The Project Gutenberg EBook of La Montaña, by Elíseo Reclus This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included with this eBook or online at www.gutenberg.net Title: La Montaña Author: Elíseo Reclus Release Date: March 15, 2004 [EBook #11598] Language: Spanish Character set encoding: ISO-8859-1 *** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA MONTAÑA *** Produced by Virginia Paque and the Online Distributed Proofreading Team. This file was produced from images generously made available by the Bibliothèque nationale de France (BnF/Gallica) at http://gallica.bnf.fr. LA MONTAÑA ELÍSEO RECLUS Traducción de A. López Rodrigo LA MONTAÑA CAPÍTULO PRIMERO #El asilo# Encontrábame triste, abatido, cansado de la vida: el destino me había tratado con dureza, arrebatándome seres queridos, frustrando mis proyectos, aniquilando mis esperanzas: hombres á quienes llamaba yo amigos, se habían vuelto contra mi, al verme luchar con la desgracia: toda la humanidad, con el combate de sus intereses y sus pasiones desencadenadas, me causaba horror. Quería escaparme á toda costa, ya para morir, ya para recobrar mis fuerzas y la tranquilidad de mi espíritu en la soledad. Sin saber fijamente á dónde dirigía mis pasos, salí de la ruidosa ciudad y caminé hacia las altas montañas, cuyo dentado perfil vislumbraba en los límites del horizonte. Andaba de frente, siguiendo los atajos y deteniéndome al anochecer en apartadas hospederías. Estremecíame el sonido de una voz humana ó de unos pasos: pero, cuando seguía solitario mi camino, oía con placer melancólico el canto de los pájaros, el murmullo de los ríos y los mil rumores que surgen de los grandes bosques. Al fin, recorriendo siempre al azar caminos y senderos, llegué á la entrada del primer desfiladero de la montaña. El ancho llano rayado por los surcos se detenía bruscamente al pie de las rocas y de las pendientes sombreadas por castaños. Las elevadas cumbres azules columbradas en lontananza habían desaparecido tras las cimas menos altas, pero más próximas. El río, que más abajo se extendía en vasta sábana rizándose sobre las guijas, corría á un lado, rápido é inclinado entre rocas lisas y revestidas de musgo negruzco. Sobre cada orilla, un ribazo, primer contrafuerte del monte, erguía sus escarpaduras y sostenía sobre su cabeza las ruinas de una gran torre, que fué en otros tiempos guarda del valle. Sentíame encerrado entre ambos muros; había dejado la región de las grandes ciudades, del humo y del ruido; quedaban detrás de mi enemigos y amigos falsos. Por vez primera después de mucho tiempo, experimenté un movimiento de verdadera alegría. Mi paso se hizo más rápido, mi mirada adquirió mayor seguridad. Me detuve para respirar con mayor voluptuosidad el aire puro que bajaba de la montaña. En aquel país ya no había carreteras cubiertas de guijarros, de polvo ó de lodo; ya había dejado la llanura baja, ya estaba en la montaña, que era libre aún. Una vereda trazada por los pasos de cabras y pastores, se separa del sendero más ancho que sigue el fondo del valle, y sube oblicuamente por el costado de las alturas. Tal es el camino que emprendo para estar bien seguro de encontrarme solo al fin. Elevándome á cada paso, veo disminuir el tamaño de los hombres que pasan por el sendero del fondo. Aldeas y pueblos están medio ocultos por su propio humo, niebla de un gris azulado que se arrastra lentamente por las alturas, y se desgarra por el camino en los linderos del bosque. Hacia el anochecer, después de haber dado la vuelta á escarpados peñascos, dejando tras de mí numerosos barrancos, salvando, á saltos de piedra en piedra, bastantes ruidosos arroyuelos, llegué á la base de un promontorio que dominaba á lo lejos rocas, selvas y pastos. En su cima aparecía ahumada cabaña, y á su alrededor pacían las ovejas en las pendientes. Semejante á una cinta extendida por el aterciopelado césped, el amarillento sendero subía hacia la cabaña y parecía detenerse allí. Más lejos no se vislumbraban más que grandes barrancos pedregosos, desmoronamientos, cascadas, nieves y ventisqueros. Aquella era la última habitación del hombre; la choza que, durante muchos meses, me había de servir de asilo. Un perro primero, y después un pastor me acogieron amistosamente. Libre en adelante, dejé que mi vida se renovara á gusto de la naturaleza. Ya andaba errante entre un caos de piedras derrumbadas de una cuesta peñascosa, ya recorría al azar un bosque de abetos; otras veces subía á las crestas superiores para sentarme en una cima que dominaba el espacio; y también me hundía con frecuencia en un profundo y obscuro barranco, donde me podía creer sumergido en los abismos de la tierra. Poco á poco, bajo la influencia del tiempo y la naturaleza, los fantasmas lúgubres que se agitaban en mi memoria fueron soltando su presa. Ya no me paseaba con el único fin de huir de mis recuerdos, sino también para dejar que penetraran en mi las impresiones del medio y para gozar de ellas, como sin darme cuenta de tal cosa. Si había sentido un movimiento de alegría á mis primeros pasos en la montaña, fué por haber entrado en la soledad y porque rocas, bosques, todo un nuevo mundo se elevaba entre lo pasado y yo, pero comprendí un día que una nueva pasión se había deslizado en mi alma. Amaba á la montaña por si misma, gustaba de su cabeza tranquila y soberbia, iluminada por el sol cuando ya estábamos entre sombras; gustaba de sus fuertes hombros cargados de hielos de azulados reflejos; de sus laderas, en que los pastos alternan con las selvas y los derrumbaderos; de sus poderosas raíces, extendidas á lo lejos como la de un inmenso árbol, y separadas por valles con sus riachuelos, sus cascadas, sus lagos y sus praderas; gustaba de toda la montaña, hasta del musga amarillo ó verde que crece en la roca, hasta de la piedra que brilla en medio del césped. Asimismo, mi compañero el pastor, que casi me había desagradado, como representante de aquella humanidad, de la cual huía yo, había llegado gradualmente á serme necesario; inspirábame ya confianza y amistad; no me limitaba á darle las gracias por el alimento que me traía y por sus cuidados; estudiaba y procuraba aprender cuanto pudiera enseñarme. Bien leve era la carga de su instrucción, pero cuando se apoderó de mi el amor á la naturaleza, él me hizo conocer la montaña donde pacían sus rebaños, y en cuya base había nacido. Me dijo el nombre de las plantas, me enseñó las rocas donde se encontraban cristales y piedras raras, me acompañó á las cornisas vertiginosas de los abismos para indicarme el mejor camino en los pasos difíciles. Desde lo alto de las cimas me mostraba los valles, me trazaba el curso de los torrentes, y después, de regreso en nuestra cabaña ahumada, me contaba la historia del país y las leyendas locales. En cambio, yo le explicaba también cosas que no comprendía y que ni siquiera había deseado comprender nunca; pero su inteligencia se abría poco á poco, y se hacía ávida. Me daba gusto repetirle lo poco que sabía yo, viendo brillar sus miradas y sonreir su boca. Despertábase la fisonomía en aquel rostro antes cerrado y tosco; hasta entonces había sido un ser indiferente, y se convirtió en hombre que reflexionaba acerca de sí mismo y de los objetos que le rodeaban. Y al propio tiempo que instruía á mi compañero, me instruía yo, porque, procurando explicar al pastor los fenómenos de la naturaleza, los comprendía yo mejor, y era mi propio alumno. Solicitado así por el doble interés que me inspiraban el amor á la naturaleza y la simpatía por mi semejante, intenté conocer la vida presente y la historia pasada de la montaña en que vivíamos, como parásitos en la epidermis de un elefante. Estudié la masa enorme en las rocas con que está construida, en las fragosidades del terreno que, según los puntos de vista, las horas y las estaciones, le dan tan gran variedad de aspecto, ora graciosos, ora terribles; la estudié en sus nieves, en sus hielos y en los meteoros que la combaten, en las plantas y en los animales que habitan en su superficie. Procuré comprender también lo que había sido la montaña en la poesía y en la historia de las naciones, el papel que había representado en los movimientos de los pueblos y en los progresos de la humanidad entera. Lo que aprendí lo debo á la colaboración del pastor, y también, para decirlo todo, á la del insecto que se arrastra, á la de la mariposa y á la del pájaro cantor. Si no hubiera pasado largas horas echado en la yerba, mirando ó escuchando á tales seres, hermanillos míos, quizá no habría comprendido tan bien cuánta es la vida de esta gran tierra que lleva en su seno á todos los infinitamente pequeños y los transporta con nosotros por el espacio insondable. CAPÍTULO II #Las cumbres y los valles# Vista desde la llanura, la montaña es de forma muy sencilla; es un cono dentado que se alza entre otros relieves de altura desigual, sobre un muro azul, á rayas blancas y sonrosadas y limita una parte del horizonte. Parecíame ver desde lejos una sierra monstruosa, con dientes caprichosamente recortados; uno de esos dientes es la montaña á donde he ido á parar. Y el cono que distinguía desde los campos inferiores, simple grano de arena sobre otro grano llamado tierra, me parece ahora un mundo. Ya veo desde la cabaña á algunos centenares de metros sobre mi cabeza una cresta de rocas que parece ser la cima; pero si llego á trepar á ella veré alzarse otra cumbre por encima de las nieves. Si subo á otra escarpadura, parecerá que la montaña cambia de forma ante mis ojos. De cada punta, de cada barranco, de cada vertiente el paisaje aparece con distinto relieve, con otro perfil. El monte es un grupo de montañas por si solo, como en medio del mar está compuesta cada ola de innumerables ondillas. Para apreciar en conjunto la arquitectura de la montaña, hay que estudiarla y recorrerla en todos sentidos, subir á todos los peñascos, penetrar en todos los alfoces. Es un infinito, como lo son todas las cosas para quien quiere conocerlas por completo. La cima en que yo gustaba más de sentarme no era la altura soberana donde puede uno instalarse como un rey sobre el trono para contemplar á sus pies los reinos extendidos. Me sentía más á gusto en la cima secundaria, desde la cual mi vista podía á un tiempo extenderse sobre pendientes más bajas y subir luego, de arista en arista, hacia las paredes superiores y hacia la punta bañada en el cielo azul. Allí, sin tener que reprimir el movimiento de orgullo que á mi pesar hubiera sentido en el punto culminante de la montaña, saboreaba el placer de satisfacer completamente mis miradas, contemplando cuantas bellezas me ofrecían nieves, rocas, pastos y bosques. Hallábame á mitad de altura entre las dos zonas de la tierra y del cielo, y me sentía libre sin estar aislado. En ninguna parte penetró en mi corazón más dulce sensación de paz. Pero también es inmensa alegría la de alcanzar una alta cumbre que domine un horizonte de picos, de valles y de llanuras. ¡Con qué voluptuosidad, con qué arrebato de los sentidos se contempla en su conjunto el edificio cuyo remate se ocupa! Abajo, en las pendientes inferiores, no se veía más que una parte de la montaña, á lo más una sola vertiente; pero desde la cumbre se ven todas las faldas huyendo, de resalte en resalte y en contrafuerte en contrafuerte, hasta las colinas y promontorios de la base. Se mira de igual á igual á los montes vecinos; como ellos, tiene uno la cabeza al aire puro y á la luz; yérguese uno en pleno cielo, como el águila sostenida en su vuelo sobre el pesado planeta. A los pies, bastante más abajo de la cima, ve uno lo que la muchedumbre inferior llama el cielo: las nubes que viajan lentamente por la ladera de los montes, se desgarran en los ángulos salientes de las rocas y en las entradas de las selvas, dejan á un lado y á otro jirones de niebla en los barrancos, y después, volando por encima de las llanuras, proyectan en ellas sus sombras enormes, de formas variables. Desde lo alto del soberbio observatorio, no vemos andar los ríos como las nubes de donde han salido, pero se nos revela su movimiento por el brillo chispeante del agua que se muestra de distancia en distancia, ya al salir de ventisqueros quebrados, ya en las lagunas y en las cascadas del valle ó en las revueltas tranquilas de las campiñas inferiores. Viendo los círculos, los precipicios, los valles, los desfiladeros, asistimos, como convertidos de pronto en inmortales, al gran trabajo geológico de las aguas que abrieron sus cauces en todas direcciones en torno de la masa primitiva de la montaña. Se les ve, digámoslo así, esculpir incesantemente esa masa enorme para arrancarle despojos con que nivelan la llanura ó ciegan una bahía del mar. También veo esa bahía desde la cima á donde he trepado; allí se extiende el gran abismo azul del Océano, del cual salió la montaña, y al cual volverá tarde ó temprano. Invisible está el hombre, pero se le adivina. Como nidos ocultos á medias entre el ramaje, columbra cabañas, aldeas, pueblecillos esparcidos por los valles y en la pendiente de los montes que verdean. Allá abajo, entre humo, en una capa de aire viciada por innumerables respiraciones, algo blanquecino indica una gran ciudad. Casas, palacios, altas torres, cúpulas se funden en el mismo color enmohecido y sucio, que contrasta con las tintas más claras de las campiñas vecinas. Pensamos entonces con tristeza en cuantas cosas malas y pérfidas se hallan en esos hormigueros, en todos los vicios que fermentan bajo esa pústula casi invisible. Pero, visto desde la cumbre, el inmenso panorama de los campos, lo hermoso, en su conjunto con las ciudades, los pueblos y las casas aisladas que surgen de cuando en cuando en aquella extensión á la luz que las baña, fúndense las manchas con cuanto las rodea en un todo armonioso, el aire extiende sobre toda la llanura su manto azul pálido. Gran diferencia hay entre la verdadera forma de nuestra montaña, tan pintoresca y rica en variados aspectos, y la que yo le daba en mi infancia, al ver los mapas que me hacían estudiar en la escuela. Parecíame entonces una masa aislada, de perfecta regularidad, de iguales pendientes en todo el contorno, de cumbre suavemente redondeada, de base que se perdía insensiblemente en las campiñas de la llanura. No hay tales montañas en la tierra. Hasta los volcanes que surgen aislados, lejos de toda cordillera y que crecen poco á poco, derramando lateralmente sobre sus taludes lavas y cenizas, carecen de esa regularidad geométrica. La impulsión de las materias interiores se verifica ya en la chimenea central, ya en alguna de las grietas de las laderas; volcanes secundarios nacen por uno y otro lado en las vertientes del principal, haciendo brotar jorobas en su superficie. El mismo viento trabaja para darle forma irregular, haciendo que caigan donde á él le place las cenizas arrojadas durante las erupciones. Pero ¿podría compararse nuestra montaña, anciano testigo de otras edades, á un volcán, monte que apenas nació ayer y que aún no ha sufrido los ataques del tiempo? Desde el día en que el punto de la tierra en que nos encontramos adquirió su primera rugosidad, destinada á transformarse gradualmente en montaña, la naturaleza (que en el movimiento y la transformación incesantes) ha trabajado sin descanso para modificar el aspecto de la protuberancia; aquí ha elevado la masa; allí la ha deprimido; la ha erizado con puntas, la ha sembrado de cúpulas y cimborrios; ha doblado, ha arrugado, ha surcado, ha labrado, ha esculpido hasta lo infinito aquella superficie movible, y aun ahora, ante nuestros ojos, continúa el trabajo. Al espíritu que contempla á la montaña á través de la duración de las edades, se le aparece tan flotante, tan incierta como la ola del mar levantada por la borrasca: es una onda, un vapor: cuando haya desaparecido, no será más que un sueño. De todos modos, en esa decoración variable ó transformada siempre, producida por la acción contínua de las fuerzas naturales, no cesa de ofrecer la montaña una especie de ritmo soberbio á quien la recorre para conocer su estructura. De la parte culminante una ancha meseta, una masa redondeada, una pared vertical, una arista ó pirámide aislada, ó un haz de agujas diversas, el conjunto del monte presenta un aspecto general que se armoniza con el de la cumbre. Desde el centro de la masa hasta la base de la montaña se suceden, á cada lado, otras cimas ó grupos de cimas secundarias. A veces también, al pie de la última estribación rodeada por los aluviones de la llanura ó las aguas del mar, aún se ve una miniatura de monte brotar, como colina del medio del campo, ó como escollo desde el fondo de las aguas. El perfil de todos esos relieves que se suceden bajando poco á poco ó bruscamente, presenta una serie de graciosísimas curvas. Esa línea sinuosa que reune las cimas, desde la más alta cumbre á la llanura, es la verdadera pendiente: es el camino que escogería un gigante calzado con botas mágicas. La montaña que me albergó tanto tiempo es hermosa y serena entre todas por la tranquila regularidad de sus rasgos. Desde los pastos más altos se vislumbra la cumbre elevada, erguida como una pirámide de gradas desiguales: placas de nieve que llenan sus anfractuosidades, le dan un matiz sombrío y casi negro por el contraste de su blancura, pero el verdor de los céspedes que cubren á lo lejos todas las cimas secundarias aparece más suave al mirar, y los ojos, bajando de la masa enorme de formidable aspecto, reposan voluptuosamente en las muelles ondulaciones que ofrecen las dehesas. Tan agraciado es su contorno, tan aterciopelado su aspecto, que pensamos involuntariamente en lo agradable que sería acariciarlas á la mano de un gigante. Más abajo, rápidas pendientes, rebordes de rocas y estribaciones cubiertas de bosques ocultan en gran parte las laderas de la montaña; pero el conjunto parece tanto más alto y sublime cuanto que la mirada abarca solamente una parte, como una estatua cuyo pedestal estuviera oculto; resplandece en mitad del cielo, en la región de las nubes, entre la luz pura. A la belleza de las cimas y rebordes de todas clases, corresponde la de los huecos, arrugas, valles ó desfiladeros. Entre la cumbre de nuestra montaña y la punta más cercana, la cuesta baja mucho y deja un paso bastante cómodo entre las opuestas vertientes. En esta depresión de la arista empieza el primer surco del valle serpentino abierto entre ambos montes. A este surco siguen otros, y otros más, que rayan la superficie de las rocas y se unen en quebradas, las cuales convergen á un círculo, desde donde, por una serie escalonada de desfiladeros y de hoyas, corren las nieves y bajan las aguas del valle. Allí, en un suelo pendiente apenas, ya aparecen los prados, los grupos de árboles domésticos, los caseríos. Por todas partes se inclinan las cañadas, ya de gracioso, ya de severo aspecto, hacia el valle principal. Desaparece éste más allá de un codo lejano, pero si se ha dejado de ver su fondo se adivina, á lo menos, su forma general, así como sus contornos, por las lineas más ó menos paralelas que dibujan los perfiles de las estribaciones. En su conjunto, puede compararse el valle con sus innumerables ramificaciones que penetran por todas partes en el espesor de la montaña, á los árboles, cuyos millares de ramas se dividen y subdividen en delicadas fibrillas. La forma del valle y de su red de cañadas es la mejor base para darse cuenta del verdadero relieve de las montañas que separa. Desde las cumbres en que la vista se cierne más libremente por el espacio, también se ven numerosas cimas que se comparan unas con otras, y que se hacen comprender mutuamente. Por encima del contorno sinuoso de las alturas que se elevan al otro lado del valle, se vislumbra en lontananza otro perfil de montaña, azulada ya; después, más allá aún, tercera y hasta cuarta serie de montes cerúleos. Esas filas de montes, que van á unirse á la gran cresta de las cumbres principales, son vagamente paralelas no obstante ser dentadas, y ora se aproximan, ora se alejan aparentemente, según el juego de las nubes y el andar del sol. Dos veces al día se desarrolla incesantemente el inmenso cuadro de las montañas, cuando los rayos oblicuos de las auroras y los ocasos dejan en la sombra los planos sucesivos vueltos hacia la obscuridad y bañan en claridad los que miran hacia la luz. Desde las más lejanas cimas occidentales á las que apenas se columbran en occidente, hay una escala armoniosa de todos los colores y matices que puedan nacer al brillar del sol en la transparencia del aire. Entre esas montañas hay algunas que pudieran borrarse con un soplo, tan leves son sus torsos, tan delicadamente están dibujados sus trazos en el fondo del cielo. Elévese ligero vapor, fórmese una bruma imperceptible en el horizonte, déjese venir el sol, inclinándose, por la sombra, y esas hermosas montañas, esos ventisqueros, esas pirámides, se desvanecerán gradualmente, ó en un abrir y cerrar de ojos. Las contemplábamos en todo su esplendor, y cátate que han desaparecido del cielo; no son más que un sueño, una incierta memoria. CAPÍTULO III #La roca y el cristal# La roca dura de las montañas, lo mismo que la que se extiende por debajo de las llanuras, está, recubierta casi completamente por una capa cuya profundidad varía, de tierra vegetal y de diferentes plantas. Aquí son bosque; allá malezas, brezos, mirtos ó juncos; acullá, y en mayor extensión, el césped corto de los pastos. Hasta donde la roca parece desnuda y brota en agujas ó se yergue en paredes, cubren la piedra líquenes amarillos, rojos ó blancos, que dan á veces la misma apariencia á rocas de muy distinto origen. Únicamente en las regiones frías de la cumbre al pie de los ventisqueros, al borde de las nieves, se muestra la piedra bajo cubierta vegetal que la disfraza. Granitos, piedra caliza y asperón parecen al viajero distraído de una misma y única formación. Sin embargo, grande es la diversidad de las rocas; el minerálogo que recorre las montañas martillo en mano, puede recoger centenares y millares de piedras diferentes por el aspecto y la estructura íntima. Unas son de grano igual en toda su masa; otras están compuestas de partes diversas y contrastan por la forma, el color y el brillo; las hay con manchas, con rayas y con pintas; las hay translúcidas, transparentes y opacas. Unas están erizadas de cristalizaciones regulares; otras adornadas con arborizaciones semejantes á grupos de tamarindos ú hojas de helecho. Todos los metales se encuentran en las piedras, ya en estado puro, ya mezclados unos con otros. Ora aparecen en cristales ó en nódulos, ora con simples irisaciones fugitivas, semejante á los reflejos brillantes de la pompa de jabón. Hay además los innumerables fósiles, animales ó vegetales que contiene la roca, y cuya impresión conserva. Hay tantos testigos diferentes de los seres que han vivido durante la incalculable serie de los siglos pasados, como fragmentos esparcidos existen. Sin ser minerálogo ni geólogo de profesión, el viajero que sabe mirar, ve perfectamente cuál es la maravillosa diversidad de las rocas que constituyen la masa montañosa. Tal es el contraste entre las partes diversas que constituyen el gran edificio, que se puede conocer desde lejos á qué formación pertenecen. Desde una cima aislada que domina extenso espacio, se distingue fácilmente la arista ó la cúpula de granito, la pirámide de pizarra, ó la pared de roca calcárea. La roca granítica se revela mejor en las cercanías inmediatas del pico principal dé la montaña. Allí, una cresta de rocas negras, separados campos de nieve que ostentan á ambos lados su deslumbrante blancura, parecen una diadema de azabache en su velo de muselina. Por aquella cresta es más fácil llegar al punto culminante de la montaña, porque así se evitan las grietas ocultas bajo la lisa superficie de la nieve; allí puede sentarse con seguridad el pie en el suelo, mientras á pulso se encarama uno de escalón en escalón en las partes escarpadas. Por allí verificaba yo casi siempre mi ascensión, cuando, alejándome del rebaño y de mi compañero el pastor, iba á pasar algunas horas en el elevado pico. Vista "de lejos", á través de los azulados vapores, de la atmósfera, la arista de granito parece uniforme; los montañeses, que emplean comparaciones prácticas y casi groseras, le llaman el peine; aseméjase, en efecto, á una hilera de agudas púas colocadas con regularidad. Pero en medio de las mismas rocas se encuentra una especie de caos; agujas, piedras movedizas, montañas de peñascos, sillares superpuestos, torres dominadoras, muros apoyados unos en otros y que dejan entre ellos estrechos pasos, tal es la arista que forma el ángulo de la montaña. Hasta en aquellas alturas la roca está cubierta casi por todas partes de una especie de unto, por la vegetación de los líquenes, pero en varios sitios han descubierto la piedra el roce del hielo, la humedad de la nieve, la acción de las heladas, de la lluvia, del viento, de los rayos solares; otras rocas, quebradas por el rayo, conservan la imantación causada por el fuego del cielo. En medio de esas ruinas, es fácil observar lo que fué aún recientemente el mismo interior de la roca. Se ven los cristales en todo su brillo: el cuarzo blanco, el feldespato de color de rosa pálido, la mica que finge lentejuelas de plata. En otras partes de la montaña, el granito descubierto presenta aspecto distinto: en unas rocas, es blanco como el mármol y está sembrado de puntitos negros; en otras, es azulado y sombrío. Casi en todas partes es de una gran dureza y las piedras que pudieran labrarse con él servirían para construir duraderos monumentos; pero en otras, es tan frágil y están aglomerados los cristales tan débilmente, que pueden aplastarse con los dedos. Un arroyo, nacido al pie de un promontorio, cuyo grano es de poca cohesión, corre por el barranco sobre un lecho de arena finísima abrillantado por la mica; parece verse brillar el oro y la plata á través de las rizadas aguas. Más de un patán llegado de la llanura se ha equivocado y se ha precipitado sobre los tesoros que se lleva descuidadamente el burlón arroyuelo. La incesante acción de la nieve y del agua nos permite observar otra especie de roca que constituye en gran parte la masa del edificio inmenso. No lejos de las aristas y cimborrios de granito que son las partes más elevadas de la montaña, y parecen, digámoslo así, un núcleo, aparece una cima secundaria, cuyo aspecto es de asombrosa regularidad, parece una pirámide de cuatro lados colocada sobre el enorme pedestal que le ofrecen mesetas y pendientes. Está compuesta de rocas pizarrosas que el tiempo pule sin cesar con sus meteoros, viento, rayos del sol, nieves, nieblas y lluvias. Las hojas quebradas de la pizarra se abren, se rompen y bajan resbalando á lo largo de los taludes. A veces basta el paso ligero de una oveja para mover millares de piedras en la ladera. Muy distinta de la pizarrosa es la roca caliza que forma algunos de los promontorios avanzados. Cuando se rompe, no se divide, como la pizarra, en innumerables fragmentillos, sino en grandes masas. Hay fractura que ha separado, de la base al remate, toda una peña de trescientos metros de altura; á ambos lados suben hasta el cielo las verticales paredes; apenas penetra la luz en el fondo del abismo, y el agua que lo llena, descendida de las nevadas alturas, sólo refleja la claridad de arriba en el hervor de sus corrientes y en los saltos de sus cascadas. En ninguna parte, ni aun en montañas diez veces más altas, aparece con mayor grandiosidad la naturaleza. Desde lejos, la parte calcárea de la montaña vuelve á tomar sus proporciones reales, y se la ve dominada por masas de rocas mucho más elevadas. Pero siempre asombra por la poderosa belleza de sus cimientos y de sus torres; parece un templo babilónico. También son muy pintorescas, aunque relativamente de menor importancia los peñascos de asperón ó de conglomerado compuestos de fragmentos unidos unos á otros. Donde quiera que la inclinación del suelo sea favorable á la acción del agua, ésta disuelve el cemento y abre un canalillo, una estrecha hendidura que, poco á poco, acaba por partir la roca en dos pedazos. Otras corrientes de agua han abierto también en las cercanías rendijas secundarias tanto más profundas cuanto más abundante sea la masa líquida arrastrada. La roca recortada de ese modo acaba por parecerse á un dédalo de obeliscos, torres y fortalezas. Hay fragmentos de montañas cuyo aspecto recuerda ahora el de ciudades desiertas, con calles húmedas y sinuosas, murallas almenadas, torres, torrecillas dominadoras, caprichosas estatuas. Aún recuerdo la impresión de asombro, próximo al espanto, que sentí al acercarme á la salida de un alfoz invadido ya por las sombras de la noche. Vislumbraba á lo lejos la negra hendidura, pero, al lado de la entrada, en el extremo del monte, advertí también extrañas formas que se me antojaron gigantes formados. Eran altas columnas de arcilla, coronadas por grandes piedras redondas que desde lejos parecían cabezas. Las lluvias habían disuelto y arrastrado lentamente el terreno en los alrededores, pero las pesadas piedras habían sido respeta das, y con su peso daban consistencia á los gigantescos pilares de arcilla que las sostenían. Cada promontorio, cada roca de la montaña tiene, pues, su aspecto peculiar, según la materia que la forma y la fuerza con que resiste á los elementos de degradación. Nace así infinita variedad de formas que acrecienta aún el contraste ofrecido en el exterior de la roca por la nieve, el césped, el bosque y el cultivo. A lo pintoresco de la línea y los planos se añaden los continuos cambios de decoración de la superficie. Y sin embargo, poco numerosos son los elementos que constituyen la montaña y por su mezcla le dan tan prodigiosa variedad de presentación. Los químicos que analizan las rocas en sus laboratorios nos enseñan la composición de los diversos cristales. Nos dicen que el cuarzo es sílice, es decir, silicio oxidado, metal que, puro, se asemejarla á la plata, y que por su mezcla con el oxígeno del aire, se ha convertido en roca blancuzca. Nos dicen también que el feldespato, mica, angrita, horublenda y otros cristales que se encuentran en gran variedad en las rocas de la montaña, son compuestos en que se encuentran, con el silicio, otros metales, como el aluminio y el potasio, unidos en diversas proporciones y según ciertas leyes de afinidad química, con los gases de la atmósfera. El monte entero, las montañas vecinas y lejanas, las llanuras de su base y la tierra en su conjunto, todo ello es metal en estado impuro; si los elementos mezclados y fundidos de la masa del globo recobrasen súbitamente su pureza, la tierra se presentaría ante los ojos de los habitantes de Marte ó de Venus que nos dirigieran sus telescopios, bajo la apariencia de una bala de plata rodando por las negruras del cielo. El sabio, que busca los elementos de la piedra, averigua que todas las rocas macizas, compuestas de cristales ó de pasta cristalina, son como el granito, metales oxidados; tales son el pórfido, la serpentina y las rocas ígneas que brotan del suelo en las erupciones volcánicas, traquita, basalto, obridiana, piedra pómez; todo es silicio, aluminio, potasio, sodio y calcio. En cuanto á las rocas dispuestas en tajos ó estratos, colocadas en capas superpuestas, también son metales, puesto que proceden en gran parte de la desagregación y nueva distribución de las rocas macizas. Piedras rotas en fragmentos, cimentadas después de nuevo, arenas aglutinadas en roca después de haber sido trituradas y pulverizadas, arcillas que hoy son compactas después de haber sido disueltas por las aguas, pizarras que no son otra cosa que arcilla endurecida, todo ello no es más que resto de rocas anteriores, y como éstas, se componen de metales. Únicamente los calcáreos que forman tan considerable parte de la corteza terrestre, no proceden directamente de la destrucción de antiguas rocas; están formados por residuos que han pasado por los organismos de animales marinos. Han sido comidos y digeridos, pero no por eso dejan de ser metálicos: su base es el calcio combinado con el azufre, el carbono y el fósforo. De modo que, gracias á las mezclas y combinaciones variables, la masa lisa, uniforme, impenetrable, del metal, ha adquirido formas atrevidas y pintorescas, se ha ahuecado en hoyos para ríos y lagos, se ha revestido de tierra vegetal, ha acabado por entrar en la savia de las plantas y en la sangre de los animales. Acá y acullá se revela aún el metal puro en las piedras de la montaña. En medio de los desmoronamientos y á la orilla de las fuentes, vénse con frecuencia masas ferruginosas. Cristales de hierro, cobre y plomo, combinados con otros elementos, se hallan también en los restos esparcidos; á veces brilla una partícula de oro en la arena del arroyo. Pero en la roca dura, ni el mineral precioso ni el cristal se encuentran distribuidos al azar; están dispuestos en venas ramificadas que se desarrollan sobre todo en los cimientos de las diferentes formaciones. Esos filones de metal, semejantes al hilo mágico del laberinto, han llevado á los mineros, y más tarde á los geólogos, al espesor, á la historia de la montaña. Según nos refieren los cuentos maravillosos, era fácil en otro tiempo ir á recoger tales riquezas á lo interior del monte; bastaba con tener algo de suerte ó contar con el favor de los dioses. Al dar un paso en falso se agarraba uno á un arbusto; el frágil tronco cedía, arrastrando consigo una piedra grande que cerraba una gruta desconocida hasta entonces. El pastor se metía osadamente por la abertura, no sin pronunciar alguna fórmula mágica ó sin tocar algún amuleto, y después de haber andado largo tiempo obscuro camino, se encontraba de repente bajo una bóveda de cristal y diamante; erguíanse alrededor estátuas de oro y plata profusamente adornadas con rubíes, topacios y zafiros; bastaba con inclinarse para recoger tesoros. En nuestros días, el hombre necesita trabajar, dejándose de conjuros y encantamientos, para conquistar el oro y otros metales que duermen en las rocas. Los preciosos fragmentos son raros, hállanse impuros y mezclados con tierra, y la mayor parte de ellos no alcanzan brillo y valor sino después de afinados en el horno. CAPÍTULO IV #El origen de la montaña# Así, pues, hasta en su más diminuta molécula, la montaña enorme ofrece una combinación de elementos diversos que se han mezclado en variables proporciones; cada cristal, cada mineral, cada grano de arena ó partícula da caliza, tiene su infinita historia, como los mismos astros. El menor fragmento de roca tiene su génesis como el Universo, pero mientras se ayudan con la ciencia unos á otros, el astrólogo, el geólogo, el físico y el químico, aún se están preguntando con ansiedad si han comprendido bien lo que es esa piedra y el misterio de su origen. ¿Y están bien seguros de haber puesto en claro el origen de la propia montaña? ¿Viendo todas esas rocas, asperones, calizas, pizarras y granitos, podemos contar cómo se ha acumulado la masa prodigiosa, cómo se ha erguido hacia el cielo? ¿Podemos nosotros, pigmeos débiles, contemplándola en su soberbia belleza, decirle con el orgullo consciente de la inteligencia satisfecha: «La más chica de tus piedras puede aplastarnos, pero te comprendemos, y conocemos tu nacimiento y tu historia?» Como nosotros y aún más que nosotros, dirigen preguntas los niños al ver la naturaleza y sus fenómenos, pero casi siempre, con cándida confianza, se contentan con la respuesta vaga ó engañosa de un padre ú otra persona mayor que nada sabe, ó de un profesor que supone saberlo todo. Si no alcanzaran los niños esa respuesta, investigarían y continuarían investigando, hasta que encontraran una explicación cualquiera, porque el niño no gusta de permanecer en la duda; lleno del sentimiento de su existencia, empezando la vida como un vencedor, quiere hablar como quien domina todas las cosas. Nada debe ser desconocido para él. Así los pueblos, salidos apenas de su barbarie primitiva, encontraban una afirmación definitiva para cuanto los chocaba, y diputaban por buena la primera explicación que respondiera lo mejor posible á la inteligencia y á las costumbres de aquel grupo humano. Pasando de boca en boca, acabó la leyenda por convertirse en palabra divina y surgieron cartas de intérpretes para apoyarla con su autoridad moral y sus ceremonias. Así es como en la herencia mítica de casi todas las naciones encontramos relatos que nos cuentan el nacimiento de las montañas, de los ríos, de la tierra, del Océano, de las plantas, de los minerales y hasta del hombre. La explicación más sencilla es la que nos muestra á los dioses ó á los genios arrojando las montañas desde las alturas celestiales y dejándolas caer al azar; ó bien levantarlas y modelarlas con cuidado como columnas destinadas á sostener la bóveda del cielo. Así fueron construidos el Líbano y el Hermón; así se arraigó en los límites del mundo el monte Atlas, de hombros robustos. Por otra parte, las montañas, después de creadas, cambiaban de sitio con frecuencia, y servían á los dioses para arrojárselas con hondas. Los titanes, que no eran dioses, transtornaron todos los montes de Tesalia para alzar murallas en torno del Olimpo: el mismo gigantesco Altus no era demasiado peso para sus brazos, que lo llevaron desde el fondo de Tracia hasta el sitio en que hoy se levanta. Una giganta del Norte se había llenado de colinas el delantal y las iba sembrando á iguales distancias para conocer un camino. Vichnú, que vió un día dormir á una muchacha bajo los ardientes rayos del sol, cogió una montaña y la sostuvo en equilibrio en la punta de un dedo para dar sombra á la hermosa durmiente. Este fué, según dice la leyenda, el origen de las sombrillas. No siempre necesitaban, dioses y gigantes, agarrar las montañas para que cambiaran de sitio, porque obedecían éstas á cualquier seña. Las piedras acudían al sonido de la lira de Orfeo y las montañas se alzaban para oir á Apolo: así nació el Helicón, morada de las musas. El profeta Mahoma debió nacer dos mil años antes; si hubiera nacido en edades de más cándida fe, no habría tenido que ir á la montaña, y ésta se habría dirigido hacia él. Además de esta explicación del nacimiento de las montañas por la voluntad de los dioses, la mitología de numerosos pueblos, da otra menos grosera. Según ésta, las rocas y los montes son órganos vivientes que han brotado naturalmente del cuerpo de la tierra, como salen los estambres en la corola de la flor. Mientras por una parte se hundía el suelo para recibir las aguas del mar, por otra se alzaba hacia el sol para recibir su luz vivificante, así como las plantas enderezan el tallo y vuelven los pétalos hacia el astro que las mira y les da brillo. Pero ya no hay quien crea en las leyendas antiguas, que no son para la humanidad mas que poéticos recuerdos; han ido á juntarse con los sueños, y el espíritu del investigador, apartado por fin de tales ilusiones, persigue con mayor avidez la verdad. Así es que los hombres de nuestros días, lo mismo que los de antiguos tiempos, siguen repitiendo, al contemplar las cumbres doradas por la luz, «¿cómo han podido alzarse hacia el cielo?» Hasta en nuestra época, cuando los sabios no apoyan sus teorías sino sobre la observación y la experiencia, hay algunas tan fantásticas sobre el origen de los montes, que se asemejan bastante á las leyendas de los antiguos. Un libro moderno de respetable volumen intenta demostrarnos que la luz del sol que baña nuestro planeta ha tomado cuerpo y se ha condensado en mesetas y montañas alrededor de la tierra. Otro afirma que la atracción del sol y de la luna, no contenta con levantar dos veces al día las olas del mar, ha hecho hincharse también á la tierra, y ha alzado las ondas sólidas hasta la región de las nieves. Finalmente, otro hay que refiere cómo los cometas, extraviados por los cielos, han venido á chocar con nuestro globo, han agujereado su envoltura como piedras que atravesaran un carámbano y han hecho brotar las macizas montañas en largas hileras. Afortunadamente la tierra, siempre trabajando en nuevas creaciones, no cesa en su labor á nuestros ojos y nos enseña como hace cambiar poco á poco las rugosidades de su superficie. Se destruye, pero se reconstruye diariamente de un modo constante; nivela unas montañas para edificar otras, y abre valles para cegarlos otra vez. Al recorrer la superficie del globo y al examinar con cuidado los fenómenos de la naturaleza, se ven formar ribazos y montes lentamente en verdad, y no con súbito empujón, como quisieran los aficionados á lo milagroso. Se los ve nacer, ya directamente del seno de la tierra, sea indirectamente, digámoslo así, por la erosión de las mesetas, como surge poco á poco la escultura del pedazo de mármol. Cuando una masa insular ó continental, cuya altura llega á centenares ó millares de metros, recibe lluvias abundantes, van quedando sus vertientes gradualmente esculpidas en barrancos, cañadas y valles; la uniforme superficie de la meseta se recosta en cimas, aristas y pirámides; se ahueca en círculos, hoyas y precipicios; aparecen poco á poco sistemas de montañas donde existe el terreno liso en extensión enorme. Lo mismo acontece en aquellas regiones de la tierra donde la meseta, atacada únicamente en un lado por las lluvias, sólo forma montañas por esta vertiente: tal es, en España, la meseta de la Mancha que se hunde hacia Andalucía por las escarpaduras de Sierra Morena. Además de estas causas exteriores que convierten las mesetas en montañas, verifícanse también en lo interior de la tierra lentas transformaciones que ocasionan hundimientos enormes. Los hombres laboriosos que, martillo en mano, atraviesan las montañas durante años enteros para estudiar su estructura y su forma, observan en las nuevas hiladas de formación marítima que constituyen la parte no cristalina de los montes, gigantescos padrastros ó hendiduras de separación que se extienden por centenares de kilómetros de longitud. Masas de millares de metros de espesor han sido alzadas ó derribadas en esas caídas, de modo que su antigua superficie se ha convertido hoy en su plano inferior. Las hiladas, aplomándose en sucesivas caídas, han dejado descubierto el esqueleto de rocas cristalinas que cubrían como una capa; han revelado el núcleo de la montaña como una cortina súbitamente descorrida descubre un monumento oculto. Pero ni aun estos hundimientos tienen tanta importancia como las rugosidades en la historia de la tierra y en la de las montañas que forman sus asperezas exteriores. Sometidas á lentas presiones seculares, la roca, la arcilla, las capas de asperón, las venas de metal, todo se arruga lo mismo que una tela, y los pliegues que así nacen forman montes y valles. Semejante á la superficie del Océano, agítase en olas la de la tierra, pero son mucho más poderosas estas ondulaciones: son los Andes y el Himalaya que se yerguen sobre el nivel medio de la llanura. Las rocas de la tierra están sometidas incesantemente á estas impulsiones laterales que las hacen plegarse y desplegarse diversamente, y los cimientos están en continua fluctuación. Así se arruga el pellejo de las frutas. Las cimas que surgen directamente del suelo y suben de una manera gradual, desde el nivel del Océano hasta las alturas heladas de la atmósfera, son las montañas de lavas y cenizas volcánicas. En más de un sitio de la superficie terrestre se las puede estudiar con comodidad, alzándose, aumentando á la simple vista. Muy distintos de las montañas ordinarias, los verdaderos volcanes están perforados por una chimenea central, de la cual se escapan vapores ó fragmentos pulverizados de rocas incendiadas, pero cuando se apagan, la chimenea se cierra y las pendientes del cono volcánico, cuyo perfil pierde su primitiva regularidad bajo la influencia de las lluvias y de la vegetación, acaban por parecerse á las de los demás montes. Por otra parte, hay masas rojizas que al elevarse desde el seno de la tierra, sea en estado líquido, sea en estado pastoso, salen sencillamente de una ancha grieta del suelo y no las lanza un cráter, como las escorias del Vesubio y del Etna. Las lavas que se acumulan en cimas y se ramifican en promontorios, sólo difieren por su juventud de las montañas viejas que erizan en otras partes la superficie de la tierra. Lavas en otro tiempo candentes se enfrían poco á poco y se revisten de tierra vegetal: reciben el agua de la lluvia por sus intersticios y la devuelven en arroyos y ríos. Al fin y al cabo se cubren en su base de formaciones geológicas nuevas y se rodean, como las otras montañas, de hiladas de morrillos, de arena ó de arcilla. A la larga, la mirada del sabio puede únicamente reconocer que han brotado del seno de la tierra, de la gran hornaza, como una masa de metal en fusión. Entre los antiguos montes que forman parte de las sierras y de los sistemas que se llaman columnas vertebrales de los continentes, hay muchos que están compuestos de rocas semejantes á las lavas actuales y tienen igual composición química. Como estas lavas, el pórfido y otros minerales han salido de la tierra por hendiduras y se han esparcido por el suelo, semejantes á una materia viscosa que se coagulase pronto al contacto del aire; la mayor parte de las rocas graníticas parecen haberse formado del mismo modo. Son cristalinas como las lavas, y sus cristales tienen por elementos los mismos cuerpos simples, el silicio y el aluminio. Razonable es pensar que estos granitos han sido también masa pastosa y que sus surtidores incandescentes han brotado de grietas del terreno. De todos modos, éso es una hipótesis en discusión y no una verdad demostrada. Así como las lavas que brotan del suelo levantan á veces pedazos de terreno con sus bosques ó sus praderas, pensamos que del mismo modo la erupción de los granitos ú otras rocas semejantes ha sido la causa más frecuente del levantamiento de hiladas de diversas formaciones que constituyen la parte más considerable de las montañas. Estratos calcáreos, de arena, de arcilla, que aguas de mares ó lagos habían depositado antes en capas paralelas en el fondo de sus cauces y que se habían convertido así en la película exterior de la tierra, habrán sido plegadas y enderezadas por la masa que se elevaba desde las profundidades y que buscaba una salida. Aquí la ola creciente del granito había roto las hiladas superiores en islas y en islotes que, dislocados, hendidos, arrugados en caprichosos pliegos se han esparcido por las depresiones y los rebordes de la roca levantadora; allí, el granito habrá abierto en el suelo una sola grieta de salida, replegando á un lado y otro las hiladas exteriores, según diversos ángulos de inclinación; acullá, el granito, sin conseguir romperla, ha abollado las capas superiores. Éstas, bajo la presión que las movía, habrán cesado de ser llanuras para convertirse en colinas y montañas. Hasta las alturas formadas por estratos, pacíficamente depositados en el fondo del agua habrán podido elevarse en cimas, así como las protuberancias de lava; un pozo perforado á través de las capas superpuestas llegaría al núcleo de pórfido ó de granito. Admitiendo que la mayor parte de las montañas hayan aparecido como las lavas, todavía no ha descubierto el pensamiento la causa que ha hecho brotar del suelo todas esas materias en fusión. Ordinariamente se supone que han sido exprimidas, digámoslo así, por la contracción de la envoltura exterior del globo, que se enfría lentamente irradiando calor á los espacios. En otro tiempo era nuestro planeta una gota de metal ardiendo. Al rodar por las frialdades de los cielos, se ha ido coagulando poco á poco. ¿Pero se ha solidificado la película sola, según se repite frecuentemente, ó se ha endurecido la gota hasta el núcleo? No se sabe aún, porque nada prueba que las lavas de los volcanes broten de inmenso receptáculo que llene lo interior del globo. Únicamente sabemos que estas lavas se escapan á veces de las grietas del suelo y corren por la superficie. Lo mismo los granitos, los pórfidos y otras rocas semejantes habrán brotado de las rendijas de la corteza terrestre como se escapa la savia de la herida de un vegetal. La marea de piedras fundidas habrá subido desde el centro, bajo la presión de la envoltura planetaria, gradualmente comprimida por efecto de su propio enfriamiento. CAPÍTULO V #Los fósiles# Cualquiera que sea el origen primitivo de la montaña, conocemos á lo menos su historia desde una época muy anterior á los anales de nuestra humanidad. Apenas se han sucedido ciento cincuenta generaciones de hombres desde que verificaron nuestros antepasados los primeros actos cuyo testimonio haya llegado hasta nosotros. Antes de esta época, únicamente inciertos monumentos nos revelan la existencia de nuestra raza. La historia de la montaña inanimada, en cambio, está escrita en visibles caracteres hace millones de siglos. El hecho importante, el que chocó á nuestros progenitores desde la infancia de la civilización, y fué contado diariamente en sus leyendas, consiste en que las rocas, distribuidas en hiladas regulares, en capas superpuestas como las de un edificio, han sido colocadas por las aguas. Si nos paseamos á la orilla de un río; si en un día de lluvia miramos el arroyuelo temporal que se forma en las depresiones del suelo, veremos á la corriente apoderarse de las guijas, de los granos de arena, del polvo y de todos los residuos esparcidos, para distribuirlos ordenadamente en el fondo y en las orillas del cauce; los fragmentos más pesados se depositarán en capas en los sitios donde el agua pierde la rapidez de su primer impulso; las moléculas más ligeras irán más lejos á extenderse en estratos en la superficie lisa; finalmente, las tenues arcillas, cuyo peso apenas excede al del agua, se amontonarán donde se detenga el movimiento torrencial de ésta. En las playas y en las cuencas de lagos y mares, las hiladas de residuos sucesivamente depositados guardan mayor regularidad, porque las aguas no tienen el ímpetu de las ondas fluviales y todo cuanto recibe su superficie se tamiza á través de la profundidad de sus aguas; y allí permanece, sin que nada turbe la acción igual de las olas y las corrientes. Así es como se divide el trabajo en la gran naturaleza. En las costas peñascosas del Océano combatidas por las olas de la alta mar, se ven cantos y guijarros amontonados. En otras partes se extienden hasta donde alcanza la vista playas de arena fina, en las cuales las ondas de la marea se desarrollan en espumosas volutas. Los buzos que estudian el fondo del mar nos dicen que en vastos espacios, grandes como provincias, los despojos arrancados por los instrumentos se componen siempre de un cieno uniforme con diversas mezclas de arcilla ó de arena, según los parajes. También han comprobado que en otros sitios del mar la roca formada en el fondo del lecho marítimo es creta pura. Conchas, espiguillas de esponjas, animalillos de todas clases, organismos inferiores, silíceos ó calcáreos, caen en lluvia incesante desde las aguas de la superficie y se mezclan con los innumerables seres que se acumulan, viven y mueren en el fondo, en muchedumbres que bastan para construir hiladas tan grandes como las de nuestras montañas. Por otra parte, éstas están formadas con residuos del mismo género. En un porvenir desconocido, cuando los actuales abismos del Océano se extiendan como llanuras ó se yergan en cimas ante la luz del sol, nuestros descendientes verán terrenos geológicos semejantes á los que hoy contemplamos, y que quizás hayan desaparecido, hechos añicos por las aguas fluviales. Durante la serie de las edades, las hiladas de formaciones marítimas ó lacustres que componen la mayor parte de nuestra montaña han llegado á ocupar á gran altura sobre el nivel del mar su posición inclinada y contorneada en arrugas caprichosas. Ya hayan sido levantadas por una presión procedente de abajo, ya se haya bajado el Océano á consecuencia del enfriamiento y la contracción de la tierra ó por otra causa, y haya dejado de ese modo capas de asperón y de caliza en los antiguos fondos convertidos en continente, el caso es que las hiladas allí están y podemos estudiar cómodamente los restos que muchas de ellas han sacado del mundo submarino. Estos restos son los fósiles, despojos de plantas y animales conservados en la roca. Verdad es que las moléculas que constituían el esqueleto animal ó vegetal de aquellos cuerpos han desaparecido, así como los tejidos de la carne y las gotas de savia ó de sangre, pero todo ha sido sustituído por granos de piedra que han conservado la forma y hasta el color del ser destruido. En el espesor de las piedras están las conchas de los moluscos y discos, bolas, espinas, cilindros y varillas silíceos ó calcáreos de las foraminíferas y las diatomas que se encuentran en más asombrosas muchedumbres; pero también hay formas que sustituyen exactamente á las carnes blandas de aquellos seres organizados; vénse esqueletos de peces con sus aletas y sus escamas: élitros de insectos, ramillas y hojas; hasta huellas de pasos hay, y en la dura roca que fué en otro tiempo arena incierta de las playas, se encuentra la impresión de las gotas de lluvia y la red de los surcos trazados por las olas de la orilla. Los fósiles, muy raros en ciertas rocas de formación marítima, numerosos en cambio en otros, y que constituyen casi toda la masa de los mármoles y las cretas, sirven para conocer la edad relativa de las hiladas que se han ido depositando durante la serie de los tiempos. En efecto, todas las capas fosilíferas no han sido derribadas y mezcladas caprichosamente por las roturas y los desmoronamientos; han conservado en su mayor parte su regular superposición, de modo que pueda observarse y recogerse los fósiles en su orden de aparición. Donde las hiladas, todavía en su estado normal, conservan la posición que tenían en otro tiempo, después de haber sido depositadas por las aguas marinas ó lacustres, la concha descubierta en la capa superior es ciertamente más moderna que en las inferiores. Centenares y millares de años, representados por las innumerables moléculas intermedias del asperón ó de la creta, han separado ambas existencias. Si las mismas especies de plantas y de animales hubieran existido siempre en la tierra desde que estos organismos vivientes aparecieron por primera vez en la corteza enfriada de la tierra, no se podría calcular la edad relativa de las capas terrestres separadas una de otra; pero se han sucedido diferentes seres según las edades, sucediéndose también por lo tanto en las hiladas superpuestas. Ciertas formas que vemos con gran abundancia en el seno de las rocas estratificadas más antiguas, van siendo más raras en las de origen más reciente, y acaban por desaparecer absolutamente. Las especies nuevas que siguen á las primeras tienen también, como cada sér en particular, su periodo de renacimiento, de propagación, de decadencia y de muerte; podría compararse cada especie de fósil vegetal ó animal á gigantesco árbol, cuyas raíces se hunden en los terrenos inferiores de formación antigua, y cuyo tronco se ramifica y se pierde en las capas altas de origen más moderno. Los geólogos que en diversos países del mundo pasan el tiempo examinando las rocas y estudiándolas molécula por molécula para descubrir en ellas vestigios de seres que vivieron, han podido reconocer (gracias al orden de sucesión de los fósiles de todas especies) en los restos encerrados la edad relativa de las diferentes hiladas de la tierra depositadas por las aguas. En cuanto fueron bastante numerosas las observaciones comparadas, llegó hasta á ser fácil frecuentemente decir, con sólo ver un fósil, á qué época de las edades terrestres pertenece la roca en que se encontró. ¿Cualquier piedra caliza, de esquisto ó de asperón ofrece clara huella de concha ó de planta? Pues basta á veces con eso. El naturalista, sin temor á equivocarse, declara que la piedra que conserva esa impulsión pertenece á tal ó á cual serie de rocas y debe ser clasificada en tal ó cual época de la historia del planeta. Estos fósiles reveladores que en forma de seres vivientes se agitaban hace millones de años en el légamo de los abismos oceánicos, se encuentran hoy á todas las alturas en las hiladas de las montañas. Se los ve en la mayor parte de las cimas pirenaicas; forman alpes enteros; se los encuentra en el Cáucaso y las cordilleras, y si el hombre pudiera subir hasta las cumbres del Himalaya, también allí los hallaría. Hay más; estas capas fosilíferas que pasan hoy de la zona media de las nubes, alcanzaban en otro tiempo alturas más considerables. En muchos sitios, en vertientes de montañas, se comprueba que existen interrupciones frecuentes en las hiladas de rocas. Acá y allá encuentra tal vez el geólogo en las cañadas algunos trozos de estos terrenos, pero las capas continuas no se reanudan hasta mucho más lejos, en la vertiente opuesta. ¿Qué ha sido de los fragmentos intermedios? Existieron, porque, aun al quebrarlos, la masa granítica que subía desde lo interior, sólo ha podido henderlos; pero las hiladas hendidas continuaban sobre la resbaladiza cumbre. CAPÍTULO VI #La destrucción de las cimas# Y, sin embargo, aquellas masas enormes, montes apilados sobre montes, han pasado como nubes barridas del cielo por el viento; hiladas de tres, cuatro y cinco kilómetros de espesor, cuya existencia nos revela el corte geológico de las rocas, han desaparecido para entrar en el circuito de una nueva creación. Verdad es que la montaña todavía nos parece formidable y contemplamos con admiración parecida al espanto sus soberbios picos que atraviesan las nubes en el aire glacial del espacio. Son tan altas estas pirámides nevadas, que nos ocultan la mitad del cielo. Desde abajo, sus precipicios, que la mirada intenta en balde medir, nos causan vértigos. Y, sin embargo, todo ello no es más que una ruina, un simple residuo. En otro tiempo, las capas de caliza, pizarra y asperón que se apoyan en la base de la montaña y se yerguen acá y acullá en cimas secundarias, se unían por encima del remate granítico en capas uniformes; sumaban su espesor enorme á la elevación ya altísima del pico superior. Doble era la altura de la montaña; llegaba entonces su vértice á aquella región en que está tan enrarecida la atmósfera, que ni aun puedo sostenerse en ella el ala del águila. No es ya la mirada, sino la imaginación la que se espanta al pensar en lo que la montaña era entonces y en lo que le han robado nieves, hielos, lluvias y tormentas durante la serie de los tiempos. ¡Qué infinita historia, qué innumerables vicisitudes en la sucesión de las plantas, de los animales y de los hombres, desde que los montes cambiaron de forma y perdieron la mitad de su elevación! Este prodigioso trabajo de escombrado no ha podido llevarse á cabo sin dejar en muchos sitios rastros irrecusables. Los restos que han resbalado desde lo alto de las cimas con las nieves, que han sido empujadas por el hielo, triturados, desmenuzados, arrastrados en pedruscos, guijarros y arenas por el agua, no han vuelto todos al mar, del cual habían salido en periodo anterior: enormes montones quedan aún en el espacio que separa las atrevidas pendientes de la montaña y las tierras bajas ribereñas del Océano. En esta zona intermedia donde las colinas se extienden en largas ondulaciones como las olas en el mar, el suelo está enteramente compuesto de cantos rodados y piedras amontonadas. Todo eso son los restos de la montaña que las aguas han reducido á fragmentos menudos, transportándolos y vertiéndolos en enormes aluviones á la salida de los grandes valles. Los torrentes bajados de las alturas revuelven á su gusto las mesetas de residuos y hacen que sus taludes se desmoronen en el surco que han abierto. En las pendientes del foso profundo donde serpentean las aguas, se distinguen, en aparente desorden, las diversas rocas que han servido de materiales al gran edificio de la montaña. Ahí están los peñascos de granito y los fragmentos de pórfido; allí los esquistos de aguda arista medio hundidos en la arena; más allá, pedazos de cuarzo y asperón, guijarros calizos, trozos de mineral, cristales achatados. También hay fósiles de diferentes épocas, y en los espacios en que las aguas se han arremolinado mucho tiempo, se han parado esqueletos de animales flotantes. Allí se han descubierto á millares las osamentas del hiparión, del uro, del alce, del rinoceronte, del mastodonte, del mamut y de otros grandes mamíferos que recorrían en lejanos tiempos nuestros campos, y hoy han desaparecido, dejando al hombre el imperio del mundo. Los torrentes que trajeron tales restos, se los llevan pedazo por pedazo, reduciéndolos á polvo. Esqueletos y fósiles, arcillas y arenas, peñascos de esquisto, asperón y pórfido, todo se desmorona poco á poco, todo emprende el camino del mar; el inmenso trabajo de denudación que se verificó con la gran montaña, empieza de nuevo en menor proporción con los montones de escombros. Ahuecados por el agua, disminuyen gradualmente de altura, se parten en colinas diferentes. No obstante, aun aminorada por el trabajo de los siglos, derruida y arruinada, la meseta que se extiende en la base de la montaña bastaría para acrecentar en algunos millares de metros la cumbre superior, si adquiriera nuevamente su primera posición en las hiladas de rocas. Una antigua oración de los indios dice: «Lamiendo los montes es como ha formado los campos la roca celestial, es decir, la lluvia del cielo.» Ante nuestros propios ojos continúa el trabajo de denudación de las rocas con asombrosa actividad. Hay montañas compuestas de materiales poco coherentes que vemos fundirse y disolverse, digámoslo así. Abrense alfoces en las laderas del monte y brechas en medio de la cresta; surcada por los aludes y por las aguas tempestuosa la gran masa, antes una y solitaria, se divide poco á poco en dos cimas distintas, que parecen alejarse una de otra á medida que se ahonda más el abismo que las separa. Especialmente en primavera, cuando el suelo está empapado en las nieves fundentes, los desmoronamientos, los montones, las erosiones alcanzan proporciones tales, que toda la montaña parece que se derrumba y emprenda el camino de la llanura. Un día de calor húmedo y suave, me había metido en un alfoz de la montaña para ver otra vez las nieves antes de que se las llevaran las aguas primaverales. Seguían obstruyendo el fondo de la quebrada, pero en muchos sitios estaban desconocidas porque las cubrían restos negruzcos, mezclados con lodo. Las rocas pizarrosas que dominaban el alfoz parecían convertidas en una especie de pasta y se derrumbaban en anchas hojas. El negro fondo que se filtraba por las paredes del desfiladero se hundía con sordo chapoteo en la nieve medio líquida. Por todas partes veía cataratas de nieve sucia y de restos, y me preguntaba con cierto espanto instintivo si, hendiéndose las rocas como la misma nieve, se irían á unir por encima del valle en una sola masa viscosa, derramándose á lo lejos por el campo. El torrente, que columbraba yo en algunos sitios, por los pozos en cuyos fondos se habían abismado las capas superiores de la nieve, perecía transformado en un río de tinta por los despojos que cubrían sus aguas; era aquello una enorme masa de fango en movimiento. En lugar del sonido claro y alegre que solíamos oir, el torrente lanzaba continuo mujido, el de los escombros que chocaban unos con otros y rodaban por su lecho. En la primavera, en la época anual de la renovación terrestre, es cuando ve uno como se verifica esa prodigiosa labor destructora. Además, inmenso é invisible trabajo se produce en la misma piedra. Todos los cambios causados por los meteoros no son más que modificaciones exteriores; las transformaciones íntimas que se verifican dentro de las moléculas de la roca tienen, por lo menos, resultados de igual importancia. Mientras la montaña cambia sin cesar de apariencia por fuera, toma interiormente una estructura nueva, y las mismas hiladas modifican su composición. Tomado en su conjunto, el monte es un inmenso laboratorio natural, donde trabajan todas las fuerzas físicas y químicas, sirviéndose para su tarea de un agente soberano que no está á disposición del hombre: el tiempo. Por lo pronto, el enorme peso de la montaña, igual á centenares de millares de toneladas, gravita tan poderosamente sobre las rocas inferiores, que da á muchas de ellas aspecto bien distinto del que tuvieran al salir del mar. Poco á poco, bajo la formidable presión, las pizarras y otras formaciones esquistosas se disponen en hojas. Durante los millares y millares de siglos que transcurren, las moléculas comprimidas se adelgazan en hojillas que pueden separarse fácilmente después, cuando tras alguna revolución geológica, vuelve á ser llevada la roca á la superficie. La acción del calor terrestre, que hasta cierta distancia por lo menos, crece con la profundidad, contribuye también á cambiar la estructura de las rocas. Así es como se convirtieron las calizas en mármoles. Pero no sólo se acercan, se separan y se agrupan diversamente las moléculas de las rocas, según las condiciones físicas en que se encuentran durante el curso de los siglos, sino que también cambia la composición de las piedras en una carrera continua, un viaje incesante de los cuerpos que mudan de sitio, se mezclan y se persiguen. El agua que penetra por todas las rendijas en el espesor de la montaña y la que sube en vapor desde los abismos profundos, sirven de principal vehículo á esos elementos que se atraen y se rechazan después, arrastrados por el gran torbellino de la vida geológica. Un cristal echa á otro cristal en las hendiduras de la montaña; el hierro, el cobre, la plata y el oro sustituyen á la arcilla ó á la cal. La roca mate adquiere el irisado de las muchas substancias que penetran en ella. Por el cambio de lugar del carbono, del azufre y del fósforo, conviértese la cal en marga, dolomita y en espejuelo cristalino; á consecuencia de esas combinaciones la roca se hincha ó se encoge, y lentas revoluciones se verifican en el seno de la montaña. Pronto la piedra, comprimida en espacio harto estrecho, levanta y separa las hiladas superiores, hace caer enormes lienzos, y con lentos esfuerzos, cuyos resultados son iguales á los de poderosa explosión, agrupa de nueva manera las rocas de la montaña. Ora se contrae la piedra, ora se hiende, ya se abre en grutas, ya en galerías, ya se verifican grandes hundimientos, modificando así la apariencia y exterioridad del monte. A cada modificación íntima en la composición de la roca, corresponde un cambio en el relieve. La montaña reune en sí todas las revoluciones geológicas. Ha crecido durante millares de siglos, ha decrecido, durante igual tiempo, y en sus hiladas se suceden sin término todos los fenómenos de crecimiento y decrecimiento, de formación y destrucción, que se verifican en la tierra en proporción mayor. La historia de la montaña es la del planeta; destrucción incesante, inacabable renovación. Cada roca resume un periodo geológico. En esa montaña de tan agraciado perfil, que surge de la tierra con tan nobles actitudes, creeríamos ver la obra de un día, tanto es la unidad del conjunto, y tanto es lo que concurren los pormenores á la armonía general. Y sin embargo, esta montaña ha sido esculpida durante un millón de siglos. Ahí, antiguo granito relata las viejísimas edades en que aún no había cubierto la escoria terrestre la fibra vegetal. La egnesia que se formó quizás en la época en que aún no habían nacido animales ni plantas, nos dice que, cuando el Océano la dejó en sus orillas, ya habían sido demolidas por las olas algunas montañas. La placa de pizarra que conserva los huesos de un animal, ó solamente una ligera huella, nos cuenta la historia de las innumerables generaciones que se han sucedido sobre la tierra en la incesante batalla de la vida: los rastros de huella nos hablan de aquellos bosques inmensos, representados después de su muerte por ligeras capas de carbón; el acantilado calizo, amontonamiento de animales revelados por el microscopio, nos hace asistir al trabajo de las multitudes de organismos que pululaban en el fondo de los mares; los residuos de todas clases nos recuerdan las aguas pluviales, las nieves, los ventisqueros, los torrentes, limpiando los montes como lo hacen hoy y cambiando de siglo en siglo el teatro de su actividad. Al pensar en todas esas revoluciones, en esas transformaciones incesantes, en esa serie continua de fenómenos que se producen en la montaña, en el papel que representa en la vida general de la tierra y en la historia de la humanidad se comprende á los primeros poetas que, con la base del Pamir ó del Bolor, contaron los mitos de donde se han derivado todos los restantes. Dícennos que la montaña es una creadora; vierte en las llanuras las aguas fertilizadoras y les envía el légamo alimenticio; con la ayuda del sol, da nacimiento á plantas, animales y hombres; da flores al desierto y lo siembra de ciudades felices. Según antigua leyenda helénica, el que hizo surgir los montes y modeló la tierra fué Eros, el dios eternamente joven, el primogénito del caos, la naturaleza renovada sin cesar, el dios del amor eterno. CAPÍTULO VII #Los desprendimientos# No se transforma únicamente la montaña en llanura por las erosiones que le hacen sufrir lluvias, heladas, nieves resbaladizas y aludes; también considerables fragmentos se desgarran violentamente para hundirse de pronto. Es frecuente semejante catástrofe en las partes del monte donde los estratos, enderezados ó inclinados, están muy separados unos de otros por materias de diferente naturaleza que el agua puede ablandar ó disolver. Si estas substancias intermedias llegan á desaparecer, las hiladas, desprovistas de apoyo, se derrumbarán en el valle tarde ó temprano. Al lado de los grandes tajos, forman, después de caídos estos restos, un cerro, un montecillo ó hasta una montaña secundaria. Una cima elevada, á la cual gustaba yo de trepar por su aislamiento y la altiva belleza de sus aristas, me había parecido siempre (como la cumbre principal) una roca independiente, sujeta por sus profundos cimientos á la tierra subyacente, y no era, sin embargo, más que un desprendimiento de la montaña vecina. Lo conocí un día en la posición de las capas y en el aspecto de los planos de fractura visibles aún en las dos paredes correspondientes. La masa derrumbada que llevaba consigo aldeas, campos, bosques y pastos, no había hecho, después de la rotura, más que girar sobre su base y dar vuelta sobre si misma. Una de sus caras estaba hundida en el suelo, y por el otro lado se había desarraigado en parte. Al caer había cerrado la salida de un valle, y el torrente, que en otro tiempo corría pacíficamente por su fondo, había tenido que transformarse en lago para cegar la hoya en que estaba encerrado y de donde vuelve á bajar hoy en corrientes y cascadas sucesivas. Sin duda ocurrieron estos cambios antes de estar habitado el país, porque la tradición no ha conservado el acontecimiento. El geólogo es quien cuenta al aldeano la historia de su propia montaña. Cuanto á los desmoronamientos de menor importancia, á esas caídas de rocas que, sin transformar aparentemente el aspecto de la comarca, no dejan de destruir los pastos, ni de aplastar á los pueblos con sus habitantes, no necesitan los montañeses que se los describan; desgraciadamente, hartas veces han presenciado tan terribles sucesos. Generalmente lo suelen conocer por anticipado. El impulso interior de la montaña que trabaja, hace vibrar incesantemente á las piedras en toda la pared; guijarros medio arrancados se separan primeramente y ruedan saltando á lo largo de las pendientes; masas de mayor peso, arrastradas á su vez, siguen á las piedras, dibujando como ellas poderosas curvas en los espacios; después les toca á lienzos enteros de roca; todo lo que debe derrumbarse rompe los lazos que lo unían al sistema interior de la montaña, y de pronto espantoso granizo de peñascos cae sobre la llanura estremecida. El estrépito es inenarrable; parece la lucha de cien huracanes. Hasta en mitad del día, los trozos de roca, mezclados con polvo, tierra vegetal y fragmentos de plantas, obscurecen completamente el cielo. Y á veces, siniestros relámpagos producidos por peñascos que dan unos contra otros, brotan de la tiniebla. Después de la tempestad, cuando la montaña no desprende ya sobre la llanura rocas quebradas, cuando la atmósfera ha aclarado otra vez, los habitantes de los campos respetados se acercan á contemplar el desastre. Casas y jardines, cercados y pastos han desaparecido bajo el horroroso caos de piedras: allí duermen también el sueño eterno amigos y parientes. Unos montañeses me contaron que, en su valle, una aldea destruída dos veces por esos aludes de piedras, ha sido edificada por tercera vez en el mismo sitio. Los habitantes habrían querido huir de allí y elegir ancho valle para su morada; pero ningún pueblo vecino quiso acogerlos ni cederlos tierras; han tenido que permanecer bajo la amenaza de las rocas suspendidas. Todas las noches algunas campanadas les recuerdan los pasados terrores y les advierten la suerte que quizá les cabrá durante la noche. Muchas rocas desplomadas que se ven en medio de los campos tienen leyendas terribles; otras hay cuya presa se les escapó. Uno de esos enormes peñascos, inclinado, y con la base arraigada por todas partes en el suelo, se yergue junto al camino. Al admirar sus soberbias proporciones, su potente masa, la finura de su grano, experimentaba yo cierto espanto. Una veredilla que se apartaba del camino, iba derecha hasta el pie de una piedra formidable. Allí cerca estaban amontonados restos de vajilla y de carbón; la valla de un jardín se paraba bruscamente en la roca, y acirates de legumbres, medio invadidos por la hierba, rodeaban un lado de la enorme masa. ¿Quién había escogido tan caprichoso lugar para establecer allí un jardín y para abandonarlo luego? Poco á poco fuí comprendiéndolo. El sendero, la pila de carbón, el jardín habían pertenecido á una casuca aplastada entonces bajo la roca. Supe más tarde que durante la noche del derrumbamiento dormía un hombre solo en aquella casa; despertóle sobresaltadamente el estrépito del peñasco, bajando de punta en punta por la montaña, y salió escapado por la ventana para buscar abrigo detrás del ribazo del torrente; apenas había dejado su habitación, cuando el enorme proyectil se desplomaba sobre la cabaña y la hundía algunos metros en el terreno, bajo su peso. Desde su afortunada fuga, reconstruyó el hombre su choza, cobijándola confiadamente en la base de otra roca desprendida del muro formidable. En más de un valle hay hacinamientos de piedras, las cuales forman desfiladeros por donde difícilmente se abren paso senderos y torrentes. Nada más curioso que el desorden de esas masas mezcladas en laberinto sin fin. Arriba, en la ladera del monte, se conoce todavía, por el color y forma de las rocas, el lugar donde se produjo el desprendimiento; pero resulta inexplicable que un espacio de tan corta dimensión aparente haya podido vomitar en el valle semejante diluvio de piedras. En medio de esos caprichosos y formidables peñascos, al viajero se le antoja aquello un mundo extraño, en nada semejante al planeta que conocemos, á la superficie lisa ó regularmente sinuosa. Alzanse aquí y allá rocas semejantes á fantásticos monumentos, que figuran torres, obeliscos, pórticos almenados, fustes de columnas, tumbas erigidas ó derribadas. Puentes de una sola pieza ocultan el torrente; vénse abismarse y desaparecer las aguas bajo el enorme arco y hasta su ruido deja de oirse. Entre los monstruosos edificios aparecen formas gigantescas, como las de los animales fósiles, cuyas osamentas dislocadas se hallan algunas veces en las capas terrestres. Megaterios, mastodontes, tortugas gigantescas, cocodrilos alados, todos esos seres quiméricos se hacinan en el caos espantoso. Hay millares de piedras amontonadas en el desfiladero, y cualquiera de ellas podría servir de cantera y bastar para la construcción de pueblos enteros. Esos conjuntos caóticos, que miro con tanta admiración, y en cuya entraña penetro no sin titubear, son poca cosa comparados con algunas montañas derrumbadas, cuyos restos cubren distritos de gran extensión. Hay masas montañosas cuyos vértices se componen de compacta y pesada roca que descansan sobre capas fáciles de desmenuzar por las aguas. En semejantes masas, las caídas de piedras son un fenómeno normal, como los aludes y la lluvia, y siempre debe mirarse á la cima por si se prepara el desprendimiento. En una región no muy lejana, llamada el país de las ruinas, hay dos montañas que, según cuentan los habitantes, combatieron en otro tiempo una contra otra. Ambos gigantes de piedra, animados por un soplo vital, se armaron con sus propias rocas para destrozarse y demolerse mutuamente. No lo consiguieron, porque aún siguen en pie, pero es fácil de imaginar el prodigioso hacinamiento de peñas que, desde aquel combate, cubren á lo lejos las llanuras. A veces el hombre, á pesar de su debilidad, ha querido imitar á la montaña, con el único fin de aplastar al prójimo. Especialmente en los desfiladeros, en los sitios en que al estrecho alfoz dominan tajos escarpados, era donde se reunían los montañeses para hacer rodar los peñascos sobre las cabezas de sus enemigos. De esa manera, ocultos los vascongados detrás de las malezas en las pendientes de las montañas de Altabiscar, esperaban al ejército francés del paladín Roldán, que debía penetrar en el estrecho paso de Roncesvalles. Cuando las columnas de soldados extranjeros, semejantes á larga serpiente que se escurre por una rendija, llenaron el desfiladero, oyóse un grito y desplomóse un diluvio de peñascos sobre la muchedumbre que pasaba por debajo. El arroyo del valle se aumentó con la sangre que salía de las aplastadas carnes, como el vino del lagar, y arrastró humanos cuerpos y miembros triturados como arrastraba los guijarros en tiempo de tormenta. Perecieron todos los guerreros francos, confundidos unos con otros en sangrienta masa. Todavía se enseña al pie del Altabiscar el sitio en que murió el paladín Roldán con sus compañeros, pero las piedras que aplastaron á su ejército tiempo ha que están cubiertas bajo una alfombra de brezos y de juncos. El resultado de nuestra diminuta labor humana, es poca cosa comparado con los desprendimientos naturales producidos por la acción de los meteoros ó á consecuencia del impulso interior del monte. Aun pasados largos siglos, los grandes aludes de piedras ofrecen tan revuelto aspecto, que dejan en el espíritu una impresión de horror y de espanto. Pero cuando la naturaleza ha acabado por separar el desastre, los sitios más agradables de la montaña son precisamente aquellos en que lo escarpado se ha sacudido para llenar de rocas su base. Durante el curso de los siglos trabajaron las aguas, llevando arcilla y leve arena para reconstituir su cauce y formar en las cercanías una capa de tierra vegetal; los torrentes han limpiado poco á poco su lecho, royendo ó separando las piedras que les molestaban; el monstruoso pavimento formado por las rocas más pequeñas se ha cubierto de hierbas, convirtiéndose en pasto montuoso, erizado de puntas; los grandes peñascos se han vestido de musgo y se agrupan acá y allá en pintorescos collados; grupos de árboles crecen al lado de cada reborde roquizo y siembran de encantadoras manchas de verdura el grato paisaje. Como el rostro del hombre, cambia de expresión la faz de la naturaleza; á la mueca ha sucedido la sonrisa. CAPÍTULO VIII #Las nubes# Comparada con el tamaño del globo, la montaña, por alta que parezca, es una simple arruga, menos gruesa en proporción, que una verruga en el cuerpo de un elefante: es un punto, un grano de arena. Y sin embargo, ese relieve, tan mínimo en relación con el gran planeta, baña sus laderas y su crestería en regiones aéreas muy distintas de las que en la llanura sirven de residencia á los pueblos. El peatón que en el transcurso de algunas horas sube desde la base del monte hasta las peñas de la cima, hace en realidad un viaje más grande, más fecundo en contrastes que si empleara años en dar la vuelta al mundo, á través de los mares y de las regiones bajas de los continentes. Gravita el aire en pesada masa sobre el Océano y las comarcas que tienen poca altura sobre el nivel del mar, y en las alturas se enrarece y adquiere cada vez mayor ligereza. Centenares y millares de montes elevan en la tierra sus cumbres á una atmósfera cuyas moléculas están dos veces más separadas que las del aire en llanuras inferiores. Cambian allí arriba los fenómenos de la luz, del calor, del clima y de la vegetación; el aire más enrarecido deja pasar más fácilmente los rayos calóricos, ya desciendan del sol, ya suban desde la tierra. Cuando brilla el astro en su cielo claro, elévase rápidamente la temperatura en las pendientes superiores. Pero en cuanto desaparecen, se enfría en seguida la montaña; pierde velozmente con la radiación el calor que había recibido. Por eso reina el frió casi siempre en las alturas; en nuestras montañas, hace por término medio un grado más de frió por cada espacio vertical de doscientos metros. A los que habitamos en ciudades, estamos condenados á sucia atmósfera, recibimos en los pulmones aire ponzoñoso, respirado ya por otros muchos pechos, lo que más nos asombra y nos regocija, cuando recorremos las altas cimas, es la maravillosa pureza del aire. Respiramos alegremente, bebemos el hálito que pasa, nos embriagamos con él. Nos parece la ambrosía de la cual hablan las mitologías antiguas. Extiéndese á nuestros pies, en la llanura, allá lejos, muy lejos, un espacio brumoso y sucio donde nada puede distinguir la mirada: aquella es la gran ciudad. Y pensamos con repugnancia en los años que hemos tenido que vivir bajo aquella nube de humo, de polvo y de alientos impuros. ¡Qué contraste entre esa apariencia de la llanura y el aspecto de la montaña, cuando su cumbre está libre de vapores, y podemos contemplarla en lontananza á través de la pesada atmósfera que gravita sobre las tierras bajas! Hermoso es el espectáculo, sobre todo cuando la lluvia ha arrojado al suelo el polvo flotante y el aire está, digámoslo así, rejuvenecido. El perfil de rocas y nieves resalta con limpidez en el cielo azul; á pesar de la distancia enorme, el monte, azulado también como las profundidades aéreas, se dibuja con todos sus relieves de aristas y promontorios; distinguimos los valles, las quebradas, los precipicios; á veces, al ver un punto negro que se mueve lentamente en la nieve, hasta podemos, con auxilio de un catalejo, conocer á un amigo que trepa á la cima. Después del ocaso, la pirámide aparece con una belleza espléndida y purísima á un tiempo. El resto de la tierra está en la sombra, el crepúsculo gris vela los horizontes del llano; la tiniebla ennegrece ya la entrada de los alfoces, pero arriba todo es alegría y luz; las nieves, contempladas por el sol, reflejan todavía sus sonrosados rayos; deslumbran, y parece tanto más viva la claridad cuanto que sube poco á poco la sombra, invadiendo sucesivamente las pendientes, cubriéndolas como con un paño negro. Finalmente, sólo el vértice es bastante alto para ver el sol, dominando la curva de la tierra; se ilumina como con una chispa: parece uno de esos prodigiosos diamantes que, según las leyendas del Indostán, fulguraban en la cumbre de las montañas divinas. Súbitamente desapareció la llama; desvanecióse en el espacio. Pero no dejéis de mirar; al reflejo del sol sucede el de los purpúreos vapores del horizonte. Ilumínase de nuevo la montaña, pero con más suave brillar. Parece que no existe la roca dura bajo su vestidura de rayos: sólo queda un espejismo; una luz aérea: parece que el soberbio monte se desprendió de la tierra y flota en la pureza del cielo. Así contribuye el enrarecimiento del aire en las altas regiones á la belleza de las cimas, impidiendo á la suciedad de la atmósfera baja llegar hasta las cumbres, pero también obliga á los invisibles vapores salidos del mar y las llanuras á condensarse y á engancharse como nubes en las laderas de la montaña. Generalmente, el vapor de agua suspendido en las capas inferiores del aire no se encuentra en cantidad bastante considerable para convertirse en nube y caer trocada en lluvia: la atmósfera en que flota la sostiene en estado de gas invisible. Pero en cuanto la capa de aire suba al cielo, llevando consigo el vapor, se enfriará gradualmente, y pronto se revelará el agua, condensada en moléculas distintas. Parece al principio nubecilla casi imperceptible, un copo blanco en el cielo azul, pero luego á este copo se añaden otros, y constituyen un velo cuyos desgarrones permiten á la mirada que penetre en las profundidades del espacio, y por fin se presentan como espesa masa, arrollándose en cilindros ó hacinándose en pirámides. Algunas de estas nubes se yerguen en el horizonte bajo la forma de verdaderas montañas. Sus crestas y sus cúpulas, sus nieves y sus hielos resplandecientes, sus sombríos barrancos, sus precipicios dibujan todo su relieve con perfecta limpieza. Lo que hay es que los montes de vapor son flotantes y fugitivos; formólos una corriente de aire, y otra corriente puede destrozarlos y disolverlos. Apenas duran algunas horas, cuando los montes de piedra duran millones de años; pero en realidad la diferencia no es grande. Con relación á la vida del globo, nubes y montañas son fenómenos de un día. Minutos y siglos se confunden, cuando se han sumergido en el abismo de los tiempos. Las nubes gustan de amontonarse alrededor de las rocas que se alzan al descubierto: á unas las atrae hacia la roca una electricidad contraria á la suya; otras, impulsadas en el espacio por el viento, van á chocar contra la pendiente del monte, barrera enorme colocada como para impedirles el paso; otras, invisibles en el aire tibio, aparecen al contacto de la piedra fría ó de la nieve. La montaña condensa el vapor y lo exprime del aire. Muchas veces, contemplando un pico ó un promontorio saliente, he visto las nubecillas nacientes hacinarse en torno á la helada punta. Elévase una humareda semejante á la que brota de un cráter; pronto envuelve todos los salientes y el monte acaba por coronarse con un turbante dé nubes tejido por él mismo en el aire transparente. Parece que invisibles manos trabajan en la formación de las tempestades y en la caída de las lluvias. Cuando los habitantes del llano ven á la montaña desaparecer bajo un montón de nubes, presumen, al observar el tocado del gigante, la fiesta que se les prepara. Cuando chocan en el vértice dos corrientes de aire, ardiente una y fría otra, la nube súbitamente formada se endereza y se arremolina en el cielo: la montaña es un volcán, y el vapor se escapa incesantemente de ella con una especie de furor para ir á replegarse en la lontananza celeste, formando inmensa curva. Nubes desprendidas se esparcen libremente por el espacio, se juntan, se desgarran ó se deshilachan en el viento, se ensanchan y vuelan ó suben hasta la atmósfera superior, muy por encima de las más elevadas cumbres terrestres. La diversidad de sus formas es mucho mayor que la de las nubes que ciñen los picos de la montaña, á pesar de que éstos presentan asimismo gran movilidad en sus aspectos. Ora son nubes aisladas á las que la corriente de aire frío hace cambiar de sitio; y entonces se las ve serpentear por los barrancos ó andar á lo largo de las aristas desgarrándose en las rocas agudas; ora son nubes grandes que tapan de una vez toda una pendiente, mientras á través de su masa espesa que aumenta ó disminuye, viaja ó se rompe, se ve de cuando en cuando una cima conocida, tanto más soberbia en apariencia, cuanto que parece vivir y moverse entre los vapores giratorios. Otras veces, las brumas aéreas, superpuestas y de diferente temperatura, aparecen perfectamente horizontales y distintas, como estratos geológicos, y dan análoga forma á los nubarrones que nacen de ellas, disponiéndolas en fajas regulares y paralelas que ocultan bosques y pastos, nieves y rocas, ó la velan á medias, como una gasa transparente. Otras veces, la pesada masa de las nubes borra las cimas, las pendientes superiores, toda la alta montaña, como si el cielo ceniciento ú obscuro descendiera hasta la tierra: el monte se aleja y se aproxima según el juego de los vapores que se adelgazan y se espesan. De pronto, todo desaparece desde la base hasta el vértice; la montaña se ha perdido enteramente entre las brumas, después baja la tormenta desde las cimas, fustiga aquel mar de pesados vapores y aparece de nuevo el gigante, «negro y triste, entre el vuelo eterno de las nubes.» CAPÍTULO IX #La niebla y la tormenta# Nos encontramos como en un mundo nuevo, temible y fantástico á un tiempo, cuando recorremos la montaña entre la niebla. Hasta subiendo un sendero trillado, de fácil pendiente, experimentamos cierto miedo al contemplar las formas que nos rodean, cuyo incierto perfil parece oscilar en la bruma, que se va espesando y aclarando alternativamente. Hay que tener mucha intimidad con la naturaleza para no sentir inquietud al verse cautivo de la niebla; el objeto más chico adquiere proporciones inmensas, infinitas. Algo vago y obscuro parece venir á nuestro encuentro para apoderarse de nosotros. Parece una rama y hasta un árbol lo que no es más que un tallo de hierba. Creemos que un círculo de cuerdas nos cierra el camino, y luego es una mísera tela de araña. Un día que la niebla tenía poco espesor, me detuve lleno de admiración ante un árbol gigantesco, que se retorcía los brazos como un atleta en lo mas alto de un promontorio. Nunca había yo tenido el gusto de ver árbol más fuerte y mejor colocado para luchar heroicamente con la borrasca: largo tiempo lo estuve contemplando, pero poco á poco lo ví acercarse á mí y achicarse al propio tiempo. Cuando el sol vencedor disipó la niebla, el soberbio tronco quedó reducido á débil arbolillo nacido en una cercana hendidura de roca. El viajero perdido, descarriado entro la niebla, en medio de precipicios y torrentes, se encuentra en situación realmente terrible; acéchanle por todas partes el peligro y la muerte. Tiene que andar, y andar de prisa, para alcanzar lo antes posible el terreno llano del valle ó las pendientes fáciles de los montes y encontrar algún camino de salvación; pero en la vaguedad de las cosas nada puede servir de indicio y todo parece un obstáculo. A la derecha huye la tierra: se cree estar al borde de un abismo; á la izquierda se yergue un peñasco: su pared parece inaccesible. Para apartarse del precipicio, se intenta escalar la abrupta roca, se pone el pie en una aspereza de la piedra y se sube de reborde en reborde. Pronto se está como suspendido entre el cielo y la tierra. Por fin, se alcanza á la arista; pero detrás de la primera roca se endereza otra de perfil movedizo, indeciso. Los árboles y las malezas que crecen en las fragosidades apuntan en las ramas á través de la niebla de un modo amenazador; á veces, sólo vemos serpentear una masa negruzca en la sombra cenicienta, y es una rama cuyo tronco permanece invisible. Nos baña el rostro una tenue lluvia: matas de hierba y malezas son otros tantos depósitos de agua helada que nos mojan como si atravesáramos un lago. Entumécense nuestros miembros: nuestro paso pierde la seguridad; estamos expuestos á resbalar en la hierba ó en la roca húmeda y á caer en él precipicio. Terribles rumores suben de lo hondo y parecen predecirnos mala suerte: oimos la caída de las piedras que se desmoronan, el ruido de las ramas cargadas de lluvia que rechinan en el tronco, el sordo trueno de la cascada, y el chapoteo de las aguas del lago contra la orilla. Vemos á la niebla con espanto cargarse con la sombra del crepúsculo y pensamos en la terrible alternativa de morir de frió ó despeñados. En muchos climas, la impresión de asombro y hasta de horror que dejan las montañas en el espíritu, proviene de casi siempre, estar rodeadas de nieblas. Hay montaña en Escocia ó Noruega que parece formidable, aunque sea en realidad menos alta que otras muchas cimas terrestres. Se las ve con frecuencia veladas por vapores, revelarse en parte, volverse á ocultar, como si viajaran por el seno de la nube, alejarse aparentemente para acercarse de pronto, achicarse cuando el sol ilumina con limpieza sus contornos, crecer después cuando éstos se cargan de nieblas. Todos esos aspectos variables, esas lentas ó rápidas transfiguraciones de la montaña, la hacen asemejarse vagamente á un gigante prodigioso que meneara la cabeza por encima de las nubes. Bien diferentes son las inmutables cimas de fijos perfiles que baña la luz pura del cielo de Egipto, de estas montañas cantadas por los poemas de Ossián. Estas nos miran; sonríen unas veces, amenazan otras, pero viven nuestra vida, sienten con nosotros, ó por lo menos así se cree, y el poeta que las canta les da alma humana. Hermosa por los vapores que la rodean, cuando se la ve desde abajo á través de una atmósfera pura, no lo es menos la montaña para quien la mira desde lo alto, sobre todo por la mañana, cuando la misma cima resalta en el cielo, mientras envuelve su base un mar de nubes, que es un verdadero Océano extendido por todas partes hasta donde alcanza la vista. Las olas blancas de la niebla ruedan por la superficie de aquel mar, no con la regularidad de las líquidas, sino con majestuoso desorden en que se pierde la mirada. Aquí se las ve hervir, hincharse en trombas de humo y desparramarse después en copos como la nieve y desaparecer en el espacio; allá se abren como valles llenos de sombras. Acullá hay continuo remolino, movimiento de olas que se persiguen y se alcanzan en caprichosos círculos. A veces es bastante lisa la faja de vapores; el nivel de las ondas de bruma se sostiene á altura casi uniforme en todo el contorno de rocas que sobresalen como promontorios, y en muchos sitios cimas de colinas aisladas se yerguen encima de la niebla como islas ó escollos. En otras ocasiones, el Océano brumoso se reparte en mares distintos y deja ver por sus desgarraduras el fondo de los valles como un mundo inferior que nada tiene de la suave serenidad de las cimas. El sol ilumina oblicuamente todas las volutas de bruma que se elevan en aquel mar: los matices dorados, purpurinos y sonrosados que se mezclan con el blanco puro, varían hasta lo infinito la apariencia de la niebla flotante. Proyéctase á lo lejos sobre los vapores la sombra de los montes y varía incesantemente con la marcha del sol. El espectador observa con asombro su propia sombra reproducida en el lago de vapor, algunas veces con gigantescas proporciones. Parécele ver un monstruo espectoral, al cual hace mover á su gusto, inclinándose, andando, moviendo los brazos. Ciertas montañas que se yerguen en el seno del mar azul de los vientos alíseos están casi siempre rodeadas, hacia la mitad de su altura, de una faja de niebla que oculta casi siempre al viajero, que llegó á la cima, la vista de la llanura cerúlea; pero alrededor de la cima cuyas cercanías recorro, las nieblas suben y bajan, cambian, se disuelven al azar, sin que sus fenómenos sean constantes. Después de horas ó días de obscuridad, acaba el sol por perforar la masa brumosa, la desgarra, dispersa sus jirones, los evapora en el aire y pronto se ilumina de nuevo bajo la luz vivificante la tierra de abajo que estaba privada de la suave claridad. Pero también sucede que se espesan y se acumulan las nieblas en nubes apretadas y arremolinadas: se atraen y se rechazan; amontónase electricidad en los vapores acrecentados; estalla la tormenta y el mundo inferior se pierde bajo el tumulto tempestuoso. Ya desencadenada, no siempre sube la tormenta á escalar las alturas que la dominan: permanece frecuentemente en las zonas bajas de la atmósfera en que se formó, y el espectador tranquilamente sentado en la hierba seca de los altos prados iluminados puede ver á sus plantas á las nubes contrarias batallar enfurecidas. ¡Cuadro tan magnífico como terrible! Lívida claridad exhalan las hirvientes masas; reflejos cobrizos, matices violados dan al hacinamiento de nubes el aspecto de un horno inmenso de metal en fusión; parece que se ha abierto la tierra, dejando brotar de su seno un Océano de lavas. Los relámpagos que brotan en las profundidades del caos, vibran como serpientes de fuego. La rasgadura del aire, repercutida por los ecos de la montaña, se prolonga en inacabables tableteos. Todas las rocas parecen lanzar su trueno á un tiempo. Oyese al mismo tiempo un murmullo sordo que sube de los campos inferiores á través de las nubes arremolinadas; es el ruido de la lluvia ó del granizo, el estrépito de los árboles que se rompen, de las rocas que se hienden, de los aludes de piedra que se desploman, de los torrentes que se hinchan y mugen, destruyendo los ribazos, pero todos esos estruendos diversos se confunden al subir hacia la serena montaña. Allá arriba no llega más que una queja, un gemido que asciende desde la llanura donde viven los hombres. Un día que, sentado en una tranquila cima, con hermoso cielo, veía yo una tormenta que se agitaba con furor en la base de la montaña, no pude resistir al llamamiento que parecía dirigirseme desde el mundo de los humanos. Bajé para penetrar en la masa negra de los vapores giratorios; me metí (digámoslo así) en medio de los rayos, bajo la sucesión de los relámpagos, entre los torbellinos de granizo y de lluvia. Bajando por una vereda convertida en arroyo, saltaba de piedra en piedra. Exaltado por el furor de los elementos, por el estampido del trueno, por el correr de las aguas, por el mugir de los árboles sacudidos, corría con alegría frenética. Cuando recobré la calma y encontré lumbre, pan, vestido seco, todas las dulzuras de la buena hospitalidad montañesa, casi echaba de menos la poderosa voluptuosidad que acababa de disfrutar allá fuera. Me parecía que arriba, entre la lluvia y el viento, habla yo formado parte de la borrasca, reuniendo durante algunas horas mi consciente individualidad á los ciegos elementos. CAPÍTULO X #Las nieves# «Blanco, brillante, nevado», tal es el significado primitivo de casi todos los nombres dados á las altas montañas por los pueblos que en su base se sucedieron. Alzando los ojos hacia las cumbres ven por encima de las nubes la centelleante blancura de nieves y de hielos, y su admiración es tanto más grande, cuanto que los campos inferiores presentan, por el tono uniforme y obscuro de los terrenos, extraño contraste con los picos blancos. En lo más riguroso del estío, cuando se alza polvo ardiente de los caminos y el viajero fatigado se para á la sombra, es cuando gusta mirar hacia las heladas masas, que los rayos solares hacen resplandecer como placas argentinas. De noche, un suave reflejo, como el de un mundo lejano, revela las altas nieves de la montaña. Las pendientes medias, los promontorios inferiores están cubiertos con frecuencia de capas nevadas. Ya hacia el fin del verano, cuando los torrentes han arrastrado á las llanuras el agua de los aludes fundidos, y los árboles han soltado el peso de la nieve que hacia doblarse á sus ramas, y las mismas matas, calentando el espacio que las rodea, han conseguido deshacer los copos de nieve que las rodeaban, súbito enfriamiento de la atmósfera convierte en nieve los vapores de la montaña. La víspera, las estribaciones de los montes y los pastos alpestres estaban completamente libres de escarcha; bien se distinguía el color pardo ó amarillento en las desnudas rocas, del verde en bosques y prados y del rojo en los brezos. Por la mañana, al despertar, el blanco manto nevado ha cubierto hasta los promontorios salientes. Sin embargo, ese vestido níveo de que hablan los poetas, está agujereado y desgarrado por mil partes. Los salientes de la montaña atraviesan esa envoltura, y los matices sombríos de las rocas, contrastando con la blancura de la nieve, acusan con más claridad los relieves de las fragosidades. En las hondonadas profundas se han acumulado los copos en gruesas capas; en las pendientes rápidas bordan ligeramente las hendiduras como tenue velo de encaje; en los abruptos tajos sólo aparecen de cuando en cuando, como manchas brillantes. Cada arruga de la montaña puede reconocerse desde lejos en su verdadera forma por la espléndida corriente de nieve que la ocupa; cada roca saliente revela sus protuberancias en las capas nevadas de distinto espesor, que alternan con la roca desnuda. Donde la peña está formada por estratos regulares, la nieve dibuja limpiamente las líneas de separación. Se posa sobre las cornisas y cae por las paredes de los derrumbaderos. A través de toda clase de fragosidades salientes y entrantes se ve alargarse con asombrosa regularidad la línea de las hiladas por espacio de muchas leguas: parecen haber sido superpuestas por manos de un arquitecto gigantesco. Sin embargo, estas pasajeras nieves de estío que envuelven á manera de velo la montaña, y que en lugar de ocultar las formas de éstas, las dibujan con todas sus particularidades, son una coquetería de la naturaleza. Pronto desaparecen de las colinas inferiores y de los montes avanzados: cada día acortan sus límites hacia arriba los rayos solares. En los días hermosos pueden seguirse de hora en hora, con la mirada, los progresos de la fusión. Cada quebrada de las que recortan hasta la mitad de la altura las laderas de la montaña, nos muestra una vertiente libre ya de nieves (la que ilumina libremente el sol de mediodía), y otra de resplandeciente blancura (la que mira al horizonte septentrional). Después esta misma vertiente descubre sus céspedes y sus rocas; de la caída estival de las nieves no queda más que un corto número de charcos, cada vez más chicos, huella de los aludes en miniatura que llenaron los huecos de los alfoces. Estos aguazales se mezclan con tierra y guijarros y el arroyo que pasa se va llevando gota á gota sus manchados residuos. Encanta ver esas nieves de algunos días. Gusta seguir con la mirada su variable decoración, apenas aparecen, cuando se deshacen. Para contemplar la nieve con su verdadera apariencia y comprender su trabajo como agente de la naturaleza, hay que verlo en invierno, en la ruda estación del frío. Entonces todo lo cubren enormes capas de agua cristalizada en agujas y en carámbanos; la montaña, sus estribaciones y las colinas de su falda no se presentan bajo su forma real. La espesa masa que las tapa varía su relieve y le da nuevos contornos. En lugar de aparecer saliente, dentada, con truncadas puntas, desenvuelve la pendiente del monte con ondulaciones encantadoras, con curvas de dibujo atrevido, pero sinuoso siempre. Así como el agua, por la influencia de la gravedad equilibra su nivel para extenderse en superficie horizontal, la nieve, obedeciendo á leyes propias, se dispone en capas redondeadas. El viento, que la trae en remolinos, primero le hace llenar los huecos, después suavizar todos los ángulos, desplegar sus curvas en los relieves; á la montaña áspera, puntiaguda, salvaje, sucede otra de perfiles suaves y puros, de majestuosas curvas. Pero á pesar de la suave pureza de sus líneas, no pierde su formidable apariencia el gigante. Yérguense rocas perpendiculares y fragosas, en las cuales no ha podido sostenerse la nieve, sobre inmensas pendientes de blancura deslumbradora, y el contraste hace parecer negras las paredes. Nos sobrecoje el espanto al contemplar esas murallas prodigiosas que se recostan en la nieve como acantilados de carbón en la arillo de un Océano polar. En esta transformación, cambia más el aspecto de las llanuras que el de las protuberancias de la montaña. Al desplomarse por todas partes las nieves han cegado las cavidades, han nivelado los huecos, han borrado las quebraduras secundarias del terreno. Cubiertos están torrentes y cascadas; todo descansa, helado, bajo aquel inmenso sudario. Hasta los lagos quedaron sepultados: el hielo de su superficie tiene encima enormes capas de nieve, y á veces no se sabe encontrar el sitio de sus cuencas. Si acaso, alguna hendidura permite ver en el fondo de un abismo la superficie del lago, tranquila, negra, sin su reflejo: parece un pozo, una sima sin fondo. Por bajo de las grandes cumbres y de los círculos superiores, donde se amontona la nieve en capas altas como casas, se ven á medias los bosques de abetos. En cada una de las ramas extendidas tiene cada árbol el peso de nieve que puede resistir sin romperse; los ramajes entretejidos forman juntos bóvedas, en las cuales se agrupan masas de nieve en cúpulas desiguales: únicamente algunas ramas rebeldes se escapan de la prisión de hielo y apuntan al cielo con sus flechas de color verde obscuro, casi negro, que sostienen en los extremos pesada carga nívea. Cuando sopla el viento sobre esas ramas, caen con ruido metálico trozos de nieve helada. Un movimiento vibratorio general agita el bosque oculto y el brillante techo que lo cubre. A veces hay una rotura, despréndese un alud en lo interior y aparece un precipicio, que continuará abierto hasta que lo oculte otra borrasca con un puente de hielo. A grandes peligros se expondría el viajero que se extraviase en invierno en ese bosque, que recorre tan cómodamente en invierno, en verano, pisando hierba, á la sombra de poderosos árboles. Expondríase á cada paso á caer en el abismo, ahogado bajo un derrumbamiento de nieve. Abajo, en el valle, parecen más difíciles de distinguir las casas del pueblo que los bosques y grupos de árboles. Enteramente cubiertos de nieve que hace estallar la armazón, confúndense los techos con los cercanos campos nevados. Ligera y azul humareda es la única señal de que viven y trabajan hombres bajo el sudario blanco. Algunas tapias, un campanario resaltan en la monotonía del fondo. Además, en esos sitios no se deja en paz á la nieve como lejos de las habitaciones humanas: el viento, girando en torno de las casas, ha levantado á un lado montones de nieve y la ha barrido al lado contrario. Cierto desorden en la naturaleza indica la proximidad del hombre. Pero ahí, como en todas partes, reina el silencio; raro es el rumor que lo turba, en el valle y en los montes. De todos modos, es necesario que el hombre y los demás habitantes de las montañas salgan alguna vez de su albergue y turben el gran reposo de la naturaleza. Unicamente la marmota, oculta en su agujero, bajo el espesor de la nieve puede dormir durante los largos meses de invierno y esperar, en su estado de muerte aparente, que la primavera devuelva la libertad á los arroyos, á la hierba y á las flores. Menos feliz la gamuza, á quien arroja la nieve de las altas cimas, tiene que andar errante junto á los bosques, buscar su refugio entre los apretados árboles, royéndoles corteza y hojas. El hombre por su parte, tiene que dejar su morada para el cambio de productos, compra de provisiones ó satisfacción de compromisos con familia y amigos. Entonces hay que limpiar los montones de nieve que se han acumulado delante de la puerta y abrirse penosamente camino. Desde una alta casa construida en un promontorio, ví una vez á esos entecillos casi imperceptibles, á esas negras hormigas humanas, andar lentamente por una especie de cuneta, entre dos paredes de nieve. Nunca me había parecido tan ínfimo el hombre. En medio de la vasta extensión blanca, aquellos paseantes parecían perdidos, absurdos, quiméricos; no me explicaba cómo una raza compuesta de semejantes pigmeos había podido llevar á cabo las grandes cosas de la historia y realizar, de progreso en progreso, lo que hoy se llama la civilización, promesa de un futuro estado de bienestar y libertad. No obstante, aun en medio de esas formidables nieves del invierno, ha podido el hombre hacer triunfar su inteligencia y su audacia por los caminos comerciales que le permiten expedir libremente sus mercancías y viajar casi en todo tiempo. La gamuza ha dejado de recorrer las alturas, y numerosas aves, que volaban en verano muy por encima de las cumbres, han bajado prudentemente á las tibias regiones llanas. Pero el hombre continúa recorriendo los caminos que, de desfiladero en desfiladero, de estribación en estribación, se elevan hasta una brecha de la cresta y descienden por la otra vertiente. En el buen tiempo, cuando los alegres torrentes saltan en cascadas al lado del camino, hasta coches arrastrados por caballos con ruidosos cascabeles pueden subir con facilidad las pendientes dispuestas á gran costa en las fragosidades. Cuando las nieves han cubierto el camino, hay que cambiar de vehículo; en lugar de carros y coches se usan trineos que se deslizan ligeramente sobre los copos amontonados. La travesía de la montaña no se hace con menos rapidez que durante los más calurosos días del verano; y cuesta abajo, la velocidad produce vértigos. Viajando en trineo por las montañas es como se aprende á hacer conocimiento con las nieves. La ligera armazón se desliza sin ruido; no se nota el choque del herraje con el suelo duro, y parece que viaja uno por el espacio, arrebatado como un espíritu, ora se rodea la curva de un barranco, ora el relieve de un promontorio. Si pasa desde el fondo de las simas á la arista de los precipicios y en todas las variadas formas que se ofrecen á la vista, conserva el monte su inmaculada blancura. Si ilumina el sol la superficie de la nieve, se ven brillar innumerables diamantes; si el cielo aparece bajo y ceniciento, los elementos parece que se confunden. Jirones de nubes y montecillos nevados no se diferencian unos de otros. El viajero se figura no pertenecer ya á la tierra y flotar en el espacio infinito. Mucho más se penetra aún en las regiones de los sueños, cuando, después de haber atravesado el punto culminante se baja por la pendiente opuesta, arrebatado de vuelta en vuelta con espantosa rapidez. Al ponerse en marcha la caravana, cuando se mueve el postrer trineo, ya despareció el primero detrás de un saliente del abismo. Se le ve, y desaparece de nuevo; se le columbra otra vez, y vuelve á desaparecer. Sumérgese el viajero en vertiginoso abismo en el cual se derrumban montones de nieve como colinas; convertido en alud también, se desliza uno sobre los aludes, y ve desfilar al lado, como arrastrados por una tempestad, círculos, quebradas, promontorios. Las mismas cumbres parecen huir por el horizonte, arrebatadas en frenético torbellino, en una especie de galope infernal. Y cuando al acabar la desenfrenada carrera se llega á la base de la montaña, á las llanuras desprovistas (ó apenas salpicadas) de nieve, cuando se respira otra atmósfera y se ve una naturaleza nueva bajo otro clima, es cosa de preguntar si no se ha padecido una alucinación, si se han recorrido en realidad las profundas nieves por encima de la región de nubes y tormentas. Pero, durante los días tempestuosos, la travesía es harto peligrosa para que el viajero pueda recordarla y conservar memoria exacta de sus aventuras. El viento levanta sin cesar torbellinos de nieve que ocultan la ruta ó modifican su forma, rebajando taludes y cegando el camino recorrido ya. Los caballos, hábiles para pisar terreno sólido, tienen que atravesar á veces masas de nieve blanda, movediza aún, y mientras uno se hunde hasta el pretal, otro se encabrita sobre la nieve amontonada. La tempestad que silba junto á sus orejas, los cristales de nieve que le entran en los ojos y en las narices y los ternos brutales de los cocheros, los irritan y casi los enloquecen. El trineo, por el estrecho camino, se inclina á veces hacia la pared de la montaña, á veces hacia el precipicio; porque el abismo está allí, se pasa por su borde, se le sigue á lo lejos en perspectivas inmensas, como si al caer debiera irse á parar á otro mundo. El cochero ha dejado la fusta, no lleva más que un cuchillo en la mano, dispuesto á cortar las riendas si los caballos, enloquecidos por el terror ó resbalando por un talud de nieve, llegasen á caer por el precipicio abajo. Terrible es la situación del caminante desdichado, cuando, al atravesar las nieves lentamente, le sorprende de pronto una tempestad. Desde abajo, la gente de la llanura admira cómodamente el meteoro. La cumbre del monte, castigada por el viento, parece que humea como un cráter; las innumerables moléculas heladas que levanta la borrasca se juntan formando nubes que se arremolinan encima de los picos. Las aristas de los contornos, esfumadas por esa niebla de nieves giratorias, pierden su precisión, como si flotaran en el espacio. La misma montaña parece vacilar sobre su enorme base. ¿Y qué es del pobre viajero, cogido en el torbellino de la tempestad que ruge en las elevadas cumbres? Las agujas de hielo, lanzadas contra él como flechas, le dan en la cara, amenazan cegarle y penetran hasta en sus ropas; envuelto en resistente abrigo, cuéstale trabajo defenderse contra ellas. Si da un paso en falso, ó siguiendo rastro equivocado deja la vereda un instante, se pierde casi inevitablemente. Anda al azar de charco en charco; á veces medio se hunde en un agujero lleno de nieve blanda y permanece algún tiempo, como para esperar la muerte, en el hueco que se abrió delante de él. Después se levanta con desesperación y principia otra vez la caminata insegura á través de las nubes de cristales que el viento le arroja á la cara. Las ráfagas acercan y aproximan el horizonte alternativamente. Ora no ve á su alrededor más que el torbellino de los copos; ora mira á la derecha ó á la izquierda una cumbre inmóvil que se desprende de la nube y parece que le mira sin odio y sin amor, indiferente á su desesperación. A lo menos, el peatón ve en ella una especie de señal que le permite reanudar la marcha con alguna esperanza; pero todo es inútil. Cegado, atontado, entumecido por el frío, acaba por perder la voluntad; da vueltas sin moverse del sitio y se agita sin objeto. Al fin, caído en alguna sima, mira pasar con estupor los torbellinos de la tormenta y se deja vencer poco á poco por el sueño, precursor de la muerte. Dentro de algunos meses, cuando el calor haya fundido la nieve y la hayan limpiado los aludes, algún perro de ganado dará con el cadáver y llamará á su dueño con espantables ladridos. En otro tiempo, los restos humanos encontrados en la montaña tenían que descansar para siempre en el sitio donde los había descubierto algún pastor. Amontonábanse piedras sobre el cuerpo, y todo viajero tenía la obligación de añadir un canto al creciente montón. Aun hoy, el montañés que pasa al lado de uno de esos antiguos sepulcros, nunca deja de recoger su piedra para colocarla sobre las otras. El muerto fué olvidado hace tiempo; quizá fué siempre desconocido, pero de siglo en siglo, el caminante no cesa de prestarle su homenaje para dar paz á sus manes. CAPÍTULO XI #El alud# Al largo invierno y á sus terribles borrascas sucede por fin la dulce primavera con sus lluvias, sus brisas tibias y su calor vivificante. Todo se rejuvenece, y la montaña y la llanura presentan nuevo aspecto. Aquella sacude su manto de nieve, y bosques, céspedes, cascadas y lagos, reaparecen bajo los rayos del sol. El hombre se ha librado ya en el valle de los montones de nieve que le estorbaban. Ha barrido el umbral de la puerta, ha reparado los caminos, ha limpiado el techo y el jardín, y después espera que el sol haga lo demás. Ya las solanas ó pendientes, bien expuestas á los rayos del mediodía, empiezan á salir del blanco sudario que las envuelve; aquí y allá reaparecen, á través de la capa de nieve, la tierra, la peña y la mata, y esos espacios negruzcos van aumentando de tamaño. Parecen grupos de islas que crecen incesantemente y acaban por juntarse. Disminuyen en número y en extensión con manchas blancas; fúndense, y parece que suben gradualmente la pendiente montañosa. Los árboles del bosque, libres de entumecimiento, empiezan su tocado primaveral; ayudados por los pajarillos que vuelan de rama en rama, sacuden la carga de escarcha y nieve que les pesaba y bañan en libertad sus retoños en la tibia atmósfera. Debajo de la capa protectora de las nieves, la temperatura del suelo no ha bajado tanto como en la superficie exterior, barrida por los vientos fríos, y durante los largos meses de invierno, depósitos diminutos de aguas, que semejan gotitas en un vaso diamantino, existen bajo los hielos. En la primavera, esos depósitos, hacia los cuales se dirigen todos los hilillos de nieve fundida, no bastan para encerrar la masa líquida. Las cubiertas heladas se quiebran, las hoyas se desbordan y el agua procura abrirse camino bajo la nieve. En cada barranco, en cada depresión del suelo, se verifica el mismo trabajo oculto, y el torrente del valle, alimentado por tanto riachuelo que baja de las alturas, reanuda su carrera, interrumpida por el frío invernal. Primero pasa como un túnel bajo la nieve amontonada; después, gracias á los incesantes progresos de la fusión, ensancha el cauce, levanta las bóvedas, hasta que llega el momento en que la masa que lo domina no puede sostenerse, y se derrumba como el techo de un templo cuyos pilares se hubieran bamboleado. Abrense fugas también en las masas nevadas que llenan el fondo de los valles; si nos inclinamos al borde de uno de esos precipicios, veremos en el fondo algo negro bordado, como con encaje, por un poco de espuma; es el agua del torrente, y el sordo murmullo de los guijarros que rozan unos contra otros, sube por la tenebrosa abertura. A este primer socavamiento de la nieve suceden otros, más numerosos cada vez, y pronto el torrente, recobrada en gran parte su libertad, no le queda sino derribar los diques formados por las nieves más espesas y más compactas. Algunas de estas murallas resisten semanas y meses enteros al ímpetu del agua. Aun cerca de las cascadas, conservan tenazmente su forma masas de nieve convertidas en hielo y rociadas continuamente por el salto del agua. Parece que se niegan á fundirse. Se ve con frecuencia delante de la movible catarata del torrente una especie de pantalla formada por una catarata solidificada, la de las nieves heladas que detuvieron el curso del torrente durante el invierno. Reformando su cauce en cada valle que limita la falda del monte, en cada hondonada que corta sus laderas, el agua de arroyos y torrentes quita á la nieve de las pendientes el cimiento que le servía de punto de apoyo. Bajo la acción de la gravedad, tienden entonces á desprenderse los aludes, y la montaña, como un ser animado, hace caer de sus hombros el nevado traje que la cubre. En todas las estaciones, hasta en lo más riguroso del invierno, masas de nieve arrastradas por su peso se derrumban desde las cimas y las pendientes; pero mientras esos aludes se componen únicamente de la parte superficial de la nieve, no pasan de ser un ligero incidente de la vida montañesa. A veces, empero, es la masa entera de la nieve la que se desprende de las alturas para abismarse en el valle; el agua que ha penetrado á través de las capas (heladas aún) de la superficie ha puesto el suelo resbaladizo y ha preparado el camino el alud. Llega el momento en que todo un campo de nieve no se encuentra ya sujeto á la pendiente; cede, y la enorme sacudida que comunica á las nieves vecinas las hace ceder también. Toda la masa se precipita á un tiempo por la vertiente de la montaña, llevándose por delante todo cuanto encuentra en el camino, troncos de árboles, piedras y peñascos. Arrastrando consigo las cercanas capas de aire, derribando hasta bosques distantes, el formidable derrumbamiento barre de una vez todo un lado de la montaña en una extensión de muchos centenares de metros, y el valle se ve cegado en parte. Los torrentes que van á chocar con el obstáculo tienen que convertirse temporalmente en lagos. Con terror hablan montañeses y viajeros de estas masas de aludes. Así es que numerosos valles, más expuestos que otros, han recibido nombres siniestros, como _Valle del Espanto_ ó _Desfiladero del Terremoto_, que les dan los dialectos locales. Un valle conozco, terrible sobre todos los demás, en que no entran nunca los acemileros sin llevar la vista fija en las alturas. Especialmente en los hermosos días de primavera, cuando la suave y tibia atmósfera está cargada de vapores disueltos, los viajeros hablan poco y miran mucho. Saben que el alud no espera más que un choque, un estremecimiento del terreno ó del aire, para ponerse en movimiento. Así es que andan como ladrones, con paso silencioso y rápido; á veces, hasta envuelven con paja los cascabeles de las mulas para que el retintín del metal no irrite al genio maléfico que desde allá arriba les amenaza. Finalmente, cuando han salido de las terribles hondonadas en las cuales suelen soltar las pendientes sus aludes de nieve y ruinas por todas partes, pueden respirar á gusto los viajeros y pensar, sin angustia personal, en sus antecesores, menos felices, cuyas terribles historias se hablan contado la víspera. Muchas veces, mientras continúan muy tranquilos bajando á la llanura, un ruido como el del trueno, un estruendo que repercute largamente de roca en roca, les hace volverse súbitamente; acaba de verificarse el derrumbamiento de la nieve y de llenar todo el ancho del desfiladero que acaban de recorrer. Afortunadamente, la disposición y la forma de las pendientes permite á los montañeses reconocer los lugares peligrosos. Así es que nunca construyen sus cabañas debajo de las vertientes en que se forman los aludes, y al trazar los senderos cuidan de elegir pasos seguros. Pero todo cambia en la naturaleza, y hay casa, hay sendero que no tuvieron nada que temer en otro tiempo y hoy corren riesgo, por haber desaparecido el ángulo de un promontorio, por haberse modificado la dirección del escurridero del alud, por haber cedido á la presión de las nieves la orilla protectora de un bosque, pues todas esas causas pueden inutilizar las precauciones del montañés. Por las mil columnas apretadas de sus troncos, los bosques son una de las mejores barreras contra la caída de los aludes, y muchos pueblos no tienen contra ellos otro medio de defensa. Por eso miran su bosque sagrado con respeto y casi religiosa veneración. El extranjero que se pasee por sus montañas, admira el bosque por la belleza de sus árboles, por el contraste de su verdor con la blancura de las nieves. Pero ellos le deben la vida y el reposo. Gracias á él, pueden dormir tranquilamente sin el temor de ser aniquilados una noche. Llenos de gratitud, han divinizado el bosque protector. ¡Desgraciado de quien toque con el hacha uno de sus troncos salvadores! «Quien mata al árbol sagrado, mata al montañés», dice uno de sus proverbios. Y sin embargo, matadores de estos ha habido, y no pocos. Lo mismo que aun en nuestros días, soldados sedicentes _civilizados_ obligan á someterse á los habitantes de un oasis derribando las palmeras que son la vida de una tribu, así también sucedió frecuentemente que, para vencer á los montañeses, talaron los árboles que servían á los pueblos de salvaguardia contra la destrucción, ya los invasores á sueldo de algún señor, ya los pastores de otro valle. Tales eran, y son aún, las prácticas de la guerra. No es menos feroz la ávida especulación. Cuando por una compra, ó por los azares de herencia ó de conquista, un hombre adinerado llega á ser el propietario de uno de esos bosques, ¡desgraciados de aquellos cuya suerte dependa de su benevolencia ó de su capricho! Pronto trabajan los leñadores en la selva, caen cortados los troncos, son lanzados á la llanura, vendidos en tablones y pagados en dinero contante y sonante. Así se abre ancho camino al alud. Privados de su baluarte, quizá los habitantes de la aldea amenazada persistan en no moverse de allí por amor á su hogar natal; pero tarde ó temprano, el peligro se hace inminente, y hay que emigrar á toda prisa, llevándose los objetos preciosos y dejando la casa á merced de las nieves amenazadoras. En todo pueblo de montaña, cuéntase en las veladas la terrible crónica de los aludes, y los niños la oyen acurrucándose entre las rodillas maternales. Lo que es el fuego _grisú_ para el minero, es el alud para el montañés. Amenaza su casa, sus trojes, su ganado y también le amenaza á él. ¡Cuántos parientes y amigos suyos duermen ahora bajo la nieve! Por la noche, cuando pasa al lado del sitio en que los tragó la enorme masa, parécele que la montaña, de la cual se desprendió el alud, le mira de mala manera, y entonces apresura el paso para huir del lugar siniestro. También algunas veces los restos del derrumbamiento le recuerdan la inesperada salvación de un compañero. Allí, durante una noche primaveral, se vino abajo un talud de nieve más grande que los más altos abetos y que la torre de la iglesia. Un grupo de casitas y de hórreos se encontraba bajo la formidable masa. Los montañeses, que acudieron de las aldeas vecinas, creyeron que indudablemente todas las armaduras de los edificios habían quedado demolidas y aplastados los habitantes bajo los escombros. Sin embargo, pusieron animosamente manos á la obra de reconocer el inmenso hacinamiento. Trabajaron cuatro días con cuatro noches, y cuando llegaron con los azadones al techo de la primera casa, oyeron cánticos que se respondían unos á otros. Eran las voces de los amigos cuya perdición se consideraba segura. Sus moradas habían resistido al violento choque, y había bastado para respirar el aire que contenían. Durante su cautiverio, habían pasado el tiempo estableciendo comunicaciones de casa en casa y abriendo un túnel de salida, mientras cantaban para animarse á trabajar. Cuando desaparecen los bosques protectores, es muy difícil sustituirlos. Los árboles crecen lentamente, sobre todo en las montañas, pero en los caminos del alud no nacen. Verdad es que á fuerza de trabajo se podría sujetar á la nieve en las altas pendientes y precaver así el desastre de su desplomo á los valles. Podría cortarse la pendiente en gradas horizontales donde tendrían que detenerse las capas de nieve como en los peldaños de una gigantesca escalera; también podrían sustituirse los troncos de los árboles con hileras de estacas de hierro y empalizadas que evitaran el resbalar de las masas superiores. Todas esas tentativas las ha coronado feliz éxito, pero en valles habitados por poblaciones numerosas y ricas. Aldeanos pobres (como no les ayudara toda la sociedad), no pueden pensar en esculpir de nuevo el relieve de la montaña y los aludes continuarán precipitándose sobre sus praderas por el camino acostumbrado. Tienen que limitarse á proteger sus casucas con enormes espuelas de tierra que rompen la fuerza de la nieve desprendida y la obligan á dividirse en dos corrientes, siempre que la nieve no baje en masa lo bastante poderosa para destruirlo todo con su ímpetu. De todos los destructores de la montaña, el más enérgico es el alud. Arrastra tierras y rocas como lo haría un torrente desbordado; hay más: por la fusión gradual de las nieves que forman sus capas inferiores, diluye tanto la tierra, que la convierte en un lodo blanco, hendido por profundas grietas y que se hunde por su propio peso. El terreno adquiere fluidez hasta grandes profundidades y se escurre á lo largo de las pendientes, llevándose consigo no sólo veredas y fragmentos de roca sueltos, sino hasta casas y bosques. Lienzos enteros de montaña, empapados por la nieve, han resbalado así en conjunto con campos, pastos, bosques y habitantes; amontonándose y penetrando lentamente en el suelo con el agua producida por su fusión, la nieve basta para demoler una montaña. En primavera, cada quebrada pone de manifiesto ese trabajo destructor: nieves, rocas y aguas bajan de las cimas en aludes, derrumbamientos y cascadas, encaminándose á la llanura. CAPÍTULO XII #El ventisquero# Hasta en medio del estío, cuando el soplo de los vientos cálidos ha fundido todas las nieves, enormes montones de hielo, encerrados en los valles altos, constituyen todavía un invierno local, que el contraste hace más raro. Cuando el sol resplandece con todo su brillo, el calor directo y el que reflejan los hielos hacen padecer bastante al viajero: en apariencia hace más calor que en los valles, por la sequedad del aire, privado continuamente de su humedad por la árida superficie del ventisquero. En las cercanías se oye cantar á los pájaros entre el follaje;