The Project Gutenberg EBook of La Espuma, by D. Armando Palacio Valdes This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included with this eBook or online at www.gutenberg.net Title: La Espuma Obras completas de D. ARMANDO PALACIO VALDES, Tomo VII Author: D. Armando Palacio Valdes Release Date: March 9, 2004 [EBook #11529] Language: Spanish Character set encoding: ASCII *** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA ESPUMA *** Produced by Stan Goodman, Virginia Paque and the Online Distributed Proofreading Team. LA ESPUMA OBRAS COMPLETAS DE D. ARMANDO PALACIO VALDES TOMO VII LA ESPUMA 1922 I #Presentacion de la farandula.# A las tres de la tarde el sol enfilaba todavia sus rayos por la calle de Serrano banandola casi toda de viva y rojiza luz, que heria la vista de los que bajaban por la acera de la izquierda mas poblada de casas. Mas como el frio era intenso, los transeuntes no se apresuraban a pasar a la acera contraria en busca de los espacios sombreados: preferian recibir de lleno en el rostro los dardos solares, que al fin, si molestaban, tambien calentaban. A paso lento y menudo, con el manguito de rica piel de nutria puesto delante de los ojos a guisa de pantalla, bajaba a tal hora y por tal calle una senora elegantemente vestida. Tras si dejaba una estela perfumada que los tenderos plantados a la puerta de sus comercios aspiraban extasiados, siguiendo con la vista el foco de donde partian tan gratos efluvios. Porque la calle de Serrano, con ser la mas grande y hermosa de Madrid, tiene un caracter marcadamente provincial: poco trafago; tiendas sin lujo y destinadas en su mayoria a la venta de los articulos de primera necesidad; los ninos jugando delante de las casas; las porteras sentadas formando corrillos, departiendo en voz alta con los mancebos de las carnicerias, pescaderias y ultramarinos. Asi que, no era facil que la gentilisima dama pasara inadvertida como en las calles del centro. Las miradas de los que cruzaban como de los que se estaban quietos posabanse con complacencia en ella. Se hacian comentarios sobre los primores de su traje por las comadres, y se decian chistes espantosos por los nauseabundos mancebos, que hacian prorrumpir en rugidos de gozo barbaro a sus companeros. Uno de los mas salvajes y pringosos vertio en su oido, al cruzar, una de esas brutalidades que enrojeceria subito el cutis terso de una _miss_ inglesa y le haria llamar al _policeman_ y hasta quiza pedir una indemnizacion. Pero nuestra valiente espanola, curada de melindres, no pestaneo siquiera: con el mismo paso menudo y vacilante de quien pisa pocas veces el polvo de la calle, continuo su carrera triunfal. Porque lo era a no dudarlo. Nadie podia mirarla sin sentirse poseido de admiracion, mas aun que por su lujoso arreo, por la belleza severa de su rostro y la gallardia de la figura. Llegaria bien a los treinta y cinco anos. El tipo de su rostro extremadamente original. La tez, morena bronceada; los ojos azules; los cabellos de un rubio ceniciento. Pocas veces se ve tan extrana mezcla de razas opuestas en un semblante. Si a alguna se inclinaba era a la italiana, donde tal que otra, suele aparecer esta clase de figuras que semejan _ladies_ inglesas cocidas por el sol de Napoles. En ciertos cuadros de Rafael hay algunas que pueden dar idea de la de nuestra dama. La expresion predominante de su rostro en aquel momento era la de un orgulloso desden. A esto contribuia quiza la luz del sol, que le obligaba a fruncir su frente tersa y delicada. Hay que confesarlo; en aquel rostro no habia dulzura. Debajo de sus lineas correctas y firmes se adivinaba un espiritu altivo, sin ternura. Aquellos ojos azules no eran los serenos y limpidos que sirven de complemento adorable a ciertas fisonomias virginales que pueden admirarse alguna vez en nuestro pais y mas a menudo en el norte de Europa. Estaban hechos, sin duda, para expresar un tropel de vivas y violentas pasiones. Quiza alguna vez tocara su turno al amor ardiente y apasionado, pero nunca al humilde y mudo que se resigna a morir ignorado. Llevaba en la cabeza un sombrero apuntado, de color rojo, con pequeno y claro velo, rojo tambien, que le llegaba solamente a los labios Los reflejos de este velo contribuian a dar al rostro el matiz extrano que impresionaba a los que a su lado cruzaban. Vestia rico abrigo de pieles, con traje de seda del color del sombrero, cubierta la falda por otra de tul o granadina, que era por entonces la ultima moda. Llevaba, como hemos dicho, el manguito levantado a la altura de los ojos: estos posados en el suelo, como quien nada tiene que ver ni partir con lo que a su alrededor acaece. Por eso, hasta llegar a la calle de Jorge Juan, no advirtio la presencia de un joven que desde la acera contraria y caminando a la par con ella la miraba con mas admiracion aun que curiosidad. Al llegar aqui, sin saber por que, levanto la cabeza y sus ojos se encontraron con los de su admirador. Un movimiento bien perceptible de disgusto siguio a tal encuentro. La frente de la dama se fruncio con mas severidad y se acentuo la altiva expresion de sus ojos. Apreto un poco el paso: y al llegar a la calle del Conde de Aranda se detuvo y miro hacia atras, con objeto sin duda de ver si llegaba un tranvia. El mancebo no se atrevio a hacer lo mismo: siguio su camino, no sin dirigirla vivas y codiciosas ojeadas, a las que la gentil senora no se digno corresponder. Llego al fin el coche, monto en el dejando ver, al hacerlo, un primoroso pie calzado con botina de tafilete, y fue a sentarse en el rincon del fondo. Como si se contemplase segura y libre de miradas indiscretas, sus ojos se fueron serenando poco a poco y se posaron con indiferencia en las pocas personas que en el carruaje habia; mas no desaparecio del todo la sombra de preocupacion esparcida por su rostro, ni el gesto de desden que hacia imponente su hermosura. El juvenil admirador no habia renunciado a perderla de vista. Siguio, cierto, por la calle de Recoletos abajo; mas en cuanto vio cruzar el tranvia se agarro bonitamente a el y subio sin ser notado. Y procurando que la dama no advirtiese su presencia, ocultandose detras de otra persona que habia de pie en la plataforma, se puso con disimulo a contemplarla con un entusiasmo que haria sonreir a cualquiera. Porque era grande la diferencia de edad que habia entre ambos. Nuestro muchacho aparentaba unos diez y ocho anos. Su rostro imberbe, fresco y sonrosado como el de una damisela; el cabello rubio; los ojos azules, suaves y tristes. Aunque vestido con americana y hongo, por su traje revelaba ser una persona distinguida. Iba de riguroso luto, lo cual realzaba notablemente la blancura de su tez. Por esa influencia magnetica que los ojos poseen y que todos han podido comprobar, nuestra dama no tardo mucho tiempo en volver los suyos hacia el sitio donde el joven vibraba rayos de admiracion apasionada. Torno a nublarse su rostro; volvio a advertirse en sus labios un movimiento de impaciencia, como si el pobre chico la injuriase con su adoracion. Y ya desde entonces empezo claramente a dar senales de hallarse molesta en el coche, moviendo la hermosa cabeza ora a un lado, ora a otro, con visibles deseos de apearse. Mas no lo hizo hasta llegar a San Jose, frente a cuya iglesia hizo parar y bajo, pasando por delante de su perseguidor con una expresion de fiero desden capaz de anonadarle. O muy temerario era o muy poca vergueenza debia de tener este cuando salto a la calle en pos de ella y comenzo a seguirla por la del Caballero de Gracia, caminando por la acera contraria para mejor disfrutar de la figura que tanto le apasionaba. La dama seguia lentamente su marcha haciendo volver la cabeza a cuantos hombres cruzaban a su lado. Era su paso el de una diosa que se digna bajar por un momento del trono de nubes para recrear y fascinar a los mortales, que al mirarla se embebian y daban fuertes tropezones. --iMadre mia del Amparo, que mujer!--exclamo en voz alta un cadete agarrandose a su companero como si fuese a desmayarse del susto. La hermosa no pudo reprimir una levisima sonrisa, a cuya luz se pudo percibir mejor la peregrina belleza de que estaba dotada. En carruaje descubierto bajaban dos caballeros que le dirigieron un saludo reverente, al cual respondio ella con una imperceptible inclinacion de cabeza. Al llegar a la esquina, en la misma red de San Luis, se detuvo vacilante, miro a todas partes, y percibiendo otra vez al rubio mancebo le volvio la espalda con ostensible desprecio y comenzo a descender con mas prisa por la calle de la Montera, donde su presencia causo entre los transeuntes la misma emocion. Tres o cuatro veces se detuvo delante de los escaparates aunque se advertia que mas que por curiosidad se paraba por el estado nervioso en que la persecucion tenaz del jovencito la habia puesto. Cerca de la Puerta del Sol, sin duda para huirla, resolviose a entrar en la joyeria de Marabini. Sentose con negligencia en una silla, levanto un poquito el velo del sombrero y se puso a examinar con distraccion las joyas recien llegadas que el dependiente de la tienda fue exhibiendo. Era lo peor que pudo hacer para librarse de las miradas de su adolescente adorador. Porque este, con toda comodidad, sobre seguro, se las enfilaba por los cristales del escaparate con una insistencia que la encolerizaba cada vez mas. La verdad es que aquella tiendecita primorosamente adornada, donde brillaban por todas partes los metales y las piedras preciosas, era digno aposento para la bella; el estuche que mejor convenia a joya tan delicada. Asi debio de pensarlo el joven rubio, a juzgar por el extasis apasionado de sus ojos y la inmovilidad marmorea de su figura. Al fin la dama, no pudiendo vencer la irritacion que esto la producia, alzose bruscamente de la silla y despidiendose con una frase seca del dependiente, que le guardaba extraordinarias consideraciones, salio del comercio y llego hasta la Puerta del Sol a toda prisa. Aqui se detuvo; luego dio algunos pasos hacia un coche de punto, como si fuese a entrar en el; pero de pronto cambio de rumbo, y con paso firme se dirigio hacia la calle Mayor, escoltada siempre y no de lejos por el joven. Al llegar a la mitad de ella proximamente, entro en una casa de suntuosa apariencia, no sin lanzar antes una rapida y furibunda mirada a su perseguidor, que la recibio con entera y rara serenidad. El portero, que estaba plantado en el umbral atusandose gravemente sus largas patillas, despojose vivamente de la gorra, le hizo una profunda reverencia y corrio a abrir la puerta de cristales que daba acceso a la escalera, apretando en seguida el boton de un timbre electrico. Subio lentamente la escalera alfombrada, y al llegar al principal la puerta estaba ya abierta y un criado con librea al pie de ella esperando. La casa pertenecia al Excmo. Sr. D. Julian Calderon, jefe de la casa de banca _Calderon y Hermanos_, el cual ocupaba todo el principal de ella, sirviendose por escalera distinta de los demas pisos, que tenia alquilados. Este Calderon era hijo de otro Calderon muy conocido en el comercio de Madrid, negociante al por mayor en pieles curtidas, que con ellas habia hecho una buena fortuna y que en los ultimos anos de su vida la habia acrecentado, dedicandose, a la par que al comercio, al giro y descuento de letras. Fallecido el, su hijo Julian continuo su obra sin apartarse un punto, manejando con el suyo el haber de sus dos hermanas casadas, la una con un medico, la otra con un propietario de la Mancha. A su vez estaba casado, bastantes anos hacia, con la hija de un comerciante de Zaragoza, llamado D. Tomas Osorio, padre tambien del conocido banquero madrileno del mismo nombre, que tenia su hotel con honores de palacio en el barrio de Salamanca, calle de Ramon de la Cruz. La hermosa dama que acaba de entrar en la casa es la esposa de este banquero, y hermana politica, por lo tanto, de la senora de Calderon. Paso por delante del criado sin aguardar a que este la anunciase, avanzo resueltamente como quien tiene derecho a ello, atraveso tres o cuatro grandes estancias lujosamente decoradas, y alzando ella misma la rica cortina de raso con franja bordada, entro en una habitacion mas reducida donde se hallaban congregadas varias personas. En el sillon mas proximo a la chimenea estaba arrellanada la senora de la casa, mujer de unos cuarenta anos, gruesa, facciones correctas, ojos negros, grandes y hermosos, pero sin luz, la tez blanca, los cabellos de un castano claro excesivamente finos. Al lado de ella, en una butaquita, estaba otra senora, que formaba contraste con ella; morena, delgada, menuda, de extraordinaria movilidad, lo mismo en sus ojillos penetrantes que en toda su figura. Era la marquesa de Alcudia, de la primer nobleza de Espana. Las tres jovenes que sentadas en sillas seguian la fila, eran sus hijas, muy semejantes a ella en el tipo fisico, si bien no la imitaban en la movilidad: rigidas y silenciosas, los ojos bajos, con modestia y compostura tan afectadas, que pronto se echaba de ver el regimen severo a que las tenia sometidas su viva y nerviosa mama. Con una de ellas hablaba de vez en cuando en voz baja la hija de los senores de Calderon, nina de catorce o quince anos, carirredonda, de ojos pequenos, nariz arremolachada y algunos costurones en el cuello, pregoneros de un temperamento escrofuloso. Esta nina gastaba aun los cabellos trenzados, con un lacito en la punta de la trenza, lo mismo que la ultima de las de Alcudia, con quien sostenia timida e intermitente conversacion. Esta, y sus hermanas, llevaban en la cabeza sendos y caprichosos sombreros, mientras Esperancita (que asi nombraban a la hija de los amos) andaba con su cabecita redonda al descubierto. El traje una _matinee_ azul, demasiadamente corta para sus anos. Los senores de Calderon solo tenian esta hija y un nino de dos anos. Frente a la senora, reclinado en una butaca igual, estaba el general Patino, conde de Morillejo. Hallase entre los cincuenta y sesenta, pero conserva en sus ojos el fuego de la juventud; sus cabellos grises estan esmeradamente peinados, los largos bigotes a lo Victor Manuel, la perilla apuntada, la nariz aguilena le dan un aspecto simpatico y gallardo. Es el tipo perfecto del veterano aristocrata. A su lado, en otra butaca, estaba Calderon, hombre de unos cincuenta anos, grueso, de cara redonda y sonrosada, adornada por cortas patillas grises; los ojos redondos, vagos y mortecinos. Cerca de el una senora anciana, que era la madre de la esposa de Calderon, aunque mucho se diferenciaba de ella en el rostro y la figura: delgada al punto de no tener mas que la piel sobre los huesos, morena, ojos hundidos y penetrantes, revelando en todos los rasgos de su fisonomia inteligencia y decision. Hablando con ella esta Pinedo, el inquilino del cuarto tercero. Aunque su bigote no tiene canas, se adivina facilmente que esta tenido: su rostro es el de un hombre que anda cerca de los sesenta: fisonomia bonachona, ojos saltones que se mueven con viveza, como los que poseen un temperamento observador. Viste con elegancia y manifiesta extraordinaria pulcritud en toda su persona. Al ver en la puerta a nuestra bellisima dama, la tertulia se conmovio. Todos se alzan del asiento, excepto la senora de Calderon, en cuyo rostro parado se dibujo una vaga sonrisa de placer. --iAh, Clementina! iQue milagro el verte por aqui, mujer! La dama se adelanto sonriente, y mientras besaba a las senoras y daba la mano a los caballeros, respondia a la carinosa reprension de su cunada. --iAnda! Aplicate la venda, hija, tu que no pareces por mi casa mas que por semestres. --Yo tengo hijos, querida. --iMiren ustedes que disculpa! Yo tambien los tengo. --En Chamartin. --Bueno; el tener hijos no te priva de ir al Real y al paseo. Clementina se sento entre su cunada y la marquesa de Alcudia. Los demas volvieron a ocupar sus asientos. --iAy, hija!--exclamo aquella respondiendo a la ultima frase.--iSi vieras que catarrazo he pillado la otra noche en el teatro! El tonto de Ramoncito Maldonado es el que ha tenido la culpa. Con tanto saludo y tanta ceremonia, no acababa de cerrar la puerta del palco. Aquel aire colado se me metio en los huesos. --Ha tenido fortuna ese aire--manifesto con sonrisa galante el general Patino. Todos sonrieron menos la interesada, que le miro con sorpresa abriendo mucho los ojos. --?Como fortuna? Fue necesario que el general le diese la galanteria mascada; solo entonces la pago con una sonrisa. --?No es verdad que ha estado muy bien Gayarre?--dijo Clementina. --iAdmirable! como siempre--respondio su cunada. --Yo le encuentro falto de maneras--expreso el general. --iOh, no, general!... Permitame usted.... Y se empeno una discusion sobre si el famoso tenor poseia o no poseia el arte escenico, si era o no elegante en su vestir. Las senoras se pusieron de su parte. Los caballeros le fueron adversos. Del tenor pasaron a la tiple. --Es toda una hermosa mujer--dijo el general con la seguridad y el acento convencido de un inteligente. --iOh!--exclamo Calderon. --Pues yo encuentro a la Tosti bastante ordinaria, ?no le parece a usted, Clementina? Esta corroboro la especie. --No diga usted eso, marquesa; el que una mujer sea alta y gruesa no indica que sea ordinaria, si tiene arrogancia en el porte y distincion en las maneras--se apresuro a decir el general, echando al mismo tiempo una miradita a la senora de Calderon. --Ni yo sostengo eso, general; no tome usted el rabano por las hojas--manifesto la marquesa con extraordinaria viveza, atacando despues con brio y un poquillo irritada la gracia y buen talle de la tiple. Generalizose la disputa, y sucedio lo contrario que en la anterior. Los caballeros se mostraron benevolos con la cantante mientras las senoras le fueron hostiles. Pinedo la resumio, diciendo en tono grave y solemne, donde se notaba, sin embargo, la socarroneria: --En la mujer, las buenas formas son mas esenciales que en el hombre. Clementina y el general cambiaron una sonrisa y una mirada significativas. La marquesa miro al pulcro caballero con dureza y despues se volvio rapidamente hacia sus hijas, que seguian con los ojos bajos, en la misma actitud rigida y silenciosa de siempre. Pinedo permanecio grave e indiferente, como si hubiese dicho la cosa mas natural del mundo. --Pues yo, amigo Pinedo, creo que los hombres deben tener tambien buenas formas--manifesto la panfila senora de Calderon. Al decir esto se oyo un resuello debil, como de risa reprimida con trabajo. Era la ultima nina de la marquesa de Alcudia, a quien su mama dirigio una mirada pulverizante. La fisonomia de la nina volvio instantaneamente a su primitiva expresion timida y modesta. --Es una opinion ...--respondio Pinedo, inclinandose respetuosamente. Este Pinedo, que ocupaba uno de los cuartos terceros de la misma casa propiedad de Calderon, desempenaba un empleo de bastante importancia en la Administracion publica. Los vaivenes de la politica no lograban arrancarle de el. Tenia amigos en todos los partidos, sin que se hubiese jamas decidido por ninguno. Hacia la vida del hombre de mundo; entraba en las casas mas aristocraticas de la corte; trataba familiarmente a la mayoria de los personajes de la banca y la politica; era socio antiguo del _Club de los Salvajes_, donde se placa en bromear todas las noches con los jovenes aristocratas que alli se reunian, quienes le trataban con harta confianza que no pocas veces degeneraba en groseria. Era hombre afable, inteligente, muy corrido y experto en el trato de los hombres; tolerante con toda clase de vanidades por el mismo desprecio que sentia hacia ellas. No obstante, con la apariencia de hombre cortes e inofensivo, guardaba en el fondo de su alma un fondo satirico que le servia para vengarse lindamente, con alguna frase incisiva y oportuna, de las demasias de sus amiguitos los sietemesinos del _Club_. Estos le profesaban una mezcla de afecto, desprecio y miedo. Nadie conocia su procedencia, aunque se daba por seguro que habia nacido en humilde cuna. Unos le hacian hijo de un carnicero de Sevilla; otros le declaraban granuja de la playa de Malaga en su juventud. Lo que se sabia de positivo, era que hacia ya muchos anos habia aparecido en Madrid como parasito de un titulo andaluz, el cual, despues de haber disipado su fortuna, se salto los sesos. En la compania de este, nuestro Pinedo adquirio gran numero de relaciones utiles, llego a conocer y tratar a toda la gente que hacia viso, entre la cual era popular. Tenia el buen tacto de echarse a un lado cuando tropezaba con un hombre inflado y soberbio, dejandole paso. No excitaba los celos de nadie y esto es medio seguro de no ser aborrecido. Al mismo tiempo su ingenio, su caracter socarron, que procuraba mantener siempre dentro de ciertos limites, despertaba a menudo la alegria en las tertulias; bastaba para darle en ellas cierta significacion, que de otro modo no hubiera disfrutado. No tenia mas familia que una hija de diez y ocho anos llamada Pilar. Su mujer, a quien nadie conocio, habia muerto muchos anos hacia. Su sueldo era de cuarenta mil reales, y con el vivian economicamente padre e hija, en el tercero que Calderon les dejaba por veintidos duros al mes. Los gastos mayores de Pinedo eran de representacion. Como frecuentaba una sociedad muy superior a la que, dada su posicion, le correspondia, era preciso vestir con elegancia y asistir a los teatros. Comprendiendo la necesidad absoluta de seguir cultivando sus relaciones, que eran las pilastras en que su empleo se sustentaba, imponiase tales dispendios sin vacilar, ahorrandolo en otras partidas del presupuesto domestico. Vivia, pues, en situacion permanente de equilibrio. El empleo le permitia frecuentar la sociedad de los prepotentes, mientras estos le ayudaban inconscientemente a mantenerse en el empleo. Ningun ministro se atrevia a dejar cesante a un hombre con quien iba a tropezar en todas las tertulias y saraos de la corte. Luego Pinedo tenia el honor de hablar alguna vez con las personas reales: ciertas frases suyas corrian por los salones y se celebraban mas quiza de lo que merecian, por lo mismo que en los salones suele haber poco ingenio: tiraba bastante bien con carabina y con pistola y era inteligentisimo y poseia una copiosa biblioteca tocante al arte culinario. Los mas altos personajes se sentian lisonjeados cuando oian decir que Pinedo elogiaba a su cocinero. --?Cuando has estado en el colegio, Pacita?--le pregunto en voz baja Esperanza a la menor de la marquesa de Alcudia. --Pues el viernes; ?no sabes que mama nos lleva todos los viernes a confesar? ?Y tu? --Yo hace lo menos tres semanas que no he estado. Mama y yo nos confesamos cada mes. --?Y se conforma con eso el padre Ortega? --A mi no me dice nada.... No se si a mama.... --No le dira, no: ya sabe muy bien donde pone el pie. ?Has visto a las de Mariani? --Si; hace pocos dias, en el Retiro. --?No sabes que Maria se ha echado un novio? --No me ha dicho nada. --Si, de caballeria ... hijo del brigadier Arcos.... iUn tio mas desgalichado! Feo no es; pero le tiemblan las piernas cuando anda como si saliese del hospital.... Ya ves, como la mama es querida del brigadier ... todo queda en casa. --Y tu, ?sigues con tu primo? --No te lo puedo decir. El lunes se marcho enfadado y no ha vuelto por casa. Mi primo no es lo que parece; no es una mosquita muerta, sino un pillo muy largo, que si le dan el pie se toma la mano.... iAnda! pues si no anduviese yo con ojo, no se adonde hubiera parado con la marcha que llevaba.... ?Sabes que estaba empenado en que le regalase mis ligas? --iJesus!--exclamo la nina de Calderon riendo. --Lo que oyes, hija.... Por supuesto que yo le puse de sucio y de gorrino que no habia por donde cogerle.... Se marcho muy amoscado, pero ya volvera. --Tu primo monta muy bien. Le he visto ayer a caballo. --Lo unico que sabe hacer. Las letras le estorban. Se ha examinado ya seis veces de Derecho romano y siempre ha salido suspenso. --iQue importa!--exclamo la nina de Calderon con un desprecio que hubiera estremecido a Heinecio en su tumba. Y anadio en seguida: --?Esos sombreros os los ha hecho Mme. Clement? --No, los ha encargado mama a Paris por la senora de Carvajal, que ha llegado el sabado. --Son muy bonitos. --Mas que los que hace Mme. Clement ya son. Y se enfrascaron por breves momentos en una platica de moda. La nina de Calderon, que era bastante fea, poseia, no obstante, cierto atractivo que provenia acaso de sus cortos anos, acaso tambien de una boca de labios gruesos y frescos y dientes iguales y blancos, donde la sensualidad habia dejado su sello. La ultima de Alcudia era una chicuela de temperamento enfermizo, que no tenia mas que huesos y ojos. --Oye--le dijo Esperanza cuando se hubieron cansado de hablar de sombreros--, ?sabes que el ultimo dia que he estado en el colegio les lleve el retrato de mi hermanito?... Veras que paso mas gracioso. Lo han retratado desnudo, y como tiene aquello descubierto, la hermana Maria de la Saleta no queria ensenarlo a las ninas. Las chicas comenzaron a gritar: "iqueremos verlo! iqueremos verlo!" ?Sabes lo que hizo entonces? Pues lo fue ensenando con la mano puesta encima, dejando solo ver el pecho y la cabeza. --iChica, que gracia tiene eso!--exclamo Pacita soltando la carcajada. Esperanza la secundo, riendo ambas de tan buena gana que concluyeron por llamar la atencion de la tertulia, sobre todo de la marquesa, que volvio a dirigir a su hija una mirada severisima. Entraba en aquel momento una senora que representaba cuarenta anos; el rostro, hermoso aun, pintado, con senales impresas mas que de los anos, de una vida agitada y galante. --Aqui esta Pepa Frias--dijo sonriendo Mariana, la esposa de Calderon. --Eso es; aqui esta Pepa Frias--respondio con afectado mal humor la misma--. Una mujer que no tiene pizca de vergueenza al poner los pies en esta casa. Los tertulios rieron. --?Tu te crees por lo visto que soy de la Inclusa? ?que no tengo casa? Pues si que la tengo, Salesas, 60, principal.... Es decir, la tiene el casero.... Pero le pago, lo que no haran seguramente todos tus inquilinos. Perdone usted, Pinedo; no le habia visto.... Y tambien tengo mis sabados ... y no hay tanto calor como aqui iuf! y doy chocolate y te, y conversacion y todo ... lo mismo que aqui. Mientras decia esto, iba saludando a los circunstantes con semblante furioso. Pero como todos sabian a que atenerse, reian. Era una mujer metida en carnes, los cabellos artificialmente rubios, los ojos un poco saltones, pero hermosos, la boca fresca y sensual; una mujer agradable, en suma, que habia tenido y que seguia teniendo, a pesar de sus anos, muchos apasionados. --Lo que no hay--anadio acercandose a la senora de Calderon y dandole dos sonoros besos en las mejillas--es una mujer tan ingrataza y tan insignificante como tu.... Por supuesto, que yo no vengo ya a verte a ti, sino a mi senor D. Julian, que alguna vez que otra sube a darme las buenas tardes y a decirme como anda la cotizacion.... Y a proposito de cotizacion, Clementina, dile a tu marido que suspenda aquello hasta que le avise.... Mejor dicho, no le digas nada; yo pasare esta noche por tu casa. --iPero hija, que lios traes siempre con el papel y la Bolsa y las acciones!--exclamo Mariana. --Pues los mismos que tu traerias si no tuvieses un marido tan activo que se encarga de calentarse la cabeza para que tu la tengas fresca y descansada.... --Vaya, Pepa, no me eche usted piropos, que voy a ponerme colorado--dijo Calderon. --No digo mas que la verdad. iSi creeran que es plato de gusto estar pensando en si baja o si sube el papel, escribir cartas y endosos y andar camino del Banco! --Imagino yo, Pepa--manifesto el general con sonrisa galante--que por mas que diga, usted tiene aficion a los negocios. --?Imagina usted? iQue raro! --No tengo tanta imaginacion como usted, pero alguna si--respondio el general un poco molestado por la risa que la frase de Pepa habia producido. Esta Pepa era una mujer que gozaba fama de chistosa en sociedad, aunque realmente su gracia se confundia a menudo con la desvergueenza. Hablar siempre con rostro enojado, llamar a las cosas por su nombre, por crudo que fuese, decir una fresca al lucero del alba; tales eran las cualidades que habian logrado darle popularidad en los salones. Habia quedado viuda bastante joven, con dos hijos, un varon que habia seguido la carrera de marino y que a la sazon estaba navegando, y una hija a quien habia casado hacia un ano. Su marido habia sido comerciante, y en los ultimos anos jugaba en la Bolsa con fortuna. En esta temporada, Pepa contrajo la misma pasion. Una vez viuda siguio alimentandola. La prudencia, o por mejor decir la timidez que caracteriza a las mujeres en los negocios, la habian librado de la ruina, que suele ser, tarde o temprano, inevitable para los apasionados al juego. Algo se habia mermado su fortuna, pero aun disfrutaba de un envidiable bienestar. --Pepa, el asunto marcha admirablemente--dijo Pinedo--. De Zaragoza han pedido un volcan y en la Coruna ha resuelto el Ayuntamiento establecer dos, al oriente y al poniente de la ciudad. --Me alegro, me alegro muchisimo. ?De manera que no suelto las acciones? --Nunca; el sindicato tiene seguridad de que antes de un mes subiran a trescientos. Los pocos que estaban en la broma rieron. Los demas fijaron en ellos sus ojos con curiosidad. --?Que es eso de los volcanes, Pinedo?--pregunto la esposa de Calderon. --Senora, se ha formado una sociedad para establecer volcanes en las poblaciones. --iAh! ?Y para que sirven esos volcanes? --Para la calefaccion, y ademas como objeto de adorno. Todos comprendieron ya la burla menos la linfatica senora, que siguio preguntando con interes los pormenores del negocio. Los tertulios reian, hasta que Calderon, entre risueno y enojado, exclamo: --iPero mujer, no seas tan candida! ?No ves que es una guasa que se traen Pepa y Pinedo? Estos protestaron afectando gran formalidad, pero la primera dijo al oido del segundo: --Si sera panfila esta Mariana, que hace ya tres meses que el general Cruzalcobas le esta haciendo el amor y aun no se ha enterado. Asi llamaba Pepa al general Patino, y no sin fundamento. A pesar de su apuesta figura un tanto averiada, y de su continente marcial, Patino era un veterano falsificado. Sus grados habian sido ganados sin derramar una gota de sangre. Primero como ayo instructor del arte militar de una persona real; miembro despues de algunas comisiones cientificas, y empleado ultimamente en el ministerio de la Guerra, cultivando la amistad de todos los personajes politicos; diputado varias veces; senador por fin y ministro del Tribunal Supremo de Guerra y Marina, no habia estado en el campo de batalla sino persiguiendo a un general revolucionario, y eso con firme proposito de no alcanzarle nunca. Como habia viajado un poco y se jactaba de haber visto todos los adelantos del arte de la guerra, pasaba por militar instruido. Estaba suscrito a dos o tres revistas cientificas; citaba en las tertulias, cuando se tocaba a su profesion, algunos nombres alemanes; para discutir empleaba un tono enfatico y sacaba voz de gola que imponia respeto a los oyentes. Pero la verdad es que las revistas se quedaban siempre por abrir sobre la mesa de noche, y los nombres alemanes, aunque bien pronunciados, no eran mas que sonidos en su boca. Preciabase de militar a la moderna por esto y por vestir siempre de paisano. Amaba las artes, sobre todo la musica: abonado constante al teatro Real y a los cuartetos del Conservatorio. Amaba tambien las flores y las mujeres, muy especialmente a la mujer del projimo. Era catador insaciable de la fruta del cercado ajeno. Su vida se deslizaba modesta y feliz, regando las gardenias de su jardincito de la calle de Ferraz y seduciendo a las esposas de los amigos. Hacia esto ultimo por vocacion, como se deben hacer las cosas, y ponia en ello todo el empeno y concentraba todas las fuerzas de su lucida inteligencia, lo cual es de absoluta necesidad para hacer algo grande y provechoso en el mundo. Sus conocimientos estrategicos, que no habia tenido ocasion de aplicar en el campo de batalla, servianle admirablemente para entrar a saco en el corazon de las bellas damas de la corte. Bloqueaba primero la plaza con miradas languidas, acudiendo a los teatros, al paseo, a las iglesias que ellas frecuentaban. En todas partes el sombrero flamante y reluciente de Patino se agitaba en el aire declarando la ardiente y respetuosa pasion de su dueno. Estrechaba despues el cerco intimando en la casa, trayendo confites a los ninos, comprandoles juguetes y libros de estampas, llevandoles alguna vez a almorzar. Se hacia querer de los criados con regalos oportunos. Venia despues el asalto; la carta o la declaracion verbal. Aqui desplegaba nuestro general una osadia y un arrojo singulares que, contrastaban notablemente con la prudencia y habilidad del cerco. Esta complejidad de aptitudes ha caracterizado siempre a los grandes capitanes, Alejandro, Cesar, Hernan Cortes, Napoleon. Los anos no conseguian ni calmar su pasion por las altas empresas ni mermar sus extraordinarias facultades. O por mejor decir lo que perdia en vigor ganabalo en arte, con lo que se restablecia el equilibrio en aquel privilegiado temperamento. Mas la fortuna, segun ha tenido a bien comunicar a varios filosofos, se niega a ayudar a los viejos. El insigne capitan habia experimentado en los ultimos tiempos algunos descalabros que no podian atribuirse a falta de prevision o valor, sino a la versatilidad de la suerte. Dos jovenes casadas le habian dado calabazas consecutivamente. Como sucede a todos los hombres de verdadero genio en quien los reveses no producen desmayos femeniles, antes sirven para concentrar y vigorizar las fuerzas de su espiritu. Patino no lloro como Augusto sobre sus legiones. Pero medito, y medito largamente. Y su meditacion fue de fecundos resultados. Un nuevo plan estrategico, asombroso como todos los suyos, surgio del torbellino de sus pensamientos elevados. Dandose cuenta perfecta del estado y cantidad de sus fuerzas de ataque y calculando con admirable precision el grado de resistencia que podian ofrecerle sus dulces enemigos, comprendio que no debia atacar las plazas nuevas, cuyas fortificaciones son siempre mas recias, sino aquellas que por su antigueedad empezasen ya a desmoronarse. Tal viva penetracion del arte y tal destreza en la ejecucion como el general poseia, anunciaban desde luego la victoria. Y, en efecto, a consecuencia del nuevo y acertado plan de ataque, comenzaron a rendirse una en pos de otra, a sus armas, no pocas bellezas de las mejor sazonadas y maduras de la capital. Y en los brazos de estas Venus de plateados cabellos siguio recogiendo el merecido premio a su prudencia y bravura. Como el cartagines Anibal, Patino sabia variar en cada ocasion de tactica, segun la condicion y temperamento del enemigo. Con ciertas plazas convenia el rigor, desplegar aparato de fuerza. En otras era necesario entrar solapadamente sin hacer ruido. A una dama le gustaba el aspecto marcial y varonil del conquistador; se deleitaba escuchando las memorables jornadas de Garravillas y Jarandilla, cuando iba persiguiendo a los sublevados. A otra le placa oirle disertar en estilo correcto con su hermosa voz de gola, acerca de los problemas politicos y militares. A otra en fin, le extasiaba oirle interpretar alguna famosa melodia de Mozart o Schuman en el violoncelo. Porque nuestro heroe tocaba el violoncelo con rara perfeccion y fuerza es confesar que este delicadisimo instrumento le ayudo poderosamente en las mas de sus famosas conquistas. Arrastraba las notas de un modo irresistible, indicando bien claramente que, a pesar de su arrojado y belicoso temperamento, poseia un corazon sensible a las dulzuras del amor. Y por si este arrastre oportunisimo de las notas no lo decia con toda claridad, corroboralo un alzar de pupilas y meterlas en el cogote, dejando descubierto solo el blanco de los ojos, cuando llegaba al punto algido o patetico de la melodia, que realmente era para impresionar a cualquier belleza por aspera que fuese. La maliciosa insinuacion de Pepa Frias tenia fundamento. El bravo general hacia ya algun tiempo "que estaba poniendo los puntos" a la senora de Calderon, aunque esta no daba senales de advertirlo. Jamas en sus muchas y brillantes campanas se le habia presentado un caso semejante. Disparar contra una plaza durante algunos meses canonazos y mas canonazos, meter dentro de ella granadas como cabezas y permanecer tan sosegada, durmiendo a pierna suelta como si le echasen bolitas de papel. Cuando el general le soltaba algun requiebro a quemarropa, Mariana sonreia bondadosamente. --Callese usted, picaro. iBuen pez debio usted de haber sido en sus buenos tiempos! Patino se mordia los labios de coraje. iLos buenos tiempos! iEl, que pensaba que nunca los habia tenido mejores! Pero con su inmenso talento diplomatico sabia disimular y sonreia tambien como el conejo. --?Cuando te han comprado esa pulsera?--pregunto Pacita a Esperanza, reparando en una caprichosa y elegante que esta traia. --Me la ha regalado el general hace unos dias. --iAh! ?El general, por lo visto, te hace muchos regalos?--dijo la de Alcudia con leve expresion ironica que su amiga no entendio. --Si; es muy bueno, siempre nos trae regalos. A mi hermanito le ha comprado una medalla preciosa. --?Y a tu mama no le hace regalos? --Tambien. --?Y que dice tu papa? --?Mi papa?--exclamo la nina levantando los ojos con sorpresa--, ?que ha de decir? Pacita, sin contestar, llamo la atencion de una de sus hermanas. --Mercedes, mira que pulsera tan bonita le ha regalado el general a Esperanza. La segunda de Alcudia perdio su rigidez por un momento, y tomando el brazo de Esperanza la examino con curiosidad. --Es muy bonita. ?Te la ha regalado el general?--pregunto cambiando al mismo tiempo con su hermana una mirada maliciosa. --Aqui esta Ramoncito--dijo Esperanza volviendo los ojos a la puerta. --iAh! Ramoncito Maldonado. Un joven delgado, huesudo, palido, de patillas negras que tocaban en la nariz, como las gastaba entonces el rey, y a su imitacion muchos jovenes aristocratas, entro sonriente y comenzo a saludar con desembarazo a todos, apretandoles la mano con leve sacudida y acercandola al pecho, del modo extravagante que se hace algunos anos entre los pisaverdes madrilenos. En cuanto el entro esparciose por la habitacion un perfume penetrante. --iJesus, que peste!-exclamo por lo bajo Pepa Frias despues de darle la mano-. iQue afeminado es este Ramoncito! --iHola, barbian!-dijo el joven tomando de la barba con gran familiaridad a Pinedo-. ?Que te has hecho ayer? Pepe Castro ha preguntado por ti.... --?Ha preguntado por mi Pepe Castro? iTanto honor me confunde! Causaba cierta sorpresa ver a Maldonado tutear a un hombre ya entrado en anos y de venerable aspecto. Todos los mozalbetes del _Club de los Salvajes_ hacian lo mismo, sin que Pinedo se diese por ofendido. --Ahi tienes a Mariana--siguio este--que acaba de hablar perrerias de ti, y con razon. --?Pues? --No haga usted caso, Ramoncito--exclamo la senora de Calderon asustada. --Y Pepa tambien. --?Usted, Pepa?-pregunto el mancebo queriendo demostrar desembarazo, pero inquieto en realidad, porque la de Frias era con razon temida. --Yo, si. Vamos a cuentas, Ramoncito, ?que se propone usted echando sobre si tanto perfume? ?Es que pretende usted seducirnos a todas por el organo del olfato? --Por cualquier organo me agradaria seducir a usted, Pepa. La tertulia celebro la respuesta. Se oyo una espontanea carcajada. Pacita la habia soltado. Su mama se mordio los labios de ira y encargo a la hija que tenia mas cerca que hiciese presente a la otra, para que a su vez lo comunicase a la menor, que era una desvergonzada y que en llegando a casa se verian las caras. --iHombre, bien! choque usted--exclamo la de Frias, dando la mano a Ramoncito-. Es la unica frase regular que le he oido en mi vida. Generalmente no dice usted mas que tonterias. --Muchas gracias. --No hay de que. --Ya hemos leido la pregunta que usted hizo en el Ayuntamiento, Ramoncito--dijo la senora de Calderon, mostrandose amable para desvirtuar la acusacion de Pinedo. --iPs! cuatro palabrejas. --Por ahi se empieza, joven--manifesto Calderon con acento Protector. --No; no se empieza por ahi--dijo gravemente Pinedo--. Se empieza por _rumores_. Luego vienen las _interrupciones.... (iEs inexacto! iPruebemelo su senoria! La culpa es de los amigos de su senoria.)_ En seguida llegan los ruegos y las preguntas. Despues la explicacion de un voto particular o la defensa de una proposicion incidental. Por ultimo, la intervencion en los grandes debates economicos.... Pues bien. Ramon se encuentra ya en la tercer categoria, en la de los ruegos. --Gracias, Pinedito, gracias--respondio el joven algo amoscado--.Pues ya que he llegado a esa categoria, _te ruego_ que no seas tan guason. --iHombre, tampoco esta mal eso!--exclamo Pepa Frias con asombro--. Ramoncito, va usted echando ingenio. El joven concejal fue a sentarse entre la nina de la casa y la menor de Alcudia, que se apartaron de mala gana para dejarle introducir su silla. Este Maldonado, muchacho de buena familia, no enteramente desprovisto de bienes de fortuna y elegido recientemente concejal por la Inclusa, dirigia desde hace algun tiempo sus obsequios a la nina de Calderon. Era un matrimonio bastante proporcionado, al decir de los amigos. Esperanza seria mas rica que Ramoncito, porque la hacienda de D. Julian era solida y considerable; pero aquel, que tampoco estaba en la calle, tenia ya comenzada con buenos auspicios su carrera politica. Los padres de la chica ni se oponian ni alentaban sus pretensiones. Con el aplomo y la superioridad que da el dinero, Calderon apenas fijaba la atencion en quien requeria de amores a su hija, abrigando la seguridad de que no le faltarian buenos partidos cuando quisiera casarla. Y en efecto, cinco o seis pollastres de lo mas elegante y perfilado de la sociedad madrilena zumbaban en los paseos, en las tertulias y en el teatro Real alrededor de la rica heredera, como zanganos en torno de una colmena. Ramoncito tenia varios rivales, algunos de consideracion. No era lo peor esto, sino que la nina, tan apagada de genio, tan timida y silenciosa ordinariamente, solo con el era atrevida y desenfadada, autorizandose bromitas mas o menos inocentes, respuestas y gestos bruscos que mostraban bien claro que no le tomaba en serio. Por eso le decia a menudo Pepe Castro, su amigo y confidente, que se hiciese valer un poco mas; que no se manifestase tan rendido ni ansioso; que a las mujeres hay que tratarlas con un poco de desden. Este Pepe Castro no solo era el amigo y el confidente de Maldonado, pero tambien su modelo en todos los actos de la vida social y privada. Los juicios que pronunciaba acerca de las personas, los caballos, la politica (de esto hablaba pocas veces), las camisas y los bastones eran axiomas incontrovertibles para el joven concejal. Imitabale en el vestir, en el andar, en el reir. Si el otro compraba una jaca espanola cruzada, ya estaba Ramoncito vendiendo la suya inglesa para adquirir otra parecida; si le daba por saludar militarmente llevandose la mano abierta a la sien, a los pocos dias Ramoncito saludaba a todo el mundo como un recluta; si tomaba una chula por querida, no tardaba mucho nuestro joven en pasear por los barrios bajos en busca de otra. Pepe Castro se peinaba echando el pelo hacia adelante, para ocultar cierta prematura calva. Ramoncito, que tenia un pelo hermoso se peinaba tambien hacia adelante. Hasta la calva hubiera imitado con gusto por parecerle mas _chic_. Pues bien, a pesar de tan devota imitacion no habia podido obedecerle en lo tocante a sus incipientes amores. Y esto porque, aunque parezca raro, Ramoncito habia llegado a interesarse de verdad por la nina. El amor pocas veces es un sentimiento simple. A menudo contribuyen formarle y darle vida otras pasiones, como la vanidad, la avaricia, la lujuria, la ambicion. Asi formado apenas se distingue del verdadero amor: inspira el mismo vigilante cuidado y causa las mismas zozobras y penas. Ramoncito se creia sinceramente enamorado de Esperancita, y acaso tuviera razon para ello, pues la apetecia, pensaba en ella a todas horas, buscaba con afan los medios de agradarla y aborrecia de muerte a sus rivales. Por mas que se esforzaba en seguir los consejos del admirado Pepe Castro, procurando ocultar su inclinacion o al menos la vehemencia con que la sentia, no lo lograba. Habia empezado por calculo a festejarla, con el dominio sobre si de un hombre que tiene libre el corazon: habia llegado pronto, gracias a la resistencia desdenosa de la chica, a preocuparse vivamente, a sentirse aturdido y fascinado en su presencia. Luego la competencia de otros pollos le encendia la sangre y los deseos de hacerse pronto dueno de la mano de la nina. En obsequio a la verdad, hay que decir que se habia olvidado "casi" de los millones de Calderon, que amaba ya a la hija "casi" desinteresadamente. --?Conque ha hablado usted en el Ayuntamiento, Ramon?--le pregunto Pacita--. ?Y que ha dicho usted? --Nada, cuatro palabras sobre el servicio de alcantarillas--respondio con afectado aire de modestia el joven. --?Pueden ir las senoras al Ayuntamiento? --?Por que no? --Pues yo quisiera mucho oirle hablar un dia.... Y Esperancita tiene mas deseos que yo, de seguro. --iNo, no!... Yo no--se apresuro a decir la nina. --Vamos, chica, no lo disimules. ?No has de tener ganas de oir hablar a tu novio? Esperanza se puso como una amapola y exclamo precipitadamente: --Yo no tengo novio, ni quiero tenerlo. Ramoncito tambien se puso colorado. --iPero que cosas tan horribles tienes, Paz!--siguio aturdida y confusa--. No vuelvas a hablar asi porque me marcho de tu lado. --Perdona, hija--dijo la maliciosa nina, que se gozaba en el aturdimiento de su amiga y del concejal--. Yo creia.... Hay muchos que lo dicen.... Entonces, si no es Ramon sera Federico.... Maldonado fruncio el entrecejo. --Ni Federico ni nadie.... iDejame en paz!... mira, aqui esta el padre Ortega; levantate. II #Mas personajes.# Un clerigo alto, de rostro palido y redondo, joven aun, con ojos azules y mirada vaga de miope, aparecio en la puerta. Todos se levantaron. La marquesa de Alcudia avanzo rapidamente y fue a besarle la mano. Detras de ella hicieron lo mismo sus hijas, Mariana y las demas senoras de la tertulia. --Buenas tardes, padre--. Buenos ojos le vean, padre--. Sientese aqui, padre.--No, ahi no, padre; vengase cerca del fuego. El sexo masculino le fue dando la mano con afectuoso respeto. La voz del sacerdote, al preguntar o responder en los saludos era suave, casi de falsete, como si en la pieza contigua hubiese un enfermo; su sonrisa era triste, protectora, insinuante. Parecia que le habian arrancado a su celda y a sus libros con gran trabajo, que entraba alli con repugnancia, solo por hacer algun bien con el contacto de su sabia y virtuosisima persona a aquellos buenos senores de Calderon, de quienes era director espiritual. Sus habitos y sotana eran finos y elegantes; los zapatos de charol con hebilla de plata; las medias de seda. Le dieron la enhorabuena calurosamente por una oracion que habia pronunciado el dia anterior en el oratorio del Caballero de Gracia. El se contento con sonreir y murmurar dulcemente: --Densela a ustedes, senoras, si han sacado algun fruto. El padre Ortega no era un clerigo vulgar, al menos en la opinion de la sociedad elegante de la corte, donde tenia mucho partido. Sin pecar de entremetido frecuentaba las casas de las personas distinguidas. No le gustaba hacer ruido ni llamar la atencion de las tertulias sobre si. No daba ni admitia bromas, ni tenia el temperamento abierto y jaranero que suele caracterizar a los sacerdotes que gustan del trato social. Si era intrigante, debia de serlo de un modo distinto de lo que suele verse en el mundo. Discreto y afable, humilde, grave y silencioso cuando se hallaba en sociedad, procurando borrar y confundir su personalidad entre las demas, adquiria relieve cuando subia a la catedra del Espiritu Santo, lo que hacia a menudo. Alli se expresaba con desenfado y verbosidad sorprendentes. No lograba conmover al auditorio ni lo pretendia, pero demostraba un talento claro y una ilustracion poco comun en su clase. Porque era de los poquisimos sacerdotes que estaban al tanto de la ciencia moderna, o al menos semejaba estarlo. En vez de las platicas morales que se usan y de las huecas y disparatadas declamaciones de sus colegas contra la ciencia y la razon, los sermones de nuestro escolapio trascendian fuertemente a lecturas modernisimas: en todos ellos procuraba demostrar directa o indirectamente que no existe incompatibilidad entre los adelantos de la ciencia y el dogma. Hablaba de la evolucion, del transformismo, de la lucha por la existencia, citaba a Hegel alguna vez, traia a cuento la teoria de Malthus sobre la poblacion, el antagonismo del trabajo y el capital. De todo procuraba sacar partido en defensa de la doctrina catolica. Para rechazar los nuevos ataques era necesario emplear nuevas armas. Hasta se confesaba, en principio, partidario de las teorias de Darwin, cosa que tenia sorprendidos e inquietos a algunos de sus timoratos amigos y penitentes, pero esto mismo contribuia a infundirles mas respeto y admiracion. Cuando hablaba para las senoras solamente, prescindia de toda erudicion que pudiera parecerles enfadosa; adoptaba un lenguaje mundano. Les hablaba de sus tertulias, de sus saraos, de sus trajes y caprichos, como quien los conoce perfectamente; sacaba comparaciones y argumentos de la vida de sociedad, y esto encantaba a las damas y las postraba a sus pies. Era el confesor de muchas de las principales familias de la capital. En este ministerio demostraba una prudencia y un tacto exquisitos. A cada persona la trataba segun sus antecedentes, posicion y temperamento. Cuando tropezaba con una devota escrupulosa, viva y ardiente como la marquesa de Alcudia, el buen escolapio apretaba de firme las clavijas, se mostraba exigente, tiranico, entraba en los ultimos pormenores de la vida domestica y los reglamentaba. En casa de Alcudia no se daba un paso sin su anuencia. Y en estos sitios, como si se gozase en mostrar su poder, adoptaba un continente grave y severo que en otras partes no se le conocia. Cuando daba con alguna familia despreocupada, con poca aficion a la iglesia, ensanchaba la manga, se hacia benigno y tolerante, procurando nada mas que guardasen las formas y no diesen mal ejemplo a los otros. Hacia cuanto le era posible por afianzar esa alianza dichosa establecida de poco tiempo a esta parte entre la religion y el "buen tono" en nuestro pais. Cada dia sacaba una moda que a ello contribuyese, traducidas unas del frances, otras nacidas en su propio cerebro. En la capilla u oratorio de alguna familia ilustre reunia ciertos dias del ano por la tarde a las damas conocidas. Eran unas agradabilisimas _matinees_, donde se oraba, tocaba el organo expresivo la mas habil pianista, decia el padre una platica familiar, departia despues amigablemente con las senoras acerca de asuntos religiosos, se confesaba la que queria, y por ultimo pasaban al comedor, donde se tomaba te, cambiando de conversacion. Cuando fallecia alguna persona de estas familias, el padre Ortega se hacia poner en las papeletas de defuncion como director espiritual, rogando que la encomendasen a Dios. Luego repartia entre todos los amigos unos papelitos impresos o memorias con oraciones, donde se pedia al Supremo Hacedor con palabras encarecidas y melosas que por tal o cual merito que resplandecio en su sagrada pasion perdonase al conde de T*** o a la baronesa de M*** el pecado de soberbia o de avaricia, etc. Generalmente no era aquel en que mas habia sobresalido el difunto, lo cual hacia el padre con buen acuerdo para evitar el escandalo y una pena a la familia. Tambien se encargaba de gestionar la adquisicion del mayor numero posible de indulgencias, la bendicion papal _in articulo mortis_, las preces de algun convento de monjas, etc. Siendo su amigo y penitente se podia tener la seguridad de no ir al otro mundo desprovisto de buenas recomendaciones. Lo que no sabemos es el caso que Dios hacia de ellas, si escribia encima de las memorias con lapiz azul, como los ministros, "hagase", o si preguntaba al padre Ortega, como la senora del cuento: "?Y a usted quien le presenta?" Cuando hubo cambiado algunas palabras corteses con casi todos los tertulios, haciendo a cada cual la reverencia que dada su posicion le correspondia, la marquesa de Alcudia le tomo por su cuenta, y llevandole a uno de los angulos del salon y sentados en dos butaquitas, comenzo a hablarle en voz baja como si se estuviese confesando. El clerigo, con el codo apoyado en el brazo del sillon, cogiendo con la mano su barba rasurada, los ojos bajos en actitud humilde, la escuchaba. De vez en cuando proferia tambien alguna palabra en voz de falsete, que la marquesa escuchaba con profundo respeto y sumision, lo cual no impedia que al instante volviese a la carga gesticulando con viveza, aunque sin alzar la voz. Habia entrado poco despues que el padre un joven gordo, muy gordo, rubio, con patillitas que le llegaban poco mas abajo de la oreja, mucha carne en los ojos y fresco y sonrosado color en las mejillas. La ropa le estallaba. Su voz era levemente ronca y la emitia con fatiga. Al entrar nublose la descolorida faz de Ramoncito Maldonado. El recien llegado era hijo de los condes de Casa-Ramirez y uno de los pretendientes a la mano de la primogenita de Calderon. Jacobo Ramirez o Cobo Ramirez, como se le llamaba en sociedad, pasaba por chistoso por el mismo motivo que Pepa Frias, aunque con menos razon. Caracterizabale una libertad grosera en el hablar, un desprecio cinico hacia las personas, aun las mas respetables, y una ignorancia que rayaba en lo inverosimil. Sus chistes eran de lo mas burdo y soez que es posible tolerar entre personas decentes. Alguna vez daba en el clavo, esto es, tenia alguna ocurrencia feliz; mas, por regla general, sus chuscadas eran pura y lisamente desvergueenzas. La tertulia, no obstante, se regocijo con su entrada. Una sonrisa feliz se esparcio por todos los rostros, menos el de Ramoncito. --Oiga usted, Calderon--entro diciendo, sin saludar--. ?Como se arregla usted para tener siempre criados tan guapos?... A uno de ellos, el de la entrada, con la poca luz que habia y la voz de mezzo-soprano que me gasta, le he confundido con una muchacha. --iHombre, no!--exclamo riendo el banquero. --iHombre, si! A mi no me importa nada que usted traiga todos los Romeos que guste.... ?Viene por aqui su amigo Pinazo? Los que entendieron adonde iba a parar, que eran casi todos, soltaron la carcajada. --iNo viene! ino viene!--dijo Calderon casi ahogado por la risa. --?De que se rien?--pregunto Pacita por lo bajo a Esperanza. --No se--respondio esta con acento de sinceridad, encogiendose de hombros. --De seguro Cobo ha dicho una barbaridad. Se lo preguntare despues a Julia que no dejara de haberla cogido. Volvieron ambas la vista hacia la mayor de Alcudia y la vieron inmovil, rigida, con los ojos bajos como siempre. En el angulo de sus labios, sin embargo, vagaba una leve sonrisa maliciosa que mostraba que no sin razon la hermanita fiaba en sus profundos conocimientos. --Hola, Ramoncillo--dijo acercandose a Maldonado y dandole una palmada en la mejilla con familiaridad--. Siempre tan guapote y tan seductor. Estas palabras fueron dichas en tono entre afectuoso e ironico, que le sento muy mal al joven. --No tanto como tu..., pero en fin, vamos tirando--respondio Ramoncito. --No, no, tu eres mas guapo.... Y si no que lo digan estas ninas.... Un poco flacucho estas, sobre todo desde hace una temporada, pero ya doblaras en cuanto se te pase eso. --No tiene que pasarme nada.... Ya se que nunca podre ser de tantas libras como tu--replico mas picado. --Pues tienes mas hierbas. --Alla nos vamos, chico; no vengas echandotelas de _fanciullo_, porque es muy cursi, sobre todo delante de estas ninas. --iPero hombre, que siempre han de estar ustedes rinendo!--exclamo Pepa Frias--. Acaben ustedes pronto por batirse, ya que los dos no caben en el mundo. --Donde no caben los dos--le dijo por lo bajo Pinedo--es en casa de Calderon. --Nada de eso--manifesto Cobo en tono ligero y alegre--. Los amigos mas renidos son los mejores amigos. ?Verdad, barbian? Al mismo tiempo tomo la cabeza de Ramoncito con ambas manos y se la sacudio carinosamente. Este le rechazo de mal humor. --Quita, quita, no seas sobon. Cobo y Maldonado eran intimos amigos. Se conocian desde la infancia. Habian estado juntos en el colegio de San Anton. Luego en la sociedad siguieron manteniendo relaciones estrechas, principalmente en el _Club de los Salvajes_, adonde ambos acudian asiduamente. Como ambos ejercian la misma profesion, la de pasear a pie, en coche y a caballo; como ambos frecuentaban las mismas casas y se encontraban todos los dias en todas partes, la confianza era ilimitada. Siempre habia habido entre ellos, sin embargo, una graciosa hostilidad, pues Cobo despreciaba a Ramoncito, y este, que lo adivinaba, manteniase constantemente en guardia. Esta hostilidad no excluia el afecto. Se decian mil insolencias, disputaban horas enteras; pero en seguida salian juntos en coche como si no hubiera pasado nada, y se citaban para la hora del teatro. Maldonado tomaba las cosas de Cobo en serio. Este se gozaba en llevarle la contraria en cuanto decia, hasta que conseguia irritarlo, ponerlo fuera de si. Mas el afecto desaparecio en cuanto ambos pusieron los ojos en la chica de Calderon. No quedo mas que la hostilidad. Sus relaciones parecia que eran las mismas; reunianse en el club diariamente, paseaban a menudo juntos, iban a cazar al Pardo como antes. En el fondo, sin embargo, se aborrecian ya cordialmente. Por detras decian perrerias el uno del otro; Cobo con mas gracia, por supuesto, que Ramoncito, porque le tenia, fundada o infundadamente, un desprecio verdadero. --Vamos, les pasa a ustedes lo que a mi hija y su marido....--dijo la de Frias. --iNo tanto! ino tanto, Pepa!--interrumpio Ramirez afectando susto. --iPero que sinvergueenza es usted, hombre!--exclamo aquella tratando de contener la risa, que no cuadraba a su mal humor caracteristico--. Se parecen ustedes en que siempre estan reganando y haciendo las paces. Y se puso a describir con bastante gracia la vida matrimonial de su hija. Lo mismo ella que el marido eran un par de chiquillos mimosos, insoportables. Sobre si no la habia pasado el plato a tiempo o no la habia echado agua en la copa, sobre los botones de la camisa, o si no cepillaron la ropa, o tenia la ensalada demasiado aceite, armaban caramillos monstruosos. Los dos eran Igualmente susceptibles y quisquillosos. A veces se pasaban seis u ocho dias sin hablarse. Para entenderse en los menesteres de la vida se escribian cartitas y en ellas se trataban de usted--. "Asuncion me ha pasado un recado diciendome que vendra a las ocho para llevarme al teatro. ?Tiene usted inconveniente en que vaya?"--escribia ella dejandole la carta sobre la mesa del despacho--. "Puede usted ir adonde guste"--respondia el por el mismo procedimiento--. "?Que platos quiere usted para manana? ?Le gusta a usted la lengua en escarlata?"--"Demasiado sabe usted que no como lengua. Hagame el favor de decir a la cocinera que traiga algun pescado, pero no boquerones como el otro dia, y que no fria tanto las tortillas". Ninguno de los dos queria humillarse al otro. Asi que, esta tirantez se prolongaba ridiculamente, hasta que ella, Pepa, los agarraba por las orejas, les decia cuatro frescas y les obligaba a darse la mano. Luego, en las reconciliaciones, eran extremosos. --?Sabe usted, Pepa, que no quisiera estar yo alli en el momento de la reconciliacion?--dijo Cobo haciendo alarde nuevamente de su malignidad brutal. --Tampoco yo, hijo--respondio, dando un suspiro de resignacion que hizo reir--. Pero ique quiere usted! Soy suegra, que es lo ultimo que se puede ser en este mundo, y tengo esa penitencia y otras muchas que usted no sabe. --Me las figuro. --No se las puede usted figurar. --Pues, querida, a mi me gustaria muchisimo ver a mis hijos reconciliados. No hay cosa mas fea que un matrimonio renido--dijo la bendita de Mariana con su palabra lenta, arrastrada, de mujer linfatica. --Tambien a mi ... pero despues que pasa la reconciliacion--respondio Pepa, cambiando miradas risuenas con Cobo Ramirez y Pinedo. --iDe que buena gana me reconciliaria yo con usted, Mariana, del mismo modo que esos chicos!--dijo en voz muy baja el almibarado general Patino, aprovechando el momento en que la esposa de Calderon se inclino para hurgar el fuego con un hierro niquelado. Al mismo tiempo, como tratase de quitarselo para que ella no se molestase, sus dedos se rozaron, y aun puede decirse, sin faltar a la verdad, que los del general oprimieron suave y rapidamente los de la dama. --iReconciliarse!--dijo esta en voz natural--. Para eso es necesario antes estar enfadados y, a Dios gracias, nosotros no lo estamos. El viejo tenorio no se atrevio a replicar. Rio forzadamente, dirigiendo una mirada inquieta a Calderon. Si insistia, aquella panfila era capaz de repetir en voz alta la atrevida frase que acababa de decirle. --Por supuesto--siguio Pepa--que yo me meto lo menos posible en sus reyertas. Ni voy apenas por su casa. iUf! iMe crispa el hacer el papel de suegra! --Pues yo, Pepa, quisiera que fuese usted mi suegra--dijo Cobo, mirandola a los ojos codiciosamente. --Bueno, se lo dire a mi hija, para que se lo agradezca. --iNo, si no es por su hija!... Es porque ... me gustaria que usted se metiese en mis cosas. --iBah, bah! dejese usted de musicas--replico la de Frias medio enojada. Un amago de sonrisa que plegaba sus labios pregonaba, no obstante, que la frase la habia lisonjeado. Ramoncito volvio a sacar la conversacion del teatro Real, la liebre que sale y se corre en todas las tertulias distinguidas de la corte. La opera, para los abonados, no es un pasatiempo, sino una institucion. No es el amor de la musica, sin embargo, lo que engendra esta constante preocupacion, sino el no tener otra cosa mejor en que ocuparse. Para Ramoncito Maldonado, para la esposa de Calderon y para otros muchos, los seres humanos se dividen en dos grandes especies: los abonados al teatro Real y los no abonados. Los primeros son los unicos que expresan realmente de un modo perfecto la esencia de la humanidad. Gayarre y la Tosti fueron puestos otra vez a discusion. Los que habian llegado ultimamente dieron su opinion, tanto sobre el merito como sobre la disposicion fisica de los dos cantantes. Ramoncito se puso a contar en voz baja a Esperanza y a Paz que la noche anterior habia sido presentado a la Tosti en su _camerino_. "Una mujer muy amable, muy fina. Le habia recibido con una gracia y una amabilidad sorprendentes. Ya habia oido hablar mucho de el, de Ramoncito, y tenia deseos vivos de conocerle personalmente. Cuando supo que era concejal, quedo asombrada por lo joven que habia llegado a ese puesto. iYa ven ustedes que tonteria! Por lo visto, en otros paises se acostumbra a elegir solo a los viejos. De cerca era aun mejor que de lejos. Un cutis que parece raso; una dentadura preciosa; luego una arrogante figura; el pecho levantado y iunos brazos!..." La vanidad hacia a Ramoncito no solo torpe, porque es regla bien sabida que cuando se galantea a una mujer no debe alabarse con demasiado calor a otra, sino un tantico atrevido dirigiendose a ninas. Estas se miraban sonrientes, brillandoles los ojos con fuego malicioso y burlon que el joven concejal no observaba. --Y diga usted Ramon, ?no se ha declarado usted a ella?--le pregunto Pacita. --Todavia no--respondio haciendose cargo ya de la intencion burlona de la pregunta. --Pero se declarara. --Tampoco. Estoy ya enamorado de otra mujer. Al mismo tiempo dirigio una miradita languida a Esperanza. Esta se puso repentinamente seria. --?De veras? Cuente usted ... cuente usted. --Es un secreto --Bien, pero nosotras lo guardaremos.... ?Verdad Esperanza que tu no diras nada? Y la escualida chiquilla miraba maliciosamente a su amiga gozandose en su mal humor y en la inquietud de Ramoncito. --Yo no tengo gana de saber nada. --Ya lo oye usted, Ramon. Esperanza no tiene gana de oir hablar de sus novias. Yo bien se por que es, pero no lo digo.... --iQue tonta eres, chica!--exclamo aquella con verdadero enojo. El joven concejal quedo lisonjeado por tal advertencia que venia de una amiga intima. Creyo, sin embargo, que debia cambiar la conversacion a fin de no echar a perder su pretension, pues veia a Esperanza seria y cenuda. --Pues no crean ustedes que es tan dificil declararse a la Tosti y que ella responda que si.... Y si no ... ahi tienen ustedes a Pepe Castro, que puede dar fe de lo que digo. --Es que Pepe Castro no es usted--manifesto la nina de Calderon con marcada displicencia. Maldonado cayo de la region celeste donde se mecia. Aquella frase punzante dicha en tono despreciativo le llego al alma. Porque cabalmente la superioridad de Pepe Castro era una de las pocas verdades que se imponian a su espiritu de modo incontrastable. Pudiera ofrecer reparos a la de Hornero, pero a la de Pepito, no. La seguridad de no poder llegar jamas, por mucho que le imitase, al grado excelso de elegancia, despreocupacion, valor desdenoso y hastio de todo lo creado, que caracterizaba a su admirado amigo, le humillaba, le hacia desgraciado. Esperanza habia puesto el dedo en la llaga que minaba su preciosa existencia. No pudo contestar; tal fue su emocion. Clementina estaba triste, inquieta. Desde que habia entrado en casa de su cunada, buscaba pretexto para irse. Pero no lo hallaba. Era forzoso resignarse a dejar transcurrir un rato. Los minutos le parecian siglos. Habia charlado unos momentos con la marquesa de Alcudia, mas esta la habia dejado en cuanto entro el padre Ortega. Su cunada estaba secuestrada por el general Patino, que le explicaba minuciosamente el modo de criar a los ruisenores en jaula. Las dos chicas de Alcudia que tenia al lado parecian de cera, rigidas, tiesas, contestando por monosilabos a las pocas preguntas que las dirigio. Una sorda irritacion se iba apoderando poco a poco de ella. Dado su temperamento, no se hubieran pasado muchos minutos en echar a rodar todos los miramientos y largarse bruscamente. Alas al oir el nombre de Pepe Castro levanto la cabeza vivamente y se puso a escuchar con avida atencion. La reticencia de Ramoncito la puso subito palida. Se repuso no obstante en seguida, y, entrando en la conversacion con amable sonrisa, dijo: --Vaya, vaya, Ramon; no sea usted mala lengua.... iPobres mujeres en boca de ustedes! --No se habla mal sino de la que lo merece, Clementina--respondio este animado por el cable que impensadamente recibia. --De todas hablan ustedes. Me parece que su amiguito Pepe Castro no es de los que se muerden la lengua para echar por el suelo una honra. --Clementina, hasta ahora no le he cogido tras de ninguna mentira. Todo Madrid sabe que es hombre de mucha suerte con las mujeres. --iNo se por que!--replico con un mohin de desden la dama. --Yo no soy inteligente en la hermosura de los hombres--manifesto el joven riendo su frase--, pero todos dicen que Pepito es guapo. --iPs!... Sera segun el gusto de cada cual ... y que me dispense Pacita, que es su pariente. Yo formo parte de esos _todos_ y no lo digo. --La verdad es--apunto Esperancita timidamente--que Pepito no pasa por feo.... Luego, es muy elegante y distinguido, ?verdad tu? Y se dirigio a Pacita, poniendose al mismo tiempo levemente colorada. Clementina le dirigio una mirada penetrante que concluyo de ruborizarla. --?De que se habla?--pregunto Cobo Ramirez acercandose al corro. Casi nunca se sentaba en las tertulias. Le placa andar de grupo en grupo, resollando como un buey, soltando alguna frase atrevida en cada uno. La faz de Ramoncito se nublo al aproximarse su rival. Este no dejo de notarlo y le dirigio una mirada burlona. --Vamos, Ramoncillo, di; ?como te arreglas para tener tan animadas a las damas? Me acaba de decir Pepa que vas echando ingenio. --No, hombre; ?como voy a echarlo si lo tienes tu todo?--profirio con irritacion el concejal. --Vaya, chico, si es que te azaras porque yo me acerco, me voy. Una sonrisa ironica, amarga y triunfal al mismo tiempo, dilato el rostro anguloso de Ramoncito. Habia cogido a su enemigo en la trampa. Ha de saberse que pocos dias antes averiguo casualmente, por medio de un academico de la lengua, que no se decia _azararse_, sino _azorarse_. --Querido Cobo--dijo echandose hacia atras con la silla y mirandole con fijeza burlona--. Antes de hablar entre personas ilustradas, creo que debieras aprender el castellano.... Digo ... me parece.... --?Pues?--pregunto el otro sorprendido. --No se dice azarar, sino _azorar_, queridisimo Cobo. Te lo participo para tu satisfaccion y efectos consiguientes. La actitud de Ramoncito al pronunciar estas palabras era tan arrogante, su sonrisa tan impertinente, que Cobo, desconcertado por un momento, pregunto con furia: --?Y por que se dice azorar y no azarar? --iPorque si!... iPorque lo digo yo!... iEso!...--respondio el otro sin dejar de sonreir cada vez con mayor ironia y echando una mirada de triunfo a Esperanza. Se entablo una disputa animada, violenta, entre ambos. Cobo se mantuvo en sus trece sosteniendo con brio que no habia tal _azorar_, que a nadie se lo habia oido en su vida y eso que estaba harto de hablar con personas ilustradas. El joven y perfumado concejal le respondia brevemente sin abandonar la sonrisilla impertinente, seguro de su triunfo. Cuanto mas furioso se ponia Cobo, mas se gozaba en humillarle delante de la nina por quien ambos suspiraban. Pero la decoracion cambio cuando Cobo irritadisimo, viendose perdido, llamo en su auxilio al general Patino. --Vamos a ver, general, usted que es una de las eminencias del ejercito, ?cree que esta bien dicho azorarse? El general, lisonjeado por aquella oportuna dedada de miel, manifesto dirigiendose a Maldonado en tono paternal: --No, Ramoncito, no: esta usted en un error. Jamas se ha dicho en Espana azorar. El concejal dio un brinco en la silla. Abandonando subito toda ironia, echando llamas por los ojos, se puso a gritar que no sabian lo que se decian, que parecia mentira que personas ilustradas, etc., etc.... Que estaba seguro de hallarse en lo cierto y que inmediatamente se buscase un diccionario. --El caso es, Ramoncito--dijo D. Julian rascandose la cabeza--, que el que habia en casa hace ya tiempo que ha desaparecido. No se quien se lo ha llevado.... Pero a mi me parece tambien, como al general, que se dice azarar.... Aquel nuevo golpe afecto profundamente a Maldonado, que, palido ya, tembloroso, lanzo con voz turbada un ultimo grito de angustia. --iAzorar viene de _azor_, senores! --iQue azor ni que coliflor, hombre de Dios!--exclamo Cobo soltando una insolente carcajada--. Confiesa que has metido la patita y di que no lo volveras a hacer. El despecho, la ira del joven concejal no tuvieron limites. Todavia lucho algunos momentos con palabras y ademanes descompuestos. Pero como se contestase a sus energicas protestas con risitas v sarcasmos, concluyo por adoptar una actitud digna v despreciativa, mascullando palabras cargadas de hiel, los labios tremulos, la mirada torva. De vez en cuando dejaba escapar por la nariz un leve bufido de indignacion. Cobo estuvo implacable: aprovecho todas las ocasiones que se ofrecieron para dirigirle indirectamente una pullita envenenada que causaba el regocijo de las ninas y hacia sonreir discretamente a las personas graves. Nadie en el mundo padecio mas hambre y sed de justicia que Ramoncito en aquella ocasion. La llegada de un nuevo personaje puso fin o suspendio por lo menos su tormento. Anuncio el criado al senor duque de Requena. La entrada de este produjo en la tertulia un movimiento que indicaba bien claramente su importancia. Calderon salio a recibirle dandole las dos manos con efusion. Los hombres se levantaron apresuradamente y se apartaron de los asientos para salir a su encuentro sonrientes, expresando en su actitud la veneracion que les inspiraba. Las damas volvieron tambien sus rostros hacia el con curiosidad y respeto, y Pepa Frias se levanto para saludarle. Hasta el padre Ortega abandono a su marquesa y se adelanto inclinado, sumiso, dirigiendole un saludo almibarado, sonriendole con sus ojos claros al traves de los fuertes cristales de miope que gastaba. Por algunos instantes apenas se oyo en la estancia mas que "querido duque", "senor duque". "iOh, duque!" El objeto de tanta atencion y acatamiento era un hombre bajo, gordo, la faz amoratada, los ojos saltones y oblicuos, el cabello blanco, y el bigote entrecano, duro y erizado como las puas de un puerco-espin. Los labios gruesos y sinuosos y manchados por el zumo del cigarro puro que traia apagado y mordia paseandolo de un angulo a otro de la boca sin cesar. Podria tener unos sesenta anos, mas bien mas que menos. Venia envuelto en un magnifico gaban de pieles que no habia querido quitarse a la entrada por hallarse acatarrado. Mas al poner los pies en el saloncito de Calderon, sintiose malamente impresionado por el calor que alli hacia. Sin contestar apenas a los saludos y sonrisas que a porfia le dirigian, murmuro en tono brutal, con la voz gruesa y ronca a la vez que caracteriza a los hombres de cuello corto: --iPuf! iEsto echa bombas!... Y lo acompano de una interjeccion valenciana que principia por f. Al mismo tiempo hizo ademan de despojarse del abrigo. Veinte manos cayeron sobre el para ayudarle y esto retraso un poco la operacion. Representose en la tertulia de Calderon la escena de los israelitas en el desierto que mas se ha repetido en el mundo, la adoracion del becerro de oro. El recien llegado era nada menos que D. Antonio Salabert, duque de Requena, el celebre Salabert rico entre los ricos de Espana, uno de los colosos de la banca y el mas afamado, sin disputa, por el numero y la importancia de sus negocios. Habia nacido en Valencia. Nadie conocia a su familia. Decian unos que habia sido granuja del mercadal, otros que empezo de lacayo de un banquero y luego fue cobrador de letras y zurupeto, otros que habia sido soldado de Cabrera en la primera guerra civil, y que el origen de su fortuna estuvo en una maleta llena de onzas de oro que robo a un viajero. Algunos llegaban hasta a filiarle en una de las celebres partidas de bandoleros que infestaron a Espana poco despues de la guerra. Pero el explicaba del modo mas sencillo y grafico la procedencia de su fortuna, que no bajaba de cien mil millones de pesetas. Cuando se enfadaba con los empleados de su casa, lo cual sucedia a menudo, y notaba que se ofendian con sus palabrotas injuriosas, solia decirles gritando como un energumeno: --?Sabeis, f...., como he llegado yo a tener dinero?... Pues recibiendo muchas patadas en el trasero. Solo a fuerza de puntapies se logra subir arriba. ?Estamos? Hay que confesar que este dato adolece de ser un poco vago; pero la perfecta autenticidad de que se halla revestido, le da un valor inapreciable. Tomandolo como base de la investigacion, acaso se pueda llegar a definir el caracter y a historiar la vida y las empresas del opulento banquero. --Hola, chiquita--dijo avanzando hasta Clementina y tomandole la barba como se hace con los ninos--. ?Estas aqui? No he visto tu coche abajo. --He salido a pie, papa. --Es un milagro. Si quieres, puedes llevarte el mio. --No; tengo deseos de caminar. Estoy estos dias muy pesada. El duque de Requena habia prescindido de todos los presentes y hablaba a su hija con toda la afabilidad de que era susceptible. La veia pocas veces. Clementina era su hija natural, habida alla en Valencia, cuando joven, de una mujer de la infima clase social, como el lo era al parecer. Luego se habia casado en Madrid, ya en camino de ser rico, con una joven de la clase media, de la cual no tuvo familia. Esta senora, extremadamente delicada de salud desde su matrimonio, habia cedido o, por mejor decir, habia ella misma propuesto que la hija de su marido viniese a habitar la misma casa. Clementina se educo, pues, aqui y fue amada de la esposa de su padre como una verdadera hija. Ella la quiso y la respeto tambien como a una madre. Despues que se caso solia visitarla a menudo; pero como su padre estaba siempre muy ocupado, no entraba en sus habitaciones, y desde las de su madre (asi la llamaba) se iba a la calle. Solo en los dias de banquete o recepcion, o cuando casualmente le tropezaba en las casas o en la calle departia un rato con el. Despues de preguntarle por su marido y por sus hijos, el duque se puso a hablar, sin sentarse, con Calderon y Pepa Frias. Un hombre rudo y campechanote en la apariencia: sonreia pocas veces: cuando lo hacia era de modo tan leve que aun podia dudarse de ello. Acostumbraba a llamar las cosas por su nombre y a dirigirse a las personas sin formulas de cortesia, diciendoles en la cara cosas que pudieran pasar por groserias: no lo eran porque sabia darles un tinte entre rudo y afectuoso que les quitaba el aguijon. No era muy locuaz. Generalmente se mantenia silencioso mordiendo su cigarro y examinando al interlocutor con sus ojos oblicuos, impenetrables. Mostraba al hablar una inocencia falsa y socarrona que no le hacia antipatico. Detras se veia siempre al antiguo granuja del mercadal de Valencia, diestro, burlon, receloso y marrullero. Pepa Frias le hablo de negocios. La viuda era incansable en esta conversacion. Queria enterarse de todo, temiendo ser enganada avida siempre de ganancias y temblando con terror comico ante la perspectiva de la baja de sus fondos. Se hacia repetir hasta la saciedad los pormenores. "?Soltaria las acciones del Banco y compraria _Cubas_? ?Que pensaba hacer el Gobierno con el amortizable? Habia oido rumores. ?Se haria en alza la proxima liquidacion? ?No seria mejor liquidar en el momento con treinta centimos de ganancia que aguardar a fin de mes?" Para ella las palabras de Salabert eran las del oraculo de Delfos. La fama inmensa del banquero la tenia fascinada. Por desgracia, el duque, como todos los oraculos antiguos y modernos, se expresaba siempre que se le consultaba, de un modo ambiguo. Respondia a menudo con grunidos que nadie sabia si eran de afirmacion, de negacion o de duda. Las frases que de vez en cuando se escapaban de su boca entre el cigarro y los labios humedos y sucios eran oscuras, cortadas, ininteligibles en muchos casos. Ademas, todo el mundo sabia que no era posible fiarse de el, que se gozaba en despistar a sus amigos y hacerles caer de bruces en un mal negocio. Sin embargo, Pepa insistia aspirando a arrancar de aquel cerebro luminoso el secreto de la mina: bromeaba tomandole de las solapas de la levita, llamandole viejo, cazurro, zorro, haciendo gala de una desvergueenza que en ella habia llegado a ser coqueteria. El banquero no daba fuego. Le seguia el humor respondiendo con grunidos y con tal cual frase escabrosa que hacia reir a Calderon, aunque no tenia muchas ganas de hacerlo viendole echar sin miramiento alguno tremendos escupitajos en la alfombra. Porque el duque con el picor del tabaco salivaba bastante y no acostumbraba a reparar donde lo hacia, a no ser en su casa donde cuidaba de ponerse al lado de la escupidera. Calderon estaba inquieto, violento, lo mismo que si se los echase en la cara. A la tercera vez, no pudiendo contenerse, fue el mismo a buscar la escupidera para ponersela al lado. Salabert le dirigio una mirada burlona y le hizo un guino a Pepa. Ya tranquilo Calderon se mostro locuaz y pretendio sustituirse al duque dando consejos a Pepa sobre los fondos. Pero aunque hombre prudente y experto en los negocios, la viuda no se los apreciaba ni aun queria oirlos. Al fin y al cabo, entre el y Salabert existia enorme distancia: el uno era un negociante vulgar, el otro un genio de la banca. Sin embargo, este asentia con sonidos inarticulados a las indicaciones bursatiles del dueno de la casa. Pepa no se fiaba. Salabert se aparto un poco del grupo y se dejo caer sobre el brazo de un sillon adoptando una postura grosera, para lo cual solo el tenia derecho. En vez de ser mal vistos aquellos modales libres y rudos, contribuian no poco a su prestigio y al respeto idolatrico que en sociedad se le tributaba. Lejos nuevamente de la escupidera volvio a salivar sobre la alfombra con cierto goce malicioso, que a pesar de su mascara indiferente y bonachona se le traslucia en la cara. Calderon torno igualmente a nublarse y fruncirse hasta que, resolviendose a saltar por encima de ciertos miramientos sociales, le acerco otra vez la escupidera sin tanto valor como antes, pues lo hizo con el pie. Pepa sentose en el otro brazo y siguio haciendo carocas al duque. Este comenzaba a fijar mas la atencion en ella. Sus miradas frecuentes la envolvian de la cabeza a los pies, notandose que se detenian en el pecho, alto y provocador. Pepa era una mujer fresca, apetitosa. Al cabo de algunos minutos el banquero se inclino hacia ella con poca delicadeza, y acercando el rostro a su cara, tanto que parecia que se la rozaba con los labios, le dijo en voz baja: --?Tiene usted muchas _Osunas_? --Algunas, si, senor. --Vendalas usted a escape. Pepa le miro a los ojos fijamente, y dandose por advertida callo. Al cabo de unos momentos fue ella quien acercando su rostro al del banquero le pregunto discretamente: --?Que compro? --Amortizable--respondio el famoso millonario con igual reserva. Entraban a la sazon un caballero y una dama, ambos jovencitos, menudos, sonrientes, y vivos en sus ademanes. --Aqui estan mis hijos--dijo Pepa. Era un matrimonio grato de ver. Ambos bien parecidos, de fisonomia abierta y simpatica, y tan jovenes, que realmente parecian dos ninos. Fueron saludando uno por uno a los tertulios. En todos los rostros se advertia el afecto protector que inspiraban. --Aqui tienes a tu suegra, Emilio. iQue encuentro tan desagradable! ?verdad?...--dijo Pepa al joven. --Suegra, no; mama ... mama--respondio este apretandole la mano carinosamente. --iDios te lo pague, hijo!--replico la viuda dando un suspiro de comico agradecimiento. Volvio la tertulia a acomodarse. Los jovenes casados sentaronse juntos al lado de Mariana. Clementina habia dejado aquel sitio y charlaba con Maldonado: el nombre de Pepe Castro sonaba muchas veces en sus labios. Mientras tanto Cobo aprovechaba el tiempo, haciendo reir con sus desvergueenzas a Pacita; pero aunque intentaba que Esperanza acogiese los chistes con igual placer, no lo conseguia. La nina de Calderon, seria, distraida, parecia atender con disimulo a lo que Ramoncito y Clementina hablaban. Pinedo se habia levantado y hacia la corte al duque. Y el general, viendo a su idolo en conversacion animada con los jovenes casados, fatigado de que sus laberinticos requiebros no fuesen comprendidos, ni tampoco sus restregones poeticos, vino a hacer lo mismo. La marquesa y el sacerdote seguian cuchicheando vivamente alla en un rincon, ella cada vez mas humilde e insinuante, sentada sobre el borde de la butaca, inclinando su cuerpo para meterle la voz por el oido; el mas grave y mas rigido por momentos, cerrando a grandes intervalos los ojos como si se hallase en el confesionario. --iQue par de bebes, eh!--exclamo Pepa en voz alta dirigiendose a Mariana--. ?No es vergueenza que esos mocosos esten casados? iCuanto mejor seria que estuviesen jugando al trompo! Los chicos sonrieron mirandose con amor. --Ya jugaran ... en los momentos de ocio--manifesto Cobo Ramirez con retintin. --iHombre, ca!--exclamo Pepa, volviendose furiosa hacia el--. ?Le han dado a usted cuenta ellos de sus juegos? Aquel y Emilio cambiaron una mirada maliciosa. Irenita, la joven casada, se ruborizo. --Te estan haciendo vieja, Pepa. Acuerdate que eres abuela--respondio la senora de Calderon. --iQue abuela tan rica!--exclamo por lo bajo Cobo, aunque con la intencion de que lo oyese la interesada. Esta le echo una mirada entre risuena y enojada, demostrando que habia oido y lo agradecia en el fondo. Cobo se hizo afectadamente el distraido. --?Os ha pasado ya la berrenchina?--siguio la viuda dirigiendose a sus hijos--. ?Cuanto duraran las paces?... iJesus, que criaturas tan picoteras!... Mirad, yo no voy a vuestra casa porque cuando os encuentro con morro me apetece tomar la escoba y romperla en las costillas de los dos.... Los tertulios se volvieron hacia los jovenes esposos sonriendo. Esta vez se pusieron ambos fuertemente colorados. Despues, por la seriedad que quedo bien senalada en el rostro de Emilio, se pudo comprender que no le hacian maldita la gracia aquellas salidas harto desenfadadas de su suegra. El general Patino, por orden de la bella senora de la casa, puso el dedo en el boton de un timbre electrico. Aparecio un criado: le hizo el ama una sena: no se pasaron cinco minutos sin que se presentase nuevamente y en pos de el otros dos con sendas bandejas en las manos colmadas de tazas de te, pastas y bizcochos. Momento de agradable expansion en la tertulia. Todos se ponen en movimiento y brilla en los ojos el placer del animal que va a satisfacer una necesidad organica. Esperancita deja apresuradamente a su amiga y a Ramirez y se pone a ayudar con solicitud a su madre en la tarea de servir el te a los tertulios. Ramoncito aprovecha el instante en que la nina le presenta una taza, para decirla en voz baja y alterada "que le sorprende mucho que se complazca en escuchar las patochadas y frases atrevidas de Cobo Ramirez". Esperanza le mira confusa, y al fin dice "que ella no ha oido semejantes patochadas, que Cobo es un chico muy amable y gracioso". Ramoncito protesta con voz debil y lugubre entonacion contra tal especie y persiste en desacreditar a su amigo, hasta que este, oliendo el torrezno, se acerca a ellos bromeando segun costumbre. Con lo cual, a nuestro distinguido concejal se le encapota aun mas el rostro y se va retirando poco a poco: no sea que al insolente de Cobo se le ocurra cualquier sandez para hacer reir a su costa. Llego el momento de hablar de literatura, como acontece siempre en todas las tertulias nocturnas o vespertinas de la capital. El general Patino hablo de una obra teatral recien estrenada con felicisimo exito y le puso sus peros, basados principalmente en algunas escenas subidas de color. Mariana manifesto que de ningun modo iria a verla entonces. Todos convinieron en anatematizar la inmoralidad de que hoy hacen gala los autores. Se dijeron pestes del naturalismo. Cobo Ramirez, que habia tomado te y luego unos emparedados y se habia comido una cantidad fabulosa de ensaimadas y bizcochos, expuso a la tertulia que recientemente habia leido una novela titulada _Le journal d'une dame_ (en frances y todo), preciosa, bonitisima, la mas espiritual que el hubiera leido nunca. Porque Cobo, en literatura--icaso raro!--, estaba por lo espiritual, lo delicado. No le vinieran a el con esas nove-lotas pesadas donde le cuentan a uno las veces que un albanil se despereza al levantarse de la cama (o los bizcochos y ensaimadas que se come un chico de buena sociedad), ni le hablaran de partos y otras porquerias semejantes. En las novelas deben ponerse cosas agradables, puesto que se escriben para agradar. Esto decia con notable firmeza, resollando al hablar como un caballo de carrera. Los demas asentian. La entrada de un caballero ni alto ni bajo, ni delgado ni gordo, alzado de hombros y cogido de cintura, la color baja, la barba negra y tan espesa y recortada que parecia postiza, corto rapidamente la platica literaria. Nada menos que era el senor ministro de Fomento. Por eso llevaba la cabeza tan erguida que casi daba con el cerebelo en las espaldas, y sus ojos medio cerrados despedian por entre las negras y largas pestanas relampagos de suficiencia y proteccion a los presentes. Hasta los veintidos anos habia tenido la cabeza en su postura natural; pero desde esta epoca, en que le nombraron vicepresidente de la seccion de derecho civil y canonico en la Academia de Jurisprudencia, habia comenzado a levantarla lenta y majestuosamente como la luna sobre el mar en el escenario del teatro Real, esto es, a cortos e imperceptibles tironcitos de cordel. Le hicieron diputado provincial; un tironcito. Luego diputado a Cortes; otro tironcito. Despues gobernador de provincia; otro tironcito. Mas tarde director general de un departamento; otro. Presidente de la Comision de presupuestos; otro. Ministro; otro. La cuerda estaba agotada. Aunque le hicieran principe heredero, Jimenez Arbos ya no podia levantar un milimetro mas su gran cabeza. Su entrada produjo movimiento, pero no tanto como la del duque de Requena. Este, cuyo rostro carnoso, sensual, no podia ocultar el desprecio que aquella asamblea le inspiraba, corrio a el sin embargo, y le saludo con rendimiento y servilismo sorprendentes, teniendo en cuenta la rusticidad y groseria con que generalmente se comportaba en el trato social. El ministro comenzo a repartir apretones de manos de un modo tan distraido que ofendia. Unicamente cuando saludo a Pepa Frias dio senales de animacion. Esta le pregunto en voz baja tuteandole: --?Como vienes de frac? --Voy a comer a la embajada francesa. --?Vas luego a casa? --Si. Este dialogo rapidisimo en voz imperceptible fue observado por el duque, quien acercandose a Pinedo le pregunto con reserva y haciendo una sena expresiva: --Diga usted, ?Arbos y Pepa Frias?... --Hace ya lo menos dos meses. La mirada que el banquero le echo entonces a la viuda no fue de la calidad de las anteriores. Era ahora mas atenta, mas respetuosa y profunda, quedandose despues un poco pensativo. Calderon se habia acercado al ministro y le hablaba con acatamiento. Salabert hizo lo mismo. Pero el personaje no tenia ganas de hablar de negocios o por ventura le inspiraba miedo el celebre negociante. La prensa hacia reticencias malevolas sobre los negocios de este con el Gobierno. Por eso, a los pocos momentos, se fue en pos de Pepa Frias y se pusieron a cuchichear en un angulo de la estancia. Clementina estaba cada vez mas impaciente, con unos deseos atroces de marcharse. Dejaba de hacerlo por el temor de que su padre la acompanase. El ministro se fue a los pocos minutos, repartiendo previamente otros cuantos apretones de manos con la misma distraccion imponente, mirando, no a la persona a quien saludaba, sino al techo de la estancia. Entonces el duque se apodero de Pepa Frias, mostrandose con ella tan galante y expresivo, como si fuese a hacerle una declaracion de amor. El general, observandolo, dijo a Pinedo: --Mire usted al duque, que animado se ha puesto. De fijo le esta haciendo el amor a Pepa. --No--respondio gravemente el empleado--. A lo que esta haciendo el amor ahora es al negocio de las minas de Riosa. La viuda anuncio al cabo en voz alta que se iba. --?Adonde va usted, Pepa, en este momento?--le pregunto el banquero. --A casa de Lhardy a encargar unas mortadelas. --La acompano a usted. --Vamos; le convidare a tomar unos pastelitos. Al duque le hizo mucha gracia el convite. --?Vienes, chiquita?--le dijo a su hija. Clementina aun pensaba quedarse un rato. Pepa, al tiempo de salir del brazo del banquero, dijo en alta voz volviendose a los Presentes: --Conste que no vamos en coche. Lo cual les hizo reir. --Conste--dijo el duque riendo--que esto lo dice por adularme. --Que se explique eso: no hemos comprendido ...--grito Cobo Ramirez. Pero ya el duque y Pepa habian desaparecido detras de la cortina. Clementina aguardo solo cinco minutos. Cuando presumio que ya no podia tropezar en la escalera a su padre, se levanto, y pretextando un quehacer olvidado, se despidio tambien. III #La hija de Salabert.# Bajo con ansia la escalera. Al poner el pie en la calle dejo escapar un suspiro de consuelo. A paso vivo tomo la del Siete de Julio, entro en la plaza Mayor y luego en la de Atocha. Al llegar aqui vino a su pensamiento la imagen del joven que la habia seguido y volvio la cabeza con inquietud. Nada; no habia que temer. Ninguno la seguia. En la puerta de una de las primeras casas y mejores de la calle, se detuvo, miro rapida y disimuladamente a entrambos lados y penetro en el portal. Hizo una sena casi imperceptible de interrogacion al portero. Este contesto con otra de afirmacion llevandose la mano a la gorra. Lanzose por la escalera arriba. Subio tan de prisa, sin duda para evitar encuentros importunos, que al llegar al piso segundo le ahogaba la fatiga y se llevo una mano al corazon. Con la otra dio dos golpecitos en una de las puertas. Al instante abrieron silenciosamente: se arrojo dentro con impetu, cual si la persiguiesen. --Mas vale tarde que nunca--dijo el joven que habia abierto, tornando a cerrar con cuidado. Era un hombre de veintiocho a treinta anos, de estatura mas que regular, delgado, rostro fino y correcto, sonrosado en los pomulos, bigote retorcido, perilla apuntada y los cabellos negros y partidos por el medio con una raya cuidadosamente trazada. Guardaba semejanza con esos soldaditos de papel con que juegan los ninos; esto es, era de un tipo militar afeminado. Tambien parecia su rostro al que suelen poner los sastres a sus figurines; y era tan antipatico y repulsivo como el de ellos. Vestia un batin de terciopelo color perla con muchos y primorosos adornos; traia en los pies zapatillas del mismo genero y color con las iniciales bordadas en oro. Advertiase pronto que era uno de esos hombres que cuidan con esmero del alino de su persona; que retocan su figura con la misma atencion y delicadeza con que el escultor cincela una estatua; que al rizarse el bigote y darle cosmetico creen estar cumpliendo un sagrado e ineludible deber de conciencia; que agradecen, en fin, al Supremo Hacedor, el haberles otorgado una presencia gallarda y procuran en cuanto les es dado mejorar su obra. --iQue tarde!--volvio a exclamar el apuesto caballero dirigiendola una mirada fija y triste de reconvencion. La dama le pago con una graciosa sonrisa, replicando al mismo tiempo con acento burlon: --Nunca es tarde si la dicha es buena. Y le tomo la mano y se la apreto suavemente, y le condujo luego sin soltarle al traves de los corredores, hasta un gabinete que debia ser el despacho del mismo joven. Era una pieza lujosa y artisticamente decorada; las paredes forradas con cortinas de raso azul oscuro, prendidas al techo por anillos que corrian por una barra de bronce; sillas y butacas de diversas formas y gustos; una mesa-escritorio de nogal con adornos de hierro forjado; al lado una taquilla con algunos libros, hasta dos docenas aproximadamente. Suspendidos del techo por cordones de seda y adosados a la pared veianse algunos arneses de caballo, sillas de varias clases, comunes, bastardas y de jineta con sus estribos pendientes, frenos de diferentes epocas y tambien paises, latigos, sudaderos de estambre fino bordados, espuelas de oro y plata; todo riquisimo y nuevo. Las aficiones hipicas del dueno de aquel despacho se delataban igualmente en los pasillos, que desde la puerta de la casa conducian alli; por todas partes monturas colgadas y cuadros representando caballos en libertad o aparejados. Hasta sobre la mesa de escribir, el tintero, los pisapapeles y la plegadera estaban tallados en forma de herraduras, estribos o latigos. Al traves de un arco con columnas, mal cerrado por un portier hecho de rico tapiz en el que figuraban un joven con casaca y peluca de rodillas delante de una joven con traje Pompadour, veiase un magnifico lecho de caoba con dosel. Asi que llegaron a esta camara, la dama se dejo caer con negligencia en una butaquita muy linda y volvio a decirle con sonrisa burlona: --iQue! ?no te alegras de verme? --Mucho; pero me alegraria de haberte visto primero. Hace hora y media que te estoy esperando. --?Y que? ?Es gran sacrificio esperar hora y media a la mujer que se adora? ?Tu no has leido que Leandro pasaba todas las noches el Helesponto a nado para ver a su amada?... No; tu no has leido eso ni nada.... Mejor: yo creo que te sentaria mal la ciencia. Los libros disiparian esos colorcitos tan lindos que tienes en las mejillas, te privarian de la agilidad y la fuerza con que montas a caballo y guias los coches.... Ademas, yo creo que hay hombres que han nacido para ser guapos, fuertes y divertidos, y uno de ellos eres tu. --Vamos, por lo que estoy viendo me consideras como un bruto que no conoce ni la A--respondio triste y amoscado el joven, en pie frente a ella. --iNo, hombre, no!--exclamo la dama riendo; y apoderandose de una de sus manos la beso en un repentino acceso de ternura--.Eso es insultarme. ?Te figuras que yo podria querer a un bruto?... Toma--anadio despojandose del sombrero--, pon ese sombrero con cuidado sobre la cama. Ahora ven aqui, so canalla; ya que eres tan susceptible, ?no consideras que has principiado diciendome una groseria?... iHora y media!... ?Y que?... Acercate, ponte de rodillas; deja que te tire un poco de los pelos. El joven, en vez de hacerlo, agarro una silla-fumadora y se monto en ella frente a su querida. --?Sabes por que he tardado tanto?... Pues por el dichoso nino, que me ha seguido hoy tambien. Al decir esto, se puso repentinamente seria; una arruga bien pronunciada cruzo su linda frente. --iEs insufrible!--anadio--. Ya no se que hacer. A todas horas, salga por la manana o por la tarde, traigo aquel fantasma detras de mi. He tenido que refugiarme en casa de Mariana. Luego, una vez alli, no hubo mas remedio que aguantar un rato. Vino papa, y porque no saliese conmigo espere otro poquito a que se fuese.... iAhi ves! --iTiene gracia ese chico!--dijo riendo el caballero. --iMucha! iSi es muy divertido que le averigueen a una donde va y lo sepa en seguida todo el mundo, y llegue a oidos de mi marido! iRiete, hombre, riete! --?Por que no? ?A quien se le ocurre mas que a ti tomarse un disgusto por tener un admirador tan platonico? ?Has recibido alguna carta? ?Te ha dicho alguna palabra al paso? --Eso es lo que menos importaba. Lo que me excita los nervios es la persecucion. Luego es un mocoso capaz por despecho, si averigua mis entradas en esta casa, de escribir un anonimo.... Y tu ya sabes la situacion especial en que me encuentro respecto a mi marido. --No es de presumir: los que escriben anonimos no son los enamorados, sino las amigas envidiosas.... ?Quieres que yo me aviste con el y le meta un poco de miedo? --iEso no se pregunta, hombre!--exclamo la dama con voz irritada--. Mira, Pepe; tu eres hombre de corazon y tienes inteligencia; pero te hace muchisima falta un poco mas de refinamiento en el espiritu para que comprendas ciertas cosas. Debieras dedicar menos horas al club y a los caballos y procurar ilustrarte un poco. --iYa parecio aquello!--dijo el joven con despecho, muy molestado por la agria reprension. --Pues si quieres que no te diga ciertas cosas, procura callarte otras. Pepe Castro se encogio de hombros con superior desden y se alzo de la silla. Dio algunas vueltas distraidamente por la estancia y paro al fin delante de un cuadrito, que descolgo para sacudirle el polvo con el panuelo. Clementina le miraba en tanto con ojos colericos. Se puso en pie vivamente, como si la alzara un resorte: luego, refrenando su impetu y adquiriendo calma, avanzo lentamente hacia la alcoba, penetro en ella, recogio su sombrero de la cama y comenzo a ponerselo frente al espejillo de una cornucopia, con ademanes lentos, donde se adivinaba, sin embargo, en el levisimo temblor de las manos, la sorda irritacion que la embargaba. --iBueno!--exclamo por ultimo en tono distraido e indiferente--. Me voy, chico.... ?Quieres algo para la calle? El joven dio la vuelta y pregunto con sorpresa: --?Ya? --Ya--repuso la dama con exagerada firmeza. El joven avanzo hacia ella, le echo suavemente un brazo al cuello, y levantando con la otra mano el velito rojo le dio un beso en la sien. --iQue siempre ha de pasar lo mismo! Yo soy el descalabrado y tu te apresuras a ponerte la venda. --?Que estas diciendo ahi?--replico ella algo confusa--. Me voy porque tengo que hacer una visita antes de comer. --Vamos, Clementina, aunque quieras no puedes disimular.... Debes comprender que no se pueden escuchar con risa los insultos ... y tu me estas insultando a cada momento. --Te digo que no te comprendo. No se a que insultos ni a que disimulos te refieres--replico la dama con afectacion. Pepe intento con mimo y dulzura quitarle de nuevo el sombrero. Ella le detuvo con gesto imperioso. Tomola entonces por la cintura y la condujo hacia el divan. Sentose, y cogiendole las manos se las beso repetidas veces con apasionado carino. Ella siguio en pie sin dejarse ablandar. Tan extremado estuvo, sin embargo, en sus caricias y tan sumiso, que al cabo, arrancando con violencia sus manos de las de el, Clementina dijo medio riendo, medio enojada aun: --Quita, quita, que ya estoy hastiada de tus lametones de perro de Terranova.... iEres un bajo!... Primero que yo me humillase de tal modo me harian rajas. Volvio a quitarse el sombrero, y fue ella misma a colocarlo sobre la cama. --Cuando se esta tan enamorado como yo--replico el joven un poco avergonzado--, no puede llamarse nada humillacion. --?Es de veras eso, chico?--dijo acercandose a el sonriente y tomandole con sus dedos finos sonrosados la barba--. No lo creo.... Tu no tienes temperamento de enamorado.... Y si no, vamos a probarlo.... Si yo te mandase hacer una cosa que pudiera costarte la vida, o lo que es aun peor, la honra ... algunos anos de presidio..., ?lo harias? --iYa lo creo! --?Si?... Pues mira, quiero que mates a mi marido. --iQue barbaridad!--exclamo asustado, abriendo los ojos desmesuradamente. La dama le miro algunos segundos fijamente, con expresion escrutadora, maliciosa. Luego, soltando una sonora carcajada, exclamo: --?Lo ves, infeliz, lo ves?... Tu eres un senorito madrileno, un socio del _Club de los Salvajes_.... Ni yo, ni mujer ninguna te harian cambiar el frac y el chaleco blanco por el uniforme de presidiario. --iQue ideas tan extranas! --Sigue, sigue por donde te arrastra tu naturaleza de sietemesino y no te metas en honduras. Ya comprenderas que te he hablado en broma. Asi y todo me has confirmado en lo que ya pensaba. --Pues si tienes formada esa idea tan pobre de mi carino, no se por que razon me quieres--expreso el joven volviendo a amoscarse. --?Por que te quiero?... Pues por lo que yo hago casi todas mis cosas ... por capricho. Un dia te he visto en el Retiro revolviendo un caballo admirablemente y me gustaste. Luego, a los dos meses, en Biarritz, te vi en el asalto del casino tirando con un oficial ruso y conclui de encapricharme. Hice que me fueses presentado, procure agradarte, te agrade en efecto.... Y aqui estamos. Pepe concluyo por sufrir con paciencia aquel tono entre cinico y burlon de su querida. A fuerza de charlar logro hacerlo desaparecer. Clementina, cuando estaba tranquila, era afectuosa, alegre, pronta a compadecerse y a los rasgos de generosidad; su rostro, tan bello como original, no adquiria nunca dulzura, pero si una expresion bondadosa y maternal que lo hacia muy simpatico. Mas por poco que sus nervios se excitasen o se viese contrariada en sus pensamientos y deseos, el fondo de altivez, de obstinacion y aun crueldad que su alma guardaba, subia a la superficie y agitaba sus ojos azules con relampagos de feroz sarcasmo o de colera. Pepe Castro, que no era hombre ilustrado ni ingenioso, sabia no obstante entretenerla agradablemente con cuentecillos de salon, murmuraciones casi siempre de las personas por quienes ella sentia marcada antipatia. El recurso era burdo, pero surtia admirable efecto. "La condesa de T***, senora a quien Clementina odiaba de muerte por un desaire que en cierta ocasion le habia hecho, andaba necesitada de dinero; se lo pidio al viejo banquero Z*** y este se lo habia otorgado mediante un redito muy poco apetitoso para la deudora. Los marqueses de L***, a quienes tambien ella profesaba aversion, cuando no estaban en el poder daban reuniones alla en su finca de la Mancha y ofrecian esplendido _buffet_ a sus electores: cuando el marques era ministro daban tambien reuniones, pero suprimian el _buffet_. Julita R***, una jovencita muy linda, que tampoco inspiraba simpatias a la altiva dama, habia sido arrojada de casa de los senores de M*** por haberla hallado encerrada en el cuarto del primogenito, un chico de quince anos". Estas y otras noticias del mismo jaez dejabalas caer el gallardo mancebo de sus labios con cierta displicencia comica que despertaba el buen humor de la bella. Era todo el talento de Pepe Castro en el orden moral. Los demas que poseia referianse enteramente al fisico. Se habian disipado las nubes que cubrian la frente de Clementina. Mostrose locuaz y risuena. Fue prodiga de caricias con su amante en la hora que con el estuvo. Quedo bien compensado de los alfilerazos que de ella habia recibido al principio de la entrevista, gozando de toda la dicha que una mujer hermosa y enamorada puede proporcionar cuando la soledad y la ocasion convidan. La noche habia cerrado ya, tiempo hacia. El joven encendio las dos lamparas de la chimenea sin llamar al criado, que era su unico servidor y el unico ser viviente asimismo que habitaba con el en aquel cuarto. Pepe Castro era hijo de una ilustre familia de Aragon. Su hermano mayor llevaba un titulo conocido y tenia una hermana ademas casada con otro titulo. Se habia educado en Madrid. A los veinte anos quedo huerfano. Vivio con su hermano primogenito una temporada. No tardaron en renir porque este, que era economico hasta la avaricia, no podia sufrir con paciencia su despilfarro. Trasladose entonces a casa de su hermana; pero a los pocos meses, existiendo incompatibilidad de caracteres entre el y su cunado, chocaron de modo tan violento, que se contaba en el club y en los salones de la corte que se habian abofeteado y aporreado bravamente. No llego a efectuarse un duelo entre ambos por la intervencion de algunos respetables miembros de la familia. Despues de vivir en fonda un poco de tiempo, decidiose a poner casa. Tomo un criado, se hizo traer el almuerzo de un restaurante y comia cuando en Lhardy, cuando, en casa de alguno de sus muchos amigos. Su cuadra la tenia muy cerca, en la calle de las Urosas, y no estaba mal provista: dos jacas de silla, inglesa y cruzada, un tiro extranjero y otro espanol, berlina, _charrette, milord, break_. Era un chorro por donde se escapaba rapidamente su hacienda, aunque no el mas copioso. La mayor parte la habia dejado sobre el tapete de la mesa de juego del club, y una porcion, no insignificante por cierto, entre las unas de algunas lindisimas chulas transformadas por el de la noche a la manana en esplendidas y llamativas cortesanas. Esto ultimo lo negaba con arrogancia pensando que su gloria de seductor podia con ello menoscabarse; pero no importa: es exacto como todo lo que aqui se puntualiza. Quiere decir esto que Pepe Castro se hallaba arruinado a la hora presente. A pesar de lo cual, seguia viviendo con, la misma comodidad y aparato que antes. Su trabajo y sus vueltas le costaba. Emprestitos a su hermano hipotecandole alguna finca trasconejada en las ventas y subastas, pagares a algunos arrojados usureros sobre la herencia de un tio viejo y enfermo reconociendo tres veces la cantidad recibida, joyas que su hermana le regalaba no pudiendo regalarle dinero, cuentas exorbitantes con el importador de coches y caballos, con el sastre, con el perfumista, con Lhardy, con el conserje del club, con todo el mundo. Parecia imposible que un hombre pudiera vivir tranquilo en tal estado de trampas y enredos. Sin embargo, nuestro gallardo joven vivia con la misma admirable serenidad de espiritu e identica alegria de corazon, y como el otros muchos de sus amigos y consocios segun tendremos ocasion de ver, tan arruinados aunque no tan gallardos. --Te preparo una sorpresa--dijo Clementina concluyendo de ponerse el sombrero y arreglarse el cabello frente al espejo. El bello gomoso olfateo el aire como un perro que recibe vientos y se acerco a la dama. --Si es agradable, veamos. --Y si es desagradable lo mismo, groserazo. Todo lo que proceda de mi debe serte agradable. --Convenido, convenido. Veamos--repuso disimulando mal su afan. --Bueno, traeme aquel manguito. Castro se apresuro a obedecer el mandato. Clementina, cuando lo tuvo entre las manos se sento con afectada calma en el divan, y agitandolo luego en el aire exclamo: --?A que no adivinas lo que contiene este manguito? --Sus ojos resplandecian de alegria y orgullo al mismo tiempo. Los de Castro chispearon de anhelo. Sus mejillas se colorearon y respondio con voz alterada entre dudando y afirmando: --Quince mil pesetas. La expresion alegre y triunfal del rostro de la dama se troco instantaneamente en otra de colera y despecho. --iQuita!, iquita alla, puerco!--exclamo furiosa dandole un fuerte golpe en la cara con el lujoso manguito--. No piensas mas que en el dinero.... No tienes ni pizca de delicadeza. --iYo pensaba!... Tambien hubo cambio de decoracion en la fisonomia de Castro. Se puso mas triste que la noche. --En la guita, si; ya acabo de decirtelo.... Pues no, senor; aqui no viene nada de eso. Solo hay un alfilerito de corbata que yo itonta de mi! he comprado al pasar, en casa de Marabini, como una prueba de que te tengo siempre en el pensamiento. --Y yo te lo agradezco en el alma, pichona--manifesto el joven haciendo un esfuerzo supremo sobre si mismo para vencer el repentino abatimiento y resultando de el una sonrisa forzada y amarga--. ?Por que te disparas de ese modo?... Dame eso.... Bien se conoce que tienes muy mala idea formada de mi. Clementina se nego a entregar el recuerdo. El joven insistio humildemente. Habia, no obstante, en sus ruegos un tinte de frialdad que dejaba traslucir, para el espiritu penetrante de una mujer, el sordo disgusto y la tristeza que en el fondo del alma sentia. --Nada, nada; mi pobre alfilerito que estas despreciando horriblemente ... (ise te conoce en la cara!) ... ira a la cajita donde guardo los recuerdos de los muertos. Alzose del divan; bajo el velo del sombrero. Pepe aun insistia por mostrarse galante y desagraviarla. Al fin, cuando ya estaba cerca de la puerta, volviose repentinamente y saco del fondo del manguito una primorosa carterita, que le presento, mirandole al mismo tiempo fijamente a la cara. Los ojos del joven, despues de posarse en la cartera con avida expresion de gozo, chocaron con los de su amada. Contemplaronse unos instantes, ella con expresion maliciosa y triunfante, el con gratitud y gozo reprimidos. --iSi siempre lo he dicho yo! iSi no hay otra como mi nena para saber querer!... Ven aqui, deja que te de las gracias, rica mia; deja que te adore de rodillas. Y la arrastro, embargado por el entusiasmo, hacia el divan, la obligo a sentarse de nuevo y se dejo caer de rodillas besando con fervor sus manos enguantadas. --iJesus, que locura!--exclamo la dama un tanto confusa--. iVaya una cosa para hacer tales extremos! --No es por el dinero, nena mia; no es por el dinero; es porque tienes una manera de hacer las cosas original; porque tienes la gracia de Dios; porque eres una barbiana.... iToma, toma, retemonisima! Y le abrazaba las rodillas y se las besaba con calurosos ademanes. No contento, se prosterno aun mas y le beso los pies o por mejor decir, el tafilete de sus zapatos. --iQue bajo eres, Pepe!--exclamaba ella riendo. --No importa que me llames lo que quieras. Soy tuyo, ituyo hasta la muerte! Te quiero mas que a Dios. Quiero a estos piececitos tan ricos y los beso. ?Lo ves? A ver; que venga alguien a decirme que no debo hacerlo. Clementina le miraba risuena. No era facil averiguar si gozaba en realidad o se divertia simplemente con aquella adoracion o mas bien aquel regocijo estrepitoso de perro que se arrastra el sentirse acariciado y lame los pies de su senor. --No solo te debo la felicidad, sino tambien la honra. No sabes lo que he sufrido desde anteayer por la maldita deuda--decia el con voz conmovida. --?Volveras a jugar, eh? ?Volveras a jugar, perdido?--preguntaba ella tirandole de los cabellos, borrando aquella primororosa raya que los partia tan lindamente. --No ... particularmente sobre mi palabra te aseguro.... --Ni sobre tu palabra, ni sobre tu dinero, grandisimo trasto.... Me voy, me voy--anadio con un gesto de mimo, levantandose y corriendo a mirar la hora al reloj de la chimenea--. iUf, que tarde!... Adios, chiquillo. Y se precipito a la puerta extendiendo la mano a su amante sin mirarle. Este no pudo besarle mas que la punta de los dedos. Corrio a abrir, pero ya ella habia echado mano al cerrojo; por cierto que se encolerizo porque resistia a sus debiles tirones. --Adios, adios; hasta el sabado--dijo en voz de falsete. --Hasta pasado manana. --No, no; hasta el sabado. Bajo la escalera con la misma precipitacion con que la habia subido, hizo otro gesto imperceptible de despedida al portero y salio a la calle. Siguio a pie hasta la plaza del Angel, y alli detuvo un coche de punto y se metio en el. Eran mas de las seis. Hacia una hora que estaban encendidas las luces de los comercios. Ocultose cuanto pudo en un rincon y dejo vagar su mirada distraida sin curiosidad por las calles que iba atravesando. Su fisonomia adquirio la expresion altiva, desdenosa, que la caracterizaba, a la cual se anadia ahora leve matiz de hastio y preocupacion. Por su elegancia refinada, por su arrogante porte, y sobre todo por aquella severa majestad de su rostro peregrino, nadie vacilaria en diputar a Clementina por una de las mas altas y nobles damas de la corte. No obstante, si lo era de hecho, dado que figuraba en todos los salones aristocraticos, en todas las listas de personas distinguidas que los periodicos publicaban al dia siguiente de cualquier sarao, carreras de caballos, u otra fiesta cualquiera, de derecho distaba mucho de serlo por su origen. No podia ser mas humilde. Su padre la habia tenido en una inglesa, manceba de un tonelero irlandes que habia llegado a Valencia en busca de trabajo. Llamabase Rosa Coote. Era esplendidamente bella y lo hubiera sido mas a cuidar algo del adorno o alino de su persona. La miseria, en que ordinariamente vivia aquel hogar ilicito, la habia hecho sucia y andrajosa. El granuja del mercadal de Valencia y la bella inglesa se entendieron a espaldas del tonelero, dueno temporal de las gracias de esta. Salabert era mas joven, mas gallardo: el vicio de la borrachera no le tenia dominado como a aquel. Rosa le siguio a su zaquizami abandonando al primer amante. A los pocos meses de vivir juntos, Salabert, a quien se presento ocasion de partir a Cuba como camarero de un vapor, la abandono a su vez. La inglesa, que llevaba ya en sus entranas el fruto de aquella pasajera union, rodo algun tiempo sin proteccion, sin recursos, por las calles de la ciudad, hasta que entro en relaciones con un carpintero del Grao que la recogio y llego a hacerla su legitima esposa. Clementina se crio como intrusa en aquel nuevo hogar. Su madre era una mujer violenta, irascible, con rafagas de ternura, que solo guardaba para sus hijos legitimos. A ella, por todas las senales, la aborrecia y en ella vengo injustamente el agravio de su padre. iQue terrible infancia la de Clementina! Si en Madrid se supiesen ciertos pormenores, si en rapida vision pudiesen ofrecerse a los ojos de la sociedad elegante algunas escenas por las que aquella altiva y encopetada dama paso, pocos envidiarian su existencia. iQue torturas, que refinamientos de crueldad! A los cuatro o cinco anos ya estaba obligada a ser la vigilante guardadora de otros dos hermanitos. Si en esta vigilancia decaia un punto, el castigo venia inmediatamente; pero no el castigo como quiera, el golpe pasajero, el estiron de orejas; no. El castigo era meditado con ensanamiento, procurando herir donde mas doliera y donde mas durase el dolor.... Los vecinos habian acudido mas de una vez a los lamentos de la infeliz criatura; habian increpado a la madre desnaturalizada. De ello no resultaba mas que alguna reyerta fragorosa en que la feroz irlandesa, chapurrando el valenciano, se despachaba a su gusto contra las comadres del barrio, y con mayor encono despues contra la causante de aquel disgusto. A todas horas gritaba que iba a meterla en la Inclusa. A esto se oponia el carpintero, que se jactaba de ser hombre de bien y compasivo, que alguna vez intervenia en los castigos para aplacarlos, pero que la mayor parte de las veces dejaba a su esposa "que ensenase a su hija", como el decia a los vecinos que le recriminaban. Sus ideas pedagogicas chocaban con sus instintos piadosos, y cuando lograban sobreponerse iay de la desgraciada nina! Aquella serie de inauditas crueldades terminaron al fin con otra mayor que trajo consigo la intervencion de la justicia. La madre desnaturalizada, no sabiendo ya de que modo atormentar a su hija, la hizo algunas quemaduras en el trasero con una bujia. Una vecina averiguo el hecho casualmente, lo comunico a otras vecinas, se armo el consiguiente escandalo en el barrio, dieron parte al juez, se instruyo causa, y, probado el delito, la inglesa fue condenada a seis meses de carcel y la nina recogida en un establecimiento de beneficencia. Un ano despues llego a Valencia Salabert, si no hecho un potentado, con alguna hacienda. Enteraronle de lo ocurrido. Fue a ver a su hija al colegio de ninas pobres. La saco de alli y la puso en otro de pago, adonde por rara casualidad iba a visitarla. En la poblacion, sin embargo, fue loado su rasgo de generosidad. El sabia hacerlo valer en la conversacion ofreciendose a los ojos de sus conocidos como un ejemplo vivo de amor paternal y contraste notable frente a la perversidad de su antigua querida. Poco mas tarde se caso en Madrid. Fue su esposa la hija de un comerciante en camas de hierro y colchones metalicos de la calle Mayor. Era una joven bastante feita y enfermiza; pero buena, afectuosa y con cincuenta mil duros de dote. Llamabase Carmen. A los tres o cuatro anos de casados, esta, viendose cada vez mas delicada de salud, perdio la esperanza de tener familia. Sabiendo que su marido tenia una hija natural en un convento de Valencia, le propuso, con generosidad no muy frecuente, traerla a casa y considerarla como hija de ambos. Salabert acepto con gusto la proposicion. Fue a buscar a Clementina, y desde entonces cambio por entero la suerte de esta infeliz nina. Tenia entonces catorce anos y era ya un portento de hermosura, mezcla dichosa del tipo ingles correcto y delicado y de la belleza severa de la mujer valenciana. Su tez guardaba los reflejos suaves, nacarados de la raza sajona. En su mirada azul y sombria habia la misma profundidad y misterio que en los ojos negros de las valencianas. Poco desarrollada aun por virtud de su crudelisima infancia, por la vida sedentaria, despues, del convento, en cuanto cambio de clima y de forma de vida adquirio en dos o tres anos la elevada estatura y las majestuosas proporciones con que hoy la vemos. Sus partes morales dejaban bastante mas que desear. Era su temperamento irascible, obstinado, desdenoso y sombrio. Si nacio con estos vicios o fueron el resultado de sus barbaros martirios, de su tristisima infancia, no es facil resolverlo. En el convento, donde nadie la trataba mal, no fue bien querida de sus maestras y companeras por su caracter receloso, por la ausencia de carino que se notaba en su corazon. Los disgustos de sus companeras, no solo no la conmovian, sino que despertaban en sus labios una sonrisa cruel, que las dejaba yertas. Luego tenia, de vez en cuando, accesos de furor que la habian hecho temible y odiosa. En cierta ocasion, a una nina que le habia dicho algunas palabras ofensivas le echo las manos al cuello y estuvo muy proxima a asfixiarla. Nunca fue posible despues que le pidiese perdon, segun exigia la superiora. Prefirio estar recluida un mes, a humillarse. Los primeros meses que paso en casa de su padre fueron de prueba para la buena D. Carmen. En vez de una nina alegre y agradecida al inmenso favor que la hacia, se encontro frente a frente de una fierecilla, un ser antipatico sin afecto ni sumision, extravagante y caprichosa hasta un grado sorprendente, cuya risa no brotaba ruidosa sino cuando algun criado se caia o el lacayo recibia una coz de los caballos. Pero no se desanimo. Con el instinto infalible de los corazones generosos, comprendio que si aquella tierra no daba amor era porque hasta entonces solo se habia sembrado odio. Los afectos dulces residen en todo ser humano, como en todo cuerpo la electricidad: mas para hacerlos vibrar, precisa someterlos a una fuerte corriente de carino por algun tiempo. Y esto fue lo que hizo D. Carmen con su hijastra. Durante seis meses la tuvo envuelta en una atmosfera tibia de afecto, en una red espesa de atenciones delicadisimas, de testimonios constantes de vivo y afectuoso interes. Al fin, Clementina, que principio por mostrarse desdenosa y luego indiferente a aquel carino, que pasaba horas y horas encerrada en su cuarto y solo iba a las habitaciones de su madrastra cuando la llamaba, que no tenia jamas con esta una expansion viviendo en absoluta reserva, sucumbio repentinamente; sintio vibrar en su corazon ese algo maravilloso que une a las criaturas humanas como a todos los cuerpos del Universo. Cambio de un modo extrano, violento, como todo lo que procedia de su temperamento singular. Cayo, cuando menos se pensaba, de hinojos ante D. Carmen, dedicandole un respeto tan profundo, un carino tan apasionado, que la buena senora quedo estupefacta y le costo gran trabajo creer en su sinceridad. En su alma se habia operado al fin la revelacion de la ternura. Al calor maternal de aquella bondadosa senora, su corazon de hielo se habia derretido. La esencia divina del amor penetro donde, hasta entonces, solo habia entrado la esencia de Satanas. Fue un verdadero milagro. En vez de pasar la vida en su cuarto, no sabia salir del de su madrastra a quien llamaba mama, con un gozo, con un fuego, con una pronunciacion tan decidida, como solo se observa en los devotos sinceros al dirigirse a la Virgen. Devocion podia llamarse tambien lo que Clementina sentia por la esposa de su padre. Asombrada de que en el mundo existiese un ser tan dulce, tan tierno, no se hartaba de mirarla como si acabase de bajar del cielo. Queria adivinarle los pensamientos en los ojos, queria adelantarse a sus menores deseos, queria que nadie la sirviese mas que ella, queria, en fin, como todo enamorado, la posesion exclusiva del objeto de su amor. Una levisima senal de descontento de D. Carmen bastaba para confundirla y sumirla en el mas acerbo dolor. Aquella criatura tan altanera, que habia llegado a hacerse odiosa a todos, se humillaba con placer intenso, a su madrastra. Era su humillacion la del mistico que se postra por una necesidad invencible del espiritu. Cuando sentia la mano de la senora acariciandole el rostro, pensaba sentir la de Dios mismo. Apenas se atrevia a rozar con sus labios aquellos dedos flacos y transparentes. Solo para su madrastra habia cambiado tan radicalmente. Con los demas, incluso con su mismo padre, seguia mostrando la misma frialdad despreciativa, el mismo caracter obstinado y altivo. Si aparecia alguna vez mas dulce y tratable, no habia que achacarlo a su voluntad, sino al mandato expreso de D. Carmen. En cuanto este mandato cesaba o se olvidaba, volvia a su primitivo ser malevolo. Los criados la aborrecian por el orgullo insufrible que comenzo a manifestar asi que se dio cuenta de su estado de princesa heredera; por no encontrar tampoco en ella ninguna compasion para sus faltas. La que mas padecio en su servicio fue la institutriz inglesa que su padre la habia traido. Era ya entrada en anos, pero tenia gusto en vestirse y alinarse como una damisela. Esta inocente mania sirvio tantas veces de burla a la nina, que solo la necesidad le pudo obligar a tolerarlo. iPobre mujer! Todos sus secretos tecnicos de tocador fueron entregados sin piedad a la befa de los criados. Sus imperfecciones fisicas despertaban, contrahechas por la doncella de la senorita, algazara en la cocina. En cierta solemne ocasion, un dia de banquete, Clementina le escondio la dentadura, que tenia sobre el tocador para limpiarla. Cualquiera puede figurarse la desazon que esto produjo a la vieja _miss_. La cual se vengaba candidamente de ella llamandola _senorita Capricho y_ poniendole por temas, en los ejercicios de ingles y frances, algunas maximas y aforismos que le escociesen, verbigracia: "La soberbia es la lepra del alma. La nina soberbia es una leprosa de quien todos deben apartarse con horror"--. "Quien no respeta a los mayores nunca llegara a ser respetado", etcetera. Clementina se reia de estos desahogos. Alguna vez llego su insolencia hasta cambiar la sentencia de la profesora por otra de su invencion. Donde decia: "Nada hay tan feo y despreciable como una joven altanera", ponia la discipula: "Nada hay tan ridiculo y digno de risa como una vieja presumida". Alborotabase _la miss_, daba parte a D. Carmen, llamaba esta a su hijastra, la reprendia dulcemente, y al verla triste y acongojada desarrugaba el ceno y la besaba carinosamente. Y hasta otra. La verdad es que tenia razon _miss_ Ana y los demas criados al decir que la senora era quien echaba a perder a la chica. D. Carmen, viviendo en una espantosa soledad moral, estaba tan cautivada y agradecida al vivo carino que a todas horas le demostraba su hijastra, que no tenia ojos para ver sus faltas, y si los tenia carecia de fuerzas para corregirlas. A los diez y ocho anos era Clementina una de las mujeres mas bellas y uno de los mejores partidos de Madrid. El caudal de su padre habia crecido como la espuma. Estaba considerado como uno de los banqueros importantes de la villa y no se le conocia otro heredero ni era ya de presumir que lo tuviese. Comenzaron los jovenes de la aristocracia, de la sangre y el dinero, los socios mas eminentes del _Club de los Salvajes_, a festejarla apremiandola con vivas declaraciones. Si iba a una tertulia, un grupo de muchachos la tenia constantemente amurallada; si a la iglesia, otro grupo mayor la esperaba en correcta formacion a la salida; si al paseo de la Castellana, apuestos caballeros galopaban en las inmediaciones de su coche sirviendola de escolta. En el teatro veinte pares de gemelos estaban sin cesar posados sobre ella. El nombre de Clementina Salabert salia en todas las conversaciones de la juventud elegante, se veia impreso en todas las cronicas de salones, sonaba en Madrid como el de una de las mas brillantes estrellas del firmamento aristocratico. Tuvo buena porcion de amorios o noviazgos que no produjeron huella alguna en su corazon. Tomaba y dejaba los novios inconsideradamente, con lo cual adquirio fama de coqueta y casquivana. Pero esto no es obstaculo para que una muchacha encuentre adoradores. Al contrario, el amor propio de los hombres les incita a dedicar sus lisonjas a tal clase de mujeres, siempre con la esperanza vanidosa de ser el clavo que fije la rueda de la veleta. Tampoco fue serio inconveniente para ella cierto murmullo grosero y malicioso que se levanto y corrio por todo Madrid con motivo de la amistad original que entablo con un joven y celebre torero. La inocencia y debilidad de D. Carmen tuvo buena parte en ello. No solo consintio esta buena senora que el torero entrase en la casa y se sentase a su mesa, sino tambien que las acompanase en publico en mas de una ocasion. Con esto y con brindarle la muer