Project Gutenberg's Un paseo por Paris, retratos al natural, by Roque Barcia This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included with this eBook or online at www.gutenberg.net Title: Un paseo por Paris, retratos al natural Author: Roque Barcia Release Date: February 14, 2005 [EBook #15046] Language: Spanish Character set encoding: ISO-8859-1 *** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK UN PASEO POR PARIS *** Produced by Chuck Greif and the PG Online Distributed Proofreading Team. This file was produced from images generously made available by the Bibliothèque nationale de France. UN PASEO POR PARIS RETRATOS AL NATURAL POR DON ROQUE BARCIA. MADRID, 1863. IMPRENTA DE MANUEL GALIANO. Plaza de los Ministerios, 2. ADVERTENCIA. Después de las infinitas sandeces y extravagancias con que los del vecino imperio acostumbran á pasar ratos tan frecuentes de buen humor á costa de nuestro país, apenas se concibe que no haya habido algun escritor español que dijera de ellos tantas verdades, cuantas son las mentiras que ellos han dicho de nosotros. Lo más que han hecho ciertos celosos escritores nacionales, ha sido vindicarnos de aquellas ingeniosas imposturas, de aquellos novelescos despropósitos, como quien repele una invasión extraña; pero ninguno (que sepamos) ha hecho una expedición á sus tierras, con ánimo deliberado de ver y de decir lo que por allí pasa, porque algo que merezca la pena de verse y de decirse debe pasar. Esto es lo que, con escasísimos recursos y muy endebles fuerzas, vamos á hacer nosotros. Ellos han venido á nuestra casa. Nosotros irémos á la suya, aunque hay una diferencia capitalísima en el pensamiento y en la intencion con que ellos han venido, y nosotros vamos. Ellos han venido á oler y fisgar, para decir luego entre los suyos, no lo que han visto, sino lo que han soñado, ó lo que han querido soñar para escribir una novela y producir un efecto cómico, á expensas de la honra de un pueblo noble y generoso, brusco quizá, inculto tal vez, pero generoso y confiado; tan generoso y tan confiado, que recibe con palmas y olivas á los que le insultan. Nosotros irémos á oler y fisgar, para decir sencilla y buenamente lo que hemos olido y fisgado. Si es malo para ellos, que tengan paciencia; si es bueno, con su pan se lo coman, y nosotros procurarémos comer tambien lo que podamos, porque lo bueno es pan que debe comer todo el mundo. Ellos han venido á burlarse. Nosotros irémos á estudiar. Ellos han sido novelistas. Nosotros serémos historiadores. Ellos han dicho la pura mentira, si es que hay mentiras puras. Nosotros dirémos la pura verdad; la verdad sin dimes ni diretes, á la buena de Dios, _á la pata la llana_, como dice la gente por estas buenas tierras de _Morería_. _Las mil y una noches_ que ellos han contado de nosotros, repugnan de tal modo á la evidencia de los hechos, que si no pusieran el nombre de nuestro asaeteado país, los mismos españoles no conoceriamos que se hablaba de España. Los mismos españoles creeriamos que se nos hacia la descripcion de cómo viven algunas tribus de la Polinesia ó de las Molucas. Lo que nosotros dirémos de los franceses será un retrato tan al natural, un retrato tan _candorosamente_ parecido, que no habrá persona, por poco instruida que esté en materia de caractéres nacionales, que no eche de ver por instinto que hablamos de Francia, aunque nosotros supusiéramos que la escena pasaba en la Nigricia. Todo eso tendrémos á nuestro favor: pagarémos deudas antiguas, dando verdades á trueque de embustes, agradeciendo y recomendando lo que juzguemos que debamos recomendar y agradecer. Sufra, pues, el civilizadísimo Paris, el tan culto y refinado Paris, el Paris tan sutil, tan impalpable y tan vaporoso; sufra, decimos, que un _tosco africano_ se le entre por las puertas, sin decir tú ni mú, ni saco de paja, y le desdoble ciertos pliegues, y le adivine ciertas cuitas, y le ponga el dedo en ciertas llagas, y quite la tierra de ciertas sepulturas, y descubra ciertos cadáveres. Lo vamos á decir con vergüenza; pero lo vamos á decir. Tenemos miedo, lo que se llama miedo, de vernos en Paris. Nos parece (y lo hemos anotado en nuestra cartera de viaje como un suceso previsto y corriente) que aquel coloso nos va á confundir con una mirada, si es que no se digna aplastarnos con un pié; y que aún cuando tenga la indulgencia de no aplastarnos ó de no confundirnos, no vamos á saber por dónde entrar, ni por dónde salir en aquel laberinto formidable; de todo lo cual resultará que tendrémos que volvernos á nuestra humilde casa con los tiestos en la cabeza. Presumimos que nos va á suceder lo que á los monos de poco tiempo: se suben al árbol para coger cocos, y las más de las veces son aplastados por la misma fruta que quieren coger. Pero, en fin, lector mio, pecho al agua; vamos al maravilloso y estupendo Paris, á ese Paris que tantas veces habrá sonado en tus orejas, en tu pensamiento, en tu corazon, en tu fantasía ... sobre todo en tu conciencia y en tu bolsillo. La ignorancia es muy atrevida, y lo suplirá todo. ¡Buen ánimo, lector! ¡vamos á Paris! Si vale juzgar por el plan que nos hemos formado anticipadamente, estos estudios comprenderán las siguientes séries. PARIS MORAL, PARIS CURIOSO, CONSIDERACIONES Y DESPEDIDA. El PARIS CURIOSO comprenderá una reseña histórica de Paris, monumentos, estadística y hechos notables, con una descripcion diaria de las impresiones que allí recibamos, y que trascribirémos al papel con la más escrupulosa fidelidad. A falta de otro mérito superior, la presente obra será notable por la expresion ingénua con que será escrita. Si hay algun aliño en lo que escribamos, será el que buenamente salga á nuestro encuentro. Nosotros no hemos de buscar otra cosa que procurar decir, en la forma más fácil, lo que veamos, lo que sintamos y lo que pensemos. INTRODUCCIÓN. ¡Paris, fábula del mundo, fábula de tí propio; palacio por fuera, sepulcro por dentro, salve! Hace un mes que estamos en Paris mi mujer y yo. En este mes de noviciado y de aprendizaje, ¡cuántas cosas nos han sucedido! ¡cuántas sorpresas hemos llevado! Mi compañera y yo no hemos podido sacudir todavía la inevitable ofuscacion de las primeras impresiones, y estamos como sordos, y nos miramos con cierta expresion alelada. ¡Qué ruido! ¡Qué tropel! ¡Qué infierno! Madrid no es más que un barrio de esta confusa y turbulenta Babilonia; no es más que un lienzo de este interminable panorama de sombras chinescas. Pero la narracion de las aventuras que nos han sucedido durante este mes, (¡qué mes, Dios mio!) toca al PARIS CURIOSO, y no debemos alterar el sistema que nos hemos propuesto seguir. Aquí sólo hablarémos del PARIS MORAL, cuyo punto nos ha parecido conveniente tocar ante todo, correspondiendo á lo que de nosotros exige una necesidad de nuestro país. Francia tiende á absorbernos en todos sentidos, tambien en sentido moral, y no nos conformamos de ningun modo con que nos absorba en ciertas tendencias, ahora que sabemos y presenciamos lo que no sabiamos ni presenciábamos antes. Nos explicamos, con más ó menos dificultad, que nos ponga la ley con sus figurines, con sus modas, con sus jabones, sus pomadas, sus esencias y sus juguetes: nos explicamos sin violencia que nos ponga la ley con sus graciosísimos diges, con sus elegantísimas bicocas, con sus poéticos relumbrones, con sus cultísimas frivolidades: nos explicamos, gimiendo ó no gimiendo, que nos domine con sus tejidos, con sus ácidos, con sus instrumentos, con sus libros, con sus novelas, con sus dramas, hasta con su idioma: todo eso podemos explicarlo; pero no nos podemos explicar que deba ser nuestra dictadora en punto á costumbres. Contra semejante conato se levanta airado nuestro corazon. No reconocemos ese dominio, no admitimos esa tutela, no concedemos esa supremacía, por más que la organizacion exterior de las cosas nos deslumbre; por más que la cara postiza de que todos los hechos se revisten aquí, haga que confundamos el inocente arrullo de la tórtola con el canto agorero de la corneja. Aquí hay una cosa particular, indefinible, múltiple, casi infinita: una cosa que está en todas partes, que todo lo llena, que todo lo anima, que á todo de su forma y su rostro, como nuestro pié de su forma propia á nuestra pisada. Hay una cosa que nosotros llamamos _el palaustre francés_. Los franceses tienen un _palaustre_, con el cual adoban y alisan tan admirablemente la exterioridad de las cosas, la parte que se ve, lo que está por fuera, lo que produce en nuestros sentidos y en nuestra fantasía el primer efecto dramático: preparan tan _deliciosamente_ las cosas con unos cuantos golpes de su portentoso palaustre, que aquí casi todo parece arte, cuando real y verdaderamente casi todo es un simple artificio. Traigamos á Paris cualquier cosa, una fruslería cualquiera, de España, de Italia, de Inglaterra, de Rusia, de Turquía, del Mogol; démosla á un francés, dejemos que el francés la lleve á su casa; que allí la componga, que la aliñe, que _la lave la cara con su palaustre_, y es bien seguro que la fruslería extranjera será en Paris una especie de mágia. Por dentro será fruslería, el interior estará vacío, _el precioso busto no tendrá seso_, como dice la fábula, pero lo de fuera será un encanto. ¡Qué hechizo tan particular, qué inspiracion tan asombrosa, qué talento tan admirable hay aquí, para hacer ver que _es algo lo que no es nada!_ Quizá no lo habrémos meditado bastante; tal vez no conocemos lo necesario este inmenso laboratorio, esta inmensa química; acaso serémos injustos y agresivos con esta sociedad que nos asombra, como podria asombrarnos una fantástica aparicion; suplicamos al pueblo francés que nos perdone; pero vamos á manifestar una idea, que hemos concebido más de una vez, que hemos concebido muchas veces, bajo la influencia de hechos análogos, lo cual prueba al menos que nuestra idea no es el resultado de una excepcion. Cuando el espectador rie siempre, ó siempre llora, algo hace el actor para producir aquella risa ó aquel llanto. Hé aquí nuestra idea. Creemos que el dominio que Paris ejerce, creemos que ese espíritu en alas del cual visita todo el globo; ese reinado que tiene un trono en tantos pueblos; esa culta y privilegiada tiranía con que está pesando sobre el mundo de hoy; creemos que esa mañosa red que tiene extendida sobre toda la tierra, no es tanto la obra de su ciencia, de su arte, de su industria y de su comercio, como la de su prodigiosa habilidad en dar á las cosas una segunda cara, una cara postiza, _la cara francesa_: es decir, una mano que cubre la cara de carne con una máscara de carton. Creemos que la supremacía que hoy alcanza, el universal señorío de que con más ó menos razon está tan orgulloso, no lo debe tanto á las creaciones de su genio, como al artificio de su palaustre. Otro crea, otro hace, otro descubre, otro saca del caos del pensamiento la sustancia impalpable de la idea, el gérmen divino. Esta idea arranca, esta idea camina por el mundo, Paris la llama, la acaricia, la pule, la compone, la ajusta, la viste: es decir, coge su mezcla maravillosa, empuña su palaustre mágico ... ¡oh portento! ¡Ved como brilla ahora lo que poco antes era oscuro! ¡Ved qué gracioso, qué bonito, qué jugueton es, lo que poco antes era duro, severo, grave! Antes era una cosa; lo que el arte ó la naturaleza queria que fuese; ahora es una _monería_; lo que Paris ha querido que sea. Dios y el hombre tienen un taller. Paris tiene otro; el taller de Paris. El escudo de armas de esta importantísima ciudad, debia representar un monarca que empuña por cetro un _palaustre_. Volvemos á pedir uno y mil perdones al pueblo parisiense, imploramos humildemente su indulgencia, en justo pago de la deslumbradora hospitalidad que nos ofrece; pero hemos dejado nuestra pobre España para decirla, no lo que soñemos, sino lo que creamos, y eso es lo que creemos al pié de la letra. Pues volviendo á la cuestion moral, hemos descubierto que el _palaustre francés_ anda tambien alisando la cara de las costumbres, y que más allá de esa cara lisa y graciosa, abajo, en lo hondo de la fábrica, hay ciertas escorias que el palaustre no puede quitar, porque el palaustre no quita nada, lo compone todo. Y nosotros, rudos y aviesos españoles, no queremos esas composturas francesas. Aunque la cara no esté tan bonita, preferimos que el interior no esté tan podrido, y dando las gracias encima, regalamos á nuestros vecinos la escoria que está dentro y la cara graciosa que está fuera. Excusamos advertir que no nos duele que seamos llevados por un espíritu extranjero, sino que seamos llevados sin razon. Cuando la razon media, cuando la religion universal de lo bueno y de lo justo nos hace hermanos, no vemos extranjeros, sino hombres. La idea del hombre nos hace grandes, generosos, magnánimos, inmensos, por decirlo así, y no debemos pagar á aquella noble idea siendo egoistas. ¡No! No marcamos fronteras á los hechos universales, como lo son todos los que se refieren al bien humano. No ponemos límites á ese bien, como no damos patria al ambiente, á la tierra, al calórico, á los celajes. Un patriotismo exagerado, es al mismo tiempo una ridiculez, una supersticion y una imbecilidad. Nos pondrémos de parte de España en este caso, porque cuando un hecho particular quiere absorber á otro hecho particular, no podemos menos de declararnos á favor de aquel que recibe la agresion injusta, especialmente cuando este hecho corre unido al amor y a la veneracion que nos merecen las cenizas de nuestros padres, Antes que cuestion de país, es cuestion de verdad. Es cuestion de patria tambien; seriamos hipócritas si lo negásemos; pero este respeto viene despues, como un hombre está despues de la humanidad, como la narracion de un solo hecho está despues de toda la historia. Tal es el pensamiento con que vamos á tratar esta delicada materia, y declarado así, quedamos tranquilos y con el valor suficiente para decir cuanto nos dicten nuestras convicciones. Pero no faltará quien diga: ¿á qué tantas ceremonias y escrúpulos con esos hombres aturdidos y desleales, que hablan al mundo de nuestro país, como si hablasen de una horda de la Nueva Zelanda? No, señores: la infantil ligereza con que nuestros vecinos hablan de nosotros; esa ligereza que es tan nativa en ellos, y que se les debe perdonar por ser un achaque de raza, una verdadera enfermedad de temperamento y dé carácter; ese chistoso _sans façon_ con que nuestros vecinos dicen las mayores sandeces con la formalidad más pomposa y más entusiasta; esa especialidad francesa que consiste en hablar de la niñería más grande que se ocurre á hombre, con la mayor magnificencia y esplendidez del mundo; _ese curiosísimo secreto_ de nuestros vecinos, no nos autoriza para insultar á una nacion. Nosotros sentiriamos remordimiento si entrásemos en el exámen de esta sociedad con una intencion egoista. ¡No! Por respetos al pueblo francés, por decoro á nuestro país, por nuestro propio honor, como escritores públicos, no harémos lo que hacen los franceses, con lo cual probarémos, que si no somos tan refinadamente cultos, somos al menos más clásicamente cristianos. La naturaleza lleva en sí cierta cosa bravía de buena índole, una virtud salvaje, pero candorosa y original, y esta ventaja tenemos los bárbaros. Esta série comprenderá los siguientes capítulos: 1.º Moralidad de los franceses con relacion á la ley. 2.º Con relacion á la opinion. 3.º Con relacion á las costumbres. 4.º Con relacion al trato civil. 5.º Con relacion á la industria y al comercio. 6.º Con relacion al arte. 7.º Con relacion á la familia. 8.º Con relacion á cosas que verá el curioso lector. UN PASEO POR PARIS. I. =Moralidad de Paris con relacion á la ley=. Llegamos á Paris á las tres de la tarde, y no faltaba mucho para oscurecer, cuando entrábamos en un hotel, llamado de los Extranjeros, á tiro de pistola de los magníficos bulevares. Comimos luego en un lujoso y _aéreo Restaurant_, situado en la Plaza de la Bolsa, cuyo dueño se llama como jamás olvidaré, _Champeaux_. Ignoro si este nombre puede tener para los oídos franceses alguna poesía; pero sé muy bien que es un nombre célebre, prosáica y dolorosamente célebre para mi afligido bolsillo, como verá el lector en el PARIS CURIOSO. A las diez salimos del famoso _Restaurant-Champeaux_, y por señas que mi mujer y yo caminábamos sin decirnos oste ni moste. ¿Por qué tal silencio? Preguntará tal vez algun curioso. ¡Ay, lector, lector de nuestra alma! Ordinariamente no hablamos, despues que somos ... sorprendidos. La escena del _Restaurant_ nos dejó mudos. De vuelta, por fin, en nuestro hotel, quiso mi mujer acostarse y notó con harta estrañeza que los dos balcones de nuestra habitacion no tenian maderas, y que á una de las vidrieras faltaba el pestillo. Es decir, notó con extrañeza que dormir allí era dormir en medio de la calle, á pública subasta, como decimos por allá. Se trataba de un piso entresuelo muy bajo, no habia puerta en los balcones que daban á la calle, uno de los cierros de cristales carecia de pestillo.... ¿Cómo era posible que mi mujer, la más medrosa de las mujeres, se resignara á pegar los ojos en un cuarto, expuesto al antojo del primer transeunte? Llamo al _garçon_, y le digo que se habian olvidado sin duda de poner las maderas á los balcones, y que una de las vidrieras no cerraba. El _garçon_ se sonrió compasivamente. Hace cuarenta años, me dijo, que este hotel existe; tal como está hoy estuvo siempre, y todavía no se cuenta que haya sucedido la menor tentativa de robo. _¡Bah! no tenga usted miedo. (¡N'ayez pas peur, allez!_) Y diciendo esto se marchaba. --Oiga usted, le grité con resolucion: ¿es decir, que nos hemos de quedar de este modo? --El amo responde de lo que suceda. --Perdone usted; el amo no puede responder de que me degüellen, y si esto aconteciera, me importaria muy poco que su amo respondiese. El garçon soltó una carcajada con el mayor aplomo, cual si creyera que yo queria tener con él un rato de solaz, y desapareció como un cohete. Referí á mi mujer lo sucedido, y mi mujer determinó pasar, la noche cerca de los cristales, reservándose mudar de habitacion al dia siguiente. Yo calculé que la sinrazon no estaba en el amo del hotel, sino en nosotros. Esto es una costumbre del país, costumbre que no tiene aquí peligro alguno: ¿por qué prestar oídos al temor infundado de un extranjero, en cuya nacion se vive de otro modo? ¿Por qué presumir que nosotros dos estimamos más nuestros bienes y nuestras vidas, que los centenares de hombres que diariamente se hospedan en este mismo hotel? ¿Por qué presumir que el amo habia de exponerse á perder los muchos objetos de valor que decoran nuestra vivienda? ¿Por qué presumir que un establecimiento tan importante, podia aceptar el riesgo de desacreditarse en una hora, supuesto un robo ó un asesinato? Yo preferiria que estos balcones tuviesen maderas; preferiria que los transeuntes no tuvieran la tentacion contínua de ver dos balcones á su disposicion, dos balcones que pueden tocarse con la mano; pero visto que esto es aquí un hecho normal, me parece tan extravagante y tan ridículo querer otra cosa, como lo seria en Constantinopla el pretender que cada casa no fuese un palacio encantado. En fin, mi mujer se acostó, por obediencia, y no cerró los ojos hasta que observó que estaba muy entrado el dia. Pero luego que nos habituamos á la vida nueva, tanto el dinero como los relojes quedaban sobre la mesa ó sobre el armario, casi á la vista del que pasara por la calle. Excusado fuera decir que nadie vino á desposeernos ni á matarnos. Hemos atravesado varias veces todo Paris: jamás hemos tenido noticia de un robo á mano armada, de un asesinato, de un tumulto de ninguna especie. Sólo hemos presenciado una riña entre dos hombres en la calle de Buenavista _(Beauregard)_, disturbio que duró un momento y que no tuvo consecuencias desagradables. Trato, pesos, medidas, comestibles, todo se ajusta perfectamente á la ley. Estudiado Paris en otras tendencias, apenas se concibe, ó se concibe como concebimos un prodigio, la existencia de ese escrupuloso nivel entre la conducta social del que obedece, y la voluntad del que manda. Este nivel es evidente, y sólo la ignorancia, la preocupacion ó el odio pueden desconocerlo. Hemos estudiado con el mayor esmero esta faz de la civilizacion parisiense, y debemos decir que muy rara vez hemos visto que una manifestacion pública del individuo, esté en discordancia con el precepto de la sociedad: es decir, con las leyes escritas. No falta quien haya atribuido este resultado á la vigilancia de la policía; pero esta manera de juzgar no es la que más revela un conocimiento sazonado de las cosas. La policía, como todo hecho represivo, podrá evitar casos particulares, accidentes de localidad y de hora; no producir un caso general, unánime, con rarísimas excepciones. Aquí es una disposicion general de los ánimos y de las costumbres no herir la propiedad, en cuanto esta propiedad está garantida por una proclamacion formal de la ley. Para que esta disposicion de los ánimos y de las costumbres fuese resultado de la vigilancia de la policía, fuera menester que cada individuo tuviera un vigilante tan unido á él como el pié á su huella, lo cual nos llevaria á suponer la existencia de tantos espías como ciudadanos. Esto es absurdo. Cuando un pueblo es tan inmoral que cada uno de sus hijos necesita un espía para no ser asesino ó ladron, no hay fuerzas humanas que impidan que el individuo de aquella sociedad sea ladron ó asesino. El espía no puede hacer otra cosa que añadir á la suma un guarismo nuevo. El ciudadano criminal tendria necesidad de un cómplice: este cómplice seria su propio guardian, la policía, el espionaje. El espionaje, pues, sólo serviria para dar autoridad á los crímenes, ó para sucumbir en la lucha. Sí, la policía tendria que ser cómplice, ó robada y asesinada por el ladron y por el asesino. ¿Quién lo duda? Cuando un cáncer se apodera de todo nuestro cuerpo ¿dónde encontrareis carne sana que oponer á la carne cancerosa? Si el cáncer está en todas partes, si hay que cortarlo todo, ¿en qué punto concebís la vida? ¿De qué manera concebís la vida en una carne que debe cortarse? Esto no puede ser, y no pudiendo ser en ningun país del mundo, no hay razon para que sea en Paris. No, no es la policía. Policía hay en Austria, y la criminalidad es incomparablemente mayor. La Inglaterra mantiene hoy menos policía que el imperio francés, y la Inglaterra es un país más morigerado que Francia. Menos policía tiene Bélgica, mucha menos, y las costumbres de aquel país son bastante mejores que las del pueblo que examino. En caso parecido se encuentran la Holanda, algunos Estados alemanes, las Ciudades Libres y la Suiza. Cerdeña tiene menos policía que Nápoles, y Nápoles es más criminal que Cerdeña en una proporcion fabulosa. No, la policía es un hecho puramente exterior, y de este orígen no pueden provenir las altas razones morales, religiosas, políticas y económicas, que marcan los grados de sociabilidad en todos los pueblos de la tierra, sociabilidad que es el gran círculo donde todos los hechos humanos se contienen, las costumbres tambien. No; la represion hace lo que una argolla. La argolla no tiene la virtud de convertir á los malvados. La argolla no es un poder humano, un poder moral; mata, no educa. Pues ¿de dónde procede la religiosidad del pueblo francés en atemperarse al precepto público? Sobre esto dirémos despues unas cuantas palabras. Ahora no hacemos más que exponer hechos, y el hecho es que aquella religiosidad exterior se manifiesta de una manera incuestionable. Vamos ahora á ver las cosas de otro modo. II. =Moralidad de Paris con relacion á la opinion=. Esta moralidad es tan escrupulosa como la que se observa con respecto á las leyes, aunque proviene de causas distintas. ¡Cuántas manifestaciones engañosas! ¡Cuánta observacion, cuánto deseo y cuánta buena fe se necesitan para penetrar en el interior de este laberinto, y ver los hechos como son en sí! ¿Nos dejamos un paraguas, un pañuelo, un bolsillo, en algun café, tienda, quizá teatro? Pues volvamos y allí estará. ¡Moralidad asombrosa! se exclama. Poco á poco, amigos mios. No niego que esto es preferible á vernos asaltados por una partida de beduinos ó de turcomanos, pero nosotros nos guardarémos muy bien de llamarlo virtud. Le llamarémos habilidad; virtud, no. ¿Por qué no? Vamos á explicarnos; pero, lector mio, con tu vénia, hablarémos en adelante en singular. Yo tengo una tienda, un café, un teatro, una fonda. Sin el favor de la opinion pública, esto es, sin crédito exterior, sin probidad aparente, sin esa probidad que sale á la calle vestida de colorea muy vivos, como los payasos, para que la gente se pare á verlos: sin la moralidad de la opinion en un gran centro de competencia, claro es que me arruino. ¿Pues qué hago? Agenciar dia y noche aquel favor, aquella condicion necesaria para que yo adelante y goce; mejor dicho, procurarme sin descanso aquella mercancía indispensable para que sea un mercader feliz. ¿Vale más mi crédito que un paraguas, un pañuelo, un bolsillo, un billete? Pues tome usted el billete, el bolsillo, el paraguas. ¿Vale más mi mercancía que la de usted? Pues tome usted su mercancía. Pero si el bolsillo contuviera bastantes monedas para asegurar de una vez mi fortuna; si el billete fuera un talon contra el Banco de Lóndres, y representara una cantidad que hiciera imposible la ruina; si la mercancía de la tienda, del café ó de la fonda, valiese menos que la del bolsillo ó el billete de usted, ¿cree usted que el hombre moral de Paris dejaria de ajustar la cuenta por los dedos; cree usted que dejaria de anotar en el libro de entrada la partida mayor? No niego que habrá muchas y honrosas excepciones: no condeno la intencion virtuosa de uno ó mil individuos. Hablo de la temperatura general que, en mi juicio, tiene aquí la conciencia. Esta verdad se descubre más fácilmente en los cocheros. La ley ofrece una recompensa pecuniaria, y en otros casos una mencion honorífica, al conductor de un carruaje público que presente en las oficinas de la policía los objetos olvidados en su carruaje. Los objetos devueltos en este año suman un valor de 43.000 duros. Pero ¿qué sucede en realidad? ¿Que sentido tienen estos alardes de pureza y de abnegacion ante la moral verdadera, ante la emocion íntima del alma, esa emocion que siente el bien, y que tiene bastante con sentirlo, como mi corazón ama la belleza, y tiene bastante con amarla? ¿Qué significan esos 43.000 duros devueltos á la policía de esta ciudad? Significan lo siguiente; y cuidado que no hablo de memoria, sino por experiencia. Si el objeto olvidado no valia la pena de que la policía premiase al _cochero honrado_, el cochero honrado hizo noche de aquel objeto. Si el objeto valia mucho mas que la recompensa pecuniaria ó la mencion honorífica, el objeto no pareció tampoco. ¿Pues qué objetos son los que parecen? Parecen aquellos que no valen menos ni más que el premio ó la mencion; no parecen más mercancías que las que convienen al negocio. Al volver una tarde de Passy, tomamos un coche cerca de las barreras del arco del Triunfo; era de dos asientos, y un amigo que nos acompañaba tuvo la bondad de subirse al pescante, mientras que mi mujer y yo ocupábamos el interior del carruaje. No hacia diez horas que nos habiamos comprado un sobretodo de goma, forrado de merino, y que podia usarse tanto para las lluvias como para servir de sobretodo. Llegamos al hotel de Buenavista; subimos; á poco notamos que el amigo se habia dejado el sobretodo en el pescante; el cochero no pareció por nuestro hotel, ni el sobretodo pareció tampoco por las oficinas de la policía. Me consta, porque estuve á saberlo, contra la voluntad del interesado, que se hubiera creído en pecado mortal si un sobretodo le obligara á mover un pié ó á despegar un labio. En fin, depuradas las cosas en el crisol de la verdad, la virtud de Paris con respecto á la opinion pública, seria una hipocresía, un fraude, un dolo, si no fuera un comercio hábil, una industria que participa de cierto hechizo para explotar al hechizado; ¡_palaustre tambien_! La conciencia se escribe y se suma: el guarismo mayor es el más moral. ¿No hay guarismo? Pues no hay nada. ¿Y dónde no sucede lo mismo? se replica. Yo contesto que no sucede lo mismo en la mayor parte del mundo; yo contesto que esa disposicion del sentimiento y de los hábitos, es una especialidad francesa, al menos una especialidad parisiense. Aquí, la alucinacion de la fantasía se ejerce sobre todo, hasta sobre el tul de unos manguitos, hasta sobre los pliegues que se dan á una tela cualquiera: ¿cómo no ha de ejercerse sobre las deliberaciones y las costumbres? Lo que aquí se llama moralidad, se llama en otras partes astucia, destreza, _comprar y vender entendiendo el oficio_. Yo no condeno tanto el hecho, como su falsa manifestacion y su falso alarde. Llámenlo negocio, empresa, mercado: llámenlo como quieran, moral, no. Eso no es la moral; _la cara de carton no es la cara de carne_. La moral no se escribe sino sobre el código eterno de una verdad que no se suma, que no se palpa: una verdad lúcida, inocente, afectuosa y bella como el recuerdo de una madre; alta, noble, expansiva y universal como la idea de Dios. III. =Moralidad de Paris con relacion á las costumbres=. En una de las tiendas contiguas al pasaje de la calle Montmartre, cerca del Mercado Nuevo, han llevado á mi mujer diez sueldos por unas trencillas que cuestan dos en la plaza de las Victorias, siendo estas últimas tal vez de mejor calidad. Notaron que era extranjera, y la llevaron cinco veces más de lo justo. En el pasaje de los Panoramas compramos un frasco de vinagre de olor, un pomo de aceite y algunas pastillas. Yo creí equivocadamente que el frasco valia dos francos y medio, y pagué á razon de esta suma. Pero no valia más que uno y medio; la señora que despachaba se apercibió sin duda del exceso de un franco, (la mujer francesa se apercibe de todo) y se contentó con añadir una pastilla, como si se tratara de un regalo con que nos obsequiaba. La pastilla valia seis sueldos, de modo, que fué moral regalando una pastilla que me costaba dos veces más de lo que valia. En la calle de Montmorency hay una casa particular donde se come (_cuisine bourgeoise_); hemos asistido á la mesa redonda varios dias, y constantemente nos han llevado mucho más que á los comensales franceses. El garçon del hotel de los Extranjeros me pidió un franco diario por el arreglo de la habitacion, al cabo de dos meses de nuestra estada allí. Ni la señora me habló de ello jamás, ni el garçon me dijo una palabra, sin embargo de que á él pagaba la habitacion cada quince dias, y de que no me daba una carta, ni me traia recado alguno sin que le gratificase en el acto. ¿Qué cosa más natural que advertirme de ello cuando entré en el hotel? ¿Qué cosa más justa y más sencilla que decirme: «paga usted siete francos por la habitacion y uno por el servicio?» ¿Y si yo no hubiera tenido más que los siete francos, único compromiso que contraje? Y cuando gratificaba todos los dias al criado, ¿qué cosa más natural que haberme dicho: «advierta usted que estas gratificaciones no le desquitan de un franco diario que ha de darme por el arreglo de la habitacion?» Pues nada; calló durante sesenta y siete dias, y hubiera callado más tiempo á no haber notado que queriamos mudar de hotel. Entonces me lo dijo con una sangre fria, con un aplomo, _con una conciencia de su buen derecho_, que yo le escuchaba y no comprendia qué queria decirme. ¡Cuitado de mi! Me mudaba por ahorrarme 50 francos mensuales, y aquel hombre me pedia 67. ¿Qué es esto? Yo tengo el defecto de que doy demasiada importancia al no quejarme, al sufrir en silencio; pero esta vez no quise callar. Se trataba de 67 francos que me hacian falta, se trataba además de que era extranjero, de que era español; casi todas las cuestiones son para nosotros en Francia cuestiones de decoro, y me di á bajar la escalera con el fin de hacer saber á la señora lo que ocurria. La señora no estaba, pero estaba el _señor_, el cual me recibió de una manera amabilísima, porque creyó tal vez que iba á pagar; pero luego que se hubo enterado del asunto, _de l'affaire_, como dicen aquí, frunció el entrecejo, agrió la voz, y se ladeó un poco, cual si quisiera significarme que mi reclamacion era cosa que él se echaba á la espalda. Yo me hice francés en aquel momento y no dejé de mano _mi negocio_. --Por siete francos me ajusté, le dije; los he pagado, nada debo. --En mi hotel hay costumbre de pagar aparte el servicio de la habitacion. --Usted es muy dueño de establecer en su hotel todas las costumbres que le parezcan convenientes, pero no de establecer costumbres con la condicion de que yo las he de pagar, cuando las ignoro. --Todos las pagan, caballero, y nadie murmura. --Pues contra lo que hacen todos, digo á usted, que ni usted ni nadie puede perjudicarme por una ignorancia de que no tengo culpa. --Yo no tenia necesidad de advertir á usted acerca de nada ... --Ni yo de pagar. Diciendo esto, salí del gabinete de recepcion, donde nos encontrábamos, y subí á mi Cuarto, dispuesto á dejar el hotel en el momento mismo. Apenas habiamos empezado á poner en órden nuestro equipaje, cuando llamaron á la puerta. Era la señora. ¡Triste de mí! --Siento-mucho, me dijo, que usted se haya incomodado ... --Perdone usted, señora: yo no me incomodo por mí: hacen que me incomode. --¿No pensaba usted dar nada al criado? --Le he dado más de seis duros, durante nuestra estancia en este hotel. --¿Pero no pensaba usted gratificarle cuando se marchara? --Sí, señora; pensaba darle cinco ó diez francos; tal vez cincuenta, acaso ciento, si hubiera creido que los merecia; pero no pensaba tener obligacion de dar 67, cuando nada se me ha advertido, cuando nada sé, cuando por el contrario tengo necesidad de saber lo que he de pagar, porque mi bolsillo no es infinito.... --Pues bien; hágalo usted por mí, dé usted al criado la mitad de lo que ha pedido.... ¿Qué menos ha de dar usted que medio franco por arreglar la habitacion? En fin, entró la parte mágica, y _la funcion_ me costó seis napoleones cumplidos. ¿Con qué objeto exponerse á escalar puertas ó balcones, cuando hay el arte necesario para hacerlo mágicamente? En el bulevar de la Buena Nueva me compré una levita de verano por 35 francos. El amo del establecimiento quitó la enseña donde estaba escrito el precio, y nos dió la levita perfectamente envuelta en un gran papel. Yo le di dos piezas de 20 francos, y esperaba que me diera la vuelta; pero el amo no pensaba en tal cosa. Tuve que preguntarle cuál era el precio de la levita para arrancarle los 5 francos que sobraban. Tal vez aquel hombre obraba distraidamente; esto podia suceder; no quiero hacerle reo sin tener entera conviccion; pero los varios lances análogos que me han sucedido, me dan el derecho de consignar aquí este escrúpulo, para que valga lo que la sensatez del lector juzgue regular. Muy pocas cosas puedo decir acerca de la prostitucion de esta ciudad extraordinaria. Los lectores saben que la prostitucion se considera aquí como una industria, industria que tiene su matrícula, que está bajo la vigilancia del gobierno, pagando en trueque una contribucion. La policía da á las mujeres públicas dos _horas de reclamo_; desde las nueve hasta las once de la noche. Es un espectáculo sumamente curioso, aparte lo que tiene de aflictivo, el sentarse en un balcon de una de las travesías que conducen á los grandes centros, y ver pasar y repasar á estas mujeres, desempedrando las aceras. Andan de una manera prodigiosa. Cualquiera diria que caminan sobre resortes ó por influencia magnética. Son un torrente á que abren el dique, y anda en dos horas lo que estuvo parado en las veinte y dos de cautiverio. No se contentan con insinuarse por su manera especial de moverse, ni con _cecear_ á los transeuntes, sino que los llaman, los detienen, los exhortan, como un candidato catequiza á los electores. Esto no deja de tener su ventaja, porque la mujer pierde el prestigio que la da el recato, aunque sea un recato hipócrita, y la prostitucion ofrece así menos peligros. La mujer no es temible sino en cuanto nos hace sentir, y no nos hace sentir sino en cuanto nos ofrece una belleza recatada; la prostituta vulgar en Paris es feísima en este sentido. ¡Cuánto más temible es la de Italia, especialmente la de Roma! Una noche saliamos mi mujer y yo del pasaje de los Panoramas. Mi mujer se habia quedado algo detrás, mientras que una ramera que estaba de acecho en la calle de Montmorency se dirigió hácia mí como una exhalacion, _volcánicamente_, y me dijo con la mayor dulzura: _voulez-vous venir avec moi?_ ¿Quiere usted venirse conmigo? Mi mujer asomaba en este instante. Yo contesté á mi invasora: _parlez avec madame s'il vous plaît_. Hable usted con mi señora, si le parece bien. La prostituta echó hácia atrás con la velocidad de una carretilla. Yo conté á mi mujer lo sucedido, y mi compañera se sonrió de la manera como una mujer suele sonreirse en tales casos. Hay una casa en Paris (no quiero ser cómplice de ella ni aún revelando el nombre), en la que no se puede entrar sino prévia la entrega de 60 francos, ó sean doce napoleones, que ingresan en los fondos del establecimiento. Paris es la ciudad del coquetismo y de los efectos dramáticos. Pues bien, estoy seguro de que no hay magnate ni extranjero en Paris que tenga una casa montada con más lujo, con más alarde, con más profusion; sobre todo, con un gusto más refinado, más incitante, más deslumbrador. Estilo árabe, estilo persa, estilo griego; doraduras, bordados, reflejos, prismas; todo está allí mezclado y confundido formando una region de hadas ó de huríes. Una prostituta es hija de un banquero que se arruinó, la otra es hija de un alto empleado que ya no vive; otra de un coronel ó de un general que vino á menos. Esta sabe el inglés; aquella el aleman; la otra el español, el italiano ó el ruso. Allí es de ver cómo una prostituta, estudiado el temperamento de su víctima, le devuelve un billete de cien francos que de ella recibió, con el objeto de ganar su ánimo y apoderarse de toda su cartera. Allí es de ver la suma habilidad con que la elegantísima _mademoiselle_, convence á un hombre, de que jamás ha experimentado la pasion que su talento y su profunda simpatía la han hecho concebir. Allí es de ver como la reina de aquel sarao frota dulcemente la mano de un hombre, cual si quisiera persuadirle empleando por razon el calórico de la electricidad: allí es de ver la ingenuidad maravillosa, la admirable inocencia, con que exclama, dando á su acento la expresion tardía y entrecortada del patético: _¡Que je suis malheureuse!_ ¡Qué desgraciada soy! Esto quiere significar: ¡qué desgraciada me ha hecho tu amor! O bien esto otro, que está más en relacion con las intenciones de aquellas _eminentes actrices_: ¿cómo podrás pagarme el mal que me has hecho? Hay prostitutas que salen de allí para ser personajes en el gran mundo. Yo he visto una, á quien un ruso dió, durante muchos años, veinticinco mil francos mensuales. La prostitucion de la casa de que hablo, está elevada á ciencia, á bella arte, á gran tono: ¿lo querrán creer mis lectores? Está elevada á una especie de adivinacion, á una especie de agorería. Hablar allí de la piedra filosofal, de la cuadratura del círculo ó del movimiento contínuo, es una cosa casi natural. La prostituta de aquella casa, adivina el corazon de sus clientes, como conocía Gall los órganos cerebrales del hombre. ¡Cuántos misterios curiosísimos y dolorosos encierra aquel Eden de la corrupcion! ¡En cuántos presupuestos de familias ricas de Paris, tiene un guarismo aquel Eden infame! Sí, muchos hombres casados del mismo Paris, están ajustados anualmente con la dueña del establecimiento: esto es, tienen un palco allí, como lo tienen en el teatro de la grande Opera, en los Italianos ó en el Circo. Por último, yo no tengo noticia de una casa igual, y no extraño que el jóven, profano á la vida de las grandes ciudades, pierda allí el sentido y se dé en cuerpo y alma al diablo de aquella tentacion. Es el talento que la víbora tiene en saber picar; pero indudablemente hay allí un talento asombroso. Yo no hallo palabras que expresen la memoria que deja aquel _encantamiento maldito_, sino diciendo que es una CIVILIZACION QUE ESPANTA. ¿A quién podria ocurrirse (y termino con esta especie) que la dueña del establecimiento en cuestion, es una gran señora? Pues nada más cierto. He oído decir á muchas personas que la corrupcion de Paris, en el sentido indicado, es un hecho muy natural, atendida la circunstancia de que á este pueblo afluyen todas las naciones del mundo. Algo concedo á esta consideracion; creo tambien que hay vicios orgánicos en la existencia de los grandes centros, de los grandes focos, de las grandes acumulaciones. Creo tambien que la centralizacion causa daños hasta en el censo de poblacion; pero esta creencia no me explica todo lo que aquí veo. ¿Qué virtud atribuirémos á una pastora que vive aislada en el fondo de un bosque? ¿Ha de ser impura con la soledad, con los árboles, con las flores, con el ambiente? ¿Ha de ser impura con las tórtolas ó con los faisanes? Sin vicio no hay virtud; como sin Ocaso no hay Oriente, como no hay martirio sin lucha. ¿Es Paris corrompido porque hay lucha? No; la lucha es necesaria; pero es necesario que sea una lucha moral, una lucha virtuosa, una lucha como no lo es en este gran centro. No está el mal en que una piedra ruede; esto es natural, providente, moralísimo: el mal está en que ruede hácia el abismo; en que ruede hácia donde no debe rodar; en que ruede para precipitarse. La corrupcion de Paris consiste en que es el pueblo más ingenioso de la tierra, y en que emplea su ingenio, al menos durante el tiempo que atravesamos, en falsear artísticamente las leyes morales. No, no es vicioso porque se mueve, sino porque se mueve mal. En todas partes sucede lo mismo, con la diferencia de que hay peor sentimiento, porque hay más hipocresía. Esto dicen los hijos de Paris. Yo contesto á los hijos de Paris que se engañan. No me maravilla que busquen esta solucion á sus pecados; pero se engañan. En ninguna parte del mundo tiene la prostituta la instruccion y la fascinacion teatral que en Paris: en ninguna parte del mundo tiene la fantasía tantas imágenes y tantas formas para embellecer la fealdad: en ninguna parte del globo conocido se hace de la prostitucion una especie de apoteosis ó de reinado. No hay más hipocresía en los demás países: hay menos ingenio, aplicado á dar encanto á los goces ilícitos, á dar esplendidez á la sensualidad que se embriaga. Hay más ignorancia cuando se trata de llamar á la imaginacion para que haga de una ramera un personaje, una heroina, casi una gloria, _una celebridad_. Hay menos talento en hacer de un vicio una aristocracia. Digo otra vez, y lo diré mil veces, que profeso por máxima de vida social el respeto al hombre, sea quien fuere, aunque sea un mendigo, aunque sea un reo, aunque sea un ajusticiado, y que respetando al individuo, con mayor razon respetaré á los pueblos, en quienes hallo individuos más respetables, á fuera de mayores. No me propongo lastimar á Paris; sino manifestar lo que entiendo justo. En los demás países se sabe menos en materia de convertir el vicio en una hechicería, y ¡bendito el mármol que no rueda, cuando el rodar sólo ha de servir para llevarlo al precipicio! ¡Bendito el arrullo de la tórtola, que no sabe atraernos con la mirada venenosa de la serpiente! IV. =Moralidad con relacion al trato civil=. Voy á dar algunos detalles sobre dos caractéres singularísimos de la sociedad francesa, caractéres reflejados en dos palabras; _pardon y merci; perdon y gracias_. Un parisiense viene corriendo por una acera y magulla el pié á un transeunte, vuelve la cara sin detenerse y le dice con la expresion más fervorosa: _pardon, monsieur_, (perdone usted, caballero). Sigue de la misma manera, y se da de cara con una señora, ó la da un codazo que la tulle el brazo ó el pecho: _pardon, madame_ (perdone usted, señora) y sigue su camino con aire triunfante, como un hombre que está convencido de que merced á una palabra de etiqueta, tiene el derecho de ir aporreando á todo el prójimo. Esto nos ha acontecido varias veces, y mi mujer, al oir _pardon, monsieur ó madame_, me preguntaba: ¿qué dice? --Nos pide perdon, respondia yo á mi mujer.--¿Qué diantre de tantos perdones? Mejor seria que hiciera de modo que no tuviera precision de ser perdonado, y se dejaran de alharacas que no me quitan la molestia del empujon, del aplastamiento de narices, ó del magullamiento del pecho. Realmente, si me magulla un pié, si me disloca un brazo ó si me aplasta la nariz ¿me curará aquel cumplido estéril? No. ¿Qué significa aquel perdon, elevado á virtud social? ¡Ay! significa un hecho, como pudiéramos decir una dolencia, el cual se deja ver en todos los círculos de esta especialísima sociedad. Significa que la imaginacion crea una fórmula exterior, graciosa, dramática, para apoderarse impunemente del espacio y hacer su negocio. Es cultura, se dice. ¡Cómo! Respondo yo, ¡cultura! ¿Concebís la cultura sin el amor al hombre, sin el respeto al hombre siquiera? ¿Concebís la cultura sin humanidad? ¿Concebís la cultura sin la mútua conciencia de nuestro sér, sin la moral humana? ¡Cultura! Esta idea peregrina me ha herido de una manera particular. El hombre francés se cree en el caso de estrujar á toda alma viviente, añadiendo el correctivo del _¡perdon!_ ¿Y qué? ¿Me importará á mí más que me extraigan del bolsillo un franco ó ciento, que el recibir un choque de un semejante mio que corre á sus negocios, y para quien valen más sus negocios que mi pié, mi brazo, mi nariz, mi cabeza? ¡Y qué! vuelvo á decir: porque aquel franco me lo extrajeran con habilidad, con gracejo, con ademan afable y ceremonioso, ¿podria decirse que el ladron era un hombre culto? Nadie puede decir que no matará á un semejante suyo, á su padre, á su hijo, por un descuido inevitable; pero el hacer una política, una etiqueta, de la facultad de magullar al primer nacido, equivale á usurparme una seguridad que la moral debe garantirme, y juzgadas las cosas en su verdadera significacion, este hecho no es más disculpable que la accion del que extrae de mi bolsillo uno ó cien francos con sutileza y maestría. Aquí una maestría; allí una ceremonia; en medio una víctima. Que sea robado, que sea tullido, siempre es víctima. ¡Y qué! repito aún: ¿concebís aquí la cultura? ¿Consiste la cultura en la manera de hacer mal irresponsablemente? Si semejante abuso fuera cultura, ¡bien nos iba á lucir el pelo con ella! Afortunadamente no lo es, como no es salud la muerte que se nos da en un veneno, por más que se nos brinde con el veneno en copa de oro, coronada de flores. No, no es cultura. Los que así profanan este nombre, cometen un crímen que ignoran, y por este lado deben recibir el perdon. Las flores que circuyen la copa homicida, la copa en que se da un veneno, no son buenas sino para añadir la traicion á la crueldad, para añadir un crímen á otro crímen. Yo preferiria, lo digo con el corazon en la mano, que me magullaran en silencio, á tener que sufrir aquel revés con la obligacion de callarme, por respetos á una exterioridad que no evita ni cura; una exterioridad que da el poder impune de hacerme daño. Y no solamente me hace daño, sino que me impone el deber de contestar con una cortesía, so pena de pasar por un hombre avieso y mal educado. _¡Pardon, monsieur! Pas de quoi, pas du tout_. Usted perdone, caballero.--No hay de qué. Esto de tener que decirle: _no hay de qué_, cuando uno tendria más gana de darle un cachete, ó de soltarle una tremenda, será indudablemente muy francés; pero no tiene pizca de español. Confieso que no lo puedo remediar, por mas que procuro contenerme y acomodarme á la necesidad de respetar lo que aquí se respeta. Detesto, me estomaga el _perdon_ agresivo y atolondrado de los franceses, y mi mujer lo aborrece aún más, porque mi mujer es más española que yo. Gracias á que, como habla en español, no la entienden. Si supiera francés, es casi seguro que nos veriamos en más de un compromiso. Tales son las rudas claridades con que agasaja á los franceses y á las francesas con especialidad. Sin embargo, no debo hacerme el hombre de mundo. Cuando siento un codazo, ó un aplastamiento de pecho ó de nariz, acompañado de un afectuoso _pardon, monsieur_, la sangre se me sube á la cabeza, y en mi cara de hiel y vinagre, deben conocer evidentemente que no soy hijo de Paris. En fin, el _elástico_ perdon que aquí se estila, es la receta universal, la carta blanca, el salvo-conducto que tienen los franceses para hacer cuanto se les antoja, cuanto se les pone en el magín, sin peligro ni responsabilidad de ningun género, y hasta sin el inconveniente de faltar á las reglas urbanas. Es el privilegio de cometer toda clase de descortesías, sin que caiga sobre el que las comete el apodo de descortés. Si no supiera que aquí se acata como una fórmula social, lo tomaria á insulto. Pero aún es más original y curioso el otro carácter de que hablé: _¡merci! (¡gracias!)_ Entro á comprar un bollo que vale un sueldo. Saludo á la persona que despacha, y oigo _merci_. Echo mano al bolsillo, y oigo _merci_. Dejo el sueldo sobre el mostrador, y oigo _merci_. Me despido, y oigo _merci_. Los lectores que no me conozcan, creerán que exagero. No diré que esto suceda en todas las tiendas de Paris, pero refiero hechos que me han sucedido, y acerca de los cuales tengo la evidencia de lo que sucede á uno propio. Dios no me dé salud si miento. En la calle de Montmartre, cerca de la calle Feydeau, hácia el bulevar de los Italianos, hay una bollería. Pues bien, en esa bollería me han dado cuatro _mercis_ por un bollo que valia un sueldo, ó sea tres ochavos. ¡Cuatro gracias por tres ochavos! ¡Ni á ochavo por gracia! Esto me aflige, me contrista, me ahoga; y como no puede menos de ser, me quita el gusto del trato social. No me gusta una gente tan excesivamente _graciosa_. Voy á buscar un pan, un pan que necesito, un pan que vale un sueldo; yo doy un sueldo del mismo modo que á mí me dan un pan; yo hago el favor que recibo; propiamente hablando, no hago favor ni me lo hacen, porque la mutualidad no es favor; porque no es favor el préstamo de la existencia: ¿por qué esas _cuatro gracias_ que vienen á llenarme de melancolía, porque vienen á darme cuenta de profundas llagas sociales, en un pueblo que se llama tan civilizado? ¿Por qué esas _gracias_ que convierten en un alarde ceremonial y mentiroso la fraternidad que nos debemos, la verdad eterna del hombre, porque es la verdad de la causa creadora, la verdad de Dios? Pero á esto se dice: natural es que suceda tal cosa, en un pueblo donde la competencia representa tantos intereses y tantos goces. El mercader de una pobre aldea, no tiene precision de ser _amable_, puesto que en la aldea no hay más mercancía que la suya; pero en Paris, la _amabilidad_ es el gran secreto de grandes empresas y de muchas familias. Yo contesto que he estudiado lo que sucede sobre el teatro del suceso, y no encuentro la explicacion en la competencia. Centros notabilísimos son tambien Lóndres, Hamburgo, Francfort, Constantinopla, San Petersburgo, y no sucede lo que en Paris. Yo comprenderia que la competencia pudiese explicar aquel fenómeno de la índole francesa, cuando cada uno usara del _merci_ de un modo especial, cuando cada cual lo revistiera de una forma que le diera la expresion y el interés de su particular ingenio: más claro, comprenderia lo que se dice, cuando el uno pronunciara el _merci_ con una corneta, el otro con un clarinete, el de más allá con bombo ó platillos; pero si todos dicen el _merci_ con el mismo acento habitual, con el mismo grado de sonrisa autómata: si el _merci es un mercado comun_, ¿en donde se concibe la competencia? --¿Cómo está usted? --Regular: ¡gracias! ¿Y usted? --Voy pasando: ¡gracias! --¿Y su familia? --No tiene novedad: ¡gracias! Yo pregunto á los que opinan que la competencia explica este contínuo é indigesto _merci_: ¿tambien la competencia explica esto en el trato social íntimo, en el seno de la familia? ¿Tambien la familia y la amistad son mostradores de mercader? Pues la familia y la amistad reconocen tambien aquella fórmula. Pero este fenómeno singularísimo es más trascendental de lo que parece á primera vista. ¿Qué quiere decir el dar las gracias á un semejante nuestro porque pregunta por nuestra salud? ¡Poder del cielo! Tambien este cuidado, este saludo de la moral universal, esta hora solemne y sagrada del corazón del hombre, tambien esto ha de estar sujeto al compás de un sonido vano, de una ficcion? Pues si el vernos objeto de un cuidado tan natural merece las gracias, cuando adelantemos algo en esta línea de decepcion, ¿quién no concibe que llegará tiempo en que darémos gracias por no ser saqueados ó muertos á puñal? ¡No! Este hábito no es ni competencia, ni amabilidad, ni menos cultura. O es un olvido de las ideas sociales y morales que todos los hombres nos debemos, ó es el sacrificio de aquellas ideas venerandas, en aras de una fantasía que crea aquí tambien una forma hipócrita, para hacer bello aquel sacrificio con los ornatos de un arte servil y egoísta. ¡Tambien entra aquí el _palaustre_! Esto es querer dar verdad á la mentira, con el fin de hacer de la mentira un _ente amable_. Así lo he sentido mil veces, y el sentimiento es el gran criterio del alma, el talento casi infalible del corazón. Yo deploro de todas veras que los españoles corrompan la expresion franca, majestuosa y solemne de sus saludos, aceptando el afeminado _merci francés_. --¿Cómo está usted? --Bien ó mal. Gracias. ¿Y usted? --Mal ó bien; gracias. Aconsejo fervorosamente á la juventud, que deseche esa profanacion de la sociedad y de la conciencia, y que se atenga á la palabra candorosa, sencilla, franca, honrada y leal de nuestros padres. No lo repudio á título de innovacion; yo admito todas las innovaciones posibles, cuando vienen autorizadas por una razon que las justifique y las recomiende, aunque los innovadores sean cafres. Repudio aquella costumbre alambicada, aquel alarde rebuscado y necio, porque desnaturaliza nuestro trato, despojándolo de su ingenuidad, de su poesía, de su belleza. Sí; el refinado y tonto _merci_, quita á nuestros saludos ese aire de jovialidad y de buena fe, ese aire rudo y caballeresco, grave é hidalgo, que es quizá el carácter más notable, más original y más bello de nuestra raza. Jóvenes, creedme; no digais _merci_. Si sois hombres, ese _merci_ tan blando, tan ficcioso, tan almibarado y melífluo, os convierte en damas, y os hace feos, porque no hay una cosa más fea que un hombre amadamado, y sobre todo, amadamado á la francesa. Si sois mujeres, perdeis una gran parte de vuestro encanto y de vuestra hermosura, porque la principal hermosura y el principal encanto de las hijas de España, consiste especialmente en ser españolas. Tal vez vosotras no comprendais esto, y sin embargo es la verdad. Quitad á vuestros rostros, á vuestros talles, á vuestras miradas, á vuestras sonrisas, á vuestros saludos, á vuestra palabra, la originalidad propia de vuestro país, y sereis estátuas vestidas. Decid _merci_ y sois francesas; no sois lo que sois realmente, porque vosotras sois españolas. Aquel _merci_ es un postizo, un adefesio, una caricatura. ¿Por qué poneros caricaturas extranjeras, cuando las caras nacionales son tan hermosas? ¿Por qué aderezaros con flores mústias de otro clima, cuando nuestros soles crian en nuestros campos tantos jazmines y alelíes? Bellísimas jóvenes españolas, no digais _merci_: os lo suplico por el alma de vuestros difuntos. V. =Moralidad en industria y comercio=. ¡Consecuencia admirable del temperamento! La fantasía es en Francia, en Paris sobre todo, un elemento tan general y tan absorbente, que no hay un solo círculo que no invada; ni uno solo, esté donde quiera y como quiera. Aquel elemento penetra en todas partes, hasta en la industria, hasta en sus elaboraciones más apartadas de la idealidad y de lo bello; hasta en el calzado. Examinemos este zapato de señora. La punta remeda un pico de ave; el tacon se va adelgazando progresivamente en forma de espiral. ¿Remata así el pié de las mujeres? El tacon es una cosa propia para servir de base; una base conforme al zancajo? ¿Es un zapato eso que vemos, una figura acomodada á nuestro pié? No; de ninguna manera. Es un capricho, una imaginacion, un efecto dramático, un golpe teatral. Es un zapato, como es vestido lo que se pone el arlequin: es otro golpe del _universal palaustre_. Niego redondamente que este zapato pueda durar arriba de dos ó tres noches de tertulia ó de baile, y niego tambien que haya mujeres que consigan equilibrarse sobre ese _balancin_, sin ensayarse para este ejercicio, como se ensayan los alcides para equilibrarse sobre la maroma. Pero tal vez no tengo razon. El genio francés, esa estética fabulosa que inspiró al artífice del zapato, la forma casi aérea que tiene, habrá inspirado del mismo modo á las mujeres la habilidad de usarlos sin riesgo. Es una especialidad de este temperamento, _un género de este país_. Al ver el calzado parisiense en estos hermosos escaparates, no he podido menos de decirme repetidamente: si una mujer tuviera el pié como es el zapato que aquí miro, ¿qué nombre daríamos á aquel pié? seguramente lo llamariamos fenómeno, aborto, extravagancia. Hé aquí la industria francesa: á fuerza de ser delicada, sutil, vaporosa, es una industria fenomenal. La diosa Vénus salió de Chipre, viajó por el mundo, y se hizo idolatrar aquí en la elaboracion de la materia. Tratar de hacer algo en Paris, es tratar de hacer una Vénus, un ídolo, una melodía. Alguna vez esta melodía deja escozores en el oído; acaso esto sucede más de alguna vez; pero la melodía brotó, se operó el prodigio; ¿qué significa lo demás? ¡_Siempre el palaustre_! Excusado fuera entrar ahora en consideraciones sérias para demostrar la significacion que esto tiene en el órden de las ideas morales. En el calzado que hemos visto, está sacrificada la realidad á la ilusion, lo mas á lo menos; es decir, está sacrificada la verdad á la mentira, la naturaleza al artificio, el pié al zapato, las mujeres al pié. Repito que es una idolatría como otra cualquiera, y no necesito decir si la idolatría es ó no inmoral. Hablar de la industria equivale á hablar del comercio. Un día pasábamos por la calle de Richelieu y vimos un magnífico chal bordado de oro. Yo tenia gana de saber su precio, así como de ver el arreglo interior del almacen, y propuso á mi mujer que entráramos. Nos resolvimos por fin, y al penetrar en un portal, que más bien anunciaba la casa de un noble que el almacen de un comerciante, vimos dos lacayos vestidos de librea. Naturalmente, creimos que aquellos dos lacayos esperaban á sus señores, á quienes suponiamos ocupados en hacer compras. Creiamos mal. Los dos centinelas heráldicos que allí encontramos, eran dos lacayos de la casa; la librea al servicio de la mercancía; el blason feudal dando crédito á la materia francesa. El ridículo es tambien crédito, cuando el crédito nace de una ridiculez. Los dos lacayos nos hicieron una marcada cortesía, procurando no deslucir la gravedad y el tono erguido de sus cuellos, decorados por las indispensables corbatas blancas. Nosotros contestamos al saludo como si quisiéramos decirles: ¿qué teneis que ver con nosotros? O como decimos en castellano: ¿quién os ha dado velas para este entierro? Pero los dos vigías, venciendo valerosamente nuestro desden, se aproximaron á nosotros y nos suplicaron que les dijésemos el fin que nos llevaba. Yo tuve un momento dé vacilacion, casi de resistencia; iba ya á decirles que nada tenia que arreglar con sus señores, cuando principié á comprender. --¿No es esta la entrada del almacen en donde está expuesto un chal bordado de oro? --Sí señor. --Pues deseamos ver ese chal y saber su precio. Uno de los lacayos tiró inmediatamente de una campanilla, y nos rogó que pasáramos á otro piso. Subimos dos rellanos de una escalera elegantemente alfombrada, y ya vimos en el piso principal á un caballero que nos esperaba. Este caballero nos volvió á preguntar qué queriamos, y oído que hubo nuestra respuesta, tira del cordon de otra campanilla, enviándonos al piso segundo. ¿En que acabará esto? Mi mujer y yo nos creiamos en el teatro de la Opera cómica. Llegamos al piso segundo, en cuyo rellano nos aguardaba un tercero en discordia, y cerca del umbral de la puerta una señora de mediana edad, vestida con sencillez y gusto. Nos explicamos en pocas palabras, entramos en un elegantísimo salon, y antes de tres segundos, teniamos delante un chal como el que habiamos visto en el escaparate. El caballero y la señora nos observaban como si quisieran, entrar en el secreto de nuestra voluntad, de nuestras ideas, más que todo en el secreto de nuestros bolsillos, y yo me reputé obligado á valerme de una mentira. ¿Cómo no mentir en un país, cuya astuta mirada taladra hasta los huesos, como ciertos ácidos corrosivos? Nosotros habiamos salido de casa para almorzar: íbamos, pues, en traje de almuerzo, y nuestro aliño no podia sostener con honra la aspiracion de comprar chales de cinco mil y pico de francos; ó sea una cantidad casi superior á la que nosotros teniamos en Paris. Tuve que decirles que un noble de la Habana me habia dado el encargo de comprar algunos artículos de lujo, con el objeto de disponer el regalo de boda para una de sus hijas. Mi mujer llevaba el sombrero de camino, eramos extranjeros, yo tenia cierto color árabe ó americano, el color de los hijos de un clima meridional; despues de cuatro ó cinco dias de viaje en estío: en fin, notaron que cubria mi cabeza un sombrero de jipijapa, la _etimología_ de este sombrero era evidente, y la ilusion fué tan completa como era evidente el orígen de mi sombrero. Nos creyeron de lleno americanos, y de la Habana por añadidura. Favor del cielo! No bien oyó aquella señora que traia encargos de un noble de la Habana, y que se trataba de un regalo de boda, cuando empezó á desdoblar blondas y encajes, empedrando nuestras orejas de miles de francos. Ahora cogia una riquísima manteleta, se la ponia sobre los hombros y daba una vuelta majestuosa por todo el gracioso salon; despues echaba mano á un velo y volvia á pasear, dando á su cabeza y á su talle todo el aire posible para producir el efecto artístico; luego tocó el turno al chal dorado, y dejaba caer la espalda hacia atrás, con el fin sin duda de que la punta del pañuelo lamiera la alfombra, y formara así alguna honda de buen gusto y algun reflejo deslumbrador. En esto acude el caballero que se habia ausentado, y empieza á desdoblar ante nuestros ojos una preciosa coleccion de pañuelos de India y de Persia, adobándola con la salsa de los tantos y cuantos millares de francos. Antes nos creiamos en el teatro de la Opera cómica; ahora creiamos asistir á un juego de manos ó cosa semejante. Nosotros deslizábamos de cuando en cuando una mirada hacia la puerta, como si quisiéramos decir: ¿Cuándo nos verémos en la calle? Estábamos sudando como pollos. La situacion se hizo ya tan embarazosa, que ni mi mujer ni yo sabiamos qué hacer. Al cabo, tuve que pretextar una ocupacion apremiante, balbuceando alguna frase de admiracion y de complacencia; pero no nos dejaron ir sin recabarnos la promesa de que volveriamos despacio para tener una noticia más cabal del surtido del establecimiento, y poder hacer con más acierto los encargos del noble de la Habana. Nosotros nos rendimos, capitulamos á su sabor, tomamos dos tarjetas con orlas y dorados, y nos dimos en cuerpo y alma á bajar la escalera. ¿Cuándo estaremos en la calle? me decia mi mujer. ¡Jesus qué calor! Estoy sofocada. Yo no hacia más que oir; estaba ocupado enteramente en bajar, en el ánsia de salir á la calle y de tomar el fresco. Llegamos al portal, los lacayos nos cobijaron con una mirada maestra; no vieron bulto ni cosa alguna que lo valiese; se convencieron de que nada habiamos comprado, de que habiamos sido inútiles _á sus señores_, de que la librea habia sido nula, y creyeron prudente ó estratégico retirar el saludo. ¡Gracias á Dios! Ya estamos en la calle de Richelieu. Comparada la calle al salon de donde salimos, podemos decir que estamos en el reino de la verdad. ¡Oh delicia! ¡Qué objeto tan curioso es estudiar á un pueblo en estas minuciosidades que tanto significan, aunque no sea sino porque jamás engañan! Retratar con este pincel, es retratar al natural, y por eso he dado este título á mis pobres apuntes. ¿Pero por qué sucede que despues de un lance semejante, nos invade primero la risa y despues la tristeza? Esto sucede, porque la verdad no deja nada impune, porque no existe una evidencia más infalible que la ley moral. Esta ley nos castiga, castiga al hombre, castiga su pecado, y ¿quién no baja la cabeza ante el castigo? ¿Quién no dobla la espalda bajo el peso de los azotes? El comercio de Paris, lo digo otra vez, es lo que la industria: fantasmagoría, aparato, _altas novedades_; es el zapato aéreo en otro sentido; _palaustre tambien_. Encargo al extranjero que nunca se llegue á comprar un objeto que lleve este rótulo: FANTAISIE (fantasía), sino tiene marcado el valor. Cuando esto no sucede, el comerciante parisiense se creerá _autorizado_ para exigir el doble ó triple de lo que vale, porque la FANTASÍA, nombre que aquí quiere decir _ingenio, invencion, maravilla, prodigio_, no está sujeta á tarifa alguna. Se trata de vender una creacion ingeniosa, y el ingenio no tiene límites: lo que no tiene límites no tiene precio, y de aquí la infinita elasticidad del cálculo francés. ¡Pobre del extranjero que olvide este encargo ó que tome á empresa el echarla de generoso! Voy á terminar este ligerísimo bosquejo, haciendo notar una rareza que me ha herido de una manera singularísima. Todos saben que Francia es un pueblo dotado de ciertos instintos de igualdad política, igualdad que tiene tantos monumentos en su historia, que tanto trabaja su espíritu, que no deja de tener alguna forma práctica en la constitucion social y en las costumbres; hasta en el establecimiento del imperio. No obstante, la industria y el comercio de este país son enteramente aristocráticos. Por el contrario, todos saben que la desigualdad gerárquica, la casta social, es en Inglaterra un principio tan indiscutible y sagrado como un capítulo de dogma. Sin embargo, la industria y el comercio de Inglaterra son enteramente democráticos. Paris, el demócrata, viste á los ricos de casi toda Europa, y de una gran parte de América. Lóndres, el magnate, viste á los pobres de casi todo el globo. El pobre busca al rico: este es Paris. El rico busca al pobre: este es Lóndres. No hay contradiccion. Hay habilidad. Tratándose del otro lado del estrecho, hay más: _habilidad y lógica_; esto es, _habilidad inglesa_, un miasma atmosférico que no tiene igual en el espacio, desde el cielo á la tierra, desde la tierra hasta el abismo. Estoy deseando ir á Lóndres, para poder establecer una comparacion concienzuda entre estos dos grandes centros, que son sin disputa los dos pueblos más influyentes de nuestro siglo, y los dos primeros rivales de la tierra. VI. =Moralidad de Paris con relacion al arte=. Ante todo, tengo que poner en su lugar una opinion que juzgo importante. En el arte moderno francés hallo cierto arranque social, que ha abierto una grande era á la literatura, y que con el tiempo empujará al arte hácia su expresion más trascendental, al menos más en armonía con el espíritu de nuestra época. Este es un hecho capitalísimo; es un gérmen que puede modificar maravillosamente el porvenir, y fuera injusto negar sus esperanzas al trabajo del hombre francés. Pero como en este capítulo no juzgo el elemento social del arte, sino que lo considero únicamente en su relacion con las ideas morales, me parece que basta esta salvedad. El exámen de todas las obras artísticas de este pueblo, necesitaria la vida laboriosa de más de un escritor, y el espacio de muchos volúmenes. Dejo, pues, aparte el fardo inmenso de demasías, de licencias, de crímenes, hasta de obscenidades, de que el teatro y la novela se han hecho órgano en este país tantas veces, con un talento tan singular, y me concretaré á un pasaje de un libro que han leido todos, que todos conocen, de que la Francia está inundada, de que están inundadas la Europa y la América. Hablo del _Montecristo_: hablo de ese libro terrible, que hace de este mundo un sopor, una cueva encantada, un brevaje oriental, una _bellísima diablura_. Ciertas gentes se han empeñado en hacer ver que la diablura puede ser bella, que las brujas pueden ser artistas. Hablo de esa nueva caballería andante, más ridícula y más absurda que la del mismo Amadís de Gaula; esa caballería en que no hay de real y positivo sino el trastorno y el escarnio de las virtudes más sagradas del hombre. Estamos en la escena en que un hijo aconseja á su padre con la mayor formalidad.... (Imposible parece que Dios nos haya dado formalidad para tales cosas. En este sentido, nuestra razon tiene misterios que horrorizan, como tiene el abismo cavidades que nos espantan.) Decia que un hijo aconseja á su padre que _se debe matar_. ¿Por qué? Porque es comerciante, ha experimentado un revés en sus intereses, está tocando la necesidad de una bancarota, y este descalabro le infamará á él y á sus hijos. Pero ¿no hay remedio? Sí; el hijo se lo ofrece, se lo propone, se lo aconseja, se lo exige. El remedio ... ES MATARSE. Matándose, se habilita el banquero, el hombre muere honrado, y el padre lega esta honradez á su familia. ¿No es bastante? ¿Debe el pobre viejo dudar? ¿No dice bien el hijo? ¿No tiene razon Alejandro Dumas? Hijo desdichado, hijo á quien el cielo no dió conciencia, sino para hacerte probar el placer tremendo de desgarrarla, como no dió organismo á la lombriz sino para hacerla probar el placer asqueroso de revolcarse dentro del cieno; hijo desdichado, ven acá y oye á un hombre que no tiene el genio de Alejandro Dumas, pero que tiene más corazon, que tiene más genio; porque no hay genio fuera del sentimiento de la verdad y de la virtud, porque no hay belleza fuera del sentimiento que busca el bien. No, no hay genio en la lombriz. Alejandro Dumas nos llama africanos á los españoles; enhorabuena. Preferimos ser tan bárbaros á ser tan _cultos_. No queremos ser tan civilizados como él, ni como tú, hijo infame y bastardo. Hijo desdichado, ven acá y oye. Tu padre te ha dado la vida: ¿eres tú quien ahora le aconseja que levante el brazo contra la suya? De su amor recibiste tu primer amor: ¿eres tú quien ahora pones en su mano un puñal? Si tu padre cae en la bancarota, tú vas á vivir infamado: ¿eres tú quien quiere que se mate para evitar tu infamia? ¿Eres tú quien crees que tu egoismo vale más que la vida del que te ha consagrado su existencia? ¡Pero oye aún! Si tú crees que la desgracia de tu padre te va á dejar sin honra, si lo crees así, si de ello estás convencido, ¿por qué no eres tú el suicida? Responde, hijo cobarde, ¿por qué no eres tú quien coge el puñal? ¿Por qué tu padre ha de ser víctima de una opinion tuya, de un juicio tuyo? ¿Por qué ha de ser el caballero andante de tus ideas romancescas? ¡Pero oye todavía! ¿Quién te ha dicho que un banquero se infama, porque un infortunio que él no puede evitar le hace caer en la ruina? ¿Quién te ha dicho que no hay honradez en el infortunio? ¿Quién te lleva á ver una prostitucion en la desgracia? ¿Quién te ha dicho que Dios no se venga de hombres como tú, dando al dolor una esperanza, un deseo, un suspiro ferviente, una corona, una santidad? ¿Quién te ha dicho, responde, que la Providencia no ha dado poesía al lamento amoroso y casto de la tórtola? Tu padre se arruina. ¡Y qué! ¿No hizo esa fortuna en otro tiempo? ¿Tenia quizá alguna escritura en que la eternidad le prometia amparar sus buques ó sus billetes? Hoy pierde lo que ganó ayer. ¿Quién te ha dicho que la pérdida, como la ganancia, es otra cosa que un accidente en la vida de un comerciante? Y por un accidente de la vida, ¿buscas un puñal contra la vida? ¿Quieres sacrificar el cielo á un celaje? ¿Quieres sacrificar el mar á una ola? ¡Ay! Á la gota de sangre que cae de un dedo, ¿quieres sacrificar el corazon? Á la lágrima que cae de los ojos, á este soplo del aroma húmedo de nuestra alma, ¿quieres sacrificar el alma toda? Hijo desdichado, si tu destino es quemar tu conciencia y tu corazon, quémalos, en silencio, ocúltate como se oculta el mago ó el hechicero para dar cabo á sus maniobras; escóndete; pero no te valgas de la luz para quemar la conciencia del mundo, vertiendo esas chispas en un libro. Despues de esto ¿qué extraño tiene lo que se ve en el drama _Antony_, del mismo Dumas? ¿Qué extraño tiene que Antony penetre en la alcoba con una señora casada, en el momento de caer el telon, mientras que los ojos del público, atravesando aquel telon, ven la obscenidad convertida en fiesta, en declamacion y poesía, en bella-arte, en teatro? Despues que un hijo aconseja á su padre que coja un puñal y lo bañe en sangre de sus venas (sea cual fuere el motivo) ¿qué extraño tiene que el oído del público, pasando á través del telon, oiga la respiracion convulsiva y torpe del adulterio? ¿Qué mayor adulterio que el parricidio? Pero esto se lee, esto gusta, esto recorre el mundo, esto hace fortuna, reputacion, gloria ... en España tambien. ¡Qué desventura! Pero ¿podrás negarle, se me dice, la habilidad en la ejecucion? ¿Podrás negarle su belleza en la forma? ¿Podreis negar á los lagartos, respondo yo, la belleza de su piel verde? ¿Podreis negársela á los cocodrilos? ¿Podreis negar á la culebra la rica variedad de sus brillantes y sedosas escamas? ¿Esa es vuestra belleza? ¿Ese es vuestro arte? ¿Por qué no haceis de un cocodrilo un actor? ¿Por qué no haceis de una serpiente una actriz? Basta de esto, mis queridos lectores. Tapémonos ambas orejas, contra el graznido áspero y soez de ese cuervo que dice al mundo: oid en mi graznido el gorgeo dulce y apasionado de la calandria y del ruiseñor. El arte francés, generalmente hablando, lleva en sí el trastorno más radical y más profundo de las ideas morales; el trastorno propio de una sociedad que, á precio de ruido y de oro, embrolla sin escrúpulo las verdades más venerandas del entendimiento y de la conciencia. Oropel, luces, relumbrones, escenas cáusticas, contrastes imposibles, aventuras maravillosas y disparatadas, alarmantes; pero que cautivan, que seducen, que nos arrastran á despecho nuestro; sobre todo, _lavar la cara de las cosas, mover el palaustre_; hé aquí la expresion más constante y más universal del arte francés. La idea que más domina en el escritor de Paris, es la de hacer de modo que á los lectores de sus _novelas_ se les haya de dar un par de sangrías, aún antes de concluir la tremenda lectura. Si quisiéramos citar ejemplos en comprobacion de esta verdad, necesitariamos escribir centenares de tomos, como ya dije. Acato la rica erudicion de un Thiers, de un Littré, de un Guizot; acato la vastísima ciencia del eminente Augusto Conte; acato la hechicera literatura de un Chateaubriand, de un De Lamartine, de un Balzac, de una Cotin, de un Víctor Hugo; acato y amo la poesía fácil, ingénua, encantadora del inspirado Beranger; acato el valeroso y fecundo arte, el pincel arrebatador del inmenso Horacio Vernet; acato con profunda veneracion á ese gran hombre, que ha dejado de ser pintor en el mundo para ser monarca de los espléndidos salones de Versalles; acato á ese Horacio Vernet, al humilde y modesto artista, que es más que Luis XIV en las régias salas de aquel opulento y maravilloso palacio; acato á esos genios de la Francia; no es mi ánimo negar que la Francia tenga sus genios; pero estúdiese aquí el organismo que el arte tiene; estúdiense con detencion y con cuidado sus manifestaciones generales, las manifestaciones del pueblo francés, y no podrá menos de llegarse á la conviccion más completa de la rigorosa exactitud de nuestros retratos. Pero ¿y esos genios de que acabas de hablar? ¿Esos genios, como todos los genios del mundo, contesto yo, no son la sociedad francesa; los genios no tocan al pueblo en donde nacen; un don del cielo no tiene otra cuna que el espacio que coge todo el cielo. El genio del hombre es como la luz de los astros: su pueblo es el orbe, la creacion entera, la obra del principio supremo, la patria de Dios. Y aún á propósito de esos mismos genios, podriamos decir algo; algo que probaria incontestablemente la verdad de mis opiniones. El carácter de raza, el bautismo de nacionalidad, esa especie de limo que la nacion en donde nacemos y vivimos pega á nuestra alma y á nuestras costumbres: esa herencia de pueblo y de familia es un hecho tan poderoso y tan inevitable, que si estudiamos con el necesario talento la forma exterior del arte de Thiers, de Guizot, de Chateaubriand, de Balzac, de De Lamartine, de Víctor Hugo, de madama Cottin, del mismo Horacio, de ese ilustre pintor que tanto admiro; aún de Beranger, de ese nobilísimo poeta que tanto venero; hasta si pasamos á la ciencia del inagotable Augusto Conté, de ese coloso que tanto me asombra: si estudiamos la forma exterior del arte de esos genios; si nuestro espíritu tuviera el ojo penetrante que se necesita para distinguir ciertos colores, ciertos tintes, ciertas sombras confusas y remotas: más claro, cierto hábil relumbron, cierto viso dramático, cierta cara lavada por el _palaustre francés_; si tuviéramos la necesaria habilidad para descubrir esos delicadísimos detalles, juraría por mi alma, que aún en el arte de aquellos grandes hombres encontraríamos la _hechicería francesa_. No exceptúo ni á Bossuet, ni á Fenelon, ni á Condillac, ni á Bordaloue, ni al severo y tajante Rousseau. No hablo de un hombre muy extraordinario y muy célebre; un hombre que ha logrado más fama que todo un pueblo; no hablo de Voltaire. Voltaire, como Diderot y casi todos los de la memorable Enciclopedia, es un perfectísimo francés: francés en alma y cuerpo; en pensamiento y obra; en juicio y palabra. No exceptúo á nadie, ni al mismo preceptista y mirado Boileau. VII. =Moralidad de Paris con relacion á la familia=. Se ha dicho que los lazos de la familia están relajados en Francia. Esta opinion que seria una calumnia tratándose del pueblo francés, no deja de ser cierta tratándose de la ciudad de Paris. Desde luego se observa que está ciudad está sembrada por todas partes de _restaurants_ (no quiero españolizar este nombre), de establecimientos de caldo, de pastelerías, de _rotisseries_ (no lo quiero españolizar tampoco) y de tabernas. En todos estos puntos se come. ¿Por qué tantos establecimientos de esta clase? ¿Se alimentan todos con la poblacion forastera? No. La mayor parte se sostiene con la poblacion de Paris, porque en un gran número de las casas de Paris no se enciende lumbre en todo el dia. Estoy convencido de que si se juntaran todos los hoteles y todos los establecimientos en donde se come en esta ciudad, formarian una poblacion bastante mayor que la córte de España. Es una curiosidad sorprendente para el extranjero, recorrer estas calles de diez á once de la mañana y de cinco á seis de la tarde, ir mirando á derecha é izquierda, y ver la mesa interminable á que asiste una poblacion de millon y medio de almas. Si el extranjero no saliera á la calle más que en las horas indicadas, tendria harto motivo para decir despues en su tierra que Paris era una inmensa fonda. Recorriéndolo á una hora cualquiera, tendrá motivos para decir que, llegada la hora de comer, esta ciudad es una inmensa tribu errante. Lo declaro sin escozor. El que está acostumbrado al consuelo de la familia, al rescoldo del hogar paterno: el que está acostumbrado á ver el humo de la chimenea en que se calentó desde niño, no puede menos de experimentar una mala impresion al ver hacinados tantos hombres; hombres que van allí para no mirarse ni entenderse; que van allí á comer casi maquinalmente; que comen como quien se da á una tarea mecánica, como quien cumple _el jornal de la comida_, para acudir despues á otro jornal, semejantes á las palomas silvestres que van al sembrado para llenarse el buche, y levantan luego las alas hacia donde la Providencia las lleve. Este hábito lleva en sí cierto principio de desmoralizacion. Me he fijado mucho en esta faz del pueblo que examino, y noto realmente que aquel hábito imprime una arruga en su fisonomía. Estudiemos cuidadosamente todas las caras que se nos ofrecen en tropel; reparemos bien en todas las figuras que pasan por este gran lienzo de sombras chinescas, y no advertiremos generalmente ese aire de atencion íntima y afectuosa, propio del que dice: _me esperan en mi casa; como á tal hora con mi familia_. Esto quiere decir: la sociedad me ha dado un templo para que la consagre un culto especialisimo y preferente. Este templo es mi hogar, donde me aguardan los que me procrearon y nacieron conmigo. Mi culto me llama; voy á ser ministro en el sacerdocio de la familia. Si esto es preocupacion, confieso con orgullo que soy preocupado, y lo soy, no únicamente por conviccion, sino por voluntad y por sentimiento. Esto me hace sentir bien; amo y admiro en esos instintos y en esos hábitos una belleza humana, una melodía que llena mi ser, y en vano querria desimpresionarme, en vano pretendería que mi corazón perdiera la ley que lo hace latir. Quitad al hombre la familia, quitad á la familia su inteligencia armoniosa, su consorcio interior, su necesidad más moralizadora y más profunda; haced eso, y despedazareis al mundo. He dicho que la costumbre parisiense lleva en sí un principio de inmoralidad, y para dar una nocion de que esto es así, bastará presentar un ejemplo. Supongamos que una hija vive con su padre; supongamos que sigue asistiéndole más ó menos tiempo despues de la época en que ha entrado en la mayor edad, y en que por lo mismo no está sujeta á la autoridad paterna para ciertos y respetables fines sociales. Pues bien, aquí es un hecho que no escandaliza el que esa hija demande á su padre ante el juez, para reclamarle el salario que merece por haberle asistido, poniéndose en lugar de una criada. Si este hecho escandaliza, Paris ha tenido y tiene que presenciar más de un escándalo, porque aquel hecho no es invencion mía. Se ha repetido más de una vez, y acerca de ello puedo alegar el testimonio de más de una persona digna de fe. Cada cual se explicará á su modo la rebelion de la hija demandando al padre ante la ley, para que no la ame como hija, sino para que la pague como criada; pero á mí me subleva semejante atentado contra las leyes del respeto, del amor, de la sangre. Mis sienes laten convulsivamente cuando creo ver á una mujer que se acerca a la sociedad, que anda preguntando el nombre del juez, que le pide auxilio, que le implora ... ¿con qué fin? Con el fin de que allí comparezca como reo el hombre desgraciado que la dió la existencia. Él dió la existencia á su hija; su hija le dió su afecto y su cuidado; ahora es delincuente ante aquel cuidado y aquel afecto. ¿Qué es esto sino borrar el santo cariño de la hija, bajo el egoísmo grosero é impío de la sierva? ¿Qué es esto sino borrar el sacramento providencial del padre, bajo la crueldad idiota del salario? ¿Cómo representarnos la figura de esa mujer ante la justicia, sino representándonos una mujer vestida de luto, que baja los ojos, que tiembla, que no puede hablar y que despues se muere de dolor? ¿Cómo concebimos la idea de esa hija que arrastra serena la mirada aturdida de su padre; que le pide, que le provoca, que le acusa, que le denomina usurpador de su trabajo: cómo concebir la idea de esa hija, repito, sin concebir la idea de una sierpe ó de un tigre? ¡Dios me libre de ser juez, con la condicion de escuchar semejante demanda! ¡Dios me libre de ser padre, con la condicion de tener semejante hija! Es seguro que maldecirla, como Jeremias, el momento en que habia nacido; momento que llevaba dentro de sí la profanacion de dar á la tierra una huella que es un abismo horrible. De la aglomeracion de guarismos vienen las grandes combinaciones; de los grandes choques brotan las grandes chispas, y en este sentido tengo que conformarme con los grandes centros de poblacion, de actividad, de creaciones. Pero aparte esta necesidad trascendente de las grandes masas, ¡cuánto más natural, más definida, más espontánea, es la vida de las pequeñas poblaciones! La emocion poética tiene en cada hombre su temperamento particular, y este temperamento es una gran razon que cada uno debe tener en cuenta al querer explicarse sus opiniones. Yo creo que no me engaño al opinar así, porque es indecible el placer religioso que siento cuando descubro un caserío ó una aldea, perdida entre árboles ó arbustos, ó entre las sombras indecisas de la tarde. No sé por qué, desearia haber nacido allí; desearia que allí se conservaran mis cenizas. No sé por qué lo experimento, pero sé que lo experimento; la poesía que cada cual lleva en su alma, despierta en mí aquella emocion, y creo en la verdad de esta emocion, como creo en la verdad grandiosa de la poesía. ¡Qué hermoso es á mis ojos contemplar aquel grupo de casitas que ocupa la tierra, así como un nido está en un árbol, como una nave surca el Océano, como una caravana se pierde entre los horizontes de la soledad, como un pensamiento de la Providencia germina oculto entre los torrentes de la creacion! ¡Qué hermoso es para mí mirar el humo que parece brotar de las chimeneas, como una voz que viene á decirme: acércate, entra aquí: aquí hay una casa, un calor, una lumbre: aquí hay dos amores que se han unido y procreado; que comen, que duermen, que viven y que mueren juntos: aquí está el misterio de la vida; aquí está el misterio de aquella mujer por quien tú has llorado, cuya memoria evocas y veneras: la mujer á quien debes el bien divino de tener una madre! ¡Ay! ¡Cuán de menos echo la vida de familia! ¡Cuán de menos echo la vida del campo! Aquí no hay campo; hay quintas graciosas y elegantes, ricos caseríos, palacios agrestes: un Paris dentro y otro Paris fuera. No hay campo; no hay esa atmósfera callada, esas brisas sonoras y lentas, ese genio de Italia y de España que nos inspira el olvido del mundo, para hacernos mejores y más felices hablándonos de parte de la naturaleza, trayendo á nuestras esperanzas un saludo de ese espíritu universal que adoramos en nuestra conciencia y en nuestro corazon. No, no encuentro aquí una porcion de yerbas silvestres, donde dejar por un momento el fardo de mis inquietudes y de mis penas, y respirar al menos una hora al aire libre, al aire del campo. ¡Qué bellas me parecen las cercanías de Tíboli! ¡Qué bellas me parecen, tambien las laderas rojas de mi Andalucía; que ven impasibles estrellarse á sus piés las olas espumosas del Océano Atlántico! Pero ante todo debemos ser justos. ¿Podré decir que no hay en Francia gratos lugares y paisajes pintorescos? No; eso seria ó maledicencia ó sandez. Recuerdo que hace algunos años fuí de Montpeller á Marsella, y la Provenza me encantó con sus pequeñas casas, escondidas misteriosamente entre cipreses y palmeras. Recuerdo que las verdes orillas del Ródano me encantaron tambien, y casi me hicieron adivinar la nocion de un país árabe. Allí están el hogar, la casa, el rescoldo, la cuna y el sepulcro de los que viven y mueren en un mismo palmo de tierra. Al penetrar con el pensamiento en alguna de aquellas casitas, ocultas casi todas entre palmeras y cipreses; como un nido está oculto entre las hojas de los árboles: al pasar con la imaginacion el umbral de aquella morada bendita, nos parece ver á un hombre sencillo y risueño, que trabaja cerca de la lumbre; á su lado, tranquila y satisfecha, hila su mujer; más allá, una jóven fresca y hermosa mece la cuna en donde duerme un niño, hermano suyo. El padre representa el trabajo, la madre el cuidado, la diligencia y la caridad; la jóven el amor, y el niño, la inocencia. ¡Oh vida venturosa! ¡Oh secretos divinos de la sencillez y de la virtud! ¡Infeliz del hombre que ha sido ingrato á tus hechizos! ¡Infeliz del hombre que deja las delicias del paterno hogar, desoyendo el llanto sagrado de una madre! ¡Ay de mí, lector! ¡Infeliz del que escribe temblando estas groseras líneas! Fuí rebelde y soberbio con mi santa madre, desoí su ruego, la dejé llorando, la dejé por el mundo, por mis ilusiones, por mi vanidad, por mi sandez. Este remordimiento late dia y noche en mi corazon, é irá conmigo á la sepultura. Pero voy á decir dos palabras acerca de las impresiones que sentí en las orillas pintorescas del Ródano, porque es indecible el consuelo que mi alma experimenta al hablar del campo. El campo es el santuario de la naturaleza, el templo de Dios. En la Provenza experimentamos lo que sentimos en las playas de Génova, en las cercanías de Roma, en los campos de Nápoles, en las selvas de Andalucía. La mujer parece más hermosa; alrededor de la mujer hay un ambiente indefinible que la diviniza. Al ver una choza sobre un montecillo de arena, entre retamas verdes; al ver una casita oculta en un bosque de madre selva, el viajero no puede menos de exclamar: ¿quién sabe si ahí respira la mujer ideal que yo he soñado, esa sombra del alma tras la cual he corrido, esa misteriosa armonía que todos los hombres hemos escuchado en nuestro corazon? Y entonces nos sentimos animados de una existencia particular; no es la vida que nosotros tenemos, es una vida que nos da la naturaleza, una vida que nos da Dios. Mil memorias inexplicables nos agitan en aquel momento; aquellas memorias nos hacen gemir, nos hacen llorar, y no obstante, nosotros las queremos, las buscamos, ansiamos tenerlas cerca de nosotros, son nuestras, íntimamente nuestras. ¡Ay! son el sepulcro de nuestros padres, de nuestros hijos, de nuestros hermanos; son los sudarios de nuestra alma. Y entonces aparece la luna en el cielo, y el hombre dice al astro de la noche: yo te conozco; tú eres el faro de mis esperanzas y mis dolores; Dios te ha creado para mí. Adios, Provenza; adios, Bocaire; adios, Ródano; adios, familias inocentes; adios, casta doncella, que con el aliento de tu boca prestas nuevos aromas á las flores de tu campo vírgen; á las flores que esmaltan esas márgenes encantadoras; adios casitas; adios, palmeras; adios, cipreces. Si la horrible dolencia que oprime dia y noche mi desgraciada vida, me dejase algun tiempo de descanso, yo iria á saludaros otra vez; pero me volveria pronto, porque ya tengo ageado mi sepulcro, ya he pedido mi tierra postrera á mi adorada Andalucía. Lector, estos renglones tienen un mérito poco comun en nuestro siglo; tienen la augusta poesía de una lágrima que en este momento cae de mis ojos; una lágrima que pide á Dios por el reposo eterno de mi madre. Allí, en la Provenza, está tambien el hogar, la casa, el rescoldo; la cuna y el sepulcro de los que nacen, viven y mueren en un mismo palmo de tierra. Allí están tambien el padre, la madre y el hijo; allí está tambien el mundo del hombre; casi todo el mundo; la familia. Lo que antes he dicho debe entenderse respecto de Paris, pero seria una calumnia y una ruindad, si se dijera tratándose del pueblo francés. VIII. =Moralidad francesa con relacion á la política=. Entre los infinitos hechos que nos ofrece esta incansable sociedad, elegirémos únicamente uno: _el pauperismo_: esto es, la pobreza como hecho social, como manifestacion pública. El actual emperador dijo: _el cristianismo abolió la esclavitud; la democracia francesa abolió el pauperismo_. Esto dijo el Emperador; pero su dicho no pasó á ser realidad en la práctica. No condeno de ningun modo la buena intencion que puede abrigarse en aquel deseo; conozco que el deseo es, por sí solo, una gran virtud, una virtud inmensamente venerable, porque es lo que más nos acerca á Dios; pero cuando el deseo no se cumple, cuando no halla una fórmula práctica en su aplicacion, es una verdadera teología. Esto sucedió al actual Emperador de los franceses, al proclamar tan absoluta y confiadamente la extincion de la mendicidad. Fué teólogo, no hombre político, porque la política quiere hechos, realidades, aplicaciones evidentes de los principios que se proclaman, y el deseo del Emperador no tiene aplicacion alguna, no tiene aquí ninguna realidad trascendente en la organizacion de los hechos sociales. Decir: _quiero que no haya pobres_, sin establecer el sistema que se necesita para realizar aquel pensamiento, es como decir: _quiero que el aire no se nivele_, cuando no se hiciera lo que debia hacerse, para que fuese imposible el nivel atmosférico. De otra manera, habrá pobres, como el aire se nivelará, como sucederá todo lo que la necesidad moral de las cosas haga que suceda, diga lo que guste el Emperador de los franceses; porque sobre la voluntad del Emperador, están las leyes universales que todo lo gobiernan, á los emperadores tambien. Eso de que en Francia no hay mendigos, es gana de hablar. Los franceses lo pueden decir; los extranjeros no lo deben creer. En este punto no hay otra realidad, que la existencia de una ley que prohibe el pauperismo. Existe la ley; nada más que eso. El cumplimiento de esa ley, es aparente, ficcioso; un golpe de _palaustre francés_. Efectivamente sucede que no se mendiga por las calles; lo que nosotros llamamos mendigar. Los pobres franceses no dicen: _deme usted una limosna por Dios_; pero dicen y hacen cosas que producen idénticos resultados. Un ciego, una ciega, un manco, un tullido, va por la calle en una máquina ó sobre un animal: canta, ó refiere una historia, ó reza, ó toca un violin, un organillo ó unas chirimías, y el transeunte le socorre. Claro es que la persona que auxilia á aquel desgraciado, no le da una moneda en pago de la historia que cuenta, ni del instrumento que toca, ni del canto con que tal vez desgarra los oídos; sino que lo hace por caridad. Aquella moneda que le ha dado es una limosna, una verdadera limosna. El pobre francés no ha dicho: _socórrame usted por el amor de Dios_; pero lo ha expresado á su modo, de un modo perfectamente análogo. _No pide pidiendo; pero pide cantando_; realmente pide; realmente es mendigo; realmente pasa su vida implorando la caridad de zoca en molondra. Aquí hay mendigos como en España, con la diferencia de que allí el pan es pan, y el vino es vino, y aquí ni el vino es vino, ni el pan es pan. Hay mendigos; pero de un talante particular, á la moda, con su intríngulis y su busilis, el busilis que aquí reina en todo con dominio absoluto: mendigos de buen tono, de relumbron, con su poesía acomodada al género, con su aparato artístico: es decir, mendigos con la cara lavada por el palaustre de estas tierras; _mendigos franceses_. ¡Ay! se dice que el pauperismo se ha extinguido en Francia; se dice que en Francia no hay pobres. ¡Ojalá! No seré yo el que deplore que tuviésemos la santa obligacion de admirar á nuestros vecinos tan cristiana conquista; no seré yo el que me lastime de tener que emular esa gran fortuna á los franceses, no. Sobre la ojeriza trivial de pueblo y de historia, venera mi alma todo lo que puede enjugar una gota de llanto. ¡Ojalá que en Francia no se conociesen las lágrimas de la miseria, y que el mundo entero, toda la tierra, España tambien, tuviese un libro en donde estudiar ese caritativo secreto, ese bálsamo milagroso de profundas llagas sociales! Pero ¡ay! repito. Si fuese posible que de un golpe, de una sola vez, como circula el fluido eléctrico, como corre la luz, apareciera á nuestros ojos el interior de las boardillas de este fastuoso Paris; si de un golpe se presentaran ante nosotros todas las cuitas de esta sociedad artificial; si cayeran sobre nosotros todas las lágrimas que una miseria honrada y venerable vierte aquí, ¡cuántas calles se inundarian de llanto! ¡Cuántas calles irian de acera á acera! ¡Ah! Es bien seguro que el Emperador nadaria en lágrimas, y que romperia, pálido y tembloroso, la ley jactanciosa que ordena QUE EN FRANCIA NO HAYA POBRES. Sí, hay pobres, hay miseria, hay llagas, hay dolores, hay lamentos; yo he raspado con el dedo la mezcla lisa que pone el palaustre, para que parezca bonita la parte exterior de las paredes; yo he quitado esa mezcla postiza, ese falso aliño, esa cara embustera; he penetrado más allá; me he visto dentro.... Para la ley no hay pobres; para la moral, sí; para los extraneros que tienen corazon, sí. Antes habia mendicidad; no habia más que eso; no habia más que una cosa: ahora hay dos. La mendicidad, y una estéril y vana prohibicion. Ahora hay una mendicidad prohibida, una mendicidad afrentada; pero los pueblos, como los individuos, no pueden vivir sin su genio particular, y aquella ley, de puro ornato, de adobo y no otra cosa, era necesaria para dar á ese pueblo el relumbron que imperiosamente necesita el genio francés. ¡Pecador de mí! Ahora me explico yo por qué los franceses son tan aficionados á la luz eléctrica. Ahora me explico del mismo modo, que Paris sea la ciudad más alumbrada, más brillante del universo. Todo lo que tire á luces, y reflejos, y visos, y prismas, entra de lleno en el gusto francés. La ley aboliendo el pauperismo, no es más que un reflejo de ese cristal; un golpe mágico de aquel palaustre, un chiste de aquel cómico. Deberia hablar tambien de la moralidad de Paris con relacion á la ciencia y al dogma; pero las originalidades que en este punto ha tenido Francia son tan extravagantes, tan atrevidas, tan francesamente atrevidas y descocadas (perdóneme Paris este castizo nombre español), que casi sospecho que no cabrian en la medida de nuestro país. Estoy seguro de que habia de lastimar muchas orejas, muchos entendimientos, muchas, muchísimas conciencias, y no escribo este libro para causar lástimas. Para muestra, y nada más que con el fin de que sirva de muestra, presentaré un ejemplo de ciencia y otro ejemplo de religion. El hecho de ciencia es el siguiente, hecho que acaso ignoran muchos franceses de alto coturno, y que yo sé por una de esas inesperadas dichas que se ofrecen al extranjero. Un viejo ilustre, muy ilustre y muy venerable, tambien hay viejos venerables en Francia, óigalo el Sr. Dumas; un viejo que habia sido maestro de Luis Napoleon, antes de ser Luis Napoleon III, llevó cierto libro á Luis Napoleon, cuando ya era Luis Napoleon III, Emperador de los franceses. El viejo de que hablamos era el honrado, valeroso, austero y lealísimo senador Vieillard, maestro y amigo del Emperador. Cuando el imperio se puso á votacion en el Senado, el Senado en peso, todo el Senado entusiasta y unánime, le prestó su sufragio. En medio de la general aclamacion, una voz seca, grave, segura y poderosa, dejó helados á los senadores, al público y al Emperador mismo: aquella voz inexorable, aquel acento de la conciencia, de la amistad y del cariño, aquella palabra que parecia ser la palabra yerta y metálica de un cadáver, dijo clara y resueltamente: ¡NO! Quien pronunció este no tremendo fué el senador Vieillard. El único senador tal vez que era amigo de Napoleon, un amigo grande, un amigo digno, uno de esos amigos que valen la pena de que un hombre nazca para que pueda honrarse con tal amistad, fué tambien el único que votó en contra del imperio. Napoleon, no obstante, continuó queriéndole y respetándole hasta el fin de sus dias. El voto contrario del maestro, y el respeto constante del discípulo, son cosas que hacen tanto honor al discípulo como al maestro. Llega su última hora al honrado viejo, hallándose en San Cloud el Emperador; le participan que el senador Vieillard está agonizando; corre á Paris, acude á casa del moribundo, penetra en la alcoba, Vieillard espira, y Napoleon recibe el aliento postrero de aquel grande hombre; de aquel hombre ignorado hoy, pero que es sin disputa uno de los caractéres más bellos con que puede honrarse la historia moderna. La verdad, lector mio, Napoleon no es santo de mi devocion, como decimos por nuestras tierras. Si te dijera que le queria, te diria un embuste; no le quiero, la verdad ante todo; tengo muchísimas razones para no quererle; pero desde que supe que vino de San Cloud para recoger el último suspiro de un viejo ilustre, de un hombre verdadero y honrado, no le quiero tampoco, no le puedo querer; pero no le odio. Si tuviera que perdonarle, en honra de la noble memoria del senador Vieillard, le perdonaria. Ahora preguntaré: ¿se cumplió el testamento del senador Vieillard? Creo que no. ¿Por qué? Acaso Luis Napoleon lo sabe, acaso lo ignora, pero la verdad es que la última voluntad del difunto no se cumplió. Me parece oir á un lector que dice: pues ¿qué sucedió en esto? Amigo mio, ahora no podemos entrar en explicaciones. Ignoro si podré tocar este punto en algun pasaje de este libro; en este momento no puede ser. Pues volviendo á la historia, decía que el senador Vieillard llevó un libro á Napoleon. Dicho libro tenia un epígrafe en la portada, acerca del cual llamó Vieillard toda la atencion de su antiguo discípulo. Napoleon leyó, volvió á leer, miró á su maestro, leyó otra vez, pensó luego un rato, hasta que por fin dijo: _c'est trop hardi; mais c'est vrai_. Esto es muy atrevido, pero es verdad. ¿Qué calcula el lector que decia el epígrafe? Decia lo siguiente: _le dieu de l'antiquité n'est plus. Aujourd'hui, l'humanité c'est Dieu_. El Dios de los antiguos no existe; hoy, la humanidad es Dios, ó la humanidad es el Dios moderno. El Emperador dice que esto es verdad, yo pido perdon al Emperador, y con su vénia creo que es mentira. Yo creo que antes, lo mismo que ahora, y ahora lo propio que despues, la humanidad no ha sido, no es, no será, no puede ser nunca el Dios del mundo, ni de sí misma, ni de nadie, ni de un triste gusano, porque la humanidad no ha creado á nadie, ni al triste gusano, ni á sí misma, ni al mundo, ni puede hacer, ni decir una palabra en punto á marcar el último destino de las cosas, ese dia misterioso y sagrado, ese enigma supremo, oculto y recogido en el pensamiento del soberano artífice. Con perdon del Emperador, creo que los modernos no tienen otro Dios que los antiguos, porque ni los antiguos ni los modernos pueden cambiar de Dioses, como el año muda de estaciones, ó como nosotros mudamos de camisa, ¡Qué! Cuando no podemos mudar de arenas, de playas, de mares, de ambiente, de nubes, de estrellas, de soles, ¿quieren los franceses que mudemos de causa suprema? Cuando no podemos mudar de ojos, de cejas, ni aún de pestañas, ¿quieren los franceses que mudemos de Dios? Pero seamos justos ante todo. ¿Os parece, lectores mios, que el autor del libro ha querido decir tal dislate, y que el Emperador ha podido prestarle asenso? No. En esto, como en todo lo que aquí pasa, media cierta poesía fantasmagórica, cierta fascinacion aérea. Lo que el autor ha querido decir, lo que el Emperador ha podido creer, es una cosa semejante á la que sigue: «la revelacion del principio supremo en la antigüedad, era, por ejemplo, el milagro. La revelacion de aquel principio sumo en los tiempos modernos, es el análisis, el experimento, el compás, el exámen, el axioma, la demostracion, más claro, la razon humana. En la antigüedad no existian más que castas teológicas, la idea de Dios era la que exclusivamente reinaba. En los tiempos modernos hay castas sociales; al lado de la excelsa idea de un Dios, reina en el mundo la idea del hombre. En la antigüedad como en nuestra era, como en todas las eras posibles, Dios representa el génesis de la sustancia; hoy el hombre representa el génesis de la forma.» Esto, y no otra cosa es lo que el autor de aquel libro quiso decir, y lo que el Emperador pudo creer; pero si se hubiera expresado como yo lo he hecho, aquella idea hubiera entrado en la gerarquía de las cosas oscuras, humildes y plebeyas, no hubiera valido la pena de que un Vieillard llevase el libro á un emperador, y de que un Emperador bajara la cabeza y pensase, y de que volviera á estar cabizbajo y pensativo. El autor sabria que se hallaba en una sociedad entusiasta por los relumbrones, y diria para sus adentros: ¿sí? pues allá va ese magnífico y sorprendente relumbron. EL DIOS DE LA ANTIGÜEDAD HA PASADO; LA HUMANIDAD ES EL DIOS MODERNO. Y las gentes se miran unas á otras, se agrupan, se hablan al oído, cuchichean, y el libro corre de boca en boca, de pensamiento en pensamiento, de bolsillo en bolsillo; el autor crece, se hace de moda, _se hace francés_, y hé aquí realizado el adagio de que fray Modesto nunca llegó á guardian. Esto, que es una verdad en todos los pueblos del mundo, es verdad y media en este país de las ALTAS NOVEDADES. _En el Paris curioso_ verémos hasta qué punto se abusa aquí de la expresion heráldica: ¡ALTA NOVEDAD! La primera vez que mi mujer y yo vimos ese pomposo y campanudo rótulo, impreso en letras elegantísimas sobre los vidrios de un escaparate, nos aproximamos con cierta avidez.... ¡Ni el diablo inventa lo que los franceses! ¿Qué dirán mis lectores que era el objeto anunciado al público de una manera tan altisonante y rabiosa, por decirlo así? Pero estamos fuera de lugar. Estas noticias tocan de derecho al _Paris curioso_, y no debemos perjudicar esta segunda parte de nuestros humildes apuntes. Vamos al otro ejemplo de que hablé; al ejemplo de dogma. Bastará decir en este punto que la Francia ha corrido el espacio que media entre proclamar: NO HAY DIOS, hasta celebrar misa en un altar cristiano, que está precisamente sobre las cenizas y la estátua de Voltaire. En efecto, el Panteon, ese suntuoso mausoleo que el pueblo francés ha levantado á sus grandes hombres, se habilitó hace poco para templo cristiano, y el altar en que un sacerdote católico dice misa diariamente, viene á caer sobre la tumba del más furioso de todos los enciclopedistas; es decir, sobre la tumba del más furioso de los protestantes franceses. No llevo á mal que la Francia _reconocida_ haya levantado aquel suntuoso mausoleo á sus grandes hombres; no llevo á mal tampoco que Voltaire sea un grande hombre que ocupe un lugar en el espléndido mausoleo de su patria; lo que digo es que me huele _á cosa francesa_, una cosa que pica y que escuece, el que un sacerdote católico diga misa sobre los sepulcros de Voltaire y de Diderot. Digo que es refinadamente _francés_, refinadamente chispeante y fosfórico, el que las tumbas de Voltaire y de Diderot ocupen su puesto en un mausoleo cristiano, y que en ese mausoleo cristiano no hayan entrado las cenizas de un Bossuet, de un Flechier, de un Bourdaloue, de un Fenelon. Este es positivamente el fenómeno que menos he podido explicarme, un fenómeno que me aturde. Sobre una rareza tan extraordinaria, he pedido noticias á personas muy competentes; pero todas se encogen de hombros y murmuran algunas palabras á media voz. Ahora ya no pregunto á nadie. Las singularidades de esta calaña no tienen explicacion posible en el individuo francés; están explicadas únicamente por el carácter general del país; por el carácter, por el genio, por la necesidad de todos; están explicadas ... por la Francia. Otros muchos ejemplos notables se me ocurren, en historia principalmente; pero si me dejase llevar iria muy léjos; sumamente léjos, y no puedo dar tanta extension á esta primera parte, cuando me está esperando la segunda, que debe ser mucho más larga, y bastante más entretenida. He examinado la moralidad de Paris, en las varias esferas sociales, y en todas partes he hallado una misma tendencia, un mismo secreto, una misma cifra: _relumbron, efectos cómicos ó trágicos, caras muy lavadas y bonitas por fuera, palaustre_. Mucho bombo y mucho platillo, para que acuda gente, para que el corro sea muy grande, y pueda hacer negocio el que maneja los cubiletes. Pero á esto se dirá: ¿cómo se explica que un arte postizo, domine de tal modo en el mundo? Es muy sencillo, contesto yo. El que quiera verse seguido de centenares y centenares de personas, vístase de azul, de encarnado, de amarillo, de verde, de blanco y de negro; cúbrase la cabeza con plumas de pavo real, de cuervo, de buitre, aunque sea de gallo ó de gallina; si no hay plumas, póngase la cola de una zorra, ó cosa semejante; toque luego un chinesco, un tambor, una gaita; toque unas trévedes ó un almirez, sino tiene á mano otros instrumentos; toque con fuerza, haga ruido, mueva estrépito, mucho estrépito, alarme las orejas de todo el mundo.... No tengais cuidado, no irá solo. No quiero decir que esta gran ciudad es un payaso, no. De ser payaso, habría que confesar que era un payaso muy _magnífico_. Me he valido del símil anterior, como pude haberme valido de otro cualquiera, para dar á entender el misterio con que Paris domina al mundo. El misterio consiste en que da á todos sus guisados una salsa picante, que excita el paladar, que lo estimula, que lo llama, que lo _emboba_; que lo mata luego, pero que lo provoca antes, y esto basta para el consumo de la cocina. Y ¿qué significa esa salsa picante? Esa salsa picante es el cáustico que se pone sobre un tumor; es el cauterio que se aplica á una llaga; es la fuente que se abre á un ético; es la cantárida que se receta á un pecho podrido. Ya no basta el sér de las cosas, y se busca el sér de los adobos. No basta la verdad, y hay que acudir á la mentira. No basta la naturaleza, y tienen que implorar la ayuda de la mágia. No basta el encanto del arte, y tienen que llamar la fantasmagoría del artificio. No basta el rey, y tienen que acudir al reyezuelo. La salsa picante de los franceses significa una cosa algo peor que el soñado puñal de la soñada Manola de Madrid; algo peor que la soñada mata y el soñado facineroso, de que nos habla el _brillante y reluciente_ Alejandro Dumas; algo peor que las soñadas jícaras como dedales, en que toman el chocolate los españoles; peor tambien que la soñada señorita española, que como dice el mismo novelista, exclamaba cándida y apasionadamente: _¡mi amado toro!_ Aún cuando todo eso fuera verdad, aún cuando existiese en nuestro país una señorita que requebrase á un toro con el epiteto de _amado_, y matas que ocultaran facinerosos, y dedales que sirviesen de jícaras, y puñales que á manera de ligas, decorasen las medias de la Manola de Madrid; aún cuando realmente existiera ese enjambre de desatinos, esa porcion de sueños extravagantes y risibles de una imaginacion que tiene fiebre; pues, sí, señor Dumas, mi muy querido novelista señor Dumas; aún cuando todo eso existiese en España, creo que seria menos malo que lo otro que existe en Paris, menos malo tambien que la calentura que usted padece de decir, de contar poéticas _graciosidades_, á fin de embaucar á sus paisanos, para que le escuchen con la boca abierta, y aflojen _los sueldos_ de la suscricioncilla. Sí, señor novelista; creo que es más fácil purgar el desierto de beduinos, arrojar los cafres de las costas de oro, y poblar de hombres la Nueva Zelanda en que viven los antropófagos, que purgar á Paris de esa civilizacion engañosa, de ésa fascinadora cultura, de esa idolatría _chillona_ que comprende tan bien el secreto de hacerse admirar. =Resúmen de esta série. = Voy á reasumir en pocas palabras todo lo expuesto sobre la moralidad, sobre la tan _cacareada_ moralidad del pueblo parisiense: Tal vez me hago insufrible á mis lectores; pero esto es una operacion de cirujía, y todos tenemos la obligacion de ser pacientes hasta donde podamos aguantar. Cuando, él lector no pueda más, tiene el recurso de quemar mi libro. Noto aquí, ni puedo ni debo ocultarlo, una grande armonía entre la ley pública y la conducta privada, entre la sociedad y el individuo. No hallo, la he buscado inútilmente por todas partes; no veo la moralidad de la intencion, esa moralidad interior, absoluta, que existe por sí, que tiene bastante con ella misma; esa moralidad que nace de nuestro albedrío, de nuestra voluntad, de nuestra deliberacion, de nuestro deseo, este deseo que es la virtud más alta y más grande con que Dios enaltece al hombre; no veo, no hallo, no vislumbro la moralidad del sentimiento que ama lo justo y lo virtuoso, por el placer magnánimo de amar la justicia y la virtud. No veo, no hallo la verdadera y única moralidad. Hallo y veo una virtud que es virtud mientras que ve un castigo; que puede ser vicio, que lo es frecuentemente, cuando se ve sola, léjos de la ley y de su pena, léjos de la opinion y de su fama; una virtud que obra bien, siempre que no puede obrar mal impunemente. Hallo y veo una hábil hipocresía. Hallo y veo un egoismo sábio. En fin, hallo y veo un _palaustre_ que lava esta cara como las lava todas. Creo, pues, que Paris es un pueblo inmoral; inmoral de un modo picante, novelesco, fantasmagórico; inmoral de una manera delicada, graciosa, aún artística: sobre todo, de una manera relumbrona, dramática, teatral. Brillante, muy brillante, muy reluciente, muy bonito, muy fascinador, todo lo que se quiera; pero inmoral; tan inmoral, que ha logrado el prodigio de _civilizar_ la _inmoralidad_; el prodigio asombroso de hacer de la inmoralidad una _cultura_ célebre. Esto dice á Paris y al señor novelista Dumas, un infeliz cafre de allende el Pirineo. Si eso es civilizacion, quiero que mi país sea salvaje. Si eso es ser culto, quiero que mi país sea bárbaro. Si por eso el Africa ha de principiar en los Pirineos, que principie en buen hora, y Dios la dé mucha _fortuna_, mucha salud, _y que á mi no me olvide_, como decia el autor del Quijote. =SERIE SEGUNDA= PARIS CURIOSO. =Dia primero=. Advertencia del autor.--Llegada á Paris.--Omnibus.--Travesía.---Hotel Español.--Luisa Noel.--Hotel de los Extranjeros.--Restaurant.--Garçones. --Mi barbarie.--Fin del dia. Mi querido lector; despues de meditar despacio sobre el asunto, he resuelto modificar el plan que me habia propuesto seguir. Antes de presentarte, monda y lironda la historia de esta prodigiosa ciudad, creo conveniente que nos acompañes por estas calles, por estas plazas, por estos paseos, por estos cafés, por estos hoteles, por estos teatros, por estas tertulias: es decir, por este bullicioso y deslumbrador laberinto. Creo necesario que experimentes nuestra hambre, nuestra sed, nuestro frio; que presencies los sendos codazos y empujones que nos dan, y el suave y risueño _perdon_ con que los almibaran. En fin, creo necesario que imagines con nuestra fantasía, que pienses con nuestra inteligencia, que sientas con nuestro corazon, que esperes con nuestra esperanza; si es posible, que vivas con nuestra propia vida, uniéndote á todas nuestras impresiones, haciéndote parte en nuestra causa, á fin de que te familiarices con esta sociedad, de que cobres cariño á este personaje. Si esto no sucediera, su historia te importaria muy poco, y yo me veria privado de la ayuda de tu buen deseo. En este mundo no queremos sino lo que nos cuesta algun trabajo, algun sacrificio, algun dolor, y por eso te ruego que nos acompañes por todas partes, que todo lo veas, que todo lo oigas, que todo lo toques, que de todo te enteres, que participes por completo de nuestros trabajos, de nuestros sacrificios y de nuestros dolores. Despues de esto, es bien seguro que tendrás interés en saber la historia de esta ciudad que tanto has paseado, y que tanto te ha llevado y traido como palillo de barquillero. Dividiré nuestras excursiones en _dias_, y cada dia llevará á la cabeza un resúmen de todos los asuntos en él contenidos, para que, de un solo golpe de vista, puedas vislumbrar el espacio que has de correr. Entremos en asunto. Despues de ochenta y cinco horas de encajonamiento en la diligencia, desde Madrid hasta Bayona, y en los trenes, desde Bayona hasta Paris, molidos, muy molidos, más que molidos, casi magullados, llegamos á la estacion del Mediodía á las seis y media de la tarde. Nuestras miradas se dirigian codiciosamente hácia adelante, buscando á Paris, como el peregrino que llega á Sion al declinar la tarde, busca con los ojos desencajados los torreones de Jerusalen. ¡Cómo nos latia el corazon! ¡Paris! ¡Ya vamos á llegar á Paris! En efecto, la cúpula del Panteon y la veleta de la iglesia de los Inválidos (segun nos dijeron) se destacaban arrogantes á través de la atmósfera. Esta parte poética de los viajeros, es sin disputa una de las emociones más bellas de la vida. Un ómnibus inmenso nos lleva desde la estacion del ferro-carril á no sé qué calle. En este momento atravesamos uno de los más dilatados y concurridos bulevares que surcan esta gran capital. Por la izquierda se descubre un magnífico paseo; por la derecha se descubren instantáneamente varias arcadas de los puentes que decoran el rio. El primer coche de alquiler que hallamos, tiene escrito el número 8.976; el primer ómnibus, de los destinados al tránsito de la ciudad, lleva el número 2.637. Un rumor contínuo de carruajes y de personas nos va circuyendo por todas partes, como si en todas partes existiese el mismo Paris. Si al despertar hubiera percibido aquel estrépito incesante, habria dicho seguramente que me encontraba en una fábrica, entre el movimiento de muchas máquinas de vapor. Mis ideas se alargan con mi vista á través de ese laberinto de chimeneas y de torres, y se pierden con ellas sobre esa techumbre sin fin. Mi mujer y yo nos mirábamos sin cesar como dos bobos. ¡Grandiosa creacion, en verdad, si sobre ella no tendiese sus alas negras un ángel terrible; el egoismo! Pero sin duda la Providencia quiere valerse de ese egoismo como de una palanca que remueve á la humanidad, para empujarla luego hácia sus fines predestinados. Un sacerdote protestante nos acompañaba. El ómnibus paró, y el sacerdote desapareció con su equipaje. Nuestro _locomotor_ prosiguió su marcha, y al cabo de un cuarto de hora de camino á través de las calles de esta Babilonia europea, el guia nos anunció que allí estaba el hotel indicado por el caballero español que nos habia recibido en el ferro-carril. Dejamos el ómnibus, y un mozo comenzó á subir el equipaje. Pasamos el piso entresuelo y llegamos al principal; un principal bastante alto por señas: el mozo proseguia subiendo. --¿Dónde va usted? le grité desde el primer tramo del piso tercero, porque el entresuelo era todo un piso. --_Montez, monsieur, s'il vous plaît; c'est ici, c'est ici_. (Tened á bien subir, señor; es aquí, es aquí.) Llegamos al piso cuarto: el mozo proseguia subiendo. Yo dije á mi mujer que venia á mi brazo sin comprender lo que pasaba: ese hombre nos quiere arrebatar sin duda al Paris que está en la tierra, para llevarnos á otro Paris que estará en el cielo ..._aunque ignoro si podrá subir tan arriba. En el primer tramo del piso cuarto me detuve. --Mozo, no subo más. --_Montez, monsieur, montez; nous y sommes._ (Subid, señor, subid; ya estamos.) --Mozo, no subo aun cuando estemos, le respondí en francés. En esto apareció un caballero ... digo mal, no apareció; nosotros llegamos á divisarlo por entre las barandas doradas del otro piso, es decir, del piso quinto. Aquel caballero, amo del hotel Español, tuvo la bondad de bajar adonde nosotros estábamos. --Pido á usted auxilio, le dije sonriendo, contra las intenciones de su criado, que sin duda pretende conducirnos á las estrellas. --Es que no hay habitacion desocupada en los otros pisos. --Entonces, contesté, no podemos tener el gusto de permanecer en su casa. Una afeccion nerviosa que padezco, me impide habitar un piso quinto. --Perdone usted, es piso cuarto. --Pues bien, me impide habitar un piso cuarto. --Un piso cuarto con entresuelo, añadió mi mujer, y nos dimos á bajar la escalera diciéndole: sírvase usted prevenir al criado que traiga el equipaje, nosotros le gratificarémos, y rogamos á usted nos disimule esta molestia. El amo del hotel bajó al otro rellano. --Ya que ustedes no pueden quedarse aquí, les recomendaré á una casa española. --¿Qué piso? pregunté. --Principal; calle Vivienne, casa de Luisa Noel. --Enhorabuena; si es piso principal, estamos conformes y le damos á usted las gracias. Dos criados de la fonda condujeron el equipaje desde la calle de Richelieu á la de Vivienne, que están contiguas, núm. 45. Llegamos á la primera puerta y yo hice alto, mientras que los mozos continuaban subiendo la escalera. --¿Dónde va usted? volví á preguntar. Los criados me respondieron que aquel piso era el entresuelo, y que Luisa Noel habitaba en el principal. Subimos al piso principal. Luisa Noel no estaba en casa; los criados de la fonda dejaron allí el equipaje, y mi mujer y yo tomamos posesion de dos sillas en actitud de esperar á la señora. No habian trascurrido dos minutos, cuando se dejó ver una criada que nos dijo en buen español: --Si ustedes quieren ver la habitacion que está vacante, pueden hacerlo; y en el caso de acomodarles, dispongan de ella, sin perjuicio de que luego se concierten con el ama. Esta proposicion nos agradó en extremo, ansiosos como estábamos de descansar, y la criada nos pareció una mujer de mucho talento. Dos criados de Luisa Noel se apoderaron del equipaje y empezaron á subir escaleras. La criada seguia á los criados. Mi mujer seguia á la criada. Yo seguia á mi mujer. Subí el primer tramo maquinalmente; pero al llegar allí me acordé de mis nervios, no podia suponer que en Francia hubiese dos pisos principales, uno abajo y otro arriba, y creí llegada la ocasion de preguntar de nuevo: --¿Dónde va usted, señora? --Es aquí, es aquí. --Perdone usted; el caballero que nos recomienda nos dijo que su ama de usted vivia en un piso principal. --Sí, señor; pero en el piso principal no hay habitacion desocupada. Suban ustedes, vean ustedes el cuarto, y luego podrán resolver. Antes subia maquinalmente; ahora subia por amabilidad; pero un hombre no debe ser amable: el hombre no debe robar ese secreto á la mujer. Subimos dos tramos, y hénos aquí en pleno piso segundo con entresuelo; pero los criados y la criada continuaban subiendo escaleras. --¿Dónde va usted, mujer de mis pecados? --Es que en el piso segundo no hay habitacion vacante. Suban ustedes; esto no es alto para Paris. --Para Paris no será alto, señora, pero mis nervios no tienen el gusto de Paris; Paris no me ha dado otros nervios, y con permiso de Paris, he resuelto volverme al piso principal. --Suban ustedes otro poco, es aquí; verán ustedes qué vista tiene. Si no les acomoda, bajarán; pero examinen siquiera la habitacion. Esto lo decia en alta voz desde el piso tercero con entresuelo, es decir, desde el piso cuarto. Mi mujer me miraba como consultando mi resolucion, hasta que la hice seña de que subiese. El diablo me tentó aquel dia por ser amable, ó tal vez la amabilidad _parisiense_ se me habia entrado de súbito por los poros del alma. Subimos tres tramos; tres tramos muy lustrosos, muy limpios, muy decentes; pero muy largos. En fin, eran tres tramos para un hombre á quien los tramos matan, que habia subido en menos de una hora veinte y cuatro tramos, sin contar noventa y tres horas de encajonamiento en la diligencia y en el tren. Puedo asegurar que no sé cómo era la habitacion. La cabeza se me caia, y todo rodaba en torno mio, como si me hallase en alta mar. Pocas veces me he visto asaltado de un malestar que más me afligiese. Mi mujer lo conoció inmediatamente, y cogidos del brazo, empezamos á bajar la escalera, detrás de la criada. Aquello era el descenso de la cruz, pero siquiera era el descenso. El equipaje quedó en las alturas. No habiamos esperado media hora en el piso principal, cuando llegó Luisa Noel. Esta señora nos recibió con muy buenas maneras en una magnífica sala; la conversacion comenzó á preludiarse; pero yo puse fin á los preludios diciendo: --Señora, ¿usted no tiene habitacion en el entresuelo ó en el principal? --No, señor, no la tengo. --Entonces no podemos estar en su casa, por más que lo sintamos. --En Paris no es alto un piso tercero. --Señora, no es cuestion de Paris; es cuestion de una enfermedad de que adolezco con gran pena mía ... y en resumidas cuentas, tenga usted la bondad de prevenir á sus criados que me traigan el equipaje á donde encuentre un piso principal, entresuelo, bajo, aunque sea un sótano ó una cueva. Luisa Noel llamó sonriendo á dos criados, y nos envió al hotel del Tirol, calle de Montmartre, á cincuenta pasos de la calle Vivienne.--Eran las siete y media de la tarde. Llegamos al hotel del Tirol; pero este hotel, en medio de las cosas buenas que pueda tener, y que no le quiero disputar, tiene una escalera tan estrecha, tan _nimiamente_ estrecha, que me resolví á no subirla. Las aventuras anteriores me habian hecho cobrar horror á las escaleras, aún siendo espaciosas y excelentes. Hénos otra vez á cielo raso sobre las losas del imperial Paris. Al salir del portal del hotel en cuestion, alcancé á divisar un reverbero, en cuyo cristal ví este rótulo: _hôtel des étrangers, rue Teydeau, 3_. (Hotel de los Extranjeros, calle de Teydeau, número 3.) Hice seña á los mozos del equipaje de que me siguieran, y antes de un minuto estaba hablando con los _garçones_ del hotel. --_¿Combien voulez-vous payer?_ (¿Cuánto quiere usted pagar?) --Quiero pagar lo que sea necesario para que me abran ustedes las puertas de ese entresuelo (habia un entresuelo desocupado), y háganme ustedes el favor de darse prisa. La señora del hotel salió _du bureau_ (de la oficina: aquí todo establecimiento público tiene su oficina) y dispuso que se nos franqueara la habitacion. La señora del hotel es gruesa, de alguna edad, y fea. Á mí me pareció un ángel, ó como dijera un novelista moderno, una vírgen aérea de Rafael ó de Murillo. Mi buena y sufrida mujer y yo subimos dos tramos, compuestos de 23 escalas, y nos encontramos en un entresuelo lindísimo, con dos balcones á la calle y perfectamente arreglado, como todas las habitaciones francesas. Los criados de Luisa Noel hicieron entrega del equipaje, recibieron su tanto, y se marcharon con los mozos de nuestro hotel; cerré la puerta, me eché sobre el sofá, me quité el sombrero y arrojé un suspiro. Me parecia mentira que Paris me diera un entresuelo. ¡Bienaventurado Paris! ¡Bienaventuradas escaleras! Despues que hubimos descansado un instante, nos lavamos, y aún con el polvo del camino encima, salimos á dar una vuelta, como suele decirse. Bajamos por la calle Feydeau, torcimos á la derecha, y á pocos pasos nos hallamos en la plaza de la Bolsa, cuyo suntuoso palacio descubrimos confusamente entre dos luces. Ibamos por el ángulo del Norte, y al fulgor de las luces de un café, denominado de las Arcadas, vi escrito en una esquina _restaurant Champeaux_. Anduvimos más, y al principio de la fachada de otro edificio, ayudado por cuatro tubos de gas que la decoraban, volví á leer _Champeaux_, y más adelante, en letras mayores, _restaurant Champeaux_, y en el otro extremo, _Champeaux_, y muy abajo, casi rayando con la acera, _restaurant Champeaux_. No pude menos de decir á mi mujer: --Cosa notable debe ser ese buen _restaurant Champeaux_, cuando tan de manifiesto se pone, sin temor de que se le descubran las faltas. Vamos á comer, y empujamos la puerta del dicho _Champeaux_. Véanos el lector en un salon pequeño, pero adornado de espejos magníficos, de magníficos tubos de gas, y de mesas muy blancas, con un servicio esmerado y gracioso. Segun la expresion general, parecia una taza de plata. No bien nos habiamos sentado en el ángulo de la izquierda, cerca de un espejo donde nos reflejábamos con platos, cubiertos y mesa, cuando nos vimos rodeados de tres mozos. Todos tres iban vestidos de negro, frac, corbata blanca, cabeza perfumada, y una servilleta en la mano. Yo quise hacer señas á mi mujer de que se levantara, á fin de abandonar el _restaurant Champeaux_; pero no era tiempo. _Los caballeros garçones_ nos habian sitiado, y no habia más remedio que sostener el sitio. Pero ¿por qué queria yo abandonar el brillante salon, aquella brillante coquetería del civilizado