The Project Gutenberg EBook of En el Fondo del Abismo, by Jorge Ohnet This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included with this eBook or online at www.gutenberg.net Title: En el Fondo del Abismo Author: Jorge Ohnet Release Date: December 2, 2004 [EBook #14236] Language: Spanish Character set encoding: ISO-8859-1 *** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EN EL FONDO DEL ABISMO *** Produced by The PG Online Distributed Proofreading Team EN EL FONDO DEL ABISMO POR JORGE OHNET [Ilustración] PARÍS LIBRERÍA DE LA Vda DE CH. BOURET 23, RUE VISCONTI, 23 EN LA MISMA LIBRERÍA ÚLTIMAS PUBLICACIONES AFRODITA, por P. Louvs. Edición de lujo, con 150 grabados en el texto. 1 t. 18, oblongo. LA DAMA VESTIDA DE GRIS, por JORGE OHNET. 1 t. 12. UN ANTIGUO RENCOR, por JORGE OHNET. 1 t. 12. LA HIJA DEL DIPUTADO, por JORGE OHNET. 1 t. 12. LA INÚTIL RIQUEZA, por JORGE OHNET. 1 t. 12. EL CURA DE FAVIÉRES, por JORGE OHNET. 1 t. 12. EL REY DE PARÍS, por JORGE OHNET. 1 t. 12. EN EL FONDO DEL ABISMO, por JORGE OHNET. 1 t. 12. BUEN MOZO, por G. DE MAUPASSANT. Edición ilustrada. 1 t. 12. VÍRGENES Á MEDIAS, por MARCEL PROUST. 1 t. 12. LA CAPILLA DEL PERDÓN, por ALFONSO DAUDET. 1 t. 12. CABEZA DE FAMILIA, por ALFONSO DAUDET. 1 t. 12. EL CULPABLE, por F. COPPÉE. 1 t. 12. ESTELA, por C. FLAMMARIÓN. 1 t. 12. FIN DEL MUNDO, por C. FLAMMARIÓN. 1 t. 12. Edición ilustrada. EN EL FONDO DEL ABISMO (LA JUSTICIA INFALIBLE) [Ilustración: JORGE OHNET] París.--Imprenta de la Vda de CH. BOURET. JORGE OHNET EN EL FONDO DEL ABISMO (LA JUSTICIA INFALIBLE) TRADUCCIÓN DE F. SARMIENTO LIBRERÍA DE LA VDA DE CH. BOURET PARÍS 23, RUE VISCONTI, 23 MÉXICO 14, CINCO DE MAYO, 14 1899 EN EL FONDO DEL ABISMO PRIMERA PARTE I En el comedor de los Extranjeros del Club Automóvil, los convidados estaban acabando de comer. Eran las diez de la noche y los jefes de comedor servían el café. Los mozos se habían retirado y en el salón contiguo estaban preparadas las cajas de cigarros para los fumadores. Había allí doce comensales, seis hombres y seis mujeres, además del anfitrión, Cipriano Marenval, célebre industrial que había hecho una inmensa fortuna fabricando y vendiendo una fécula alimenticia que lleva su nombre. En torno de la mesa, adornada de flores extrañas y chispeante de cristales y de argentería, las mujeres de dudosa moral y los amables vividores convocados por Marenval estaban agrupados en un desorden tan familiar como explicable, dada la excelencia de los manjares y la calidad de los vinos, y escuchaban á un joven alto y rubio que, á pesar de las frecuentes interrupciones de que era objeto, seguía hablando con tranquilidad imperturbable: --¡No! no creo en la infalibilidad humana; ni siquiera en la de los que tienen la profesión de dictar sentencias y que pueden por consecuencia atribuirse una experiencia particular. ¡No! no creo que en el momento en que un ciudadano como ustedes y como yo se sienta en el banco de madera de la tribuna del jurado se vea súbitamente iluminado por revelaciones superiores que le otorguen la ciencia infusa. ¡No! no creo que unos honrados padres de familia, ni siquiera los solteros, en cuanto se endosan una toga, con ó sin armiño, no sean ya susceptibles de engañarse ni de dictar sentencias discutibles. En resumen, reclamo el derecho de creer en la ceguera de nuestros compatriotas en general y de los jueces en particular y siento, en principio, la posibilidad del error judicial!... La concurrencia prorrumpió en voces tumultuosas, se elevó un concierto de imprecaciones y algunas de aquellas señoras empezaron á golpear los vasos con la hoja de los cuchillos. Los amigos del orador trataron una vez más de imponerle silencio con sus risotadas. --¡Maugirón, nos estás aburriendo! --¡Una cena de multa, Maugirón! --¡Se escurre como un macarrón, este tipo! --¡Qué cursi es eso! ¡Pues no se ocupa de la magistratura!... --¡Oye! Pide una plaza de fiscal... --¡Sois todos unos idiotas! exclamo Maugirón aprovechando un momento de calma. --¡Qué grosero! dijo Marieta de Fontenoy. Oíd, debíamos marcharnos y dejarle solo. --Marenval, ¿por qué nos invitas á comer con personas que tienen conversaciones serias á los postres? preguntó la linda Lucía Pithiviers. --Mira, ahí tienes á Tragomer, dijo Lorenza Margillier á Maugirón, que escuchaba impasible todos esos apóstrofes. Ahí tienes un guapo muchacho que no es fastidioso en la mesa. Solamente ha hablado para decir cosas agradables. Tengo un capricho por él, y si él quiere te planto, para enseñarte á hacer conferencias. --¡Digo, digo! exclamó Maugirón; ahí tienes un buen negocio, Tragomer, y yo también. Lorenza me quiere dejar por ti... No vaciles, amigo mío, tómala. No desperdicies tanta dicha, ni aun al precio de mi desesperación. Pero, ante todo, dinos qué opinas sobre los errores judiciales. --¡Oh! basta... ¡Pues no vuelve á empezar! ¡Esta chiflado! ¡Al ateneo! ¡Hacedle tragar la servilleta! Todas estas interrupciones surgían de un coro de carcajadas, mientras, el convidado á quien se había dirigido Maugirón permanecía silencioso é impasible. Era el tal un hombre como de treinta años, alto, fornido, de cabeza cuadrada, color tostado, negros y rizosos cabellos y magníficos ojos azules. Su boca se dibujaba grave bajo un oscuro bigote y su barbilla afeitada ofrecía todos los caracteres de la firmeza, casi de la obstinación. Su ancha frente limitada por las cejas, era blanca, surcada por admirables sinuosidades en las que se revelaban las facultades de reflexión y de imaginación. Al verle de pronto serio y un poco sombrío, la animación de los convidados se enfrió súbitamente. El viejo Chambol, amigo inseparable de Marenval, interrogó con una especie de inquietud al joven, cuya gravedad contrastaba tan fuertemente con la alegría de aquella comida. --¡Eh! señor de Tragomer, ¿qué le pasa á usted? ¿Es que ese charlatán de Maugirón le ha impresionado con sus paradojas? ¿Ó es que la declaración de nuestra gentil Lorenza le parece á V. un cataclismo social? Muy silencioso está usted y muy triste para ser un hombre á quien se han puesto debajo de la nariz las más hermosas muestras de una bodega sin rival y ante los ojos los más bonitos hombros de París. Tragomer levantó la frente y una sonrisa iluminó su semblante. --Lorenza es encantadora, pero si aceptase su proposición, no me perdonaría el haberla hecho dejar á Maugirón y éste me guardaría rencor por habérsela quitado. No arriesgaré, pues, esta doble pérdida. Si me habéis visto un momento pensativo es que reflexionaba sobre lo que acaba de decir nuestro amigo y que bajo los excesos de elocuencia á que se ha entregado creo que hay un fondo de verdad... --¡Ah! exclamó triunfalmente Maugirón. ¿Lo veis? Tragomer, noble bretón cuya sinceridad está fuera de duda, puesto que no quiere engañarme con mi... amiga que se le ofrece sin ambages, comparte conmigo la opinión que yo he tenido el honor de desarrollar ante esta honrada concurrencia... Habla, Tragomer; tú debes tener argumentos para estos mogigatos que me chillaban hace un momento y ahora te escuchan con la boca abierta porque tomas esos aires tenebrosos que les hacen esperar revelaciones sensacionales. ¡Anda, amigo mío, rompe los diques de tu elocuencia, convéncelos, aplástalos, á Marenval sobre todo, que ha estado innoble conmigo, interrumpiéndome continuamente, como si estuviese yo elogiando alguna falsificación de su fécula, que es, dicho sea de paso, la más sospechosa porquería que se ha fabricado nunca en los dos hemisferios! --¡Adiós! ya se disparó... exclamó Marenval con desesperación. ¿Quién detiene ese molino de palabras? --¡Cállate! gritó el coro de convidados. --¡Tragomer! ¡Tragomer! Y los cuchillos golpeaban los vasos en cadencia, con un ruido ensordecedor. El joven Maugirón hizo un signo con la mano para reclamar silencio y con voz aflautada dijo: --El señor vizconde Cristián de Tragomer tiene la palabra sobre el error judicial y sus fatales consecuencias. En seguida se volvió á sentar y un silencio profundo se produjo, como si todos los concurrentes sospechasen que Cristián tenía revelaciones importantes que hacer. --No ignoráis, dijo entonces Tragomer, que partí hace dos años para un viaje al rededor del mundo que me ha tenido alejado de París y de mis amigos hasta el otoño último. Durante esos veinticuatro meses he recorrido numerosos y variados países y paseado por ellos mi aburrimiento y mi tristeza. Tenía serias razones para dejar la Francia. Una gran pena había alterado mi vida. Un suceso misterioso, todavía inexplicable para mí, había producido la prisión, el procesamiento y la condena de mi compañero de la juventud, de Jacobo de Freneuse... --¡Sí! nos acordamos de aquel deplorable asunto, dijo Chambol, y aun creo que Marenval era algo pariente ó aliado de la familia de Freneuse y que este pobre amigo estuvo muy afectado por el escándalo horrible que produjo el proceso. --No es divertido, ciertamente, dijo Marieta de Fontenoy, para un hombre como Marenval, que es la corrección y la elegancia mismas, el ver á uno de sus parientes en el banquillo de los acusados. Marenval dirigió á la hermosa muchacha una sonrisa de agradecimiento y, tomando una actitud solemne, declaró: --Aquello me podía hacer un daño inmenso ante el mundo, en el que acababa de entrar y al que había conquistado, me atrevo á decirlo, por el lujo de mi casa, por la esplendidez de mis fiestas y por mis escogidas relaciones. No hacía falta más para hundirme por completo. Yo era ya un industrial enriquecido en los artículos alimenticios, variedad social difícil de imponer en los círculos y de implantar en la buena sociedad, y tenía que pasar de repente á la situación de pariente de un condenado á muerte... ¡La cosa no era halagüeña! --Bien puedes decir, amigo mío, afirmó Lorenza Margillier, que para ser un _snob_, tuviste una entrada que no fué ordinaria... --Yo no soy un _snob_, dijo vivamente y en tono de protesta Marenval. Solamente, me gusta la distinción en todo. Toda mi vida ha transcurrido en el trato de gente nauseabunda y ya estoy harto. ¡No quiero ya ver más que personas correctas! --¡Te dejarías azotar por tutear á un duque! --Tienes razón, Marenval; debemos fijar siempre nuestra vista en las alturas. --¡Y buscar á los que nos desprecian! --En todo caso, corrí gran riesgo de ser despreciado á causa de ese maldito asunto! replicó Marenval con aire ofendido. Así, podéis creer que la cosa me hizo brotar canas... --¿Dónde las tienes? --¿Te las tiñes? --¡Para no exponerlas á enrojecer! --Pero, eso sí, cumplí mi deber con la familia de Freneuse, pues me puse á la disposición de la madre del desgraciado y culpable Jacobo. --¿Culpable? interrumpió bruscamente Tragomer. ¿Está usted seguro? Á esta pregunta, tan directamente formulada, se produjo un efecto de estupor. --He participado, por desgracia, de la convicción de los magistrados, del jurado y de la opinión pública, dijo Marenval, pues, en realidad, era imposible dudar. El mismo acusado, en medio de sus protestas, de su exasperación, no encontró ni un argumento, ni un hecho que citar en su defensa. Ni una declaración le fué favorable, y en cambio hubo en contra suya veinte de las más abrumadoras. ¡Oh! Se puede decir que todo contribuyó á perderle, su misma imprudencia, su conducta anterior, todo, en fin. Me duele en el alma hablar así, pero me obliga á ello el convencimiento. No creo, no puedo creer en la inocencia de ese desgraciado, á menos de ser un insensato. Es imposible dudar que mató á su querida, la encantadora Lea Peralli. --¿Para robarla? añadió irónicamente Tragomer. --Él mismo había empeñado, el día anterior, en el Monte de Piedad, todas las alhajas de la víctima. --Entonces, ¿por qué matarla, pues que ella misma le había dado todo cuanto tenía? --Las papeletas valían, lo menos veinte mil francos... Jacobo debía una suma igual á la caja del círculo. La deuda fué pagada en el momento preciso, las papeletas fueron presentadas el mismo día y las alhajas desempeñadas... Lea Peralli vivía aún en ese momento; murió aquella misma noche... ¡Ah! Ese maldito asunto está muy presento en mi espíritu. --Sí, todo lo que acaba usted de contar es exacto, repuso Tragomer; el pobre Jacobo desempeñó las joyas, pero negó siempre haber vendido las papeletas. Pretendía que el verdadero asesino las había robado y desempeñado las alhajas antes de que el crimen fuese conocido. Pues bien, si Jacobo no hubiera cometido el crimen por el cual fué condenado, ¿qué diríais? Esta vez el bello Cristián no pudo dudar de que se había apoderado de su auditorio. Todos se callaron y sus ojos fijos en él con apasionado ardor, sus actitudes violentadas por una intensa curiosidad, indicaban el interés que había sabido excitar en todos los espíritus. --¿Y entonces? preguntó, por fin, Marieta. --Entonces, dijo lentamente Tragomer, creo que se ha cometido en este asunto un error judicial y que nuestro amigo Maugirón hablaba hace un momento con mucha razón. --Yo he conocido mucho á Lea Peralli, dijo Lorenza Margillier. Era una muchacha muy agradable y que cantaba deliciosamente. Los demás perdieron la paciencia y, no pudiendo contentarse con tan poco, exclamaron: --¡La historia! ¡La historia! ¡En esto hay una historia! --Sí, por cierto, respondió tranquilamente Tragomer; pero no esperéis que os la cuente. --¿Por qué no? --Porque sé que tengo que habérmelas con las diez lenguas mejor cortadas de París, y no quiero que mi secreto... --¿Hay un secreto? --Que mi secreto corra mañana por las calles, por los salones y por los periódicos. --¡Oh! Aquello fué un grito de reprobacción general y el mismo Maugirón abandonó el partido de Cristián y se pasó al enemigo, gritando más fuerte que todos. --¡Abajo Tragomer! ¡Fuera Tragomer! Pero el noble bretón les miraba con sus hermosos y tranquilos ojos, y escuchaba impasible sus maldiciones, el codo sobre la mesa y la barba apoyada en la mano. Dejó que se exhalase el descontento general y dijo con voz sosegada: --Si el señor Marenval quiere escucharme, voy á contarle lo que sé. --¿Y por qué á él y no á nosotros? --Porque él está unido á la familia de Freneuse y porque, como él decía hace un instante, esos sucesos le han hecho sufrir grandemente. Es, pues, equitativo darle hoy ocasión de sacar algún provecho... --¿Y cómo? --Eso es lo que me propongo explicarle dentro de un momento... --¡Muy bien! ¡Nos pone en la puerta, por añadidura! --Maugirón, te perdono; has encontrado la horma de tu zapato. Tragomer es todavía más fastidioso que tú. --¡Como! ¿No dejáis quedarse ni á Chambol, el indispensable Chambol? --Son las once, dijo Tragomer, y la ópera reclama á Chambol: hoy hacen _Coppelia_. Si no va por allí, ¿qué dirán las bailarinas? --¿Veis, amigos? Nos esforzamos por ser buenos y no se nos hace quedar... --¡No! Marenval; excusas insistir para que nos quedemos... --¡Es inútil que nos supliques; somos inflexibles Nos vamos, Marenval, nos vamos. --Entonces, no hagáis el tonto, dijo Marenval con solemnidad. Las circunstancias, como veis, son graves. Dejadme amablemente con Tragomer. Y en recompensa... --¡Ah! ¡ah! Un regalo! exclamaron las damas. --¡Bueno! sí, un regalo, dijo Marenval. Mañana, en todo el día, recibiréis un recuerdo mío. Las mujeres batieron palmas. La generosidad de Cipriano era conocida: el recuerdo sería de valor. Maugirón entonó, con la música de la marcha del Profeta: --¡Marenval! ¡Honor á Marenval! Y todos entonaron en coro el himno solemne hasta que el héroe de aquel homenaje les interrumpió diciendo: --¡Silencio! Vais á hacer venir los comisarios del círculo. Sed razonables y marchaos con orden. Un beso y buenas noches. Todas aquellas bonitas caras se aproximaron á los labios glotones de Marenval y se rozaron con su rudo bigote. Se cruzaron unos cuantos apretones de manos y la alegre cuadrilla pasó al salón inmediato para vestirse. Marenval cerró la puerta, y una vez solo con Tragomer, se sentó de nuevo, encendió un cigarro y dijo al joven: --Ahora, podemos hablar. --Bien sabe usted, querido amigo, los lazos de cariño que me unían desde la niñez á Jacobo de Freneuse. Hemos sido compañeros de colegio y servido juntos en el regimiento. Nuestra existencia ha sido, por decirlo así, común. He participado de todas sus locuras juveniles. No hemos sido ciertamente muy moderados en nuestros placeres y con frecuencia hemos dado lugar á críticas, pero estábamos llenos de ardor y de fuerza y merecíamos un poco de indulgencia. --Usted sí, amigo mío, usted, que siempre ha conservado, aun en los excesos, una corrección perfecta; pero Jacobo... --Sí, bien sé; Jacobo pasaba los límites y no sabía detenerse á tiempo. Era un exagerado y así en los goces como en las penas iba hasta el último extremo... Le he visto llorar arrepentido en los brazos de su madre, como un niño, después de alguna calaverada gorda, lo que no le impedía repetirla el día siguiente. Lo peor del caso era que la fortuna de su familia no permitía las prodigalidades á que él se entregaba, por lo que, disipada la herencia de su padre, mi desgraciado amigo tuvo que estar á cargo de su madre y de su hermana. --¡Ah! querido amigo, ahí es donde yo dejé de comprenderle y me hice severo para él. Mientras no hizo más que derrochar su capital, le juzgué imprudente, sabiendo que era incapaz de bastarse á sí mismo, pero no le vituperé. Cada cual tiene derecho de hacer lo que quiere de su dinero. Uno atesora y otro malgasta; cuestión de gusto. Pero imponer sacrificios á los parientes, estar á cargo de dos pobres señoras para ir después á correrla con mujeres perdidas, creo que merece todas las severidades. --No es usted el único que piensa de ese modo; todos los consejos que le dí entonces estuvieron conformes con los principios que usted sustenta muy justamente. Pero Jacobo, arrebatado por la fuerza de las pasiones, no tuvo en cuenta mis advertencias. Me respondía que á mi me era fácil la moral, porque la basaba sobre cien mil libras de renta; que los ricos tenían gran facilidad en predicar la virtud á los que están sin un céntimo y que, ciertamente, si él pudiera no contraer deudas, sería el hombre más feliz del mundo. Y las contraía, lo sé por experiencia. Si le hubiera dejado hacer, hubiera dado al traste con mi caja, pero, aunque le quería tiernamente, tuve que calmar su afición desmedida á pedirme prestado, porque vi que muy pronto me pondría en apuro, sin salir de ellos él mismo. Por otra parte, la señora de Freneuse me suplicó que no fomentase con mi dinero los desórdenes de Jacobo. La pobre señora creía que se detiene un caballo desbocado tirándole de las riendas, como si toda presión y toda resistencia no sirviesen, por el contrario, para exasperar su locura. --¿No existió en aquel momento un proyecto de enlace entre la señorita de Freneuse y usted? Tragomer palideció y su cara tomó una expresión dura y dolorosa. Sus ojos se hundieron bajo las cejas y su color azul se ensombreció como un lago sobre el cual pasa una negra nube. Bajó la voz y dijo: --Me recuerda usted uno de los momentos más dolorosos de mi vida. Sí, yo amaba y amo aún á María de Freneuse. Iba á casarme con ella cuando ocurrió la catástrofe... Parece que estoy viendo á la madre de Jacobo cuando llegó á mi casa una mañana, medio loca de dolor y de espanto, se dejó caer en un sofá, pues no podía tenerse en pie, y me dijo sollozando: acaban de prender á Jacobo... en casa... hace un momento... --¿Se acababa de descubrir la muerte de Lea Peralli? --Sí, se acababa de encontrar en el cuarto de Lea una mujer muerta de un tiro de revólver y con la cara enteramente desfigurada por la herida... --¡Una mujer! repitió Marenval, muy extrañado de la forma de la frase y del tono en que Tragomer la había dicho. ¿Acaso duda usted que la muerta fuese Lea Peralli? --Lo dudo. --Pero, amigo mío, replicó Marenval con viveza, ¿por qué no ha dicho usted eso más pronto? ¿Al cabo de un año viene usted á aventurar una opinión tan extraordinaria? ¿Quién le ha impedido á usted hablar en el momento del proceso? --En aquella época no tenía las mismas razones que hoy para dudar. --Pero, ¿cuáles son esas razones? ¡Diablo! ¡Me hace usted saltar con su sangre fría! Cuenta usted cosas que le hacen á uno caerse de espaldas, con el tono de un caballero que está leyendo los carteles de los teatros... ¿Por qué cree usted que Jacobo de Freneuse no ha matado á Lea Peralli? --Pues, sencillamente, porque Lea Peralli está viva. Esta vez Marenval se quedó aturdido. Abrió la boca, pero no acertó á articular ningún sonido; sus ojos se abrieron desmesuradamente y toda su emoción se tradujo en un movimiento de cabeza y un chasquido de manos, aplicadas con fuerza al borde de la mesa. Pero Tragomer no le dió tiempo para reponerse y añadió en seguida: --Lea Peralli está viva. La he encontrado en San Francisco, hace tres meses, y justamente porque tuve el convencimiento de que la tenía delante, di por terminado mi viaje y he vuelto á Francia. El entusiasmo que este relato produjo en Marenval fué más fuerte que su escepticismo. Se levantó, dió la vuelta al comedor y dijo con voz entrecortada: --¡Increíble! ¡Asombroso! Este Tragomer... Ahora comprendo por qué ha hecho marcharse á los demás... ¡Vaya un escándalo que hubieran armado! ¡Este sí que es asunto! Cristián, con mucha calma, le dejaba agitarse y hacer exclamaciones de asombro y esperaba que su interlocutor volviese á él, atraído por su violenta curiosidad. No le miraba; su vista parecía seguir una visión lejana mientras una triste sonrisa se dibujaba en sus labios. Después de un instante de silencio, dijo lentamente: --Cuando pienso que Jacobo está rodeado de bandidos, encerrado en un presidio por un crimen que no ha cometido, se apodera de mí una profunda tristeza. No hay destino más espantoso que el de un desgraciado que oye afirmar violentamente su culpabilidad, que oye probarla, á quien se arroja en un calabozo y se pone en incomunicación, y que al oirse insultar en el despacho del juez de instrucción y en el banquillo, sufre en público la agonía moral y física del más atroz martirio y repite á los demás y á si mismo hasta volverse loco: ¡Soy inocente! Sus protestas son acogidas con voces y sarcasmos. Los jueces se dicen: ¡qué monstruo! Los jurados piensan: ¡vaya un malvado endurecido! Los periodistas hacen á su costa frases ingeniosas y el público entero se deja llevar por ellos. He aquí un hombre cuya suerte está decidida sin apelación posible. La sociedad, por medio de sus jueces, le ha puesto el estigma de asesino y es preciso que lo sea para siempre. No tratéis de discutir; la ley está ahí y detrás de ella los jueces, que nunca se engañan, pues, como se ha dicho aquí hace un momento, el error judicial no existe, es una impostura inventada por los periodistas. Si de vez en cuando se rehabilita algún condenado, cuya inocencia ha logrado salir á luz, casi siempre después de muerto el víctima, ha sido que una facción poderosa ha logrado arrancar á la justicia infalible la confesión de su error. Y aun entonces se retracta de mala gana. Si, por una gran casualidad, el sentenciado vive todavía, la fuerza pública, en vez de darle solemnemente todo género de excusas, en vez de reparar el daño moral y material que ha sufrido aquel hombre, confiándole un puesto honroso y lucrativo, le declara á regañadientes que está libre y le pone en la calle diciéndole, poco más ó menos: "Anda, buen mozo, y que no te dejes pescar otra vez..." ¡Oh, justicia! ¡Hermosa justicia! ¡Bien pagada, muy condecorada y grandemente honrada justicia! ¡Yo te admiro! Al decir esto Cristián prorrumpió en una carcajada. Ya no era el frío y tranquilo Tragomer, del que se burlaban amablemente las muchachas por encontrarle demasiado reservado. La sangre asomaba á su tez y sus ojos brillaban. Se volvió hacia Marenval, que no acertaba á decir palabra, y continuó: --Hace dos años que Jacobo está agonizando bajo el peso abrumador de una condena no merecida. Su madre está en duelo y su hermana, desesperada, quiere hacerse religiosa. Y todo porque un bribón desconocido ha cometido un crimen y con extremada habilidad ha sabido atribuírselo á ese infeliz, quien por su parte no parece sino que lo había preparado todo de antemano, á fuerza de desorden, de imprudencia y de locura, para que se le supusiese culpable y para que le fuese imposible probar que no lo era. Marenval empezaba á estar inquieto. Los comentarios de Cristián sobre la pretendida infalibilidad de los jueces habían enfriado su entusiasmo. Encontraba que el interés del relato había languidecido y con todo el rigor de un crítico que reclama un corte en el diálogo, dijo: --Nos estamos extraviando, Tragomer: volvamos á Lea Peralli. Me ha dicho usted que la encontró. Pero, dónde, en qué circunstancias... Eso es lo que yo quiero saber. Ahí está el nudo de la intriga. Dejemos lo demás para otra ocasión y hábleme usted de Lea Peralli. Estaba usted en San Francisco y se encontró con ella. ¿Dónde? ¿Cómo? --De un modo tan sencillo como inesperado. Había yo llegado el día anterior con Raleigh-Stirling, el famoso _sportman_ escocés, que se dedica á la pesca del salmón y al que había encontrado en el lago salado capturando monstruos. Se vino conmigo, dispuesto á seguir su pesca en Sacramento, y yo me entretuve en cazar en el Canadá, donde maté algunos bisontes. Hacía, pues, algunas semanas que ambos vivíamos en el desierto y fué para nosotros un cambio agradable el encontrarnos en medio de la animación civilizada de una ciudad, entre compañeros amables. Precisamente, el banquero más rico de la ciudad, Sam Poetor, era pariente de mi compañero de camino, y en cuanto supo nuestra llegada, nos envió á buscar en su coche, hizo recoger nuestros equipajes en el hotel y de grado ó por fuerza nos instaló en su casa. Era el tal un solterón de cincuenta años, y rico como lo son los de aquel país, vivía como un príncipe sin privarse de ningún placer. El primer día, después de una comida excelente, nos dijo: "Esta noche hay ópera: se canta Otello, por Jenny Hawkins, que hace de Desdémona, y el gran tenor italiano Novelli, en el personaje del moro. Iremos, si queréis, á oirlos en mi palco. Si os aburrís, volveremos á casa ó nos iremos al círculo Californiense; como queráis." Á las diez entrábamos en el proscenio de Pector y nos encontramos un público entusiasmado con los cantantes, que realmente tenían talento, pero que estaban secundados por detestables artistas que convertían la representación, fuera de las escenas de los protagonistas, en un verdadero escándalo musical. Jenny Hawkins no estaba en escena ni apareció hasta el final del acto. Al verla, experimenté la impresión muy clara de conocer á la mujer que acababa de presentarse ante mí. Era una morena de facciones acentuadas, ojos atrevidos y aventajada estatura. Se adelantó hacia el proscenio y empezó á cantar. En el mismo instante, como si la memoria me acudiese repentinamente, me di cuenta del parecido que me había chocado. Jenny Hawkins era el vivo retrato de Lea Peralli, pero una Lea tan morena como rubia era la otra, más alta y más gruesa. La impresión que experimenté fué sumamente penosa. Me volví á mirar hacia el público para no ver aquel fantasma que allá, en el fin del mundo, venía á recordarme precisamente las dolorosas circunstancias que me habían hecho expatriarme. Pero si no la veía, oía su voz, que cantaba la hermosa melodía de la plegaria. Con mucha frecuencia había oído cantar á Lea cuando iba á su casa con Jacobo, pero no reconocía su voz. Era la misma y no lo era, así como la cara de Jenny era la de Lea y sin embargo se diferenciaba de ella en ciertos detalles. Y después, ¿cómo había de ser aquella cantante Lea Peralli, que había muerto en la calle Marbeuf dos años antes y cuya muerte expiaba Jacobo en la Numea? ¡Locura! ¡Ilusión! Encuentro fortuito que no podía tener ninguna consecuencia. Sensación que duraría el espacio de una velada y que se desvanecería en cuanto cayese el telón. ¡Ay! La terrible realidad que aquel parecido evocaba en mí se grabaría en mi alma más irrevocable que nunca. Pensaba yo todo esto mientras oía cantar á la artista y, sin embargo, la emoción que había sentido al verla aparecer en escena había sido tan viva, que quise comprobarla por un nuevo examen. Me volví y miré á aquella mujer. Estaba arrodillada en un reclinatorio, con la hermosa cabeza apoyada en las manos cruzadas y con los ojos fijos en el cielo como para implorarle. Me estremecí. Por segunda vez y con mucho mayor intensidad que la primera, tuve la sensación de que Lea Peralli estaba delante de mí. Una noche, en que Jacobo la había maltratado, después de una de sus violentas y frecuentes querellas, la vi arrodillarse así delante del sillón en que su amante estaba recostado. En aquel momento me parecía verla con los codos en los brazos del sillón y la mejilla apoyada en las manos cruzadas, dirigiendo á Jacobo una sonrisa tierna y suplicante. Era la misma fisonomía, la misma actitud, la misma mirada, la misma sonrisa. ¿Era posible que existiera tal semejanza, no ya tan sólo física, sino moral? Aquella prueba afirmó mi creencia más de lo que yo deseaba y una turbación extraordinaria se apoderó de mí. Me incliné hacia el banquero y le pregunté: --¿Conoce usted á esta Jenny Hawkins? --Ciertamente. Es la tercera vez que viene á cantar en San Francisco y siempre ha tenido mucho éxito. --¿Ha hablado usted con ella? --Más de diez veces. He cenado con ella cuando era querida de mi amigo John-Lewis Day, el gran tratante en oro del Sacramento. Es una muchacha muy amable. --¿Qué edad cree usted que tendrá? --Podrá tener, acaso, unos veinticinco años. Parece de más edad en la calle que en la escena, porque allí no está pintada, y además la existencia de artista en expedición aja mucho la belleza de una mujer. Es muy agradable. En este momento no tiene á nadie; si le gusta á usted, le presentaré. El pensamiento de encontrarme en presencia de aquella mujer hizo latir violentamente mi corazón y debí palidecer, porque Pector se echó á reir y me dijo: --¡Diablo! ¿Tan impresionable es usted, querido? ¿Ó es que está usted bajo el imperio de la abstinencia? La verdad es que la hospitalidad de las indias de los lagos no es muy halagüeña, ¿verdad? La bulliciosa alegría del americano me dió tiempo para reponerme y continué mi interrogatorio. --Jenny Hawkins ¿habla el inglés sin acento extranjero? --Le habla con mucha pureza, pero usted sabe que en América, como en Francia, tenemos diversas pronunciaciones, según las provincias. No me sorprendería que Jenny fuese canadiense. Hay un ligero matiz francés en su manera de acentuar ciertas palabras. --Habla asombrosamente el italiano... --¡Oh! Ha tenido forzosamente que aprenderlo en interés de su carrera. Todas las compañías que pasan por aquí cantan en italiano ó en alemán... --¿Es de carácter alegre? --No; mas bien melancólico. --¿Y el cabello que enseña en su papel es suyo ó es una peluca? ¿Es realmente morena? --¡Qué cosas tiene usted! ¿Qué puede importar eso? ¿No lo gustan á usted las mujeres si no son de un color determinado? Con los tintes no se puede hoy saber si una cabellera es natural. ¿Quiere usted saber mi opinión? Pues creo que Jenny es naturalmente morena, pero que debe haberse pintado de rubio en otro tiempo... --¡Rubia! exclamó muy turbado. ¡Tiene un ligero acento francés y se ha teñido de rubio! --¡Vamos! querido, ya verá usted cómo todo le sale á pedir de boca: Jenny resultará, de fijo, una verdadera morena y una falsa americana... Pero baja el telón. Vamos al escenario, si usted quiere; hablaremos con la _prima donna_ y la invitaremos á cenar. --Otro detalle, dije. ¿Cuánto tiempo hace que Jenny viene á América? --Seguramente, hace tres años. --¡Tres años! ¿Y con el nombre de Hawkins?--¡Claro está! Todas mis combinaciones caían por tierra ante aquella afirmación de que la cantante era conocida en san Francisco hacía tres años y con el nombre que llevaba actualmente, ¿Cómo podía haber sido Lea Peralli en París y Jenny Hawkins en América, al mismo tiempo? Lea había pasado un año entero ante mí, hacía dos solamente, en aquel cuarto de la calle Marbeuf donde una mañana se la encontró muerta. Esa doble presencia era inadmisible. La identidad de la americana estaba establecida con claridad y, sin embargo, era la viva imagen de la desgraciada cuya muerte expiaba Jacobo. Una fuerza más poderosa que el razonamiento, que la verosimilitud y que la cordura me oprimía el pensamiento y me repetía á pesar de todo: "Es Lea Peralli". Salimos del palco y atravesamos el pasillo del vasto teatro. Con una llave que sacó del bolsillo abrió Pector la puerta de comunicación y pasamos desde la luz de las lámparas eléctricas á las tinieblas de los bastidores. Seguí á mi guía, que evolucionaba entre los trastos, los accesorios y las decoraciones con la seguridad de un antiguo abonado. Todo el mundo le saludaba al pasar y el director de la compañía se precipitó ante él como si fuese un soberano. Pregunté el porqué á Raleigh-Stirling y me respondió flemáticamente que su pariente era uno de los cuatro propietarios del teatro que ponían aquella magnífica sala á disposición de los empresarios, casi de balde, á fin de que ni sus conciudadanos ni ellos mismos careciesen de placeres artísticos. Desde aquel momento nos conducía el empresario en persona. Subimos un piso, seguimos el corredor de los cuartos de los artistas y nos detuvimos ante una puerta á la que nuestro guía llamó discretamente, diciendo: --¿Se puede, mi querida miss Hawkins? --¿Quién está con usted? preguntó desde el interior una voz que no era la de la cantante. --El señor Pector y dos amigos suyos. --Que pasen. La puerta se abrió y la doncella nos recibió en un saloncillo que precedía al cuarto de vestirse de Jenny. Por la puerta entreabierta venía hasta nosotros una viva luz, un olor de agua de tocador y un susurro de palabras. De pronto se oyó una vocalización; era que la cantante ensayaba, sin cuidarse de nuestra presencia, mientras cambiaba de traje. La doncella entró á reunirse con su señora y nosotros nos quedamos solos en el saloncillo. Pector y Raleigh se sentaron al lado de la chimenea, mientras yo, invenciblemente atraído por aquella puerta entreabierta, avanzaba á pasos ligeros, la cabeza inclinada, aprestando el oído y escuchando los más vagos rumores. Me apoyé en la pared de modo que era posible verme desde dentro por la rendija de la puerta. De pronto oí cerca de mí una exclamación comprimida y esta palabra dicha en francés y en voz baja: "¡Cuidado!" y en seguida mi nombre "¡Tragomer!" En el momento se cerró la puerta y todo quedó en silencio. Sin embargo, yo no había soñado; esta vez estaba seguro de haber oído, y la palabra "cuidado" precediendo á mi nombre había sido pronunciada por una voz masculina. Todo este asunto se presentaba en tales condiciones de misterio que se apoderó de mí una impaciencia febril y sin cuidarme de lo que pudieran pensar mis compañeros, di un paso para abrir aquella puerta que de modo tan singular acababa de cerrarse y penetrar en el cuarto tocador, cuando la puerta se abrió y dió paso á Jenny Hawkins. La artista se adelantó sonriente y con mirada segura. Sus ojos se fijaron en mí antes que en los demás y no vi que se turbaran. Sus labios expresaban un gracioso descuido y me hizo un signo amistoso con la cabeza, con esa acogida fácil que caracteriza á los artistas, acostumbrados á recibir los homenajes de los desconocidos, como príncipes en medio de la multitud. Pector salió á su encuentro y nos presentó, á su primo y á mí. Al oir mi nombre la cantante inclinó la cabeza con un ligero matiz de extrañeza y de interés, y dijo alegremente á Pector: --¡Ah! Un noble francés... ¡En América! Es raro... ¿El señor habla inglés? --Sí, señora, dije sin esperar más; lo hablo bastante mal para expresarme, pero bastante bien para adivinar á usted. De propósito recalqué la palabra "adivinar", pero la cantante no pareció comprender el alcance amenazador que había yo dado á mi respuesta. Sonrió y me ofreció la mano diciendo: --Tengo mucho gusto, caballero, en conocer á usted. Debo confesar que en aquel minuto decisivo no había en Jenny Hawkins más que muy poca cosa de Lea Peralli. Como en esos retratos borrados por el tiempo en los que no se distingue más que las facciones debilitadas del modelo, el parecido se atenuaba y la muerta desaparecía empujada por la viva. En vano buscaba ya los detalles que hubieran podido recordarme á Lea Peralli. La actitud de la mujer que tenía delante no era la misma que la de la infeliz asesinada. La sencilla alegría, el aire risueño y las actitudes infantiles que caracterizaban á la italiana, estaban reemplazadas en la inglesa por la fría altivez, la grave seguridad y la firme actitud de una artista segura del público y de sí misma. --No puedo reteneros mucho tiempo conmigo, á pesar del placer que en ello tendría, dijo Jenny; tengo que bajar á escena para el último acto. ¿Cómo han encontrado ustedes á Novelli? ¡Qué bien ha cantado! ¡Es un gran artista! --Su éxito no puede compararse más que con el de usted, dije, pero yo atribuyo en él al compositor más parte que la generalidad. --Sí, respondió Jenny inclinando ligeramente la cabeza. Este papel no es el mejor de mi repertorio. Si viene usted á oirme la _Traviata_, le gustaré más. --No lo creo, dije con atrevimiento. Me sería muy penoso ver á usted morir en escena. La cantante levantó la cabeza, fijó su mirada en la mía y dijo: --¿Por qué? --Porque esa muerte me traería punzantes recuerdos. Jenny se echó á reír. --¡Ah! Es usted impresionable y sentimental, como buen francés... ¿Qué tiene de común la música de Verdi con esas impresiones pasadas? --Se lo explicaré á usted, si así lo desea... --No tengo tiempo, y es lástima. --Pues bien, amiga mía, dijo Pector; ¿quiere usted cenar con nosotros esta noche, después de la ópera? --Lo agradezco mucho, pero estoy muy cansada y necesito cuidarme la voz. --Entonces, pregunté, ¿me permite usted verla en su casa mañana? --Con mucho gusto. Vivo en el hotel de los Extranjeros, plaza de la Villa. Después de las cuatro, si á usted le parece. Tomaremos una taza de té y hablaremos. Me incliné sin responder, y Jenny nos estrechó la mano á mis compañeros y á mí, nos acompañó hasta el corredor y volvió á su cuarto, cuya puerta cerró cuidadosamente. Fuera ya de la presencia de aquella mujer, recobré la facultad de analizar, de discutir y de comprender. Si no hubiera oído pronunciar mi nombre por aquella voz masculina que salía del cuarto tocador, acaso hubiese renunciado á establecer entre Lea Peralli y la cantante una relación que se hacía más vaga á medida que yo precisaba mis observaciones. Pero había oído aquellas palabras. ¿Quién era aquel hombre que me conocía y que advertía á Jenny que tuviese cuidado cuando yo apareciese? La identidad de las dos mujeres, debilitada por las diferencias de aspecto y de expresión que había observado, así como por las imposibilidades materiales de tiempo, de condición y de nacionalidad que se deducían de las noticias de Pector, se encontraba restablecida por la intervención de aquel desconocido que, evidentemente, me señalaba á Jenny como peligroso. Á este pensamiento acudían á mí todas mis angustias y me sentía poseído por una viva curiosidad. Poco me importaba ya la cantante; lo que yo deseaba era saber quién era su compañero, aquel francés que me conocía y cuya presencia debía, por sí sola, aclarar la situación. Llegados al palco, Pector me dijo: --¿Nos quedamos? --La verdad es, respondí, que me duele un poco la cabeza. Hace seis meses que no asisto á fiestas semejantes y todas las notas de la partitura me bullen en el cerebro. Creo que me vendría bien tomar el aire. --Entonces despediré el coche y volveremos á pie. Á poco tiempo salimos á la calle y nos pusimos á pasear por los inmensos barrios de la ciudad, fumándonos un exquisito cigarro. La casualidad nos llevó á la plaza en que está erigido el monumental edificio del Ayuntamiento. --¿Dónde está el hotel de los Extranjeros? pregunté. --Enfrente de nosotros; esa gran fachada iluminada. No es una casa de diez y siete pisos como las de Nueva York; aquí tenemos sitio abundante para edificar. ¿Quiere usted entrar? Hay un magnífico _restaurant_... Pector servía á maravilla mis designios con su manía americana de pasear por los sitios públicos y de entrar en todos los cafés á tomar un emparedado y un _cocktail_. Acababa yo de formar el proyecto de esperar á Jenny delante del hotel para sorprenderla con su compañero. Un presentimiento me decía que habría de volver con él y que allí, en un segundo, podría yo saber el secreto de aquella mujer. Porque, no era posible dudar; Jenny tenía un secreto. Seguí á mis compañeros al interior del hotel, me senté con ellos á una mesa llena de esos refrescos que abrasan el cuerpo, y pasado un rato llamé al mozo. --¿Á qué hora acaba el teatro? --Á eso de las doce. --Gracias. Pector me preguntó riendo: --¿Cómo es eso? ¿Quiere usted acechar á Jenny Hawkins? Parecía que el americano había leído en mi pensamiento. --En verdad, respondí, me gustaría ver cómo es en la calle después de haberla visto en la escena. Las mujeres pierden de tal modo cuando dejan el traje y la pintura... Así, si no vale la pena, suprimo mañana mi visita. --Créame usted; vale la pena. --¡Qué diablo! Voy á verlo. --Vaya usted, pues. Aquí le esperamos. Salí precipitadamente, aprovechando aquella libertad de acción conquistada con tanta suerte y que tanto deseaba. Ya no me faltaba más que obtener de la casualidad el favor de encontrar al paso á la cantante. El portero, á quien di un dollar, se encargó de darme noticias. --Milord, esa señora baja del coche en el zaguán, atraviesa el vestíbulo, sube por esa escalera y se mete en su habitación, que está en el primer piso... No tardará en llegar... Salí á la acera y me levanté el cuello del gabán. Hacía frío aquella noche, aunque estábamos en abril, y, fumando y paseando, me decidí á esperar. El piafar de los caballos y el ruido de las ruedas, me advirtieron á los pocos momentos que llegaba la diva. El portero se adelantó para ayudarla á bajar, se abrió la portezuela, y Jenny, cubierta de pieles, descendió ligera, enseñando una pierna admirable. Miró al rededor, me echó una mirada sin conocerme, pues escondí la cara en el cuello del gabán y arrojé una gran bocanada de humo, y dirigiéndose á una persona que estaba en el interior del coche, dijo en francés: --Vamos, amigo mío. Cuando el interpelado se disponía á bajar, me dirigí hacia él. En aquel momento me creí seguro de poseer la clave del misterio, pero el hombre, que sacó un poco la cabeza, me vió y se volvió á meter vivamente en el carruaje. No le oí más que esta palabra dicha en un tono breve y como de advertencia: --¡Jenny! Aquella voz era la misma que había oído en el teatro. La cantante, alarmada, se aproximó á la portezuela, se inclinó hacia el interior y dijo, volviéndose hacia el cochero: --Plaza del... Giró sobre sus talones, entró como un relámpago en el vestíbulo y desapareció. El coche dió la vuelta y partió rápidamente sin que me fuese posible ver al que le ocupaba. El portero se aproximó y me dijo. --Hermosa mujer, milord. El caballero no ha subido esta noche con ella... Si milord quiere escribirla, yo puedo entregar la carta. Dí otro dollar á aquel complaciente criado y volví á entrar en la sala donde Pector y Raleigh estaban saboreando sus licores nacionales. --Y bien ¿qué hay? preguntó el banquero. --Decididamente tenía usted razón. Vendré mañana. Nos fuimos á dormir, pero la mañana siguiente, á la hora del desayuno, entró Pector en el comedor con una carta en la mano. --Mi querido vizconde, me dijo, no tiene usted suerte en sus aventuras galantes. El director de la Ópera acaba de avisarme que la compañía italiana no hace función esta noche. La Hawkins cogió anoche frío y no puede cantar; pero como debe estar pasado mañana en Chicago, se va ahora mismo en el rápido. Adiós cita. Aquí tiene usted una carta que le han traído y en la que Jenny se excusa, sin duda. Abrí el sobre y en un cuadrado de bristol en una de cuyas esquinas se veía la cifra J.H., rodeada por el lema _Never more_, leí estas líneas: "Siento infinito privarme de su visita que me hubiera causado gran placer, pero los artistas no son siempre dueños de su voluntad. Parto para Chicago y Nueva York, donde permaneceré algunas semanas. Si los azares del viaje le llevan á usted por allí, celebraré que me conceda una compensación. Un amistoso apretón do manos. Jenny Hawkins". Me quedé pensativo. Mis dos compañeros se burlaron de lo que ellos llamaban mi sentimentalismo, pues no podían sospechar las graves preocupaciones y los punzantes cuidados que me producía aquella brusca partida. Después de los incidentes que se produjeron al ponerme en presencia de la cantante, su indisposición, fingida sin duda, y su empeño en huir de mí eran una confirmación de mis sospechas, casi una confesión. Reflexioné profundamente sobre aquella situación. Si Lea Peralli, por un encadenamiento de circunstancias inexplicables para mí, vivía, mientras Jacobo de Freneuse sufría una condena por haberla matado, era evidente que este misterio encubría una monstruosa iniquidad. Adopté, pues, la resolución irrevocable de esclarecer y reparar el mal causado á mi infeliz amigo. Pero no era en América, vasto continente por el que Jenny Hawkins andaba errante, donde yo podía seguir una pista, proceder á una averiguación y tratar de restablecer la verdad. Allí estaba solo, sin apoyo ni recursos, completamente desarmado. El crimen se había cometido en Francia; en Francia, pues, convenía intentar la revisión del proceso, y la precaución más elemental que era preciso adoptar era evitar todo contacto con Jenny y con su compañero desconocido. Convenía dejarles reponerse do su alarma y hacerles tomar confianza á fin de sorprenderles mejor cuando llegase el momento. Era, pues, preciso, ante todo, que no oyesen hablar más de mí. Tomada esta resolución, me atuve absolutamente á ella. Atravesé la América, me embarqué en Nueva Orleans y he llegado á París hace tres semanas. Durante este tiempo me he ocupado en reanudar mis relaciones, un tanto enfriadas por una ausencia de diez y ocho meses, y en buscar una ocasión de romper las hostilidades. Esa ocasión ha llegado esta noche. Á usted, amigo Marenval, á quien he contado mi aventura, le pregunto; con la gran fortuna que usted posee, con su afición á las cosas que no son comunes, con el atrevimiento que muestra al contrariar, cuando le parece oportuno, las ideas corrientes, ¿quiere usted colaborar conmigo para rehabilitar á un inocente y confundir á un culpable? La empresa no tendrá nada de vulgar y, desde luego, no está al alcance de cualquiera. Además, Jacobo es pariente de usted y si logramos nuestro objeto será para usted un verdadero triunfo, una página asombrosa en la historia de este tiempo, que se distingue por su escepticismo y su futilidad. Al terminar el siglo XIX, cuando nadie cree ya en nada, no puede menos de hacer brillante efecto un justiciero, un enderezador de entuertos. Marenval escuchó el relato de Tragomer con una atención apasionada, palpitando por sus episodios y estremeciéndose por sus peripecias. Pasado algún tiempo confesó que nunca se había sentido tan poseído y que una voz secreta le había murmurado al oído: ¡Marenval, ahí tienes un asunto asombroso, en el que puedes ser el héroe!... Cuando Cristián terminó, Marenval recobró el uso de la palabra y estalló como una caldera cuyas válvulas han estado demasiado comprimidas. --Pues bien, Tragomer, no siento el empleo de esta velada. ¡Oh! Acaba usted de infundirme calor, amigo mío! ¡Qué historia! Ha tenido usted un gran acierto en contármela, porque, en efecto, soy el hombre que usted necesita. Conmigo no se juega. Conozco los negocios y los hombres, y también las mujeres... ¡Oh! amigo Tragomer... ¡Cómo ha debido usted quemarse la sangre durante la travesía dando vueltas á toda esta aventura! Pero desde este momento, vamos á poner en juego todos los resortes y el asunto va á marchar... Cristián interrumpió á su impetuoso compañero. --Sobre todo, prudencia. Ni una palabra inoportuna. Usted no sospecha todas las dificultades en que podemos tropezar. --¡Cómo! ¿Dificultades? Todo el mundo nos va á ayudar, la justicia, los poderes públicos, el jefe del gobierno... En cuanto tengamos pruebas serias del error cometido, todos se apresurarán á repararlo. Lo único delicado que tiene el asunto es las averiguaciones. --Todo es delicado, dijo Tragomer. No cuente usted con el concurso de la justicia; su primer pensamiento será desconfiar y el segundo resistir á nuestros esfuerzos. Para nadie es agradable confesar que se ha equivocado y menos para la justicia, que, por profesión, no admite que pueda estar sujeta á error. Bien sabe usted cuánto tiempo, cuánto trabajo, cuánta voluntad y cuánta influencia han sido menester para lograr las escasas rehabilitaciones que ha consentido la magistratura, arrancadas casi todas por la política. No venda usted, pues, la piel del oso, puesto que aún no le hemos matado. Contamos con buenos elementos, la inmensa fortuna de usted, sus grandes relaciones, su tenacidad y su inteligencia. Y si usted me lo permite, añadiré mi valor y mi voluntad. --Sí, por cierto, querido Cristián, exclamó Marenval estrechando las manos del joven. Entre los dos realizaremos nuestro fin. Yo seré silencioso y circunspecto, lo prometo. No tendrá usted que llamarme al orden. --Está bien. Óigame aún durante un minuto. Tengo que dar á usted algunos datos complementarios. En primer lugar Jenny no está ya en América, sino en Inglaterra. --¡En Inglaterra! ¿Está cantando? --Está en Londres, en el _Princess-Theâtre._ Lo he leído estos días en los periódicos. Además, la casualidad me ha servido mejor que yo podía esperar y me ha proporcionado datos preciosos sobre el hombre misterioso que acompañaba á la cantante en San Francisco. --¿Le conoce usted? --Creo conocerle. La otra noche estaba yo jugando al _bridge_ con unos amigos, en el círculo, cuando, en la mesa inmediata, uno de los jugadores derribó la pantalla de su bujía al encender un cigarro y la prendió fuego. El que jugaba con él dijo entonces vivamente: ¡Cuidado! y yo me estremecí al oir esa palabra, pues reconocí la entonación y el acento del que la pronunció en el cuarto de Jenny Hawkins. Me volví prontamente y miré al que acababa de hablar. Él me vió volverme y también me miró. Nuestras miradas se cruzaron, investigadoras, y en la suya leí claramente este pensamiento: este hombre me ha reconocido. Fingió una sonrisa y dijo alegremente: --No quememos el material, ¿verdad Tragomer? --Y ese hombre, ese socio del círculo, que trataba á usted tan familiarmente... ¿quién era? Tragomer se puso sombrío; la animación de su semblante dejó plaza á una intensa palidez y dijo, bajando la cabeza: --Era el conde Juan de Sorege, el amigo intimo, el compañero de locuras de Jacobo de Freneuse cuando éste era libre y dichoso... Marenval expresó el más completo asombro; su fisonomía tomó un aspecto de desolación. --He aquí, dijo, el último nombre que yo esperaba. Todo resulta oscuro é inexplicable. ¿Cómo sospechar que Juan de Sorege ha cometido el crimen? ¿Para qué? ¿Con qué pretexto? Si á alguien es imposible acusar es á él. Estamos detenidos en los primeros pasos. --No se desanime usted tan pronto, replicó gravemente Cristián. Nada es imposible ni inverosímil. Tropezamos con la personalidad de Sorege y con su cualidad de amigo de Jacobo. No comprendemos qué interés ha podido tener en perder á ese inocente, pero no dude usted que daremos con los móviles que le impulsaron. Porque es él, ¿entiende usted?, es él quien estaba en San Francisco, él el culpable. Me costará trabajo probarlo, pero lo probaré de un modo irrefutable. Para establecer la culpabilidad de un acusado hacen falta presunciones numerosas y evidentes, y aquí no sólo tenemos que perseguir á un criminal, sino rehabilitar un inocente. Es, pues, preciso tener tres veces más certidumbre que en un asunto ordinario y eso es, precisamente, lo que debe animarnos. Cuanto más difícil es la misión que uno se impone, más brillante es el éxito. ¿Está usted pronto á ayudarme? --Sí y á pesar de todo, dijo Marenval con energía. El bretón miró á su compañero con firmeza. --Está bien; es usted el hombre que yo esperaba. Venceremos. Miró el reloj y añadió: --Es la una de la madrugada; bastante hemos hablado por hoy. ¿Nuestro pacto de alianza está firmado? --Empeño mi palabra. Si hay que hacer gastos, yo me encargo de ellos. Si se presentan peligros... --Son de mi cuenta... --Poco á poco, protestó Marenval. No me ha comprendido usted. Los peligros á medias. Quiero arriesgarlo todo con usted, como un hermano. --¡Muy bien! Así será. Se estrecharon la mano y entraron en el círculo por una puerta interior. II Hay en París casas que inspiran tristeza y otras que infunden alegría. En las fachadas se lee la desdicha ó la felicidad como en la fisonomía de los seres vivos. Existen casas que atraen y casas que repelen: en las unas parece que los habitantes deben estar colmados por todos los favores del cielo; en las otras podría creerse que han de caer todos los males de la humanidad sobre los que allí se alberguen. Entre todas esas casas silenciosas y negras, hechas para el duelo, la tristeza y la mala suerte, ninguna más lúgubre que la situada en la calle de _Petits-Champs,_ número 47 duplicado, ante la cual se detuvo muy temprano, el primer día de Pascua de Navidad, el coche de Cipriano Marenval. El visitante dijo con aire de importancia al cochero: --Pedro, pasee usted el caballo, al paso, durante un cuarto de hora; tiene mucho calor... Yo estaré aquí un rato y hay una corriente de aire atroz en esta calle. Marenval se subió el cuello de su gabán de pieles, alzó los ojos hacia la puerta que se abría delante de él y, ya mal humorado sin más que haber mirado aquel pasaje poco atrayente, entró resueltamente en el patio. En el fondo había un edificio de aspecto monacal, fachada ennegrecida por el tiempo y ventanas cubiertas con persianas, como ojos cerrados, y al que se subía por una escalera de cuatros escalones verdosos á causa de las lluvias. Marenval llamó y un timbre resonó en la casa turbando el silencio con un ruido sacrílego. Al cabo de un momento el visitante vió á través de los vidrios un viejo que se dirigía á abrir la puerta. El criado, agradablemente sorprendido, quitó á Marenval el gabán y le dijo con tierna familiaridad: --Sí, Señor, las señoras están en casa y se van á alegrar mucho de ver al señor, después de tanto tiempo... --Están tan tristes, amigo Giraud, tan tristes, que es difícil ponerse al mismo diapasón que ellas... Por muy afligido que uno esté, teme ofender su dolor al tratar de consolarlas. --Sí, señor, es verdad, dijo el criado bajando la cabeza; no tienen consuelo. --¿Y cómo están de salud? --Están bien, señor; no se puede decir que están mal... ¡Ah! si su espíritu estuviese lo mismo... ¡Pero no lo está! no, no lo está. --En fin, Giraud, no hay que desesperar. ¿Quién sabe? Todo puede cambiar. --¡Oh! no, señor; no hay esperanza alguna... Pero, con su permiso, si el señor quiere servirse entrar, iré á anunciarle á las señoras. Marenval entró en un vasto salón un poco sombrío y espléndidamente amueblado con una sillería antigua de tapicería. En las paredes se veían algunos cuadros notables, restos de una buena colección dispersada por ventas sucesivas. En los ángulos había unas vitrinas vacías. Todo allí atestiguaba un lujo bruscamente desaparecido y del que sólo quedaba el noble orden de una habitación en otro tiempo suntuosa. Era fácil ver que los habitantes de la casa no estaban habitualmente en aquella pieza aparatosa, pues no se veían allí los objetos familiares á dos mujeres inteligentes y activas. Todo en aquel salón era correcto, frío, lúgubre. Se abrió una puerta y el criado se presentó de nuevo. --Si el señor quiere tomarse la molestia de seguirme, la señora le ruega que tenga la bondad de subir á su habitación. Marenval subió por una escalera de piedra con barandilla de hierro forjado y al llegar al primer piso, donde comenzaba una oscura galería, encontró una joven de alta estatura y vestida de negro, que se adelantaba á recibirle. Giraud desapareció sin ruido y Marenval se encontró, algo cortado, frente á la señorita de Freneuse que le alargó la mano sonriendo tristemente. Pero ¡qué desgarradora melancolía en la expresión de aquel hermoso semblante! Sus ojos negros, dulces y profundos, mortificados por las lágrimas, presentaban un círculo azulado, y su frente admirable, coronada de cabellos rubios ondulados y recogidos sin coquetería, daba á aquella altiva fisonomía un aire de incomparable nobleza. Marenval miró un instante á su hermosa pariente, movió tristemente la cabeza y dijo en tono afectuoso: --Y bien, María, ¿sigue usted tan poco razonable? --Siempre tan desgraciada, señor de Marenval. --¿Y su madre de usted? --Va usted á verla. La joven introdujo á Cipriano en una pequeña pieza, especie de santuario en el que la señora de Freneuse había reunido todo lo que le recordaba á su hijo, retratos, libros, dibujos, que representaban allí al que la infeliz mujer no había dejado de llorar, á pesar de sus faltas. Se levantó de una butaca baja mostrando una fisonomía pálida bajo sus cabellos blancos y, dulce y resignada, dió las gracias á Marenval por su visita, si no dichosa por ver alterada la soledad de su existencia, agradecida por un paso que denotaba un recuerdo afectuoso. Marenval se sentó y dirigió la vista hacia un magnífico retrato que representaba un elegante joven de cara franca y alegre. Una amarga sonrisa plegó los labios de la señora de Freneuse. La pobre madre dejó al visitante contemplar un rato el lienzo y dijo con voz ahogada y casi sin timbre: --Ahí tiene usted lo que él era. ¿Cómo estará ahora? ¿Qué habrán hecho de él? Hace dos años ha sido imposible conseguir que se deje hacer una fotografía, que estábamos dispuestas á pagar muy cara... No ha querido que pudiésemos verle con el pelo rapado, la barba afeitada y con el traje de penado. --¿Tienen ustedes noticias suyas? --Las recibimos con regularidad. --¿En qué situación se encuentra? --Materialmente, no puede quejarse... Es joven y fuerte... Y, después, parece que no lo tratan mal. Hace poco le han hecho entrar en la oficina, donde parece que presta buenos servicios. Su existencia es así menos miserable... Pero, moralmente... --¿Sigue afirmando su inocencia? Á esta pregunta, el pálido semblante de la señora de Freneuse se iluminó por una llama pasajera, sus ojos brillaron, y exclamó, con voz en la que se notaba aún cierto vigor: --Hasta morir declarará que no ha cometido ese crimen atroz, que no ha podido cometerle. Mi hija y yo,--¿entiende usted, Marenval?--no cesaremos de afirmarlo así. Ha habido en contra de Jacobo un conjunto de circunstancias abrumadoras que han podido engañar á los hombres hasta hacerles juzgarle sinceramente, pero nosotras, su madre y su hermana, repetiremos con él hasta el último suspiro que es inocente. Marenval miró á las dos mujeres con expresión de asentimiento y dijo, levantando la cabeza: --Es absolutamente mi opinión. Á estas palabras, que Marenval decía por primera vez delante de aquella madre desolada, la señora de Freneuse se irguió, se puso encarnada y dijo con repentina vivacidad: --Marenval ¿qué significa esto? Jamás ha estado usted tan afirmativo... Hay más; yo acusaba á usted de no participar de nuestra ardiente convicción. Ha parecido usted siempre más humillado que asombrado por lo ocurrido y, de pronto, toma usted una actitud diferente... Ya lo oyes, María, no es el mismo; ha cambiado por completo. ¡Oh! ¡Dios mío! ¿Será que ha tenido usted alguna buena noticia? ¿Acaso, después de haber desesperado, podríamos...? --¡Poco apoco! interrumpió Marenval, un poco desconcertado al ver aquel furioso ataque y creyendo haber dicho demasiado. Usted era injusta al acusarme de no tener fe en la inocencia de Jacobo. Bien sabe usted que le he defendido con la energía de un hombre á quien el mundo englobaba malignamente en la catástrofe ocurrida. Sí, en aquellos momentos vi en toda su desnudez la canallada de los hombres. Todo lo que la envidia, la bajeza y la maldad pueden inventar para manchar una personalidad honrada, se intentó entonces contra mí. He padecido con esta desdicha tanto como ustedes mismos, pues durante más de un año todo el mundo, en París, me ha llamado solamente "el primo de Freneuse". Hasta sé de algunas almas caritativas á quienes no faltaba nada para insinuar que yo también merecía ir á presidio. Y todo ¿por qué? Porque soy rico, porque me divierto, porque tengo un hermoso hotel, un buen monte, magníficos caballos y un proscenio en la Ópera... La verdad es que todo esto es más que suficiente para echar un hombre á galeras... ¡Tengo amigos que querrían verme en ellas! ¿Puede usted pensar lo que estas buenas personas habían dicho de mí en el momento de la desgracia? En aquella hora peligrosa no le he parecido á usted heroico, querida prima; confieso que en parte ha tenido usted razón. Hubiera podido mostrarme más caballeresco y colocarme más resueltamente al lado de usted, pero hay que tomar las personas como son. Yo soy un poco nuevo en el mundo en que vivo; no hace aún diez años que salí de las pastas alimenticias y, ¡qué diablo! no se me tiene en la misma consideración que á un Montmorency. Los hombres son iguales ante la ley, pero no ante el mundo, y así me lo han hecho ver. Esto explicará á usted muchas cosas que le parecerían oscuras. No temo ahora confesarlo, porque tengo la conciencia de ser tan adicto á ustedes, que habrán de perdonarme fácilmente un día mis debilidades aparentes. La señora de Freneuse escuchó con aire sombrío las explicaciones de Marenval. Temía que aquella afirmación de la inocencia de Jacobo, que tanto le había conmovido, no tuviese otro objeto que servir á los tardíos escrúpulos de su pariente, pero las últimas palabras pronunciadas por éste parecían inspirarse en esa convicción y la pobre mujer se sintió de nuevo presa de la mayor ansiedad. --¿Ha venido usted solamente para hacerme esa profesión de fe, que agradezco? dijo la pobre madre. Doy á usted las gracias por su afectuosa actitud. Las simpatías son preciosas, por lo mismo que son raras. Agradeceré á usted con toda mi alma, Marenval, que no nos abandone. --¡Abandonar á ustedes! exclamó el excomerciante. ¿Me creen ustedes capaz de ello? Yo les probaré que soy fiel y valiente y que... Un gesto de la señorita de Freneuse le detuvo en aquel movimiento de expansión. Más tranquila que su madre, la joven, desde el principio de la entrevista, había estudiado la actitud de su pariente y había visto todo lo que tenía de embarazosa y violenta. Entre las seguridades del Marenval presente y las reticencias del Marenval pasado había tal desacuerdo, que eran necesarias muchas palabras para ponerlas en armonía. Un orador mucho más elocuente que Marenval hubiera fracasado en tal empresa. Pero, por fortuna, la madre y la hija no habían retenido de cuanto había dicho sino el calor de su discurso y se habían sentido penetradas de una alegría secreta al recobrar un rayo de esperanza. La señorita de Freneuse resumió en dos palabras la situación: --Mi querido primo, usted no creía antes en la inocencia de mi hermano y ahora, por una razón que no conozco, cree en ella. Marenval dirigió á las dos mujeres una mirada de entusiasmo y dijo con una expresión que les arrancó las lágrimas: --¡Es verdad! Ahora creo que Jacobo es inocente. Pero no basta creerlo; hay que probarlo. Está muy bien que nosotros, en familia, nos consolemos con buenas palabras, pero no olvidemos que el fin único de nuestros esfuerzos debe ser una rehabilitación ruidosa. ¿Han pensado ustedes en intentarla? La señora de Freneuse bajó la cabeza con desanimación. --¿Cómo podemos pensar en ello? La más horrible desgracia del mundo es sentirse impotente, no ya para demostrar la realidad de un hecho en el que una cree como en Dios, sino para discutir, siquiera, su posibilidad. Estamos hace dos años anonadadas bajo el peso abrumador de la condena. Y me atrevo á confesar á usted, Marenval, que para no dudar de la inocencia de mi hijo he tenido que apartar la vista de las acusaciones dirigidas contra él, pues, examinadas una por una, son de tal manera graves, terribles, probadas, que hubiera tenido que negar la evidencia y eso era para mí un terrible suplicio. He tenido, pues, que refugiarme en una especie de negación fanática, que excluye todo razonamiento, toda claridad, y que es tan sólo el grito de mi corazón de madre. No creo en el crimen de Jacobo porque Jacobo es mi hijo y un hijo mío no ha podido cometerle. Á todos los argumentos, á todas las pruebas he respondido siempre, desde el fondo de mi conciencia: ¡Es mi hijo! ¡Es inocente! Pero, amigo mío, si tuviera que demostrar su inocencia, ¿qué hacer? ¿Dónde encontrar la fuerza de inteligencia suficiente para anular las pruebas acumuladas? ¿Cómo convencer á los jueces? El mismo abogado de Jacobo, ese admirable señor Duranty que defendió á mi pobre hijo con tan apasionada elocuencia, me decía, después de la vista: ¡Yo no sé! Cuando le oigo gritar que no es culpable, creo. Cuando estudio la causa, dudo. --¡Oh! sí, querida prima. Las pruebas acumuladas contra él eran decisivas. Yo mismo fuí cegado por ellas, puedo confesarlo puesto que estamos hablando con toda franqueza. He creído durante mucho tiempo que el pobre Jacobo, enloquecido, arrebatado por la necesidad de dinero, pudo, en un momento de irresponsabilidad... Sí, he admitido que pudo ser criminal. Pero desde ayer he cambiado por completo y soy tan ardiente partidario de la inocencia de ese muchacho como antes estaba dispuesto á creer en su culpa. --¿Y por qué desde ayer? preguntó la señorita de Freneuse. ¿Por qué esa modificación de su espíritu? ¿Quién la ha causado? ¿Ha sabido usted algún hecho que ilumine la situación con una luz nueva? Mi madre nos ha declarado sus esfallecimientos, pero yo no he participado de ellos, sépalo usted. Cuando todo el mundo abandonaba á mi desgraciado hermano, yo, en toda conciencia, he permanecido fiel á su causa. He buscado y busco aún el medio de explicar este misterio impenetrable. Puede usted, pues, hablar; me encontrará preparada á escucharle y á comprenderle. Marenval miró á la joven con enternecimiento. --Sí, ya sé, María, que usted no ha transigido y ha desterrado de su corazón á todos los que no hicieron causa común con usted en aquellas terribles circunstancias. Anoche hablé con un hombre que amaba á usted tiernamente y al que usted alejó sin piedad... La fisonomía de la señorita de Freneuse se puso sombría. La joven se irguió mostrando su alta estatura. Sus labios se estremecieron, pero no pronunciaron ni una palabra. Todo, en su actitud, demostraba un doloroso desdén. --Se trata de Cristián Tragomer... Añadió Marenval. Pero se calló, al ver que aquel nombre producía un efecto tan inesperado. --Me figuraba que quería usted referirse al señor de Tragomer, dijo fríamente María. Pues bien, querido primo; si quiere usted complacerme, no me hable jamás de él. Mi madre y yo le hemos borrado de nuestro recuerdo como él nos borró de su corazón. En la hora en que teníamos necesidad de todos nuestros amigos, él dió el ejemplo de la deserción, y su abandono, lo confieso, fué el que más nos afectó en aquellos tristes momentos. Era mi prometido; se avergonzó de mí; ya no le conozco. --Tragomer ama á usted todavía. --Me alegro, dijo María con firmeza. Eso le hará sufrir... Se pasó la mano por la frente, se volvió hacia su madre, que escuchaba en silencio, y dijo arrodillándose en un taburete cerca de ella: --Perdón, mamá. He distraído al señor Marenval de una conversación cuyo fin espera usted con impaciencia, para hablar de cosas miserables. No volverá á suceder. --Querida niña, dijo Marenval con bondad; tendremos ocasión de vernos con frecuencia, pues vamos á emprender una campaña que puede ser larga. No violentemos nada, ni en lo que se refiere á las cosas ni en lo relativo á las personas. Día vendrá en que se aclaren muchos puntos y se expliquen muchas actitudes. En este momento no quiere usted que le hable de Tragomer; más adelante, quién sabe si me pedirá que se le traiga. Cuando usted sepa lo que ha hecho y lo que está dispuesto á hacer en su servicio, acaso sea más indulgente. En todo caso, debe usted saber que él es la causa de que esté yo aquí. Yo no pensaba intentar nada en beneficio del desgraciado Jacobo, lo confieso humildemente, pero ese diablo de Cristián me ha sublevado con unas noticias tan inesperadas, que no he podido permanecer indiferente... --Pero, en nombre del cielo, ¿qué ha descubierto? dijo la señora de Freneuse con tal expresión de angustia que su hija la abrazó para calmarla. Marenval movió la cabeza con aire de importancia. --Mi querida prima, no me pregunte usted nada, porque no podría hablar. El éxito, que es posible, se obtendrá solamente al precio de una discreción absoluta. Una palabra imprudente lo comprometería todo. Esperemos. Nunca ha habido probabilidades más favorables, pero tiene usted que consentir en marchar á ciegas por la ruta que vamos á emprender. --¡Oh! ¡Dios mío! Si la salvación tiene ese precio, consiento en todas las pruebas que quiera usted imponerme. Desde hace dos años vivo en una tumba; gracias á usted, penetra en ella un débil rayo de luz. ¡Bendito sea usted por el bien que me hace! --Si bien no debo hablar de nuestras nuevas esperanzas, querida prima, hay, sin embargo, cosas sobre las cuales necesito datos. En interés de todos, pido á usted, pues, que me responda sin reticencias. --Pregunte usted. Mi memoria se ha debilitado, pero lo que yo no recuerde podrá precisarlo mi hija. --Entre los amigos de Jacobo, había uno más intimo, más querido que los demás y que se había criado con él; el conde Juan de Sorege. La señora de Freneuse respondió vivamente: --Sí, Juan de Sorege... Era un excelente muchacho, de muy buena familia. Quise mucho á su madre, que murió siendo Juan muy joven... Éste creció con Jacobo y los dos muchachos no se separaban durante su juventud... Fué menester que contrajeran relaciones nuevas, las que tanto daño han hecho á mi hijo, para separarlos... --¿No figuraba el conde de Sorege entre sus malas compañías? --Al contrario, hizo todo lo posible por separarle de ellas, y precisamente por no alternar con ciertas personas, se apartó de mi hijo, con gran disgusto mío, pues su influencia no podía menos de serle favorable. --De modo que considera usted á Sorege como un buen amigo de Jacobo... --Como el mejor que pudiera tener. --¿Era rico ese joven? --No; y precisamente por eso se alejó de mi hijo, pues no quiso contraer deudas para asociarse á sus gastos... ¡Ese fué el principio del desastre! --Perdóneme usted si insisto, pero es de toda necesidad. ¿Cuando Jacobo conoció á esa desgraciada mujer que le condujo á la locura... á esa Lea Peralli, estaba todavía Sorege en buena amistad con él? --Seguramente. Hasta hubo escenas entre Sorege y Jacobo á propósito de esa mujer. El conde hizo todo lo del mundo por decidirle á romper con ella. Llegó á escribirle que su amada le engañaba y á ofrecerle el medio de sorprenderla. --¿Y esa carta existe? --La entregué á la justicia y debe figurar en la causa. La encontró nuestro criado en el cuarto de Jacobo... Á consecuencia de esto, se produjo un violento altercado entre mi hijo y su amigo... Estuvieron á punto de batirse... Pero amigos comunes arreglaron el asunto. --¿No ha manifestado nunca Jacobo sentimientos de rencor ó de hostilidad hacia su antiguo amigo, después del acontecimiento? --No, que yo sepa. Pero si yo no he tenido nunca más que confianza y simpatías hacia el señor de Sorege, debo reconocer que no todo el mundo pensaba como yo en mi casa. --¿Quién le era desfavorable? --Mi hija, primeramente, á quien siempre desagradó Sorege, y después nuestro criado Giraud, que nunca le pudo tragar. --¡Ah! ¿María encontraba sospechoso al amigo de su hermano? --No me hagan ustedes decir lo que no pienso, replicó vivamente la señorita de Freneuse. De ningún modo querría dañar en vuestro concepto al conde de Sorege. Tiene un carácter que no me agrada; no hay más. --¿Y qué carácter es el que usted le atribuye? --Se mostraba altanero y burlón, y á mí me cuesta trabajo soportar ese modo de ser. Calculaba fríamente y no obraba jamás á la ligera. Era un hombre práctico ante todo. Lo contrario del pobre Jacobo que no reflexionaba jamás y se metía en las dificultades sin saber cómo saldría de ellas. Yo reprendía el aturdimiento del uno, pero lamentaba la previsión del otro. Encontraba exceso en los dos y si mi hermano me parecía loco, Sorege me resultaba demasiado hábil. --¿Hábil hasta la astucia? --No lo sé, querido primo; lo que he dicho no es más que una impresión. Nunca he sabido cómo se conducía el señor de Sorege en la vida sino por lo que contaba mi hermano, y éste no podía hablar con libertad delante de mí. Mi impresión, pues, no se ha confirmado por hecho alguno, pero se ha fijado muy clara en mi mente y ha permanecido en ella. Marenval miró á la señora de Freneuse y dijo: --Ese juicio no se puede considerar como desfavorable en los tiempos que corren. Un individuo demasiado hábil tiene condiciones excepcionales, hoy en día, para lograrlo todo. Pero María juzga al señor de Sorege desde un punto de vista especial, como hombre de mundo y no como hombre de negocios. Eso es lo que hace su censura perfectamente comprensible. En resumen, para la señora de Freneuse, Sorege es un hombre honrado al que ha sentido ver alejarse de su hijo; para María, Sorege es un mozo frío y calculador, decidido á hacerse sacar las castañas del fuego y qué no vacila en herir un poco al vecino al hacer su negocio. --¿Pero por qué esas preguntas? dijo la señora de Freneuse. --Se nos ha dicho que seríamos interrogadas, mamá, dijo la joven sonriendo, pero no que se nos explicaría nada. Tengamos paciencia. La anciana hizo un gesto de resignación. --Ya estamos acostumbradas... Marenval se levantó --Querida prima, dijo en el tono más afectuoso; dejo á usted, pero volveré á verla muy pronto. Nuestras conferencias serán frecuentes, lo que espero que no les será desagradable. Estoy impaciente por aclarar á ustedes la situación, pero antes es preciso que me la aclare á mi mismo. Al bajar, si ustedes lo permiten, voy á hablar con el buen Giraud. Marenval estrechó la mano de la anciana y María acompañó á su aliado por varias piezas desamuebladas y tristes hasta llegar al vestíbulo. Una vez allí, dijo á Marenval dirigiéndole una límpida mirada: --Suceda lo que quiera, gracias por el consuelo que nos ha traído usted. No olvidaré nunca que ha sido usted el primero que ha participado de nuestra convicción en cuanto á la inocencia de mi pobre hermano. Marenval movió la cabeza. --No es usted justa, mi hermosa prima, porque el primero que ha participado de esa convicción no se llama Marenval, sino Tragomer. María frunció las cejas, hizo un nuevo ademán afectuoso y, sin añadir ni una palabra, volvió á entrar en las habitaciones. Giraud presentó á Marenval su gabán de pieles. --Un instante, amigo mío, dijo el antiguo fabricante de pastas; tengo que decir á usted dos palabras antes de marcharme. ¿Dónde hablaremos sin que se nos moleste? --Si el señor quiere entrar en el recibimiento, no habrá riesgo de que nadie entre... ¡No! Jamás viene nadie... Marieta está en la cocina y la doncella arriba, en el cuarto de costura. Estoy á las órdenes del señor... ¡Ah! aquí el servicio de la puerta es una ganga... ¡Esto es una tumba! ¡Una verdadera tumba! Marenval se apoyó en la chimenea para no sentarse dejando en pie al viejo criado de cabello blanco. El comerciante enriquecido tenía esos rasgos de delicadeza y se mostraba siempre dulce con los humildes. --Giraud, dijo; tengo que hablar á usted de su señorito y de los amigos de éste... Hay cosas que los padres no saben nunca y que son siempre conocidas de los servidores... He preguntado á las señoras y quiero ahora interrogar á usted. Respóndame, pues, con toda franqueza y sin omitir nada. --El señor puede estar tranquilo; contaré cuanto sepa. No tengo nada que temer ni que perder. Cualquier daño que pudiera hacérseme no sería mayor que el que sufrí el día en que prendieron á mi pobre señorito. Un muchacho que se encaramaba en mis rodillas cuando era pequeño y al que iba á buscar al colegio todos los domingos cuando estaba estudiando. ¡Ah! señor, cuántas infamias hay en el mundo... No son las personas honradas las mejor tratadas. --¡Entonces, está usted también convencido de la inocencia de Jacobo? --¿Convencido, señor? Eso es poco. Pondría mi cabeza en un tajo á que no tuvo nada que ver en todo aquel asunto. No había más que verle en el primer momento cuando vino á buscarle aquel salvaje de comisario, para saber que no había hecho nada y que no sabía siquiera de qué se trataba. Si yo no hubiera reprimido mi primer movimiento, entre Miguel, el cochero, y yo, hubiéramos metido en la cueva, como un paquete, al tal comisario y le hubiéramos guardado allí hasta que el señorito se hubiera puesto en salvo. Una vez libre, él hubiera sabido demostrar que no había matado á aquella mujer... ¡Él, señor, él, matar una mujer! ¡Un joven que se hubiera arrojado al agua para salvar un perro de la muerte! ¡Hase visto estupidez semejante! Matar á aquella mujer... ¿Para qué, si la amaba? ¿Para robarla? ¡Buena idea! El pobre muchacho le había dado cuanto tenía. ¡Oh! Ella estaba muy celosa de él. Una tarde, en que vino á hablarle, estaba como loca de pena. Se estuvo en el vestíbulo, sentada al lado de la ventana y llorando como una Magdalena. Me ofreció todo lo que yo quisiera, su portamonedas, una sortija con un brillante, para que la dejase subir al cuarto del señorito Jacobo. Por más que le decía: "Pero, señora, si el señorito no está en casa... ¿Qué adelantará usted con ver su cuarto? Podría usted encontrar á su madre ó á su hermana y, ya ve usted, ¡qué escándalo! ¡No piense usted en tal cosa!", ella me respondía sollozando? "¡Oh! ¡Preferiría matarme!" Yo estoy convencido de que se suicidó... Cuando se lo conté al juez de instrucción, éste se encogió de hombros. Esos señores de la justicia no son muy amables. Parece que su idea era otra, pues cuando yo volvía á la carga y quería explicar las razones en que me fundaba, me interrumpió secamente indicándome que, según él, estaba divagando. Yo no divagaba, sin embargo, señor, y así como llevo de vida sesenta y cinco años sin haber hecho mal á nadie, el señorito Jacobo no ha matado á esa mujer. ¡No! No la ha matado. Marenval escuchó atentamente al criado. Había conservado la paciencia necesaria en su antigua profesión para no violentar al cliente. Sabía muy bien que después dé los intentos y de las vacilaciones, los negocios se deciden, y esperaba un detalle imprevisto, una circunstancia nueva en el relato apasionado de Giraud. Nada de lo que acababa de oir tenía novedad y se decidió á abordar el asunto que más le interesaba dilucidar. --¿Qué influencia cree usted que han podido tener en la conducta de Jacobo los amigos que le rodeaban? --¡Oh! señor, eso es muy difícil juzgarlo. El señorito estaba en condiciones muy especiales. Vivía en casa de su madre, viuda, y tenía en casa una señorita joven. No podía, por tanto, recibir aquí mucha gente y, exceptuando el señor Tragomer y el señor de Sorege, no conocíamos á sus amigos. Á los demás los veía en el círculo, en el teatro, en las carreras, en sociedad. Bien sabe usted que él iba á todas partes, que todo el mundo le invitaba y que él no se hacía rogar cuando se trataba de reír y de divertirse. Era muy vehemente, ¡Oh! Demasiado... y toda esa locura que le ha perdido, era heredada de su padre. ¡El difunto señor de Freneuse era terrible! Usted le ha conocido en sus últimos años. ¡Ah! señor, se puede decir que la pobre señora no ha tenido grandes atractivos en la vida. Si la señorita María, que es una santa, no la hubiera compensado con su dulzura y su amabilidad, la señora hubiera sido una verdadera mártir. Marenval volvió suavemente al asunto que le preocupaba. --No le pregunto á usted nada sobre el señor Tragomer; éste no tiene nada oculto para mi y me parece enteramente recomendable. Pero quisiera saber la opinión de usted acerca del señor de Sorege. Giraud vaciló un instante; pero había prometido decir lo que pensaba y cumplió su palabra: --Con el respeto debido, señor, diré á usted que ese es un canalla. --¿En qué se funda usted para tratarle tan duramente? preguntó Marenval, algo extrañado por aquella vehemencia. --En nada, señor. Nunca le he visto cometer una acción reprensible ni decir cosa mala; pero eso no impide que le tenga por un canalla. --Pero, en fin, Giraud, ¿por qué es usted tan severo con ese joven que, según usted mismo confiesa, no ha hecho nada que justifique ese juicio? --Es un instinto, señor, y eso no se discute. Hay en la calle de al lado un estanco al que yo iba todos los días, desde hace diez años, á comprar mi paquete de rapé. Nunca pude acostumbrarme á la cara de aquel estanquero, y siempre que intentaba darme la mano, retiraba yo la mía. Sin embargo, todo el mundo le estimaba y estaba muy bien visto en el barrio. Pues bien, señor, hace tres meses, el tal se ha fugado con los fondos del gobierno y los del propietario del estanco y se han descubierto horrores. En el barrio fué general el asombro al ver que un hombre, al parecer, tan honrado era un despreciable tunante. El señor me creerá, si quiere; pero es la verdad que con el señor de Sorege me sucede lo mismo que con el estanquero. Se ha mostrado siempre bien educado, hasta afable conmigo, pero había en su cara un no sé qué que me repelía y que me hace decir sin vacilar: ese hombre es un canalla y se verá el día menos pensado. --¿Venía aquí á menudo? --Sí, señor, venía mucho al principio; y hasta llegué yo á sospechar que pensaba en casarse con la señorita María. Pero su asiduidad no tardó en cambiar de forma y cesó ante el señor de Tragomer. La verdad es que el tal Sorege veía desaparecer rápidamente la fortuna de la casa, pues estaba demasiado al corriente de las locuras de su amigo y acaso las fomentaba lo suficiente para saber á qué atenerse respecto al dote de la señorita. Estaba seguro de que el hijo de la casa dejaría en la calle á su familia. Creo en la inocencia del señorito Jacobo, pero no estoy ciego y sé todas sus acciones reprensibles. Todas esas dilapidaciones, todos esos extravíos le han sido bien echados en cara el día de la desgracia. Sus hechos anteriores han pesado duramente sobre él cuando ha tenido que justificarse. El tal Sorege sabía bien que las señoras darían hasta el último céntimo por no comprometer su nombre en asuntos sospechosos, y como el señorito Jacobo era presa de una banda de granujas, su suerte era fácil de adivinar. ¡Ay! señor, el pobre no tuvo tiempo de arruinar á la familia; el destino se encargó de poner coto á su conducta. Estoy seguro, sin embargo, de que las señoras preferirían estar reducidas á pedir limosna á ver al señorito donde está. --Eso no admite duda, Giraud. Pero, volviendo á Sorege, ¿sus relaciones con Jacobo eran menos asiduas en los últimos tiempos? --En casa, sí, pero fuera, ¿quién lo sabe? Para mí, señor, el conde de Sorege, con su aparente buena conducta, ha sido el genio malo del señorito. Él le ha creado las dificultades y los apuros; él le ha dado los peores consejos; gozaba viéndole hundirse. ¿Por qué? No lo sé; pero tenía una razón para desear la pérdida y la ruina de su amigo. Una tarde, cuando los negocios del señorito Jacobo iban peor, el señor de Sorege estaba con él en su cuarto y yo bajé para prepararles el té. Cuando volví á entrar, estaban tan acalorados que no se fijaron en mí, y además el señorito no ocultaba nunca lo que hacía, pues no era un solapado como el otro. Entonces oí á mi señor que decía con animación: "Sí, esta existencia es ya imposible... Me iré ó me saltaré la tapa de los sesos..." ¡Si hubiera usted visto entonces la cara del Sorege! Sus labios se plegaron para desaprobar, pero sus ojos brillaban de júbilo. ¡Y su amigo le decía que estaba en el último extremo! ¡Oh! Ese día ví el odio que se albergaba en aquel corazón. ¿Por qué odiaba á mi señorito? ¿Qué le había hecho su amigo Jacobo? Era tan ligero, tan imprudente, tan loco, que podía muy bien ofender á un amigo sin querer y sin saberlo. Mucho hubiera deseado oir el resto de la conversación pero esperaron que me marchara para seguir hablando. El señorito Jacobo se paseaba agitado como un tigre mientras yo colocaba el té sobre la mesa; estaba pálido y con los puños crispados. Algo muy serio debía sucederle aquel día, porque el señorito Jacobo tomaba habitualmente las cosas á juego y era preciso mucho para hacerle salir de su descuido. Al cerrar yo la puerta, el señor Sorege reanudó la conversación y dijo: "Estas loco, pobre muchacho. ¡Tienes ya á Lea y te vas á meter..." Tuve que cerrar y renunciar á oir el resto. Aquella vez, señor, la única en mi vida, tuve deseo de escuchar á la puerta, aunque no sea este un procedimiento conveniente para un criado que se estima; pero mis costumbres de discreción pudieron más y me fuí sin saber lo que acaso hubiera sido tan interesante que supiese. Porque se trataba de esa Lea, que ha perdido al señorito Jacobo, que estaba loca por él. Si no entendí mal, en aquel momento lo que el señor Sorege quería decir era que su amigo se había metido en una nueva intriga con otra mujer. Pero, ¡Dios mío! ¿No tenía bastante con la italiana, esa perdida, que derretía el dinero como manteca y había convertido al señorito Jacobo en jugador para aprovecharse de las ganancias y dejarle á él los apuros de las pérdidas? ¡Ah! señor, ¡qué mala mujer! ¡Si se supiera lo que una mujer así puede dañar á un pobre muchacho débil y vanidoso! Bien lo hemos aprendido, por nuestra desgracia... --¿Cuál fué la actitud del señor de Sorege en el momento de la catástrofe? --Muy buena, señor, muy buena. --¿Cómo así? --Ese señor, que no parecía muy alterado, vino en el primer momento á ponerse á las órdenes de la señora. Estaba tranquilo y frío y su actitud indicaba la preparación. Nada era en él natural; parecía un actor... No sé si me hago comprender bien... --Perfectamente. --El señor Tragomer, en cambio, estaba como loco y no acertaba á pronunciar palabra. El Señor Maugirón lloraba á lágrima viva. Todos habían perdido la cabeza menos el señor de Sorege que conservaba toda la suya. Me pidió las llaves y estuvo largo rato registrando los cajones del señorito. Pero el comisario de policía había registrado ya y no había nada que encontrar. Todo su empeño era hallar una fotografía. Me pidió noticias: una gran tarjeta, que estaba en el cajón de los cigarros y que yo había debido ver. Le dije que sabía dónde estaba; el señorito la había puesto el día anterior en su saco de viaje. No bien lo hubo oído, se arrojó sobre ella, así, literalmente, y ris... ras... la hizo veinte pedazos en un segundo sin que yo pudiese impedirlo... Tampoco pensé en ello... ¡Una fotografía de mujer! La cosa no era extraordinaria ni preciosa, sobre todo en el momento de la catástrofe. Después he pensado en aquella prisa del señor de Sorege para destruir el retrato y esto me ha preocupado, pero no he podido comprender qué motivo tuvo para obrar así. Después de todo, acaso lo hiciese en interés del señorito Jacobo; acaso también fuese en su propio interés. Después de las pruebas de simpatía que Sorege dió en el primer momento á la señora, se fué separando poco á poco de la casa. No le acuso por ello; ha hecho lo que los demás. En la causa, declaró con mucho calor en favor del señorito Jacobo y según he sabido, pues no siempre pude estar presente, trató de probar su inocencia y de atenuar su responsabilidad. En fin, todo el mundo aprobó su conducta y la señora le dió las gracias. ¡Buen provecho le haga! Desde entonces no le he vuelto á ver. Mi pobre cabeza se ha debilitado mucho con la soledad y con la pena, lo que, seguramente, me habrá hecho olvidar muchos detalles. Pero lo absolutamente cierto es que el señor de Sorege no era un amigo sincero del señorito Jacobo, al que envidiaba y que el día en que le vió perdido aparentó querer salvarle porque estaba seguro de no lograrlo. El viejo se calló. Sus manos temblaban de emoción y sus mejillas estaban surcadas por gruesas lágrimas. Marenval, en tanto, reflexionaba profundamente. Por fin el criado, viendo que su interlocutor no le hacía más preguntas, se atrevió á formular una á su vez. --Si el señor me permitiera preguntarle por qué razón vuelve sobre ese triste pasado. Seguramente no es por curiosidad ni por el placer de remover esos malos recuerdos. ¿Acaso espera el señor un cambio en la situación? Marenval salió de su meditación, miró al criado con un interés que nunca le había manifestado y dijo, poniéndole una mano en el hombro: --No se sabe lo que puede ocurrir, amigo Giraud. En este mundo no hay nada definitivo más que la muerte, y Jacobo está vivo y aun creo que en buena salud. --¡Era tan joven y tan vigoroso! Pero la pena... el arrepentimiento... ¡Eso destruye! Además, el clima... --No es malo, Giraud; no tiene nada de malo. En cuanto á los informes que he venido á tomar; eran indispensables. Se trata del matrimonio del señor de Sorege. --¡Casarse! Oiga usted, señor; no soy más que un pobre hombre y el señor de Sorege es un conde, tiene fortuna, relaciones, todo. Pues bien, si yo tuviera una hija, preferiría que se quedase para vestir imágenes á casarla con él. Marenval se echó á reír. --Tranquilícese usted. Creo que el negocio ha fracasado. Gracias por sus confidencias, Giraud; creo que me serán útiles. Se puso el gabán de pieles, hizo un signo amistoso al criado y acompañado por él salió al patio, se dirigió á su coche y dió orden de conducirle á casa del señor Tragomer. Eran las cuatro. El coche rodaba al trote cadencioso del caballo, y Marenval, arrebujado en un rincón, reflexionaba sobre los datos contradictorios que acababa de oir acerca del personaje que le interesaba. Por una parte la señora de Freneuse tenía á Sorege por un perfecto caballero que había ejercido saludable influencia sobre su hijo. Por otra, María declaraba que el amigo de su hermano le había desagradado siempre y que le creía más hábil que leal. En fin, lo que era más grave y verdaderamente interesante, la opinión del criado de confianza. Éste había estado en condiciones de ver y de juzgar. Si es cierto que no hay grande hombre para su ayuda de cámara, con más razón no hay fingimiento posible para el criado que todo lo ve y lo oye. Forzosamente Giraud había observado á su señor y á los amigos de su señor. Todos habían pasado por el tamiz de sus observaciones diarias y su convicción era por fuerza la más justificada. Por otra parte, en lo que contaba acerca de las relaciones de Sorege y de Jacobo había muchos detalles verosímiles. ¡Qué rayos de luz esclarecían la conducta de aquel hombre, dado lo que sospechaba Marenval! No era posible comprender aún, pero las grandes líneas del asunto empezaban ya á dibujarse. Á no dudar, Sorege había intervenido en el negocio. ¿Cómo? ¿Á qué título? Este era el punto oscuro ó, mejor dicho, este era el asunto mismo. En lo ocurrido dos años antes había habido circunstancias difíciles de explicar, aun cuando nadie ponía en duda la personalidad de Lea. Ahora todo era incomprensible. Marenval recordaba algunas protestas de Jacobo, que nadie había tenido en cuenta. Cuando Jacobo fué preso, estaba en el Havre y nunca pudo explicar claramente qué había ido á hacer allí. Nadie había comprendido tampoco por qué se detuvo veinticuatro horas en vez de tomar el vapor y salir para América. ¿Qué esperaba? La acusación decía: un cómplice. Pero ¿cuál? Había sido imposible encontrar ninguno. ¿Sería Sorege? Marenval se lo preguntaba y no encontraba una respuesta aceptable. Si Sorege había sido cómplice ¿quién era la mujer muerta en la calle de Marbeuf? Porque no había que perder de vista que, en realidad, se había cometido un crimen y que si Lea Peralli vivía, otra había sido asesinada en su lugar. Entonces, ¿quién era esa otra y quién el matador? Aquí el problema se presentaba sin solución. Si, en rigor, se veía el interés que Jacobo pudo tener en matar á Lea, no era posible comprender por qué había asesinado á otra mujer. El buen Cipriano no había nunca brillado por su inventiva y por muy lealmente que se rompía la cabeza buscando la clave del enigma, no podía encontrarla. Adivinaba que había un misterio en todo esto, pero no se sentía con fuerzas para descubrirle. En este instante un capricho del pensamiento le hizo ver las dificultades con que iba á tropezar voluntariamente y las molestias que le iban á resultar. ¡Qué! Á su edad, cuando tenía todo lo necesario para ser dichoso, una inmensa fortuna, buena salud, una sociedad agradable, amigos afectuosos y cuantas mujeres pudiera desear, pensaba meterse en el laberinto de una rehabilitación muy problemática, porque un audaz le había hecho ver que podría representar en este asunto un buen papel... ¿No era el mejor de todos vivir lo más agradablemente posible, apartando de sí toda complicación? Su existencia era dichosa, ¿convenía hacerla insoportable por continuas alarmas y sacudidas? ¿No era mejor dejarse llevar blandamente por la corriente del río, en vez de remar con furia para abordar á orillas sembradas de peligros? ¡Ah! Durante aquellos momentos en que dejó hablar á su razón de hombre de mundo, Marenval se vió muy perplejo y pudo echar sobre su destino de perfecta claridad. Vió todo lo que arriesgaba y, para gloria suya, se decidió por el peligro, cuando no tenía más que pronunciar una palabra para asegurar su tranquilidad. Un hermoso movimiento de su ánimo pudo más que todo. La madre y la hermana de Jacobo, irremediablemente desoladas, y aquel desgraciado joven sufriendo á miles de leguas un ultraje y una vergüenza inmerecidos, se evocaron en su ánimo con fuerza irresistible. Después de todo y pensándolo bien, sus amigos del círculo, sus camaradas de la vida de fiesta, las bellas jóvenes de la aristocracia, que no tenían para él sino miradas indiferentes, las muchachas que le tuteaban y le trataban como á un abuelo generoso, pero sin deferencia alguna, le interesaban muy poco. Todos los que componían su público, por cuya admiración trabajaba con tanto ardor desde que se retiró de los negocios, se agruparon en su mente como en un cuadro, y le pareció que todos aquellos árbitros del éxito y del renombre dirigían hacia él sus miradas como para preguntar: "¿Á que se decidirá? ¿Adoptará la causa de los oprimidos ó sacrificará la inocencia á su ociosidad? ¿Podremos incluírle entre las personalidades que llaman la atención en cuanto se presentan en cualquier parte, ó seguiremos mirándole por encima del hombro, como á un advenedizo? ¿Será, en fin, un héroe ó un hombre vulgar?" Á esta conclusión, Marenval dió un salto en los almohadones do su berlina. Su cara se puso roja, apretó los puños y dijo en voz alta, como respondiendo á todos aquellos personajes que, burlones ó benévolos, le acechaban para juzgarle en última instancia: "¡Se han burlado de mí, me han desdeñado; pues bien, ya verán de lo que es capaz Marenval! ¡Aunque supiera que en el fondo de este asunto estaba el mismo diablo, iré á ese fondo y le pondré en claro, como si fuera una cuenta de mercancías." El coche se detuvo en este momento y Marenval pensó: "Ya no es tiempo de retroceder; me he empeñado á mí mismo mi palabra. Vamos á ver qué piensa Tragomer de las noticias que le traigo." Descendió de la berlina y entró en la casa. III El aliado de Marenval, por su parte, no había permanecido ocioso. En cuanto volvió de su viaje al rededor del mundo se ocupó en los cuidados de su nueva instalación. Un hombre rico, bien emparentado y miembro de los principales círculos, no puede instalarse como un extranjero que viene á pasar seis meses en París. Tuvo, pues, que buscar una casa, disponerla á su gusto, amueblarla, comprar caballos y ajustar servidumbre. Durante unas semanas Tragomer vivió como en campaña, ocupándose de esos menesteres, comiendo en el círculo y viendo tan sólo á sus parientes y á algunos amigos íntimos. La comida en que había encontrado á Marenval era la primera de ese género á que asistía. Le había llevado Maugirón y Tragomer no sospechaba las consecuencias que iba á tener aquella fiesta á la que concurría sin propósito alguno. Pero el noble bretón, reflexivo, tranquilo y tenaz, desde el momento en que cerró su convenio con Marenval no tuvo más que un pensamiento: conseguir lo que se habían propuesto. Desde el día siguiente se puso en campaña. Hacía dos años que tenía casi olvidado á Sorege, pues su intimidad con él cesó naturalmente en cuanto la condena de Freneuse hizo desaparecer el lazo que les unía. Había visto al conde muy afectado, en apariencia, por la desgracia del amigo común y le había oído deplorar las locuras que le habían conducido á tal catástrofe y defenderle con generoso ardor contra las censuras de los indiferentes. Poco tiempo después emprendió su viaje y no sabía qué había sido de Sorege. Cuando se encontraban en el círculo, se saludaban y cada uno se iba por su lado. Entre aquellos dos hombres que durante años habían vivido juntos y que se tuteaban, existía una frialdad glacial y parecía que hasta les costaba trabajo saludarse, como si se odiaran. Tragomer, sin embargo, no experimentaba sentimientos hostiles hacia Sorege. Aun en el tiempo en que eran camaradas, no le había querido. La naturaleza franca y viva del uno no concordaba bien con el temperamento frío y calculador del otro. Sorege había sido siempre reservado con Tragomer y cuando éste se lo hacía observar á su amigo común, Jacobo respondía: "Déjale. Hay que tomar á Juan como es; no conseguiremos cambiarle. Es un diplomático; jamás dice lo que piensa." Precisamente la certidumbre de que Sorege no hablaba nunca con franqueza era lo que alejaba de él á Tragomer, el cual decía con frecuencia á Freneuse cuando éste le acusaba de su alejamiento: --¡Qué quieres! ¡No lo puedo remediar! No me gusta nada ese joven. Cuando estoy al lado suyo me parece que tiene puesta una careta. --Entonces, es un gran compañero para ir al baile de la Ópera, replicaba alegremente Jacobo que, con su carácter turbulento, no tenía tiempo de estudiar á sus compañeros de locuras. Fuera de esto, no se podía menos de hacer justicia á Sorege, y Tragomer no podía negar que el amigo de Jacobo era un hombre perfectamente educado, instruído, elegante y de cara agradable, muy valiente, según había probado en diversas ocasiones, y de excelente consejo cuando se le consultaba un asunto difícil. Frisaba en los treinta años, era de estatura mediana, cabello castaño, barba cortada en punta y algo clara, bigote retorcido y ojos muy cubiertos con los párpados, lo que daba á su fisonomía un aspecto de firmeza. Cuando estaba callado y su mirada velada se deslizaba imperceptible á través de las pestañas, era imposible adivinar lo que pensaba. Tragomer le encontró tal como le había dejado, con el mismo aspecto frío y seguro y el mismo modo de hablar preciso y reservado, y trató de buscar quién le diese noticias acerca de su hombre, sin despertar la curiosidad ni provocar una indiscreción. Para ello le pareció que el indicado era Maugirón, una de esas gacetillas parisienses que se meten en todas partes, que todo lo conocen y que adivinan lo que no saben. Era Maugirón un amigo de la infancia, con el que no había para qué gastar cumplimientos, y Tragomer, seguro de una acogida entusiasta, se puso en camino á eso de las once y media y desde su casa, calle de Rembrandt, bajó á pie hasta el _boulevard_ Malesherbes, donde, casi esquina á la plaza de la Magdalena, vivía Maugirón. Este joven vividor tenía como principio invariable el almorzar siempre en casa. "Si queréis, decía, conservar el estómago, aun haciendo los más continuos excesos en el comer, almorzad en casa todas la mañanas: almorzaréis medianamente, pero eso os salvará." Aunque resuelto á no infringir nunca esta regla, Maugirón no llevaba su cordura hasta imponerse la obligación de almorzar solo, y como todos sus amigos estaban seguros de encontrarle en casa á las doce, rara vez callaba su campanilla y casi todos los días alguna voz de hombre ó de mujer decía alegremente: "Maugirón, un cubierto; vengo á almorzar medianamente contigo." Entonces el sabio higienista hacía subir de la cueva los mejores vinos y, así como por casualidad, tenía siempre delicados y suculentos platos que ofrecer á su convidado ó convidada. Esto era lo que él llamaba conservarse el estómago. Aquella mañana había gran fiesta, como dijo Marieta de Fontenoy cuando al entrar con Lorenza Margillier vió á Tragomer que estaba fumando un cigarrillo en el cuarto de Maugirón. --¿Dónde está el dueño de la casa? dijo Lorenza echando descuidadamente el sombrero en un sofá y besando amablemente á Tragomer. --Está poniéndose guapo. Y bien, Marieta, ¿no me dice usted nada? Observo que su amiga de usted ha estado conmigo mucho más expansiva... --Mi amiga es de la casa y debe hacer los honores. Por lo demás, mi querido Cristián, si no hace falta más que un beso para contentar á usted, no ha de quedar por tan poco. Y echó los brazos al cuello del bretón. En seguida dijo, volviéndose con ligereza: --¡Qué hambre da esta carne de hombre! --Entonces, queridas amigas, á la mesa, exclamó Maugirón levantando una cortina. Los huevos revueltos con trufas acaban de aparecer; no les hagamos esperar. Ya nos diremos cumplimientos mientras comemos. Pasaron al comedor, en el que se revelaba el lujo bien entendido del hombre que sabe vivir, por los brillantes accesorios de fino cristal, hermosa porcelana y rica argentería. --Buenos días, cielito mío, dijo Lorenza. ¿Has dormido bien después de la agitación de anoche? ¡Cuidado que te pusistes chispo, maridito, después de comer! --¿Yo? dijo Maugirón, yo estaba fresco como una lechuga. El que estaba un poco... tocado era Tragomer. ¡Qué cosas nos contó, ese monstruo! --Si, hablemos de lo que nos contó... Hizo sus confidencias á Marenval. Á nosotros nos puso en la puerta. --Peor para él. Nosotras acabamos de pasar la noche en la _Olimpia_. Aquello es delicioso. La Rustigieri canta con los pies y baila con la garganta. ¡Y viva Italia! ¡Lo que nos reímos!... --Me gustó más la Loïe Fuller. --¡Oh! no; hace daño á la vista. Se produjo un momento de silencio mientras los convidados probaban un _château Iquem_ que Maugirón les había recomendado y que parecía obtener los sufragios de todos. Tragomer, que ordinariamente no bebía más que agua, dijo al dueño de la casa: --En efecto, tu vinillo es bastante bueno... Oye, ayer encontré á Sorege y me pareció muy serio. ¿Le ha ocurrido alguna desgracia? --La peor de todas, amigo mío. ¡Se casa! Hubo una exclamación general. --¡Oh! Es muy cursi burlarse del matrimonio... Maugirón, tu degeneras. --El matrimonio, dijo Marieta, es una institución que se debe conservar como oro en paño. Primero, porque sin él habría una cantidad enorme de solteros. Después, porque los nobles arruinados no sabrían cómo reponerse. Y por fin, porque las señoritas norteamericanas, perderían aquí un importante mercado... --¡Esta Marieta es asombrosa! ¿Por qué no escribes en la _Vida Parisiense_? --Por no oscurecer á los redactores. --¡De modo que Sorege se casa? continuó Tragomer, que no quería que se extraviase la conversación. --Eso se dice por ahí, hace algún tiempo. --¿Y con quién? --Con una de esas americanas que preocupan á Marieta, no sin razón. Con miss Lydia Harvey, de Minneapolis. El padre es un gran ganadero que ha hecho una inmensa fortuna y sus hijos siguen el negocio. --Pero Sam Harvey vive en París. Es el que ha hecho edificar ese hermoso hotel en la avenida del Bosque de Boloña. --Bien puede pagarlo. Los periódicos norteamericanos hablan de su fortuna como de una de las más importantes del país. --¿Qué tal es la muchacha? --Pequeña, flaca, morenucha. Hay en ella sangre mejicana. Se dice que su madre era una mestiza con la que Harvey se casó después de tener con ella cuatro hijos. Se ha quedado en Minneapolis. La hija es una excéntrica que dará mucho que hacer al frío Sorege. --¿Cuándo se ha decidido ese matrimonio? --¡Oh! Hace mucho tiempo que se entablaron las negociaciones, que han sido eternas. Hace más de seis meses que Juan está rondando á esa morenilla, pero parece difícil de atrapar. Ha sido preciso el viaje á América para poner las cosas en su punto. --¿Qué viaje á América? --Harvey llevó á Sorege á sus propiedades el verano último. Le dijo: Venga usted á ver mis bueyes; y Juan tomó el vapor con la muchacha. --¡El viaje á Citerea, vamos! Tragomer no llevó más adelante sus investigaciones. Sabía ya lo más importante; el hecho capital estaba probado. En el momento en que creyó reconocer la voz de Sorege en el cuarto de Jenny Hawkins, en San Francisco, el conde estaba en América, lo que hacía verosímil su presencia en el teatro y afirmaba con fuerza todas las consecuencias que de ella se deducían. Sus sospechas no eran ya queméricas, sino que se fundaban en un hecho real. Sorege estaba en América, luego no había coartada posible. No importaba que América fuese muy grande; para Tragomer, bastaba que Sorege hubiese atravesado el Océano, para que su presencia en San Francisco fuese indiscutible. No había otro francés que hubiese podido pronunciar su nombre en tales circunstancias. Pero aquí se detenían las deducciones de Cristián. De que Sorege hubiera pasado por San Francisco en la misma época que él y de que estuviera en el cuarto de Jenny no se deducía que fuese un criminal. Y, sin embargo, si Jenny Hawkins era Lea Peralli... Al llegar á este punto, Tragomer se encontraba ante un oscuro abismo que en vano intentaba sondar. Adivinaba la profundidad de la sima y los horrores que ocultaba, pero no podía romper las tinieblas de que estaba llena. Entonces pensó que su empeño era cuestión de tiempo. "No puedo pretender," se decía, "resolver de golpe un problema tan arduo y tan complicado y que han estudiado ya de buena fe jueces competentes y sabios, sin encontrar la solución. Si Sorege es culpable, si es cómplice, si solamente conoce la verdad y la encubre tan infamemente, es que tiene un grave interés en hacerlo así, y siendo tan dueño de si mismo y hábil y calculador por excelencia, ha debido tomar todas las precauciones para ponerse á salvo de una sorpresa. Pero él ha estado en América, ha pasado por San Francisco y atribuía gran importancia á no ser visto por mí y más, acaso, á no ser visto en compañía de Jenny Hawkins. Esa mujer es, pues, quien tiene la clave del secreto." Los convidados interrumpieron estas meditaciones. --¡Qué! El matrimonio de Sorege te infunde esa melancolía... Estás hecho un simple. --Querido Cristián, no hemos querido causarte pena. --¿Tanto quieres á Sorege? --Pues no es un muchacho muy simpático. --¡Es guapo! --Pero tan frío... Tragomer preguntó: --¿Le habéis conocido queridas? --¡Oh! No es hombre de amar á una de nosotras, dijo Lorenza. Ha debido buscar relaciones discretas y económicas. Me ha hecho siempre el efecto de un zorro consumado. --¡Como que las mujeres de la buena sociedad no cuestan tan caras como nosotras! exclamó Marieta. Pregunta á Maugirón cuánto ha pagado en casa de Doucet y en casa de Worth cuando le honraba con sus favores la hermosa señora de... --¡Nada de nombres propios! interrumpió Maugirón. --¡Bah! como si no lo supiera todo París... Por mucho que te ocultabas, mi pobre amigo, no engañabas á nadie y menos al marido. Tú mismo me has confesado, tú, tú mismo, que esa señora te saqueaba de tal modo, que te habías arreglado conmigo para hacer economías. --¡Á tu salud, Lorenza! Tú eres una mujercita que no compromete... --¡Oye, grosero! --Desde el punto de vista del dinero, se entiende, porque en cuanto al corazón... Se levantaron de la mesa y pasaron al salón, donde Tragomer, viendo que eran las dos de la tarde, se despidió á fin de volver á su casa á esperar á Marenval. Se habían dado cita para cambiar noticias después de sus respectivas averiguaciones. Tragomer estaba acabando de vestirse para ir á comer al círculo, cuando Marenval, que salía de casa de la señora de Freneuse, llegó á la calle de Rembrandt. El industrial tenía un aire grave y casi solemne. --Ha sido usted exacto, dijo Cristián. ¿La voluntad no ha flaqueado desde ayer? ¿Esta usted decidido á marchar adelante? --¡Más que nunca! Lo que he oído en casa de la señorita de Freneuse no es para desanimarme. La paciencia y el valor de esas dos mujeres, amigo mío, son admirables. ¡Ellas tampoco dudan! ¡Ah! ¡Qué alegría les ha causado mi intervención! Se puede decir que han sido tan cruelmente abandonadas por todo el mundo... Tragomer hizo un ademán de protesta. --¡Oh! No lo digo por usted, amigo mío, dijo en tono bondadoso Marenval, sino por mí mismo. Sé que usted ha sido alejado por la señorita de Freneuse, mientras que yo me alejé voluntariamente y no estuvo nada bien lo que hice. Un caballero hubiera obrado de otro modo, pero yo no era en ese caso un caballero, sino un millonario mal desvastado aún de su comercio y que temía perder sus nuevas relaciones. Me arrepiento de mi conducta y quiero repararla... ¡Por vida de!... y lo lograré, gracias al concurso de usted. Después veremos si alguien se atreve á vituperarme. Cristián escuchaba á Marenval con visible impaciencia deseando hacerle una pregunta. --¿Ha hablado de mí la señorita de Freneuse? --Sí. --¿En qué términos? --Escuche usted, Tragomer; no estamos aquí para decirnos cumplimientos, ¿verdad? Pues bien, María es severa para con usted. He aquí lo que ha respondido textualmente cuando yo les aseguré el afecto y la adhesión de usted: "Nos ha abandonado á mi madre y á mí; yo le he borrado de mi recuerdo como él nos borró de su corazón." Cristián bajó la cabeza con tristeza. Acaso tiene derecho para tratarme tan duramente, dijo, pero le falta indulgencia. En el paroxismo del dolor, se negó á ver hasta á los que querían permanecer fieles y facilitó así el abandono. Á su lado no hubiera yo sido tan débil; su deseo de resistir á la mala fortuna me hubiera dado energía. Nos hubiéramos animado mutuamente. Pero su pena altanera juzgó en definitiva á los que no se declararon abiertamente en favor de su hermano. Yo no tuve ese hermoso desprecio del qué dirán, lo confieso humildemente, pero si María quiere reflexionar, comprenderá cuántas circunstancias atenuantes militan en mi favor. --Su madre defiende á usted y lo disculpa... ¡Es horroroso! Esa pobre mujer confiesa, ella misma, que aun estando convencida de la inocencia de su hijo, se ve en la imposibilidad de probarla. ¿Cómo, entonces, no perdonar á los extraños un poco de vacilación, sobre todo cuando se ofrecen á reparar su falta? Cristián movió dolorosamente la cabeza y cambió de conversación. --¿De modo que en la casa nadie ha cambiado de convicción? --Están más firmes que nunca. Solamente que no saben nada acerca de nuestro hombre, ó saben tan poco que no vale la pena de hablar de ello. Impresiones morales, nada más. Lo que equivale á decir que vuelvo de vacío. Yo tengo más noticias. He sabido que Sorege se va á casar con miss Lydia Harvey y que ha estado en América. --He aquí por qué desapareció durante seis meses. ¡Miren el disimulado! ¿Y se casa con la chica de Harvey? ¡Bonita fortuna! El padre no se deja ahorcar, ciertamente, por veinte millones de dollars. Pero tiene, lo menos, seis hijos y los varones son siempre mejorados en América. Sin embargo, es un buen capital. Pero ¿cómo concilia usted los proyectos matrimoniales de ese mozo y sus relaciones can Jenny Hawkins? --No los concilio; pongo en presencia los hechos para estudiarlos. Unas relaciones con Jenny Hawkins no excluyen un proyecto de boda con Miss Harvey; al contrario. Si la querida ambiciona el dinero, debe animar á Sorege á casarse con una mujer rica. Además, el matrimonio sería un medio de ocultar lo que puedan tener de peligrosas las relaciones de Sorege con la cantante, y es muy admisible que Jenny favorezca ese proyecto, sobre todo si quiere conservar su amante. Por fin, si Sorege tiene el proyecto de expatriarse y marcharse á vivir en Nueva York, para defenderse contra toda investigación, esa boda se explicará perfectamente. --Todo eso es razonable, dijo Marenval. Lo indispensable sería saber exactamente quién es esa Jenny Hawkins. --Solamente Sorege podría decírnoslo y él se guardará bien de hacerlo. Á no ser que... --¿Y bien?... --Á no ser que nos lo diga Jacobo de Freneuse. Marenval hizo oir una especie de silbido que le servía habitualmente para expresar sus dudas. --Sí, pero, vaya usted á buscarle. ¡Está lejos! --¡Bah! dijo Tragomer; veinte días de travesía en un barco que ande regularmente. Marenval hizo un movimiento de asombro. --¡Qué! ¿Piensa usted ir á la Nueva Caledonia? El bretón miró tranquilamente á Cipriano. --¿Por qué no, si fuera preciso? El antiguo comerciante dirigió una mirada de terror á su asociado y pensó: "¡Dios mío, en qué berenjenal me he metido! Este hombre es terrible y no retrocederá por nada. Habla de ir á la Numea como de tomar el tren para Marsella. Se planta en los antípodas con una facilidad increíble... Pero ¿y yo, Marenval, retirado de los negocios para gozar de la vida? ¿Estoy loco?" Cristián no le dejó tiempo de concluir. --Esta sería una magnífica ocasión para usted de mostrarse un verdadero _sportman_, ocultando así hábilmente detrás de ese viaje de placer las graves causas de nuestra expedición. Vea usted, amigo Marenval, cómo los Vanderbilt vienen continuamente á Francia desde América y cómo Goron Bennett se encuentra con más frecuencia en Niza que en Newport. No le aconsejaré á usted que compre una isla en la embocadura del San Lorenzo como ha hecho su rival. Creo que le bastará anunciar en el círculo, con aire de indiferencia, que va usted á hacer conmigo una expedición á Alaska, por ejemplo. ¡Vería usted el efecto! Los periódicos se apoderarían de la noticia y estaría usted en evidencia durante ocho días por lo menos. Desde ese momento formaría usted parte del gran estado mayor de los _sportmen_ para quienes no existe la distancia, que mandan en el mar y que son, en suma, los verdaderos príncipes en esta época de la clase media, ¿Acaso le desagradaría á usted todo esto? ¿No tendría usted, siendo fuerte y vigoroso, el valor de arriesgar una partida semejante? Marenval, un poco asustado, pasó por muchos sentimientos contradictorios durante la exposición de Tragomer. Por el pronto, lo repugnaba la idea de una larga permanencia en un barco. La inconstancia de los vientos y la agitación de las olas le inspiraban un prudente terror. Se estremecía pensando que tendría que acostarse en un estrecho camarote contra cuya pared se estrellarían sin tregua las olas amenazando destruírla. ¿Cómo dormir con tales emociones? Por otra parte estimulaba su orgullo la idea de entrar en el rango de los grandes señores modernos que dominan todas las dificultades materiales por la fuerza del dinero. Después de todo ¿no podía él intentar lo que otros realizaban? ¿Tan aventurado sería el imitar su ejemplo? Acaso sus terrores eran iguales á los de los que en otro tiempo hacían testamento antes de montar en el tren. El progreso, pensaba, lo ha simplificado y facilitado todo. Los viajes por mar eran partidas de placer reservadas solamente á los millonarios célebres por su lujo y su _confort_. No sería mucho lo que tendrían que sufrir en sus frecuentes travesías, pues, ciertamente, no gastarían tanto dinero en procurarse molestias. El nombre de esos millonarios, no cabía dudarlo, estaba en todas las bocas y el _sport_ mas costoso, el más raro y el más brillante era el _yachting_. ¿Por qué no había él de figurar entre los diez ó doce soberanos de la mar? ¿No tenía los medios? Nadie sabía lo rico que él era, y esta vez no se podría dudar de su fortuna viéndole alternar con los más grandes y tirar el dinero á manos llenas. El temor, sin embargo, se volvió á apoderar de él. Nunca había navegado más que para ir del Havre á Trouville y de Calais á Douvres, y aun en estas cortas travesías había tenido tiempo para sentirse malísimo. Sin embargo, en la fiebre del momento no se acordaba de aquellas molestias. Pero la adquisición de un navío, su organización, el ajuste de la tripulación y del capitán, ¡qué dificultades tan insuperables para él! Pensó vagamente que todo eso era más que difícil, imposible de realizar y sintió un alivio delicioso. Entonces miró á Tragomer tratando de reír. --Pero, querido amigo, usted no conoce obstáculos. Para navegar hace falta un barco, y éste no se construye tan de prisa... --¡Bah! dijo el bretón, se encuentran alquilados todos los que se quiera. Los puertos de Levante están llenos de yates magníficos que están á la disposición de los aficionados. Si su decisión de usted es firme, encontrará en quince días un yate bien acondicionado, con una tripulación escogida y un buen capitán. Es una industria inglesa. Se alquilan los yates como las casas de campo y hasta se encuentra donde elegir. --¡Ah! dijo Marenval estremeciéndose. ¿Tan fácil es? --Todo es fácil con dinero. En el orden material casi no hay límites. Solamente se encuentran en el orden moral. Hay todavía conciencias que no se compran, lealtades que no tienen precio y virtudes que desafían toda subasta; digámoslo en honor de la humanidad. Para todo lo demás, golpee usted de cierto modo su bolsillo y tendrá cuanto le plazca. Pero no se ponga usted en camino tan pronto, querido amigo; tenemos todavía mucho que hacer aquí, aun admitiendo que alguna vez necesitemos emprender ese viaje. Por el pronto, quiero ver á Sorege y hablar con él. --¡Qué! ¿Va usted á descubrir nuestras baterías? --Están ya descubiertas, no lo dude usted. Conviene pues que tengamos la ventaja de saber cómo se defiende nuestro hombre. Obraré con prudencia, esté usted tranquilo. Pero es necesario que trate de ver su juego. --¿Y yo, qué debo hacer? --Usted debía tratar de saber quién es Jenny Hawkins, de dónde viene, qué hace. Y acaso fuera también conveniente que hablase con algún magistrado de rango elevado de la posibilidad de un error judicial. ¿Conoce usted al fiscal del Supremo? --No, pero uno de los sobrinos de Chambol, Pedro de Vesín, es fiscal. Vesín es un muchacho muy distinguido y puede darnos un buen consejo. Le he conocido niño y me quiere mucho. Iré á verle. --Es lo mejor. Marenval tuvo un momento de vacilación y luego preguntó: --¿Está usted satisfecho de mí? --Asombrado, sencillamente. No lo hubiera creído capaz de tal denuedo. Yo había pensado: Marenval ha entrado en campaña en seguida porque tiene un alma generosa. Ante la idea de que un desgraciado sufre injustamente se ha exaltado, pero eso no durará. Á las primeras dificultades retrocederá y me dejará continuar solo mi camino. Porque soy testarudo y estoy decidido á salirme solo con mi empeño. No admito que una empresa comenzada se quede sin terminar, á menos que no se demuestre que es imposible. Pero usted no sólo no ha retrocedido sino que acepta todas las dificultades con la calma de un hombre resuelto. Su valor de usted es extraordinario. Marenval bajó la cabeza. --No me coloque usted tan alto en su estimación. Debo confesarle que, en el fondo, he dudado más de una vez. No he nacido temerario y solamente á fuerza de voluntad me pondré á la altura de las circunstancias. Si hay riesgos que correr, no se asombre usted de verme temblar un poco; mi naturaleza tiene que manifestarse. Pero espero que llegaré á dominarla por el razonamiento. Usted lo ha dicho muy bien hace un instante: un desgraciado sufre injustamente y si no hago cuanto pueda por salvarlo, no tendré ni una hora de tranquilidad en la vida. Me alegro de haber confiado á usted mis debilidades, porque así me ayudará usted, si es preciso, á vencerlas y, Dios mediante, no nos quedaremos en el camino. Tragomer no respondió; estaba sinceramente conmovido y pensaba: "He aquí uno de los hombres más animosos que he conocido. Tiene conciencia de ser tímido y aun así sigue adelante". No quiso decir á Marenval lo que pensaba, temiendo asustarle si le hacía comprender hasta qué punto le juzgaba digno de estima. --Pues bien, querido amigo, dijo ofreciéndole la mano; esta noche en el pequeño círculo, si no tiene usted nada que hacer. Hacemos nuestro plan para mañana. --Convenido. Pero le veo á usted vestido para salir; ¿quiere usted que le lleve á alguna parte? --Bueno; á la Magdalena. Salieron, muy contentos el uno del otro. Marenval porque se veía crecer á sus propios ojos. Tragomer, porque tenía esperanza de rehabilitarse ante la señorita de Freneuse. Sorege estaba en el círculo cuando Tragomer, á eso de las siete, entró en el salón. El conde, apoyado en la chimenea, hablaba con un grupo de socios y mostraba en la conversación aquella fisonomía firme y fría que ocultaba tan bien sus impresiones. Mientras hablaba sus ojos permanecían medio cerrados sin que nada pudiese denunciar su pensamiento íntimo; cara de diplomático precavido y astuto, que también podía ser de traidor. Tragomer no se aproximó al grupo y Sorege no hizo ni un movimiento para ir hacia su antiguo amigo. Tragomer cogió de la mesa un periódico ilustrado pero no tuvo tiempo de volver dos páginas. Maugirón le tocó en el hombro. --¿Vas á comer? --Sí, contigo, si quieres. --Con mil amores. Tengo una mesa con Frecourt. --Me alegro. Tengo, precisamente, que pedirle unas noticias. Frecourt, al que llamaban "Semifusa" era uno de los aficionados á la música más eruditos de París. Conocía todas las partituras, todas las escuelas y todos los cantantes desde hacía treinta años. Hablaba enternecido del comienzo de la Patti y contaba los primeros pasos de Yvette Guilbert en el _Diván Japonés_. Su eclecticismo era absoluto y hablaba con el mismo entusiasmo de Paulus, el notable cancionero, que de Reszké, el gran tenor dramático. Á este propósito decía: "Hay, evidentemente, una jerarquía de géneros, pero cada uno de ellos es notable en grado igual." Cantaba también con voz de falsete, capaz de rasgar los oídos mejor dispuestos, y era la broma obligada entre sus amigos hacerle cantar después de comer. Era buen muchacho y vivía con una bailarina de la Ópera, con la que tenía dos hijos. El jefe de comedor se presentó á anunciar que la comida estaba dispuesta y todos se dirigieron á la mesa. Había siempre en el círculo una concurrencia media de cuarenta ó cincuenta personas que iban á comer; muchos militares retirados, solteros que por casualidad no estaban invitados y transeuntes como Tragomer. Disponían de una gran mesa de veinticinco cubiertos y de otras más pequeñas en los rincones y en el salón inmediato. --Apreciable Frecourt, vas á hacernos el favor de hablarnos de todo menos de tu sempiterna música. Maugirón lanzó ese ultimátum á su amigo en cuanto se sentaron á comer. --Sí, querido, ya sé que no eres melómano. ¿Quieres que hable de cocina, de estrategia, de pintura, de política? --No hables, lo prefiero. --Aunque rabies, espera un poco... Canción de Silvain, los Dragones de Villars, acto segundo, escena..., dijo Frecourt riendo. --¡Vaya! Ya se desató. --Déjale, dijo Tragomer. Yo encuentro su música muy digestiva. En Texas, los jefes indios hacen que les canten canciones durante las comidas. --¿Oyes, Frecourt? Los salvajes. --¡Oh! Desde que existe la civilización, la música es el accesorio obligado de los festines. --¿Á que vas á pedir _tziganes_? --Mira el cuadro de las bodas de Caná. Allí ves músicos que rascan las cuerdas en trajes suntuosos mientras los convidados vacían las ánforas en las que el agua se ha convertido en vino. Aquellos son los _tziganes_ de ese tiempo. --¿Se iban ya entonces con ellos las princesas? --Es muy probable. Alain Chartier fué besado en los labios por una reina y no era más que poeta... --¡Digo! Si hubiera sido músico... --Sí, dijo Tragomer; pero las bacantes mataron á Orfeo. --Estaban borrachas... Y, además, ¿quién sabe? Acaso Orfeo no quiso tocar lo que ellas le pedían. Maugirón se puso á tararear, con aire malicioso. --¡Ah! Maugirón, aquí te cojo, exclamó Frecourt; ahora eres tú el que canta. Una multa; que traigan champagne... --¡Qué herejías dicen estos músicos! ¡Champagne! Yo que tú pido limonada. Vais á probar un _Château Lafite_ como no se bebe en ninguna parte. Yo se lo he proporcionado al círculo, porque habéis de saber que el encargado de los vinos no sabe de eso ni jota. La comida continuaba y en todas las mesas subía poco á poco el tono de las conversaciones. Era la hora benéfica en que los estómagos contentos reparten por todo el ser una especie de beatitud. Maugirón estaba benévolo y no se burlaba de Frecourt. El mismo Sorege, sentado en la mesa grande, bastante lejos de los dos amigos, sonreía, menos enigmático que de costumbre. Se estaba sirviendo el plato de pastelería y Tragomer, que estaba silencioso, se volvió hacia Frecourt y le dijo en tono indiferente: --Usted, que conoce á todos los cantantes del universo, ¿quién es Jenny Hawkins? --¿Jenny Hawkins, la que hace expediciones al extranjero con Novelli? Pues es, sencillamente, Juana Baud. Al oir esto, Tragomer no pudo contener un movimiento. --¡Juana Baud! Es un nombre francés. --Lo mas francés del mundo. Juana Baud ha cantado operetas en Variedades. No estaba entonces en candelero, la pobre muchacha. Hizo el papel de una de las acompañantes de la princesa de Mantua, en _Périchole_. Era bonita y bien formada y su voz prometía; pero era preciso estudiar y la tal Juana se divertía demasiado para ocuparse en el solfeo. Sin embargo, yo predije su porvenir. --Pero, interrumpió Tragomer, ¿llevaba entonces su nombre? --Se hacia llamar Juana Baudier. ¡Oh! Usted, Tragomer, no ha podido conocerla; entonces no se ocupaba usted de teatro. Además esa muchacha era en aquella época completamente ignorada. --¿Qué edad puede tener? --Unos treinta años. --¿Qué señas tenía? --Era morena, de facciones regulares, magníficos ojos negros y boca algo grande con unos dientes como perlas. Una mañana desapareció y no se ha vuelto á oir hablar de ella sino con el nombre de Jenny Hawkins, que suena infinitamente mejor que Juana Baud ó Baudier. Los ingleses la creen compatriota y eso les halaga. --¿Cuánto tiempo hace que se marchó? --Debe hacer unos tres años. Pero si esto interesa á usted, hay una persona que le enterará exactamente: --¿Quién? --El agente de teatros Juan Campistrón; es el que recluta las compañías y conoce todo el personal, hasta el que no trata con él. --¿Dónde vive ese agente? --¿Campistrón? Calle de Lauery, 17. Pero todo el mundo lo conoce. --¡Estás loco! exclamó Maugirón; tú lo conoces porque vives entre toda esa gentuza, pero ¿cómo quieres que Tragomer sepa de tu agente de gorgoritos? --Puede conocerlo por haberle visto en el círculo. Vino con frecuencia cuando se trató aquí de organizar un espectáculo como si hubiéramos querido hacer competencia á los _Menus-Plaisirs_. El tal Campistrón hace de todo, desde el primer papel de una tragedia heroica hasta el tirador de carabina que rompe huevos sobre la cabeza de su hijo, como Guillermo Tell; ó el exhibidor de perros sabios, ó el que rompe cadenas... Es un ti