The Project Gutenberg EBook of Viajes por Filipinas: De Manila á Marianas by Juan Álvarez Guerra This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included with this eBook or online at www.gutenberg.net Title: Viajes por Filipinas: De Manila á Marianas Author: Juan Álvarez Guerra Release Date: May 6, 2004 [EBook #12274] Language: Spanish Character set encoding: ISO-8859-1 *** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK VIAJES POR FILIPINAS *** Produced by Ginger Paque, Jeroen Hellingman, and the DP team, from images generously made available by the Bibliothèque nationale de France (BnF/Gallica) at http://gallica.bnf.fr. Viajes por Filipinas De Manila á Marianas Por Don Juan Álvarez Guerra (Primera Edición) Madrid Imprenta de Fortanet Calle de la Libertad, Núm. 29 1887 _Al Excmo. Sr. D. Rafael Izquierdo_ _A usted, mi querido General, á quien tanto debe Filipinas, se debe también este libro. Usted me nombró para una misión científica en el Pacífico. El nombramiento originó un viaje, el viaje, el libro que tiene la honra de dedicarle su buen amigo_, El Autor _NOTA. Dedicatoria de la primera edición. El General ha tiempo murió, mas su memoria me es tan respetada, como cariñosa y leal fué mi amistad mientras vivió._ ÍNDICE DE CAPÍTULOS CAPÍTULO I. La _banca_.--El estero.--La chaqueta y el chaquet.--Nuevas costumbres.--¡Manila progresa!--El _catapusan_, el _sarao y_ la _soirée_.--Colocación de nombres.--Meiisig.--El río de Binondo.--El Pasig.--La barra.--La _María Rosario_--El adiós á Manila.--Cavite.--Costumbres--Moysés y las doce tribus--La primera noche abordo.--El baldeo.--La laguna encantada. CAPÍTULO II. Recuerdos de Silam.--Ordoñez y Oñate--El _yo cuidado._--En marcha.--Sungay.--Talisay.--La Capitana Ramona. Tiempo viejo.--Los labios de un chico y la boca de una chocolatera.--Perlas y brillantes--Laguna encantada.--El cráter.--Volcán de Taal.--Grandiosidad del volcán--Erupciones notables.--Sueño del coloso. CAPÍTULO III. Punta Matoco.--Calmas.--Isla Verde.--El sudeste.--Marinduque y Mindoro.--Razas salvajes.--Sus costumbres.--Los negritos netas.--Su manera de ser.--_Inalug_ y _Acubac_.--De puerto Galera á punta Bunga.--Horizontes de Marinduque.--Isla Banton.--El Padre Pablo. CAPÍTULO IV. El fraile en Filipinas. CAPÍTULO V. El Estrecho de San Bernardino.--Cabeza Bondog.--Ruinas.--El volcán Mayon.--¡Ancla!--San Jacinto.--Su Iglesia.--La india Ignacia.--El toque de oración.--El _atung-taqus_. CAPÍTULO VI. La mujer india.--Angué.--Pepay la sinamayera.--¡¡¡Una!!! CAPÍTULO VII. España en Filipinas.--Colonización.--Política.--Tolerancia religiosa.--Juramento chínico.--Pascuas, festejos y Confucios.--El _matandá._--El municipio dentro del municipio.--El empleado.--Patriótico aviso.--Desconocimiento de Filipinas.--Reformas y mejoras. CAPÍTULO VIII. Islote de San Bernardino.--El Gran Pacífico.--Cielo y agua.--Nostalgia.--El secreto de las mareas.--Calma sospechosa.--Pesca del tiburón.--Los crepúsculos en la mar. CAPÍTULO IX. ¡Orza!--De vuelta y vuelta.--Tiempo duro.--Siniestros preparativos.--Falta de crepúsculo.--_La piel de zapa_.--El tifón!--Baja de barómetros--¡Pobre _María Rosario!_--Horas de agonía.--Las seis de la tarde del cinto de Agosto.--¡Una pulgada de descenso!--Salida de la luna.--Esperanzas.--Fúnebres fechas.--El _Malespina._--Cuatro días sin comer. CAPÍTULO X. Veintitrés grados en treinta y tres días.--Inseguridad en la monzón del SE.--Calmas desesperantes.--Los viajes largos.--Los ranchos.--¡Tierra¡--Costas de Guajan.--Islote de las Cabras.--Puerto de San Luís de Apra.--Vegetación de Marianas.--La sanidad y la capitanía del puerto.--Desembarque. CAPÍTULO XI. Historia de las Marianas.--La tradición.--Los chamorris.--Intolerancias.--El _Pico de los amantes_.--División de razas.--Tinian.--Sarcófagos antiguos.--La casa de _Taga_--Leyendas y supersticiones.--Cultos y creencias.--Los _macambas_.--El _zazarraguan_ y el _caifi_--Los _anitis_.--La peña de _Fuuña._ CAPÍTULO XII. El siglo XVI.--Hernando de Magallanes.--Capitulaciones.--La _Capitana_, el _San Antonio_, la _Victoria_, la _Concepción_ y el _Santiago_.--Sebastián Elcano.--Llegada al Brasil.--Invernadas.--Rebelión abordo.--Comunicaciones de mares.--El paso del Sur.--Bula de Alejandro VI.--Las Velas latinas.--Islas de los Ladrones.--Navegación penosa.--Isla de Cebú.--Muerte de Magallanes.--La _Victoria_.--Vuelta al mundo.--Llegada á Sanlúcar.--Otras expediciones.--Legaspi.--El navío _San Damián_.--Luís de San Vítores.--Doña Mariana de Austria.--Primera misión.--Verdadera posesión. CAPÍTULO XIII. Adelantos de la misión.--Oposición de los _macambas_.--Saipan y Rota.--Los _urritaos_.--Tradiciones, usos y costumbres.--Colegio de San Juan de Letrán.--Crónicas de los jesuítas--Hostilidades.--Asesinato de San Vítores.--Una modesta cruz.--Los Padres Solano y Ezguerra.--El almirante Coello.--Nuevos asesinatos.--Represalias.--D. Juan Santiago.--El Gobernador Irrisari.--Descubrimientos al Norte de Agaña.--Marianas en el siglo XVIII. CAPÍTULO XIV. Archipiélago de las Marianas--Historia moderna--Guajan.--El pueblo de Agaña.--Puerto de Apra.--Punta Patí.--Flora y fauna.--La mujer de Marianas.--M. Arago.--Ingratitud.--Caridad española. CAPÍTULO XV. La plaza de Agaña.--La iglesia.--El monte de Santa Rosa.--La atalaya.--El reloj de Agaña.--Faro original.--Vida en Marianas.--Casas, huertas, cultivos, ríos.--Vegetación de Oriente.--El árbol del pan, y el _dug-dug_.--Cageles.--La Isla de Pagan.--Riqueza perdida.--Desconocimiento del país.--Reputaciones usurpadas.--En tierra de ciegos....--Hormigas coloradas y ratas.--Los caballos y las _auroras_. CAPÍTULO XVI. Reducción de vecindario en las Marianas.--Islas habitadas.--Rota.--Su población.--Promesa religiosa.--Comercio y agricultura.--Antiguas invernadas. CAPÍTULO XVII. Población.--Razas.--La providencia del salvaje.--Los carolinos.--Gastos é ingresos.--Milicias urbanas.--El chamorro.--Sus inclinaciones, su moral, sus trajes y costumbres.--Ilustración.--El Padre Ibáñez y D. Felipe de la Corte.--Cuatro palabras por vía de epílogo. CAPÍTULO I. La _banca_.--El estero.--La chaqueta y el chaquet.--Nuevas costumbres.--¡Manila progresa!--El _catapusan_, el _sarao_ y la soirée.--Colocación de nombres.--Meiisig.--El río de Binondo.--El Pasig--La barra.--La _María Rosario_.--El adiós á Manila.--Cavite.--Costumbres.--Moysés y las doce tribus.--La primera noche abordo.--El baldeo.--La laguna encantada. Los primeros albores del nacimiento del 10 de Julio de 1871, apenas se transparentaban por las _conchas_ de mi alcoba, cuando fuí despertado por el criado, anunciándome que las _bancas_ estaban listas en el _estero_ para conducirnos abordo. Una ligera escalinata une el río de Binondo con la casa, así que, previos todos los correspondientes requisitos de marcha, desde reconocer los bultos, hasta dirigir la última cariñosa mirada á los muros que han sido por largo tiempo confidentes de nuestras amarguras y testigos de nuestros placeres, muros que á nadie más que á mi romperán su mutismo, si algún día vuelvo á interrogar sus blancos lienzos con el lenguaje de los recuerdos, pasé de la casa al bote, al par que los aljofarados dedos de azul y nácar de los genios del Oriente abrían los espacios para dar paso al majestuoso gigante de la luz. La corriente favorable á consecuencia de la alta marea y la desusada actividad de seis remeros aguijoneados con la esperanza de una propina, hacían que las _batangas_ se deslizaran rápidamente por el _estero_. Aquí, si nuestro trabajo no llevara el carácter de un viaje á la ligera, nos detendríamos en muchas páginas; mas, sin embargo, como la rapidez de una _banca_ no es, ni la que da aliento una caldera de vapor, ni una _ventolina_ de _empopada_, ni aun la pujanza de cuatro hijos de las verdes vegas de la Cartuja, tenemos tiempo de ver y apreciar en el largo espacio que media desde el _Trozo_ hasta que se entra en el caudaloso _Pasig_. Que Manila podía ser una segunda Venecia nadie lo ignora. Tiene en lo que constituye sus arrabales, la vida y la actividad, donde refluyen las transacciones, la riqueza y casi casi nos permitiremos decir, que el buen tono. Hoy Manila también tiene buen tono. La moda lo mismo traspasa masas inmensas de granito, como grandiosos Océanos de agua salada. De allende los mares vino un rumor que propalaba que en otras ciudades había palacios y parterres, con flores, pájaros y fuentes, y Manila quiso tenerlos. La piqueta abrió cimientos, el martillo golpeó la piedra, la paleta mezcló argamasas y ... las antiguas costumbres representadas por la clásica chaqueta blanca y el ligero sombrero de _Burias_, temblaron en los modestos aparadores de sus tradiciones y de su dilatada historia. Los _hoteles_ del Sena, las quintas suizas y los palacietes de Recoletos tuvieron un eco que contestaba á los rumores que trajo la moda. Lo que fueron modestas barriadas, hoy se llaman _calzadas_ por el vulgo, pues en el _argot_ del gran mundo se llaman barrios aristocráticos. Hemos dicho, creemos por dos veces, que Manila tiene su gran tono, que hace lo que en todas partes, esto es, nada: vive á la superfluidad del botón de la librea y la tersitura de la cabritilla; sus disgustos están compendiados en el _aristin_ del caballo, en los milímetros del sombrero del cochero, en la estatura del lacayo, en la arruga del frac ó en la pureza de una piel que la Rusia ha hecho necesaria. Los cimientos de los aristocráticos barrios relegaron á su fondo la clásica chaqueta, apareciendo prendas tan poco conocidas en el Archipiélago, como el chaleco, el sombrero de copa y el chaqué. Esto era en los cimientos, pues antes de abrirse aquellas hijas legítimas del viejo mundo, en este [1] andaban por connaturalizar apareciendo vergonzosas, mustias y deslucidas con alguna que otra caricia de los insectos del poco uso, cuando el repique de todas las campanas convocaba al Real Gobernador, al Real Acuerdo, al Real Consejo, al Real Cuerpo de Alabarderos del Real Sello, para oir de bocas reales _in partibus_ decretos de la Real Majestad que gobernaba los dos mundos. El imperio de la chaqueta era tan general como lo real; por entonces todos vestían chaqueta, como todos pertenecían á una corporación, municipio, archicofradía ó instituto real. Todo era chaqueta y todo era real. La majestad andaba en chaqueta. Mas ... cesaron de venir las _naos_, se bendijo la aduana de Manila, la que decía un célebre rey llegaría á verla desde Madrid, calculando su altura según su coste; se establecieron los chinos, desaparecieron los velones de tres mecheros, dando plaza á las modestas _virinas_, que á su vez habían de dejar el campo á los dorados, los bronces y los cristales tallados. El imperio de la hoja de lata, hermana gemela de la chaqueta tocaba á su fin. El ruido de la piqueta que abría los cimientos de las nuevas costumbres era el memento de su existencia. Tras las primeras piedras vinieron las escalinatas, más tarde los _parterres_, y por último, las verjas, apareciendo en estos _progresos_ el frac, el aceite de bellotas, las libreas, los velocípedos, los polisones y los ataques de nervios. Ya apenas existe el recuerdo de la chaqueta, verdad es que la vida de Manila en sus relaciones con el _confort_ camina á pasos agigantados. Aquí, donde el centígrado marca una temperatura que derrite, há meses que se expenden (!) pieles, y facturas de ... guantes de cabritilla (!). Los guantes de cabritilla son coetáneos de la escarapela en los señores de los pescantes y el clat en los señores de los salones. Antes en Manila se conocía al dueño de un coche por su cara, hoy se le conoce por su cochero, que viene á ser el _alias_ ó seudónimo da su amo ... ¡Manila progresa! Los alegres _catapúsanes_ se llamaron _saraos_ y hoy _soarees_ con su _buffet_, sus emparedados, su ponche á la romana y hasta su _Petit Journal_ ó su _Correspondencia_, que al día siguiente pregona que la bella señorita de tal estaba hecha una princesa, su mamá una reina y su papá un bajá de tres colas, que dando la majestuosa familia encantada de las letras, por más que saquen _astillas_ del individuo que las escribe. ¿Sí eh? ¿con qué también hay eso? Ya lo creo, como que Manila adelanta, y vaya V. á dar gusto en letras de molde á una sociedad que adelanta. Como al pobre infeliz que empuña la trompeta de la publicidad se le olvide un detalle, como deje de decir que una lámpara tenía seis luces ó que el niño pequeñito hizo la desgraciada gracia de verter sobre una falda ó un pantalón una bandeja de sorbetes, ó que en un guardapelo ó pulsera se leía la inscripción de Perico, de Luís, ó de Pepe, harto tiene el pobre gacetillero, y más de una vez oirá cosas que le harán renegar del incienso vertido y de las prodigadas alabanzas. Pues no digo á ustedes nada en la cuestión de colocación de nombres; aquí el simple resentimiento, se convierte en un proceso compuesto de un sin número de cargos. Si Fulanita tuvo tienda de sombreros, y la han puesto antes que á mi, que tengo un escudo más grande que el del Cid, con más barras que las de Aragon y más leopardos que en el San Gotardo; que Zutanita ha sido preferida cuando no há mucho que decía _miste que Dios_; que la de más allá esta encima de la de más acá, siendo aquella una empleada subalterna, y la mamá de la _agraviada_ siete veces usía; que mi primo el ministro me da derechos; que mi posición, que mi marido, que mi modista me los dan á mí, estas y otras reflexiones _in mente_ ó _in lengua_ mezcladas con adjetivo más ó menos duros contra el pobre autor, constituye la _comidilla_, del día siguiente. Por último, caballeros, que Manila progresa lo atestiguan los libros de caja de Roensch y Madama Sprin. Sin querer hemos llegado á la caja, es decir hasta el dormitorio de la moda. Hemos presentado el teatro. Respetemos los bastidores.... Estas y otras observaciones iba haciendo á dos buenos amigos que me acompañaban: uno de ellos que viene interviniendo hace muchos años en los acontecimientos de mi vida y que alberga en su alma tanto cariño, como en su cabeza buenos pensamientos, me oía sin pestañear, no sé si por el asentimiento de la conformidad ó por el ensimismamiento producido por la idea de la separación: ambas á dos cosas podían ser, pues lo primero es verdad, como verdadero lo es el cariño que desde nuestros primeros años nos une. Los remeros seguían bogando y yo charlaba comparando la vida de los arrabales por los cuales se deslizaba la _banca_, con la sombría y triste que se experimenta en el recinto amurallado. Hemos dicho que Manila podía ser una segunda Venecia, pero ... no lo es. Tiene canales, pero estos no reflejan obras de arte, sino en su mayoría ruinas y suciedad; sobre sus aguas no se pasean poéticas góndolas, templos del amor y del arte, sino sucias _bancas_ tripuladas por no menos sucios remeros; no esponjan las plumas en sus orillas cisnes ni oropéndolas, mas en cambio invaden la corriente, que mentiríamos si dijéramos cristalina, sílfides _chinas_ y bronceadas ondinas. Volvemos á repetir que Manila, ó mejor dicho la nueva Manila, que la forma la inmensa población que se ha creado fuera de los fosos, podía ser una segunda Venecia, no lo es, no por falta de deseos, no por falta de conocerlo, sino porque se opone hoy por hoy la tradición de la costumbre, la indolencia que crea el suelo, la manera de ser de la localidad y los cuantiosos caudales que habían de gastarse en la limpieza, arreglo y conservación de los muchos _esteros_ que serpentean por _Binondo, Quiapo_ y _Tondo_. La suciedad en que á pesar de la vigilancia que se ejerce están los _esteros_, principalmente se debe á la inmensa emigración de chinos, los cuales, en gran número habitan sus orillas, impregnándolas de la incuria y falta de limpieza que ellos observan. El chino es la entidad jornalera más perfecta que se conoce en Filipinas, pero también es la panacea más acabada de la hediondez, la cual únicamente se puede contrarestar con las continuas y eficaces requisas de la autoridad que vigila sus domicilios, verdaderos tugurios en que se hacinan cientos de ellos. Contemplando los modestos _bajais_ de caña y _nipa_ entremezclados de alguna que otra construcción de piedra y tabla, llegamos al puente de _Meiisig_, variando á los pocos golpes de remo la diversidad del paisaje, puesto que á la desembocadura del estero desaparece la caña y la nipa por regulares construcciones de sólidos materiales. Á medida que el río de Binondo camina á su desagüe, aumenta el movimiento en sus orillas y en sus corrientes. Cargadores chinos provistos de resistentes _pingas_, pesados _cascos_ repletos de _abacá; paraos, bancas_ y botes llenos de mercancías que la exportación de las provincias del Norte, de China y del Japón traen al mercado de Manila, es lo que compone el cuadro hasta los límites, en que el modesto Binondo confunde sus aguas en las caudalosas del que nace en la extensa Laguna de Bay, entre la salvaje poesía que despiertan los panoramas que presentan el _Castillo de flores_, el _Pecho de Dalaga_, los _Tanques de Paquil y_ las bellezas del _Talim_. Una vez dentro de las aguas del Pasig, el movimiento de la banca se hizo duro á consecuencia de la corriente y la marejada. Dejamos por la popa el puente de Barcas, único paso gratuito que une el viejo mundo manileño con el moderno, y _voltejeando_ por entre barcos de todas especies y dimensiones, pasaron ante nuestra vista los artesonados góticos de Santo Domingo, las _columnatas_ (!!) de los camarines de la Aduana provisional (si no fuéramos de prisa, verían nuestros lectores que en Filipinas todo es provisional), los bonitos _parterres_ de la Capitanía del Puerto, los sombríos muros de la Fuerza de Santiago, la actividad del _Carenero_ y el extenso Malecón. A medida que nos acercábamos á la _barra_, la boga se hacía más difícil. Estábamos á medio cable de aquella. Cuatro golpes de remo, y la quilla de la _banca_ entraría en los inmensos dominios de los mares. Fijamos la última mirada en la blanca espuma que incesantemente nace y muere al gemir de las olas que rompen en las piedras del Fuerte del Sur, y ... ¿cuál es la _María Rosario_? pregunté al patrón. --Aquella, señor,--dijo, señalando un barco armado de _brick-barca_. Los detalles de la _María Rosario_, cada vez se iban delineando con más precisión. La extensión de su _guinda, eslora_ y _puntal_ era proporcionada, no así su _manga_ que era mucha, lo que nos hizo presagiar que sus balances habían de ser muy sensibles. La _María Rosario_ estaba lista para darse á la vela con rumbo á las islas Marianas. A las ocho de la mañana pisamos la meseta del portalón de babor, recibiéndonos los ladridos del perro más gordo que jamás hemos visto. Posesionados de la cubierta después de arreglar el camarote, esperamos la visita de salida. A las doce, listos en toda regla, dimos vela con todo aparejo largo en demanda del Corregidor, con viento flojo del N., mar tranquila, barómetros altos y horizontes celaginosos. A las tres de la tarde el viento seguía muy flojo, en cambio el calor era insoportable. Apenas andaríamos una milla por hora. A la banda de _babor_ teníamos las costas de Cavite. ¡Cuánto recuerdo tiene para nosotros Cavite! Le queremos cual si fuera el pueblo que nos vió nacer; entre su alegre bullicio pasamos muchos meses encontrando cariño, consuelo y amistad. El _istmo_ de San Roque con su _mar_ de Bacoor, incesantemente llena de empavesadas _bancas_ que traen y llevan cigarreras; _el seno de Cañacao_ donde encuentra un seguro anclaje la flotante población de nuestros alegres marinos; las populares fiestas de _Porta Vaga_ con los _pantalanes_ incesantemente llenos de alegres caras, que van y vienen en pequeños vapores engalanados y provistos de músicas; las decidoras _sanroqueñas_ con su pequeño y airoso _tapis_, su jerga especial y su picaresca malicia; las poéticas bóvedas de entrelazadas cañas que dirigen á _playa chica_; los melancólicos _cundiman_ del barrio de San Rafael y la Caridad; la misma arena de la playa en la cual un día y otro día hemos visto llegar la ola y borrar nombres que nuestro deseo escribía sobre la movediza materia; la franca y leal amistad con los valientes marinos, verdadero elemento que da vida á Cavite; las históricas mascaradas de Noche Buena en que sinnúmero de _dalagas_, suelto su hermoso pelo recorren las calles en medio de grotescos grupos en que un indio vestido de moro ostenta muy grave un cartel que dice es Moisés, en que las doce tribus van representadas por 12 individuos adornados con los deshechos de todas las guardarropías, y en que el precio de la progenitura no negamos podrá estar caracterizado por las prosaicas lentejas, pero que si van estas, lo son mezcladas con _morisqueta_ en un inmenso _bilao_ que lo suelen colocar debajo de la oliva del huerto, á cuya sombra no se apuran las heces de la amargura, sino sendos tragos de _tuba_ mezclados con los jugos de la _bonga_ y la cal del _buyo_; todo, todo pasaba ante la vista y ante la imaginación. El barco aceleró su marcha confundiendo en una cinta verde los dilatados campos de la _Estanzuela_. ¡Adiós risueñas playas! ¡Adiós, gratos recuerdos! Naig, Marigondon, Santa Cruz ... fueron quedando tras de la estela de la _María Rosario_. Los límites de la provincia que constituye la Andalucía de Filipinas desaparecieron. Los horizontes del primer cuadrante se mostraron _aturbonados_ á la caída de la tarde. Los primeros destellos de la farola del Corregidor alumbraron, al par que rebasábamos _Pulo Caballo_, saliendo de la inmensa bahía de Manila por _Boca grande_. Después cada cual procuró resguardarse lo mejor posible de las miles de cucarachas que invadían la cámara, y después ... el sueño, el sudor y los insectos imperaban en la parte animada é inanimada de nuestro individuo. La faena del baldeo, el monótono y acompasado canto de la marinería, el ruido de la maniobra y los desesperados ladridos del perro, me despertaron en la madrugada del 11. Durante la noche habíamos rebasado el _Puerto Limbones_, alumbrando los primeros rayos del día la pequeña isleta de Fortun por la proa, confundiéndose en los lejanos horizontes los elevados picos del Sungay, límites de la provincia de Cavite. _Ciñendo aparejo_ y aprovechando vela, algo fuera de rumbo, pudimos ganar _Punta Santiago_, entrando por efecto de los continuos cambios de viento y las corrientes en el _Seno de Balayan_, pudiendo notar en las tierras de la provincia de Batangas, las pintorescas casas de Taal, hermoso pueblo que se eleva en las cercanías de la laguna llamada por algunos _Encantada_, sobre la cual se levanta el célebre volcán de Taal, del que no podemos pasar sin decir algo á nuestros lectores. CAPÍTULO II. Recuerdos de Silam--Ordoñez y Oñate--El _yo cuidado_.--En marcha--Sungay--Talisay--La Capitana Ramona.--Tiempo viejo--Los labios de un chico y la boca de una chocolatera.--Perlas y brillantes--Laguna encantada.--El cráter.--Volcán de Taal--Grandiosidad del volcán--Erupciones notables--Sueño del coloso. El año 1869 recorriendo la provincia de Cavite tuvimos ocasión de pernoctar en el pueblo de Silam, célebre entre otras cosas por criarse un café que, fin género de duda, puede competir con el mejor de Moka. En la _caída_ del convento y ya entrada en horas la noche, charlábamos sobre la madre patria, el cura del pueblo, excelente padre de la Orden de Recoletos, un oficial de partidas y mis queridos y buenos amigos de expedición, Melchor Ordoñez y Ciriaco Oñate, ayudante el primero del General de Marina y médico militar el segundo. Después de haber rodado la conversación por todos los tonos y de haber evocado nuestra memoria los queridos recuerdos de España, nos ocupamos de la localidad. Explicándonos el Padre los productos, se habló de las vecinas cordilleras del Sungay, á cuya falda se extiende la laguna llamada por unos de Bombon, por los más de Taal y por algunos Encantada, nombres todos justificados y que tienen su origen, el primero por haber existido en aquellas inmediaciones un pueblo llamado Bombon, el cual fué sumido en los horrores de una erupción; el segundo lo justifica la hermosa y extensa población que se asienta á las orillas de la laguna, y por último, el tercero lo ha encontrado la imaginación oriental en la salvaje y bella perspectiva que presenta aquella inmensa masa de agua sobre la que se levanta el sombrío monte del volcán. Mis compañeros de viaje, que tiempo hacia tenían, no la curiosidad de ver el volcán, sino el legítimo deseo de estudiar en cuanto cabe sus misterios, recogiendo sobre el terreno su historia, interrogaron al Padre sobre la manera de hacer el viaje, formulando todos la resolución de ir al volcán costara lo que costara. Hecha la decisión, se llamó á un guía, y este, que era un viejo _tulisan_ de los más conocedores del bosque, oyó con toda la imperturbable indiferencia india nuestros deseos, contestando con un sacramental y lacónico _yo cuidado_. El _yo cuidado_, en el lenguaje filipino, es la síntesis de la filosofía, es el extracto del refinamiento del _yo_ y el _no yo_ de Hegel y Krausse aplicado á la India. _Yo cuidado_ lo dice todo unas veces, y otras no dice nada; ora es un consuelo, ora una amenaza, ora un asentimiento, ora una esperanza, ora un recuerdo, ora una súplica, en fin, es todo, lo encierra todo, lo expresa todo en el vocabulario del indio siempre parco en el decir. Increpad á un indio sobre el no cumplimiento de sus deberes, y si á la última frase de la filípica os contesta con un _yo cuidado_, aquella frase es la atrición completa de la enmienda. Despertadle los celos, hacedle entrever que su _babay_ escucha amoroso _cundiman_, alza el _cogon_ ó descorre las _conchas_ á significativas _enfrentadas,_ y si le oís murmurar _yo cuidado_, veréis en aquellas palabras estereotipado el paroxismo de los celos. Llevad á su inteligencia el hilo de una aventurilla y el _yo cuidado_ en este caso envuelve toda la argucia _buscona_ de la histórica época de capa y espada. Que una mestiza de corto y airoso _tapis_, pintarrajeada saya y sombreada camisa de _piña_, entrelace su hermoso pelo con _sampaguitas_ en el característico _pusod_, que lleve á sus ojos esa dulce languidez llamada _matang-mapungay,_ propia solo de las hijas del Oriente, que formule un deseo á su _ñol_ y el _yo cuidado_ en este caso es la realización completa del mas exigente capricho. El _yo cuidado_ tiene tanta latitud, dice tanto, es aplicable á tantas cosas, afirma y niega tantas otras, que es imposible darle su verdadero valor. Es una frase propia de Filipinas imposible de traducir en su práctica significación en ninguno otro país. _Yo cuidado_, nos había dicho el _matandá_; así que ya no tuvimos que hacer nada en la seguridad de encontrarlo todo hecho. El guía sabía queríamos ir al volcán; la sola concepción de este deseo y el _yo cuidado_, bastan para comprender que lo dispondría todo, yéndonos en tal confianza á acostar, al tiempo que la hermosa y clara luna nos anunciaba que aun cuando tuviéramos que caminar de noche su plateado disco nos enviaría luz y alegría. Escaso fué el reposo, pues aún no alumbraba la aurora cuando fuimos despertados. El despertar para madrugar siempre modifica en el ánimo los proyectos del día anterior. Una noche de insomnio robustece las ideas, las penas ó las alegrías, como por el contrario, las horas en que las sombras baten su beleño sobre nosotros entregándonos al reposo, modifican, alientan, consuelan el espíritu. El bueno de Oñate, que hay que despertarlo á tiro de fusil, se volvió del otro lado, pidiendo le dejaran de volcán, de Sungay y de expediciones; Ordóñez, acostumbrado á desechar la pereza en la ruda campaña del marino, puso los huesos en punta, y yo le grité á Oñate en todos los tonos:--¡Vamos! ¡arriba! la laguna nos espera!--dando por resultado el que el interpelado tras un largo bostezo se incorporara en la cama. Listos y provistos de todo, dimos un cariñoso adiós al Padre, y montados en los ligeros caballos del país, tomamos el camino del vecino Sungay, á la hora en que los primeros ecos de la campana del convento despertaban al pueblo de Silam, llamando á los indios á la oración de la mañana. Confiados al guía y al notable instinto de los caballos, tras algunos dilatados campos de _palay_ y varios grupos de _calumpang_, desapareció todo camino ante la compacta barrera de cogonales que se extendía á nuestra vista. Con harta dificultad y no menos precauciones por el temor de encontrar algún _carabao cimarrón,_ caminamos por espacio de una hora valiéndonos de la voz para no perdernos, puesto que nos tapaban completamente los penachos del _cogon_. Tras un trayecto que nos fué sumamente difícil de correr, se aclaró la maleza dejando el habla al ponernos á la vista; pocos pasos más y los cascos de nuestros pequeños caballos pisarían las faldas del _Sungay_, cuyas crestas las envolvía las densas brumas de la mañana. Dimos unos momentos de descanso á los caballos, arreglando lo mejor posible nuestro equipo, empapado en el agua que nos había regalado el rocío que la humedad de la noche depositó en las hojas del _cogon_. Trabajosamente y confiados en un todo al instinto de los caballos, principiamos la ascensión del famoso monte. Las afiladas hojas de la fresa silvestre y las entrelazadas ramas de las guayabas, obligaron más de una vez á que se hiciera uso de la cuchilla para dejarnos paso en aquellos estrechos desfiladeros apenas hollados por humana planta. El Sungay, con sus innumerables precipicios, sus estrechas cortadas revestidas de musgos y helechos, su vegetación virgen, los panoramas que se admiran desde sus pintorescas mesetas, el rumor de arroyos y cascadas que lo salpican, los indescriptibles y misteriosos ruidos que produce el bosque en la hoja que oscila, el ave que cruza, el agua que gime, la guija que rueda, el insecto que zumba y los miles de millones de seres que componen el impenetrable mundo de lo infinitamente pequeño, con sus cantos, su lenguaje y su idioma, tan impenetrable como lo son los profundos misterios de los océanos de luz donde giran las creaciones de lo infinitamente grande, compendian uno de los sitios más bellísimos de la perla del Oriente. Un amanecer contemplado desde una de las alturas de Sungay es indescriptible. Las tintas que proyecta el sol naciente en las nubes y los cambiantes que se suceden en los horizontes de verdura, poseen una riqueza de luz y una fuerza de colores tan potente, que á ser posible trasladarlas al lienzo se creería el sueño de un artista. De hondonada en hondonada; y de precipicio en precipicio, dieron las cabalgaduras con nuestros huesos en el término de la ascensión. Nos encontrábamos en la línea que divide las provincias de Cavite y Batangas. La división de estas provincias la deciden la dirección de las corrientes que se deslizan por las pendientes del Sungay. A la vista teníamos la laguna, viendo elevarse perezosamente del cráter del volcán columnas de espeso y blanco humo. A la falda del Sungay se extendían diseminadas las casas de Talisay, adonde llegamos á cosa de las diez de la mañana. Talisay es un pintoresco pueblo de poco vecindario, este es sumamente dulce y cariñoso; hay una pequeña iglesia de cogon y una casa parroquial habitada por un cura indígena. Tan luego supo el cura nuestra llegada, nos hizo ir á su casa, en donde nos sirvió un almuerzo bastante bueno, dadas las condiciones del pueblo; no tuvimos pan, pero al que lleva algún tiempo en Filipinas esto no es obstáculo, pues cual el hijo del país, sabe sustituirlo con el arroz cocido llamado _morisqueta_. Desde las _conchas_ de la casa del Padre se veían perfectamente los menores detalles de la laguna y del volcán. El día estaba bastante entoldado, y el calor no mortificaba como de ordinario. A los postres se nos presentó la _capitana_ Ramona, viuda de un _Gobernadorcillo_. La capitana Ramona es un verdadero _personaje_ en la provincia de Batangas, tiene fama de ser sumamente afecta á los españoles y posee toda la melosidad y cariño de la raza del Oriente. Sabe tocar el arpa y canta con voz gangosa y pausada alguna que otra canción de moros y cristianos, de aquellas que la tradición ha venido conservando desde las gargantas de los que acompañaron á Legaspi. La capitana Ramona quiere al _castila_ como á los misterios y encantos de que están impregnados sus bosques. El cariño al español alguna que otra vez (pues frágiles somos), se ha convertido en pasión más ó menos intensa, según cuentan crónicas de pasados tiempos. Sea de esto lo que quiera, es lo cierto que la capitana ya es vieja y vive solo de recuerdos. Muchos conserva gratos, mas uno, según me contó muy bajito el Padre, viene de cuando en cuando á nublar todo el hermoso panorama de su juventud. Cuéntase, por más que cuento no sea, que años ya muy pasados, un alto funcionario, animado de nuestros mismos deseos de ver el volcán, llegó al pueblo de Talisay. Por aquel entonces, la hoy vieja Ramona era una hermosa _dalaga_, de ojos de fuego, lustroso y largo pelo, y dulce y meloso hablar. Joven y hermosa, había amado casi niña, y casi niña fué madre. El visitante, que no por tener curiosidad dejaba de tener necesidades, sintió la de comer á las pocas horas de llegar á Talisay; le formuló su deseo á la bella capitana, no dice la crónica si en pocas palabras, aunque sí asegura que la vergonzosa mirada de ella fué sostenida con larga insistencia y picaresca intención. El personaje pidió se le sirviera chocolate con leche, y chocolate con leche, en efecto, tomó; pero grande fué su sorpresa y no menos sus ascos cuando supo que el chocolate había participado del producto de los pechos de la _dalaga_. La incomodidad que esto originó y el malestar que produjo, diz que ocasionaron el que la _dalaga_ no volviera á bajar los ojos, ni el caballero á mirar con insistente significación. Las mujeres son en todas partes lo mismo; un desprecio y una herida en el amor propio, constituyen en el sexo femenil las verdaderas heces del cáliz de la vida. Hoy que han pasado muchos años, recuerda la vieja con pena aquel incidente de joven, que después de todo, conociendo el carácter indio no tiene nada de extraño. La raza india, cuanto más pura y más lejos está de las grandes capitales, mira al español con una especie de adoración. Sus palabras son órdenes que jamás comenta, de aquí el sucedido de dar á un sastre un pantalón de modelo con un remiendo y hacer siete que se le habían encargado con siete remiendos iguales. A la _capitana_ Ramona se la pidió chocolate con leche y en el fanatismo de la obediencia creyó de muy buena fe que lo más corto era sustituir los labios del chico por la boca de la chocolatera. Ejemplos parecidos al de los pantalones y el chocolate se cuentan por todas las islas. El indio jamás comenta, obedece siempre al pié de la letra las palabras del _castila_. La revelación del Padre me hizo fijar la atención en la capitana y me persuadí de que si había perdido con los años su hermosura, en cambio había acaudalado con la experiencia cierta discrecional filosofía que descubría un talento nada común, y una amabilidad y deseo de servir tan natural como verdadero. Se nos había olvidado decir que la capitana era rica. Esto aunque no nos lo dijeron, ya lo habíamos nosotros traducido en la pureza de un riquísimo terno de brillantes que la adornaban. El que no haya estado en Filipinas, quizás creerá exagerado esto de los brillantes en una india habitante poco menos que de la selva; el que haya estado y recuerde las procesiones y _catapúsanes_ de los pueblos y evoque en su memoria los trajes de las _dalagas_, sabrá que no tiene nada de extraño el hallar en _bajais_ de caña y cogon riquísimos brillantes y preciadas perlas de _Joló_. La antigua capitana de Talisay no solamente tenía buenas alhajas, sino que también era dueña de un gran bote que con sus correspondientes remeros puso á nuestra disposición. Listo el bote y listos nosotros, ayudados de la lona y de los remos, dimos rumbo en demanda del monte de _Taal_, gigantesca y sombría masa que se destaca en medio de las aguas. Los contornos del monte no presentan ninguna regularidad, revelando su situación, conjunto y configuración, las huellas de un gran cataclismo. En las primeras capas que lamen las aguas, difícilmente crecen algunos raquíticos arbustos sin verdura, frutos ni flores. Más arriba piedras calcinadas y residuos volcánicos son los componentes de aquel coloso que revela en la espesa columna de humo que se eleva de su cráter que en sus entrañas de granito duermen los genios de las ruinas y de los estragos. ¡Desgraciados pueblos los de Taal y Talisay si en el libro de las lágrimas está escrita una nueva erupción! Las aguas de la laguna tienen una inmovilidad tan constante, un color plomizo tan pronunciado y una superficie tan siniestra, que su conjunto parece reflejar la maldición que pesa sobre las dormidas aguas del mar Muerto. A cosa de las cuatro de la tarde, bajo un cielo cubierto de negruzcos nubarrones y una temperatura sofocante, atracamos el bote á la falda de la montaña. La ascensión es difícil por ser en algunos puntos la pendiente muy pronunciada. El calor nos ahogaba; las materias volcánicas rechinaban bajo nuestros piés y experimentábamos los efectos de la fuerte irradiación que lo avanzado de la tarde y la falta de sol operaban en las masas calizas impregnadas de los ardientes rayos tropicales. La monotonía del camino, de cuándo en cuándo era interrumpida por precipicios, siniestros testigos que vienen á enseñar al viajero antiguos cáuces por los cuales ha corrido la lava y el fuego. De trecho en trecho, el ruido producido por nuestras pisadas nos indicaba pasábamos sobre bóvedas. ¿Qué guardarán estas? ¿Dónde terminará su fondo? ¡Profundos misterios de la divina ciencia impenetrables á la humana materia! Varias veces tuvimos que pararnos á fin de cobrar aliento. Unas cuantas varas más y estaríamos en la línea del vértice. Las nubes del poniente confusamente coloreaban el paso del sol; su luminoso disco se aproximaba á su ocaso, cuando un grito se escapó de todos los labios y una fuerte palpitación se experimentó en todos los pechos. Estábamos en el vértice. Teníamos la profunda sima del volcán bajo nuestros piés. La percepción del panorama es tan instantánea y la grandiosidad del conjunto tan colosal, que el espíritu se sobrecoge ante aquella maravilla, no dando por largo tiempo cabida más que á una muda al par que profunda admiración. Las proporciones del cráter son colosales. Lo forma en su conjunto la cavidad que deja el monte, el cual constituye en su configuración un cono, cuya base mide de bojeo unas 9 millas. En el fondo del cráter se ven desigualdades, alternando las prominencias con lagunas de más ó menos extensión, impregnadas de materias azufradas según revelan el color de sus aguas. Por intervalos y con más ó menos intensidad, se elevan columnas de humo de las distintas prominencias, que vienen á ser cual si el fondo estuviera salpicado de pequeños hornillos. Aunque con trabajo y peligros puede bajarse al cráter, contándose en Talisay de un viajero, que no solamente descendió, sino que permaneció en el fondo muchas horas. La mayor ó menor cantidad de humo que espele el volcán, la intensidad de calórico que irradia, la actividad en que mantiene sus hornillos, y las altas temperaturas y emanación de gases que constantemente se observa en las pequeñas lagunas, son indicios ciertos de que la lava y el fuego germinan en su seno. Muchos archivos, y no menos crónicas hemos consultado referentes á Filipinas, y tanto en los unos como en las otras, las noticias que hemos hallado respecto al volcán son muy escasas, remontándose las más antiguas á últimos del siglo XVII; después, y con referencia á los años 1745 y 1749, se vuelven á encontrar algunos datos, confusos unas veces y exagerados otras, cual lo son la mayor parte de los que guardan las escasas y antiguas historias del Archipiélago. El cuándo y el cómo se formó el volcán, ni la historia lo dice, ni la tradición lo relata; solo la configuración del monte, la relación que en sí guarda con las vertientes del Sungay y el estudio del suelo, pueden conducirnos á la hipótesis más ó menos aproximada de suponer haber corrido por lo que hoy es laguna, una cordillera, que comprendería desde las faldas del Sungay, á las riberas de la laguna de Bay, y quién sabe si llegaría más allá, encadenando sus ásperas lomas con los picos de la isla del Talin, yendo á perderse entre la fragosidad de Morong y Nueva Ecija. Suposiciones son estas que no tienen comprobante alguno en narración escrita. La última erupción del volcán acaeció há más de un siglo, pereciendo entre la ceniza y el fuego, entre otros muchos, la mayor parte de los habitantes del pueblo de Sala. El fraile que administraba su parroquia, describe el fenómeno en las siguientes líneas que literalmente copiamos: «Por el mes de Diciembre de 1754 reventó el volcán más furiosamente que nunca, porque el ruido era como de una batalla muy grande, los terremotos espantosísimos y la oscuridad de la atmósfera tal, que puesta la mano delante de los ojos no se veía: la ceniza y arena que arrojaba era tanta, que cubrió todos los tejados y casas de Manila, la que dista unas 20 leguas y aun llegó hasta Bulacan y la Pampanga. Hervía á borbollones el agua de la laguna con los ríos de azufre y betún derretidos que bajaban del volcán, quedando cocido todo el pescado de ella, el cual fué arrojado después á la playa por la resaca é inficionó el aire. Los truenos subterráneos y atmosféricos se oyeron en todas las provincias circunvecinas. En Manila se comía con candelas encendidas al medio día. Duró esta calamidad ocho días cabales, quedando enteramente arruinados y aniquilados por las piedras y lodo del volcán, todos los pueblos que estaban á orillas de la laguna, á saber: Taal, que era entonces la cabecera de provincia, Tanauan, Sala y Lipá, viéndose obligados sus habitantes á buscar otros sitios más distantes del volcán donde establecerse, como de hecho se establecieron en los sitios que actualmente ocupan. El pueblo de Bauan, aunque al principio había estado también á orillas de la laguna se había trasladado al interior antes de esta catástrofe. Bayalan y los pueblos de aquel rumbo también padecieron bastante. Hubo muchas muertes de personas á quienes alcanzaron las piedras del volcán y los desplomes de los edificios. Perecieron también por la misma causa muchísimos animales y todo el arbolado y siembras de los contornos, pues la abundancia de piedra, ceniza y lodo, que vino del volcán lo soterró todo. El río grande, que comunica la laguna con la ensenada de Taal, quedó cegado casi del todo, y rotos y enterrados los champanes y demás bajeles fondeados en el río y la laguna. El mal olor de todas las materias extrañas vomitadas por el volcán, duró por espacio de más de seis meses y desarrollóse en su consecuencia una peste cruelísima de calenturas pútridas y malignas que acabó con la mitad de la provincia, pues de 18.000 atributos que tenían antes solo quedaron 9.000.» Más de un siglo hace que el coloso duerme sobre las inmóviles aguas, envuelto entre el humo y las brumas. ¡Dios haga que sus impenetrables misterios no rompan algún día sus grandiosas cárceles de piedra! CAPÍTULO III. Punta Matoco.--Calmas.--Isla Verde.--El sudeste.--Marinduque y Mindoro.--Razas salvajes.--Sus costumbres.--Los negritos aetas.--Su manera de ser.--_Inalug y Acubac._--De puerto Galera á punta Bunga.--Horizontes de Marinduque.--Isla Banton.--El Padre Pablo. Á la vista de punta _Matoco_, límite de la provincia de Batangas, navegábamos en la mañana del día quince. El capitán, la tripulación y el escaso pasaje experimentaba el malestar de la calma y el calor tropical, tanto más sensible, cuanto que nos encontrábamos bajo la influencia de uno de los puntos más angostos del estrecho. La maniobra se hacía cada vez más difícil por el poco espacio de que se podía disponer, y sobre todo, por la fuerza de las corrientes que ora nos llevaban á las playas de Batangas, ora á las peligrosas costas de Mindoro, entre cuyas dos provincias se destacan los perfiles de la isla verde, atalaya que domina la entrada del estrecho que va á morir en San Bernardino, peñón que azotan las aguas del Pacífico. Sin adelantar un _cable_ y sin poder ganar una buena y segura _vuelta, cruzando_ constantemente vela para evitar las corrientes, estuvimos no sé cuántos días á la vista de la pintoresca isla Verde, retrocediendo unas veces y avanzando otras por las bandas, siendo empujados á la tranquila ensenada de Batangas ó á las arenas de puerto Galera. No hay nada en el mundo tan aburrido, como las horas que se suceden en un barco que se duerme bajo la influencia de las calmas. Un amanecer y otro vimos al despertar la exuberante vegetación de la isla Verde, y cuando nuestro deseo creía desconocer aquella tierra, venía la voz del capitán con su sempiterno ¡_levanta muras_! y ¡_cambia en medio_! á recordarnos continuábamos de _vuelta y vuelta_, ó mejor dicho, que nos manteníamos _sobre bordos_ en demanda del centinela del estrecho. Cuando no reinaba calma, la ventolina soplaba por la misma proa. ¡Parecía cual si el islote se resistiera á dejarnos libre aquel difícil paso en medio del cual se levanta! A la caída de la tarde del diez y nueve, las densas nubes que perezosamente descansaban sobre los lejanos picachos de Mindoro oscilaron en el firmamento, rodando á los pocos momentos compactas por la celeste bóveda, al empuje del tan deseado SE. Nuestro horizonte poco á poco fué cubriéndose de los blancos copos desprendidos de la región de las puras brumas, destacándose entre aquellos algún siniestro nubarrón, arrancado por el viento del seno donde se engendra el rayo. El _catavientos_ y las velas altas dieron señales de haber percibido las primeras caricias del viento que tanto deseábamos, despertando la _María Rosario_ del letargo en que há tiempo estaba sumida. El viento se _entabló_ por completo, reinando con bastante fuerza el marcado en las _monzones_ de Julio y Agosto. Una vez que quedó la isla Verde entre la espumosa estela que dejaba en las aguas una marcha de nueve millas, el estrecho se ensancha y la navegación se hace más franca y menos peligrosa. Con buen tiempo, SE. fijo, mar limpia de escollos, navegando en largo, _demoramos_ por la proa la isla de Marinduque, teniendo á la banda de estribor las extensas tierras de Mindoro. Esta isla que tiene más de cuatrocientas millas de costa, es casi desconocida, cual sucede en el Archipiélago con otras muchas y dilatadas comarcas. Los habitantes del interior de la isla de Mindoro, han sido poco estudiados. El viajero, el curioso ó el que por su cargo inspecciona la isla, recorre las costas, siéndole muchas veces imposible internarse por oponerse la fragosidad del terreno, lo inhospitalario de sus _pampas_ y bosques, la falta de caminos, la carencia de recursos y el estado de algunas tribus que se asemejan á las que habitan las montañas de _Mariveles_ y algunas provincias del Norte. Respecto á estas razas, apenas conocidas, dice una notable publicación que vió la luz en Manila, lo que sigue: «En el terreno que ocupa la provincia de Ilocos Sur, habitan algunas rancherías, cuyo principal número se halla en las altas montañas que están en la parte Este. Entre ellas se hallan las de los tinguianes, busaos, igorrotes quinanos y negritos, las cuales se extienden por la gran cordillera, compartiendo su posesión con las de los itetapanes, quinanos, mayoyaos, silipanes y otras que se hallan en terrenos de otras provincias del Norte de la Isla de Luzón. Daremos una ligera descripción de las razas que habitan en parte de la provincia de que nos ocupamos, ó más próximas, que viven en rancherías y que tienen alguna comunicación y comercio con los pueblos civilizados de ella. Los igorrotes habitan las montañas de la parte más al Sur, confinantes ya con la provincia de la Unión; los que se hallan en los sitios más apartados de ellas, no tienen comunicación alguna con los indios cristianos, pero los que ocupan los primeros montes tienen algún trato con las poblaciones, y aunque su comercio es en cortísima escala y muy lento, se ejecuta por lo regular en cambio ó trueque, más bien que con numerario, pues de este solo se sirven para la compra del oro que traen en pequeñas partículas. Los igorrotes infieles admiten en cambio de sus efectos toda especie de animales, aunque sean inútiles y despreciables, como el perro y el gato. «No conocen otra ley que la más completa libertad, sin subordinación á autoridad alguna, y son inclinados á toda clase de vicios. No usan otro vestido que una especie de faja de lienzo ó de corteza de árbol, según pueden, que se llama bajaque, y ellos la denominan _baac,_ y una manta por lo regular de las que se fabrican en Ilocos, y se conocen con el nombre de bandalas, ó bien un pedazo de tela cualquiera que colocan sobre los hombros plegada ó suelta. Las mujeres usan una especie de camisilla ó chaleco, abierto por delante, que atan con unos cordones, y una manta ceñida á la cintura que las cubre hasta las rodillas. Los principales llevan la manta y el baac negro y con bordados; en sus lutos usan telas blancas. Los igorrotes son de buena estatura, su color es cobrizo amarilloso; los ojos grandes, rasgados y negros, y con el ángulo exterior muy agudo y más alto que el interior. Los carrillos anchos y juanetudos; el pelo es largo, muy negro, y áspero; el cuerpo robusto y bien formado; suelen pintarse de colores, y en la mano se hacen una figura parecida á un sol. Fabrican sus casas ó chozas de caña, cubriéndolas con cogon, formando la figura de un triángulo como una especie de tienda de campaña, y no tienen más luz que la que entra por el pequeño agujero que sirve de puerta; generalmente las tienen muy desaseadas. En el centro de la cordillera tienen casas mayores, de tabla de pino, que labran toscamente con una especie de cuchillo de dos cortes que llaman _talivong_ y _bujías,_ el cual les sirve de arma. Usan también como ofensivas la lanza, que arrojan con gran acierto, y las flechas, en cuyo manejo son poco diestros y no alcanzan en esto á los negritos. Se alimentan con arroz, frutas silvestres, raíces alimenticias, carne de búfalo, puerco y ciervo, que cazan y preparan para su conservación: según se dice hay entre ellos algunos que comen la carne humana, son muy asquerosos y padecen muchas enfermedades cutáneas. Las mujeres para los partos se van á la orilla de un río donde lavan la criatura así que ve la luz; se baña también la madre, y concluída esta operación, coloca el recién nacido en una especie de cestillo á la espalda y se vuelve á su choza. Su idioma es muy distinto del de los pueblos cristianos confinantes. La observación de las lunas les sirve de calendario, y aun para formar sus pronósticos; los hay llamados bravos y mansos, siendo los primeros los que no quieren comunicación alguna con los pueblos reducidos. Los tinguianes es otra raza que se extiende por las montañas del Este de Ilocos hasta la provincia de Abra: son mucho más civilizados que los igorrotes, y casi no merecen la denominación de salvajes. Los hombres usan calzones anchos y una chaqueta ó chupa cerrada por delante, como la de los chinos: se arrollan una tela ó especie de toalla á la cabeza, cuyas puntas con flecos caen con gracia sobre la espalda. Las mujeres usan el mismo traje que las igorrotas, con la única diferencia de ser de color blanco, así como el de los hombres, muy aseado, y bordadas las orillas de colores cuando están de gala; desde la muñeca al codo se atan unos anchos brazaletes de abalorios de colores, tan apretados, que les suele producir inflamación en el brazo y la mano. Del mismo adorno usan algunas en los piés y hasta en la cabeza, ciñéndose también un turbante, y otras se ponen una especie de banda cuyo traje en conjunto es vistoso y bonito. El cutis de esta raza es blanco, y con corta diferencia como el de los chinos; su vida es frugal y aislada; comercian con los pueblos de cristianos; pagan reconocimiento en frutos ó en dinero; compran tabaco en los estancos de los pueblos reducidos, pero en una cantidad dada, que reparten con equidad entre todos los vecinos de una ranchería, son limpios y observan entre sí cierta etiqueta, viven tranquilos en sus pueblecillos, y su carácter pacífico pero suspicaz, los aproxima mucho á los indios civilizados. Hay algunos pueblos de ellos reducidos al cristianismo y cultivan extensos campos de arroz, teniendo piaras de carabaos, caballos y bueyes: se ejercitan en la caza de venados y son enemigos de los igorrotes. Esta raza por su color, facciones y traje, se cree sea descendiente de los chinos, que según tradición, se internaron por estos montes desde la provincia de Pangasinan cuando el pirata Limahon fué batido y obligado á reembarcarse; pero la historia de aquellos tiempos nada dice de que quedasen estos restos del ejército, antes bien asegura, que todos se embarcaron; pero ello es que esta raza de infieles es distinta enteramente de las demás que pueblan los montes del Norte de la isla de Luzón. Hay otra raza llamada de guinanos que habitan la parte interior del país y á la falda Este de la gran cordillera, que separa al Abra de Cagayan; son de carácter feroz, y en los meses de Febrero y Marzo suelen hacer sus correrías al Abra con solo el objeto de cortar cabezas, sean de cristianos, sean de tinguianes ó igorrotes: para ello se aprovechan de algún descuido; en teniendo alguna cabeza humana se retiran á sus pueblos con gran algazara, donde celebran una gran fiesta que dura muchos días. Concluída la fiesta, el matón guarda cuidadosamente el cráneo como prueba de su valentía, y es tanto más estimado por sus compoblanos, cuantas más cabezas ó cráneos adornan sus casas; suelen también estar en continua guerra unos pueblos con otros; siempre acometen á traición, y con grandes alaridos al echarse encima de la víctima. Aun no ha sido posible hacer que penetrara hasta ellos la luz evangélica. Aunque bastante apartadas de la provincia de Ilocos por la parte del Este, ocupa también esta cordillera la raza de los busaos que confina con la de los tinguianes; sus tribus son de carácter dulce y hábitos más propensos á la civilización, se pintan el brazo imitando varias flores, llevan grandes anillos en las orejas y otros se cuelgan en ellas un gran pedazo de madera, lo que les alarga mucho la ternilla. El traje de los busaos es parecido al de los igorrotes, solo se diferencian en que llevan en la cabeza una especie de casquete ó solideo de bejuco ó de madera, cilíndrico y abierto por los lados que algunas veces adornan con plumas; en lugar del _talibon_ usan una arma llamada _ligua_ de la que usan también los tinguianes, que es como una hacha de hierro casi cuadrada, con una punta por detrás y mango corto, la que fabrican ellos mismos con hierro que extraen junto á Benang; cultivan arroz con muy buen sistema de riego. Los negritos que ocupan las montañas de Ilocos más bien se extienden hacia la parte de Ilocos Norte que hacia el Sur; se diferencian poco de los demás negros de los otros montes de las islas; su escaso vestido suele ser de cáscara ó corteza de árboles ó alguna manta tosca; pagan reconocimiento cuando se les puede hallar, reconocen por reyezuelo al más viejo entre ellos, y entierran sus difuntos en el monte, poniendo junto al cadáver eslabón, piedra, yesca, un arma y un pedazo de carne de venado, y todo el que de ellos pasa próximo, ha de dejar algo de lo que cogió en la caza ó le dieron los cristianos.» En otro lugar leemos: «En las escabrosidades de las altas montañas de todas las islas Filipinas, y en las espinosas de sus impenetrables bosques, habitan numerosas razas ó tribus de infieles, hasta cuyos desgraciados individuos no ha penetrado aún, por desgracia, la luz del cristianismo y de la civilización. Las cordilleras de la isla de Luzón están habitadas por los _igorrotes, tinguianes, ifugaos_ y otras razas de costumbres más ó menos feroces; pero la más generalmente extendida por todos los montes de las islas es la de negritos aetas, que por sus caracteres genéricos, su pelo crespo, sus labios prominentes y su ángulo facial, se cree por algunos, sean los primitivos habitantes de este suelo, pues concuerdan dichos caracteres con los de otros que residen en la misma zona tórrida de África y varios puntos de la Oceanía. Los de estas islas viven errantes en la fragosidad de las selvas, y aunque los hay de ellos que bajan á comerciar y se comunican con los pueblos cristianos, se encuentran muchos que huyen de todo trato con los hombres de distinta raza, manteniendo una continua guerra con otros habitantes de los bosques. Se cree que los _desmayas, malancos, manabos_ y _tagabotes_ de la isla de Mindanao, así como los negros feroces de Nueva Ecija y otras tribus menos conocidas, sean pertenecientes á la gran familia de estos primitivos moradores de las islas. Los negritos son en general pequeños, delgados y ágiles; pero no mal formados. Tienen la nariz gruesa y aplastada, el cabello crespo como lana enredada; el labio superior grueso y caído sobre el inferior; su color es más claro y menos feo que el de los negros de la costa de África, sin duda porque los de estas islas tienen más frondosos bosques donde resguardarse de la acción del sol y porque se comunican más con pueblos civilizados. Van completamente desnudos y se cubren con un taparrabos de cortezas de árbol; los que tienen trato más frecuente lo usan de tela, y llevan además un pedazo de coquillo de colores ó de manta echado sobre los hombros y se suelen poner un pañuelo en la cabeza. Los que comercian con dichos pueblos civilizados dan varios productos de los montes, como miel, cera y bejucos, á cambio de telas y de moneda: las mujeres de estos visten una ligera camisilla y un tapis; las de los más feroces van desnudas: las primeras colocan en su pelo un peine de caña, en el que ejecutan finas labores, y por sus orejas taladradas atraviesan un pedacito de rama en flor, que además de su erizada cabellera les da un aspecto extraño. Los hombres solteros suelen usar también el peine de caña, como distintivo de su estado. Todos ellos llevan siempre en su mano el arco y las flechas que acostumbran á envenenar con jugo de plantas que ellos conocen, en las cuales frotan é impregnan el hierro ó punta de ellas; algunos usan un carcax de caña bambú para colocarlas; en la cintura llevan un cuchillo ó _bolo_ muy afilado. Se casan muy jóvenes y aunque no se reúnen con sus mujeres, se les ve tomar estado á los ocho ó nueve años. Les gusta mucho estar junto el fuego; encienden grandes hogueras, y por la noche se acuestan sobre la ceniza caliente; para mayor abrigo suelen poner entre dos árboles una especie de techado de hoja de palma, y por la mañana levantan el campo para volver á dormir donde les coge la noche. Las mujeres paren también sobre la ceniza: concluído el parto se bañan y vuelven á acostarse sobre ella y á cuidar de su hijo, el que cuando marchan lo llevan pendiente del cuello ó á la espalda, sostenido por un lienzo atado, ó por una corteza de árbol apoyada en la nuca. No se les conoce religión alguna. Comen puercos de monte, venados y raíces alimenticias; pero nunca lo verifica uno solo. Tienen castigos de pena de la vida para sí y para sus hijos por varios delitos; uno de ellos es el de robar una mujer ajena; pena conmutable, entregando flechas y armas. Nombran sus jefes á los más ancianos. Entre los que frecuentan para su comercio los pueblos cristianos, se suele investir á uno de ellos del carácter de justicia, el cual impuesto de su cargo, los reune y presenta cuando se les llama para el trabajo. Sus distracciones consisten en el canto, en el baile y en ejercitarse en el manejo de sus armas. Ejecutan un baile llamado _acubac_ que se reduce á poner á las mujeres en el centro, y los hombres agarrándose uno á otro por la cintura van marchando en círculo alrededor de ellas, levantando la pierna dando una fuerte patada en el suelo al compás de una canción muy lúgubre y pausada que con voz casi imperceptible entonan las negras, y á la que ellos contestan con una especie de terminaciones consonantes; á este triste canto le llaman _inalug_. Por más esfuerzos que se han hecho por los PP. Misioneros y por las autoridades de las islas para civilizar á los negros aetas, y hacerlos vivir en sociedad, todo ha sido infructuoso. Aman su vida errante y salvaje, y tarde ó temprano se vuelven á ella; ha sucedido ya estar un negro enteramente civilizado y aun haber seguido estudios, y ha desaparecido para volverse al monte á vivir desnudo y salvaje entre sus compañeros. Estos desgraciados se niegan siempre á la luz de la verdad y de la razón.» Las anteriores líneas son la prueba más concluyente de lo mucho que falta por hacer en Filipinas. A la vista de Manila, en su misma bahía, en la provincia de Bataan, se destaca la sierra de Mariveles; pues bien, en sus bosques hay razas errantes sin más dominio ni ley, que las que Dios les dicta, ni la potente voz de los elementos que se desarrollan sobre la inmensa copa de los árboles que les dan sombra, alimento y guarida, y las que impone en la punta de sus flechas el que impera por la ley del más fuerte. Todas estas razas respetan instintivamente al español, sobre todo si no los hostiga y maltrata. El europeo que se pierde en los laberintos de bejucos y verduras de Mariveles, no tiene que temer por su vida aun cuando se encuentre con alguna ranchería de _aetas_; estos lo acogerán con mirada recelosa, mas bien pronto si ven que no les hacen daño, se tornan dulces y serviciales. El estado pacífico en que viven las razas de Mariveles, es sin duda la causa del por qué no se las ha reducido, á pesar de habitar á las puertas de Manila. ¡Cuántos misterios desconocidos, cuánta riqueza oculta y cuántas cosas ignoradas contendrá la gran extensión de tierra que comprende la isla de Mindoro, desde puerto _Galera_ á punta _Bunga_! Las montañas de Mindoro poco á poco fueron ocultándose en los horizontes que dejábamos á la proa, aclarándose los de _Marinduque_ por los círculos que abría en el espacio el bauprés de la _María Rosario_. Las pequeñas _Dos hermanas_, formando el vértice del triángulo que cierran _Banton, Bantoncillo, Simarra y Maestre de Campo_, se destacaban perfectamente ante nuestra vista, como asimismo los pequeños islotes llamados _Tres Reyes_ y el _Diamante_, azotados constantemente por las encontradas olas, efectos de las corrientes y las notables _resacas_ que refluyen su influencia desde las costas de Marinduque. La pequeña isla de Banton, nos trajo á la memoria un sin número de recuerdos y un gran caudal de observaciones. En sus estrechos límites habitaba nuestro querido amigo el Padre Pablo, fraile recoleto de gran iniciativa, ciencia y decisión, que después de haber desempeñado en Filipinas la supremacía del poder en la Orden, había dejado el peso y responsabilidad del Provincialato, por el recogimiento, la quietud y el aislamiento de la parroquia de Banton, islote casi desierto, inhospitalario y desprovisto de cuanto constituye lo más necesario de la vida. Ya que la isla de Banton nos ha traído á la memoria á un antiguo amigo fraile, y ya que tanto se ha dicho de estos, añadamos nosotros en el siguiente capítulo una página más. CAPÍTULO IV. El fraile en Filipinas. Al hablar de Filipinas es imposible dejar de ocuparse de las órdenes monásticas: van tan íntimamente unidas con la historia y vicisitudes por que ha pasado el Archipiélago, que donde quiera se relate un suceso, donde quiera se evoque un recuerdo, donde quiera se contemple una obra, allí está la mano, la inteligencia ó la actividad del fraile. Para comprender lo que vale en el Oriente, para apreciarlo en todo su valor, es preciso vivir algún tiempo en el país. El fraile es el ser cosmopolita de la India; en su historia lo mismo se le ve con el santo lábaro predicar la fe del Gólgota, que dar al aire la enseña de Castilla y voltear el bronce llamando á los buenos en el rebato de sus torreones, siempre que algún peligro ha amenazado patria ó religión: alentados por estas dos palabras han puesto repetidas veces sus pechos ante el enemigo de la raza, ó el cuello ante el cuchillo del martirio. Los campos de China durante más de dos siglos, la invasión de Manila por los piratas que hacían temblar al Celeste Imperio, y más tarde la gran bahía llena de naves inglesas, son imperecederas epopeyas en que las órdenes monásticas han vertido su sangre, su persuasión y sus caudales. El cosmopolitismo del bien, volvemos á decir, está sintetizado en el convento. A semejanza de la Edad Media, en que el Dios de las batallas con el ruido de sus armas adormecía la inteligencia; cual aquella época del arnés y de la lanza, se ocultaba en lo más recóndito de los cláustros la ciencia en el libro y el experimento en las primitivas máquinas; á imitación de entonces en que el fraile mantenía vivo el estudio y el saber, así en el día el cláustro en el Oriente cual templo de vestales, alienta la vívida luz de los humanos adelantos. Las bibliotecas de los Dominicos, llenas de preciosos códices; los gabinetes de física y química, con cuantos aparatos han inventado las nuevas conquistas de la inteligencia; las magníficas colecciones de la naturaleza tropical en todas sus manifestaciones; los góticos capiteles de Santo Domingo; las sólidas construcciones de Agustinos y Franciscanos; el golpear de las máquinas de vapor de los Recoletos; enseñan que la ciencia, el arte y la industria, tienen su asiento bajo la esfera de acción de las órdenes monásticas. El convento no solamente sintetiza en Filipinas, la ciencia y el arte, sino que también el laboratorio, la enfermería y la granja-modelo. Sabido es cuan escaso es el personal de médicos y cuántas provincias están entregadas á la virtud de sus plantas, á la tradición de sus remedios y á los ungüentos y recetas del convento. Tanto el indio como el castila que se siente aquejado de una enfermedad, llama al fraile á la cabecera de su lecho, ó va á buscarlo en sus hospitalarias casas-haciendas, en la seguridad de encontrar ciencia para la materia y consuelo para el espíritu. La hacienda de _Imus_ es una verdadera enfermería del castila, allí el que llega tiene cuidados, cama y mesa. Desde el jefe superior de las islas al último desgraciado, tienen en Imus un cariñoso techo con solo llamar á aquellas puertas, abiertas siempre para el bien y la caridad. No es solamente lugar de convalecencia por sus condiciones naturales, sino que estas se aunan con el perfeccionamiento y con el arte. Los baños de impresión que tiene la casa son, sin duda por sus aguas y por la manera de distribuirlas, unos de los mejores de las islas. Cuantos requisitos constituye la granja-modelo, se encuentran en la hacienda que nos ocupa. Espaciosos y bien preparados _tambobos_, magníficas plantaciones de caña dulce, buenas máquinas, extensas roturaciones, puentes, presas, encauces, sementeras y un perfecto reglamento de colonos se ven en aquella. El colono que experimenta una desgracia en el hogar, percibe cuantos auxilios le son necesarios; si la desgracia proviene del campo, si una avenida asola sus cosechas, si el tallo de la caña se agosta ante el destructor hálito de un _tifón_, el fraile remedia el mal sin que el colono vea amenazado su porvenir ante los sombríos colores de la usura. Cuando hay calamidades se perdonan las rentas, y el _tambobo_ abre sus puertas, convirtiéndose en piadoso pósito, seguro remedio de la propiedad y del labrador. El viajero tiene no menos ventajas que el colono y el enfermo. El que durante todo un día ha sufrido por bosques y caminos el sol tropical, el que el aguacero ha mojado su cuerpo, el que se ve rendido por el cansancio: alienta, se vivifica y cobra ánimos al oir los consoladores ecos de la esquila del monasterio, del convento ó de la casa-hacienda; bajo aquel bronce sabe hay españoles, hay patria, hay hermanos. Es preciso haber pasado un día en la India y sentir las fatigas del cansancio y la sed, para comprender en todo su valor lo que significan los ecos de la campana del convento. El fraile del Oriente difiere completamente del que vulgarmente se conoce; por esa misma razón lo juzgan algunos mal. El que crea ver en aquellos el reflejo de los antiguos y silenciosos moradores de la celda ó los revoltosos señores de abadías, se equivoca soberanamente; ni tienen la maliciosa reserva y maquiavélica intención del claustro de la Edad Media, ni la turbulencia y fueros de los guerreros-frailes de la Reconquista, feudales señores de almena y mesnada, de cuchillo y caldera. El ser que nos ocupa es franco, decidor, leal, caballero; participa de las buenas cualidades del mundo y el recogimiento ascético de la celda. Es, y esta es su principal cualidad, _español_ por excelencia, y todas sus tendencias, lo mismo las que desarrolla en la plática, como en el púlpito, como en el hogar, tienden á la consolidación y bienestar de la colonia. En las veces que en Filipinas se han sentido los rumores de la rebelión, el fraile siempre ha estado al lado de su raza. No hay ejemplo alguno en la historia de las islas en que haya aparecido ni remotamente complicado contra los suyos. Si Filipinas tuviera una _verdadera_ historia, se vería hasta qué punto fueron los frailes españoles en las memorables jornadas en que el invicto Simón de Anda dejó la toga por el talabardo, oponiendo la fuerza á la fuerza, la espada á la dominación, la argucia á la mayoría y el heroismo á la desigual lucha. En aquella campaña, un puñado de frailes contuvieron la dominación inglesa, teniendo en continua alarma á las centuplicadas fuerzas de los enemigos. La influencia que entonces y ahora tiene el fraile de Filipinas, es preciso ser loco para no apreciarla y comprenderla. Como ejemplo de su influencia y de su poder citaremos un episodio acaecido en la insurrección de Cavite. En la fuerza de la plaza se encontraba al sonar la señal el lego español de San Juan de Dios. Dado el grito, la rebelión desarrolló en su destructor círculo cuantos horrores caben en el saqueo y la matanza. La embriaguez y la sangre habían corrido desde el rastrillo á la plataforma, cuando aquellas hordas que gritaban muerte y exterminio, que no habían perdonado sexos ni edades, se prosternaron de rodillas ante el lego pidiendo les absolviera de todas sus culpas. Si el lego hubiera sido fraile, y si su falta de conocimientos hubieran estado representados por la elocuencia, confianza y prestigio del sacerdote, es posible que las palabras no hubieran sido obras, y la acción no hubiera pasado de proyecto. El lego fué respetado, considerado y atendido por los que pedían la cabeza de los españoles, por el solo hecho de vestir un hábito y una correa. El ascendiente que el Padre ejerce sobre el indio está fuera de duda, es indiscutible. Esta influencia es tan positiva que no titubeamos en asegurar, es el primer elemento de colonización que tenemos en Filipinas. Al hacer las anteriores manifestaciones cumplimos con un deber de españoles: en este libro nos hemos propuesto decir la verdad en todo y por todo, y aunque las ideas y opiniones del autor difieran de las del fraile, está en el deber de hacerles la justicia de que son acreedores. ¡Ojalá que todos los españoles que vengan á Filipinas se conduzcan cual lo hacen aquellos! Si esto sucediera ni daríamos el alerta, ni abrigaríamos temores. El fraile en Filipinas no solamente es un bien, sino que constituye una verdadera necesidad. CAPÍTULO V. El estrecho de San Bernardino.--Cabeza Bondog.--Ruinas.--El volcán Mayon.--¡Ancla!--San Jacinto.--Su Iglesia.--La india Ignacia.--El toque de oración.--El _atung-taqui_. La navegación del estrecho de San Bernardino, constituye uno de los derroteros más bellos y variados que se conocen. Desde la bahía de Manila á las aguas del Pacífico, hay unas trescientas millas en las que se admiran toda la riqueza del suelo filipino. En el derrotero que nos ocupamos no se pierde ni un solo momento la vista de tierra, pasando tan cerca de ella en muchas ocasiones, que se hace precisa gran precaución. No bien _doblamos cabeza Bondog_ y ganamos las aguas que separan á la rica provincia Camarines Sur, de la isla de Burías, se principian á dibujar en los horizontes de Albay, el famoso volcán que se admira en medio de aquella provincia. El volcán de Albay, llamado por algunos el _Mayon_, lo forma un cono perfectamente regular. Se encuentra en actividad y es difícil verlo despejado de nubes, las cuales lo ocultan casi constantemente, efecto de su gran altura, proximidad á los focos de grandes emanaciones y atracción que ejerce sobre los frecuentes chubascos que vierten sobre la provincia de Albay. Las erupciones del Mayon son muy frecuentes, mas desde la acaecida á principios del siglo, de la cual se describen tales horrores, que causan verdadero espanto, son poco intensas, estando habituados los pueblos que se asientan á la falda del monte, á las convulsiones del gigante que en un solo momento podrá sepultarlos entre sus candentes materias. La ascensión al volcán es sumamente difícil y arriesgada, no teniendo noticias de que viajero alguno haya hollado con su planta el vértice del cráter. El día que la _María Rosario_ nos puso á la vista del Mayon, hubo algunos momentos en que por efecto del fuerte SE. pudimos admirar completamente despejado todo el espacio que cierra el magnífico cuadro que llena el volcán. La provincia de Albay es, sin género de duda una de las más ricas del Archipiélago. El filamento llamado _abacá_, es una inagotable mina de los campos que comprenden aquella provincia. Aquel producto ha llevado el bienestar y la riqueza á sus habitantes, los cuales á su vez, son la base de las cuantiosas fortunas que se han cimentado sobre el abacá: este es de tan buena calidad en los campos de Albay, que las _cabullerías_ que con él se fabrican se confunden con las más sólidas de cáñamo, producto que en los usos de la marina se ha reducido notablemente, desde que se explota aquel filamento, el cual no solamente se consume en el Archipiélago, sino que cuidadosamente es almacenado y prensado para ser expendido en lejanos centros comerciales. Las calmas que veníamos experimentando nos agotaron casi todo _el fresco_ de que podíamos disponer, así que, aprovechando el seguro y resguardado puerto de _San Jacinto_, anclamos en él á fin de _refrescar_ víveres. San Jacinto es un pintoresco pueblecito situado en la isla de Ticao. Lo constituye aquel una extensa loma sobre la cual se asienta diseminado un corto caserío, en su generalidad de palma, destacándose por su construcción un antiguo baluarte, la iglesia, la escuela y la casa-tribunal. El cura que cuida de su parroquia se encontraba fuera del pueblo y nos dijeron era mestizo chino. El baluarte de San Jacinto es sólido, de buena fábrica y perfectamente situado; se extiende por lo más alto de la loma dominando el pueblo y el puerto. En el ángulo que corresponde á su entrada y sobre una plataforma medio arruinada, se ve un cañón, que según sus dimensiones, pudimos calcular sería su calibre de 20 á 24. La época en que se edificó el baluarte no la hemos podido precisar, revelando el estado de los muros su vejez, con la que lucha la consistencia y solidez de la construcción. En el espacioso patio que cierra el perímetro amurallado, se encuentra la iglesia, y á medio concluir la casa parroquial; obra que según pudimos ver, pronto había de brindar toda clase de comodidades á su morador. La sólida fábrica de aquella espaciosa casa, á cuya sombra se alza la campana del templo; las aspilladas murallas que la resguardan; las plataformas y el bronce que la defienden; la estratégica situación que ocupa, y la bandera que flamea en lo alto del torreón, la asemejan más que á la casa del recogimiento y la oración, al antiguo baluarte de la Edad Media. Aquellos muros carcomidos por el tiempo evocaron en nuestra mente todo el grandioso pasado de los caballerescos siglos feudales. La raza que habita San Jacinto, es la india pura; hablan el _visaya_ y sus moradores poseen todos los rasgos que caracterizan aquella. Son afables, fuertes y de facciones bastante buenas. Vimos una india llamada Ignacia, de un conjunto altamente simpático y agradable, sobresaliendo en ella un larguísimo y negro pelo, rasgo peculiar y distintivo de Filipinas, en donde los hemos visto como en parte alguna; consecuencia, sin duda, de no mortificar las raíces, pues generalmente lo llevan suelto, y sobre todo, por la fortaleza y consistencia que prestan los jugos del coco, aceite, cuyas propiedades es de todos reconocida. A más del uso del aceite de coco, contribuye en gran manera á la conservación del pelo, el _gogo_, raíz parecida á la de la _mora_. Aquel se lava perfectamente y después se exprimen sus jugos. El jugo del gogo levanta en la batea donde se prepara, una blanca é hirviente espuma; su uso es muy frecuente y, general en Filipinas, y sin duda alguna que la frescura que presta á la cabeza y la limpieza que origina, son causa, en gran parte, de que sea sumamente raro encontrar calvos en el Archipiélago. La población de San Jacinto la forman 1.800 almas, de las cuales tributan unas 500, calculando en 250 los niños de ambos sexos que asisten á la escuela, según nos dijo el Gobernadorcillo. Los productos son: el abacá, el tabaco, la caña dulce, el añil y el coco; de este nos sirvieron por vía de refresco una suculenta ensalada hecha de palmito. El palmito del coco, es sin género de duda, el más sustancial y delicado de cuantos dan toda la diversidad de palmas. Al toque de oración en Filipinas se le rinde culto. Todo indio á la muerte del día, recoge su espíritu y pronuncia una oración mirando al Oriente. La campana de la iglesia anunciando la oración, se mezcló con los redobles del tambor del tribunal, y los huecos y broncos sonidos del _atung-taqui_, que sirve para dar los alertas en las avanzadas ó _bantayanes_ de algunos pueblos de Visayas. El atung-taqui filipina, es el árbol hueco, descrito por los primeros exploradores de la India, y que todavía se conserva entre los moradores que habitan las orillas del _Amazonas_, y las dilatadas faldas del _Chimborazo_, según pudimos ver entre los objetos que los individuos de la expedición científica del Pacífico, exhibieron en los jardines del Botánico de Madrid. [2] Al toque de oración de San Jacinto se cierran todas las puertas y ventanas, y se apagan las luces, entonándose por los que se encuentran dentro de las casas el _Ángelus_; concluído este, cada cual vuelve á su conversación, su ocupación ó su paseo. Nosotros hicimos una frugal cena, y después de interrogar sobre la localidad al Gobernadorcillo, buscamos el reposo en las mallas de una hamaca de abacá. Ya que estamos descansados en tierra, y ya que hemos bosquejado á la ligera á una india, veamos en las páginas que siguen, lo que es la mujer en el Oriente. CAPÍTULO VI. La mujer india.--Angué--Pepay la sinamayera.--¡¡¡Una!!! Desde los tristes monólogos de Adán (pues es de suponer no tuviera ganas de conversación con su _ex-costilla_, después de lo de marras) hasta los _Apuntes_ de Catalina, y desde las lágrimas de Ovidio, á los ataques de nervios de Julieta, cuánto se ha dicho, y sobre todo cuánto se ha calumniado, es decir, menos cuando no se ha calumniado, á esas sensibles _palomas_ sin hiel, á esas infelices y desgraciadas inocentes, á esas pobrecitas cofrades del sexo débil. A lo mucho que se ha dicho, vamos á añadir un poco más. No vamos á tratar á la mujer á la sombra de un _patrón_ de la moda elegante, ni á la semiluz de una _bambalina_, ni á las tinieblas de un coche con cortinillas, ni á los truenos y relámpagos de un _can-can_; no, vamos á ocuparnos de la primitiva hija del Oriente, raza hoy poco conocida, que después de haber perecido casi por completo en las Américas, va siguiendo la misma suerte en los inmensos dominios que comprende la India inglesa. La raza pura la encontramos en cerca de seis millones de seres, en el vasto Archipiélago filipino. Descorramos las _conchas_, alcemos el _tapanco_ ó descansemos un momento bajo el _carang_, y al tornasolado de las primeras, veremos á la india rica; bajo la palma del segundo, podremos estudiar la india industrial, ó sea la clase media, y al abrigo del tercero se nos presentarán perfectos modelos de las hijas desheredadas de todos aquellos dones que no sean el mojarse cuando llueve, admirar el sol cuando sale y limpiarse el sudor si tiene con qué cuando calienta, dones todos que la naturaleza prodiga de tal forma en el Oriente, que cuando llueve lo hace tres ó cuatro meses seguidos, con una fuerza, un viento y unos truenos, que ni hay más que dar, ni más que pedir. Ya tenemos prólogo. Exhibamos los tipos. Supongamos que son las diez de la mañana en Manila, y por consiguiente, la misma hora en cualquiera de los pueblos que forman Binondo; supongamos á más que es la fiesta de la Patrona y que estamos cerca de la casa del hermano mayor. El hermano mayor es un sér exclusivo de Filipinas, es en las fiestas como si dijéramos, el _caballo blanco_ de nuestros espectáculos, ó el editor responsable sin sueldo de un periódico demagógico en tiempo de los moderados. Decíamos que estábamos cerca de la casa del hermano mayor, y esto bien fácil nos es conocerlo, porque distintamente llegan á nuestros oídos los ecos de la marcha de _Pan y Toros_, tocata ahora en boga en Filipinas, cual lo será Dios mediante, dentro de ocho ó diez años, la jota del _Molinero de Subiza_, ó la _polka de Flama_. Ya estamos á la vista de la casa. Banderolas de todos colores, pañuelos de todos ribetes, y trapos de todos tamaños, ondean ó no ondean (pues esto no depende del hermano mayor), suspendidos, no digamos de ventanas y balcones, sino de agujeros más ó menos grandes, abiertos en el cogon y algunos en la tabla. La música la seguiremos oyendo, pues asisten las de los _dos gremios_, y mientras la una toca, la otra come ó fuma, y esto de amanecer á amanecer. Alguna que otra _dalaga_, adornada con cuantos objetos relucientes ha podido encontrar, pasa por delante de nosotros con dirección á la iglesia ó á la casa del hermano, que de seguro es lo menos _capitán pasado_ ó _cabeza, de Barangay_, sociales jerarquías que le dan opción al _vos_ en el trato, á un asiento en la _principalía_ y á un trozo de banco que procurará esté cerca, ó del canuto donde coloca el Gobernadorcillo el bastón, ó del tallado del respaldo que representa todo lo representable, pues en cuestión de dibujo y de talla los indios no atascan, y llevan su despreocupación hasta un punto que hemos visto el retrato de un General muy conocido, sustituído su nombre por el del bienaventurado Santiago, y todo porque el general está retratado á caballo y tiene algunos moros á sus piés. Ejemplo del General convertido en Santo por la gracia de un cortaplumas, que ha borrado un excelentísimo señor, sustituyéndolo con un San Antonio ó San Andrés, es muy común, y menos mal que al pobre General lo hicieron Santo, pues si hubiera hecho falta una Santa, conforme rasparon el nombre, lo hubieran hecho con el bigote y la barba. Todo esto no se crea se hace riendo ni mucho menos, pues el indio posee una formalidad y una fuerza de convicción en ciertos actos, que se cree las cosas más raras y estupendas. De un frasco de cristal con tapón esmerilado, nos decía muy grave un criado al preguntarle por los bizcochos que guardaba, que se los había visto comer á las lagartijas. El hermano mayor tiene, á más de las prerrogativas marcadas, el _non plus_ de los honores; el más preciado y característico distintivo. Puede llevar dentro y fuera de su casa, lo mismo ante Rey que Roque, cual antiguo mesnadero, no crean ustedes que el sombrero puesto ó las manos en los bolsillos, sino muchísimo más; puede llevar una camisa de faldones bastante largos fuera del pantalón, y una chaqueta muy corta encima de la camisa. Esto no será muy bonito, pero es tan noble y distintivo que _guay_ del plebeyo que sin haber sido siquiera _directorcillo_ ó _juez de sementeras_, osara profanar aquella parodia de frac, que tiene por faldones faldamentos. No queremos se nos olvide decir que la camisa _oficial_ es blanca y la chaqueta negra. Andando con dirección al ruido, hemos visto más de un _camisa por fuera_, ostentando un bejuquillo con puño de plata. Sus poseedores ejercen jurisdicción, tienen poder, son _tenientes_ de justicia, funcionarios públicos que pueden llegar hasta el _solio_ del superior munícipe, el día que su jerárquica persona se vea atacada de un fuerte _romadizo_. Ya estamos frente á la casa del mayor cofrade; es de buen aspecto, su construcción llega hasta el despilfarro de ser la cubierta de tejas y estar rodeada de una espaciosa cerca de cañas, á cuya sombra, y atados á un _arigue_, gruñen uno ó dos _babuis_, huéspedes indispensables en toda casa india. Un toldo que da sombra á parte del patio, bajo el cual toca la música; vistosas colgaduras en todos los bastidores de la casa; sinnúmero de faroles de todas formas, caprichos y tamaños, colgados, atados ó sostenidos donde quiera hay un clavo, un agujero, una rama ó un pequeño espacio, completan el adorno de aquella casa, que por su alegría y aglomeración de cosas y objetos, revela que sus amos están dispuestos á _echarla_ por la ventana. Si tenemos la suerte de ir acompañados del Jefe de la provincia ó Alcalde mayor, nuestra presencia será saludada con la marcha Real; si el _bastón_ desciende de aquellas categorías, entonces nos tocarán el _Mambrú_ ó las _habas verdes_. Ya estamos dentro de la casa; ya están á nuestra presencia _cabezang-Gogo; ñora Putin_ y la hija de ambos, la _chichirica dalaga Angué;_ que es como si dijéramos en Europa el ex-diputado Sr. D. Gregorio, la respetable Sra. Prudencia y la elegantísima Srta. María. Putin y Angué, ó sean Prudencia y María, son los tipos de la india rica. Observadlos y habremos llenado nuestro cometido. Madre é hija en el momento que hemos pasado de la _escala_ á la _caída,_ dan la última mano á una de las mesas de viandas y dulces. En las fiestas que describimos no hay sala de _buffet_ ni una sola mesa. Todos los sitios de la casa son comedores. En la _cerca_ comen los músicos; en la antecocina, el _lancape_ se convierte en mesa para los _batas_ y demás gente menuda. En la _caída_ el _lujo_ mejora notablemente. La caída es la destinada á los pretendientes á hombres de justicia, _mediquillos_ sin parroquia, _cuadrilleros_ en activo, _tulisanes_ arrepentidos, _jueces_ de ganados, aprendices á _directorcillos_ y demás gente del bronce. Como la mesa de la caída está á la vista de los que suben, procura Putin que esté vistosa y arreglada, en tanto que Angué recorre los papeles de colores, inspecciona los _tinsines_ y pone rodajitas de limón á los cochinillos fritos, manjar indispensable, sin el cual no hay convite posible en la India. Arreglada la caída, las dueñas de la casa se dirigen á la sala. Aquella es el tabernáculo, es el _arca santa_ donde se ha puesto todo el esmero y cuidado. Andemos despacio no nos escurramos sobre las lucientes tablas del pavimiento recién frotadas con hojas de coco, impregnadas de aceite. El conjunto que presenta la sala es de lo más abigarrado y churrigueresco que imaginarse puede. Al lado de un fanal cuyos cristales enseñan el Cristo de Antípolo vestido de general, lucen sus contornos dos figuras de barro de China, sobre las cuales se apoyan bombones de caña, llenos de tabacos, bandejitas de cristal con fósforos y _buyos_; y si las figuras conservan las manos, un pico en el sombrero, ó cualquier punto saliente, se ven colgados rosarios, candelas, parches milagrosos y relicarios. Las paredes están cuajadas de pabellones de coquillo colorado, bombas, farolillos, vasos, y guirnaldas de ramaje ó flores de papel. En un rincón se ostenta una lujosa arpa; esto ya quiere decir algo. El centro de la sala lo ocupan dos mesas: en la una están los platos, botellas y repuestos de todas clases. La otra, ¡ah! la otra merece mucha atención. ¡_Es la mesa oficial_! Es como si dijéramos, la sepultura de la mitad de la fortuna de cabezang-Goyo. La mesa oficial se sabe tiene mantel por las caídas, pues lo que cubre la tabla está completamente lleno de cuanto produce la India y los establecimientos de Europa. Donde no hay sitio para una fuente, se coloca un candelabro; donde no halla lugar un plato, se acomoda una taza; si no hay asiento para una jícara, se reprieta una copa; y por último, los huecos que quedan se rellenan con penachos de palillos de dientes, ó tiras bordadas de papel de colores. Todo se ha inspeccionado por las amas de la casa, todo se ha visto y todo se ha manoseado. El gusto estético de la india rica ya lo han visto ustedes. _Ñora Putin_ descansa en una mecedora; su hija da vueltas á un collar de olorosas _sampaguitas_, entrelazadas en una fina hebra de abacá. Las dos callan. Examinémoslas, y si es posible sepamos qué piensan. Angué es una muchacha de 15 á 17 años; su padre no recuerda el año que nació, pero sabe el nombre del cura que la bautizó, y el del Capitán general que mandaba entonces las islas. Para un _práctico_ del país, Angué es guapa; es más, es muy hermosa. Esto merece una explicación. El tipo indio difiere poco: así que para hallar diferencias es preciso la práctica y el tiempo. En corroboración de esto, puedo decir que tardé más de dos años en distinguir la fea de la guapa; hoy ¡ah! hoy ya es otra cosa; he comido mucho _plátano_, y he estado trimestres enteros sin ver siquiera un _cuarto_ de cara de las de allá, así que puedo asegurar que Angué es muy guapa. Fotografiémosla. Angué es alta, fuerte, de abultadas y exuberantes formas; ha dejado de jugar con las sampaguitas, y apoya indolentemente su cuerpo en las conchas. Todo su sér respira dulzura y melancolía. Sus ojos, ligeramente entornados, están fijos, están en uno de esos momentos en que _no ven_; tiene la falta de vida que constituye en la inteligencia esas profundas abstracciones en que _nada_ pensamos. Los ojos de Angué son negros, cual negras son sus largas pestañas y su hermoso pelo, que esparcido en hebras le cubre la espalda y los hombros, haciendo resaltar el color cobrizo de su cara, rasgo característico de la india, en cuyos cutis jamás encontraréis otro color. La nariz es menos chata que las de su raza. Su boca es pequeña, aunque de labios un tanto gruesos; sus pómulos pronunciados; la frente deprimida; los dientes pequeños y ligeramente coloreados por los jugos del buyo, y mórbidas y correctas sus formas, según podemos ver bajo la transparencia de su rica camisa de _piña_. Angué viste un costoso traje. Cual en Madrid en tiempos, el día del Corpus, daba los patrones á la moda, así en Filipinas los da el de la fiesta de Binondo. Con arreglo á lo tácitamente convenido en aquella, nuestra dalaga ostenta camisa de piña sombreada, corto y airoso tapis de glasé, vistosa saya de gró á rayas verdes y blancas, chinela bordada en plata, escapulario de finos relieves y terno completo de corales. El traje de la india rica, que hoy se confunde con el de la mestiza, es sumamente gracioso. No siendo una mujer _verdaderamente_ fea, parece bonita con el pintoresco atavío de las hijas del Oriente. Ahora sí, lo que debemos manifestar es que el _aire_ para llevar ese traje es preciso tomarlo desde el vientre de la madre. Con el tapis sucede lo que con la mantilla; ni se puede falsificar ni se puede parodiar. Para llevar tapis hay que nacer á las orillas del Pasig, como para terciarse una mantilla no hay más remedio que comer las papillas acariciado por las brisas de Sierra-Nevada, dormir arrullado por las palmas y el polo gitano, despertar con el alegre volteo de la campana de la Vela, saber beber manzanilla, y en fin, y ¡viva mi tierra! haber nacido en aquel pedazo de cielo que se llama Andalucía. La mirada de Angué sigue inmóvil. ¿En qué pensará? ¿Abrigará temores? No. El sol alumbra en el horizonte sin nubes, los canarios de China cantan sus amores, las _bomgas_ y las palmas baten sus hojas ante la fresca brisa del mar. Con cantos, flores y luz no puede haber temores. El _Asuang_ y todos los malos espíritus, ya sabe la dalaga que buscan las sombras. ¡Inmóviles siguen los ojos de Angué! ¿Dormirán ante el temor de algún remordimiento, ó ante el éxtasis del placer de una satisfecha venganza? No. Angué no tiene remordimientos, como no los tiene ninguna india. Todo lo que hacen creen lo pueden hacer. El deber y el honor tiene en la india una interpretación muy diferente que en el viejo mundo. Entre la raza pura, no habría necesidad de escrituras ni protocolos. Jamás una india del interior ha negado una deuda, como jamás ha llegado á ocultar un momento de pasión en el sangriento drama del infanticidio, ó en el misterioso torno del expósito. Lo que hace, si no lo pregona, tampoco lo oculta. Sufre con resignación cuanto le proporciona su culpa, y ni se queja, ni se lamenta, ni se arrepiente. ¿Amará Angué? ¿Obedecerá su languidez á uno de esos tiernos sentimientos que llenan el alma? No. Las pasiones de Angué, como todas las de su raza son momentáneas; aman hasta el delirio, pero olvidan hasta la absoluta indiferencia. Es cierto que las horas que aman las rodean de cuantas ternezas caben en el humano corazón, y de cuantos cariños y locuras puede soñar un sér amante. Ella vela el sueño--ella aletarga dulcemente nuestro espíritu con el cadencioso susurro del _cundiman_ ó el mimoso _mata-mata_; ella refresca nuestro ardoroso cuerpo con el _paypay_ ó el _pancag_; ella nos rodea de una perfumada atmósfera con las hojas del _ilang-ilang_ ó las blancas sampaguitas; ella, si nos ve tristes, dice en su sencillo y poético lenguaje que el cielo tiene nubes; ella, paloma del Oriente, arrulla á su amante con sus palabras, sus caricias, sus canciones, mas ... en estos momentos de abandono, sin saber por qué, sin causa ni motivo alguno, cesan sus caricias y callan sus pasiones. El genio de la inconstancia sustituye al dios de los amores; y la que momentos antes era la esclava, torna á ser señora y deja el nido y al amante sin amor, sin pena y sin recuerdos. La india posee el indiferentismo en un grado tal, que todo le importa poco. El amor propio suele adormecerla alguna vez, pero el despertar es momentáneo. Pruebas del indiferentismo indio se ven inmediatamente que se ancla en un puerto de Filipinas. Asistid á un entierro y las lágrimas que allí veréis, son cual el de las antiguas plañideras: estas desempeñaban su papel por el dinero: la india rinde un tributo á la costumbre; vió que lloró su madre cuando murió su abuela, y ella llora cuando se muere su madre, sin que esto sea obstáculo para reir ó bailar á las dos horas de verificarse el entierro. Entrar en una casa de juego, pasión culminante de la india, y allí la veréis sin contraérsele un músculo de su cara, y sin pronunciar una palabra mal sonante su lengua, perder su último dinero, y pasar de la riqueza á la indigencia como si tal cosa. Colmarla de favores y de beneficios y os dará si lo pedía cuanto tiene; más no esperéis una palabra de consuelo en el dolor, ni una lágrima, ni un significativo apretón de manos en un momento solemne. En la indiferencia ni nacen venganzas, ni anidan amores, ni se evocan recuerdos. Angué es indiferente. Angué sigue inmóvil. Ni piensa, ni siente, odia, ni ama. Angué duerme. * * * * * Esta es la india rica, este es su tipo. Llegará la tarde y disfrutará un momento de vanidad al contemplarse rica y hermosa: se comparará con las demás y se verá la dalaga mejor ataviada de la procesión. Esta pasará por delante de su casa cuyas conchas atestadas de castilas le mantendrán la vanidad, Concluída la procesión hará los honores de la casa, dará doscientas vueltas alrededor de la sala, ofrecerá sin cesar en bandejitas de cristal, pequeños bullos y secos tabacos, bailará y hasta hará vibrar en el arpa los recuerdos de alguna canción morisca ó evocará la triste historia de _Atala_, desfigurada por la _sangrienta_ mano de algún joven _filósofo_. Después ... después la música dará su último _trompetonazo_, los _tinsines_ su postrimer chisporroteo, y Angué despojada de sus galas ni aun soñará con el triste _Chartras._ Descorramos los bastidores. Veamos otro tipo. Entre la iglesia de Binondo á la capitanía del Puerto, hay una calle llamada de San Fernando: en la parte izquierda un trozo tiene portales. A los portales de la calle de San Fernando vamos á llevar á nuestros lectores. En una de las tiendas, mejor dicho cajones, está nuestro tipo. _Pepay_, sentada en el pequeño mostrador, observa á los transeúntes al par que con una mano acaricia un fardo de diversas y pintarrajeadas telas, y con la otra perezosamente da vueltas á un pequeño listón de _narra_ que le sirve de medida. Parémonos ante aquella tienda. Estamos frente á frente á Pepay la _Sinamayera_. La sinamayera, ó sea vendedora de telas, representa la clase industrial, la clase trabajadora. Nosotros ya la conocemos de antiguo, así que de antiguo sabemos su historia. La hemos visto crecer y no ignoramos todas las fases por que ha pasado para llegar á ser tendera. Contemos su historia. Pepay no conoce á sus padres. Huérfana y niña recuerda haber dado sus primeros pasos, en la caída de una _casa grande_. Pertenece á lo que se llama la dudosa clase de _crianza_. El nacimiento de las crianzas en su generalidad envuelve más de un misterio. La primera _bola_ de _morisqueta_ la hacen en casa respetable, y dan el título de _tía_ á la dueña de ella. En Filipinas también hay _sobrinas_. Nadie recuerda cuando nació Pepay ni quién la bautizo, pero todos saben es sobrina de su tía. Tan luego empezó á balbucear en la Cuaresma las dos mil _mangas_ que empiezan con _manga_ Pilatos, y concluyen con manga celestial, Pepay pasó del bullicio de la casa al recogimiento del _beaterio_. Allí aprendió á leer y escribir, y en estos progresos murió la tía. La pensión dejo de pagarse. Los herederos de aquella no estuvieron todo lo propicios al reconocimiento del parentesco, y Pepay se encontró en el mundo á los quince años, con una regular figura, unos cuantos conocimientos, un buen deseo y un tanto de malicia, fruta que sazona en todas las corporaciones de gente joven. Pepay, como todo ser racional de la India, tenía su compadre. Este mantenía un pequeño tráfico naval. Era dueño de unos cuantos _cascos_; proveía de leña las tahonas de _Joló_ y _Gunao;_ hacía comercio de aceite y _palay_; contrataba carga y descarga, intervenía en alguna pequeña contrata en el arsenal, y por último, daba dinero á _módico_ precio. Tan heterogéneo comercio encontró una especie de tenedora de libros en la crianza. En su nueva profesión aprendió Pepay toda la ciencia _bursátil_: profundizó los productivos misterios que puede encerrar el _lamcape_ de la _bullera_, el _lusong_ de la _pilandera_, y las telas de las _sinamayeras_, oprimidos seres, sujetos en su mayoría á la usura, terrible enemigo del capital. Con una _mediana_ usura, un cuaderno de cuenta y una regular disposición, en poco tiempo puede hacerse de un peso tres, multiplicación que acabó de comprender Pepay en las complicadas listas de una vecina, _cabecilla_ de mesa de la fábrica de tabacos de Fortín, personaje que, Dios mediante, encontraremos más adelante. Teniendo Pepay _alas_ propias, principió á volar fuera del círculo de las operaciones ajenas. Explotó _zacatales_, y unas veces teniendo _aparceros_ y otras _casamas_, recorrió en pequeña escala todos los negocios. En las relaciones de su tráfico tuvo ocasión de tratar con un guapo mestizo, y con él y algunos cuartos dió fondo en los soportales de San Fernando, abriendo al público y á sus muchos amigos una tienda de _sinamais_ y otras telas. La india industrial difiere de la rica en que aquella tiene actividad por días mientras que á esta constantemente la domina la pereza. La primera gestiona sus negocios, piensa y observa, va y viene con un pañuelo lleno de cuentas, _reclamos_ y papeles; la segunda, comparte la vida entre el baño, el _petate_, las fiestas y los paseos á la luz de la luna. Pepay, no por ser industrial deja de ser india; así que su actividad á lo mejor se convierte en pereza, y sus ahorros, planes y cálculos se pierden en la inercia, en una apuesta de un gallo ó un entrés contra una sota. Pepay difiere poco de Angué; es preciso fijarse mucho para distinguir la india que compone la aristocracia del dinero, á la que caracteriza la del trabajo. La verdadera diferencia está entre la clase pobre y las demás, según podremos ver en el boceto del siguiente cuadro. En la caída de una elegante casa de uno de los aristocráticos barrios de Manila, vese sentado sobre un petate un ser que con solo mirarlo se comprende arrastra su existencia por el triste arenal de las penas y amarguras. Aquel sér es una mujer, mejor dicho, una niña. Sus facciones están demacradas, y son miserables sus escasas ropas. Entre sus descarnados y largos dedos, esponja y prepara una _batea_ de _gogo_ que servirá para refrescar y limpiar la cabeza del soberano de aquella casa. El soberano no es soberano, sino _soberana_. Es la casa de una rica y guapa mestiza. La pobre niña mira la hirviente espuma que forman los jugos del gogo con la infantil complacencia de la que eleva blancas burbujas de jabón. En su sonrisa hay, sin embargo, un no sé qué difícil de explicar. Aquella unas veces parece reflejar una completa idiotez, al par que otras transparenta una melancolía, una pena y un sentimiento, cual si aquella sonrisa la alentara el genio que guarda los misteriosos secretos del alma. ¡Pobre niña! ¿Cuál será tu porvenir? ¿Cuál tu pasado? ¡Tu presente es negro, cual las alas del _panique_ de la noche! ¡Tu existencia triste, cual tristes son esas melancólicas flores que crecen en todos los cementerios de la India! ¡Ha tiempo eres esclava! ¡Ha tiempo fuiste llevada al _mostrador_ de la usura y quedaste empeñada! Tu madre era cigarrera; un día necesitó pagar una deuda, y no teniendo dinero se lo pidió á la cabecilla de su mesa: esta se lo dió ¡pero á qué costa! Tú fuiste la hipoteca de aquel contrato; tu sangre, y un trabajo sin tregua ni descanso, los réditos; y la absoluta pérdida de tu libertad, la cláusula de aquel monstruoso pacto. Desde aquel momento tuviste una despótica señora. El dinero dado era poco, más los réditos eran muchos; tu sudor era el pago. Tres años de continuos trabajos, no solo no bastaron para amortizar el capital, sino que acumularon los réditos. La madre de la pobre niña murió. La _hipoteca_ que aquella contrajo, estaba existente. Un día la mestiza, á quien sirve la niña, necesitó un ser de sus condiciones; habló con la cabecilla, y previos _justos_ y _legítimos_ pagos, le transmitió la _propiedad_, sin que para nada interviniera la voluntad de la enajenada. Se dirá: pero la esclavitud ¿existe en Filipinas? ¿no hay leyes? ¿no velan justos tribunales? Los hay; pero ¿qué sabe la pobre niña de leyes, de jueces, ni de derechos? Desde los pechos de su madre solo aprendió deberes. ¡Su ciencia se reduce & obedecer y llorar! Aquel desgraciado ser que prepara el gogo, es posible que muera sin haber podido pagar con una vida de trabajos el rédito de _ocho_ ó _diez_ pesos dados á su madre. La ropa que usará mientras esté bajo el dominio de su señora serán los últimos harapos de la casa, dados por supuesto, con su cuenta y razón. No decimos el nombre de la niña, porque no lo sabemos; es más, no lo sabe nadie. Su ama cuando la llama, dice solamente _¡una!_ y esa una es la desgraciada hija de la cigarrera. Es cierto que estos abusos van desapareciendo ante la asidua vigilancia de la autoridad; más sin embargo, tipos como el anterior se encuentran todavía en Filipinas. Hemos descrito la individualidad; volvamos hoja, y aunque ligeramente y á grandes rasgos, veremos la colonia en general. CAPÍTULO VII. España en Filipinas.--Colonización.--Política.--Tolerancia religiosa.--Juramento chínico.--Pascuas, festejos y Confucios.--El _matandá_.--El municipio dentro del municipio.--El empleado.--Patriótico aviso.--Desconocimiento de Filipinas.--Reformas y mejoras. Todas las colonias del mundo obedecen á un sistema fijo, á un fin dado, beneficioso al dominador, al par que al dominado. La colonización inglesa, la holandesa y hasta la misma francesa, bien se estudie bajo el cosmopolitismo comercial de Singapore; bien en las primitivas costumbres del malabar que lleva sus dedos á la frente en señal de acatamiento ante una civilización de que se utiliza, por más que no comprende; bien se aquilate en las colosales obras de la cisterna de Aden; bien en las riquezas de los mercados de Calcuta y Bombay; bien en la transigencia de la pagoda; bien en las sagradas corrientes que baten la druídica peña ó dan vida al muérdago del sacrificio; bien que esa colonización se levante á la sombra del peñasco de Hong-Kong, atalaya que vigila al Celeste Imperio; bien que se extienda por las abrasadas arenas de la Arabia, bíblicos recuerdos que evocan las civilizaciones faraónicas; bien que respete antiguos usos, contemporizando con las grotescas fórmulas del ritual cipayo; bien viva bajo el protectorado yankee en las ondas del Pacífico; bien á la sombra de la tricolor bandera de Saigón; bien que se extienda desde los modestos establecimientos de Macao, á las opulentas factorías de la India y de Java, donde el indígena percibe los efectos del telégrafo y del vapor, sin que jamás llegue al conocimiento científico de las causas que obran bajo el émbolo de la caldera que desarrolla la fuerza ó la confusión de los elementos de la pila que arrancan el rayo; bien que la metrópoli explote, ora el sensualismo malabar, ora el embrutecimiento en que reduce al chino las perniciosas emanaciones del anfión, siempre vemos su razón de ser, su principio vital de conservación, extremo al cual debe llevar la raza dominante todo su estudio, toda su ciencia y todos sus cuidados. En Filipinas, en ese riquísimo Archipiélago que constituye por la feracidad de su suelo la colonia mas rica del mundo, en lo único que puede decirse se asemeja á las demás en cuanto á la constitución que las gobierna, es en la tolerancia, tanto religiosa como político-administrativa. En un país como Filipinas que viene anatematizado poco menos que como una sucursal de los antiguos y terroríficos tribunales del Santo Oficio. En Filipinas, _nido_ de frailes, de procesiones y de jesuítas ¡cosa rara! puede decirse hay libertad de cultos. ¿Se creerá esto de aquellas comarcas simbolizadas por el que no las conoce bajo la intransigencia del exorcismo, de la intolerancia y de la presión del púlpito y del confesonario? La libertad de cultos existe de hecho y de derecho; tanto es así, que se ha legislado y está, vigente en los Reales autos de las Islas las complicadas fórmulas de los juramentos chínicos; de modo que no solo el chino practica su ritual, sino que hace partícipe de él á católicos rancios, pues no otra cosa sucede ante el sacerdocio de la ley, tan luego acude en juicio un chino y pide la solemnidad del juramento. Esta petición es legítima, la ampara la ley, y el juez se ve precisado á presenciar, autorizar y respetar el que el santuario de la justicia se vea ahumado ante el fuego de las invocaciones, y los profundos textos del Rey Sabio interrumpidos por el cacarear de los gallos blancos que han de ser degollados en el ara, que no es, ni más ni menos que el pavimento de los estrados del juzgado. La pascua chínica se celebra en Filipinas por los sectarios de Confucio, frente á frente de la autoridad y de las Ordenes monásticas, sin que la una ni las otras les pongan el más ligero veto. La quema de las candelas, los altares que se ven en la mayor parte de las casas de los chinos, la práctica de su ritual, y la exhibición de sus genios y Confucios son bastantes pruebas de la tolerancia, ó mejor dicho, de la protección en materia religiosa. Esta transigencia que vemos en el terreno de las conciencias, la vemos quizá más amplia en el régimen y gobierno. En Filipinas casi casi puede decirse impera tácitamente una Constitución, que se aproxima á las más avanzadas. Esto parecerá una paradoja. ¡Encontrar la libertad en lo que se cree el absolutismo! ¡Hallar la fórmula federal al pie de los sombríos muros del convento! ¿Es esto posible? Recorred los dilatados campos de Filipinas, y al encontrar el modesto bajay del indio, descansar un rato á la sombra del cogon ó la palma; estudiar la familia que guarece y veréis una pequeña colonia sujeta á la voz patriarcal del matandá, ó sea el más viejo. Donde éste pone su veto no hay réplica ni discusión, sino obediencia. Este jefe de familia en unión de algunos de su gremio, nunca de otro, se sujeta en sus relaciones con el Estado al cabeza de Barangay, autoridad electiva que vela al par que vigila por las familias encomendadas á su cabecería, la cual rinde homenaje ante el Alcalde pedáneo ó sea Gobernadorcillo, funcionario que ha de salir del mismo gremio que sus gobernados. Bajo este sistema que nace en el patriarcal, y que constituye el Municipio dentro del Municipio, puesto que cada uno cuida de las propias necesidades y de las circunscripciones en que habita, vive el indio bajo sus primitivas costumbres con una libertad no interrumpida por la confusión de razas, puesto que lo mismo aquel que el mestizo y el sangley, saben que su Municipio ha de componerlo, tanto en la Principalía como en los Barangais, individuos de su misma raza. Dígase si esto no es la vida del Municipio dentro del Municipio y si esta es una odiosa esclavitud ó una benéfica dominación. A ser posible que el indígena pudiera comparar viendo lo que pasa en las demás colonias, de seguro bendeciría día y noche el patriarcal dominio que por ellos vela. Desgraciadamente, nuestro sistema de colonización pierde su semejanza con el de las demás, en otras muchas cosas, haciendo llegar no pocas veces la metrópoli á sus posesiones un hálito que si en Europa vivifica en el Asia envenena. En Oriente el español no puede ni debe ser más que español, ajeno de pasiones políticas y exento de miserias cortesanas. La clave de este principio fundamental de colonización está en los gabinetes de Madrid. La elección del empleado, su mayor saber, las garantías para el porvenir y la verdadera estabilidad son las bases en que se asienta en otras colonias la gran obra de su dominación. La Inglaterra en la India, la Holanda en Java, y hasta el Portugal en China, sus empleados son escogidos entre los buenos, son vigilados y templados en el yunque de una constante inspección. El que sale de la prueba, el que con su ciencia y merecimientos es declarado como bueno, su porvenir en Colonias es seguro, cual seguro es el bienestar de sus deudos si alguna de las enfermedades le hacen dormir el sueño eterno lejos de su patria y de la fosa donde descansan los suyos. Bajo este principio nace la emulación y el perfeccionamiento en la esfera del deber. La práctica facilita el trabajo, al par que las virtudes del bien y de la moralidad se aunan bajo la morada en que se podrán llorar ausencias, mas no temer la venida del correo y la cesantía, y con ella quizás el mendigar el pan ó volver á su nativo suelo enervadas las fuerzas por una laboriosa aclimatación, ó muerta la fe ante una larga serie de sacrificios olvidados. Estabilidad y suficiencia en el empleado. He aquí la clave de todas las mejoras. Filipinas es dócil y ama al español. La suerte de Filipinas reside en Madrid. Con tiempo damos el alerta desde sus tranquilas tiendas. Mucho se habla de nuestras colonias del Asia y no menos se escribe, ¿pero en qué tonos? ¿por quién? y sobre todo ¿con qué grados de conocimientos? Unos, porque absolutamente no conocen la localidad; otros, porque alientan ideas rutinarias ó quizás lo que es peor, por querer vengar rencillas y miserias, y los más, porque toda su experiencia y saber se reduce á haber ido cuarenta días en un camarote, instalarse en Manila, cobrar una nómina conociendo al habilitado, aunque no siempre al jefe, extender sus correrías por el país á la Calzada, los _fosos_ de Santa Lucía, el campo de _Bagumbayang_ y lo más lo más llegar á las aguas de _Malinta_, ó á las provistas despensas de los frailes de _Imus_; y con semejante extensión de tierra y el solo hecho de haber desembarcado en Manila y vivido unos cuantos meses ó años dentro de su murado recinto, arreglan el país y escriben furibundos artículos que no tienen de Filipinas más que las gotas de sudor que caen de la frente á la cuartilla. Es preciso comprender y acabar de persuadirse que Manila ni personifica ni representa más que un pueblo grande, que en vez de reflejar las costumbres de la India lo hace más bien de las de Europa. ¿Qué español que no haya salido de Manila conoce las costumbres de los siete millones de habitantes de las Islas, ó los rudimentos de cualquiera de los treinta y tantos idiomas que se hablan? Ninguno. Filipinas donde hay que estudiarlo, es en sus dilatadas _pampas_, en sus bosques vírgenes, en sus campos de impenetrables _cogonales;_ allí bajo la palma ó la bonga vive y muere el indio en su primitivo estado, con su dulce carácter, su notable indiferentismo y su felicidad no perturbada por las exigencias que aumentan al par que la civilización crece. El elemento español, volvemos á repetirlo, porque mucho importa, es lo primero en que debe fijar el Gobierno todo su cuidado. La ignorancia por una parte, antiguos hábitos por otra y confusas ideas que no concluyen de conocer las cabezas en que bullen el daño que hacen, es lo que, salvo honrosísimas excepciones, constantemente están llegando á las ricas y fértiles comarcas del Oriente. Hasta el día en que el funcionario se persuada que al llegar al Corregidor debe ser otra cosa distinta de lo que hasta entonces fué; hasta que comprenda que ciertas ideas debe guardarlas cuidadosamente en el secreto santuario de los recuerdos sin que jamás salgan á la lengua; hasta que la inamovilidad del empleado sea una verdad al par que verdad sea su suficiencia; hasta que la confianza y las garantías alienten el comercio y con él la acumulación de capitales; hasta que el español descentralice el producto de manos extranjeras; hasta que una buena inteligencia secundada con un buen deseo, haga de las provincias tabacaleras lo que deben ser; hasta que la ilustración universitaria llegue solamente al conocimiento de la virtud y no al comentario histórico de los pueblos y de los derechos de los hombres; hasta que ingenuamente y con los datos á la mano confesemos que el fraile podrá ser, habrá sido y será en Europa lo que se quiera, pero que en Filipinas es una necesidad personificadora de dominación y de ahorro, lo primero, porque fueron siempre españoles, porque ejercen una influencia positiva y porque conocen el país; y lo segundo, porque son los soldados avanzados que menos cuestan al Estado; hasta que el conocimiento del fraile origine las garantías para el porvenir que tiemblan al par que preveen; hasta que en ellos renazca la antigua confianza, no del poder omnímodo que ejercieron, sino de la estabilidad porque temen, ante cuyo temor nace el indiferentismo, que previene, al par que aleja á las procuraciones, acumula en las misiones ú oculta en lo más recóndito de los claustros, capitales que estarían en circulación; hasta que la conciencia no salga de la persuasión del misionero español; hasta que al Gobernador superior se le den facultades propias, creando una verdadera situación de confianza en los actos del que manda, como confianza debe tener en él quien le nombra; hasta que los centros gubernativos ejerzan alguna policía llevando su mirada inspectora á un poco más allá de los cortos renglones de un pasaporte; hasta que el ministerio de la ley corra parejas con el sacerdocio de la conciencia; hasta que el hálito revolucionario que se asienta en el viejo mundo ante los humeantes escombros de la _Commune_ y las teorías de la Internacional, quede dentro de la Administración de Correos de Manila, no llegando jamás á despertar inteligencias, que ni alientan ambiciones porque no conocen necesidades, ni abrigan miserias, porque sus odios son francos y se dirimen con el talibón ó la flecha y no con sonrisas hipócritas que encubren la farsa y la mentira; hasta que esto poco á poco no vaya corrigiéndose, el extenso Archipiélago filipino no llegará á la meta de felicidad, de bienestar y de riqueza á que es acreedor. Demasiado comprendemos que el remedio á lo anterior no cabe en las bases de un proyecto ni en la sola concepción de un buen deseo; buenísimos los han tenido algunos de los ministros que se han venido sucediendo en la cartera de las Colonias, pero el mal es antiquísimo y el remedio necesariamente ha de ser paulatino. Esto prácticamente lo ven los gobernantes á los primeros pasos que dan en el terreno de las mejoras. La imposibilidad por una parte, falta de tiempo por otra, y circunstancias gravísimas y difíciles en la metrópoli las más, son los principales escollos que tenazmente se oponen á los mejores deseos que á más de lo anterior y de estar abstraídos por tanto y tanto acontecimiento por que está pasando nuestra querida España, luchan con la distancia, la falta de datos, la adulteración de los hechos, la imposible inspección y el tardío remedio. Gran patriotismo, tiempo, inteligencia y buenos deseos, y todo se andará. [3] CAPÍTULO VIII. Islote de San Bernardino.--El Gran Pacífico.--Cielo y agua.--Nostalgia.--El secreto de las mareas.--Calma sospechosa.--Pesca del tiburón--Los crepúsculos en la mar. Poca fué la estancia en San Jacinto y pocos fueron los víveres con que pudimos reforzar las cantinas de la _María Rosario._ Unas cuantas cabras, un centenar de aves y algunas verduras, fué todo lo que pudimos conseguir. Aprovechando la brisa matinal, salimos del pequeño puerto de San Jacinto poniendo proa al cercano islote de San Bernardino, el cual no tardamos mucho en doblar, merced á la _empopada en redondo_ que nos favorecía. El pequeño islote poco á poco fué ocultándose en los espacios, siendo sus difusos contornos el adiós que nos daban las playas filipinas. La _María Rosario_ navegaba en ancha mar. Las revueltas ondas del Gran Pacífico nos mostraban por doquier los inmensos dominios donde viven, sin percibir por ninguno de los horizontes, la arena donde mueren. El gran número de islas que dejamos tras la estela, la diversidad de panoramas que habíamos admirado, la riqueza del suelo, la patriarcal y primitiva vida que reflejaban en sus toscas construcciones, el sin número de casas de nipa y palma enclavadas en el monte y en la playa; todo, todo desapareció. ¡Solo cielo y agua! ¡Solo inmensidad! El Océano tiene para mí tantos recuerdos, nos conocemos tanto, y me son tan familiares sus manifestaciones, que siempre que tras algún tiempo contemplo su grandiosidad, experimento un indescriptible placer. El Océano constituye una verdadera necesidad de mi vida. Lo mismo que para apreciar la salud es preciso haber estado enfermo, así para comprender ciertos problemas de la vida, hay que ir á leerlos á los _azules desiertos_, misteriosos y dilatados dominios que no se sujetan á más ley que á la de Dios, ni reconocen más soberanos que al gigante del día que deshace en perlas sus brumas, y á la tímida _sultana_ de la noche, que muestra su influencia en esos misteriosos besos en que las ondas elevan hacia el á su espuma, cual si fueran los brazos del amante, que buscan á su amada. El misterio de las _mareas_ está basado en la simpatía que tiene el Océano con la luna. Mientras esta alumbra con su pálida luz, los genios de la mansión de los corales alzan hacia ella la superficie de su líquida cárcel; cuando se retira, cuando apaga su último destello, los genios duermen, quedando las ondas en su natural estado. La _esclava_ del sol puede estar orgullosa de su _señor,_ que la presta la majestad bastante, para que reine durante la noche. El que no conoce el Océano; el que no ha vivido algunos días en sus dominios, es un _sér imperfecto_. Los árabes se conceptúan desgraciados hasta que no visitan la Meca; yo en cambio creo que la verdadera desgracia es la de morirse sin haber recorrido el Océano. El Océano es el único _maestro_ que en la vida enseña á amar y á perdonar! * * * * * La _María Rosario_ navegaba por el Pacífico con una marcha de _ocho nudos_, cuando de pronto en la noche del día primero de Agosto fué aflojando el viento, cesando á las pocas horas por completo. En calma amaneció el día dos, pero en una de esas calmas que indican ser precursoras de borrascas en la pesadez de su influencia, en el sudor pegajoso y poco franco que origina, y en los tintes plomizos que toman las aguas, las cuales adquieren una completa inmovilidad; una de esas calmas en que ni el timón rige, ni la vela _flamea_, ni el _catavientos_ oscila, ni el mar muestra en la superficie de su insondable abismo, ni el más ligero ampo de espuma, ni el más imperceptible de sus movimientos. Por las _portas_ y _batallolas_ de popa, de cuándo en cuándo se divisaban las ondulaciones proyectadas á flor de agua por el inseparable compañero de los barcos en las regiones de calma, por el más carnicero y terrible habitante de las ondas, por el temido tiburón. Uno de grandes proporciones pagó con la vida su persistencia. A cosa de la una de la tarde, después de darnos la observación la situación de 14° 2' latitud N. y 141° 13' long. E., se armó el aparejo de pescar; varias veces el tiburón se acercó á la carnaza que envolvía el hierro; varias veces había mostrado á nuestra vista, transparentando en el azul espejo su blanco vientre al revolverse perezosamente sobre su plomizo lomo para morder, y varias veces se había frustrado el que los corbos dientes del anzuelo hicieran presa, hasta que excitado el voraz apetito del monstruo, se colocó de dos fuertes aletazos al alcance de cebo, el cual vimos sumergirse en la informe masa que presentaba su descomunal boca. La fuerza de la embestida y la violenta contracción de sus poderosas mandíbulas armadas de triple hilera de dientes, fueron bastante á sepultarle en la cabeza las afiladas barras. Herido el tiburón trató de apelar á la huida buscando en los profundos abismos su salvación; mas todos sus esfuerzos se estrellaron en lo bien templado del hierro que lo aprisionaba, y en la consistencia del _aparejo_ que lo sostenía. _Sujeto el cabo é izada_ la cabeza del tiburón fuera del agua, se le echó un doble aparejo _oprimiendo_ en el círculo de un nudo corredizo las aletas. En tal estado la muerte del tiburón es segura; hasta que el círculo del nudo corredizo no se entierra entre la blanda carnosidad, y las aletas no presentan un fuerte apoyo, todavía puede librarse de la muerte, bien safándose del hierro por desgararse la piel á los supremos esfuerzos del animal, bien y debido á aquellos el romperse el cabo ó el mismo hierro, lo que no sucede cuando queda suspendido por el anzuelo y por la doble cuerda. Al alcance del brazo de la tripulación permaneció el tiburón más de media hora, recibiendo en la cabeza en ese espacio de tiempo un sinnúmero de golpes con hachas y _espeques._ El que no haya presenciado la muerte de un tiburón, no puede comprender el gran principio de irritabilidad y fuerza vital que posee su organismo. Mucho tiempo después de estar separadas sus grandes vísceras, producen las masas informes del tiburón terribles contracciones que algunas veces han sido bien funestas, pues el poco conocimiento ó la imprudencia han sido causa de que algunos pasajeros hayan perdido un pie ó una mano, entre mandíbulas que creían desprovistas de fuerza vital. En la comida de la tarde se nos sirvió un plato de tiburón, del cual podemos decir sucede con él lo que con otros muchos animales, que no se comen porque la tradición, sin consultar con el paladar, ha puesto su veto, veto que nosotros hasta cierto punto podemos desmentir respecto al tiburón, el cual tiene gastronómicamente considerado, mucha semejanza con el llamado cason. Agotados los comentarios y depurado bajo todas sus fases el acontecimiento del día, pues acontecimiento es á bordo cuando se lleva una larga navegación cualquier incidente, volvimos nuevamente á la desesperante calma que tenía al barco cual si estuviera enclavado en aquel dilatado desierto de agua. Ni el _catavientos,_ ni las nubes, ni el barómetro, ni el cariz del cielo nos presagiaban señales de viento, reinando absoluta inmovilidad en las ondas y en las lonas. En tal estado, vino el crepúsculo vespertino. El que no ha contemplado un crepúsculo vespertino en las zonas intertropicales, no ha visto la celeste bóveda en toda su belleza. En el crepúsculo á que nos referimos, parecía que el Creador había depurado todas las divinas tintas celestiales para esparcirlas en la inmensa bóveda, en la cual poco á poco fueron confundiéndose á medida que el gigante de la luz hundía su lumbre en los horizontes del Poniente. En aquellos momentos todos estábamos sobre cubierta; todos admirábamos, y todos callábamos, porque nuestro espíritu, en alas del deseo, se posaba en otras regiones. ¡Todo era sentimiento! ¡Todo poesía! ¡El día iba á morir! Una ligera brisa del Sudeste hinchó las velas, murmurando triste entre _jarcias_ y _obenques_, y compactos y plomizos celajes aparecieron por los horizontes de la aurora, trayendo en su seno la inmensa mortaja que bien pronto cubriría todo el espacio, abriendo una _hoja_ en la historia del ayer, y _borrando_ una _página_ en el _libro_ del mañana. Lo que el alma experimenta en esos momentos no se puede explicar; el mortal se aproxima á Dios, y el hombre es demasiado pequeño para remontar su vuelo al conocimiento del Creador. La muerte del día se asemeja al último suspiro del moribundo. El último aliento del enfermo es una palabra de perdón; la última mirada al sol que desaparece es una oración. El crepúsculo matutino es la actividad, la vida. El vespertino es el sentimiento, la poesía. Aquel, la juventud, la primavera; este, el otoño, la melancolía. El primero es el alegre trino del ruiseñor, la exuberancia de vida de la verde hoja, el vivificador grito de ¡tierra! del náufrago marino; el segundo, el clamor de la solitaria tórtola que gime entre la floresta, la mustia hoja arrastrada por el cierzo, la blanca lona, que cual las alas de la gaviota, se cierne en los poéticos lagos. La corta duración del crepúsculo matutino crea la admiración, la del vespertino, los recuerdos. Estos, para una madre alejada de su hijo, representa una lágrima; para el amante, un suspiro; para el poeta, una inspiración. Todas las ideas que nuestra mente forja ante el sol que desaparece, son otros tantos pensamientos de amor. El espíritu siente una extraña armonía ante el mudo estertor del día que muere, como igualmente al percibir las primeras caricias del que nace; en aquel, las vibraciones que dan las sensibles cuerdas del alma, originan acordes tan dulces como la mirada de la tierna madre que vela el tranquilo sueño de su hijo; en el último, los acordes son alegres y ligeros, cual las modulaciones del jilguero. Los primeros son el _nocturno_ sublime de la muerte; los segundos, el bullicioso _allegro_ de la vida. El crepúsculo vespertino, visto desde un mirador, es sumamente bello; contemplado en regiones intertropicales desde el puente de un buque, es altamente conmovedor. Ningún espectáculo produce tanta admiración como ver por primera vez la caída de la tarde en medio de las inmensas soledades del Océano. No hay nada que hable tanto al corazón como los cambiantes que ese espectáculo desarrolla en su gigantesco