The Project Gutenberg EBook of La Tierra de Todos, by Vicente Blasco Ibanez This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included with this eBook or online at www.gutenberg.net Title: La Tierra de Todos Author: Vicente Blasco Ibanez Release Date: September 24, 2004 [EBook #13519] [Date last updated: April 12, 2006] Language: Spanish Character set encoding: ASCII *** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA TIERRA DE TODOS *** Produced by Stan Goodman, Paz Barrios and the Online Distributed Proofreading Team. #LA TIERRA DE TODOS# VICENTE BLASCO IBANEZ (NOVELA) PROMETEO Germanias, 33.--VALENCIA 1922. #LA TIERRA DE TODOS# #I# Como todas las mananas, el marques de Torrebianca salio tarde de su dormitorio, mostrando cierta inquietud ante la bandeja de plata con cartas y periodicos que el ayuda de camara habia dejado sobre la mesa de su biblioteca. Cuando los sellos de los sobres eran extranjeros, parecia contento, como si acabase de librarse de un peligro. Si las cartas eran de Paris, fruncia el ceno, preparandose a una lectura abundante en sinsabores y humillaciones. Ademas, el membrete impreso en muchas de ellas le anunciaba de antemano la personalidad de tenaces acreedores, haciendole adivinar su contenido. Su esposa, llamada "la bella Elena", por una hermosura indiscutible, que sus amigas empezaban a considerar historica a causa de su exagerada duracion, recibia con mas serenidad estas cartas, como si toda su existencia la hubiese pasado entre deudas y reclamaciones. El tenia una concepcion mas anticuada del honor, creyendo que es preferible no contraer deudas, y cuando se contraen, hay que pagarlas. Esta manana las cartas de Paris no eran muchas: una del establecimiento que habia vendido en diez plazos el ultimo automovil de la marquesa, y solo llevaba cobrados dos de ellos; varias de otros proveedores--tambien de la marquesa--establecidos en cercanias de la plaza Vendome, y de comerciantes mas modestos que facilitaban a credito los articulos necesarios para la manutencion y amplio bienestar del matrimonio y su servidumbre. Los criados de la casa tambien podian escribir formulando identicas reclamaciones; pero confiaban en el talento mundano de la senora, que le permitiria alguna vez salir definitivamente de apuros, y se limitaban a manifestar su disgusto mostrandose mas frios y estirados en el cumplimiento de sus funciones. Muchas veces, Torrebianca, despues de la lectura de este correo, miraba en torno de el con asombro. Su esposa daba fiestas y asistia a todas las mas famosas de Paris; ocupaban en la avenida Henri Martin el segundo piso de una casa elegante; frente a su puerta esperaba un hermoso automovil; tenian cinco criados... No llegaba a explicarse en virtud de que leyes misteriosas y equilibrios inconcebibles podian mantener el y su mujer este lujo, contrayendo todos los dias nuevas deudas y necesitando cada vez mas dinero para el sostenimiento de su costosa existencia. El dinero que el lograba aportar desaparecia como un arroyo en un arenal. Pero "la bella Elena" encontraba logica y correcta esta manera de vivir, como si fuese la de todas las personas de su amistad. Acogio Torrebianca alegremente el encuentro de un sobre con sello de Italia entre las cartas de los acreedores y las invitaciones para fiestas. --Es de mama--dijo en voz baja. Y empezo a leerla, al mismo que una sonrisa parecia aclarar su rostro. Sin embargo, la carta era melancolica, terminando con quejas dulces y resignadas, verdaderas quejas de madre. Mientras iba leyendo, vio con su imaginacion el antiguo palacio de los Torrebianca, alla en Toscana, un edificio enorme y ruinoso circundado de jardines. Los salones, con pavimento de marmol multicolor y techos mitologicos pintados al fresco, tenian las paredes desnudas, marcandose en su polvorienta palidez la huella de los cuadros celebres que las adornaban en otra epoca, hasta que fueron vendidos a los anticuarios de Florencia. El padre de Torrebianca, no encontrando ya lienzos ni estatuas como sus antecesores, tuvo que hacer moneda con el archivo de la casa, ofreciendo autografos de Maquiavelo, de Miguel Angel y otros florentinos que se habian carteado con los grandes personajes de su familia. Fuera del palacio, unos jardines de tres siglos se extendian al pie de amplias escalinatas de marmol con las balaustradas rotas bajo la pesadez de tortuosos rosales. Los peldanos, de color de hueso, estaban desunidos por la expansion de las plantas parasitas. En las avenidas, el boj secular, recortado en forma de anchas murallas y profundos arcos de triunfo, era semejante a las ruinas de una metropoli ennegrecida por el incendio. Como estos jardines llevaban muchos anos sin cultivo, iban tomando un aspecto de selva florida. Resonaban bajo el paso de los raros visitantes con ecos melancolicos que hacian volar a los pajaros lo mismo que flechas, esparciendo enjambres de insectos bajo el ramaje y carreras de reptiles entre los troncos. La madre del marques, vestida como una campesina, y sin otro acompanamiento que el de una muchacha del pais, pasaba su existencia en estos salones y jardines, recordando al hijo ausente y discurriendo nuevos medios de proporcionarle dinero. Sus unicos visitantes eran los anticuarios, a los que iba vendiendo los ultimos restos de un esplendor saqueado por sus antecesores. Siempre necesitaba enviar algunos miles de liras al ultimo Torrebianca, que, segun ella creia, estaba desempenando un papel social digno de su apellido en Londres, en Paris, en todas las grandes ciudades de la tierra. Y convencida de que la fortuna que favorecio a los primeros Torrebianca acabaria por acordarse de su hijo, se alimentaba parcamente, comiendo en una mesita de pino blanco, sobre el pavimento de marmol de aquellos salones donde nada quedaba que arrebatar. Conmovido por la lectura de la carta, el marques murmuro varias veces la misma palabra: "Mama... mama." "Despues de mi ultimo envio de dinero, ya no se que hacer. iSi vieses, Federico, que aspecto tiene ahora la casa en que naciste! No quieren darme por ella ni la vigesima parte de su valor; pero mientras se presenta un extranjero que desee realmente adquirirla, estoy dispuesta a vender los pavimentos y los techos, que es lo unico que vale algo, para que no sufras apuros y nadie ponga en duda el honor de tu nombre. Vivo con muy poco y estoy dispuesta a imponerme todavia mayores privaciones; pero ?no podreis tu y Elena limitar vuestros gastos, sin perder el rango que ella merece por ser esposa tuya? Tu mujer, que es tan rica, ?no puede ayudarte en el sostenimiento de tu casa?..." El marques ceso de leer. Le hacia dano, como un remordimiento, la simplicidad con que la pobre senora formulaba sus quejas y el engano en que vivia. iCreer rica a Elena! iImaginarse que el podia imponer a su esposa una vida ordenada y economica, como lo habia intentado repetidas veces al principio de su existencia matrimonial!... La entrada de Elena en la biblioteca corto sus reflexiones. Eran mas de las once, y ella iba a dar su paseo diario por la avenida del Bosque de Bolonia para saludar a las personas conocidas y verse saludada por ellas. Se presento vestida con una elegancia indiscreta y demasiado ostentosa, que parecia armonizarse con su genero de hermosura. Era alta y se mantenia esbelta gracias a una continua batalla con el engrasamiento de la madurez y a los frecuentes ayunos. Se hallaba entre los treinta y los cuarenta anos; pero los medios de conservacion que proporciona la vida moderna le daban esa tercera juventud que prolonga el esplendor de las mujeres en las grandes ciudades. Torrebianca solo la encontraba defectos cuando vivia lejos de ella. Al volverla a ver, un sentimiento de admiracion le dominaba inmediatamente, haciendole aceptar todo lo que ella exigiese. Saludo Elena con una sonrisa, y el sonrio igualmente. Luego puso ella los brazos en sus hombros y le beso, hablandole con un ceceo de nina, que era para su marido el anuncio de alguna nueva peticion. Pero este fraseo pueril no habia perdido el poder de conmoverle profundamente, anulando su voluntad. --iBuenos dias, mi coco!... Me he levantado mas tarde que otras mananas; debo hacer algunas visitas antes de ir al Bosque. Pero no he querido marcharme sin saludar a mi maridito adorado... Otro beso, y me voy. Se dejo acariciar el marques, sonriendo humildemente, con una expresion de gratitud que recordaba la de un perro fiel y bueno. Elena acabo por separarse de su marido; pero antes de salir de la biblioteca hizo un gesto como si recordase algo de poca importancia, y detuvo su paso para hablar. --?Tienes dinero?... Ceso de sonreir Torrebianca y parecio preguntarle con sus ojos: "?Que cantidad deseas?" --Poca cosa. Algo asi como ocho mil francos. Un modisto de la _rue de la Paix_ empezaba a faltarle al respeto por esta deuda, que solo databa de tres anos, amenazandola con una reclamacion judicial. Al ver el gesto de asombro con que su marido acogia esta demanda, fue perdiendo la sonrisa pueril que dilataba su rostro; pero todavia insistio en emplear su voz de nina para gemir con tono dulzon: --?Dices que me amas, Federico, y te niegas a darme esa pequena cantidad?... El marques indico con un ademan que no tenia dinero, mostrandole despues las cartas de los acreedores amontonadas en la bandeja de plata. Volvio a sonreir ella; pero ahora su sonrisa fue cruel. --Yo podria mostrarte--dijo--muchos documentos iguales a esos... Pero tu eres hombre, y los hombres deben traer mucho dinero a su casa para que no sufra su mujercita. ?Como voy a pagar mis deudas si tu no me ayudas?... Torrebianca la miro con una expresion de asombro. --Te he dado tanto dinero... itanto! Pero todo el que cae en tus manos se desvanece como el humo. Se indigno Elena, contestando con voz dura: --No pretenderas que una senora _chic_ y que, segun dicen, no es fea, viva de un modo mediocre. Cuando se goza el orgullo de ser el marido de una mujer como yo hay que saber ganar el dinero a millones. Las ultimas palabras ofendieron al marques; pero Elena, dandose cuenta de esto, cambio rapidamente de actitud, aproximandose a el para poner las manos en sus hombros. --?Por que no le escribes a la vieja?... Tal vez pueda enviarnos ese dinero vendiendo alguna antigualla de tu caseron paternal. El tono irrespetuoso de tales palabras acrecento el mal humor del marido. --Esa vieja es mi madre, y debes hablar de ella con el respeto que merece. En cuanto a dinero, la pobre senora no puede enviar mas. Miro Elena a su esposo con cierto desprecio, diciendo en voz baja, como si se hablase a ella misma: --Esto me ensenara a no enamorarme mas de pobretones... Yo buscare ese dinero, ya que eres incapaz de proporcionarmelo. Paso por su rostro una expresion tan maligna al hablar asi, que su marido se levanto del sillon frunciendo las cejas. --Piensa lo que dices... Necesito que me aclares esas palabras. Pero no pudo seguir hablando. Ella habia transformado completamente la expresion de su rostro, y empezo a reir con carcajadas infantiles, al mismo tiempo que chocaba sus manos. --Ya se ha enfadado mi coco. Ya ha creido algo ofensivo para su mujer... iPero si yo solo te quiero a ti! Luego se abrazo a el, besandole repetidas veces, a pesar de la resistencia que pretendia oponer a sus caricias. Al fin se dejo dominar por ellas, recobrando su actitud humilde de enamorado. Elena lo amenazaba graciosamente con un dedo. --A ver: isonria usted un poquito, y no sea mala persona!... ?De veras que no puedes darme ese dinero? Torrebianca hizo un gesto negativo, pero ahora parecia avergonzado de su impotencia. --No por ello te querre menos--continuo ella--. Que esperen mis acreedores. Yo procurare salir de este apuro como he salido de tantos otros. iAdios, Federico! Y marcho de espaldas hacia la puerta, enviandole besos hasta que levanto el cortinaje. Luego, al otro lado de la colgadura, cuando ya no podia ser vista, su alegria infantil y su sonrisa desaparecieron instantaneamente. Paso por sus pupilas una expresion feroz y su boca hizo una mueca de desprecio. Tambien el marido, al quedar solo, perdio la efimera alegria que le habian proporcionado las caricias de Elena. Miro las cartas de los acreedores y la de su madre, volviendo luego a ocupar su sillon para acodarse en la mesa con la frente en una mano. Todas las inquietudes de la vida presente parecian haber vuelto a caer sobre el de golpe, abrumandolo. Siempre, en momentos iguales, buscaba Torrebianca los recuerdos de su primera juventud, como si esto pudiera servirle de remedio. La mejor epoca de su vida habia sido a los veinte anos, cuando era estudiante en la Escuela de Ingenieros de Lieja. Deseoso de renovar con el propio trabajo el decaido esplendor de su familia, habia querido estudiar una carrera "moderna" para lanzarse por el mundo y ganar dinero, como lo habian hecho sus remotos antepasados. Los Torrebianca, antes de que los reyes los ennobleciesen dandoles el titulo de marques, habian sido mercaderes de Florencia, lo mismo que los Medicis, yendo a las factorias de Oriente a conquistar su fortuna. El quiso ser ingeniero, como todos los jovenes de su generacion que deseaban una Italia engrandecida por la industria, asi como en otros siglos habia sido gloriosa por el arte. Al recordar su vida de estudiante en Lieja, lo primero que resurgia en su memoria era la imagen de Manuel Robledo, camarada de estudios y de alojamiento, un espanol de caracter jovial y energia tranquila para afrontar los problemas de la existencia diaria. Habia sido para el durante varios anos como un hermano mayor. Tal vez por esto, en los momentos dificiles, Torrebianca se acordaba siempre de su amigo. iIntrepido y simpatico Robledo!... Las pasiones amorosas no le hacian perder su placida serenidad de hombre equilibrado. Sus dos aficiones predominantes en el periodo de la juventud habian sido la buena mesa y la guitarra. De voluntad facil para el enamoramiento, Torrebianca andaba siempre en relaciones con una liejesa, y Robledo, por acompanarle, se prestaba a fingirse enamorado de alguna amiga de la muchacha. En realidad, durante sus partidas de campo con mujeres, el espanol se preocupaba mas de los preparativos culinarios que de satisfacer el sentimentalismo mas o menos fragil de la companera que le habia deparado la casualidad. Torrebianca habia llegado a ver a traves de esta alegria ruidosa y materialista cierto romanticismo que Robledo pretendia ocultar como algo vergonzoso. Tal vez habia dejado en su pais los recuerdos de un amor desgraciado. Muchas noches, el florentino, tendido en la cama de su alojamiento, escuchaba a Robledo, que hacia gemir dulcemente su guitarra, entonando entre dientes canciones amorosas del lejano pais. Terminados los estudios, se habian dicho adios con la esperanza de encontrarse al ano siguiente; pero no se vieron mas. Torrebianca permanecio en Europa, y Robledo llevaba muchos anos vagando por la America del Sur, siempre como ingeniero, pero plegandose a las mas extraordinarias transformaciones, como si reviviesen en el, por ser espanol, las inquietudes aventureras de los antiguos conquistadores. De tarde en tarde escribia alguna carta, hablando del pasado mas que del presente; pero a pesar de esta discrecion, Torrebianca tenia la vaga idea de que su amigo habia llegado a ser general en una pequena Republica de la America del Centro. Su ultima carta era de dos anos antes. Trabajaba entonces en la Republica Argentina, hastiado ya de aventuras en paises de continuo sacudimiento revolucionario. Se limitaba a ser ingeniero, y servia unas veces al gobierno y otras a empresas particulares, construyendo canales y ferrocarriles. El orgullo de dirigir los avances de la civilizacion a traves del desierto le hacia soportar alegremente las privaciones de esta existencia dura. Guardaba Torrebianca entre sus papeles un retrato enviado por Robledo, en el que aparecia a caballo, cubierta la cabeza con un casco blanco y el cuerpo con un poncho. Varios mestizos colocaban piquetes con banderolas en una llanura de aspecto salvaje, que por primera vez iba a sentir las huellas de la civilizacion material. Cuando recibio este retrato, debia tener Robledo treinta y siete anos: la misma edad que el. Ahora estaba cerca de los cuarenta; pero su aspecto, a juzgar por la fotografia, era mejor que el de Torrebianca. La vida de aventuras en lejanos paises no le habia envejecido. Parecia mas corpulento aun que en su juventud; pero su rostro mostraba la alegria serena de un perfecto equilibrio fisico. Torrebianca, de estatura mediana, mas bien bajo que alto, y enjuto de carnes, guardaba una agilidad nerviosa gracias a sus aficiones deportivas, y especialmente al manejo de las armas, que habia sido siempre la mas predominante de sus aficiones; pero su rostro delataba una vejez prematura. Abundaban en el las arrugas; los ojos tenian en su vertice un fruncimiento de cansancio; los aladares de su cabeza eran blancos, contrastandose con el vertice, que continuaba siendo negro. Las comisuras de la boca caian desalentadas bajo el bigote recortado, con una mueca que parecia revelar el debilitamiento de la voluntad. Esta diferencia fisica entre el y Robledo le hacia considerar a su camarada como un protector, capaz de seguir guiandole lo mismo que en su juventud. Al surgir en su memoria esta manana la imagen del espanol, penso, como siempre: "iSi le tuviese aqui!... Sabria infundirme su energia de hombre verdaderamente fuerte." Quedo meditabundo, y algunos minutos despues levanto la cabeza, dandose cuenta de que su ayuda de camara habia entrado en la habitacion. Se esforzo por ocultar su inquietud al enterarse de que un senor deseaba verle y no habia querido dar su nombre. Era tal vez algun acreedor de su esposa, que se valia de este medio para llegar hasta el. --Parece extranjero--siguio diciendo el criado--, y afirma que es de la familia del senor marques. Tuvo un presentimiento Torrebianca que le hizo sonreir inmediatamente por considerarlo disparatado. ?No seria este desconocido su camarada Robledo, que se presentaba con una oportunidad inverosimil, como esos personajes de las comedias que aparecen en el momento preciso?... Pero era absurdo que Robledo, habitante del otro lado del planeta, estuviese pronto a dejarse ver como un actor que aguarda entre bastidores. No. La vida no ofrece casualidades de tal especie. Esto solo se ve en el teatro y en los libros. Indico con un gesto energico su voluntad de no recibir al desconocido; pero en el mismo instante se levanto el cortinaje de la puerta, entrando alguien con un aplomo que escandalizo al ayuda de camara. Era el intruso, que, cansado de esperar en la antesala, se habia metido audazmente en la pieza mas proxima. Se indigno el marques ante tal irrupcion; y como era de caracter facilmente agresivo, avanzo hacia el con aire amenazador. Pero el hombre, que reia de su propio atrevimiento, al ver a Torrebianca levanto los brazos, gritando: --Apuesto a que no me conoces... ?Quien soy? Le miro fijamente el marques y no pudo reconocerlo. Despues sus ojos fueron expresando paulatinamente la duda y una nueva conviccion. Tenia la tez obscurecida por la doble causticidad del sol y del frio. Llevaba unos bigotes cortos, y Robledo aparecia con barba en todos sus retratos... Pero de pronto encontro en los ojos de este hombre algo que le pertenecia, por haberlo visto mucho en su juventud. Ademas, su alta estatura... su sonrisa... su cuerpo vigoroso... --iRobledo!--dijo al fin. Y los dos amigos se abrazaron. Desaparecio el criado, considerando inoportuna su presencia, y poco despues se vieron sentados y fumando. Cruzaban miradas afectuosas e interrumpian sus palabras para estrecharse las manos o acariciarse las rodillas con vigorosas palmadas. La curiosidad del marques, despues de tantos anos de ausencia, fue mas viva que la del recien llegado. --?Vienes por mucho tiempo a Paris?--pregunto a Robledo. --Por unos meses nada mas. Despues de forzar durante diez anos el misterio de los desiertos americanos, lanzando a traves de su virginidad, tan antigua como el planeta, lineas ferreas, caminos y canales, necesitaba "darse un bano de civilizacion". --Vengo--anadio--para ver si los restoranes de Paris siguen mereciendo su antigua fama, y si los vinos de esta tierra no han decaido. Solo aqui puede comerse el Brie fresco, y yo tengo hambre de este queso hace muchos anos. El marques rio. iHacer un viaje de tres mil leguas de mar para comer y beber en Paris!... Siempre el mismo Robledo. Luego le pregunto con interes: --?Eres rico?... --Siempre pobre--contesto el ingeniero--. Pero como estoy solo en el mundo y no tengo mujer, que es el mas caro de los lujos, podre hacer la misma vida de un gran millonario yanqui durante algunos meses. Cuento con los ahorros de varios anos de trabajo alla en el desierto, donde apenas hay gastos. Miro Robledo en torno de el, apreciando con gestos admirativos el lujoso amueblado de la habitacion. --Tu si que eres rico, por lo que veo. La contestacion del marques fue una sonrisa enigmatica. Luego, estas palabras parecieron despertar su tristeza. --Hablame de tu vida--continuo Robledo--. Tu has recibido noticias mias; yo, en cambio, he sabido muy poco de ti. Deben haberse perdido muchas de tus cartas, lo que no es extraordinario, pues hasta los ultimos anos he ido de un lugar a otro, sin echar raices. Algo supe, sin embargo, de tu vida. Creo que te casaste. Torrebianca hizo un gesto afirmativo, y dijo gravemente: --Me case con una dama rusa, viuda de un alto funcionario de la corte del zar... La conoci en Londres. La encontre muchas veces en tertulias aristocraticas y en castillos adonde habiamos sido invitados. Al fin nos casamos, y hemos llevado desde entonces una existencia muy elegante, pero muy cara. Callo un momento, como si quisiera apreciar el efecto que causaba en Robledo este resumen de su vida. Pero el espanol permanecio silencioso, queriendo saber mas. --Como tu llevas una existencia de hombre primitivo, ignoras felizmente lo que cuesta vivir de este modo... He tenido que trabajar mucho para no irme a fondo, iy aun asi!... Mi pobre madre me ayuda con lo poco que puede extraer de las ruinas de nuestra familia. Pero Torrebianca parecio arrepentirse del tono quejumbroso con que hablaba. Un optimismo, que media hora antes hubiese considerado absurdo, le hizo sonreir confiadamente. --En realidad no puedo quejarme, pues cuento con un apoyo poderoso. El banquero Fontenoy es amigo nuestro. Tal vez has oido hablar de el. Tiene negocios en las cinco partes del mundo. Movio su cabeza Robledo. No; nunca habia oido tal nombre. --Es un antiguo amigo de la familia de mi mujer. Gracias a Fontenoy, soy director de importantes explotaciones en paises lejanos, lo que me proporciona un sueldo respetable, que en otros tiempos me hubiese parecido la riqueza. Robledo mostro una curiosidad profesional. "iExplotaciones en paises lejanos!..." El ingeniero queria saber, y acoso a su amigo con preguntas precisas. Pero Torrebianca empezo a mostrar cierta inquietud en sus respuestas. Balbuceaba, al mismo tiempo que su rostro, siempre de una palidez verdosa, se enrojecia ligeramente. --Son negocios en Asia y en Africa: minas de oro... minas de otros metales... un ferrocarril en China... una Compania de navegacion para sacar los grandes productos de los arrozales del Tonkin... En realidad yo no he estudiado esas explotaciones directamente; me falto siempre el tiempo necesario para hacer el viaje. Ademas, me es imposible vivir lejos de mi mujer. Pero Fontenoy, que es una gran cabeza, las ha visitado todas, y tengo en el una confianza absoluta. Yo no hago en realidad mas que poner mi firma en los informes de las personas competentes que el envia alla, para tranquilidad de los accionistas. El espanol no pudo evitar que sus ojos reflejasen cierto asombro al oir estas palabras. Su amigo, dandose cuenta de ello, quiso cambiar el curso de la conversacion. Hablo de su mujer con cierto orgullo, como si considerase el mayor triunfo de su existencia que ella hubiese accedido a ser su esposa. Reconocia la gran influencia de seduccion que Elena parecia ejercer sobre todo lo que le rodeaba. Pero como jamas habia sentido la menor duda acerca de su fidelidad conyugal, mostrabase orgulloso de avanzar humildemente detras de ella, emergiendo apenas sobre la estela de su marcha arrolladura. En realidad, todo lo que era el: sus empleos generosamente retribuidos, las invitaciones de que se veia objeto, el agrado con que le recibian en todas partes, lo debia a ser el esposo de "la bella Elena". --La veras dentro de poco... porque tu vas a quedarte a almorzar con nosotros. No digas que no. Tengo buenos vinos, y ya que has venido del otro lado de la tierra para comer queso de Brie, te lo dare hasta matarte de una indigestion. Luego abandono su tono de broma, para decir con voz emocionada: --No sabes cuanto me alegra que conozcas a mi mujer. Nada te digo de su hermosura; las gentes la llaman "la bella Elena"; pero su hermosura no es lo mejor. Aprecio mas su caracter casi infantil. Es caprichosa algunas veces, y necesita mucho dinero para su vida; pero ?que mujer no es asi?... Creo que Elena tambien se alegrara de conocerte... iLe he hablado tantas veces de mi amigo Robledo!... * * * * * #II# La marquesa de Torrebianca encontro "altamente interesante" al amigo de su esposo. Habia regresado a su casa muy contenta. Sus preocupaciones de horas antes por la falta de dinero parecian olvidadas, como si hubiese encontrado el medio de amansar a su acreedor o de pagarle. Durante el almuerzo, tuvo Robledo que hablar mucho para responder a las preguntas de ella, satisfaciendo la vehemente curiosidad que parecian inspirarle todos los episodios de su vida. Al enterarse de que el ingeniero no era rico, hizo un gesto de duda. Tenia por inverosimil que un habitante de America, lo mismo la del Norte que la del Sur, no poseyese millones. Pensaba por instinto, como la mayor parte de los europeos, siendole necesaria una lenta reflexion para convencerse de que en el Nuevo Mundo pueden existir pobres como en todas partes. --Yo soy todavia pobre--continuo Robledo--; pero procurare terminar mis dias como millonario, aunque solo sea para no desilusionar a las gentes convencidas que todo el que va a America debe ganar forzosamente una gran fortuna, dejandola en herencia a sus sobrinos de Europa. Esto le llevo a hablar de los trabajos que estaba realizando en la Patagonia. Se habia cansado de trabajar para los demas, y teniendo por socio a cierto joven norteamericano, se ocupaba en la colonizacion de unos cuantos miles de hectareas junto al rio Negro. En esta empresa habia arriesgado sus ahorros, los de su companero, e importantes cantidades prestadas por los Bancos de Buenos Aires; pero consideraba el negocio seguro y extraordinariamente remunerador. Su trabajo era transformar en campos de regadio las tierras yermas e incultas adquiridas a bajo precio. El gobierno argentino estaba realizando grandes obras en el rio Negro, para captar parte de sus aguas. El habia intervenido como ingeniero en este trabajo dificil, empezado anos antes. Luego presento su dimision para hacerse colonizador, comprando tierras que iban a quedar en la zona de la irrigacion futura. --Es asunto de algunos anos, o tal vez de algunos meses--anadio--. Todo consiste en que el rio se muestre amable, prestandose a que le crucen el pecho con un dique, y no se permita una crecida extraordinaria, una convulsion de las que son frecuentes alla y destruyen en unas horas todo el trabajo de varios anos, obligando a empezarlo otra vez. Mientras tanto, mi asociado y yo hacemos con gran economia los canales secundarios y las demas arterias que han de fecundar nuestras tierras esteriles; y el dia en que el dique este terminado y las aguas lleguen a nuestras tierras... Se detuvo Robledo, sonriendo con modestia. --Entonces--continuo--sere un millonario a la americana ?Quien sabe hasta donde puede llegar mi fortuna?... Una legua de tierra regada vale millones... y yo tengo varias leguas. La bella Elena le oia con gran interes; pero Robledo, sintiendose inquieto por la expresion momentaneamente admirativa de sus ojos de pupilas verdes con reflejos de oro, se apresuro a anadir: --iEsta fortuna puede retrasarse tambien tantos anos!... Es posible que solo llegue a mi cuando me vea proximo a la muerte, y sean los hijos de una hermana que tengo en Espana los que gocen el producto de lo mucho que he trabajado y rabiado alla. Le hizo contar Elena como era su vida en el desierto patagonico, inmensa llanura barrida en invierno por huracanes frios que levantan columnas de polvo, y sin mas habitantes naturales que las bandas de avestruces y el puma vagabundo, que, cuando siente hambre, osa atacar al hombre solitario. Al principio la poblacion humana habia estado representada por las bandas de indios que vivaqueaban en las orillas de los rios y por fugitivos de Chile o la Argentina, lanzados a traves de las tierras salvajes para huir de los delitos que dejaban a sus espaldas. Ahora, los antiguos fortines, guarnecidos por los destacamentos que el gobierno habia hecho avanzar desde Buenos Aires para que tomasen posesion del desierto, se convertian en pueblos, separados unos de otros por centenares de kilometros. Entre dos poblaciones de estas, considerablemente alejadas, era donde vivia Robledo, transformando su campamento de trabajadores en un pueblo que tal vez antes de medio siglo llegase a ser una ciudad de cierta importancia. En America no eran raros prodigios de esta clase. Le escuchaba Elena con deleite, lo mismo que cuando, en el teatro o en el cinematografo, sentia despertada su curiosidad por una fabula interesante. --Eso es vivir--decia--. Eso es llevar una existencia digna de un hombre. Y sus ojos dorados se apartaban de Robledo para mirar con cierta conmiseracion a su esposo, como si viese en el una imagen de todas las flojedades de la vida muelle y extremadamente civilizada, que aborrecia en aquellos momentos. --Ademas, asi es como se gana una gran fortuna. Yo solo creo que son hombres los que alcanzan victorias en las guerras o los capitanes del dinero que conquistan millones... Aunque mujer, me gustaria vivir esa existencia energica y abundante en peligros. Robledo, para evitar a su amigo las recriminaciones de un entusiasmo expresado por ella con cierta agresividad, hablo de las miserias que se sufren lejos de las tierras civilizadas. Entonces la marquesa parecio sentir menos admiracion por la vida de aventuras, confesando al fin que preferia su existencia en Paris. --Pero me hubiera gustado--anadio con voz melancolica--que el hombre que fuese mi esposo viviera asi, conquistando una riqueza enorme. Vendria a verme todos los anos, yo pensaria en el a todas horas, e iria tambien alguna vez a compartir durante unos meses su vida salvaje. En fin, seria una existencia mas interesante que la que llevamos en Paris; y al final de ella, la riqueza, una verdadera riqueza, inmensa, novelesca, como rara vez se ve en el viejo mundo. Se detuvo un instante, para anadir con gravedad, mirando a Robledo: --Usted parece que da poca importancia a la riqueza, y si la busca es por satisfacer su deseo de accion, por dar empleo a sus energias. Pero no sabe lo que es ni lo que representa. Un hombre de su temple tiene pocas necesidades. Para conocer lo que vale el dinero y lo que puede dar de si, se necesita vivir al lado de una mujer. Volvio a mirar a Torrebianca, y termino diciendo: --Por desgracia, los que llevan con ellos a una mujer carecen casi siempre de esa fuerza que ayuda a realizar sus grandes empresas a los hombres solitarios. Despues de este almuerzo, durante el cual solo se hablo del poder del dinero y de aventuras en el Nuevo Mundo, el colonizador frecuento la casa, como si perteneciese a la familia de sus duenos. --Le has sido muy simpatico a Elena--decia Torrebianca--. iPero muy simpatico! Y se mostraba satisfecho, como si esto equivaliese a un triunfo, no ocultando el disgusto que le habria producido verse obligado a escoger entre su esposa y su companero de juventud, en el caso de mutua antipatia. Por su parte, Robledo se mostraba indeciso y como desorientado al pensar en Elena. Cuando estaba en su presencia, le era imposible resistirse al poder de seduccion que parecia emanar de su persona. Ella le trataba con la confianza del parentesco, como si fuese un hermano de su marido. Queria ser su iniciadora y maestra en la vida de Paris, dandole consejos para que no abusasen de su credulidad de recien llegado. Le acompanaba para que conociese los lugares mas elegantes, a la hora del te o por la noche, despues de la comida. La expresion maligna y pueril a un mismo tiempo de sus ojos imperturbables y el ceceo infantil con que pronunciaba a veces sus palabras hacian gran efecto en el colonizador. --Es una nina--se dijo muchas veces--; su marido no se equivoca. Tiene todas las malicias de las munecas creadas por la vida moderna, y debe resultar terriblemente cara... Pero debajo de eso, que no es mas que una costra exterior, tal vez existe solamente una mentalidad algo simple. Cuando no la veia y estaba lejos de la influencia de sus ojos, se mostraba menos optimista, sonriendo con una admiracion ironica de la credulidad de su amigo. ?Quien era verdaderamente esta mujer, y donde habia ido Torrebianca a encontrarla?... Su historia la conocia unicamente por las palabras del esposo. Era viuda de un alto funcionario de la corte de los Zares; pero la personalidad del primer marido, con ser tan brillante, resultaba algo indecisa. Unas veces habia sido, segun ella, Gran Mariscal de la corte; otras, simple general, y el que verdaderamente podia ostentar una historia de heroicos antepasados era su propio padre. Al repetir Torrebianca las afirmaciones de esta mujer, que le inspiraba amor y orgullo al mismo tiempo, hacia memoria de un sinnumero de personajes de la corte rusa o de grandes damas amantes de los emperadores, todos parientes de Elena; pero el no los habia visto nunca, por estar muertos desde muchos anos antes o vivir en sus lejanas tierras, enormes como Estados. Las palabras de ella tambien alarmaban a Robledo. Nunca habia estado en America, y sin embargo, una tarde, en un te del Ritz, le hablo de su paso por San Francisco de California, cuando era nina. Otras veces dejaba rodar aturdidamente en el curso de su conversacion nombres de ciudades remotas o de personajes de fama universal, como si los conociese mucho. Nunca pudo saber con certeza cuantos idiomas poseia. --Los hablo todos--contesto Elena en espanol un dia que Robledo le hizo esta pregunta. Contaba anecdotas algo atrevidas, como si las hubiese escuchado a otras personas; pero lo hacia de tal modo, que el colonizador llego algunas veces a sospechar si seria ella la verdadera protagonista. "?Donde no ha estado esta mujer?...--pensaba--. Parece haber vivido mil existencias en pocos anos. Es imposible que todo eso haya podido ocurrir en los tiempos de su marido, el personaje ruso." Si intentaba explorar a su amigo para adquirir noticias, la fe de este en el pasado de su mujer era como una muralla de credulidad, dura e inconmovible, que cortaba el avance de toda averiguacion. Pero llego a adquirir la certeza de que su amigo solo conocia la historia de Elena a partir del momento que la encontro por primera vez en Londres. Toda su existencia anterior la sabia por lo que ella habia querido contarle. Penso que Federico, al contraer matrimonio, habria tenido indudablemente conocimiento del origen de su esposa por los documentos que exige la preparacion de la ceremonia nupcial. Luego se vio obligado a desechar esta hipotesis. El casamiento habia sido en Londres, uno de esos matrimonios rapidos como se ven en las cintas cinematograficas, y para el cual solo son necesarios un sacerdote que lea el libro santo, dos testigos y algunos papeles examinados a la ligera. Acabo el espanol por arrepentirse de tantas dudas. Federico se mostraba contento y hasta orgulloso de su matrimonio, y el no tenia derecho a intervenir en la vida domestica de los otros. Ademas, sus sospechas bien podian ser el resultado de su falta de adaptacion--natural en un salvaje--al verse en plena vida de Paris. Elena era una dama del gran mundo, una mujer elegante de las que el no habia tratado nunca. Solo al matrimonio de su amigo debia esta amistad extraordinaria, que forzosamente habia de chocar con sus costumbres anteriores. A veces hasta encontraba logico lo que momentos antes le habia producido inmensa extraneza. Era su ignorancia, su falta de educacion, la que le hacia incurrir en tantas sospechas y malos pensamientos. Luego le bastaba ver la sonrisa de Elena y la caricia de sus pupilas verdes y doradas para mostrar una confianza y una admiracion iguales a las de Federico. Vivia en un hotel antiguo, cerca del bulevar de los Italianos, por haberlo admirado en otros tiempos como un lugar de paradisiacas delicias, cuando era estudiante de escasos recursos y estaba de paso en Paris; pero las mas de sus comidas las hacia con Torrebianca y su mujer. Unas veces eran estos los que le invitaban a su mesa; otras los invitaba el a los restoranes mas celebres. Ademas, Elena le hizo asistir a algunos tes en su casa, presentandolo a sus amigas. Mostraba un placer infantil en contrariar los gustos del "oso patagonico", como ella apodaba a Robledo, a pesar de las protestas de este, que nunca habia visto osos en la Argentina austral. Como el abominaba de tales reuniones, Elena se valia de diversas astucias para que asistiese a ellas. Tambien fue conociendo a los amigos mas importantes de la casa en las comidas de ceremonia dadas por los Torrebianca. La marquesa no presentaba al espanol como un ingeniero que aun estaba en la parte preliminar de sus empresas, la mas dificil y aventurada, sino como un triunfador venido de una America maravillosa con muchisimos millones. Decia esto a sus espaldas, y el no podia explicarse el respeto con que le trataban los otros invitados y la simpatica atencion con que le oian apenas pronunciaba algunas palabras. Asi conocio a varios diputados y periodistas, amigos del banquero Fontenoy, que eran los convidados mas importantes. Tambien conocio al banquero, hombre de mediana edad, completamente afeitado y con la cabeza canosa, que imitaba el aspecto y los gestos de los hombres de negocios norteamericanos. Robledo, contemplandole, se acordaba de el mismo cuando vivia en Buenos Aires y habia de pagar al dia siguiente una letra, no teniendo reunida aun la cantidad necesaria. Fontenoy ofrecia la imagen que se forma el vulgo de un hombre de dinero, director de importantes negocios en diversos lugares de la tierra. Todo en su persona parecia respirar seguridad y conviccion de la propia fuerza. Pero a veces, como si olvidase el presente inmediato, fruncia el ceno, quedando pensativo y completamente ajeno a cuanto le rodeaba. --Piensa alguna nueva combinacion maravillosa--decia Torrebianca a su amigo--. Es admirable la cabeza de este hombre. Pero Robledo, sin saber por que, se acordaba otra vez de sus inquietudes y las de tantos otros alla en Buenos Aires, cuando habian tomado dinero en los Bancos a noventa dias vista y era preciso devolverlo a la manana siguiente. Una noche, al salir de casa de los Torrebianca, quiso Robledo marchar a pie por la avenida Henri Martin hasta el Trocadero, donde tomaria el _Metro_. Iba con el uno de los invitados a la comida, personaje equivoco que habia ocupado el ultimo asiento en la mesa, y parecia satisfecho de marchar junto a un millonario sudamericano. Era un protegido de Fontenoy y publicaba un periodico de negocios inspirado por el banquero. Su acidez de parasito necesitaba expansionarse, criticando a todos sus protectores apenas se alejaba de ellos. A los pocos pasos sintio la necesidad de pagar la comida reciente hablando mal de los duenos de la casa. Sabia que Robledo era companero de estudios del marques. --Y a su esposa, ?la conoce usted tambien hace mucho tiempo?... El maligno personaje sonrio al enterarse de que Robledo la habia visto por primera vez unas semanas antes. --?Rusa?... ?Cree usted verdaderamente que es rusa?... Eso lo cuenta ella, asi como las otras fabulas de su primer marido, Gran Mariscal de la corte, y de toda su noble parentela. Son muchos los que creen que no ha habido jamas tal marido. Yo no me atrevo a decir si es verdad o mentira; pero puedo afirmar que en casa de esta gran dama rusa nunca he visto a ningun personaje de dicho pais. Hizo una pausa como para tomar fuerzas, y anadio con energia: --A mi me han dicho gentes de alla, indudablemente bien enteradas, que no es rusa. Eso nadie lo cree. Unos la tienen por rumana y hasta afirman haberla visto de joven en Bucarest; otros aseguran que nacio en Italia, de padres polacos. iVaya usted a saber!... iSi tuviesemos que averiguar el nacimiento y la historia de todas las personas que conocemos en Paris y nos invitan a comer!... Miro de soslayo a Robledo para apreciar su grado de curiosidad y la confianza que podia tener en su discrecion. --El marques es una excelente persona. Usted debe conocerlo bien. Fontenoy hace justicia a sus meritos y le ha dado un empleo importante para... Presintio Robledo que iba a oir algo que le seria imposible aceptar en silencio, y como en aquel instante pasaba vacio un automovil de alquiler, se apresuro a llamar a su conductor. Luego pretexto una ocupacion urgente, recordada de pronto, para despedirse del maligno parasito. Siempre que hablaba a solas con Torrebianca, este hacia desviar la conversacion hacia el asunto principal de sus preocupaciones: el mucho dinero que se necesita para sostener un buen rango social. --Tu no sabes lo que cuesta una mujer: los vestidos, las joyas; ademas, el invierno en la Costa Azul, el verano en las playas celebres, el otono en los balnearios de moda... Robledo acogia tales lamentaciones con una conmiseracion ironica que acababa por irritar a su amigo. --Como tu no conoces lo que es el amor--dijo Torrebianca una tarde--, puedes prescindir de la mujer y permitirte esa serenidad burlona. El espanol palidecio, perdiendo inmediatamente su sonrisa. "?El no habia conocido el amor?" Resucitaron en su memoria, despues de esto, los recuerdos de una juventud que Torrebianca solo habia entrevisto de un modo confuso. Una novia le habia abandonado tal vez, alla en su pais, para casarse con otro. Luego el italiano creyo recordar mejor. La novia habia muerto y Robledo juraba, como en las novelas, no casarse... Este hombre corpulento, gastronomo y burlon llevaba en su interior una tragedia amorosa. Pero como si Robledo tuviera empeno en evitar que le tomasen por un personaje romantico, se apresuro a decir escepticamente: --Yo busco a la mujer cuando me hace falta, y luego continuo solo mi camino. ?Para que complicar mi existencia con una compania que no necesito?... Una noche, al salir los tres de un teatro, Elena mostro deseos de conocer cierto restoran de Montmartre abierto recientemente. Para sus amigos era un lugar magico, a causa de su decoracion persa--estilo _Mil y una noches_ vistas desde Montmartre--y de su iluminacion de tubos de mercurio, que daba un tono verdoso a los salones, lo mismo que si estuviesen en el fondo del mar, y una lividez de ahogados a sus parroquianos. Dos orquestas se reemplazaban incesantemente en la tarea de poblar el aire de disparates ritmicos. Los violines colaboraban con desafinados instrumentos de metal, uniendose a esta cencerrada bailable un _claxon_ de automovil y varios artefactos musicales de reciente invencion, que imitaban dos tablones que chocan, un fardo arrastrado por el suelo, una piedra sillar que cae... En un gran ovalo abierto entre las mesas se renovaban incesantemente las parejas de danzarines. Los vestidos y sombreros de las mujeres--espumas de diversos colores en las que flotaban briznas de plata y oro--, asi como las masas blancas y negras del indumento masculino, se esparcian en torno a las manchas cuadradas de los manteles. Con la musica estridente de las orquestas venia a juntarse un estrepito de feria. Los que no estaban ocupados en bailar lanzaban por el aire serpentinas y bolas de algodon, o insistian con un deleite infantil en hacer sonar pequenas gaitas y otros instrumentos pueriles. Flotaban en el aire cargado de humo esferas de caucho de distintos colores que los concurrentes habian dejado escapar de sus manos. Los mas, mientras comian y bebian, llevaban tocadas sus cabezas con gorros de bebe, crestas de pajaro o pelucas de payaso. Habia en el ambiente una alegria forzada y estupida, un deseo de retroceder a los balbuceos de la infancia, para dar de este modo nuevo incentivo a los pecados monotonos de la madurez. El aspecto del restoran parecio entusiasmar a Elena. --iOh, Paris! iNo hay mas que un Paris! ?Que dice usted de esto, Robledo? Pero como Robledo era un salvaje, sonrio con una indiferencia verdaderamente insolente. Comieron sin tener apetito y bebieron el contenido de una botella de champana sumergida en un cubo plateado, que parecia repetirse en todas las mesas, como si fuese el idolo de aquel lugar, en cuyo honor se celebraba la fiesta. Antes de que se vaciase la botella, otra ocupaba instantaneamente su sitio, cual si acabase de crecer del fondo del cubo. La marquesa, que miraba a todos lados con cierta impaciencia, sonrio de pronto haciendo senas a un senor que acababa de entrar. Era Fontenoy, y vino a sentarse a la mesa de ellos, fingiendo sorpresa por el encuentro. Robledo se acordo de haber oido hablar a Elena repetidas veces del banquero mientras estaban en el teatro, y esto le hizo presumir si se habrian visto aquella misma tarde. Hasta se le ocurrio la sospecha de que este encuentro en Montmartre estaba convenido por los dos. Mientras tanto, Fontenoy decia a Torrebianca, rehuyendo la mirada de la mujer de este: --iUna verdadera casualidad!... Salgo de una comida con hombres de negocios; necesitaba distraerme; vengo aqui, como podia haber ido a otro sitio, y los encuentro a ustedes. Por un momento creyo Robledo que los ojos pueden sonreir al ver la expresion de jovial malicia que pasaba por las pupilas de Elena. Cuando la botella de champana hubo resucitado en el cubo por tercera vez, la marquesa, que parecia envidiar a los que daban vueltas en el centro del salon, dijo con su voz quejumbrosa de nina: --iQuiero bailar, y nadie me saca!... Su marido se levanto, como si obedeciese una orden, y los dos se alejaron girando entre las otras parejas. Al volver a su asiento, ella protesto con una indignacion comica: --iVenir a Montmartre para bailar con el marido!... Puso sus ojos acariciadores en Fontenoy, y anadio; --No pienso pedirle que me invite. Usted no sabe bailar ni quiere descender a estas cosas frivolas... Ademas, tal vez teme que sus accionistas le retiren su confianza al verle en estos lugares. Luego se volvio hacia Robledo: --?Y usted, baila?... El ingeniero fingio que se escandalizaba. ?Donde podia haber aprendido los bailes inventados en los ultimos anos? El solo conocia la _cueca_ chilena, que danzaban sus peones los dias de paga, o el _pericon_ y el _gato_, bailados por algunos gauchos viejos acompanandose con el retintin de sus espuelas. --Tendre que aburrirme sin poder bailar... y eso que voy con tres hombres. iQue suerte la mia! Pero alguien intervino como si hubiese escuchado sus quejas. Torrebianca hizo un gesto de contrariedad. Era un joven danzarin, al que habia visto muchas veces en los restoranes nocturnos. Le inspiraba una franca antipatia, por el hecho de que su mujer hablaba de el con cierta admiracion, lo mismo que todas sus amigas. Gozaba los honores de la celebridad. Alguien, para marear ironicamente la altura de su gloria, lo habia apodado "el aguila del tango". Robledo adivino que era un sudamericano por la soltura graciosa de sus movimientos y su atildada exageracion en el vestir. Las mujeres admiraban la pequenez de sus pies montados en altos tacones y el brillo de la abultada masa de sus cabellos, echada atras y tan unida como un bloque de laca. Esta "aguila" bailarina, que se hacia mantener por sus parejas, segun murmuraban los envidiosos de su gloria, se vio aceptada por la mujer de Torrebianca, y los dos empezaron a danzar. El cansancio obligo a Elena repetidas veces a volver a la mesa; pero al poco rato ya estaba llamando con sus ojos al bailarin, que acudia oportunamente. Torrebianca no oculto su disgusto al verla con este mozo antipatico. Fontenoy permanecia impasible o sonreia distraidamente durante los breves momentos que Elena empleaba en descansar. Volvio a acordarse Robledo de la expresion de lejania que habia observado en todos los que tienen un pagare de vencimiento proximo. Pero este recuerdo paso rapidamente por su memoria. Miro con mas atencion al banquero, y se dio cuenta de que ya no pensaba en cosas invisibles. La insistencia de Elena en bailar con el mismo jovenzuelo habia acabado por imprimir en su rostro un gesto de descontento igual al que mostraba Torrebianca. Siempre que pasaba ella en brazos de su danzarin, sonreia a Fontenoy con cierta malicia, como si gozase viendo su cara de disgusto. El espanol miro a un lado de la mesa, luego miro al lado opuesto, y penso: "Cualquiera diria que estoy entre dos maridos celosos." * * * * * #III# En uno de los tes de la marquesa de Torrebianca conocio Robledo a la condesa Titonius, dama rusa, casada con un noble escandinavo, el cual parecia absorbido por su conyuge, hasta el punto de que nadie reparase en su persona. Era una mujer entre los cuarenta anos y los cincuenta, que todavia guardaba vestigios algo borrosos de una belleza ya remota. Su obesidad desbordante, blanca y flacida tenia por remate una cabecita de muneca sentimental; y como gustaba de escribir versos amorosos, apresurandose a recitarlos en el curso de las conversaciones, sus enemigas la habian apodado "Cien kilos de poesia". Se presentaba en plena tarde audazmente escotada, para lucir con orgullo sus albas y gelatinosas superfluidades. Usaba joyas gigantescas y barbaras, en armonia con una peluca rubia a la que iba anadiendo todos los meses nuevos rizos. Entre estas alhajas escandalosamente falsas, la unica que merecia cierto respeto era un collar de perlas, que, al sentarse su duena, venia a descansar sobre el globo de su vientre. Estas perlas irregulares, angulosas y con raices se parecian a los dientes de animal que emplean algunos pueblos salvajes para fabricarse adornos. Los maldicientes aseguraban que eran recuerdos de amantes de su juventud, a los que la condesa habia arrancado las muelas, no quedandole otra cosa que sacar de ellos. Su sentimentalismo y la libertad con que hablaba del amor justificaban tales murmuraciones. Al saber por su amiga Elena que Robledo era un millonario de America, lo miro con apasionado interes. Hablaron, con una taza de te en la mano, o mas bien dicho, fue ella la que hablo, mientras el ingeniero buscaba mentalmente un pretexto para escapar. --Usted que ha viajado tanto y es un heroe, ilustreme con su experiencia... ?Que opina usted del amor? Pero la poetisa, a pesar de sus ojeadas tiernas y miopes, vio que Robledo huia murmurando excusas, como si le asustase una conversacion iniciada con tal pregunta. Elena le rogo semanas despues que asistiese a una fiesta dada por la condesa. --Son reuniones muy originales. La duena de la casa invita a una bohemia inquietante para que aplauda sus versos, y la mezcla con gentes distinguidas que conocio en los salones. Algunos extranjeros van de buena fe, creyendo encontrar autores celebres, y solo conocen fracasados viejos y acidos. Tambien protege a ciertos jovenes que se presentan con solemnidad, convencidos de una gloria que solo existe entre sus camaradas o en las paginas de alguna revistilla que nadie lee... Debe usted ver eso. Dificilmente encontrara en Paris una casa semejante. Ademas, he prometido a la pobre condesa que asistira usted a su fiesta, y me enfadare si no me obedece. Por no disgustarla, se dirigio Robledo a las diez de la noche a la avenida Kleber, donde vivia la condesa, despues de haber comido con varios compatriotas en un restoran de los bulevares. Dos servidores alquilados para la fiesta se ocupaban en recoger los abrigos de los invitados. Apenas entro el ingeniero en el recibimiento, se dio cuenta de la mezcolanza social descrita por Elena. Llegaban parejas de aspecto distinguido, acostumbradas a la vida de los salones, vestidas con elegancia, y revueltas con ellas vio pasar a varios jovenes de abundosa cabellera, que llevaban frac lo mismo que los otros invitados, pero se despojaban de paletos raidos o con los forros rotos. Sorprendio la mirada ironica de los dos servidores al colgar algunos de estos gabanes, asi como ciertos abrigos de pieles con grandes calvas, pertenecientes a senoras que ostentaban extravagantes tocados. Un viejo con melenas de un blanco sucio y gran chambergo, que tenia aspecto de poeta tal como se lo imagina el vulgo, se despojo de un gabancito veraniego y dos bufandas de lana arrolladas a su cuerpo para suplir la falta de abrigo. Retiro la pipa de su boca, golpeando con ella la suela de uno de sus zapatos, y la metio luego en un bolsillo del gaban, recomendando a los criados que lo guardasen cuidadosamente, como si fuese prenda de gran valor. El abrigo de pieles que llevaba Robledo atrajo el respeto de los dos servidores. Uno de ellos le ayudo a despojarse de el, conservandolo sobre sus brazos. --Puede usted admirarlo; le doy permiso--dijo el ingeniero--. Lo compre hace pocos dias. Una rica pieza, ?eh?... Pero el criado, sin hacer caso de su tono burlon, contesto: --Lo pondre aparte. Temo que a la salida se equivoque alguno y se lo lleve, dejando el suyo al senor. Y guino un ojo, senalando al mismo tiempo los gabanes de aspecto lamentable amontonados en la antesala. La noble poetisa mostro un entusiasmo ruidoso al verle en sus salones. Apartando a los otros invitados, salio a su encuentro y le estrecho ambas manos a la vez. Luego, apoyada en su brazo, lo fue llevando entre los grupos para hacer la presentacion. Le acariciaba con los ojos, como si fuese el principal atractivo de su fiesta; parecia sentir orgullo al mostrarlo a sus amigas. Con razon el dia anterior le habia dicho, burlandose, Elena: "iMucho ojo, Robledo! La condesa esta locamente enamorada de usted, y la creo capaz de raptarle." Expresaba la poetisa su entusiasmo con una avalancha de palabras al hacer la presentacion del ingeniero. --Un heroe; un superhombre del desierto, que alla en las pampas de la Argentina ha matado leones, tigres y elefantes. Robledo puso cara de espanto al oir tales disparates, pero la condesa no estaba para reparar en escrupulos geograficos. --Cuando me haya contado todas sus hazanas--continuo--, escribire un poema epico, de caracter moderno, relatando en verso las aventuras de su vida. A mi, los hombres solo me interesan cuando son heroes... Y otra vez Robledo puso cara de asombro. Como la condesa no veia ya cerca de ella mas invitados a quienes presentar su heroe, lo condujo a un gabinete completamente solitario, sin duda a causa de los olores que a traves de un cortinaje llegaban de la cocina, demasiado proxima. Ocupo un sillon amplio como un trono, e invito a sentarse a Robledo. Pero cuando este buscaba una silla, la Titonius le indico un taburete junto a sus pies. --Asi lograremos que sea mayor nuestra intimidad. Parecera usted un paje antiguo prosternado ante su dama. No podia ocultar Robledo el asombro que le causaban estas palabras, pero acabo por colocarse tal como ella queria, aunque el asiento le resultase molesto, a causa de su corpulencia. Copiaba la Titonius los gestos pueriles y el habla ceceante de su amiga; pero estas imitaciones infantiles resultaban en ella extremadamente grotescas. --Ahora que estamos solos--dijo--, espero que hablara usted con mas libertad, y vuelvo a hacerle la misma pregunta del otro dia: ?Que opina usted del amor? Quedo sorprendido Robledo, y al final balbuceo: --iOh, el amor!... Es una enfermedad... eso es: una enfermedad de la que vienen ocupandose las gentes hace miles de anos, sin saber en que consiste. La condesa se habia aproximado mucho a el, a causa de su miopia, prescindiendo del auxilio de unos impertinentes de concha que guardaba en su diestra. Inclinandose sobre el emballenado hemisferio de su vientre, casi juntaba su cara con la del hombre sentado a sus pies. --?Y cree usted--prosiguio--que un alma superior y mal comprendida, como la mia, podra encontrar alguna vez el alma hermana que le complete?... Robledo, que habia recobrado su tranquilidad, dijo gravemente: --Estoy seguro de ello... Pero todavia es usted joven y tiene tiempo para esperar. Tal fue su arrobamiento al oir esta respuesta, que acabo por acariciar el rostro de su acompanante con los lentes que tenia en una mano. --iOh, la galanteria espanola!... Pero separemonos; guardemos nuestro secreto ante un mundo que no puede comprendernos. Leo en sus ojos el deseo ardiente... icontengase ahora! Yo procurare que nuestras almas vuelvan a encontrarse con mas intimidad. En este momento es imposible... Los deberes sociales... las obligaciones de una duena de casa... Y despues de levantarse del sillon-trono con toda la pesadez de su volumen, se alejo imitando la ligereza de una nina, no sin enviar antes a Robledo un beso mudo con la punta de sus lentes. Desconcertado por esta agresividad pasional, y ofendido al mismo tiempo porque creia verse en una situacion grotesca, el ingeniero abandono igualmente el solitario gabinete. Al volver a los salones iba tan ofuscado, que casi derribo a un senor de reducida estatura, y este, a pesar del golpe recibido, hizo una reverencia murmurando excusas. Le vio despues yendo de un lado a otro, timido y humilde, vigilando a los servidores con unos ojos que parecian pedirles perdon, y cuidandose de volver a su sitio los muebles puestos en desorden por los invitados. Apenas le hablaba alguien, se apresuraba a contestar con grandes muestras de respeto, huyendo inmediatamente. La Titonius tenia en torno a ella un circulo de hombres, que eran en su mayor parte los jovenes de aspecto "artista" vistos por Robledo en la antesala. Muchas senoras se burlaban francamente de la condesa, partiendo de sus grupos ironicas miradas hacia su persona. El viejo que habia dejado sus bufandas y su pipa en el guardarropa dio varias palmadas, siseo para imponer silencio, y dijo luego con solemnidad: --La asistencia reclama que nuestra bella musa recite algunos de sus versos incomparables. Muchos aplaudieron, apoyando esta peticion con gritos de entusiasmo. Pero la masa se mostro displicente y empezo a moverse en su asiento haciendo signos negativos. Al mismo tiempo dijo con voz debil, como si acabase de sentir una repentina enfermedad: --No puedo, amigos mios... Esta noche me es imposible... Otro dia, tal vez... Volvio a insistir el grupo de admiradores, y la condesa repitio sus protestas con un desaliento cada vez mas doloroso, como si fuese a morir. Al fin, los invitados la dejaron en paz, para ocuparse en cosas mas de su gusto. Los grupos volvieron sus espaldas a la poetisa, olvidandola. Un musico joven, afeitado y con largas guedejas, que pretendia imitar la fealdad "genial" de algunos compositores celebres, se sento al piano e hizo correr sus dedos sobre las teclas. Dos muchachas acudieron con aire suplicante, poniendo sus manos sobre las del pianista. Oirian despues con mucho gusto sus obras sublimes; pero por el momento debia mostrarse bondadoso y al nivel del vulgo, tocando algo para bailar. Se contentaban con un vals, si es que sus convicciones artisticas le impedian descender hasta las danzas americanas. Varias parejas empezaron a girar en el centro del salon, y cuando iba aumentando su numero y no quedaba quien se acordase de la condesa, esta miro a un lado y a otro con asombro y se puso en pie: --Ya que me piden versos con tanta insistencia, accedere al deseo general. Voy a decir un pequeno poema. Tales palabras esparcieron la consternacion. El pianista, por no haberlas oido, continuo tocando; pero tuvo que detenerse, pues el senor humilde y anonimo que iba de un lado a otro como un domestico se acerco a el, tomandole las manos. Al cesar la musica, las parejas quedaron inmoviles; y, finalmente, con una expresion aburrida, volvieron a sus asientos. La condesa empezo a recitar. Algunos invitados la oian con tina atencion dolorosa o una inmovilidad estupida, pensando indudablemente en cosas remotas. Otros parpadeaban, haciendo esfuerzos para repeler el sueno que corria hacia ellos montado en el sonsonete de las rimas. Dos senoras ya entradas en anos y de aspecto maligno fingian gran interes por conocer los versos, y hasta se llevaban de vez en cuando una mano a la oreja para oir mejor. Pero al mismo tiempo las dos seguian conversando detras de sus abanicos. En ciertos momentos dejaban estos sobre sus rodillas para aplaudir y gritar: "iBravo!"; pero volvian a recobrarlos y los desplegaban, riendo de la duena de la casa bajo el amparo de su tela. Robledo estaba detras de ellas, apoyado en el quicio de una puerta y medio oculto por el cortinaje. Como la condesa declamaba con vehemencia, las dos senoras se veian obligadas a elevar un poco el tono de su voz, y el ingeniero, que era de oido sutil, pudo enterarse de lo que decian. --Seria preferible--murmuraba una de ellas--que en vez de regalarnos con versos, preparase un _buffet_ mejor para sus invitados. La otra protesto. En casa de la Titonius, la mesa era mas peligrosa cuanto mas abundante. Se necesitaba un valor heroico para aceptar la invitacion a sus comidas, que ella misma preparaba. --A los postres hay que pedir por telefono un medico, y alguna vez sera preciso avisar a la Agencia de pompas funebres. Entre risas sofocadas, recordaban la historia de la duena de la casa. Habia sido rica en otros tiempos; unos decian que por sus padres; otros, que por sus amantes. Para llegar a condesa se habia casado con el conde Titonius, personaje arruinado e insignificante, que considero preferible esta humillacion a pegarse un tiro. Ocupaba en la casa una situacion inferior a la de los domesticos. Cuando la condesa tenia excitados los nervios por la infidelidad de alguno de sus jovenes admiradores arrojaba escaleras abajo las camisas y calzoncillos del conde, ordenandole como una reina ofendida que desapareciese para siempre. Pero pasada una semana, al organizar la poetisa una nueva fiesta, reaparecia el desterrado, siempre humilde y melancolico, encogiendose como si temiese ocupar demasiado espacio en los salones de su mujer. --Yo no se--continuo una de las murmuradoras--para que da estas fiestas estando arruinada. Fijese en la mesa que nos ofrecera luego. Los grandes pasteles y las frutas ricas que adornan el centro son alquiladas por una noche, lo mismo que sus domesticos. Todos lo saben, y nadie se atreve a tocar esas cosas apetecibles por miedo a su enfado. La gente se limita al te y las galletas, fingiendose desganada. Cesaron en sus murmuraciones para aplaudir a la poetisa, y esta, enardecida por el exito, empezo a declamar nuevos versos. Como a Robledo no le interesaba la maligna conversacion de las dos senoras, y menos aun el talento poetico de la duena de la casa, aprovecho un momento en que esta le volvia la espalda para saludar a sus admiradores, y paso al gabinete donde habia estado antes. El mismo senor humilde y obsequioso con el que se habia tropezado repetidas veces estaba ahora medio tendido en un divan y fumando, como un trabajador que al fin puede descansar unos minutos. Se entretenia en seguir con los ojos las espirales del humo de su cigarrillo; pero al ver que un invitado acababa de sentarse cerca de el, creyo necesario sonreirle, preguntando a continuacion: --?Se aburre usted mucho?... El espanol le miro fijamente antes de responder: --?Y usted?... Contesto con un movimiento de cabeza afirmativo, y Robledo hizo un gesto de invitacion que pretendia decirle: "?Quiere usted que nos vayamos?..." Pero los ojos melancolicos del desconocido parecieron contestar: "Si yo pudiese marcharme... ique felicidad!" --?Es usted de la casa?--pregunto al fin Robledo. Y el otro, abriendo los brazos con una expresion de desaliento, dijo: --Soy su dueno; soy el marido de la condesa Titonius. Despues de tal revelacion, creyo oportuno Robledo abandonar su asiento, guardandose el cigarro que iba a encender. Al volver a los salones vio que todos aplaudian ruidosamente a la poetisa, convencidos de que por el momento habia renunciado a decir mas versos. Estrechaba efusivamente las manos tendidas hacia ella, y luego se limpiaba el sudor de su frente, diciendo con voz languida: --Voy a morir. La emocion... la fiebre del arte... Me han matado ustedes al obligarme con sus ruegos insistentes a recitar mis versos. Miro a un lado y a otro como si buscase a Robledo, y al descubrirle, fue hacia el. --Deme su brazo, heroe, y pasemos al _buffet_. La mayor parte del publico no pudo ocultar su regocijo al ver que se abria la puerta de la habitacion donde estaba instalada la mesa. Muchos corrieron, atropellando a los demas, para entrar los primeros. La Titonius, apoyada en un brazo del ingeniero, le miraba de muy cerca con ojos de pasion. --?Se ha fijado en mi poema _La aurora sonrosada del amor_!... ?Adivina usted en quien pensaba yo al recitar estos versos? El volvio el rostro para evitar sus miradas ardientes, y al mismo tiempo porque temia dar libre curso a la risa que le cosquilleaba el pecho. --No he adivinado nada, condesa. Los que vivimos alla en el desierto, inos criamos tan brutos! Agolparonse los invitados en torno a la mesa, admirando los grandes platos que ocupaban su centro, como algo imposible de conquistar. Eran magnificos pasteles y piramides de frutas enormes, que se destacaban majestuosos sobre otras cosas de menos importancia. Los dos criados que estaban antes en el recibimiento y un _maitre d'hotel_ con cadena de plata y patillas de diplomatico viejo parecian defender el tesoro del centro de la mesa, dignandose entregar unicamente lo que estaba en los bordes de ella. Servian tazas de te, de chocolate, o copas de licor; y en cuanto a comestibles, solo avanzaban los platos de emparedados y galletas. El viejo de las bufandas, al que llamaba la condesa _cher maitre_, se canso sin exito dirigiendo peticiones a un criado que no queria entenderle. Avanzaba un plato vacio para obtener un pedazo de pastel o una de las frutas, senalando ansiosamente el objeto de sus deseos. Pero el domestico le miraba con asombro, como si le propusiese algo indecente, acabando por volver la espalda, luego de depositar en su plato una galleta o un emparedado. Robledo quedo junto a la mesa, cerca de aquellas materias preciosas y alquiladas defendidas por la servidumbre. La condesa abandono su brazo para contestar a los que la felicitaban. Satisfecho de que la poetisa le dejase en paz por unos instantes, fue examinando la mesa, con un plato y un cuchillito en las manos. Como el _maitre d'hotel_ y sus acolitos estaban ocupados en atender al publico, pudo avanzar entre aquella y la pared, y corto tranquilamente un pedazo del pastel mas majestuoso. Aun tuvo tiempo para tomar igualmente una de las frutas vistosas, partiendola y mondandola. Pero cuando iba a comerla, la duena de la casa, libre momentaneamente de sus admiradores, pudo volver hacia el su rostro amoroso, y lo primero que vio fue el enorme pastel empezado y la fruta despedazada sobre el platillo que el heroe tenia en una mano. Su fisonomia fue reflejando las distintas fases de una gran revolucion interior. Primeramente mostro asombro, como si presenciase un hecho inaudito que trastornaba todas las reglas consagradas; luego, indignacion; y, finalmente, rencor. Al dia siguiente tendria que pagar este destrozo estupido... iY ella que se imaginaba haber encontrado un alma de heroe, digna de la suya!... Abandono a Robledo, y fue al encuentro del pianista, que rondaba la mesa, pasando de un criado a otro para repetir sus peticiones de emparedados y de copas. --Deme su brazo... Beethoven. Al deslizarse entre dos grupos, dijo, mostrando al musico: --Voy a escribir cualquier dia un libreto de opera para el, y entonces la gente se vera obligada a hablar menos de Wagner. Se lo llevo al gran salon, que estaba ahora desierto, y le hizo sentarse al piano, empezando a recitar a toda voz, con acompanamiento de arpegios. Pero las gentes no podian despegarse de la atraccion de la mesa, y permanecieron sordas a los versos de la duena de la casa, aunque fuesen ahora servidos con musica. Los invitados de mas distincion formaban grupo aparte en la plaza donde estaba instalado el _buffet_, manteniendose lejos de las otras gentes reclutadas por la noble poetisa. Robledo vio en este grupo a los marqueses de Torrebianca, que acababan de llegar con gran retraso, por haber estado en otra fiesta. Elena hablaba con aire distraido, pronunciando palabras faltas de ilacion, como si su pensamiento estuviese lejos de alli. Adivinando el ingeniero que la molestaba con su charla, fue en busca de Federico, pero este tampoco se fijo en su persona, por hallarse muy interesado en describir a un senor los importantes negocios que su amigo Fontenoy iba realizando en diversos lugares de la tierra. Aburrido, y no dandose cuenta aun de la causa del abandono en que le dejaba la duena de la casa, se instalo en un sillon, e inmediatamente oyo que hablaban a sus espaldas. No eran las dos senoras de poco antes. Un hombre y una mujer sentados en un divan murmuraban lo mismo que la otra pareja maldiciente, como si todos en aquella fiesta no pudieran hacer otra cosa apenas formaban grupo aparte. La mujer nombro a la esposa de Torrebianca, diciendo luego a su acompanante: --Fijese en sus joyas magnificas. Bien se conoce que a ella y al marido les ha costado poco trabajo el adquirirlas. Todos saben que las pago un banquero. El hombre se creia mejor enterado. --A mi me han dicho que esas joyas son falsas, tan falsas como las de nuestra poetica condesa. Los Torrebianca se han quedado con el dinero que dio Fontenoy para las verdaderas; o han vendido las verdaderas, sustituyendolas con falsificaciones. La mujer acogio con un suspiro el nombre de Fontenoy. --Ese hombre esta proximo a la ruina. Todos lo dicen. Hasta hay quien habla de tribunales y de carcel... iQue rusa tan voraz! Sono una risa incredula del hombre. --?Rusa?... Hay quien la conocio de nina en Viena, cantando sus primeras romanzas en un _music-hall_. Un senor que pertenecio a la diplomacia afirma por su parte que es espanola, pero de padre ingles... Nadie conoce su verdadera nacionalidad; tal vez ni ella misma. Robledo abandono su asiento,. No era digno de el permanecer alli escuchando silenciosamente tales cosas contra sus amigos. Pero antes de alejarse sono a sus espaldas una doble exclamacion de asombro. --iAhi llega Fontenoy--dijo la mujer--, el gran protector de los Torrebianca! iQue extrano verle en esta casa, que nunca quiere visitar, por miedo a que su duena le pida luego un prestamo!... Algo extraordinario debe ocurrir. El ingeniero reconocio a Fontenoy en el grupo de gente elegante saludando a los Torrebianca. Sonreia con amabilidad, y Robledo no pudo notar en su persona nada extraordinario. Hasta habia perdido aquel gesto de preocupacion que evocaba la imagen de un pagare de proximo vencimiento. Parecia mas seguro y tranquilo que otras veces. Lo unico anormal en su exterior era la exagerada amabilidad con que hablaba a las gentes. Observandole de lejos, el espanol pudo ver como hacia una leve sena con los ojos a Elena. Luego, fingiendo indiferencia, se separo del grupo para aproximarse lentamente al gabinete solitario donde habian estado al principio Robledo y la condesa. Tomaba al paso distraidamente las manos que le tendian algunos, deseosos de entablar conversacion. "Encantados de verle..." Y seguia adelante. Al pasar junto a Robledo le saludo con la cabeza, haciendo asomar a su rostro la sonrisa de bondad protectora habitual en el; pero esta sonrisa se desvanecio inmediatamente. Los dos hombres habian cruzado sus miradas, y Fontenoy vio de pronto en los ojos del otro algo que le hizo retirar el antifaz de su sonrisa. Parecia que hubiese encontrado en las pupilas del espanol un reflejo de su propio interior. Tuvo el presentimiento Robledo de que se acordaria siempre de esta mirada rapida. Apenas se conocian los dos, y sin embargo hubo en los ojos de este hombre una expresion de abandono fraternal, como si le librase toda su alma durante un segundo. Vio al poco rato como Elena se dirigia tambien disimuladamente hacia el gabinete, y sintio una curiosidad vergonzosa. El no tenia derecho a entrometerse en los asuntos de estas dos personas. Pero al mismo tiempo, le era imposible desinteresarse del suceso extraordinario que se estaba preparando en aquellos momentos, y que su instinto le hacia presentir. Este hombre habia necesitado hablar a Elena con una urgencia angustiosa; solo asi era explicable que se decidiese a buscarla en casa de la condesa Titonius, ?Que estarian diciendose?... Se atrevio a pasar, fingiendo distraccion, ante la puerta del gabinete. Ella y Fontenoy hablaban de pie, con el rostro impasible y muy erguidos. Sus labios se movian apenas, como si temieran dejar adivinar en sus contracciones las palabras deslizadas suavemente. Robledo se arrepintio de su curiosidad al ver la rapida mirada que le dirigia Fontenoy, mientras continuaba hablando a Elena, puesta de espaldas a la puerta. Esta mirada volvio a emocionarle como la otra. El hombre que se la dirigia estaba tal vez en el momento mas critico de su existencia. Hasta creyo ver en sus ojos una reconvencion. "?Por que te intereso, si nada puedes hacer por mi?..." No se atrevio a pasar otra vez ante la puerta. Pero obedeciendo a una fuerza obscura mas potente que su voluntad, se mantuvo cerca de ella, aparentando distraccion y aguzando el oido. Reconocia que su conducta era incorrecta. Estaba procediendo como cualquiera de aquellos murmuradores a los que habia escuchado por casualidad. Sin duda, el ambiente de esta casa empezaba a influir en el... Era dificil enterarse de lo que decian las dos personas al otro lado de la puerta abierta. Ademas, los invitados habian empezado a bailar en los salones y el pianista golpeaba rudamente el teclado. Unas palabras confusas llegaron hasta el. La pareja del gabinete levantaba el tono de su conversacion a causa del ruido. Tal vez las emociones de su dialogo les hacian olvidar tambien toda reserva. Reconocio la voz de Fontenoy. --?Para que frases dramaticas?... Tu no eres capaz de eso. Yo soy el que se ira... En ciertos momentos es lo unico que puede hacerse. La musica y el ruido del baile volvieron a obstruir sus oidos. Pero todavia, al humanizar el pianista por unos instantes su tempestuoso tecleo, pudo escuchar otra voz. Ahora era Elena la que hablaba, lejos, imuy lejos! con un tono de inmenso desaliento: --Tal vez tienes razon. iAy, el dinero!... Para los que sabemos lo que puede dar de si, ique horrorosa la vida sin el!... No quiso oir mas. La vergueenza de su espionaje acabo por vencer a la malsana curiosidad que le habia dominado durante unos momentos. Debia respetar el secreto que hacia buscarse a estas dos personas. Presintio ademas que el tal misterio iba a ser de corta duracion. Tal vez durase lo que la noche. Cuando volvio a la pieza donde estaba el _buffet_, vio a su amigo Federico que seguia conversando con el mismo personaje: un senor ya viejo, con la roseta de la Legion de Honor en una solapa y el aspecto de un alto funcionario retirado. Ahora era este el que hablaba, despues que Torrebianca hubo terminado la explicacion de los grandes negocios de Fontenoy. --Yo no dudo de la honradez de su amigo, pero me abstendria de colocar dinero en sus negocios. Me parece un hombre audaz, que situa sus empresas demasiado lejos. Todo marchara bien mientras los accionistas tengan fe en el. Pero, segun parece, empiezan a no tenerla; y el dia que exijan realidades y no esperanzas, el dia que Fontenoy tenga que presentar con claridad la verdadera situacion de sus negocios... entonces... * * * * * #IV# Robledo se levanto muy tarde; pero aun pudo admirar el suave esplendor de un dia primaveral en pleno invierno. Una neblina ligera saturada de sol extendia su toldo de oro sobre Paris. --Da gusto vivir--penso al abandonar su hotel despues de haber almorzado rapidamente en un comedor donde solo quedaban los criados. Paseo toda la tarde por el Bosque de Bolonia, y poco antes del ocaso volvio a los bulevares. Se proponia comer en un restoran, buscando luego a los Torrebianca para pasar juntos una parte de la noche en cualquier lugar de diversion. Estando en la terraza de un cafe compro un diario, y antes de abrirlo presintio que este papel recien impreso guardaba algo que podia sorprenderle. Tuvo el obscuro aviso de que iba a conocer cosas hasta entonces envueltas en el misterio... Y en el mismo instante sus ojos tropezaron con un titulo de la primera pagina: "Suicidio de un banquero." Antes de leer el nombre del suicida estaba seguro de conocerlo. No podia ser otro que Fontenoy. Por eso no experimento sorpresa alguna mientras continuaba su lectura. Los detalles del suicidio le parecieron sucesos naturales y ordinarios, como si alguien se los hubiese revelado previamente. Fontenoy habia sido encontrado en su lujosa vivienda tendido en la cama y guardando todavia en la diestra el revolver con que se habia dado muerte. Desde el dia anterior circulaba por los centros financieros la noticia de su quiebra en condiciones tales que iba a atraer la intervencion de la Justicia. Sus accionistas le acusaban de estafa, y el juez se proponia registrar al dia siguienta su contabilidad, lo que hacia esperar a muchos una prision inmediata del banquero. El colonizador leyo por dos veces el final del articulo: "La muerte de esta hombre deja visible el engano en que vivian los que le confiaron su dinero. Sus empresas mineras e industriales en Asia y en Africa son casi ilusorias. Estan todavia en los comienzos de un posible desarrollo, y sin embargo, el las presento al publico como negocios en plena prosperidad. Era un hombre que, segun afirman algunos, tuvo mas de iluso que de criminal; pero esto no impide que haya arruinado a muchas gentes. Ademas, parece que invirtio una parte considerable del dinero de sus accionistas en gastos particulares. Su tremenda responsabilidad alcanzara indudablemente a los que han colaborado con el en la direccion de estas empresas enganosas." "A ultima hora se habla de la probable prision de algunos personajes conocidos que trabajaron a las ordenes del banquero." Ceso de pensar en el suicida para ocuparse unicamente de su amigo. "iPobre Federico! ?Que va a ser de el?..." Y tomo inmediatamente un automovil para que le llevase a la avenida Henri Martin. El ayuda de camara de Torrebianca le recibio con un rostro de funebre tristeza, como si hubiese muerto alguien en la casa. El marques habia salido a mediodia, asi que supo por telefono la noticia del suicidio, y aun estaba ausente. --La senora marquesa--continuo el criado--esta enferma, y no quiere recibir a nadie. Robledo, escuchandole, pudo darse cuenta del efecto que habia producido en aquella casa la muerte del banquero. La disciplina glacial y solemne de estos servidores ya no existia. Mostraban el aspecto azorado de una tripulacion que presiente la llegada de la tormenta capaz de tragarse su buque. Robledo oyo pasos discretos detras de los cortinajes, con acompanamiento de susurros, y vio como se levantaban aquellos levemente, dejando asomar ojos curiosos. Sin duda, en las inmediaciones de la cocina se habia hablado mucho de la posibilidad de ciertas visitas, y cada vez que llegaba alguien a la casa temian todos que fuese la policia. El chofer preguntaba con sorda colera a sus companeros: --Se mato el capitan, y este barco se va a pique. ?Quien nos pagara ahora lo que nos deben?... Regreso el ingeniero al centro de la ciudad para comer en un restoran, y tres veces llamo por telefono a la casa de Torrebianca. Cerca ya de media noche le contestaron que el senor acababa de entrar, y Robledo se apresuro a volver a la avenida Henri Martin. Encontro a Federico en su biblioteca considerablemente avejentado, como si las ultimas horas hubiesen valido para el anos enteros. Al ver entrar a Robledo lo abrazo, buscando instintivamente un apoyo para sostener su cuerpo desalentado. Le parecia asombroso que pudieran soportarse tantas emociones en tan poco tiempo. Por la manana habia sentido la misma impresion de felicidad y confianza que Robledo ante la hermosura del dia. iDaba gusto vivir!... Y de pronto el llamamiento por telefono, la terrible noticia, la marcha apresurada al domicilio de Fontenoy, el cadaver del banquero tendido en la cama y arrebatado despues por los que intervienen en esta clase de muertes para hacer su autopsia. Aun le habia causado una impresion mas dolorosa ver el aspecto de las oficinas de Fontenoy. El juez estaba en ellas como unico amo, examinando papeles, colocando sellos, procediendo a un registro sin piedad, apreciandolo todo con ojos frios, recelosos e implacables. El secretario del banquero, que habia llamado a Torrebianca por telefono, hacia esfuerzos para ocultar su turbacion, y acogio la presencia de este con gestos pesimistas. --Creo que vamos a salir mal de esta aventura. El patron debia habernos prevenido... Paso Torrebianca el resto del dia buscando a otras personas de las que habian colaborado con Fontenoy, cobrando grandes sueldos por figurar como automatas en los Consejos de Administracion de sus empresas. Todos se mostraban igualmente pesimistas, con un miedo feroz capaz de toda clase de mentiras y vilezas contra los otros para conseguir la propia salvacion. Se quejaban de Fontenoy, al que habian alabado hasta pocas horas antes para que les proporcionase nuevos sueldos. Algunos le llamaban ya "bandido". Los hubo que, necesitando atacar a alguien para justificarse, insinuaron sus primeras protestas contra Torrebianca. --Usted ha dicho en sus informes que los negocios eran magnificos. Debe haber visto con sus propios ojos lo que existe en aquellas tierras lejanas, pues de otro modo no se comprende como puso su firma en unos documentos tecnicos que sirvieron para infundirnos confianza en los negocios de ese hombre. Y Torrebianca empezo a darse cuenta de que todos necesitaban una victima escogida entre los vivos, para que cargase con las tremendas responsabilidades evitadas por el banquero al refugiarse entre los muertos. --Tengo miedo, Manuel--dijo a su camarada--. Yo mismo no comprendo ahora como firme esos papeles, sin darme cuenta de su importancia... ?Quien pudo aconsejarme una fe tan ciega en los negocios de Fontenoy? Robledo sonrio tristemente. Podia darle el nombre de la persona que le habia aconsejado; pero considero inoportuno aumentar con tal revelacion el desaliento de su amigo. Aun en medio de sus preocupaciones, Torrebianca pensaba en su mujer. --iPobre Elena! He hablado con ella hace un momento... Crei que iba a sufrir un accidente al contarle yo como habia visto el cadaver de Fontenoy. Este suceso ha perturbado de tal modo su sistema nervioso, que temo por su salud. Pero Robledo sintio tal impaciencia ante sus lamentaciones, que dijo brutalmente: --Piensa en tu situacion y no te ocupes de tu mujer. Lo que te amenaza es mas grave que un ataque de nervios. Los dos hombres, despues de hablar largamente de esta catastrofe, acabaron por sentir cierto optimismo, como todos los que se familiarizan con la desgracia. iQuien podia conocer la verdad exacta mientras los asuntos del banquero no fuesen puestos en claro por el juez!... Fontenoy era mas iluso que criminal; esto lo reconocian hasta sus mayores enemigos. Muchos de los negocios ideados por el acabarian siendo excelentes. Su defecto habia consistido en pretender hacerlos marchar demasiado aprisa, enganando al publico sobre su verdadera situacion. Tal vez unos administradores prudentes sabrian hacerlos productivos, reconociendo los informes de Fontenoy como exactos y declarando que Torrebianca no habia cometido ningun delito al aprobarlos. --Bien puede ser asi--dijo Robledo, que necesitaba mostrarse igualmente optimista. Le habia infundido al principio una gran inquietud el desaliento de su amigo, y preferia ayudarle a recobrar cierta confianza en el porvenir. Asi pasaria mejor la noche. --Veras como todo se arregla, Federico. No concedas demasiado valor a lo que dicen los antiguos parasitos de Fontenoy, aconsejados por el miedo. Al dia siguiente lo primero que hizo el espanol al levantarse fue buscar los periodicos. Todos se mostraban pesimistas y amenazadores en sus articulos sobre este suicidio, que tomaba la importancia de un gran escandalo parisien, augurando que la Justicia iba a meter en la carcel a personalidades muy conocidas antes de que hubiesen transcurrido cuarenta y ocho horas. Hasta creyo adivinar en uno de los periodicos vagas alusiones a los informes de cierto ingeniero protegido de Fontenoy. Cuando volvio a encontrar a Federico en su biblioteca, todavia le vio mas viejo y mas desalentado que en la noche anterior. Sobre una mesa estaban los mismos diarios que habia leido el. --Quieren llevarme a la carcel--dijo con voz doliente--. Yo, que nunca he hecho mal a los demas, no comprendo por que se encarnizan de tal modo conmigo. En vano intento Robledo consolarle. --iQue vergueenza!-siguio diciendo--. Jamas he temido a nadie, y sin embargo, no puedo sostener la mirada de los que me rodean. Hasta cuando me habla mi ayuda de camara bajo los ojos, temiendo ver los suyos... iQue diran de mi en mi propia casa! Luego anadio, encogido y humilde, como si hubiese retrocedido a los anos de su infancia: --Tengo miedo de salir. Tiemblo solo de pensar que puedo ver a las mismas personas que he encontrado tantas veces en los salones, y me sera preciso explicarles mi conducta, sufrir sus miradas ironicas, sus palabras de falsa lastima. Callo, para anadir poco despues con admiracion: --Elena es mas valiente. Esta manana, despues de leer los periodicos, pidio el automovil para ir no se donde. Debe estar haciendo visitas. Me dijo que era preciso defenderse... Pero ?como voy a defenderme si es verdad que he autorizado con mi firma esos informes sobre negocios que no conozco?... Yo no se mentir. Robledo intento en vano infundirle confianza, como en la noche anterior. Su optimismo carecia ya de fuerzas para rehacerse. --Tambien mi mujer cree, como tu, que esto puede arreglarse. Ella se siente tan segura de su influencia, que nunca llega a desesperar. Tiene en Paris muchas amistades; le quedan muchas relaciones de familia. Se ha ido esta manana jurando que conseguira desbaratar las tramas de mis enemigos... Porque ella supone que tenemos muchos enemigos y esos son los que intentan perderme, buscando un pretexto en la quiebra de Fontenoy... Elena sabe de todo mas que yo, y no me extranaria que consiguiese hacer cambiar la opinion de los periodicos y la del mismo juez, desvaneciendo esas amenazas disimuladas de proceso y de carcel. Se estremecio al pronunciar la ultima palabra. --iLa carcel!... ?Ves tu, Manuel, a un Torrebianca en la carcel?... Antes de que eso ocurra, apelare al medio mas seguro para evitar tal vergueenza. Y recobraba su antigua energia vibrante y nerviosa, como si en su interior resucitasen todos sus antepasados, ofendidos por la amenaza. Robledo se alarmo al ver la luz azulenca que pasaba por las pupilas de su amigo, igual al resplandor fugaz de una espada cimbreante. --Tu no puedes hacer ese disparate--dijo--. Vivir es lo primero. Mientras uno vive, todo puede arreglarse bien o mal. Con la muerte si que no hay arreglo posible... Ademas, iquien sabe!... Tal vez no te equivocas en lo que se refiere a tu mujer, y ella pueda llegar a influir en el arreglo de tu situacion. Cosas mas dificiles se han visto. Al salir de la biblioteca encontro Robledo a varias personas sentadas en el recibimiento y aguardando pacientemente. El ayuda de camara, con una confianza extemporanea y molesta para el, murmuro: --Esperan a la senora marquesa... Les he dicho que el senor habia salido. No anadio mas el criado; pero la expresion maliciosa de sus pupilas le hizo adivinar que los que esperaban eran acreedores. El suicidio del banquero habia dado fin al escaso credito que aun gozaban los Torrebianca. Todas aquellas gentes debian saber que Fontenoy era el amante de la marquesa. Por otra parte, la quiebra de su Banco privaba al marido de los empleos que servian aparentemente para el sostenimiento de una vida lujosa. Comprendio ahora que su amigo tuviese miedo y vergueenza de ver a los que le rodeaban en su propia casa y permaneciese aislado en su biblioteca. A media tarde hablo por telefono con el. Elena acababa de regresar de su correria por Paris, mostrandose satisfecha de sus numerosas visitas. --Me asegura que por el momento ha parado el golpe, y todo se ira arreglando despues--dijo Torrebianca, no queriendo mostrarse mas expansivo en una conversacion telefonica. Cerrada la noche, volvio Robledo a la avenida Henri Martin. Habia leido en un cafe los diarios vespertinos, no encontrando en ellos nada que justificase la relativa tranquilidad de su amigo. Continuaban las noticias pesimistas y las alusiones a una probable prision de las personas comprometidas en la escandalosa quiebra. Vio otra vez sobre una mesa de la biblioteca los mismos periodicos que el acababa de leer, y se explico el desaliento de su amigo, quebrantado por el vaiven de los sucesos, saltando en el curso de unas pocas horas de la confianza a la desesperacion. Era rudo el contraste entre su voz fria y reposada y el crispamiento doloroso de su rostro. Indudablemente, habia adoptado una resolucion, y persistia en ella, sin mas esperanza que un suceso inesperado y milagroso, unico que podia salvarle. Y si no llegaba este prodigio... entonces... Miro Robledo a todos lados, fijandose en la mesa y otros muebles de la biblioteca. iNo poder adivinar donde estaba guardado el revolver que era para su amigo el ultimo remedio!... --?Hay gente ahi fuera?--pregunto Torrebianca. Como parecia conocer las visitas molestas que durante el dia habian desfilado por el recibimiento, Robledo no pidio una aclaracion a esta pregunta, limitandose a contestarla con un movimiento negativo. Entonces el hablo de aquella invasion de acreedores que llegaba de todos los extremos de Paris. --Huelen la muerte--dijo-, y vienen sobre esta casa como bandas de cuervos... Cuando entro Elena a media tarde, el recibimiento estaba repleto... Pero ella posee una magia a la que no escapan hombres ni mujeres, y le basto hablar para convencerlos a todos. Creo que hasta le habrian hecho nuevos prestamos de pedirselos ella... Ensalzaba con orgullo el poder seductor de su esposa; pero la realidad se sobrepuso muy pronto a esta admiracion. --Volveran--dijo con tristeza--. Se han ido, pero volveran manana... Tambien Elena ha visto a ciertos amigos poderosos que inspiran a los periodicos o tienen influencia sobre los jueces. Todos le han prometido servirla; pero iay! cuando ella esta lejos, cuando no la ven, su poder ya no es el mismo... Le han dicho que arreglaran las cosas, y no dudo que asi sera por el momento; pero ?que puede una mujer contra tantos enemigos?... Ademas, no debo consentir que mi esposa vaya de un lado a otro defendiendome, mientras yo permanezco aqui encerrado. Se a lo que se expone una mujer cuando va a solicitar el apoyo de los hombres. No... Eso seria peor que la carcel. Y por las pupilas de Torrebianca, que mostraba a veces un temor pueril y a continuacion una gran energia, paso cierto resplandor agresivo al pensar en los peligros a que podia verse expuesta la fidelidad de Elena durante las gestiones hechas para salvarle. --La he prohibido que continue las visitas, aunque sean a viejos amigos de su familia. Un hombre de honor no puede tolerar ciertas gestiones cuando se trata de su mujer... Confiemonos a la suerte, y ocurra lo que Dios quiera. Solo el cobarde carece de solucion cuando llega el momento decisivo. Robledo, que le habia escuchado sin dar muestras de impaciencia, dijo con voz grave: --Yo tengo una solucion mejor que la tuya, pues te permitira vivir... Vente conmigo. Y lentamente, con una frialdad metodica, como si estuviera exponiendo un negocio o un proyecto de ingenieria, le explico su plan. Era absurdo esperar que se arreglasen favorablemente los asuntos embrollados por el suicidio de Fontenoy, y resultaba peligroso seguir viviendo en Paris. --Te advierto que adivino lo que piensas hacer manana o tal vez esta misma noche, si consideras tu situacion sin remedio. Sacaras tu revolver de su escondrijo, tomaras una pluma y escribiras dos cartas, poniendo en el sobre de una de ellas: "Para mi esposa"; y en el sobre de la otra: "Para mi madre". iTu pobre madre que tanto te quiere, que se ha sacrificado siempre por ti, y a cuyos sacrificios corresponderas yendote del mundo antes de que ella se marche!... El tono de acusacion con que fueron dichas estas palabras conmovio a Torrebianca. Se humedecieron sus ojos y bajo la frente, como avergonzado de una accion innoble. Sus labios temblaron, y Robledo creyo adivinar que murmuraban levemente: "iPobre mama!... iMama mia!" Sobreponiendose a la emocion, volvio a levantar Federico su cabeza. --?Crees tu--dijo--que mi madre se considerara mas feliz viendome en la carcel? El espanol se encogio de hombros. --No es preciso que vayas a la carcel para seguir viviendo. Lo que pido es que te dejes conducir por mi y me obedezcas, sin hacerme perder tiempo. Despues de mirar los periodicos que estaban sobre la mesa, anadio: --Como creo dificilisima tu salvacion, manana mismo salimos para la America del Sur. Tu eres ingeniero, y alla en la Patagonia podras trabajar a mi lado... ?Aceptas? Torrebianca permanecio impasible, como si no comprendiese esta proposicion o la considerase tan absurda que no merecia respuesta. Robledo parecio irritarse por su silencio. --Piensa en los documentos que firmaste para servir a Fontenoy, declarando excelentes unos negocios que no habias estudiado. --No pienso en otra cosa--contesto Federico--, y por eso considero necesaria mi muerte. Ya no contuvo su indignacion el espanol al oir las ultimas palabras, y abandonando su asiento, empezo a hablar con voz fuerte. --Pero yo no quiero que mueras, grandisimo majadero. Yo te ordeno que sigas viviendo, y debes obedecerme... Imaginate que soy tu padre... Tu padre no, porque murio siendo tu nino... Hazte cuenta que soy tu madre, tu vieja mama, a la que tanto quieres, y que te dice: "Obedece a tu amigo, que es lo mismo que si me obedecieses a mi." La vehemencia con que dijo esto volvio a conmover a Torrebianca, hasta el punto de hacerle llevar las manos a los ojos. Robledo aprovecho su emocion para decir lo que consideraba mas importante y dificil. --Yo te sacare de aqui. Te llevare a America, donde puedes encontrar una nueva existencia. Trabajaras rudamente, pero con mas nobleza y mas provecho que en el viejo mundo; sufriras muchas penalidades, y tal vez llegues a ser rico... Pero para todo eso necesitas venir conmigo... solo. Se incorporo el marques, apartando las manos de su rostro. Luego miro a su amigo con una extraneza dolorosa. ?Solo?... ?Como se atrevia a proponerle que abandonase a Elena?... Preferia morir, pues de este modo se libraba del sufrimiento de pensar a todas horas en la suerte de ella. Como Robledo estaba irritado, y en tal caso, siempre que alguien se oponia a sus deseos, era de un caracter impetuoso, exclamo ironicamente: --iTu Elena!... Tu Elena es... Pero se arrepintio al fijarse en el rostro de Federico, procurando justificar su tono agresivo. --Tu Elena es... la culpable en gran parte de la situacion en que ahora te encuentras. Ella te hizo conocer a Fontenoy, ?No es asi?... Por ella firmaste documentos que representan tu deshonra profesional. Federico bajo la cabeza; pero el otro todavia quiso insistir en su agresividad. --?Como conocio tu mujer a Fontenoy?... Me has dicho que era amigo antiguo de su familia... y eso es todo lo que sabes. Aun se contuvo un momento, pero su colera le empujo, pudiendo mas que su prudencia, que le aconsejaba callar. --Las mujeres conocen siempre nuestra historia, y nosotros solo sabemos de ellas lo que quieren contarnos. El marques hizo un gesto como si se esforzase por comprender el sentido de tales palabras. --Ignoro lo que quieres decir--dijo con voz sombria--; pero piensa que hablas de mi mujer. No olvides que lleva mi nombre. iY yo la amo tanto!... Despues quedaron los dos en silencio. Segun transcurrian los minutos parecia agrandarse la separacion entre ambos. Robledo creyo conveniente hablar para el restablecimiento de su amistosa cordialidad. --Alla, la vida es dura, y solo se conocen de muy lejos las comodidades de la civilizacion. Pero el desierto parece dar un bano de energia, que purifica y transforma a los hombres fugitivos del viejo mundo, preparandolos para una nueva existencia. Encontraras en aquel pais naufragos de todas las catastrofes, que han llegado lo mismo que los que se salvan nadando, hasta poner el pie en una isla bienaventurada. Todas las diferencias de nacionalidad, de casta y de nacimiento desaparecen. Alla solo hay hombres. La tierra donde yo vivo es... la tierra de todos. Como Torrebianca permanecia impasible, creyo oportuno recordarle otra vez su situacion. --Aqui te aguardan la deshonra y la carcel, o lo que es peor, la estupida solucion de matarte. Alla, conoceras de nuevo la esperanza, que es lo mas precioso de nuestra existencia... ?Vienes? El marques salio de su estupefaccion, iniciando el esperado movimiento afirmativo; pero Robledo le contuvo con un ademan para que esperase, y anadio energicamente: --Ya sabes mis condiciones. Alla hay que ir como a la guerra: con pocos bagajes; y una mujer es el mas pesado de los estorbos en expediciones de este genero... Tu esposa no va a morir de pena porque tu la dejes en Europa. Os escribireis como novios; una ausencia larga reanima el amor. Ademas, puedes enviarla dinero para el sostenimiento de su vida. De todos modos, haras por ella mucho mas que si te matas o te dejas llevar a la carcel... ?Quieres venir? Quedo pensativo Torrebianca largo rato. Despues se levanto e hizo una sena a Robledo para que esperase, saliendo de la biblioteca. No permanecio mucho tiempo solo el espanol. Le parecio oir muy lejos, como apagadas por las colgaduras y los tabiques, voces que casi eran gritos. Luego sonaron pasos mas proximos, se levanto violentamente un cortinaje y entro Elena en la biblioteca seguida de su esposo. Era una Elena transformada tambien por los acontecimientos. Robledo creyo que para ella las horas habian sido igualmente largas como anos. Parecia mas vieja, pero no por eso dejaba de ser hermosa. Su belleza ajada era mas sincera que la de los dias risuenos. Tenia el melancolico atractivo de un ramo de flores que empiezan a marchitarse. Habian transcurrido veinticuatro horas sin que pudiera ella dedicarse a los cuidados de su cuerpo, y se hallaba ademas bajo la influencia de incesantes emociones, unas dolorosas y otras irritantes para su amor propio. Mas que en la suerte de su marido, pensaba en lo que estarian diciendo a aquellas horas las numerosas amigas que tenia en Paris. Arrojo violentamente a sus espaldas el cortinaje, y fue avanzando por la biblioteca como una invasion arrolladora. Sus ojos parecieron desafiar a Robledo. --?Que es lo que me cuenta Federico?--dijo con voz aspera--. ?Quiere usted llevarselo y que deje abandonada a su mujer entre tantos enemigos?... Torrebianca, que al marchar detras de ella sentia de nuevo su poder de dominacion, creyo del caso protestar para convencerla de su fidelidad. --Yo no te abandonare nunca... Se lo he dicho a Manuel varias veces. Pero Elena no lo escuchaba, y continuo avanzando hacia Robledo. --iY yo que le tenia a usted por un amigo seguro!... iMal sujeto! iQuerer arrebatar a una mujer el apoyo de su esposo, dejandola sola!... Al hablar miraba fijamente los ojos del espanol, como si pretendiese contemplarse en ellos. Pero debio ver tales cosas en estas pupilas, que su voz se hizo mas suave, y hasta acabo por fingir un mohin infantil de disgusto, amenazando al hombre con un dedo. El colonizador permanecio impasible, encontrando, sin duda, inoportunas estas gracias pueriles, y Elena tuvo que continuar hablando con gravedad. --A ver expliquese usted. Digame cuales son sus planes para sacar a mi marido de aqui, llevandolo a esas tierras lejanas donde vive usted como un senor feudal. Insensible a la voz y a los ojos de ella, hablo Robledo friamente, lo mismo que si expusiese un trabajo de ingenieria. Habia discurrido, mientras conversaba con Federico, la manera de sacarlo de Paris. Buscaria al dia siguiente un automovil para el, como si se le hubiese ocurrido de pronto emprender un viaje a Espana. Era oportuno tomar precauciones. Torrebianca aun estaba libre, pero bien podia ser que lo vigilase preventivamente la policia mientras el juez estudiaba su culpabilidad. Aunque la frontera de Espana estaba lejos, la pasarian antes de que la Justicia hubiese lanzado una orden de prision. Ademas, el tenia amigos en la misma frontera, que les ayudarian en caso de peligro para que pudiesen llegar los dos a Barcelona, y una vez en este puerto era facil encontrar pasaje para la America del Sur. Elena le escucho frunciendo su entrecejo y moviendo la cabeza. --Todo esta bien pensado--dijo--; pero en ese plan, ?por que ha de incluir usted solamente a mi esposo? ?Por que no puedo marcharme yo tambien con ustedes? Torrebianca quedo sorprendido por la proposicion. Horas antes, al volver Elena a casa, habia mostrado una gran confianza en el porvenir para animar a su marido y tal vez para enganarse a si misma. Venia de visitar a hombres que conocia de larga fecha y de recoger grandes promesas, dadas con la galanteria melancolica y protectora que inspiran los recuerdos lejanos de amor. Como no veia otro remedio a su situacion que estas palabras, habia necesitado creer en ellas, forjandose ilusiones sobre su eficacia; pero ahora, al conocer el plan de Robledo, todo su optimismo acababa de derrumbarse. Las promesas de sus amistades no eran mas que dulces mentiras; nadie haria nada por ellos al verlos en la desgracia; la Justicia seguiria su curso. Su marido iria a la carcel, y ella tendria que empezar otra vez... iotra vez! en un mundo extremadamente viejo, donde le era dificil encontrar un rincon que no hubiese conocido antes... Ademas, itantas amigas deseosas de vengarse!... Robledo vio pasar por sus ojos una expresion completamente nueva. Era de miedo: el miedo del animal acosado. Por primera vez percibio en la voz de Elena un acento de verdad. --Usted es el unico, Manuel, que ve claramente nuestra situacion; el unico que puede salvarnos... Pero lleveme a mi tambien. No tengo fuerzas para quedarme... Primero mendigar en un mundo nuevo. Y habia tal tristeza y tal mansedumbre en esta suplica, que el espanol la compadecio, olvidando todo lo que pensaba contra ella momentos antes. Torrebianca, como si adivinase la repentina flaqueza de su amigo, dijo energicamente: --O te sigo con ella, o me quedo a su lado, sin miedo a lo que ocurra. Aun dudo Robledo unos momentos; pero al fin hizo con su cabeza un gesto de aceptacion. Inmediatamente se arrepintio, como si acabase de aprobar algo que le parecia absurdo. Empezo a reir Elena, olvidando con una facilidad asombrosa las angustias del presente. --Yo siempre he adorado los viajes--dijo con entusiasmo--. Montare a caballo, cazare fieras, arrostrare grandes peligros. Voy a vivir una existencia mas interesante que la de aqui; una vida de heroina de novela. El espanol la miro como espantado de su inconsciencia. Ya no se acordaba de Fontenoy. Parecia haber olvidado igualmente que aun estaba en Paris, y de un momento a otro la policia podia entrar en la casa para llevarse a su marido. Le alarmo tambien la enorme distancia entre la existencia real de los que colonizan las soledades de America y las ilusiones novelescas que se forjaba esta mujer. Torrebianca les interrumpio con palabras de desaliento, como si juzgase imposible la realizacion del plan de su amigo. --Para marcharnos, necesitamos pagar antes lo que debemos. ?Donde encontrar dinero?... Su esposa volvio a reir, haciendo al mismo tiempo gestos de estraneza. --iPagar!... ?Quien piensa en eso? Los acreedores esperaran. Yo encuentro siempre una palabra oportuna para ellos... Ya les pagaremos desde America cuando tu seas rico. Obsesionado por sus escrupulos, el marques insistio en ellos con una tenacidad caballeresca. --No saldre de aqui sin que hayamos pagado a lo menos nuestra servidumbre. Ademas, necesitamos dinero para el viaje. Hubo un largo silencio; y el marido, que seguia pensativo, dijo de pronto, como si hubiese encontrado una solucion: --Por suerte, tenemos tus joyas. Podemos venderlas antes de embarcarnos. Miro Elena ironicamente el collar y las sortijas que llevaba en aquel momento. --No llegaran a dar dos mil francos por estas ni por las otras que guardo. Todas falsas, absolutamente falsas. --Pero ?y las verdaderas?--pregunto, asombrado, Torrebianca--. ?Y las que compraste con el dinero que te enviaron muchas veces de tus propiedades en Rusia? Robledo creyo oportuno intervenir para que no se prolongase este dialogo peligroso. --No quieras saber demasiado, y hablemos del presente... Yo pagare a tus domesticos; yo costeare el viaje de los dos. Elena le tomo ambas manos, murmurando palabras de agradecimiento. Torrebianca, aunque conmovido por esta generosidad, insistia en no aceptarla; pero el espanol corto sus protestas. --Vine a Paris con dinero para seis meses, y me ire a las cuatro semanas; eso es todo. Despues anadio con una desesperacion comica: --Me privare de conocer unos cuantos restoranes nuevos y de apreciar varias marcas de vinos famosos... Ya ves que el sacrificio nada tiene de extraordinario. Federico le estrecho la diestra silenciosamente, al mismo tiempo que Elena le abrazaba y besaba con un impudor entusiastico. Todas sus palabras eran ahora para un pais desconocido, en el que no pensaba horas antes y que admiraba ya como un paraiso. --iQue ganas tengo de verme en aquella tierra nueva, que, como dice usted, es la tierra de todos!... Y mientras los esposos hablaban de sus preparativos para emprender al dia siguiente un viaje que en realidad, era una fuga, Robledo, puestos sus ojos en ella, se dijo mentalmente: "iQue disparate acabo de hacer!... iQue terrible regalo voy a llevar a los que viven alla lejos, duramente... pero en paz!" * * * * * #V# Unos trabajadores aragoneses que habian emigrado a la Argentina, llevando una guitarra como lo mas precioso de su bagaje para acompanar las coplas "sacadas de su cabeza", al verla pasar a caballo dedicaron una cancion a "la Flor de Rio Negro". Este apodo primaveral se difundio inmediatamente por el pais, y todos llamaron asi a la hija del dueno de la estancia de Rojas; pero su verdadero nombre era Celinda. Tenia diez y siete anos, y aunque su estatura parecia inferior a la correspondiente a su edad, llamaba la atencion por sus agiles miembros y la energia de sus ademanes. Muchos hombres del pais, que admiraban lo mismo que los orientales la obesidad femenil, considerando una exuberancia de carnes como el acompanamiento indispensable de toda hermosura, hacian gestos de indiferencia al escuchar los elogios que dedicaban algunos a la nina de Rojas. Admitian su rostro gracioso y picaresco, con la nariz algo respingada, la boca de un rojo sangriento, los dientes muy blancos y puntiagudos, y unos ojos enormes, aunque demasiado redondos. Pero aparte de su carita... inada de mujer! "Es igualmente lisa por delante y por el reves--decian--. Parece un muchacho." Efectivamente, a cierta distancia la tomaban por un hombrecito, pues iba vestida siempre con traje masculino, y montaba caballos bravos a estilo varonil. A veces agitaba un lazo sobre su cabeza lo mismo que un peon, persiguiendo alguna yegua o novillo de la hacienda de su padre, don Carlos Rojas. Este, segun contaban en el pais, pertenecia a una familia antigua de Buenos Aires. De joven habia llevado una existencia alegre en las principales ciudades de Europa. Luego se caso; pero su vida domestica en la capital de la Argentina resultaba tan costosa como sus viajes de soltero por el viejo mundo, perdiendo poco a poco la fortuna heredada de sus padres en gastos de ostentacion y en malos negocios. Su esposa habia muerto cuando el empezaba a convencerse de su ruina. Era una senora enfermiza y melancolica, que publicaba versos sentimentales, con un seudonimo, en los periodicos de modas, y dejo como recuerdo poetico a su hija unica el nombre de Celinda. El senor Rojas tuvo que abandonar la estancia heredada de sus padres, cerca de Buenos Aires, cuyo valor ascendia a varios millones. Pesaban sobre ella tres hipotecas, y cuando los acreedores se repartieron el producto de su venta no quedo a don Carlos otro recurso que alejarse de la parte mas civilizada de la Argentina, instalandose en Rio Negro, donde era poseedor de cuatro leguas de tierra compradas en sus tiempos de abundancia, por un capricho, sin saber ciertamente lo que adquiria. Muchos hombres arruinados ven de pronto en la agricultura un medio de rehacer sus negocios, a pesar de que ignoran lo mas elemental para dedicarse al cultivo de la tierra. Este criollo, acostumbrado a una vida de continuos derroches en Paris y en Buenos Aires, creyo poder realizar el mismo milagro. El, que nunca habia querido preocuparse de la administracion de una estancia cerca de la capital, con inagotables prados naturales en los que pastaban miles de novillos, tuvo que llevar la vida dura y sobria del jinete rustico que se dedica al pastoreo en un pais inculto. Lo que sus abuelos habian hecho en los ricos campos inmediatos a Buenos Aires, donde el cielo derrama su lluvia oportunamente, tuvo que repetirlo Rojas bajo el cielo de bronce de la Patagonia, que apenas si deja caer algunas gotas en todo el ano sobre las tierras polvorientas. El antiguo millonario sobrellevaba con dignidad su desgracia. Era un hombre de cincuenta anos, mas bien bajo que alto, la nariz aguilena y la barba canosa. En medio de una existencia ruda conservaba su primitiva educacion. Sus maneras delataban a la persona nacida en un ambiente social muy superior al que ahora le rodeaba. Como decian en el inmediato pueblo de la Presa, era un hombre que, vistiese como vistiese, tenia aire de senor. Llevaba casi siempre botas altas, gran chambergo y poncho. Pendiente de su diestra se balanceaba el pequeno latigo de cuero, llamado rebenque. Los edificios de su estancia eran modestos. Los habia construido a la ligera, con la esperanza de mejorarlos cuando aumentase su fortuna; pero, como ocurre casi siempre en las instalaciones campestres, estas obras provisionales iban a durar mas anos tal vez que las levantadas en otras partes como definitivas. Sobre las paredes de ladrillo cocido, sin revoque exterior, o de simples adobes, se elevaban las techumbres hechas con planchas de cinc ondulado. En el interior de la casa del dueno los tabiques solo llegaban a cierta altura, dejando circular el aire por toda la parte alta del edificio. Las habitaciones eran escasas en muebles. La pieza que servia de salon, despacho y comedor, donde don Carlos recibia a sus visitas, estaba adornada con unos cuantos rifles y pieles de pumas cazados en las inmediaciones. El estanciero pasaba gran parte del dia fuera de la casa, inspeccionando los corrales de ganado mas inmediatos. De pronto ponia al galope su caballejo incansable, para sorprender a los peones que trabajaban en el otro extremo de su propiedad. Una manana sintio impaciencia al ver que habia pasado la hora habitual de la comida sin que Celinda volviese a la estancia. No temia por ella. Desde que su hija llego a Rio Negro, teniendo ocho anos, empezo a vivir a caballo, considerando la planicie desierta como su casa. --Es peligroso ofenderla--decia el padre con orgullo--. Maneja revolver y tira mejor que yo. Ademas, no hay persona ni animal que se le escape cuando tiene un lazo en la mano. Mi hija es todo un hombre. La vio de pronto corriendo por la linea que formaban la llanura y el cielo al juntarse. Parecia un pequeno jinete de plomo escapado de una caja de juguetes. Delante de su caballito corria un toro en miniatura. El grupo galopador fue creciendo con una rapidez maravillosa. En esa llanura inmensa, todo lo que se movia cambiaba de tamano sin gradaciones ordenadas, desorientando y aturdiendo los ojos todavia no acostumbrados a los caprichos opticos del desierto. Llego la joven dando gritos y agitando el lazo para excitar la marcha de la res que venia persiguiendo, hasta que la obligo a refugiarse en un cercado de maderos. Luego echo pie a tierra y fue a encontrarse con su padre; pero este, despues de recibir un beso de ella, la repelio, mirando con severidad el traje varonil que llevaba. --Te he dicho muchas veces que no quiero verte asi. Los pantalones se han hecho para los hombres, icreo yo!... y las "polleras" para las mujeres. No puedo tolerar que una hija mia vaya como esas comicas que aparecen en las vistas del biografo. Celinda recibio la reprimenda bajando los ojos con graciosa hipocresia. Prometio obedecer a su padre, conteniendo al mismo tiempo su deseo de reir. Precisamente pensaba a todas horas en las amazonas con pantalones que figuran en los _films_ de los Estados Unidos, y habia echado largas galopadas para ir hasta Fuerte Sarmiento, el pueblo mas inmediato, donde los cinematografistas errabundos proyectaban sobre una sabana, en el cafe de su unico hotel, historias interesantes que le servian a ella para estudio de las ultimas modas. Durante la comida le pregunto don Carlos si habia estado cerca de la Presa y como marchaban los trabajos en el rio. Una esperanza de volver a ser rico, cada vez mas probable, hacia que el senor Rojas, antes melancolico y desesperanzado, sonriese desde los ultimos meses. Si los ingenieros del Estado conseguian cruzar con un dique el rio Negro, los canales que estaban abriendo un espanol llamado Robledo y otro socio suyo fecundarian las tierras compradas por ellos junto a su estancia, y el podria aprovechar igualmente dicha irrigacion, lo que aumentaria el valor de sus campos en proporciones inauditas. Le escucho Celinda con la indiferencia que muestra la juventud por los asuntos de dinero. Ademas, don Carlos tuvo que privarse del placer de continuar haciendo suposiciones sobre su futura riqueza al ver a una mestiza de formas exuberantes, carrilluda, con los ojos oblicuos y una gruesa trenza de cabello negro y aspero que se conservaba sobre sus enormes prominencias dorsales para seguir descendiendo. Al entrar en el comedor dejo junto a la puerta un saco lleno de ropa. Luego se abalanzo sobre Celinda, besandola y mojando su rostro con frecuentes lagrimones. --iMi patroncita preciosa!... iMi nina, que la he querido siempre como una hija!... Conocia a Celinda desde que esta llego al pais y entro ella en la estancia como domestica. Le resultaba doloroso separarse de la senorita, pero no podia transigir mas tiempo con el caracter de su padre. Don Carlos era violento en el mandar y no admitia objeciones de las mujeres, sobre todo cuando ya habian pasado de cierta edad. --El patron aun esta muy verde--decia Sebastiana a sus amigas--; y como una ya va para vieja, resulta que otras mas tiernas son las que reciben las sonrisas y las palabras lindas, y para mi solo quedan los gritos y el amenazarme con el rebenque. Despues de besuquear a la joven, miro Sebastiana a don Carlos con una indignacion algo comica, anadiendo: --Ya que el patron y yo no podemos avenirnos, me voy a la Presa, a servir donde el contratista italiano. Rojas levanto los hombros para indicar que podia irse donde quisiera, y Celinda acompano a su antigua criada hasta la puerta del edificio. A media tarde, cuando don Carlos hubo dormido la siesta en una mecedora de lona y leido varios periodicos de Buenos Aires, de los que traia el ferrocarril a este desierto tres veces por semana, salio de la casa. Atado a un poste del tejadillo sobre la puerta, estaba un caballo ensillado. El estanciero sonrio satisfecho al darse cuenta de que la silla era de mujer. Celinda aparecio vestida con falda de amazona. Envio a su padre un beso con la punta del rebenque, y sin apoyarse en el estribo ni pedir ayuda a nadie, se coloco de un salto sobre el aparejo femenil, haciendo salir su caballo a todo galope hacia el rio. No fue muy lejos. Se detuvo en el lado opuesto de un grupo de sauces, donde encontro atado otro caballo con silla de hombre, el mismo que montaba en la manana. Celinda, echando pie a tierra, se despojo de su traje femenil, apareciendo con pantalones, botas de montar, camisa y corbata varoniles. Sonreia de su desobediencia al "viejo", pues asi llamaba ella a su padre, segun costumbre del pais. Temia la posible extraneza de otro hombre y deseaba evitarla. Este hombre la habia conocido siempre vestida de muchacho, tratandola a causa de ello con una confianza amistosa. iQuien sabe si al verla con faldas, lo mismo que una senorita, experimentaria cierta timidez, mostrandose ceremonioso y evitando finalmente nuevos encuentros con ella!... Dejo su traje femenil sobre el caballo que la habia traido y monto alegremente en el otro, oprimiendole los flancos con sus piernas nerviosas, al mismo tiempo que echaba en alto el lazo atado a la silla, formando una espiral de cuerda sobre su cabeza. Galopo por la orilla del rio, junto a los anosos sauces que encorvaban sus cabelleras sobre el deslizamiento de la corriente veloz. Este camino liquido, siempre solitario, que venia de los ventisqueros de los Andes junto al Pacifico, para derramarse en el Atlantico, habia recibido su nombre, segun algunos, a causa de las plantas obscuras que cubren su lecho, dando un color verdinegro a las aguas hijas de las nieves. El milenario rodar de su curso habia ido cortando la meseta con una profunda hondonada de una legua o dos de anchura. El rio corria por esta profundidad entre dos aceras formadas con los aportes de su legamo durante las grandes inundaciones. Estas dos orillas desiguales eran de tierra fertil y suelta, prodiga para el cultivo alli donde recibia la humedad de las aguas inmediatas. Mas lejos se levantaba el suelo, formando el acantilado amarillento de dos murallas sinuosas que se miraban frente a frente. La de la izquierda era el ultimo limite de la Pampa. En la orilla opuesta empezaba la meseta patagonica, de frios glaciales, calores asfixiantes, huracanes crueles y aspera vegetacion, que solo permite alimentarse a los rebanos cuando disponen de extensiones enormes. Toda la vida del pais estaba reconcentrada en la ancha hendidura abierta por las aguas que forma la linea fronteriza entre la Pampa y la Patagonia. Las dos cintas de terreno de sus orillas representaban miles de kilometros de suelo fertil aportado por el rio en su viaje de los Andes al mar. En una seccion de este barranco inmenso era donde trabajaban los hombres para elevar el nivel de las aguas unos cuantos metros, fecundando los campos proximos. Celinda daba gritos para excitar al caballo, como si necesitase comunicarle su alegria. Iba al encuentro de lo que mas le interesaba en todo el pais. Al seguir una revuelta del rio se abrio la superficie de este ante sus ojos, formando una laguna tranquila y desierta. En ultimo termino, donde se estrechaban sus orillas aprisionando y alborotando las aguas, vio los ferreos perfiles de varias maquinas elevadoras, asi como las techumbres de cinc o de paja de una poblacion. Era el antiguo campamento de la Presa, que se transformaba rapidamente en un pueblo. Todas sus construcciones parecian aplastadas sobre el suelo, sin una torrecilla, sin un doble piso que animase su platitud monotona. Como la curiosidad de la joven no llegaba hasta el pueblo, refreno la velocidad de su caballo y marcho al paso hacia unos grupos de hombres que trabajaban lejos del rio, casi en el sitio donde empezaba a remontarse la llanura, iniciando la ladera de la altiplanicie correspondiente a la Pampa. Estos peones, unos de origen europeo, otros mestizos, removian y amontonaban la tierra, abriendo pequenos canales para la irrigacion. Dos maquinas, acompanadas por el mugido de sus motores, excavaban igualmente el suelo para facilitar el trabajo humano. Miro Celinda en torno a ella con ojos de exploradora, y volviendo su espalda a las cuadrillas de trabajadores, se dirigio hacia un hombre aislado en una pequena altura. Este hombre ocupaba un catrecillo de lona ante una mesa plegadiza. Iba vestido con traje de campo y botas altas. Tenia un gran sombrero caido a sus pies y apoyaba la frente en una mano, estudiando los papeles puestos sobre la mesilla. Era un joven rubio, de ojos claros. Su cabeza hacia recordar las de los atletas griegos tales como las ha eternizado la escultura, tipo que reaparece con una frecuencia inexplicable en las razas nordicas de Europa: la nariz recta, la cabellera de cortos rizos invadiendo la frente baja y ancha, el cuello vigoroso. Se hallaba tan ensimismado en el estudio de sus papeles, que no vio llegar a Flor de Rio Negro. Esta habia desmontado sin abandonar su lazo. Con la astucia y la ligereza de un indio empezo a marchar a gatas por la suave pendiente, sin que el mas leve ruido denunciase su avance. A pocos metros de aquel hombre se incorporo, riendo en silencio de su travesura, mientras hacia dar vueltas al lazo con vigorosa rotacion, dejandolo escapar al fin. El circulo terminal de la cuerda cayo sobre el joven, estrechandose hasta sujetarlo por mitad de sus brazos, y un ligero tiron le hizo vacilar en su asiento. Miro enfurecido en torno e hizo un ademan para defenderse; pero su colera se troco en risuena sorpresa al mismo tiempo que llegaba a sus oidos una carcajada fresca e insolente. Vio a Celinda que celebraba su broma tirando del lazo; y para no ser derribado, tuvo que marchar hacia la amazona. Esta, al tenerle junto a ella, dijo con tono de excusa: --Como no nos vemos hace tanto tiempo, he venido para capturarle. Asi no se me escapara mas. El joven hizo gestos de asombro y contesto con una voz lenta y algo torpe, que estropeaba las silabas, dandolas una pronunciacion extranjera: --iTanto tiempo!... ?No nos hemos visto esta manana? Ella remedo su acento al repetir sus palabras: --iTanto tiempo!... Y aunque asi sea, gringo desagradecido, ?le parece a usted poca cosa no haberse visto desde esta manana? Los dos rieron con un regocijo infantil. Habian retrocedido hasta donde aguardaba el caballo, y Celinda se apresuro a montar en el, como si se considerase humillada y desarmada permaneciendo a pie. Ademas, "el gringo", a pesar de su alta estatura, quedaba de este modo con la cabeza al nivel de su talle, lo que proporcionaba a Flor de Rio Negro la superioridad de poder mirarlo de arriba abajo. Como aun tenia el extranjero el circulo de cuerda alrededor de su busto, Celinda quiso libertarle de tal opresion. --Oiga, don Ricardo; ya estoy cansada de que sea mi esclavo. Voy a dejarle libre, para que trabaje un poquito. Y saco el lazo por encima de sus hombros; pero al ver que el joven permanecia inmovil, como si en su presencia perdiese toda iniciativa, le presento la mano derecha con una majestad comica: --Bese usted, mister Watson, y no sea mal educado. Aqui en el desierto va usted perdiendo las buenas maneras que aprendio en su Universidad de California. Rio el ingeniero del tono solemne de la muchacha y acabo por besar su mano. Pero la miraba con la bondad protectora de las personas mayores que se complacen celebrando las malicias de una nina traviesa, y esto parecio contrariar a la hija de Rojas. --Acabare por renir con usted. Se empena en tratarme como una muchachita, cuando soy la primera dama del pais, la princesa dona Flor de Rio Negro. Continuaba Watson sus risas, y esta insistencia vencio finalmente la fingida gravedad de la joven. Los dos unieron sus carcajadas; pero la senorita Rojas mostro a continuacion un interes maternal, que le hizo enterarse minuciosamente de la vida que llevaba su amigo. --Trabaja usted demasiado, y yo no quiero que se canse, ?sabe, gringuito?... Es mucho quehacer para un hombre solo. ?Cuando viene su amigo Robledo?... De seguro que estara divirtiendose alla en Paris. Watson hablo tambien con seriedad al oir el nombre de su asociado. Estaba ya de regreso y llegaria de un momento a otro. En cuanto a su trabajo, no lo consideraba anonadador. El habia hecho cosas mas dificiles y penosas en otras tierras. Mientras los ingenieros del gobierno no terminasen el dique, lo que trabajaban Robledo y el era unicamente para ganar tiempo, pues los canales de nada podian servir sin el agua del rio. Habian empezado a caminar, e insensiblemente se dirigieron hacia el pueblo. Ricardo marchaba a pie, con una mano apoyada en el cuello del caballo y los ojos en alto, para ver a Celinda mientras hablaba. Los peones, dando por terminado el trabajo, recogian sus herramientas. Como los dos querian evitar un encuentro con los grupos que regresaban al pueblo, siguieron avanzando lejos del rio, por donde empezaba a elevarse el terreno, formando la pendiente de la altiplanicie pampera. Al subir la hinchazon de un contrafuerte de esta muralla que se perdia de vista, contemplaron a sus pies todo el antiguo campamento convertido en pueblo y la amplitud lacustre formada por el rio ante el estrecho donde iba a construirse el dique. El campamento era un conglomerado de viviendas levantadas sin orden: chozas hechas de adobes con cubierta de paja, casas de ladrillo con techos de ramaje o de cinc, tiendas de lona. Las construcciones mas comodas eran de madera y desarmables, estando ocupadas por los ingenieros, los capataces y otros empleados. Por encima de todas las viviendas emergia una casa de madera montada sobre pilotes, con una galeria exterior ante sus cuatro fachadas: un _bengalow_ desembarcado en Bahia Blanca semanas antes por encargo del italiano Pirovani, contratista de las obras del dique. Asi que empezaba a anochecer, las calles de este pueblo improvisado, desiertas durante el dia, se poblaban instantaneamente con la variada muchedumbre de los peones. Los grupos, al volver de los diversos lugares donde habian estado trabajando, se encontraban y se confundian, siguiendo la misma direccion. Una casa de madera, que por su tamano era la unica que podia compararse con la del contratista, los iba atrayendo a todos. Sobre su puerta habia un rotulo, hecho en letras caligraficas: "Almacen del Gallego". Este gallego era, en realidad, andaluz; pero todos los espanoles que van a la Argentina deben ser forzosamente gallegos. Al mismo tiempo que despacho de bebidas era tienda de los mas diversos articulos comestibles y suntuarios. Su dueno se ofendia cuando las gentes llamaban "boliche" a lo que