que llegaba la del juego. El recreo tenia lugar en un patio obscuro y hediondo, cuya vegetacion consistia en un pobre clavel amarillento y tisico que crecia en un puchero inservible, erigido en tiesto de flores. Las ninas jugaban un rato en aquella pocilga, hasta que la madre Angustias sonaba desde su cuarto una siniestra campanilla, que reunia en torno a su cana a los tristes angeles del muladar. Despues de comer llevaba el rosario la madre Brigida, por no poder hacerlo la madre Angustias, a causa del asma que la afligia, entrecortandole la voz. Aquel rosario era interminable, porque detras de sus infinitos paternoster venian las letanias, llagas, misterios, jaculatorias, oraciones, gozos y endechas misticas. La noche las sorprendia en aquel devoto ejercicio, y era muy comun que alguna de las chiquillas, rendida bajo el peso moral de tan monotono y cansado rezo, bostezara tres veces y se durmiera al fin benditamente. Parapetada detras de sus antiparras, la madre Angustias observaba los bostezos y acariciaba su cana dictatorial sin decir palabra a la culpable, esperando a que se durmiera, y entonces iira de Dios! le sacudia un canazo, seguido de una retahila de insinuaciones colericas. Las otras ninas, que no esperaban mas que un motivo de distraccion y entretenimiento, al ver la triste figura que hacia su companera al despertar bruscamente, soltaban la risa, se interrumpia el rezo, grunia la madre Brigida, cacareaba la madre Angustias, y llovian los canazos a diestra y siniestra. Al anochecer continuaban las lecciones y el catecismo. La madre Angustias les decia: "Ahora el ca ... ca ... tecismo. Madre Bri ... Bri ... Brigida, la que no lo sepa, al ca ... ca ... caramanchon." Y se marchaba a acostar, porque padecia de ciertos ahoguillos, y tenia que ponerse todas las noches panos calientes en el estomago. Clarita y otras ninas de la escuela creian a pie juntillas que la madre Angustias no tenia ojos, y que todas sus facultades opticas residian en aquellos dos temibles vidrios verdes, engastados en una armazon rancia y enmohecida; y acontecia que para imitarla cortaban dos redondeles de papel verde del forro del catecismo y se lo pegaban con saliva en los ojos, con lo cual se morian de risa. Como no podian ver gota con aquellos parches, sorprendiolas un dia la madre Petronila, que era un vinagre, y despues de darles muchos coscorrones, las condeno a no comer ni jugar aquel dia, iQue horas pasaron las pobres! Otra vez se hallaban todas en el patio, y ocurriosele a un pajarito muy flaco meterse alli por el tejado y posarse, despues de chocar en los muros, en el entristecido clavel. iQue algazara se armo! Aquel fue el mayor acontecimiento del ano. Con panuelos, con mantos, con cuanto hallaron a mano, le persiguieron hasta cogerle; ataronle un hilo en una de las patas, y Clara le guardo muy bien en un cajoncillo donde tenia la costura. A escondidas le echaban de comer por las noches; pero el animalito enflaquecia y se ponia mas triste cada vez. Una noche, en el momento en que el rezo iba a principiar, Clara tenia abierto el costurero, y fingiendo arreglar dentro de el alguna cosa, se ocupaba en abrirle la boca al pajarito y meterle a la fuerza unas migajas de pan que habia guardado en el bolsillo, cuando de repente alzo el vuelo el animal, revoloteo por la habitacion con el hilo atado en la pata, y fue a pararse ?donde creereis? en la misma cabeza de dona Angustias, que al verse profanada de aquel modo, tomo tal colera, que el asma le ahogo la voz y estuvo gesticulando en silencio diez minutos, roja como un tomate. Clara se quedo yerta de miedo. "Cla ... Cla ... Cla ... rita--exclamo la madre Angustias ciega de furor.--iNina mal ... mal criada! iQue desaca ... ca ... cato es este? Esta noche al ca ... ca ... caramanchon." Clara fue condenada aquella noche a dormir en el caramanchon, ultima pena que solo se aplicaba muy de tarde en tarde a los mas negros y raros delitos. Dona Angustias continuo en su cacareo hasta que vio cumplida la terrible orden; y a la hora en que acostumbraban a recogerse, Clara fue llevada al presidio, que era un desvan obscuro, fetido y pavoroso. La pobrecilla no cabia en si de miedo al verse sola en aquel tugurio, entre mil objetos cuya forma no podia apreciar, tendida en un miserable jergon y expuesta al aire colado, que por una ventanilla entraba. En su desvelo, sintio las pisadas de los ratones que en aquellos climas vivian; pisadas que en sus oidos resonaban como si fueran producidas por los pies de un ejercito de gigantes. Se encogio, se envolvio toda en su manta, escondiendo los pies, las manos y la cabeza; pero las ratas corrian por encima, y saltaban, iban y venian con una algarabia espantosa. Tambien contribuyo a aumentar el pavor de la nina una disputa que en el tejado vecino se trabo entre dos gatos bullangueros que lanzaban maullidos lugubres y desentonados. La pobre no pudo dormir, y el dia la encontro hecha un ovillo, empapada en sudor frio y temblando de miedo. Entre estos sucesos extraordinarios y la diaria tarea del estudio y la costura, aterrada siempre por la fascinacion terrible de los espejuelos de la madre Angustias, paso Clara cuatro anos, hasta que, cumplidos los once, vino Elias por ella y se la llevo a su casa. El realista no sabia al principio que hacer de aquella nina: ocurriole hacerla monja; pero impulsado por un repentino egoismo, resolvio conservarla a su lado. Era solo: su casa necesitaba una mujer. ?Quien mejor que Clara? Su inteligencia no estaba bien cultivada, pues no sabia sino leer, escribir y hacer algunas cuentas; pero, en cambio, cosia muy bien y entendia de toda clase de labores. La hija de la Chacona crecio en casa de Coletilla, y fue mujer. Crecio sin juegos, sin amables companeras, sin alegrias, sin esas saludables y utiles expansiones que conducen felizmente de la ninez a la juventud. Elias no la trataba mal, pero tampoco era muy carinoso son ella. Los domingos la solia llevar a la Florida o a la Virgen del Puerto; una vez la llevo al teatro, y Clara creyo que era verdad lo que estaban representando. Los paseos dominicales cesaron cuando Elias tuvo ocupaciones y preocupaciones que le apartaban de su casa: entonces ella se limito a oir misa muy de manana en las monjas de Gongora, y en esta expedicion lo acompanaba, una criada alcarrena llamada Pascuala, que Coletilla habia tomado a su servicio. Este encierro perpetuo hubiera agriado y pervertido tal vez otro caracter menos dulce y bondadoso que el de Clara, la cual llego a creer que aquella vida era cosa muy natural, y que no debia aspirar a otra cosa; asi es que vivia tranquila, melancolicamente feliz, y a veces alegre. Y, sin embargo, semanas enteras pasaban sin que una persona extrana penetrara en la casa del fanatico. Parecia que toda la sociedad queria huir de aquella jaula en que estaba encerrado su mayor enemigo. Solo una excepcion existia en aquel aislamiento normal. Ya hemos dicho que don Elias fue amigo y servidor de una antigua e ilustre casa. Despues de la ruina de los Porrenos y Venegas, solo quedaron tres individuos, tres duenas venerables que conservaron relaciones amistosas con el realista. Muy de tarde en tarde iban a visitarle. Tenian un trato seco; eran intolerantes, rigidas, orgullosas. Nunca hablaban a Clara sino con palabras solemnes, que daban tristeza y abatian el animo. No podian prescindir de la etiqueta, ni aun delante de una pobre muchacha y eran tan ceremoniosas y tiesas, que Clara les llego a tomar antipatia, porque siempre que iban a la casa dejaban alli una sombra de tristeza que duraba mucho tiempo en el alma de la huerfana. En los ultimos anos, Coletilla entraba, como hemos dicho, en el periodo algido de su frenesi politico; la colera era su estado normal, y era cosa imposible que en su fanaticas obsesiones pudiera aquella alma irascible tener carinos y finezas para la pobre companera que tanto las necesitaba. Por el contrario, mostrabase muy duro con ella; se estaba sin hablarle semanas enteras; otras veces la reprendia con acrimonia y sin motivo: la llamaba frivola y casquivana. Un dia, al ver que la desventurada se habia peinado con menos sencillez que de ordinario, y se habia vestido, reformando un poco su natural elegancia con el poderoso instinto de la moda, que las mujeres mas apartadas del mundo poseen, la rino, repitiendole muchas veces esta frase que le costo lagrimas a la infeliz: "Clara, te has echado a perder." Otras veces le daba al viejo por vigilarla, y le prohibia asomarse al balcon y abrir la puerta, es decir, la abandonaba o la martirizaba, segun el estado de aquel espiritu perturbador y cruel. Clara se puso mala; se iba agostando con lentitud como el clavel que crecia dificilmente en el patio de la escuela. Su melancolia crecio, se puso descolorida y extenuada, y llego a hacer temer graves peligros para su salud. Coletilla no pudo permanecer indiferente a la enfermedad de su protegida, y trajo un medico el cual expreso su dictamen muy brevemente, diciendo: "Si usted no manda a esta chica al campo se muere antes de un mes." El realista penso que la muerte de aquella muchacha seria un contratiempo. Recordo que su hermana vivia en Ateca con su familia, y formo su plan. Escribio dos letras y algunos dias despues Clara entraba en el pueblo con el corazon rebosando de alegria. Benefica reaccion se verifico en su salud, y su espiritu, tanto tiempo abatido por el fastidio y el encierro, se reanimo con el pleno goce de la Naturaleza y el trato de personas alegres que la atendian y la amaban. Aquellos dias fueron una segunda vida para la desdichada martir, porque se regenero materialmente, adquiriendo lozania, frescura y vigor: sus ojos, acostumbrados a la obscuridad de cuatro paredes, recorrian ya un largo horizonte: sus pasos la llevaban a grandes distancias: su voz era escuchada por amigas joviales y francas, por jovenes sencillos, por viejos carinosos; su alegria era comprendida y compartida por otros; sus inocentes deseos satisfechos; conocia la amistad, la vida familiar, la confianza; gozaba de un cielo hermoso, de un aire puro, de un bienestar sobrio y tranquilo, de felices y no monotonos dias, de sosegadas y apacibles noches. Pero durante la permanencia de Clara en Ateca pasaron cosas que influyeron poderosamente en el resto de su vida. Vamos a referirlas, porque de ellas se deriva casi toda esta historia; y por tan importantes y graves, las dejamos para el capitulo siguiente, donde las vera el lector, si esta decidido a no abandonarnos. CAPITULO VI #El sobrino de Coletilla.# Marta, la hermana de Elias, habia quedado viuda con un hijo llamado Lazaro, que despues de estudiar Humanidades en Tudela, paso a la Universidad de Zaragoza. Era este un mozo como de veintitres a veinticinco anos, de agradable presencia, de ingenio muy precoz, de imaginacion viva, de palabra facil y difusa, muy impresionable y vehemente, y de recto y noble corazon. Las nuevas ideas, que entonces conmovian profundamente el corazon de la juventud, habian hallado en el joven Lazaro un creyente decidido. Era uno de los que, brotados en el tumulto de un aula de Filosofia militaban con pasion generosa en las filas de los propagadores politicos, entonces tan necesarios. Sucedio que los estudiantes zaragozanos trabaron una pendencia con los socios de cierto club politico; el asunto tomo proporciones, intervino la autoridad universitaria, y Lazaro se vio obligado a salir de Zaragoza, perdiendo curso. Esto pasaba en los dias en que, destituido Riego del mando de capitan general de Aragon, hubo en aquella ciudad tumultos y manifestaciones, que el Gobierno quiso reprimir. Lazaro, que estaba a punto de concluir la carrera, conocio la gravedad de su situacion y el disgusto que tendrian su madre y su abuelo, a quienes amaba mucho. Quiso reclamar, pero fue inutil, y tuvo que retirarse a su pueblo, triste, avergonzado y lleno de dudas y temores. Pero al entrar en su casa, agitado por la zozobra y los remordimientos, vio en compania de su madre a una persona desconocida que desde el primer momento le produjo una secreta impresion de alegria, imponiendole, sin saber por que, consuelo y esperanza. Confeso lo que le pasaba, sin disminuir la gravedad del caso, por lo cual don Fermin, su abuelo paterno, se puso serio y quiso enfadarse, y su madre lloro un poco. Pero la persona desconocida, que parecia estar alli para alegrar la casa, disipo la colera del primero y seco las lagrimas de la segunda, mientras Lazaro, con la cabeza baja y humedecidos los ojos, permanecia inmovil delante de sus jueces y de su defensor sin decir palabra, aunque a la verdad no era preciso, porque la joven le defendia muy bien sin desplegar gran elocuencia, ni emplear otros recursos que su claro y natural sentido, su acrisolado y generoso sentimiento. El pobre Lazaro estaba tan turbado, que se le figuraba que aquella persona era una aparicion, un ser enviado del cielo para ampararle en aquellos apurados momentos. Esperaba verla desaparecer al concluir su mision, y la miraba con ese estupor silencioso que causa lo sobrenatural y desconocido. No tenia antecedentes de aquella joven, ni habia sospechado que existiera y se encontrara alli. Pero la imagen no se desvanecia, y, por el contrario, continuaba viendola adornada con todos los encantos fisicos y morales que pueden poseer los angeles de este mundo. No se hablo mas del asunto. Lazaro fue perdonado, pero no salio de sus confusiones. Explicaronle quien era Clara y por que estaba alli; mas no por eso pudo dominar el estudiante la respetuosa y fuerte sorpresa que le habia producido. Estuvo encogido y como asombrado todo el dia, y temblole la voz cuando quiso hablar con ella, y se callo al fin por temor de decir mil disparates. Al dia siguiente desperto con una alegria exaltada, a la que sucedia bruscamente una tristeza sin igual. Su aturdimiento tomaba fases muy diversas tan pronto se veia atacado de un apetito insaciable de verbosidad que no podia contener; tan pronto hacia esfuerzos inauditos para pronunciar una palabra, sin llegar a conseguirlo. Era un polaticomano ferviente, y en Zaragoza se habia distinguido por sus elocuentes arengas en los clubs, que le habian dado mucha celebridad; en sus conversaciones privadas se expresaba tambien con mucho entusiasmo y correccion pero esta vez de todo hablaba menos de politica. Parecia que no existian ya para el ni la revolucion francesa, ni el _Emilio_, de Rousseau, ni las _Carta de Talleyrand_, ni el Diccionario, de Voltaire. Se habia olvidado de todo esto, y solo pensaba en la formula mas expresiva y exacta para decirle a Clara que la habia visto en suenos aquella noche. Recurrio al sistema de las circunlocuciones, penso despues en decirlo a secas y sin ambajes, acordose de que las alegorias se habian inventado para aquel caso, y probo todos los medios sin lograr con ninguno su objeto. Pasaron dos o tres dias sin que hallara un modo de ser explicito. Cuando estaba solo, si; entonces hablaba, hablaba consigo mismo, y aun parecias entablar misteriosos dialogos con aquel hermoso espiritu, que encontraba siempre en todas partes, acompanandole en sus soledades e insomnios; espiritu lleno de luz y con formas de mujer, que brotaba del seno mismo de la noche para mirarle inmovil, callado y sereno. Delante de esta sombra era Lazaro muy elocuente, y siempre acertaba a expresar lo que sentia; y sentia tanto el pobre, que a veces le daba uno de esos accesos vehementes, en que el organismo se conmueve todo, quebrantado y oprimido por la enorme expansion del espiritu. Salia de la casa por no hallarse bien en ella, y volvia a entrar por no hallarse bien fuera. Por fin, habia logrado formular un dialogo con Clara. La primera vez que pudo hablar con ella un cuarto de hora seguido, se mostro muy enojado. ?Enojado? ?Porque? Despues empezo a darle las gracias. ?Las gracias? ?Por que? Despues le pidio perdon. ?Perdon? ?De que? Y acto continuo le dijo que se iba a volver loco. ?Loco?... Su andar era errante.