The Project Gutenberg EBook of La Nina de Luzmela, by Concha Espina This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included with this eBook or online at www.gutenberg.net Title: La Nina de Luzmela Author: Concha Espina Release Date: March 22, 2004 [EBook #11657] Language: Spanish Character set encoding: ASCII *** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA NINA DE LUZMELA *** Produced by Stan Goodman, Virginia Paque and the Online Distributed Proofreading Team. LA NINA DE LUZMELA CONCHA ESPINA LA NINA DE LUZMELA 1922 PRIMERA PARTE I Habiase convertido don Manuel en un sonador quejoso. Hacia tiempo que parecian extinguidas en el aquellas rafagas de alegria loca que, de tarde en tarde, solian sacudirle, agitando toda la casa. En tales ocasiones, parecia don Manuel un delirante. Todo su cuerpo se conmovia con el huracan de aquel extrano gozo que le hacia cantar, correr, tocar el piano y reirse a carcajadas. Mirabanle entonces, compadecidos, los criados, y la vieja Rita, haciendose cruces en un rincon, desgranaba su rosario a toda prisa, murmurando: --Son _los malos_..., _los malos_...; siempre estuvo el mi pobre poseido.... Carmencita seguia los pasos acelerados de su padrino, palida y silenciosa, prestando un dulce asentimiento a aquella alegria disparatada y sonriendo con mucha tristeza. En algunas de estas extranas crisis don Manuel tomaba entre sus manos ardientes la cabeza gentil de la nina y, mirando en extasis sus ojos garzos y profundos, le habia dicho con fervor: --Llamame padre..., ?oyes?... llamame padre. La nina, tremula, decia que si. Y pasado el frenesi de aquellas horas, cuando el caballero, deprimido y amustiado, se hundia en su sillon patriarcal a la vera de la ventana, llamaba a Carmencita, y acariciandole lentamente los cabellos, le decia "a escucho": --Llamame padrino, como siempre, ?sabes? Tambien la nina respondia que si. * * * * * Aquel dia don Manuel sentia en el pecho un dolor agudo y persistente, un zumbido penoso en la cabeza.... ?Iria a morirse ya? El hidalgo de Luzmela aseguraba que no tenia miedo a la muerte, que habiendo meditado en ella durante muchas horas sombrias de sus jornadas, no habia salido de sus funebres cavilaciones con horror, sino con la mansa resignacion que deben inspirar las tragedias inevitables. Sin embargo, don Manuel estaba muy triste en aquella tarde oscura de septiembre. Miraba a Carmen jugar en el amplio salon, con aquel apacible sosiego que era encanto peregrino de la criatura. Todos sus movimientos, todos sus ademanes, eran tan serenos, tan suaves y reposados, que placia en extremo contemplarla y figurarse que aquellas innatas maneras senoriles respondian a un alto destino, tal vez a un elevado origen. Podia fantasearse mucho sobre este particular, porque Carmencita era un misterio. En uno de sus viajes frecuentes y desconocidos, trajo don Manuel aquella nina de la mano. Tenia entonces tres anos y venia vestida de luto. El caballero se la entrego a su antigua sirviente, Rita, convertida ya en ama de llaves y administradora de Luzmela, y le dijo: --Es una huerfana que yo he adoptado, y quiero que se la trate como si fuera mi hija. La buena Rita miro a don Manuel con asombro, y viendo tan cerrado su semblante y tan resuelta su actitud, tomo a la pequena en sus brazos con blandura, y comenzo a cuidarla con sumision y esmero. La nina no se mostro ingrata a esta solicitud, y desde el dia de su llegada se hizo un puesto de amor en el palacio de Luzmela. --?Como te llamas?--le habia preguntado Rita con mucha curiosidad. Y ella balbucio con su vocecilla de plata: --Carmen.... --?Y tu mama?... --Mama.... --?Y tu papa?... --Padrino.... --?De donde vienes? --De alli--y senalo con un dedito torneado, del lado del jardin. --iClaro, como las flores!--dijo Rita encantada de la docilidad graciosa de la nina. Rita deletreaba las facciones de la pequena con avidez, como quien busca la solucion de un enigma. Mirandola detenidamente, movia la cabeza. --En nada, en nada se parece.... El senor es moreno y flaco, tiene narizona y le hacen cuenca los ojos; esta chiquilla es blanca como los nacares, tiene placenteros los ojos castanos y lozano el personal...; en nada se le parece. Y la buena mujer se quedo sumida en sus perplejidades y enamorada de la nina. Con una facilidad asombrosa acomodose Carmencita a la vida sedante y fria de Luzmela. Su naturaleza robusta y bien equilibrada no sufrio alteracion ninguna en aquel ambiente de letal quietud que se respiraba en el palacio; ella lo observaba todo con sus garzos ojos profundos, y se identificaba suavemente con aquella paz y aquellas tristezas de la vieja casa senorial. El encanto de su persona puso en el palacio una nota de belleza y de dulzura, sin agitar el manso oleaje de aquella existencia tranquila y silenciosa, en medio de la cual Carmencita se sentia amada, con esa aguda intuicion que nunca engana a los ninos. Parecia ella nacida para andar, con su pasito sosegado y firme, por aquellos vastos salones, para jugar apaciblemente detras del recio balconaje apoyado en el escudo y para abismarse en el jardin penumbroso, entre arbustos centenarios y divinas flores palidas de sombra. Jamas la voz argentina de la pequena se rompia en un llanto descompuesto o en un acedo grito; jamas sus magnificos ojos de gacela se empanecian con iracundas nubes, ni su cuerpo gallardo se estremecia con el espasmo de una mala rabieta. Su caracter sumiso y reposado y la nobleza de sus inclinaciones tenian embelesados a cuantos la trataban, y la buena Rita, convertida en guardiana de la criatura, no podia mencionarla sin decir con intima devocion: --Es una santa, una santa.... Solo una vez se recordaba que Carmencita hubiese alzado en el silencio de la casa su voz armoniosa deshecha en sollozos. Fue un dia en que dona Rebeca, la unica hermana de don Manuel, residente en un pueblo proximo, llego a Luzmela de visita. Atravesaba la nina por el corral con su bella actitud tranquila cuando la dama se apeo de un coche en la portalada. Era dona Rebeca menuda y nerviosa, de voz estridente y semblante anguloso; fuese hacia Carmencita a pasitos cortos y saltarines, la tomo por ambas manos, y de tal manera la miro, y con tales demasias le apreto en las munecas finas y redondas, que la pobrecilla rompio en amargo llanto, toda llena de miedo. Se revolvio la servidumbre asombrada, y el mismo don Manuel corrio inquieto hacia la nina, a quien dona Rebeca cubria ya de besos chillones y babosos, diciendo a guisa de explicacion: --Como no me conoce, se asusta un poco. Carmencita tendio ansiosa los brazos a su padrino, y poco despues se refugiaba en los de Rita hasta que dona Rebeca se hubo despedido. II El caballero de Luzmela miraba a la chiquilla, aquella tarde, con una extrana expresion de vaguedad, como si al traves de ella viese otras imagenes lejanas y tentadoras. Acaso delante de aquellas pupilas extasiadas e inmoviles, la ilusion rehacia una historia de amor toda hechizo y misterio; tal vez, por el contrario, era una tragedia dolorosa. ?Quien sabe?... iDon Manuel habia rodado tanto por el mundo, y habia sido tan galan y aventurero! De pronto se le apago al sonador su vision misteriosa encendida en el muro blanco del salon, sobre la cabeza rizosa de la nina. Exhalo un suspiro amargo, y bajo los ojos para mirar sus manos exanguees, extendidas sobre las rodillas. Era cierto que estaba muy enfermo; ?iria a morirse ya?... Carmencita, en este momento mecia a su muneca regaladamente, sentada en un taburete en el hueco profundo de una ventana. Llamaron a la puerta del salon, y al mismo tiempo anunciaron: --El senorito Salvador. --Que pase--dijo don Manuel, y la nina, levantandose, corrio a recibir la visita con sonrisa placida. Entro un joven mediano. Era mediano en todo lo aparente: en belleza, en elegancia, en estatura; mediano era tambien en ingenio; solo en lealtad y en nobleza era grande aquel mozo. Tendria acaso veinticinco anos, y encontramos muy natural que el caballero de Luzmela le dijese: --iHola, medico! No podia ser otra cosa sino medico este hombre que se presentaba de visita calzando espuelas y botas de montar y llevando en la mano unos guantes viejos. Don Manuel se habia enderezado en el sillon de nogal y la nina enlazaba su bracito al del mozo recien llegado. --No sabes lo oportunamente que llegas, hijo--exclamo el enfermo. --Que, ?se siente usted peor, acaso? --Me siento mal siempre, muy mal; la hipocondria me consume, y tengo la preocupacion constante de que voy a vivir ya contados dias. --Precisamente esa es la unica enfermedad de usted: la monomania de la muerte. Es una de las formas mas penosas de la psicosis. --Si, si, sacame a colacion nombres modernos para despistarme. Lo que yo tengo es algun eje roto aqui--y senalo su corazon--, y creo que aqui tambien--anadio tocando su cabeza, prematuramente blanca. Salvador se echo a reir con una impetuosa carcajada jovial, que rodo por la sala con escandalo. La nina, muy seria y cuidadosa, escuchaba atentamente. Observandola don Manuel, le dijo: --Vete, querida mia, a jugar abajo, ?quieres? Ella, un poco premiosa para obedecer, objeto: --?Pero de verdad tienes rota una cosa en el pecho y otra en la frente? --No, preciosa, no te apures; son bromas que yo le digo a tu hermano. Salvador la atrajo a sus rodillas y la acaricio tiernamente. --Son bromas del padrino, Carmen; anda, corre a jugar. Se fue con su paso majestuoso y su aire noble de madona. Desde el umbral de la puerta se volvio a sonreirles, segura de que ellos estaban mirandola, en espera de aquella gracia suya. Reino en el salon un breve silencio, y, con otro suspiro doliente, murmuro don Manuel: --Por ella, por ella lo siento, sobre todo. --Por Dios, deseche usted esa idea.... Pero el, obediente a su pensamiento, concluyo: --Y por ti tambien, Salvador. El mozo trago la saliva con alguna dificultad, y balbucio unas, entrecortadas frases de consuelo; estaba emocionado y torpe. Le miro el enfermo con carino, y tomandole las manos cordialmente, le dijo: --Vamos, hay que ser hombres de veras; yo he andado, hijo mio, temerosos caminos sin temblar, y es preciso que no me acobarde en el anhelo de este ultimo que voy a emprender. Tu debes ayudarme, y en ti confio; te necesito, Salvador; ?estas pronto, hijo, a valerme? --?Yo, senor?... Yo siempre estoy pronto a lo que usted mande. ?Acaso mi vida no le pertenece a usted? --iOh, muchacho, que cosas dices! Tu vida le pertenece a la humanidad, a la ciencia; le pertenece a la juventud, a la dicha.... Tu vienes ahora, Salvador, yo me voy; me voy temprano.... ihe vivido tan de prisa! He amado mucho, he sufrido mucho, y tambien he gozado, que no es esta hora de mentir, ni siquiera de disimular.... Y mira, no creas que yo he sido tan malo como dicen.... Anduve por el mundo locamente y peque y cai veces innumerables; pero otras veces, itambien muchas!, levante a los caidos en mis brazos, prodigue a los tristes mi corazon y mi fortuna..., fui piadoso y noble.... Callaba Salvador entristecido y confuso. Don Manuel miraba vagamente una nubecilla blanca que se deshacia en jirones leves, sobre el fondo gris de un cielo hurano. Volviose hacia el joven, y le dijo de pronto:--?Sabes que ayer estuvo aqui el notario de Villazon? El muchacho interrogo perplejo: --?Estuvo? --Si; yo le habia mandado decir que deseaba verle. Hablamos un largo rato y convinimos en que manana volveria para recibir mis ultimas disposiciones. Salvador se agito en su silla protestando: --Pero, Dios mio, acabara usted por matarse con esa ansiedad. --Al contrario; estos preparativos me tranquilizan; hallare reposo y bienestar en arreglar todas mis cuentas, y para que, despues de realizar estos propositos, tenga descanso mi corazon, es preciso que tu me hagas una solemne promesa. --Por hecha la puede usted contar. --Tu quieres mucho a Carmen, ?no es cierto? --Cierto es que la quiero mucho. Se enderezo el de Luzmela conmovido y le blanqueo intensamente la faz cetrina. --Oye bien, Salvador...: voy a dejar sola en el mundo a Carmen, y Carmen es mi hija; tiene apenas trece anos la inocente, y quedara en la vida sin sombra y sin nombre.... Se apago tremulante la voz del solariego; Salvador, inmutado por la gravedad de aquella revelacion que tal vez esperaba, se atrevio a decir, despues de meditar: --Si usted la reconoce.... Otra vez se alzo, como en sollozo contenido, la voz temblorosa. --Pero estoy fatalmente condenado a no poder hacerlo.... Esta unica flor de mi existencia es el fruto de mi mayor pecado...: no hablemos de el, que es irremediable; hablemos de ella, de la pobre flor sin sombra. --?No estoy aqui yo? ?De nada podre servirle cuando tanto la quiero? --Si; si que la serviras de mucho: esa es mi esperanza.... --Pues ordene usted, senor. --Si tu fueras tambien mi hijo, yo te la confiaria descansadamente. Estaba Salvador anhelante, mirando al enfermo, que continuo con su voz grave y triste: --Pero no lo eres, no; yo te lo juro.... Por ahi se ha dicho que si...; ise dicen tantas cosas! Yo he oido el rumor de esta calumnia rondando en torno mio, y la he dejado crecer a intento, porque si esta mentira ponia una mancha mas en mi reputacion, ponia en cambio un poco de prestigio en tu juventud abandonada. Si eras hijo del senor de Luzmela tenias porvenir, y tenias un puesto en la vida...; pero no lo eres, no.... Estaba Salvador tremulo; tenia el semblante demudado y una expresion desolada en los ojos. Veia quebrarse en pedazos su mas cara ilusion. Era bueno; pero era hombre y habia sentido siempre atenuada la ignominia de su madre, creyendo culpable de ella al noble senor del valle, don Manuel de la Torre y Roldan. He aqui que don Manuel era inocente de la deshonra que le hizo nacer, y que Salvador, herido en su orgullo, veia el nombre de su madre hundirse en la infamia, como si hasta aquel momento hubiera estado solamente empanado de un leve rubor. --Entonces, mi padre... murmuro temblando. --Piensa solo en tu madre--respondio el caballero; los padres de ocasion somos siempre unos cobardes..., unos viles; iellas, las madres si que son valientes en casi todas las ocasiones! La tuya lo fue; por verla yo, tan desgraciada y tan sufrida, cargar contigo denodadamente, dile apoyo y la cobre afecto. No me recate para ampararla, ni ella tuvo reparo en apoyarse en mi, honradamente. Cuando la pobre se alzaba sobre su dolor, confortada por mi amistad y purificada por tu inocencia, vino la muerte y se la llevo.... iQue no te sonroje su recuerdo; guardale con respeto y con amor! Salvador interrogo otra vez con amargura. --Pero, ?y mi padre..., mi padre? --?Que te importa de el? ?Le debes gratitud por el ser que fortuitamente te dio, en la inconsciencia de su brutalidad?... ?Acaso podemos considerarnos padres siempre que afrentamos a una mujer? --Quisiera, sin embargo, saber su nombre. Don Manuel guardo silencio. --Saber--anadio el mozo--su clase social. El de Luzmela vio como se agitaba en este anhelo la vanidad del joven; vacilo un momento, y luego dijo con firmeza: --Ya sabes que esta no es hora de mentir. Salvador: tu padre era un campesino de origen humilde lo mismo que tu madre. --Y, ?vive? --Emigro, y ya no se supo mas de el. --?Era soltero? --Lo era. --?Y jamas consintio...? --?En reparar su delito?... iNunca!... ?No te digo que nada le debes? Eres hombre, y hombre cabal. Deja que esa humillacion pase por debajo de tu orgullo, y no le fundes en hechos de que no eres responsable. Pero estaba profundamente abatido Salvador. En vano trataba de luchar contra la pesadumbre de aquella sorpresa que casi destruia su personalidad de un solo golpe inesperado. Compadecido don Manuel, ablando su voz para decirle efusivamente: --Todavia estoy aqui yo, hijo. En la negra hora de su agonia le jure a tu madre ampararte, y he tratado de cumplir mi juramento. Te eduque y te hice un hombre; docil ha sido tu condicion para que yo haya podido formar de ti un mozo tan noble y amable como para hijo le hubiera deseado. Si por creerte mio has tenido teson y firmeza para llegar a lo que eres... ?tan ajeno a mi te juzgas ya, que asi te amilanas y vacilas?... Aunque no te di el ser, ?no soy algo mas padre tuyo que aquel que te le dio?... iY si te acobardas ahora que yo te necesito!... No acabo don Manuel este sentido discurso sin que el joven hubiera levantado la cabeza, brillantes los ojos zarcos y sinceros, toda iluminada de una grata expresion su simpatica fisonomia. Se quiso arrodillar con un movimiento espontaneo y devoto para suplicar. --Perdon, senor, perdon.... He dejado arruinar todo mi valor indignamente, pero ha sido un momento; ya paso; estoy tranquilo, estoy contento si le puedo servir a usted de algo, yo, pobre de mi, que tanto le debo.... --Callate.... iSi me lo vas a pagar todo! Bien sabe Dios que no tuve nunca intencion de cobrartelo; pero ahora--anadio implorante--es preciso, hijo mio, que me devuelvas en Carmen todo el bien que te hice. --Cuanto yo pueda y valga se lo ofrezco a usted dichoso. --Pues oye. Se recogio un momento a meditar, y dijo luego: --?Que juicio has formado tu de mi hermana? --?Juicio?... Ninguno; ila he tratado tan poco! --Pero, ?que impresion te causa? --Me parece buena senora. --?Y que has oido de ella por ahi, como voz general? --Dicen que es un poco rara; algo histerica. --Si, tiene que serlo; era epileptica nuestra madre, y nuestro padre el hidalgo de Luzmela ibebia tanto ron!... Pero, en fin, ?la creen buena? --Buena si. --Te extranaran estas preguntas; pero yo te voy a decir una cosa: apenas conozco a mi hermana. Aqui, jugamos un poco de pequenos, iya no me acuerdo de aquellos anos! En seguida me llevaron al colegio, desde alli a la Universidad; cuando acabe la carrera ella estaba ya casada en Rucanto. Estuve aqui con mi padre corto tiempo, y parti a visitar la Europa, ansioso de ver mundo y correr aventuras. Ya te he contado cuanto mi padre me preferia y con cuanta liberalidad satisfacia todos mis caprichos. Derroche el dinero y la salud hasta que el me llamo para darme el ultimo abrazo, y entonces me encontre mejorado en su testamento todo cuanto la ley permitia. El marido de mi hermana era un calavera, y mi padre les mermo la herencia todo lo posible. Sin embargo, yo era tan calavera como el; pero era su idolo, y en mi no veia mas que la hidalguia exterior, conservada hasta en los tiempos mas tormentosos de mi vida. Siempre mi cunado me miro con animosidad, tal vez por mi superior linaje, tal vez por las muchas preferencias que en vida y en muerte me prodigo mi padre. Estas diferencias me separaron mucho de mi hermana. Vino entonces mi casamiento, tan lleno de esperanzas para mi. Me crei reconciliado con el amor del terruno y con la paz de mi valle; restaure esta casa, sonando vivir siempre en ella en idilicos goces; evoque la vision de unos hijos robustos y de una patriarcal vejez...: isueno fue todo! Desperte de el con la esposa muerta entre los brazos. Era la mas rica heredera de Villazon, y, tan abundante en bondad como en dineros, quiso dejarme en prenda de su carino toda la fortuna que tenia. Doblemente rico, perdida la ilusion de la dulce vida quieta y santa que acaricie apenas, de nuevo me lance a los placeres locos del mundo, lejos de mi solar. Peregrine mucho; derrame el corazon y la vida a manos llenas; pero no fui tan insensato que llegara a empobrecerme. Algunas veces volvia yo a Luzmela con una vaga esperanza de poder quedarme por aqui, bien avenido con esta melancolica vida de memorias y ensuenos; pero nunca lograba que de mi corazon voltario se aduenase la paz. En uno de estos viajes vine muy cambiado; me blanqueaba el cabello y traia en los brazos una nina. Me estuve entonces aqui un ano entero; un ano que fue para mi alma ocasion de intensas revelaciones; la nina, tan pequena, tan impotente, iba poseyendo todo mi albedrio. En rendirla yo mi voluntad sentia un extrano goce lleno de encantos nuevos. Su inocencia me cautivaba en dulcisima cadena, y yo, que la salve a esta nina del abandono, mas por deber de conciencia que por amor de padre, me someti a su hechizo con una dejacion de mi mismo absoluta y feliz. Ya, desde entonces, solo sali de Luzmela por precision y muy pocas veces. Mi vida tenia un objeto, y yo sentia santificarse mis sentimientos y levantarse mi corazon al suave contacto de aquella pequena existencia pendiente de la mia. Continuaba viendo a mi hermana contadas veces: mi cunado me mostraba cada dia mayor hostilidad; y yo, indiferente y orgulloso, no ponia jamas los pies en Rucanto. Pero no me era grato saber que mi hermana pasaba apuros y estrecheces, casi totalmente arruinada por su marido, y a menudo le mandaba reservadamente algunas cantidades como regalo para mis sobrinos, a quienes apenas conozco.... Callo don Manuel y se quedo abstraido breve rato. Luego dijo: --Y hemos llegado, querido Salvador, al caso que me preocupa y desvela. ?Merecera mi hermana que yo le confie mi hija?... Tu, ?que crees?... --Yo creo--respondio el joven--que no es muy facil acertar con la respuesta, ya que ni usted ni yo la conocemos bien. --Por eso vacilo.... --?Y ha pensado usted en que condiciones le confiaria la tutela de Carmen? --Si; lo he pensado: le dejaria a mi hermana la mitad de mi fortuna con la condicion de que fuese una buena madre para la nina. Salvador escuchaba con asombro a don Manuel. --Pero eso--dijo--seria caso de una comprobacion delicada y dificil. --Tengo previstas todas las dificultades: de todo ello hablaremos.... Yo quisiera dejarle a mi hija un constante testimonio de mi ternura, sin perturbar su alma con la tragica historia de su nacimiento. Puesto que a la cara del mundo no le puedo decir que soy su padre, ?a que inquietar su inocencia con el descubrimiento de una perfida accion que cometi?... Quiero que mi memoria le acompane dulce y serena, como la vida que ha disfrutado junto a mi. Quiero ser su providencia y su amparo mas alla de la muerte, sin que mi nombre caiga de su corazon, ennegrecido por la sombra de mis culpas.... Para ella quiero ser siempre bueno... isiempre! Quedose el de Luzmela ensimismado; ardia en sus ojos la luz de la esperanza con radiante expresion. Y mientras Salvador le contemplaba con recogida actitud, continuo don Manuel: --Al enviudar mi hermana hace poco, se ha apresurado a mostrarseme afectuosa, lo que me prueba que antes no tenia libertad para hacerlo. Parece que la nina le es muy simpatica. Si ella ademas le lleva el bienestar y la holgura, ?no ha de quererla bien? --Yo creo que si. --?Verdad que si? --Es verdad.... --Pero supongamos que me equivoco; que cometo un gran desatino, y que ella no trate bastante bien a la nina. En ese caso dejare a Carmen el derecho de reclamarle mi herencia, y todavia te quedas tu con otra parte igual a la de mi hermana. --?Yo, dice usted? --Tu, que eres mi segundo heredero, a quien lego la mitad de mis caudales. --Pero... ?usted ha pensado?... --Yo he pensado mucho, hijo mio; tu, si no quieres contrariar mi postrer deseo, seras un buen administrador de mi media fortuna; gastaras las rentas, como tuyas que seran, y el capital lo conservaras para cuando Carmen lo necesite. Figurate que por amor se casa pobre...; tu la dotas; o que se casa contigo...; la dotas tambien; o que se muere...; la heredas, quedandote tranquilamente con mi legado, que legalmente sera tuyo. --?Y si muriese yo? --Se lo dejas a ella. Y si nada necesita, tuya sera entonces, sin condiciones, la herencia. --Por Dios, senor, yo creo que jamas un testamento se ha hecho asi, de tan extrana manera.... --No se habra hecho; pero se va a hacer ahora; mejor dicho, ya se esta haciendo. --?Ya?... --Si; le estamos haciendo tu y yo; un testamento moral entre dos hombres honrados.... Testo yo, y tu asientes; recibes mi legado y juras cumplir mi voluntad.... ?Te figuras que estas condiciones que te impongo iban a constar en papeles? No, hijo, no; se confirmaria entonces la opinion general de que estoy un poco "tocado"...; ya sabes que se dice por ahi.... --Sin embargo, senor, medite usted bien que es demasiado absoluta la confianza con que usted me honra. Puedo extraviarme; puedo pervertirme..., volverme loco; hagalo usted en otra forma, limitandome la accion; ajustandome el camino...; nombreme usted, si quiere, tutor de Carmen. --Te nombro su hermano, su protector, acaso su esposo, dentro de mi corazon; ante la ley te nombro mi heredero sin condicion alguna. Salvador se paseaba por la sala agitado; mortificaba su barba rubia con una mano implacable, y sus espuelas levantaban en la estancia silenciosa un belicoso acento metalico. Moria la tarde en la cerrazon sombria del cielo, y don Manuel tendia hacia el joven una mirada ansiosa. Viendole tan dudoso y alterado, dijole, al fin, con tono de dolido reproche: --iSi no quieres, Salvador, yo no te obligo!... El se volvio hacia el enfermo; estaba palido y tenia la voz angustiosa. --?No querer yo servirle a usted? Es que me aterra el temor de no saber hacerlo; de no poder, de no ser digno de esta ciega confianza con que usted me abruma. --Si no es mas que eso.... Y don Manuel, alzandose del sillon, estrecho al muchacho en un abrazo ardiente, y teniendole asi, preso y acariciado, dijo con solemnidad: --Doy por recibido tu juramento, y le pongo este sello de nuestro carino. Quiso salvador confirmar: _yo juro_; pero el de Luzmela le tapo la boca con su descarnada mano. --Esta jurado, hijo mio; ven y sientate otra vez a mi lado; no me sostienen las piernas. Se sentaron. Comenzo don Manuel a hablar animadamente con la voz impregnada de emocion y de dulzura. Salvador le atendia en silencio, sin dejar de mesarse la barba febrilmente; y en esto se oyeron en el pasillo unas palabras recias y unos pasos sonoros. --Son el cura y el maestro--dijo don Manuel contrariado. --Entonces me voy, con su permiso; aun no hice hoy la visita en Luzmela, y esta cayendo la noche. ?Cuando quiere usted que vuelva? Ya habian anunciado a don Juan y a don Pedro, cuando don Manuel respondio: --Ven manana temprano; te espero en mi despacho a las nueve, y te quedaras a comer. Los dos hombres se estrecharon las manos fervorosamente, y Salvador hizo un breve saludo a los recien llegados. Salio. En la meseta amplia de la monumental escalera encontro a Carmencita: estaba apoyada en la maciza reja del ventanal, y miraba al cielo o al campo ensimismada. Al sentir las espuelas de Salvador en la escalera, se volvio hacia el sonriendo, y observandole muy atenta, pregunto: --?Le mandaste al padrino alguna medicina? Bajaba el mozo embargado de emociones. La dulce voz de la nina le hizo estremecer. Contemplola con un respeto y una sumision que no le habia inspirado jamas, y apremiado por su mirada interrogadora, replico: --Esta muy bien el padrino, querida. Ella le tendio la frente esperando un beso, y el pobre muchacho se inclino y le beso la mano con noble acatamiento. Quedose algo asombrada Carmencita de la actitud turbada del que llamaba su hermano; apoyandose en la reja oia como se alejaba el caballo de Salvador y pensaba: --iEs que esta malo, de verdad, el padrino! III Habian colocado una lampara sobre la mesa, y don Juan y don Pedro se pusieron a mirar al de Luzmela. Parecia mas hundido en el sillon que otras veces y como si los ojos se le hubiesen agrandado. Sirvieron en seguida el chocolate humeante y espumoso, y mientras don Manuel lo tomaba a sorbos, con esfuerzo, el cura y el maestro lo saboreaban con deleite, mojando en los delicados pocillos hasta el ultimo bizcocho y la ultima rebanada de pan rustrido. Se habia iniciado una trivial conversacion, rota a cada bocado de pan o de bizcocho, hasta que retiradas las bandejas de encima del tapete, el criado presento otra grande, de plata, con la correspondencia. Miro don Manuel los sobres de sus dos o tres cartas, y las aparto indiferente; el maestro abrio un periodico y comenzo la habitual lectura. Habia el caballero cerrado los ojos; tenia las manos cruzadas sobre las rodillas. Don Juan, a veces, hacia un punto en su tarea y por encima del papel miraba con inquietud al enfermo. Tambien don Pedro le observaba con atencion, y miraba despues a don Juan. Y cuando ya los dos se estaban alarmando, por aquella quietud momificada de su huesped, este dio un respingo en la silla y dijo, con la voz entera y sonora. --Perdone un momento, don Juan; me van ustedes a permitir unas preguntas, y aunque les parezcan extranas han de responderme sin hacer comentarios, ?no? Don Manuel habia estado en America dos anos, y esta interrogacion expresiva ?no?, importada de aquel mundo joven, la usaba todavia en ciertos momentos. Se miraron con sorpresa sus dos contertulios, y ambos dijeron que "si" varias veces, en contestacion a aquel "no" interrogante. --Vamos a ver--indago el solariego, que parecia un resucitado--: a ustedes ?que les parece de mi hermana? Hubo un silencio explicable, y a la par respondieron los dos senores: --Nos parece bien; ya lo creo, muy bien.... --?Creen ustedes que es buena? --Ya lo creo; muy buena, si senor. --?Y no dicen por ahi que es rara? --Un poco rara; pero, poca cosa.... Hubo otra pausa, y asevero don Manuel: --?De modo que a ustedes les merece excelente opinion? --iExcelente! El de Luzmela volvio a recostarse en el sillon, cerro de nuevo los ojos y cruzo otra vez las manos murmurando: --Siga, siga la lectura, don Juan, y dispensen. Don Juan leyo otro ratito; el y don Pedro se miraban mucho aquella noche, y, mas temprano que de costumbre, se despidieron. Encontraron en el corredor a Rita, que subia con Carmen de la mano, y le dijeron: --El amo esta peor, ?eh? --?Peor? --Mucho peor: tengan cuidado. Aunque hablaban con misterio, la nina se entero, y pregunto con ansia. -?Mi padrino? Ellos ya bajaban la escalera y no respondieron nada. Rita acelero el paso llena de inquietud. Carmen tenia los ojos muy abiertos en la semioscuridad del pasillo, y toda su alma se asomaba por ellos como escudrinando las tinieblas del porvenir. Llegando a la sala, la mujer y la nina fueron derechas al sillon, y mientras Carmen se inclinaba devota a besar las manos del enfermo deciale Rita acongojada: --?Se siente mal? Sin responder a esto, el de Luzmela pregunto a su vez, mirando a la vieja: --Oye, ?a ti que te parece de mi hermana: es buena? Atonita la mujer, creyo que deliraba su amo, y el quiso disipar aquel asombro explicando: --No estoy "de la cabeza", Rita, no te apures, y responde. Dijo Rita: --Buena es su hermana, ique ocurrencia! --Podia no serlo.... --Yo poco la tengo tratada; casose apenas yo vine..., ?no se acuerda? --Pero, ?que has oido por ahi? --Que es algo rara, algo "maniosa"; pero buena si. Don Manuel soliloquio: --iTodos dicen que es buena! --Sabe, que el genial se le habra corrompido algo con las desazones; pero el fondo sera querencioso y noble como el de todos los amos de Luzmela.... Tenia el enfermo una placentera expresion cuando volvio la cara hacia Carmen, que atenta escuchaba a su lado. --Y a ti, hija mia, ?que te parece? ?quieres a mi hermana? La nina clavo en el su mirada limpida, y tambien pregunto: --?La quieres tu? --Yo si. --Pues yo tambien, si.... --?Te gustaria vivir con ella? Carmen dijo prontamente: --Quiero vivir contigo--y le echo los brazos al cuello con ternura. El la enlazo en los suyos lleno de emocion, murmurando con la voz quebrada: --Pero si yo tuviera que marchar.... La nina, sollozante, respondio al punto: --No, no, por Dios; llevame entonces contigo. Rita hacia pucheros y se llevaba a los ojos la punta del delantal, y don Manuel, incapaz de prolongar aquella escena sin descubrir el profundo dolor que le poseia, trato de calmar a la nina con tranquilizadoras palabras. Cuando Carmen, un poco enganada, alzo la cabeza y miro al hidalgo, le vio demudado y con el rostro humedecido. Angustiada todavia, le pregunto: --?Lloras?...; ?sabes tu llorar? El trato de sonreir diciendo: --iSi son lagrimas tuyas! Y la despidio con un beso muy grande.... En la alta noche, cuando el monumental lecho de roble crujia sacudido por el convulso llanto del enfermo, murmuraba el triste: --iQue si se llorar!... iHija mia, hija mia!... IV Despues de aquellos primeros ocho dias, la vida en Luzmela recobro su aspecto acostumbrado. Carmencita dio sus lecciones con don Juan y bordo su tapiceria en un extremo del salon bajo la mirada solicita del solariego, que parecia un poco aliviado de sus achaques. Salvador hizo al enfermo la cotidiana visita, larga y carinosa, y el maestro y el cura fueron todas las noches, como de costumbre, a hacerle un rato la tertulia a don Manuel. La numerosa servidumbre del palacio, engolfada en el trasiego de las cosechas, llego casi a olvidar la angustia de aquella manana en que el notario de Villazon entro solemnemente al despacho del amo, y llegando poco despues muy descolorido el senorito Salvador, fueron avisados don Pedro y don Juan, con barruntos de testamento. Una ansiedad dolorosa habia conmovido a los servidores de la casa, todos obligados, por innumeros favores, a guardar a su senor una fidelidad sagrada, y todos capaces de cumplir esta noble obligacion. ?Acertaria el de Luzmela en los pronosticos que hacia de su muerte? ?Iria a caer ya, marchito para siempre, aquel unico tronco de la ilustre casa de la Torre y Roldan?... Durante algunos dias estos temores pusieron en la vida, siempre melancolica, de aquella mansion, un sello de tristeza y de inquietud profundas. Todas las voces se hicieron quedas y suspirantes alrededor del amo, que, sumido como nunca en sus cavilaciones y anoranzas, cayo en un abatimiento alarmante. Pero habiase esponjado de nuevo el cuerpo lacio y consumido de don Manuel; se erguia en el sillon con mas arrogancia y tenia el semblante mas placentero y despejado. Se fue tranquilizando la buena gente de la casa y volvieron en ella las labores a su centro natural. Solo en los ojos hechiceros de Carmencita quedo encendida la penosa expresion de la duda, y a menudo posaba esta llama inquieta en el enigma de los dias futuros como una interrogacion inconsciente. V Don Manuel suena, como la tarde en que le conocimos. Tambien ahora tiene los ojos abiertos sobre la cabeza gentil de Carmen; pero la nina no juega ni borda en el salon; esta en el jardin, hundiendo distraidamente la contera de su sombrilla en las hojas secas amontonadas por los senderos. El abrego ha saltado brioso al amanecer, y ha despojado a los arboles de sus ultimas galas, ya mustias. Tiene el cielo una intensidad de azul rara en Cantabria; a traves de una atmosfera de limpidez exquisita, todo el valle y los montes se abarcan de una sola mirada desde el balcon adonde asoma el de Luzmela su paciente silla de enfermo. Algunas veces, sus ojos cargados con las imagenes de sus pensamientos se alzan un momento al cielo, al monte o sobre el valle, para caer siempre en extasis de adoracion encima de la nina.... Sonaba.... Veia aquella mujer bella y pura que tenia los ojos y los cabellos lo mismo que Carmencita; tenia tambien su misma sonrisa serena y su misma voz de plata. La veia caer acechada, perseguida por el, atropellada por su loca pasion, y asistia a todo el horror de su vergueenza, a todas las horas atormentadas de su vida, hasta que esta se extinguio en agonia tragica. Con haber amado el tanto a aquella mujer, ?fue ella el grande amor de su vida?... No: su amor inmenso y puro, supraterreno, inmortal, era la criatura recogida por compasion, como despojo palpitante de la tremenda aventura cuya memoria dolia siempre en el corazon del hidalgo. ?Como pagaria su conciencia aquella deuda enorme? ?Acaso el no fue el unico culpable? ?No lo fue siempre, en todas las ocasiones en que una mujer encendio su deseo?... Con tales remordimientos estaba el de Luzmela perturbado, y por esquivar tan intima turbacion, o porque fuese aquella para el una hora de evocaciones aventureras, cayo de pronto en su memoria otra pagina galante de sus anos mozos. Esta no habia quedado mojada de lagrimas: risuena y gozosa, fue otra de sus grandes locuras. Y se iba aplaciendo el semblante angustiado del caballero al recordar aquella su expedicion a las Americas, dueno y senor de una criolla que le adoraba. Ella le habia pedido, con calidas frases de terneza, un viaje a su pais, de donde seguramente la trajo otra aventura amorosa. ?No valian sus caprichos la pena de "botar la plata"?... Fue el viaje una pura gorja en que a cada momento tuvo la bella indiana descubiertas por tentadora sonrisa las perlas nitescentes de su boca. Era una delicia vivir y gozar tanto, ?"no"?... Ya se habia aclarado toda la cara macilenta del enfermo con esta placentera memoria cuando Carmen grito sobresaltada desde el jardin: --iPadrino, la _netigua_; espantala! Y un ave de blando volar, de unas corvas y corvo pico, se sostuvo, retadora, un instante en el vano del balcon, agitando sus plumas remeras y graznando con lugubre tono. Desde las luenes playas de la America virgen volvio el de Luzmela los ojos al pajarraco agorero, y le ahuyento de un manotazo en el aire con enojo violento; en seguida busco la mirada de la nina y encontro en ella una singular expresion dolorosa, como solo recordaba haberla visto igual en los ojos de otra criatura: de aquella triste pecadora que murio del dolor de haber pecado.... ?De donde habia sacado Carmen aquel secreto penar que se le declaraba en los ojos? Solo sabia don Manuel que desde hacia algun tiempo el rostro de la nina estaba ensombrecido por alguna extrana tristeza que a menudo ponia en su mirada una revelacion; y aquel destello misterioso llenaba de pesadumbre el alma del caballero. Hizo un esfuerzo por levantarse, y apoyado en el barandaje de hierro, le dijo: --?Pero te da miedo de la _netigua_?... No te asustes...; se fue ya. Sube.... ?no quieres subir?... Ella alzo el azahar de su mano senalando al cielo, y por toda respuesta murmuro: --Todavia... padrino. El ave fatidica se cernia obstinada sobre el jardin. Carmen corrio a la casa y subio al salon. Ya don Manuel habia vuelto a sentarse y la esperaba. La nina fue derecha a sus brazos con una inexplicable emocion, y su voz llorante interrogaba: --?No te iras, padrino? ?Nunca te iras? ?No me dejaras nunca con dona Rebeca? El, absorto, clamo: --?No la quieres? --No, no; ique miedo, que miedo tan grande! --?Pero de quien, hija mia? Paro un coche en la portalada, y Carmen sin soltarse del cuello del hidalgo, gimio: --Otra vez la _netigua_.... Volvio el ave a aletear a la par del alero, graznando agresiva, cuando abriendo la puerta del salon anunciaron: --Dona Rebeca. Carmen imploro. --Viene a buscarme; ino me dejes, por Dios, no me dejes! El de Luzmela habia doblado la cabeza sobre el hombro de la nina, y sus brazos se iban aflojando en torno al cuerpo gracil de la criatura. Cuando dona Rebeca entro en la sala y se acerco al grupo, viendo la cara mortal del enfermo, increpo a la nina. --?Le estas ahogando? Ella apartose prontamente, diciendo: --?Yo? Y al soltarse de aquel brazo ardiente vio con horror como el cuerpo de don Manuel se desplomaba sobre el respaldo de la silla. Miraba el moribundo a Carmen con una angustia infinita. Habia adivinado tardiamente sus terrores y sus penas. La muerte llegaba implacable, sin darle acaso tiempo para reparar su fatal error, fruto de tantas meditaciones, y que ya antes de consumarse causaba a Carmen una desolacion tan profunda.... Todo lleno de espanto, el corazon de Carmencita se le subio a los labios para gritar con afanosa ternura: --iPadre!... Y de nuevo trato de abrazarle la infeliz. Dona Rebeca la separo del caballero con aspereza, diciendole: --iQue padre ni que _ocho cuartos_! El de Luzmela abrio entonces los ojos inmensamente, con tal expresion desesperada y colerica, que la senora echo a correr, mientras la nina, vacilante, caia de rodillas, suplicando: --iDios mio, Dios mio! A los gritos de dona Rebeca acudio alarmadisima la servidumbre, y entre ayes y lamentaciones fue el moribundo transportado a su lecho. En el mas ligero caballo de la casa partio a escape un hombre a buscar al medico, y otro volo a buscar al cura. Dona Rebeca husmeo en la capilla, procurandose auxilios piadosos para aquel trance, y volvio al cuarto de su hermano, donde, muy diligente, encendio la vela de la agonia. Antes habia dicho a Carmencita que trataba de acercarse a don Manuel: --Aqui sobran los chiquillos; vete alla fuera. La pobre criatura, desorientada y llena de temor, volvio a la sala, y de nuevo se hinco delante del sillon vacio. Entretanto el de Luzmela pugnaba en vano por hablar. Su vida parecia haberse reconcentrado en los desorbitados ojos, que miraban con incensatez, hasta que, tras un nistagmo penoso los cerro para siempre. Habia caido la tarde en una serenidad dulcisima; algun caliente suspiro del abrego removia en el jardin las hojas secas, llevando hasta la ilustre casa de la Torre y Roldan, clara y distinta la voz solemne del _Salia_, eterno arrullador de la vega. Carmencita, absorta en su desconsuelo, se levanto de pronto estremecida por un resoplido siniestro, y, toda temblorosa, grito una vez mas: -iLa _netigua_!... De las habitaciones de don Manuel salian ya los chillidos agudos de dona Rebeca, y el ave agorera tendia sobre el azul cobalto de la noche su vuelo silencioso.... El hidalgo de Luzmela habia muerto. SEGUNDA PARTE I Cuatro anos han pasado muy callandito sobre la vida de Carmen. Solo ella sabe que aquel monton de horas esta todo mojado de lagrimas, que no ha reido en su vida ninguna de aquellas cuatro primaveras con el alborozo de las ilusiones, ni ha cantado en su pecho ninguno de aquellos estios la enardecida estrofa de la juventud. El singular testamento de don Manuel de la Torre fue un jiron de locura mansa que, desgarrado del noble corazon del solariego, quedo flotando sobre la cabeza inocente de su hija, como nube de un drama silencioso. Habia quedado Carmencita llena de terror en las manos de dona Rebeca, y dona Rebeca tendia con ansia sus garras de _netigua_ hacia la herencia codiciada, sin poder apresar los caudales, por tener las unas llenas de la carne inocente de la nina, flor de pecado y de dolor. Al consumar don Manuel aciagamente sus propositos de ultima voluntad, exacerbo todas las malas pasiones de su familia y sembro de torturas la senda de Carmen alli donde quiso dejar para ella rosas de piedad y lozanos capullos de ternura. Todos los deseos del de Luzmela quedaron atados en su testamento, dentro de la rigidez del derecho legal, con solida habilidad y prevision, y dona Rebeca hubo de someterse con aparente comedimiento a las disposiciones de su hermano y fingir que cobijaba a Carmen en regazo maternal. Con el tecnicismo severo de las clausulas testamentarias, la senora de Rucanto quedaba sometida al cargo de administradora de la media fortuna del caballero hasta la hora acordada por aquel, y solo a titulo de amparadora de la nina. Por el bienestar de esta velarian las leyes, "sin empecer la accion y facultades conferidas a un rancio solariego de los contornos, nombrado tutor de la pequena y asistido del derecho de retrotraer para la misma el legado de don Manuel en caso de que dona Rebeca no cumpliese las condiciones impuestas por el testador...." Cuando llego a Rucanto la nina de Luzmela, la recibieron los sobrinos de don Manuel con indiferencia sublime, mirandola de hito en hito...; ifue aquella la primera vez que bajo los ojos turbada delante de su nueva familia!... Desde aquella hora fatal, Carmen puede asomarse a las paginas de estos cuatro anos transcurridos, mirando su vida doliente al traves de una cortina de llanto, y puesto sobre los labios un dedito precioso en senal elocuente de silencio, como un angel timido y resignado, herido a traicion en las alas gloriosas.... II Tenia cuatro hijos dona Rebeca. El mayor, Fernando, marino mercante, navegaba en mares lejanos; era un guapo mozo, de caracter aventurero y de gallardisima figura; su madre sentia pasion por el, una pasion material, fundada unicamente en la belleza del muchacho. El segundo, rudo y torpe, hacia vida montaraz y solo paraba en Rucanto el tiempo preciso para comer y dormir; algunas veces, para pedir dinero y, con escasa frecuencia, para mudarse de ropa. Tenia el cuerpo recio, los ojos turnios, aspera la voz y fiero el ademan. Era mocero y borracho; se llamaba Andres. Le seguia en edad la joven Narcisa, una muchacha de veinticinco anos, ojizarca y endeble, melindrosa y no mal parecida. Ella era, en ausencia de Fernando, el mimo de la casa, el centro adonde convergian todas las atenciones y de donde partian todos los designios. Dona Rebeca, con hacer honor a su nombre, habia sido toda sumision y desvelo para malcriar a su hija. Quedaba aun otro muchacho, Julio, de veinte anos, tambien enclenque, de cara macilenta y desapacible expresion; hurano y triste, andaba siempre solo por los rincones de la casa o de la huerta, en misteriosos soliloquios que a veces tomaban la forma de quejidos lamentables.... Habia comprendido Carmen cual era su destino y creia que siguiendole cumplia la voluntad de su protector. Su inteligencia clara y su corazon noble se sobrepusieron a la debilidad de los trece anos; dominando con valor admirable el terror que le inspiraba dona Rebeca, la acompano docil a Rucanto, y alli se echo sobre los hombros su nueva vida, con un firme empeno de levantarla y llevarla gallardamente hasta el final del camino. Cuatro anos llevaba en la aspera ruta, y se habia hecho una mujer a fuerza de sufrir y de llorar. La vida de familia en Rucanto era espantosa. Carmen miraba siempre con el mismo miedo y el mismo asombro a dona Rebeca y a sus hijos. A veces creia que se odiaban, a veces que se querian; siempre le parecieron un enigma viviente y tragico, una sima de pasiones pavorosas, a cuyo borde andaba la infeliz todo temerosa y estremecida, con un paso incierto de sonambula, con una mirada pavida y llorosa, llena de lejana tristeza. En sus meditaciones de nina temblaban los pensamientos chocando unos con otros, doloridos, ante el cuadro siniestro de aquel hogar. A menudo, una compasion inmensa flotaba benigna en el espiritu generoso de Carmen, preguntando: ?acaso estos pobres no han heredado la maldad y locura?... ?Son ellos responsables de ser locos o de ser malos?... Y la realidad de las cosas respondia tirana que era un tormento durisimo vivir con aquella familia de enajenados, verdugos de la ajena y la propia felicidad. Parecia imposible aprender aquellos genios ni llevar una hora seguida la corriente de aquellas voluntades, porque a cada minuto se tropezaba en el escollo de una mudanza o en el abismo de un arrebato. Todo era ciego y duro en la inconsecuencia monstruosa de semejante familia, y para el alma delicada y dulce de Carmen iba siendo una tortura inmensa aquel vivir tormentoso, sembrado de imprecaciones y gritos, desesperaciones y codicias. Cuando la nina llego a Rucanto, la instalaron regaladamente en el gabinete de Narcisa; entraba con ella en casa la abundancia, y tras la primera mirada inquisitorial y hostil, los sobrinos de don Manuel tuvieron para la intrusa una displicencia tolerante, unica tregua de paz que se le concedio en aquella mansion belicosa. Pasada fugazmente la primera impresion de sorpresa y bienestar, cada uno dio en la casa rienda suelta a sus instintos, sin un asomo de compasion ni de ternura para la desgraciada forastera. III Antes que tal gente mostrase una acerba hostilidad a la muchacha, dona Rebeca la llamo algunas veces "sobrina" con un tono adulon un poco ironico; y todavia, despues que la sitio con todo el enardecimiento de un plan completo de campana, cuando en alguna encrucijada estrategica la queria congraciar, dabale aquel grato nombre de familia y pretendia halagarla con su vocecilla de falsete endulzada en la punta de la lengua. El primer dia que dona Rebeca, como general en jefe, acometio a la nina, armada de toda la perfidia del mundo, fue y le dijo: --Mi hermano no era tu padre...; que se te quite eso de la cabeza...; mi hermano no era nada tuyo...; no tienes sangre infanzona...; eres "hija de padres desconocidos".... Ella humillo la frente enrojecida, sin responder. Esta pasividad excito mas la agresiva intencion de la senora, que, persiguiendola con los ojos y con la actitud, continuo: --Mi hermano estaba loco, loco de atar...: heredo de los abuelos esta dolencia. Le acudio a Carmen un logico pensamiento, y delatandole en voz alta, pregunto: --?No eran tambien abuelos de usted? Dona Rebeca, furibunda, le puso los punos junto a la cara, gritandole: --Tu eres la santa..., ?eh?...; la santa, ?y me insultas llamandome loca? La infeliz, rompiendo a llorar, gimio: --?Yo?... --Si, tu, la santita, el agua mansa, que parece que nunca has roto un plato.... Y se dio a hacer gestos por la casa adelante, con las manos en la cabeza y la voz retumbante rodando por los pasillos. Nueva espectadora de aquellas comedias ridiculas, Carmen se creyo realmente culpable y llego a suponer que habia sido grave indiscrecion preguntarle a dona Rebeca si era nieta de sus abuelos. Otro dia, rinendo la hija y la madre, engalladas y descompuestas, estaban ya a punto de "agarrarse", cuando Carmen, entrando en la estancia, se interpuso entre las dos con impulso bondadoso. Aprovecho Narcisa aquel momento para darle con sana un empellon, y la nina fue a caer de rodillas cerca de una mesa, sobre la cual una lampara vacilo, quebrandose. --Es una loca--dijo Narcisa, avenida de pronto con su madre en tranquila conversacion. --Si, una loca; hija de su padre habia de ser--repitio la senora. Carmen, sin hacer caso de la lampara, del golpe, ni de la injusticia de aquellas palabras, pregunto: --?De que padre? --De mi hermano; del simple de mi hermano, que estaba "poseido".... La nina habia oido unicamente _de mi hermano_, y, de rodillas como estaba, junto las manos con transporte, sonando. --Si; es cierto..., es cierto.... El furor de Narcisa volvio entonces a desbordarse ante la devota actitud de la muchacha, y de nuevo chillo a su madre con desatinadas veces. --?No ves como se eleva? ?No ves como se cree igual a nosotras? ?Por que le dices que es hija de tu hermano?... Tu si que estas "poseida"; tu si que eres simple.... Huyo dona Rebeca con su paso menudo y cauteloso, y la hija la siguio a grito herido llenandola de injurias. Carmen, sola en la habitacion, sintio que la duda quedaba todavia viva en su pecho; volvio los ojos a todos lados como para interrogar al misterio de su vida, y vio otros ojos turbados y malignos que se recreaban en su angustia. Era Julio, que acechaba el dolor ajeno para manjar de su alma perversa. Estaba a veces adormilado en los bancos del pasillo o en el sofa de la sala, y cuando oia que, bajo los chillidos agudos de Narcisa o bajo las sinrazones de su madre, temblaba como un pajarillo la fresca voz de Carmencita, corria hacia ellas, recatandose detras de las puertas o a la sombra de las paredes para no perder ni un detalle de la escena dolorosa. Si le era posible ver las caras desde sus escondites, entonces una expresion tenebrosa se asomaba a sus ojos malecos. No se acordaba Carmen de haber hablado con aquel muchacho una buena palabra en los anos que llevaba en la casona. La voz aceda del mozo solo se alzaba iracunda contra su madre, contra su hermana o contra los criados. Se pasaba muchos dias encerrado en su dormitorio. Dona Rebeca decia que estaba enfermo. Debia de ser verdad, porque a menudo salian del aposento ayes y gemidos. Lloraba entonces la madre; Narcisa se enfurecia, y si en tales ocasiones de tragedia llegaba Andres a Rucanto, rodaban los muebles, estallaban los cacharros en anicos, y las puertas se batian en tableteos formidables. Los criados, siempre nuevos y de lejanos valles, pedian la cuenta con premura, y Carmen, llena de espanto, se escondia en el ultimo pliegue de la casa a temblar como una hoja. Pasaba la tempestad, dona Rebeca guisaba, su hija ponia la mesa con mucha solemnidad, y todos comian amigablemente, con apetito y abundancia. Era seguro entonces que Andres tenia dinero en el bolsillo y que Narcisa habia conseguido un traje nuevo o un viaje a la ciudad. Julio, que no se aplacaba con dones, aparecia tranquilo a fuerza de cansancio; y la fatiga de haber rugido furiosamente desplegaba su frente hurana y le hacia aparecer menos repulsivo. Solo Carmen en aquellas ocasiones, harto frecuentes, fingia comer y luchaba con el temblor de sus manos y con la inseguridad de su voz. Y asi, mientras que la madre y los dos hijos mayores hablaban amistados y serenos, Julio descansaba desfallecido, ella oia, siempre horrorizada, el eco de las blasfemias y de los insultos, de los golpes y las amenazas que se habian alzado entre la madre y los hijos, apenas hacia una hora, y tantas veces y en tantos anos.... Era una casa temerosa la de Rucanto. La fundo un quinto abuelo de dona Rebeca, que murio en un manicomio y que dejo lastimosa descendencia de locos y suicidas. Desde entonces siempre se habian oido en ella gritos frecuentes, carreras y estruendos; siempre habian gemido las puertas, estremecidas por violentos impulsos, en el fondo oscuro de los corredores. Una rafaga de locura hereditaria y perversa parecia conmover a los habitantes de la casona, y los vecinos de la comarca miraban siempre con supersticioso respeto aquella vivienda blasonada. Se contaba que dona Rebeca habia sido muy desgraciada en su matrimonio. Caso con un plebeyo, buen mozo y pobre, unico pretendiente que le deparo la fortuna. Era mujeriego y derrochador, y suponiase que la dote de dona Rebeca le habia enamorado mas que la dama. Aunque al publico trascendia la desavenencia de los esposos, nada cierto se supo de sus querellas intimas, sino que ambos se colmaban de improperios y andaban a medias en el mutuo lanzamiento de trastos a la cabeza. Sin embargo, la opinion general culpaba al marido, vividor poco edificante; y dona Rebeca, que solia dar limosna y llorar en la iglesia, y que vivia encerrada en su casa, pasaba por ser "una infeliz" un poco estrafalaria y algo tocada del mal de la locura. Andres tenia mala fama; le temian los novios y los maridos, y era mirado con prevencion en el valle. A Fernando se le conocia muy poco; decian de el que era bravo marino y que poseia rasgos de nobleza y bondad como el senor de Luzmela. Julio perecia siempre un nino colerico y misantropo que habia sentado plaza de enfermo incurable, y Narcisa pasaba por discreta y, altiva, mediante la solemnidad de su empaque y el orgullo con que se amigaba--sin intimidad y con reservas--solo con dos o tres senoritas de las ilustres familias comarcanas.... Habian pasado anos de terrible escasez en la casona. Cuando llego la herencia de don Manuel a remediar la precaria situacion de la familia fue ya urgente levantar hipotecas y pagar trampas apremiantes. Como dona Rebeca era solo usufructuaria del legado, hubo precision de arreglarse con las rentas para hacer frente a la vida y remediar en la posible los pasados descalabros de la fortuna. Dificilmente podian ir cubriendo las apariencias de reconstruir su posicion ruinosa; estaba por medio Carmencita como un obstaculo insuperable. Sin ella, hubiesen tomado del capital heredado lo imprescindible para remendar la hacienda rota y darse importancia de gentes poderosas. Dona Rebeca y su hija andaban atarantadas con esta pesadilla, y una animadversion latente las separaba mas cada dia de la dulce nina de Luzmela.... Ya hacia muchos meses que la sobrina de don Manuel habia quitado el luto, y todavia Carmencita andaba vestida de negro, con resoba dos trajes. Ella no decia nada; pero algunas veces sentia una vaga pesadumbre al encerrar su cuerpo gallardo en aquellos habitos austeros y tristes. Un dia, sofocada con la lana negra de su corpino, tuvo la tentacion de ponerse uno de sus vestidos blancos de Luzmela. La falda estaba sumamente corta; el cuerpo muy estrecho. Ingeniosa y lista, descosio dobladillos y lorzas hasta que la tela rozo completamente el borde de los zapatos. Luego, unas maniobras semejantes hicieron al corpino extender sus delanteros sobre el seno turgido de la nina. La manga, menos docil, dejaba ver el antebrazo alabastrino. Se miro al espejo, y asombrada de si misma, se ruborizo. Entonces, con el amargo recelo de provocar el enojo de sus huespedes, iba a desnudarse, cuando Narcisa se presento en el aposento. Mirando a Carmen, dio un grito, como si algo terrible le aconteciera, y llamo a voces a su madre. La muchacha, sobrecogida, se replego a un extremo del gabinete, y dona Rebeca, que acudio a saltitos menudos, se llevo las manos a la cabeza y empezo a lamentarse con agudas exclamaciones, engarzadas en su sarta habitual de refranes y agravios. --_iCria cuervos y te sacaran los ojos!..._ Esta ingrata se quiere quitar el luto de mi pobre hermano. _A muertos y a idos_.... iHermano de mi alma, que por ella se ha condenado; que esta en los profundos infiernos por culpa de esta mal nacida!... Narcisa, impasible y majestuosa, presidia la escena como un juez severo, asistiendo con gestos de indignacion a los desatinados discursos de su madre, mientras Julio, que habia acudido sanudo y acechante al umbral de la puerta, fulguraba sobre la tremula nina su mirada monstruosa, y oyendo buhar y maldecir a las dos mujeres, toda su mezquina figura se estremecia de satanico gozo.... Palida y convulsa resplandecia tan bella la muchacha, que Narcisa hubiera querido aniquilarla con sus ojos acerados, cargados de ira. Cuando la dejaron sola con su terror, se quito con manos temblonas el alegre vestido blanco, y otra vez se abrumo bajo la tela sombria de su luto. Estaba descontenta de si misma; tal vez dona Rebeca tenia un poco de razon; acaso habia algo de ingratitud de su parte en aquella involuntaria fatiga que le causaba la ropa negra, vieja y pesada. Mortificabase con la duda de si el antojo del vestido blanco habria ofendido la memoria de aquel hombre a quien en el fondo de su corazon llamaba padre, y le dolian, con violento dolor, las crueles palabras que acababa de oir sobre la condenacion de don Manuel. Toda su alma estaba sublevada de indignaciones porque la culpasen a ella de aquella condenacion posible. Tanto oia anatematizar a todas horas la injusticia del testamento de su protector, que llego a tener sospechas de semejante injusticia; porque si ella no era, por fin, hija del noble solariego, ?que era en aquella familia, y que motivos habia para que la piedad del testador la asistiese por encima de los naturales derechos de la hermana? Pero, y Salvador, ?no parecia tambien un extrano, un intruso que habia venido a poseer libre y completamente parte de la fortuna del amigo? Habia un gran misterio en la ultima voluntad de don Manuel, y Carmencita martirizaba en vano su inteligencia con aquellas profundas meditaciones. Cuando en su presencia se insultaba acerbamente al difunto caballero, rompia a llorar descorazonada al sentirse impotente para defenderle de aquellas furias, y un lejano temor de que por haberla amado a ella purgase alguna injusticia el alma de aquel hombre la llenaba de sobresalto. Siempre, en tales ocasiones, las dos terribles mujeres se burlaban de su angustia, y la escena terminaba con el mote convenido. --La santa... es la santa.... ipobrecita!... Ella, entonces, erguia su corazon acobardado para decirle a Dios en intima plegaria: --iY bien, Senor, yo quiero ser santa; es preciso que lo sea...; hazme santa, Dios mio..., hazme santa de veras! IV Entretanto, Salvador Fernandez, medico municipal de Villazon, habia trasladado su residencia desde la villa al pueblo gracioso y pequeno de Luzmela. En plena posesion del cuantioso legado del amigo, Salvador no habia pensado ni un momento en cambiar de vida ni alterar en nada sus costumbres humildes. En el palacio de Luzmela como en la posada de Villazon, el medico era siempre un hombre bondadoso y amable, de caracter timido y vida sencilla. Habia destinado para su uso las habitaciones de don Manuel, y en la casa se desenvolvian las horas serenas y blandas, mudas y lentas, igual que en los dias postreros del hidalgo. Diriase que el espiritu benigno del solariego, con la amargura de sus memorias, con la bondad de sus sentimientos, presidia aun y gobernaba las labores y las intimidades de la pudiente casa labradora. Salvador seguia visitando a sus enfermos con la misma atencion que cuando de su carrera hacia estimulo de prosperidad y base de la existencia, solo que ahora habia renunciado a la subvencion del Municipio para que otro medico la disfrutase. Enamorado de su profesion, hizo de ella un culto piadoso, que practicaba en favor de los pobres. De la herencia que libremente podia disfrutar solo tomaba lo preciso para sostener el decoro de la casa y hacer algun viaje a las grandes clinicas extranjeras, en demanda de luces y medios con que extender en el valle la misericordia de su mision. Asi las gentes le adoraban y le bendecian, y el paseaba por los campos su conciencia pura, con la santa simplicidad de un apostol del Bien, convencido y ferviente. Desde que se reconocio hijo sin nombre de una infeliz aldeana, humillo su corazon en una mansedumbre dignificadora, que le conforto y sirvio de alivio a sus intimas tristezas. Luego, su vida tuvo un doble objeto santo y noble: derramar los consuelos de la mas piadosa de las ciencias sobre los dolientes sin ventura y velar por la dicha de Carmen. Era para el una suprema delicia espiritual el consagrarse de lleno a pagar en la hija la inmensa deuda de gratitud contraida con el padre. Su oracion cotidiana consistia en memorar los bienes recibidos de aquella prodiga mano que salvo a su madre de la desesperacion, la levanto de la ignominia y la honro haciendo del nino desvalido y miserable un hombre de sano corazon, enveredado por una senda segura de la vida. Despues de enfervorizarse con esta membranza sentimental y preciosa, Salvador discurria amorosamente sobre el porvenir de su protegida. El nada sabia de los misteriosos terrores que la nina le habia inspirado la sola idea de que dona Rebeca la llevase de la mano camino adelante, ni mucho menos sospechaba las torturas que la pobre criatura padecia en poder de los de Rucanto. Como todas sus atribuciones sobre la pequena eran morales y secretas, Salvador no se atrevia a significarse visitandola demasiado y se limitaba a verla con toda la frecuencia posible dentro de una prudencia conveniente. Antes que la nina partiese de Luzmela pudo el abrazarla y prometerla toda su fortuna y su desvelo. Carmen habia llorado sobre aquel noble corazon con un silencioso llanto contenido y acerbo, que era acaso, mas que el desahogo del dolor presente, el presentimiento agudo del futuro dolor. --Todo cuanto te ocurra, me lo contaras le habia suplicado el joven--. Si sufres, si necesitas algo, me lo diras en seguida; prometemelo. Ella le miro fijamente a los ojos y preguntole: --?Lo mando mi padrino? --Si, lo mando; te lo juro, Carmen. --A mi no me dijo nada. --Pero me lo dijo a mi todo; tu eras muy pequena para hablarte de estas cosas; ademas temia darte demasiada afliccion. El quiso que tu fueras muy dichosa, todo lo mas que sea posible, y que nunca le olvidases. --No, nunca--repitio la nina sollozando. Y, con voz firme, anadio despues: --Yo hare todo cuanto el dejo mandado...; sere muy buena. --Ya lo se; estoy seguro; pero es preciso que tambien seas feliz.... No olvides que yo soy tu mejor amigo, que Luzmela sera siempre tu casa..., que todo cuanto yo tengo es tuyo, todo, ?entiendes? Ella, desconsolada, murmuro: --iSi fueses mi hermano! Enmudecido acaricio el aquella linda cabeza, ya inclinada por el infortunio, y la nina, viendole callado y afligido, saboreo la amargura del desengano irremediable. V En aquellos cuatro anos transcurridos, Salvador visitaba a Carmen muchas veces. La dulce gravedad habitual en la nina le habia enganado, porque aquella dulzura triste ya no era solo espejo de un alma sensible y sonadora, sino que era tambien senuelo y transfloracion de un alma dolorida. La nina habia espigado mucho; su belleza, ya potente, se acentuaba con una encantadora delicadeza de lineas. Lo mas atractivo de su persona era el halo de bondad que nimbaba su frente y la serena expresion amorosa y profunda de sus ojos garzos. Habia en su sonrisa una mistica expresion, siempre encesa, como en ideal culto de algun divino pensamiento. Aquel sublime encanto de la joven era la desesperacion de Narcisa y de su madre, que llegaron a odiarla. Salvador participaba en la casona de la aversion que alli sentian por la nina de Luzmela; no en vano era otro heredero de don Manuel de la Torre. Segun dona Rebeca y su hija, los jovenes favorecidos por el hidalgo podian considerarse unos ladrones, los secuestradores de la debil voluntad de un loco, cuyo testamento constituia un "atentado contra los sagrados derechos de la familia, una estafa perpetrada por aquel santurron hipocrita y aquella gatita mansa...." A pesar de estos finos comentarios, hechos sin recato ni vergueenza delante de la misma Carmen, las de Rucanto recibian a Salvador con agasajo y blandura, considerandole "un buen partido". Delante de el halagaba dona Rebeca a la nina y ponderaba su crecimiento y donosura. Narcisa, menos asequible al disimulo y mas altiva, se conformaba con demostrar, en aquellas ocasiones, una tolerancia benevola hacia Carmen, concedida con un aire de superioridad y proteccion llenos de majestad. Salvador era poco ducho en artificios de mujeres; todo sinceridad y nobleza, dejabase enganar facilmente por las dolosas apariencias del buen trato que Carmen parecia recibir. A veces, en sus breves visitas a Rucanto le acompanaba Rita, la buena anciana, siempre ganosa de ver a su santa querida. Vivia la fiel servidora al lado del medico, ocupando en la casa de Luzmela su puesto de confianza, tantos anos acreditado por una constante adhesion al difunto caballero. En vano intentara Rita continuar al inmediato servicio de Carmen. Dona Rebeca habia manifestado a este deseo una ostensible oposicion, y la anciana hubo de conformarse con visitar a la nina en todas las ocasiones posibles. De estas visitas no salia nunca tan satisfecha como Salvador. En una de las que hizo por aquel tiempo quedose como nunca mal impresionada, y, de regreso a Luzmela, iba murmurando: --Esta triste la nina.... --Es su seriedad propia, su traje adusto, lo que le da esa apariencia melancolica--respondio el medico. --No, no; cuando habla parece que va a llorar.... Salvador se quedo pensativo, un poco inquieto. --Ademas--anadio la mujer, recelosa--jamas nos la dejan ver sin testigos...; muchos domingos voy a misa a Rucanto por buscar ocasion de hablarla al salir, y siempre a su vera estan la hija o la madre guardandola con codicia. --Esta bien que Carmen no vaya sola. --Bien estara; pero esas mujeres no me van gustando. Se dice que en la casa hay muchos disturbios, que los hijos son para la madre tan malos como lo fue el marido.... Salvador, muy preocupado, hablando consigo mismo, dijo en voz alta: --Habra que averiguar si eso es verdad...; muchas veces la gente levanta fantasias calumniosas...; ellos son todos algo inconscientes, psiquicos por herencia.... El mismo don Manuel murio de neurastenia renal y fue siempre exaltado delirante; pero era tan cabal en nobleza y corazon, que su enfermedad no marchito ninguno de sus bellos sentimientos. Rita suspiraba. --El, era otra cosa; nunca la "mania" que todos ellos padecen le dio por renir ni por danar...: gozaba en hacer bien, y si en sus tiempos fue enamoradizo y zarandero, pagado lo hubo en buenas obras.... Algo sospechoso andaba de su hermana, que a mi una noche bien me quiso sonsacar los sentires que de ella tenia...; pero ?como iba una a adivinar?... Teniala yo ademas poco tratada. Siempre la casona de Rucanto fue secreta y aduendada para los lugarenos.... Servidores del valle no los quieren; pero los forasteros que les vienen de criados poco duran, y, antes de najarse, algo murmuran en el pueblo. --Pues es necesario enterarse de la verdad de esas habladurias.... Indaga tu, Rita; yo tambien he de averiguar algo de lo que nos interesa. VI Con aquellos indicios vagos y algunos mas seguros que Salvador fue adquiriendo, la incertidumbre se apodero de su espiritu y sintio una honda inquietud atormentadora. Tuvo la idea de hacer llegar en secreto una carta a manos de Carmen para recabar de ella una explicacion categorica acerca de los misterios tenebrosos de aquella casa. Despues penso pedir a dona Rebeca, francamente, una entrevista con la muchacha. Se dirigio a Rucanto lleno de ansiedad. Parecia que le esperaban o que le habian visto acercarse, porque le recibio con mucha gracia una sirviente, conduciendole a la sala donde, con grata sorpresa, encontro a Carmen sola. Estaba bordando. Una nativa autodidaxia la hacia habil para toda clase de labores, y su naturaleza pacifica y bien dispuesta se avenia mal con la ociosidad. Sonrio a Salvador con una encantadora picardia, muy nueva en su semblante. El, gozoso de hablarla sin testigos y de verla tan alegre, le acaricio las manos, dudando si la besaria. Le parecio aquella manana mas mujer, mas linda que otras veces, y como si estuviera un poco desconocida. Sin que ella hablase, el la interrogo impaciente: --?Estas contenta? Venia hoy a preguntarte, ansioso, si vives a tu gusto aqui, si te tratan bien; quiero saber con certeza si eres dichosa. Cuentame la vida que haces, porque se dice por ahi que en esta casa hay una zalagarda continua, y a Rita le parece que tu estas triste. Bajo la nina hacia el bordado sus apacibles ojos oscuros, y un poco turbada murmuro: --?Yo triste? --?Lo estas en efecto? ?Tienes algun deseo, algun disgusto? ?Es cierto que aqui no hay paz ni alegria?... Carmen, esquivando una respuesta categorica, balbucio: --Ellos rinen mucho; pero a mi eso no me importa...: iel padrino quiso que yo viviera con su hermana!... --Siempre que ella fuese para ti buena como una madre.... La pobre nina tenia toda la voz llena de lagrimas cuando exclamo: --iOh, una madre!... iMadre mia!... Salvador, muy impresionado, volvio a tomar entre las suyas las manos de la muchacha. --Tu sufres, Carmen; es preciso que me lo cuentes todo...: hablame pronto, antes que nadie venga. Ella, serenandose, torno a sonreir con graciosa malicia. --No vendran ahora, descuida; me han dado un encargo para ti...; te vieron llegar y me mandaron venir a esperarte.... Curioso, pregunto el medico: --A ver, ?que se les ocurre a esas senoras? Carmen, mirandole con franca mirada deliciosa, le conto sin mas preambulos: --Quieren que te cases con Narcisa.... El solto una carcajada demasiado expresiva. La nina, medrosa, le atajo: --iCalla, no te rias tan fuerte, hombre! Pero el medico no podia calmar su hilaridad jocunda. Ahogando la risa llego a decir: --?De modo que estan locas de cierto? --Si; locas si lo estan.... --?O es que quieren burlarse de mi? --No, eso no; lo dicen en serio; han hablado mucho solas; luego dona Rebeca me ha llamado con suma amabilidad y me ha explicado el asunto, entremetido en muchos refranes..., que "al buen entendedor con pocas palabras basta"..., que "mas vale pajaro en mano que...." El pajaro eres tu, ?sabes? --?Si?... Pues mira, le contestas que "no hay peor sordo que el que no quiere oir"... "que el que mucho abarca poco aprieta".... Ella le interrumpio con argentina carcajada. --Yo tambien tengo muchas ganas de reirme..., mira que casarte tu con Narcisa..., itendria que ver!... --?De modo que gracias a esta embajada puedo, al fin, hablar contigo libremente? --Si, ?me querias hablar?... --?No te digo que estaba muy inquieto por ti? Se comenta ahora mucho la guerra de esta casa.... --Dejalos que esten en guerra.... --Pero tu padeces. --Yo estoy tranquila, Salvador; en todas partes tendria que sufrir. --?Y por que, hija? Ella volvio a inclinar la frente y, otra vez, eludiendo una explicacion, dijo: --Estos dias estan muy amables conmigo. --?Estos dias solamente?... Carmen no queria responder con franqueza, y salio diciendo: --?No sabes que va a venir Fernando? --?El marino? --Si. --?Y a que viene? --A pasar una temporada...: ese dicen que es bueno. --Pero; ?de verdad son malos los otros? --?Malos?... iEs que estan algo locos!... --Tu no tienes confianza conmigo, Carmen; eso me entristece.... Ella le miro carinosa. --Si que la tengo...; ?tu que puedes hacer?... Ya no tiene remedio.... --?Como que no?... Yo puedo hacerlo todo; todo, ?entiendes?... Y lo hare si es preciso; solo falta que tu me autorices para ello. --?Que harias? --Llevarte adonde estuvieras a tu gusto.... Para eso estoy en el mundo, para velar por ti. --?Para eso? --?Y lo dudas? ?No te lo asegure el dia en que saliste de Luzmela? ?No sabes que el padrino me lo dejo encargado?... Aquella evocacion altero la expresion resignada de la nina. Se ensombrecio su rostro peregrino y estuvo a punto de romper a llorar. Logro contenerse con un gran esfuerzo, y entrego su mano temblorosa al joven para protestarle. --Gracias, gracias.... El, muy conmovido, beso religiosamente aquella linda mano, insistiendo: --Dime, ?te quieres ir de esta casa? --No, no; aqui me quedare; si fuera necesario te avisaria. --?Me lo prometes? --Prometido. Se quedaron callados un momento; despues Carmen pregunto con sobresalto: --Y ?que dire a dona Rebeca de mi comision?... La he cumplido muy mal. De antemano sabia que tu ibas a reirte, y he gozado con que juntos nos burlasemos un poco de las dos.... No tiene Narcisa ningun novio, ?sabes?, y te querian a ti porque eres rico. Me encargo la madre que te lo propusiese como ocurrencia mia...; que te dijese cosas muy buenas de la chica.... Y no te las digo por si acaso las crees y te casas con ella.... Luego estarias bien desesperado.... Ademas de ser locas son malas; hablan infamias de todo el mundo, de ti tambien, y del padrino.... --iPobre Carmen!... Asi no puedes vivir.... Yo arreglare esto. Carmen, lanzada involuntariamente al terreno de las confidencias, anadio todavia: --De Andres tengo miedo..., y tambien de Julio.... Salvador estaba consternado; se habia puesto de pie con impaciencia, y ella insistio, siempre alarmada: --?Y que le dire a dona Rebeca ... de "eso"?... --?De que, hija mia? --De la boda.... Y todavia la nina se rio, un poco burlona. --Pues, le diras que yo no pienso casarme nunca. --?Nunca?... ?Y es de veras? La miro Salvador, largamente, para decir: --Hasta que tu te cases. Ella, enrojecida, no supo que replicar. En la casa, sumida en raro silencio, se oyeron entonces pasos y rumores. Salvador, deseando esquivar en aquel momento la persecucion de las senoras, se despidio de Carmen aceleradamente, prometiendole volver muy pronto y haciendole prometer que, entretanto, ella le escribiria con reserva, poniendole al corriente de su situacion, sobre la cual era preciso resolver en definitiva. VII Era aquel un dia de emociones en Rucanto. Saboreaba las suyas Carmencita, olvidada de todo para pensar en los dias felices de Luzmela, evocados por la carinosa visita de su unico amigo. De pronto cayo sobre su ensueno la voz punzante de dona Rebeca, interrogando: --?Se fue ya? La joven se estremecio y, azorada, repuso: --Ya.... --?Y no has llamado a "tu prima"? Timida para disculparse, guardo silencio la joven, y dona Rebeca contuvo a duras penas su enojo, deseando explorar el resultado de las gestiones que la encomendo. --Habla, hija mia; ?que te ha dicho el medico?... ?Le ponderaste a Narcisa?... La pobre Narcisa te quiere mucho; hoy me ha dicho que tienes ya que aliviar el luto y salir con ella a paseo. Vamos, explicate: ?confeso que le era simpatica?... iEl siempre le echa unos ojos!... Carmen, obligada a responder, torpe y confusa, dijo sencillamente. --Me ha dicho que no piensa casarse nunca. La senora, descompuesta en un instante, bramando de furor, alzo los brazos sarmentosos sobre la cabeza de la nina. Luego se tiro de los pelos. Uno de sus desahogos favoritos era encresparse la melena blanca, que debiera ser albo nimbo de su ancianidad. Con la voz temblequeante de despecho, inquirio: --Y ?le has ofrecido mi hija?... iMi hija despreciada por ese advenedizo, un hijo de mala madre, ladron, asesino!... Carmen cerro los ojos, se tapo los oidos, se encogio en su silla pequena, toda confundida y horrorizada. Dona Rebeca seguia avanzando hacia la infeliz; le echaba encima su aliento fatigoso y le escupia en la cara los insultos. --Te aborrezco, usurpadora, infame; que no puedes ver a mi hija porque es mejor nacida que tu, y mas guapa y mas rica.... Dio un manotazo furioso encima del bastidor, que rodo por el suelo. La debil madera del telar habia gemido rota. Entonces Carmen se levanto con un instintivo impulso de defensa. Estaba blanca y tenia en los ojos un extrano fulgor. Los puso en dona Rebeca con tal expresion de firmeza y desprecio, que la vieja abatio los brazos y la voz para murmurar: --?Me desafias?... ?Te burlas de mi?... Tu eres la santa..., la santa.... Esta palabra mordaz, aplicada perfidamente, tenia el privilegio de aplacar las rebeliones de Carmen, tan humanas y tan justas. Humillo la mirada, y cogio del suelo el bastidor. Estaba pensando: iSanta! Todavia no lo soy; me sublevo; me he mofado de ellas con Salvador..., las he acusado..., casi las odio.... iDios mio, hazme buena, hazme santa!... Dona Rebeca, jadeante, necesitaba descansar; paso en seguida de lo tragico a lo jocoso; con una extraordinaria facilidad, para decir: --"_No por mucho madrugar amanece mas temprano_".... "_El que con ninos se acuesta_...." Entro en aquel momento la senorita de la casa. Estaba muy retepeinada y garifa, en prevision de que la hubieran llamado para aceptar benignamente los homenajes del medico, pero habia oido los gritos de su mama, y acudia cenuda y grave al lugar de la catastrofe. Viendo a Carmen descolorida y confusa, desmelenada y rendida a su madre, adivino el resultado de sus tentativas, y ya se iba a insolentar, cuando una voz providente dijo en la puerta: --Senora, un telegrama.... Dio dos saltitos dona Rebeca para apoderarse del papel azul, y Narcisa, olvidada de sus propositos, giro como una veleta hacia la noticia telegrafica. VIII Aprovecho Carmen aquel afortunado momento para escaparse. Tenia en el desvan un pequeno refugio donde habia pasado muchas horas de miedo y de dolor. Era un cuartito con una tronera alzada sobre el alero del tejado; nadie le habitaba, y ella solia subir alli a ver como el sol pasaba por el valle, a mandar un beso a la torre lejana de Luzmela y una oracion al alto cementerio, donde su protector dormia ajeno a tanta desventura. Se oia desde el alto rincon la voz recia del _Salia_, acordada en eterno cantar glorioso. Carmen, engolfandose alli en la exaltacion de los mas altos pensamientos, no desdenaba la amistad de un ser miserable, que solia esperarla en el solitario lugar y acariciarla humildemente. Era un gato, que habitaba casi siempre por aquellos andurriales huyendo de la escoba de dona Rebeca. Tan ruin era y tan feo, que le llamaban _Desdicha_. Carmen le llevaba con frecuencia algo de comer, y el pobre animal le pagaba su compasion con artisticos arqueos y amorosos ronquidos. Muchas veces, contemplando ella los cambiantes policromos de los ojos del gato, pensaba que eran aquellas bestiales pupilas las unicas que en la casona la miraban sin encono; y cuando el maullido blando y lastimoso de _Desdicha_ la llamaba con carinosas inflexiones de gratitud, le sonreia como a un ser racional y le hablaba dulcemente, respondiendo a sus insinuantes confidencias.... En una de las frecuentes escapatorias al desvan, Carmen habia descubierto entre inservibles trastos la imagen tallada en madera de un Nino Jesus. Media un palmo de altura, estaba desnudo y era una escultura tosca. La carita, atristada y borrosa, tenia unos ojos clementes, de los cuales habian resbalado a las mejillas unas lagrimas de muy dudoso arte. A Carmencita le dio mucha lastima de aquel inconsolable dolor rodando por el rostro bendito. Tomo la imagen y la aseo; y a escondidas, con sobresaltos y recelos, le hizo una tunica piadosa con el traje blanco de triste membranza. El Nino estaba sobre un mundo dorado, encima de una peana rustica. Busco la joven un rinconcito donde colocarle, en uno de aquellos muebles rotos, y alli escondido le visitaba todos los dias y le contaba en platica muda y tierna sus dolores solitarios. Aquella manana fue a verle y le parecio que el tambien estaba mas afligido que nunca. Despues se asomo a contemplar la torre grave y maciza de Luzmela, la torre amiga de su corazon. Mirandola estaba con sus bellos ojos empanecidos de tristezas, cuando _Desdicha_ la vino a saludar con expresivos arqueos y ronroneos apremiantes. Ella le acaricio, prometiendole un regalo para mas tarde, y como algunas lagrimas ardientes cayesen entonces sobra la piel tigresa del animal, volvio este hacia la nina sus ojos mortecinos llenos de mansedumbre y le dijo algo piadoso en su barbaro lenguaje; despues lamio con delicia las gotas calidas del llanto y torno a sus arqueos y a sus ronquidos amistosos. Carmen se inclino hacia el pobre _Desdicha_ hasta rozar con sus labios rojeantes la piel hirsuta del animal; luego le coloco blandamente en el alfeizar de la ventana, a la _raita_ del sol, y despidiendose con pesar de la vista del valle y del cantar del _Salia_, bajo al piso principal, porque era medio dia, y se comia alli a las doce en punto. IX El papelito azul decia: "_Llego en el expreso.--Fernando_". Y toda la casa se habia revuelto. La comida no estaba pronta. Habia un trajin impaciente de muebles en habitaciones, y cada vez que la madre y la hija se encontraban en medio de tal jaleo, renian y se increpaban, porque Narcisa, celosa siempre del hermano buen mozo y seductor, opinaba que aquellos eran demasiados preparativos para recibirle, y protestaba con satiricas frases de aquella revolucion inusitada. En esto llego Andres. Traia hambre y estaba de muy mal humor. El retraso de la comida le solivianto, y al enterarse del motivo de aquellas alteraciones pregunto irritado: --Y ?a que viene _ese_? Dona Rebeca le contesto con autoritario tono: --Viene a casa de su madre; hace seis anos que no le veo, tiene tanto derecho como tu a vivir conmigo. --?Derecho?... El tiene carrera...; tu le prefieres porque es guapo, le consientes todos sus caprichos y le das dinero.... Descargo un punetazo sobre la mesa, con toda la reciedumbre de sus punos potentes, y platos y copas saltaron con estruendo y destrozo. --iEsta borracho!--dijo Narcisa con desprecio. El se revolvio como una fiera, y le tiro a la cabeza su baston de cachiporra. Se dio a gritos dona Rebeca; Narcisa, ilesa, invento un desmayo, y Julio ilumino con un destello de feroz alegria su vidriosa mirada. Andres, creyendo que habia herido a su hermana, improviso un segundo acto melodramatico, y aprovechando una iracunda mirada de su madre, fingio querer clavarse en el pecho un inofensivo cuchillo de postre. La candida nina de Luzmela, con un espontaneo movimiento de humanidad, corrio a estorbarle el "suicidio", y aquella fue la primera vez que el miro a la muchacha con detencion y de cerca. La encontro muy hermosa; toda su materia se estremecio, y al entregarle el cuchillo sin la menor resistencia le sobo las manos groseramente. Quedo aplacado el guijarreno mozo por la magia de aquella sorpresa, y como Narcisa creyese prudente recobrarse "del sincope", porque la sopa se estaba enfriando, se hizo la paz en un minuto, Julio dejo de sonreir, y todos se sentaron a la mesa, provista de otros platos y de otras copas. Comieron de prisa y comieron mucho; alli siempre se comia mucho. Con las bocas llenas de insultos, en discordia, en pelea, los guisos y las botellas se despachaban lindamente.... Dona Rebeca, muy amable con Carmen, la llamo _sobrinita_ varias veces y la insto a repetir de algunos platos. La nina, incapaz de acostumbrarse a tales mudanzas estupendas, no sabia si temer o alegrarse en aquella ocasion, y sintiendose al fin contagiada por la extrana tranquilidad general, espero curiosa la hora del tren expreso, que era la de las cuatro de la tarde. X Creyo dona Rebeca oportuno dar dinero a su hijo Andres, con mas largueza que de costumbre, para que se fuera contento por muchos dias; pero el apunando el pago de la ausencia, no se alejo sin rezongar y sin echar sobre Carmen una mirada licenciosa. Afortunadamente, la muchacha, distraida por los extraordinarios sucesos de aquel dia, no habia notado la brutal impresion que estaba causando en Andres. A la hora oportuna bajaron las senoras a la estacion, y Carmen se quedo sola. Ella nunca salia sino a la huerta o al campo.... ?Que iba a hacer en lugares de publica reunion una chiquilla recogida de caridad y siempre enlutada y triste? La nina habia llegado a creer que dona Rebeca tenia razon en disponer asi de sus florecientes diez y siete anos, y no intentaba nunca quebrantar este decreto, martirial y absurdo, que la recluia siempre en grave soledad. Apenas salieron la madre y la hija, Carmen oyo que Julio aullaba en su dormitorio, y temiendo que saliera a asustarla desde algun rincon con sus ojos crueles, bajo al zaguan y se puso a escuchar el silencio de la tarde. Sintiose a poco, por el jardin adelante, un rumor de palabras. Sobre la dura voz de Narcisa y la chillona de su madre, otra, sonora y firme, se alzaba risuena. Carmen se asomo a mirar. Alli estaba Fernando, esbelto, seductor, con su cara palida y fina, su bigote negro, sus ojos endrinos y sonadores. Tenia despejada la frente, rizo el cabello obscuro, y sensual la boca, sonreidora y correcta. Entro el viajero en el zaguan, y quedose la muchacha fascinada, dudando si en efecto seria aquel Fernando Alvarez de la Torre hijo de dona Rebeca. Pero lo era, porque viendola el replegada contra el muro, pregunto a su madre: --?Esta es la hija del tio Manuel? Y sin esperar respuesta, la abrazo con efusion, la miro con entusiasmo y declaro al fin: --iEs muy bonita..., muy bonita! Carmen estaba encantada, Narcisa furiosa, y dona Rebeca parecia abstraida en perplejidades y temores, con un aire languido de victima, muy mal avenido con su figurilla inquieta y alocada. Sentia un enfermizo reblandecimiento de amor maternal hacia el marino, y veia avecindarse en torno suyo los iracundos celos de Narcisa. Esta perspectiva, ?la entristecia o la alegraba?... Era dificil averiguarlo, porque su aspecto, adolecido, parecia poco sincero. ?Acaso no estaba ella en su elemento cuando mas fuertes se desencadenaban en la casona las tempestades familiares?... Se habian quedado todos sumidos en un silencio molesto, durante el cual la galante sonrisa de Fernando siguio fija en el turbado rostro de la nina de Luzmela, y entonces la senora insto a su hijo a subir, ponderando con entrecortada voz, muy fingida y lacrimosa, los anhelos que sentia de verle a su lado y recrearse con su presencia. Tan pronto como ellos desaparecieron, Narcisa empezo a trastear con bruscos ademanes; quitaba y ponia sillas de un lado a otro, empujaba a puntapies el equipaje de su hermano, y silbaba unas amargas murmuraciones. --Ya tenemos en casa el viril; ya esta aqui el oraculo; se completo la seccion de estorbos.... Entre chiquillas de la calle y senoritos guapos vamos a estar divertidos.... Carmen, sin atender a Narcisa, estaba sintiendo todavia como la acariciaba dulcemente la sonrisa serena del marino. En pocas horas cambio Fernando el semblante sombrio de la casa. Canto, abrio los balcones con estrepito, y una brisa otonal, odorante y pura, refresco las habitaciones lobregas, cerradas por el desuso mucho tiempo. No quiso la que le habian preparado, sino otra mayor, con mejores vistas y peores muebles. La casona, inmensa, tenia amplios aposentos desmantelados y medio ruinosos. Todas aquellas ventanas carcomidas y gimientes las abrio el marino de par en par, y el sol se tendio perezoso en las estancias, y entraron con el en la casa los rumores soberbios del rio y el garganteo melodico de los malvises. Estaba la mies en derrota; los ganados, libres, sesteaban sonolientos, se refocilaban en barbaras persecuciones, o pacian en lentas cabezadas los brotes _siruenos_. Tintineaban las esquilas en la mansa levedad del ambiente, y todo el valle se hermoseaba con traje de alegria en la paz georgica de la tarde. Fernando prodigaba sus admiraciones a los encantos de aquel panorama delicioso, y saciando sus ojos de hermosura, rememoraba los anos infantiles, prodigos en aventuras y promesas. Mientras tanto, dona Rebeca habia dejado de renir a voces; Julio apenas salia de sus escondites, y Andres no habia vuelto a aparecer por la casona. Narcisa, mas convencida que nunca de la importancia de su persona y de la sublimidad de su talento, se engolfaba en lamentaciones augurales, presagiando que el regreso tan festejado del marino habia de traer graves perjuicios al esclarecido solar de Rucanto.... Con el reciente trasiego de muebles, Narcisa tomo pretextos para lanzar de su cuarto la camita de Carmen, y la nina, muy contenta, eligio para colocarla un retirado gabinete desalhajado y achacoso, pero con recia llave en la cerradura y ancha ventana abierta al campo, sobre el camino de Luzmela. Entonces, aprovechando los favorables vientos de paz que reinaban en la casa, se atrevio a bajar del sobrado la abandonada imagen del Nino Jesus. La puso encima de una rinconera adherida al muro espeso del dormitorio, y se complacio en su compania y en su devocion con misticos arrobos. Pareciole que el vestidito de la imagen estaba un poco sucio y se lo lavo, para volverselo a poner muy bien alisado y pomposo. Buscaba todos los dias algunas flores que ofrecerle y cada noche, antes de acostarse, le besaba con fervor en las divinas lagrimas. Una manana de aquellas estaba peinando la acrespada peluca del Nino con su mano alba y tersa, cuando sintio una inquietud medrosa que le hizo volver la cara. Por la puerta entornada, los ojos felinos de Julio la perseguian, apostados en la oscuridad como una maldicion. XI Fernando se complacia en manifestar a Carmen una simpatia franca, llena de atenciones. Cuidabase poco de su madre y de su hermana, sin preocuparse de merecer su beneplacito. Desde la primera mirada, vio como ellas aborrecian a la nina de Luzmela, y, sin protestar de esta monstruosidad, el se puso a quererla, porque le parecio digna de carino. Dona Rebeca tragaba saliva, renegaba de todo lo criado, a media voz, y, quedito, en los pasillos y en los rincones, le decia a Carmen injurias y refranes con perversa impunidad. Una calma aparente reinaba en la casona, porque Narcisa, sabiendo que le era imposible contrarrestar la influencia que Fernando ejercia en su madre, se contentaba con zaherirlos a los dos a cierta distancia del marino, apagando la voz y mordiendo las desesperaciones de su envidia. El fracaso de sus tentativas conquistadoras cerca de Salvador la tenia frenetica. Habia creido que, por miedo o por conveniencia, Carmen iba a cumplir a satisfaccion la extrana embajada; que no era lerda la nina ni le faltaba ingenio para enredar una madeja de amores. Pero no habia querido, no, ila picara, la taimada!... Uno de aquellos dias en que tuvo ocasion de echarle a la muchacha en cara lo que ella llamaba su "ingratitud", tantos cargos terribles la hizo y de tales apariencias de indignacion adorno su resentimiento, que la nina llego a creer en la posibilidad de su culpa. Mostrose muy apurada entonces, y Narcisa, abusando de aquella turbacion inocente, derrocho sobre la muchacha las recriminaciones y acudio despues a las amenazas. Carmen, llena de temor, trato de calmarla, insinuando alguna promesa. --El me dijo--balbucio--que no pensaba casarse...; pero creo que lo dijo en broma...; quedo en venir pronto.... La presunta novia apaciguo un tanto sus furores para manifestar: --No; si a mi por el no me importa un bledo...: tengo pretendientes de sobra. Lo que siento es tu mala voluntad, tu poca complacencia.... Se trataba solamente de conocer sus intenciones..., de saber por que nos visita tanto.... Por ti no sera...: idicen que sois hermanos!... La nina, recobrandose, contesto al punto: --Si fuese cierto, por mi vendria.... --O no, que a los hermanos no les da tan fuerte. Ya ves lo que se molestan por mi los mios..., icomo yo por ellos!... No oyo Carmen estas ultimas palabras, embebida en la ilusion de pensar que Salvador pudiera ser su hermano. La otra argullo todavia: --El bien me mira.... Distraida afirmo la muchacha: --Si..., el bien te mira.... --Bueno; pues quiero conocer sus propositos, porque asi estamos perdiendo el tiempo, y yo me perjudico. Aun dijo Carmen, perpleja: --Tu te perjudicas.... --Pues es preciso que te enteres pronto y bien de su intencion..., con disimulo..., y si no, ipobre de ti! La nina, como un eco, repitio mentalmente: --iPobre de mi! XII Y sin embargo, Carmen ya no era tan pobre; tenia un amigo influyente en la casona donde antes solo tuvo un Nino Jesus de madera y un gato feo y ruin. Con lozana alegria empezaba a florecer su corazon amoroso; y seducida por aquellos primeros favores de la suerte, se sintio tan deseosa de paces y treguas en la batalla de su senda oprimida, que penso en congraciar con un ardid a la terrible senorita de la casa, escribiendo a Salvador dos renglones que pudieran convertirse en alguna esperanza para la cazadora de novios. Y ella, tan sin artificios ni dobleces, imagino en seguida un medio facil y seguro de hacer llegar su misiva a las manos del medico. Era un sabado, y dona Rebeca daba algunas limosnas en ese dia, por vieja rutina de la casa. Solia la nina repartirlas, y tenia un pobre favorito muy socorrido por ella en sus prosperos dias de Luzmela. Aguardole, y, con misterio, le dio su papel para Salvador. En el decia: "Estoy bien y mucho mas contenta; no dejes de venir pronto a vernos y procura estar amable con Narcisa: es un favor que te pido". Despues que el emisario partio, gozoso de servir a su bella protectora, Carmen se quedo arrepentida de inducir a Salvador a una farsa con aquel impremeditado ruego. Quiso tranquilizarse pensando:--No sera mas que una medida para que ahora me dejen en paz; el lo hara con gusto cuando yo le explique.... --Pero ?que le explicaria?... Carmen enrojecio a solas, y sintio en su corazon un acelerado latido. Quedose pensativa.... Entretanto, Andres se habia avistado ya con su hermano. Llego el malviviente a la casona un poco menos feroz que otros dias. El y Fernando se saludaron como si la vispera se hubieran visto. El marino se contento con decir: --Estas viejo, hombre.... Andres le atraveso con sus ojos bizcos, inexpresivos y torpes, y dijo un poco sarcastico: --Tu estas mas joven. Se volvieron la espalda. Fernando cantaba una barcarola. Andres buscaba a su madre para pedirle dinero. En el corredor se tropezo con Carmen; parecia haberse olvidado de ella, y al verla dio un grunido y trato de hacerla una caricia. Sobrecogida, no pudo evitar un ligero grito al esquivar su cuerpo inmaculado de las manazas brutales del hombron. Salieron dona Rebeca y Narcisa de sus habitaciones, como dos viboras de sus escondrijos, silbando: --iLoca!... iSi esta loca!... ?Que escandalo es este?... Andres, detenido en medio del corredor, perseguia a la joven con una mirada estuosa y voraz, y las senoras de la casa, asomadas unas a cada puerta, atisbaban procaces y malignas. Fernando, desde la entrada del comedor, sonrio sobre aquella escena amarga, sin sorpresa ni indignacion aparentes, y le dijo a Carmen, que se le habia acercado medrosa: --Anda, vente conmigo un poco a la huerta.... Se hizo el silencio en torno a aquella voz armoniosa que ejercia un milagroso imperio en la familia, y Carmen, bajo la proteccion de aquel influjo bienhechor, se apresuro a obedecer. Salieron a la huerta por la puerta vidriera del pasillo. La miraba el marino intensamente, con una delicia manifiesta; ella sentia una turbacion extrana. Iban al mismo paso descuidado, por el sendero, y le dijo el: --No tengas cuidado ninguno mientras este yo aqui.... Despues, de pronto, murmuro: --iQue bonita eres y que buena! Ella, toda estremecida, se quedo silenciosa; su corazon aleteaba con unas agitaciones inefables. Fernando suspiro. Se inclino para arrancar entre la hierba unas borrajas, ya casi marchitas, y con otra voz distinta, fraternal y confidencial, pregunto: --?No tienes mas que este vestido, Carmen? --Este, y otro mas viejo.... --Y, ?cuando te quitas el luto? --Cuando "ellas" manden.... El tiro las flores distraido y repuso: --Le quitaras ahora para todos los Santos.... Entonces la nina le miro maravillada, tan llena de admiracion, que el, otra vez con acento ardiente, le volvio a decir: --iQue buena eres... y que hermosa! Te quiero mucho, Carmencita, ?me quieres tu algo? Haciendo esfuerzos por serenarse, balbucio ella con timidez encantadora: --Algo, si.... --iDivina..., divina!--murmuro el marino, casi en un soliloquio; y devoraba con delectacion el rubor de la muchacha y su emocion profunda.... Cuando volvieron de aquel breve paseo, Andres se habia marchado sin esperar a comer; Narcisa tenia un pliegue enigmatico en su frente orgullosa, un poco deprimida, y dona Rebeca parecia que habia llorado. Carmen, embebida en algun pensamiento celestial, sin duda, mostraba una expresion nueva y radiante, y Julio, que la perseguia con ojos interrogadores, no quiso comer sin la sal de las lagrimas con que la nina de Luzmela solia sazonar las familiares viandas. XIII Estaba Salvador muy asombrado de los renglones de Carmen. Penso en ir a Rucanto al dia siguiente con pretexto de saludar a Fernando, y le parecieron largas las horas hasta que llegase la de ver a su amiga. Se recibio su visita en la casona con mucho agasajo. Dona Rebeca hizose toda un puro caramelo, y Narcisa, que tardo en presentarse un buen rato, llego emperejilada y grave. Era delgadisima y componia manosamente el desgarbo de sus formas mediante postizos fementidos. Vestia con lujo, y llevaba en la cara vulgar una expresion dura, y muchos polvos de color de rosa. Fernando y Salvador se abrazaron cordialmente; contaban una misma edad y habian hecho juntos algunas memorables jornadas infantiles. Cuando entro Narcisa en la sala, Salvador no pudo remediar cierto azoramiento mortificante, que ella interpreto a su antojo. Llevaba el medico en la solapa una blanca margarita del jardin de Luzmela. La senorita de la casa admiro con insinuante ponderacion la gracia de la florecilla, y el joven, por no saber que hacer ni que decir, se la quito del ojal, ofreciendosela. Fue aquel un momento incomparable para Narcisa; tomo en triunfo la flor, y se la prendio en el pecho, rebosante de gozo.... Fernando convido al medico a comer, y las senoras asintieron a la invitacion con tan buena voluntad, que Salvador no pudo evadirse de aceptarla, aunque estuviese muy disgustado alli. No era experto en artes de coqueteria femenil, y los manejos astutos de Narcisa le ponian nervioso. Ademas, se hallaba impaciente por que Carmen le revelase el motivo de su extrana suplica, mientras ella parecia completamente olvidada de dar a su amigo esta explicacion. Tenia en aquella hora una actitud singular y extrana que acrecentaba su belleza dulcisima. Abstraida y silenciosa, mostrabase ajena a todo lo que no fuera oculto embeleso de su alma. Salvador la observaba lleno de incertidumbre; y solo pudo averiguar, al cabo, que de tarde en tarde la muchacha alzaba el vuelo de sus pestanas sedenas hacia los ojos fulgurantes de Fernando.... Cuando, a media tarde, volvia Salvador en su caballo hacia Luzmela, una pena asordada y mordiente lastimaba su corazon, y la gloria del valle y la cancion del rio, caian sin encantos en la sombra de su espiritu. XIV En uno de aquellos dias, el marino paso en la capital algunas horas. A su regreso coloco sobre la mesa del comedor unos paquetes. Narcisa corrio a curiosearlos y se complacio a la vista de unas elegantes telas de finos colores. Muy amable, dijo a su hermano: --Has hecho compras, ?eh? Y el, con su galante sonrisa, respondio: --Si; unos trajes para Carmencita. Por ahorraros molestias, yo mismo avise a la modista de Villazon, que vendra manana para que la nina elija modelos. Narcisa se puso verde. Con las manos estremecidas sobre las telas, estuvo un momento dudando si podria tragar su despecho. Tenia asomadas a los labios desdenosos unas agrias frases de reproche y ofensa, y, con ellas extendidas por toda su cara descompuesta, salio de la estancia dando un tremendo portazo que alzo en todas las habitaciones un eco penetrante. Fernando, sin perder su risuena actitud, volviose hacia Carmen, que estaba inmovil y pasmada, para decirle: --?Te gustan los colores?--y le senalaba las telas desdobladas. La muchacha no se atrevia a responder ni casi a mirar. El se le acerco afectuoso y la obligo a levantar la cabeza, rozandole con la mano suavemente la redonda barbilla. Con acento contenido y amoroso le suplico, casi al oido: --?No te he dicho que mientras yo este en Rucanto no debes temer nada? Tenia Carmen cuajados de lagrimas los ojos y era presa de una emocion confusa, entre grata y doliente. Llena de sinceridad infantil interrogo ansiosa: --Y ?estaras aqui mucho?... Habia tal anhelo revelado y temeroso en esta pregunta, que el impavido marino, tan senor de si mismo y tan risueno, sintio una verdadera emocion de piedad y de ternura. La estaba mirando a los preciosos ojos ardientes, cuando contesto: --Estare... todo el tiempo que tu quieras.... --Entonces, siempre.... --Pues... siempre.... Ya sabes tu que te quiero mucho, ?verdad?... Eres una santa, nina, una santa muy hermosa. Ella, con la incomparable sorpresa de aquel lenguaje calido y ferviente, llena de efusion murmuro: --Tu eres bueno.... Bajo la influencia de aquel minuto grande y puro de su vida, repuso Fernando: --No; no soy bueno...; sere, si tu quieres, "menos malo"...; pero, aunque no soy capaz de nada sublime, tampoco de nada infame. Y como si quisiera justificar sus palabras, dejo de sugestionar a la nina con su voz conqueridora y con su mirada magnetica; la hizo llegarse a mirar los vestidos, y quiso hablar de ellos en conversacion amistosa y festiva. Pero Carmen seguia extasiada ante una revelacion luminosa que la poseia toda de extrana y honda felicidad. XV Se supo en la casona y aun en los alrededores, que dona Rebeca y su hijo mayor habian tenido una larga y solemne entrevista. Y aunque parecia imposible que la senora fuese capaz de sostener una conversacion seria, sin exaltaciones y mudanzas, sin giros insensatos ni absurdas interpretaciones, ello fue cierto que Fernando la sometio a esta penitencia y que empleo en tal empeno toda la fuerza moral con que dominaba a su madre. Se supo, tambien, que, al final de esta memorable confidencia, habia sido llamada Narcisa, y que despues de escuchar, con mal contenida impaciencia, las admoniciones de su hermano, mas autoritarias que suplicantes, salio diciendo, evasivamente y con sana: --Casate con ella y te la llevas a navegar; mientras tanto, mama dispone al fin de su herencia, que ya es hora, y paga lo que debe y salimos a flote.... Eso es lo mejor que podias hacer; ya que tanto te interesa la chica, a la vez que la sacas de penas, nos sacas a todos.... Tu que eres el mayor y el preferido, debes ayudar a tu madre.... Se supo, en fin, que entre otras muchas cosas acordes y sensatas, inusitadas en aquella casa de locos y de suicidas, Fernando dijo con acento honrado: --Yo no soy capaz de hacerla feliz...; yo no la merezco.... Maravillo mucho que dona Rebeca escuchase el severo sermon de su hijo sin tirarse de los pelos ni recitar siquiera un mal refran, y que, por remate de cuentas, Carmen estrenase en paz sus lindos trajes y saliese a paseo a la Estacion, despues de la misa mayor del dia de los Santos. La miraron aquella manana en el pueblo como a una desconocida; parecia otra. Llevaba con exquisita gracia su modesto traje de senorita; se habia recogido sencillamente los cabellos, cuyos ensortijados aladares daban a sus sienes puras la idealidad de una corona. Pero lo mas sorprendente, lo mas admirable de la nina era aquella su incopiable expresion de delicioso ensueno, que encendia en sus labios sonrisas misteriosas y en sus ojos intensas y divinas luces. Salvador la encontro al salir de la iglesia; iba Carmen con dona Rebeca y el marino. La senora llevaba un semblante dolorido y amargo como si estuviera bajo el peso de alguna gran desgracia. Fernando parecia un poco triste; su habitual sonrisa era algo forzada. Solo Carmen iba poseida de intimo gozo lleno de fulgores. Se quedo Salvador absorto contemplandola, y el dolor causado por ella en el corazon del joven hacia dias, se agudizo y le hizo palidecer. Nada de esto advirtio la muchacha, engolfada en su interno delirio. Fueron juntos los cuatro hacia la Estacion, al paso menudo de dona Rebeca, que acentuaba su actitud de victima musitando entre suspiros: --_De fuera vendra quien de casa nos echara...; unos nacen con estrella...._ Fernando y Carmen se adelantaron un poco, enveredados a la par por la mies adelante. Mostrabase el otono benigno y dulce, y era la manana serena y luminosa. Tenia el ambiente una cristalina diafanidad, una templanza gozosa. Las praderas, enverdecidas con un palido color de esmeralda, ofrecian suavidad fonge y amable, y en los hondones del terreno alzaban los arroyos su placido son. Los bosques, despojados a medias, daban al paisaje una nota melancolica de marchitez poetica, y su mantillo abundoso en amustiadas hojas, ponia un contraste pintoresco sobre el terciopelo verde de las campas. La hoz tragica, abierta en el horizonte, levantaba sus montanas bravas y oscuras hasta el cielo, vestido de indigo color, terso y puro, sin un solo jiron de nube triste. Carmen vivia con nuevas y potentes sensaciones toda aquella vida apacible y fecunda del valle. Derramaba la sorpresa de sus ilusiones en las caricias con que miraba al cielo y al campo, al bosque y a la montana, para luego recoger de toda aquella belleza mas infinitos anhelos de vida imperecedera, de eterna esperanza de felicidad. Cuando oyo a su lado la voz amorosa de Fernando, aquella voz que sabia tener para ella acentos subyugadores, irresistibles, se ruborizo de dulcisimo placer. El no podia apartar los ojos de la joven. Parecia que, mirandola, luchaba con una tentacion dominante, y que, debil y antojadizo, se dejaba vencer de la magica tentacion. Hablaron en voz baja, con las miradas confundidas y los corazones agitados. Hacian una pareja encantadora. Mientras tanto, Salvador, acompanando a dona Rebeca, iba gustando una cruel amargura insoportable. Carmen no le parecia la misma. No era su hermanita de Luzmela ni su protegida de Rucanto. Era ya una mujer, era una novia; y lo era a los ojos de todos, a pleno sol, en plena posesion de todas las sensaciones divinas del amor, entregando su alma a otro hombre sin volverse a mirar si el padecia, si el se quedaba solo en el mundo, abandonado del unico objeto de su vida.... Oia el medico, vagamente, el acento lamentoso con que dona Rebeca le iba diciendo: --Pues si, alli se quedo, la pobre, trajinando; vino a "misa primera"...; es muy hacendosa, muy formalita...; ahora hay mucho quehacer en casa; icon Fernando y la ropa nueva de Carmen!... Porque es lo que yo digo: _tu que no puedes...._ Cuando llegaron al anden, donde despues de misa solia pasear el senorio, Salvador se apresuro a despedirse con el pretexto de tener que visitar algunos enfermos. Entonces, reparando el marino en la profunda alteracion de sus facciones, observo: --Tu tambien pareces enfermo.... El medico perdio su aplomo hasta el punto de no saber que contestar, y la despedida resulto fria y penosa. XVI Todo el resto de aquel dia se paso en Rucanto en una tesitura violentisima, pero sin una voz levantada, sin un insulto echado a volar. Aquella calma amenazante parecia el presagio de una borrasca. Dona Rebeca y Narcisa se eclipsaron en sus habitaciones, despues de una comida silenciosa y triste. Julio no se habia levantado de la cama, y Carmen y Fernando todo lo hablaban con los ojos, en mudas contemplaciones, con una ansiedad llena de homenajes. Uno y otro habian dejado casi intactos los platos en la mesa. Como iban siendo breves las tardes, apenas dieron en el huerto unos paseos ya cayo la luz, y el paisaje se hizo impreciso y todo se enmudecio en la vega, a no ser la fresca voz del rio elevada en gregario constante como un inmenso arrullo encalmado. Los dos jovenes entraron entonces en la salita baja y se acercaron a la reja que daba al jardin sobre el vano de la ventana. Fernando busco un taburete para sentarse a los pies de la nina, y como si cediera a un impulso contenido y frenetico, con una embriaguez de palabras ardorosas, la hablo de amarla mucho y amarla siempre. Ella aturdida, hechizada, se dejo inflamar en aquel fuego divino que ya habia prendido en su corazon, y respondio a la querella amorosa con una encantadora reciprocidad de promesas. El decia con una vehemencia arrebatadora; ella con una ingenuidad tan blanda y dulce que su voz regalada parecia un suspiro. Hicieron su novela. Se casarian, y el la llevaria en su barco por la llanura inmensa del mar bueno, de su amigo el mar. Seria su viaje de novios como un vuelo sin fatiga por un desierto azul; seria la posesion pacifica y suprema de todos los goces del amor, en un olvido absoluto de la tierra, en una excelsa meditacion sin turbaciones, en una vida nueva, sin limites, sin horizontes, inmensamente feliz. Carmen veia como el cielo todo bajaba a su corazon confiado y noble; veia como era verdad que habia en el mundo amor y ventura. Fue aquel un idilio intenso, ferviente, vibrante, erigido en una hora de gloria humana, en que todas las ilusiones de Carmen florecieron con divinas rosas.... Una cosa acre, fria, inclemente, rodo encima de aquel himno armonioso. Era la voz de Narcisa que pedia la cena. Carmencita, incapaz de bajar de un solo paso desde el cielo rutilo y floreciente hasta el lobrego comedor de la casona, se deslizo hacia su dormitorio para recogerse un momento y componer su semblante transfigurado. Iba casi a tientas por salas y pasillos penumbrosos, a los cuales la luna se asomaba un poco por las vidrieras desnudas. No sabia la joven de cierto si pisaba en el tillo crujiente o en una nube esplendorosa y flotante, o ya en el barco milagroso de Fernando.... Iba alucinada, henchida de felicidad.... Al llegar cerca de su cuarto, sin miedo a nada ni a nadie del mundo, desasida de la tierra, elevada a todas las excelsitudes de la gloria, una sombra siniestra cruzo a su lado; la vio desvanecerse hacia el fondo oscuro del corredor. Con el corazon acelerado, entro en su aposento, y, buscando cerillas en su mesa, encendio una luz. Miro en seguida a todos lados con zozobra, y encontro a su pobre Nino Jesus, colgado ignominiosamente de un clavo por los escasos cabellos rubios. Corrio a libertarle de aquella burla sacrilega y vio con desconsuelo que habian tratado de sacarle los ojos. Los tenia heridos, como si se los hubiesen pinchado con un punzon. En uno de ellos el cristal estaba roto con una incision que laceraba toda la candida pupila. Carmen no sabia que pensar de aquel ominoso atentado contra la sagrada imagen. iHabia dado un tropezon tremendo desde su nube o su barco contra la siniestra sombra hundida en el corredor!... Un minuto mas que hubiera ella tardado, y el pobre Santo, indefenso, hubiera perdido sus dos ojitos clementes, llenos de lagrimas. Irguiose la muchacha, indignada, con el Nino en los brazos, y le beso con ternura compasiva, dispuesta a defenderle y amarle contra todas las sombras perversas de Rucanto. Cerro su puerta con llave para bajar al comedor, y al entrar en el vio que Julio, a quien ella creia enfermo, estaba alli, espiandola con ojos acerados; y como fulgurase sobre ella una mirada sanuda, semejante a una maldicion, acercandosele, serena y valiente, le miro retadora hasta hacerle inclinar la cabeza. XVII Carmen paso la noche en vigilia febril. El sueno de las altas horas le pesaba en los parpados, rendidos; pero acunada por la nave milagrera de su novio y perseguida por la imagen fatidica de Julio, no podia dormir ni sosegar, hasta que, ya alboreciendo, se sumio en un leve descanso lleno de estremecimientos. Despertose bien entrada la manana y le parecio oir lamentos y carreras, como en los dias aciagos de aquella casa. No se inquieto gran cosa, pensando que la presencia benigna del marino encalmaria bien pronto aquella tempestad. Empezo a vestirse lentamente delante de un espejito tan pequeno que se iba viendo en el "por entregas", y reparando en ello se sonreia. Estaba llena de sonrisas Carmen aquella manana.... Una sonrisa para el espejo donde, inclinandose, vio su cara preciosa un poco descolorida; otra sonrisa para la ventana, ya acariciada por el sol palido de noviembre...; otra, para el cielo; los ojos garzos y acariciadores de la nina subieron hasta el dulcemente al traves de los vidrios empanecidos por la helada.... Estaba todo azul; ?no habia de estarlo?... Azul tenue el cielo, dorado desvaido el sol, verde apagado la campina...; ique bonitos colores tenia la vida aquella manana! Y en el firmamento apacible cabalgaba una nubecilla blanca y graciosa que parecia una vela marina hinchada por el viento...; ?si seria un barco?... Carmen quedo absorta en una deliciosa meditacion. Estaba abrochando los botones del peinador y volvio a mirar hacia el espejito, donde ahora se reflejaban sus dos manos nacarinas ajustando la tela sobre el pecho. Y en esto llamaron a su puerta. --Senorita, senorita..., tenga. Y le dieron una carta. --iCosa mas sorprendente!... La sirviente se quedo alli, mirandola con rara curiosidad, y la joven, asombrada, pregunto: --?De quien es? --Del senorito Fernando; me la dio para usted antes de marcharse. --Pero, ?se ha marchado? --Y bien de madrugada...; tomo el primer tren. Carmen se apoyo en el borde de su cama deshecha y tibia, y con las bellas manos temblorosas abrio la carta. Leyo con ojos de sonambula, desmesurados y turbios. "Carmencita: Nina santa y hermosa, que me has querido en la hora mas grata de mi vida, te digo adios con mucha prisa y con mucha pena: con prisa porque debo separarme de ti cuanto antes; soy malo y temo hacerte mucho mal...; con pena porque me duele el corazon al dejarte.... Solo tengo una cosa buena: que me conozco. Esta unica virtud la pongo humildemente a tu servicio por encima de mis tentaciones y de mis ansias.... Olvidame: hazte la cuenta de que nuestro barco de novios ha naufragado y tu te salvaste pura y sana, en la playa del olvido.... Si hoy te hago sufrir un poco, perdoname pensando que he tenido lastima de ti y me trato sin compasion al decirte adios.... Fernando." La nina de Luzmela alzo los ojos de la carta y paseo por el cuarto una sonrisa estupida, que fue a posarse como una mariposa atontada sobre el Nino Jesus lastimado, erguido en su rinconera. Se quedo Carmen mirandole como si nunca le hubiera visto...; ique feo estaba y que ajada la ropa! Pero ?adonde miraba ahora el Nino Jesus?... No se sabia.... ?Hacia la ventana?... No.... ?Hacia la puerta?... Si; hacia la puerta.... ?A ver? Carmen volvio la cara y alli estaba todavia la criada, boquiabierta, haciendose la remolona, con una mano en el picaporte y otra en la cintura, como si esperase algun recado.... La senorita la miro sin dejar de sonreir, con una helada expresion que daba espanto, y la moza dijo: --Con que se despide don Fernandito, ?eh? Entonces, Carmen, estremecida, agito maquinalmente la mano que tenia inerte sobre la falda, con la carta abierta, y respondio: --Si.... La mozena dio dos pasos dentro de la habitacion, y confidencialmente relato: --Estos senoritos son el diablo.... Ya ve, a usted la cortejaba, como quien dice, y lo mismo hacia con Rosa la del Molino. Carmen movio lentos los labios para decir: --Rosa.... --Si; usted "no caera".... Como usted apenas sale de casa, no conoce a la mocedad de Rucanto.... Pues es una, aparente ella, pinturosa de la rama y de mucho empaque.... Carmen volvio a decir, como en un delirio: --iRosa!... Y a tal punto oyeronse mas lamentables y distintos unos grites agudos en el fondo de la casa. La criada salio corriendo por el pasillo adelante y Carmencita volvio a posar los ojos, errantes y nublados, sobre el Nino Dios de madera. Ya el nino no miraba a la puerta.... ?Adonde miraria?... La muchacha, sumida en la insensatez confusa de sus pensamientos, sintio clavarsele en el cerebro aquella curiosidad inexplicable, que le dolia como una punzada violenta. ?Adonde miraba el Nino Jesus? Con un andar forzoso y mecanico se le acerco lentamente. El nino no miraba a parte alguna. Estaba tuerto, estaba herido, estaba triste y despeinado..., con el traje en desorden.... Despues de contemplarle un rato en atenta inmovilidad, Carmen se agacho un poco para mirar otra vez su cara en el espejo. Tambien ella estaba despeinada y triste, con los labios blancos, las ojeras negras, los ojos huranos, el vestido a medio cenir.... iQue feos estaban el pobre Nino de madera y la pobre nina de carne!... Y se sonrio otra vez como una idiota. Por su puerta entreabierta entro en aquel momento un agrio rumor semejante al graznido del carabo. Todo el cuerpo de Carmencita temblo, y sin dudar ni un segundo, sin volver la cabeza, despierta a la realidad de los sucesos, en una brusca sacudida de su ser, murmuro: --Es Julio, que rie. XVIII Dona Rebeca se rebullia en su cuarto con las crenchas blancas tendidas en enredada madeja, con los brazos secos alzados como las quimas de un arbol marchito que se elevase al cielo pidiendo venganza. Gesticulaba y maldecia y decia refranes a destajo.... Encima de una silla, con la tapa levantada y el seno vacio, se estaba muy echada para atras, y muy burlona, una cajita de hierro, cuyo contenido se habia llevado tranquilamente el joven Fernando, el hijo predilecto y mimado de la senora. Ella misma le habia dado la llave de la caja, diciendole muy acaramelada y blandamente: --No quiero hacerte de menos, hijo; tu eres aqui el amo; para eso eres el mayor, un hombre de carrera, tan cabal y buen mozo.... Y el buen mozo tomo para su viaje los fondos de la familia, todos los ahorros de la renta, destinados a pagar deudas apremiantes, y "el quinto" de Julio, y salarios y obligaciones urgentes de la casa. En las entranas hueras de la caja dejo Fernando un billete que no era, por cierto, de Banco, y que decia: "Tengo que marchar inmediatamente, sin tiempo para despedirme, y llevo este dinero porque lo necesito y porque algo he de disfrutar yo de la herencia de tio Manuel...." Dona Rebeca, ante la insolencia provocativa de aquella arrasada, se desato en improperios contra el hijo guapo de su corazon, y pensando con terror en el desquite que Narcisa se iba a tomar a costa de aquel despojo, entono la salmodia estupenda de sus refranes: _--Al arca abierta, el justo peca.... Del enemigo, el consejo.... Fiate de la Virgen...._ iEra toda un puro berrinche la senora de Rucanto! Narcisa, enterada del suceso, tuvo la mas despiadada y cruel sonrisa para la boca abierta de la madre y de la caja, y encogiendose de hombros comenzo a congratularse de haber acertado en sus pronosticos. Y todos sus ademanes y sus dichos eran una jactancia orgullosa de sibila, una mofa hiriente y sangrienta para la desmelenada senora.... Julio no paro mientes en los gritos de las damas ni en la desaparicion de la bolsa, sino en la cartita que la criada, guinando maliciosa, llevo al cuarto de la novia. Aquel acontecimiento habia hecho reir a Julio a carcajadas por primera vez en varios anos. Todo se desquicio lugubremente en la casa de Rucanto desde aquel punto y hora. Ya no hubo un minuto de paz ni siquiera aparente; ya, sin la blanda influencia de Fernando, se volvio a endurecer la vida aspera y zaharena de aquella gente; ya, sin dinero y con trampas y apuros, volvio la estrechez de los dias negros a caer implacable sobre el tragico caseron. Cuando Andres se entero por Narcisa de la hazana de su hermano, dio de punetazos a los muebles y de patadas a las puertas, y crujieron maderas y cristales, temblaron las habitaciones y rodaron las blasfemias de una estancia en otra con un eco sacrilego y temerario. Dona Rebeca, tiritando de miedo ante aquel furor, huyo como alma diablesca por los misteriosos escondrijos de la casona. En el paroxismo de su ira oyo Andres el nombre de Carmencita. --?No sabes?--le decia su hermana, serena en medio de aquella borrasca--: "la dejo plantada". El barbaro mozo se calmo de repente, deteniendo el trueno de su voz ante la imagen seductora de la nina. --?Donde esta?--pregunto ansioso. --No se; ahi, por algun rincon; esta muy triste. --Quiero verla--rugio el monstruo. Y se puso a buscarla por la casa adelante. Iba diciendo siempre: --Quiero verla, ?donde esta? Narcisa le contemplo con sorpresa primero; despues, con gozo; luego, con una crueldad brava y horrible. Corrio tras el y le dijo con voz opaca, llena de perfidia: --?La quieres?... Yo te la buscare.... Te la doy para ti..., te la regalo.... Y los dos se lanzaron a la caza de Carmencita, oteando febriles como dos canes buscones. No la encontraban. Andres se iba impacientando. Para animarle, Narcisa le sirvio una incendiaria copa de ron. Luego que la hubo apurado de un trago valiente, dijo Andres: --iOtra!... Y la terrible senorita se la volvio a llenar. Todavia Andres presento la mano extendida, insistiendo: --iMas! Y todavia la hermana volvio a escanciarle. Siguieron buscando. El mozo, tremulento, daba tumbos y juraba balbuciente; ella se reia y le iba proponiendo: --Te casas con ella si quieres..., y si no..., no te casas.... Al atravesar la antesala encontraron a dona Rebeca, toda despavorida y angustiada, apretando convulsa un puno de pesetas. La contemplo Narcisa, cenuda, como indagando de donde habia sacado "aquello"; pero ella se apresuro a depositar el tesoro en los hondos bolsillos de Andres, prometiendole: --Ya te dare mas..., mucho mas.... Andres se olvido de Carmencita. Metio su zarpa agresiva en el bolsillo repleto, y haciendo sonar las monedas con demente regocijo, hizo un ademan grosero y gano la puerta de la calle, meciendose en balances peligrosos y borbotando desatinos. Le contemplo Narcisa con desprecio olimpico, murmurando: --Ni para _eso_ me sirve este bruto; pero si no es hoy sera otro dia.... XIX ?Donde estaba aquella tarde de infames maquinaciones la nina dulce y buena de los ojos garzos?... No habia encontrado ningun regazo suave donde llorar, ningun amable retiro donde consolarse. Estaba escondida como un delito, oculta como una pena, en el cuartito del sobrado, recostada con fatiga y desaliento en el quicio de la ventanuca. El gato, espeluznado, la rondaba mimoso, y ella, lentamente, le pasaba la mano por el lomo. Ya no estaban los cielos azules, ni los campos verdosos, ni las horas doradas por el sol. La tarde, cargada de tristezas, subia por el valle con trabajo, luchando con la neblina y con la lluvia. Venteaba, y todos los arboles, deshojados, accionaban con tragicos ademanes, alzando hacia las nubes grises sus brazos desnudos. Gemia la lluvia en incansable lloriqueo y todo era desolacion y acabamiento en el paisaje, lo mismo que en el alma inocente de la nina de los ojos garzos. Nublados de lagrimas, miraban aquellos ojos hacia el pueblo de Luzmela. Pero Luzmela se habia hundido en la espesura sombria de la tarde. Solo en algunos momentos, entre la niebla jironada, aparecia austero y lejano el perfil de la torre senorial. Entonces Carmencita se enjugaba los ojos con presteza y miraba, miraba toda anhelante. Y aunque ya la niebla se hubiera cerrado tragandose otra vez la silueta grave de la torre, la muchacha veia siempre a Luzmela, haciendo de la graciosa aldea de sus amores una evocacion intensa y fervorosa.... Alli, la iglesia, con su maciza planta de basilica, su puerta de arco de medio punto, sus saeteras y su campanario tosco, rematado por una cruz de piedra...; alli, el caserio breve y blanco, humilde y placentero...; alli, el palacio, con su patriarcal solana, su balconaje de hierro y su escudo nobiliario, y adosada al palacio, senoreandole y prestandole aspecto de fortaleza, la torre, sobre cuyos labrados dinteles campeaba la piadosa divisa _Credo in unum Deum_. La aldea habia tomado su nombre del palacio, que, rodeado de fincas rusticas, extendia sus dominios por la pujante ladera hasta el espeso ansar ribereno del _Salia_. Todo el valle era tributario de la casa noble de Luzmela. El palacio rico y el caserio pobre se confundian en una misma cosa: un cuerpo equilibrado y robusto, regido por el alma piadosa del dueno del solar. --Alli, en Luzmela, todo era paz y amor--pensaba la nina sonadora--, asi como aqui, en Rucanto, todo es odio y venganza. Y temblo la pobre. Presto oido atento.... ?Renian?... ?La llamaban?... No; estaba muda la casona; Carmen podia seguir sonando. Sonaba con la mirada desvaida y los labios entreabiertos..., estremecida de frio..., con las mejillas humedas de llanto. Preguntaba, desorientado, su corazon: --Pero ?quien soy yo? ?Como me llamo yo? ?Que hago en esta casa?... Padrino, ?eres tu mi padre?... Y mi madre, ?quien es?... ?Es una madre muy triste que anda por el mundo buscandome?... ?Era acaso una mujer muy blanca, muy bella, que se murio sonriendo?... iNo se, no se quien era mi madre, ni quien mi padre, ni quien yo sea!... Y de pronto se le ilumino la cara con un fugaz resplandor de alegria, mientras aun su corazoncito soliloquio: --iAh, pero tengo un hermano!... Tengo a Salvador; lo habia casi olvidado.... Di, Salvador, ?eres tu hermano mio?... Yo quiero que lo seas..., yo quiero irme contigo, Salvador.... Y se quedo escuchando, como si su amigo fuese a responder, como si fuese a llegar en aquel momento. Pensaba en el la nina con una dulce seguranza, con un suave y cordial afecto. Salvador era para ella el recuerdo vivo de su felicidad huida, la personificacion de sus bellos anos infantiles. Le veia inclinado con afanoso interes sobre el padrino doliente; le veia alegrando siempre la sala silenciosa del palacio con el repiq