Project Gutenberg's Florante, by Francisco Baltazar (AKA Francisco Balagtas) This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included with this eBook or online at www.gutenberg.net Title: Florante Author: Francisco Baltazar (AKA Francisco Balagtas) Translator: Epifanio De Los Santos Release Date: April 3, 2005 [EBook #15531] Language: Spanish and Tagalog Character set encoding: ISO-8859-1 *** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK FLORANTE *** Produced by Tamiko I. Camacho, Pilar Somoza and PG Distributed Proofreaders, from page scans provided by University of Michigan. Special thanks to the Music Team for their work on the musical scores. [Paalala ng nagsalin: May kilay ang mga salitang "ng, mga," at iba pa upang ipakita ang dating estilo sa pag-sulat ng Tagalog na sa ngayon ay hindi na ginagamit.] [Nota del transcriptor: El carácter g con tilde, que se usaba en tagalog antiguo, aparece marcado como ~g] FLORANTE VERSIÓN CASTELLANA DEL POEMA TAGALO CON UN ENSAYO CRÍTICO POR EPIFANIO DE LOS SANTOS REIMPRESO DE LOS NÚMEROS 7 Y 8 DE THE PHILIPPINE REVIEW DE 1916 POR GREGORIO NIEVA, Editor y Propietario MANILA VIDA DE FLORANTE Y LAURA En el Reino de Albania, deducida de la historia o crónica pintoresca de las gestas del antiguo Imperio Heleno y versificada por un amante de la Poesía Tagala A CELIA 1. Cuando en el pensamiento torno a leer, de nuestros amores los idos días, ¿habría acaso imagen grabada en él, que no fuera Celia, la que puso nido en mi pecho? 2. Aquello, Celia, que solía infundirme pavor que a amor pusieses en olvido, abismó a este infortunado en la honda breña del dolor. 3. ¿Olvidaría, por ventura, de leer los tiempos idos de nuestro cariño, el amor de que me hiciste objeto y mis desvelos y desventuras? 4. Pasó el día asaz dulcísimo; tan sólo quedó amor; anhelo supremo atenazará mi pecho hasta que en la fosa mi cadáver descanse. 5. Hoy que la orfandad entristece mi alma, lo que hago para divertir la pena es recordar tiempos idos, con tu imagen, y la entrevista felicidad. 6. Imagen trazada por pincel amante, grabada en el corazón y en el entendimiento, prenda única confiada a mi custodia y que no será robada ni en la sepultura. 7. Mi alma, de suyo, vaga por las revueltas y barrios hollados por sus plantas, y a los ríos, no profundos, de Beata e Hilom, mi corazón enamoradizo suele emigrar. 8. Mi fantasía suele apoyarse en el pie de la manga, donde pasábamos, y con los colgantes frutos que deseabas coger dar alivio a mi corazón huérfano. 9. Mi ser todo se iba en suspiros cuando tú enfermaste, las desesperaciones se me volvían cielo, Paraíso también la llovediza habitacioncilla. 10. Adoraba tu imagen en el Macati río donde se reflejaba; rastreaba también en el bullicioso embarcadero, sobre la piedra del piso, las impresiones de tus plantas. 11. Vuelven, y como si tuviese delante, aquí, los venturosos tiempos, cual madrugador bañista que se aprovecha del agua dulce antes de enturbiarla la salobre del mar. 12. Creo aún oir tu decir favorito: _por tres días no se ha dado en el blanco_, a que contestaba jubiloso; _¡y para una persona hay tanto en mantenimiento!_ 13. Cierto que nada hay que no recuerde mi pensamiento de la huida alegría que sólo de imaginarla corren mis lágrimas al tiempo que gimo "¡Oh, qué infortunio!" 14. ¿Dónde estás, Celia, alegría del vivir? Y nuestro amor ¿por qué no echó raíces? ¿Dónde está el tiempo en que una mirada tuya era mi vida, alma y cielo? 15. ¿Por qué, cuando nos separamos, no se cortó el hilo de mi maldita existencia? Tu memoria es mi muerte, porque en mi corazón, Celia, eternamente vives. 16. Esta aflicción sin tasa, por causa tuya, o por la dicha que huyó, es la que me invita a cantar, narrar la vida de un infortunado. 17. Celia, harto comprendo cuán tímida e ignorante mi musa, y cuán melancólico es su canto, sobre baladí, asperísimo; mas, séanle propicios tus oídos y entendimiento. 18. Es el primer fruto de mis cortos alcances, que ofrendo a tus nobles huellas; recíbelo, aunque, de valer, ajeno, porque viene de un corazón sincero y amante. 19. Aun cuando vaya e insultos hagan carne en ella, mis desvelos serán bien pagados, si su lectura te arranca un sollozo que recuerde al ofrendador. 20. Alegres ninfas de la laguna Bay, sirenas de canción inefable, a vosotras hoy os invoca, con harto dolor, mi pobre musa. 21. Surgid a la ribera y márgenes circundantes, y acompañad con vuestra lira mi pobre canción, que, aunque la parlante vida se corte, es su deseo que el fiel amor cunda. 22. Tú, flor de mis ensueños, Celia, que llevas por divisa M. A. R., a la Virgen Madre ora por tu devoto servidor que es F. B. AL LECTOR 1. Gracias a tí, lector querido, si a mis desvelos das valer; que la poesía, aunque brote de mi caudal escaso, la aprovechará quien sondearla quiera. 2. Si a las primeras de cambio parece acedo y acre, por la agrura e inmadurez de la corteza, pruebe la vainilla pulposa del fruto y catará sabor agradable el docto lector. 3. No pretendo estima en demasía, haga chacota y ludibrio de mis pobres versos; haz lo que quieras, que el arpa está en tus manos, pero no cambies únicamente el verso. 4. Si a tu lectura hallas verso impropio, antes de darlo al raspadillo, o por erróneo, examínalo bien de arriba a abajo, y lo verás limpio y correcto. 5. Si viene, anotado, cualquier pie de verso, si no lo entiende porque es un erudito decir, fije la vista hacia abajo, y comprenderá todo su sentido. 6. Hago punto aquí, ¡oh lector discreto! Así no me pase lo de Segismundo, que un tan dulce y sabroso lenguaje trocó en salobre, a fuerza de cambiar el verso. COMIENZO DE LA NARRACIÓN 1. Érase un sombrío, melancólico bosque,[1] maraña sin intersticios de espinoso bejuco; donde con harta fatiga pugnaban los rayos de Febo[2] por visitar su interior de sobejana espesura. 2. Gigantescos árboles daban allí tan sólo apesaramientos, congojas y tristura; canto todavía de las aves ponía espanto al ánimo más sereno y regocijado. 3. Cuantas yedras sarmentosas se enredaban en las ramas, iban armadas de púas; y las frutas, afelpadas, picaban al que se acercaba y las tocaba. 4. Las flores de los enhiestos árboles, paramentos salientes de las hojas, eran negras y armonizaban con el olor que producía vértigos. 5. En su mayoría cipreses y bajunas higueras,[3] cuya sombra abochornaba, sin frutos y de anchas hojas que oscurecían el interior del bosque. 6. Todavía, los animales que aquí pululaban eran en su mayoría serpientes y basiliscos en abundancia, hienas y tigres carnívoros, que así devoraban al hombre como a los de su especie que vencían. 7. Este bosque hallábase a la vera de la puerta del Averno,[4] reino del huraño Plutón,[5] y sus dominios regaba el río Cocito de venenosas aguas.[6] 8. Hacia el centro de este mustio bosque se levantaba una higuera de desteñidas hojas; aquí estaba atado el infortunadísimo a quien su mal sino persiguió. 9. Su continente era de mancebo, a pesar de tener manos, pies y cuello sujetos, si no era Narciso,[7] era verdadero Adonis,[8] su rostro fulguraba en medio de los tormentos. 10. Tersa la piel y cual yema de huevo, tenía las pestañas y cejas hechas puro arco, el color del cabello era de recién purificado oro y las prendas del cuerpo en justa armonía. 11. Hubiera allí oréadas,[9] bosque-palacio de feroces arpías,[10] tendrían misericordia y amor al trasunto de la hermosura y del infortunio. 12. Este juguete de la desdicha y del dolor, con sus dos ojos que parecían fuentes, por las lágrimas que a fuerza de llorar estallaban, esto articuló, que herirá todo pecho piadoso: 13. ¡Cielo vengador! Tu fiereza, ¿dónde está, hoy que inmóvil yazgo, mientras la bandera de la iniquidad se enseñorea del reino de Albania? 14. Dentro y fuera de mi infeliz patria la traición impera, la bondad y el mérito yacen echados, asfixiados en el hoyo del tormento y de la angustia. 15. A la buena crianza se aherroja en los abismos de la vaya y del desasosiego; a los honrados se soterra y sepulta sin ataúd. 16. Mas al alevoso y execrable se sienta en el trono del honor, y a cada tartufo de bestial carácter se sahuma con aromático pebete. 17. Mientras los perversos y traidores yerguen la cabeza arrogantes, andan los buenos avergonzados y cabizbajos; la razón santa yace en el suelo, quebrantada, y lágrimas únicamente desliza. 18. Los labios que despliegan palabras de verdad y justicia, al punto se hienden y amordazan con espada de muerte ignominiosísima. 19. ¡Oh traidor anhelo de riqueza y poder! ¡Oh ansia de honor cual aire que se disipa! Eres la causa de todos los males y de los que me trajeron a esta situación tan lastimosa. 20. Acaso por la corona del rey Linceo y la riqueza del duque mi padre, fue osado el conde Adolfo a sembrar de males el reino de Albania.[11] 21. Todo esto, misericordioso cielo, lo ves: ¿cómo es que lo sufres? Origen eres de todo bien y de toda razón, ¿y permites que un desalmado los suplante? 22. Mueve tu poderosa diestra, esgrime la espada de la indignación, y en el reino de Albania haz sentir tu venganza contra los malos. 23. ¿Por qué, cielos, eres sordo para mí, y mis sinceros ruegos desoyes? ¿Será verdad que, para un sicofanta, tus orejas son todo oídos? 24. Mas ¿quién penetrará tus inefables misterios, Dios omnipotente? Nada será en la costra de la tierra que a bien no fuera tu designio. 25. ¡Ay, dónde ahora acudiré! ¡Dónde echaré mis lágrimas, si hoy el cielo ya se niega a oir el grito de mi doliente voz! 26. Si tu deseo es que padezca, ¡cielo alto! hágase tu voluntad, pero haz que el corazón de Laura palpite, de vez en cuando, por mí. 27. Y en este océano de adversidades, cuya inmensidad tengo de vadear, la memoria que Laura del malogrado amor haga, será de mi pecho la única alegría. 28. Su levísimo recuerdo será para mí inmenso alborozo, superior a la fatiga y tormento impuestos por el falaz e inmisericordioso. 29. Si en mis ataduras pongo el pensamiento, me siento ya cadáver frío en profundo sueño, y llorado por la que es mi placer y gozo, parezco despertar a vida inacabable. 30. Si hurgo en los ápices de la inteligencia nuestros amores de mi bien amada, su llanto cuando tenía pesadumbre trueca en alegría mis cuitas. 31. Mas, ¡infelíz de mí! ¡errada suerte! ¿qué valen ya tales amoríos, si, quietamente, mi único amor descansa ya en los brazos de otro? 32. En el regazo del conde Adolfo veo a mi Laura amada. Muerte, ¿dónde está tu antigua fiereza para que me libre yo de este tormento? 33. Aquí, preso de angustia, se desmayó, rindió el corazón al asalto del dolor, la cabeza dobló y lágrimas vertió, regando el árbol donde estaba amarrado. 34. De los pies a la cabeza el dolor esculpió su saña, dándole entonces los celos tirana y artera muerte. 35. Al de condición más dura su vista ablandará, y lágrimas derramaría que al propio autor fuercen a misericordia. 36. Espectáculo tan sólo de la traza de quien sus pesares logró enmudecer, presto invitará al corazón a llorar si ya, de los ojos, las lágrimas huyeron. 37. ¿De qué misericordia el pecho no sentirá del hombre de buena voluntad, si las plegarias y quejas oyese, pasado el accidente, del que era la propia imagen del pesar? 38. Casi todo el bosque estaba sembrado de quejidos tristísimos, que todavía repetían y resonaban el eco contestando en lontananza. 39. ¡Ay, Laura idolatrada! ¿por qué otorgó a otro el amor a mí prometido, y traicionó al leal corazón, por quien lágrimas derramó? 40. ¿No juraste delante del cielo que no serías desleal a mi amor? ¡Y yo que confié este pecho, sin barruntar que a esto pararía! 41. Creí que tu belleza, pedazo de cielo, era inquebrantable, fiel tu corazón, sin recelar que la infidelidad moraba en la hermosura. 42. No creí que despreciarías las lágrimas que vertiste por mí, ni el dulce remoquete de ser yo el bien amado, y mi rostro el bálsamo a tus tribulaciones. 43. ¿No era cierto, bien mío, que, cuando ordenaba invadir el rey tu padre cualquiera ciudad, cuando trabajabas mi escudo, tus dos ojos destilaban perlas? 44. Cuando a mi plumaje atabas con tus dedos de coral, tus ansias iban y venían con las oscilaciones del oro de hilar. 45. ¡Cuántas veces, Laura, me entregaste, todavía mojada en lágrimas, la banda que usaría, y la dabas acongojadísima, temerosa de que en la lucha me hiriese! 46. Volante y peto no permitías que tocasen y se ajustasen a mi cuerpo, sin antes desherrumbrarlos, temerosa de que mi ropa manchasen. 47. Examinabas su resistencia y brillo para que los tajos resbalasen, y aun a distancia no cejaban tus reparos para que, en medio del ejército, al punto se distinguiesen. 48. Adornabas mi turbante con perlas, topacio y brillante rubí, aparte el movedizo diamante, llenándolo con tu nombre, la letra L. 49. Mientras ausente luchaba, al rebusco ibas de cuanto pudiera divertirte, y, aunque triunfase, al comenzar a entrar, ya estaba a tu vista, y todavía el miedo te sobrecogía. 50. Todo tu temor era que me hiriesen, nada creías que antes no vieras, y si revelaba la piel leve rasguño, lo lavabas con tus lágrimas. 51. Cuando guardaba algún pesar, al punto inquirías su motivo, y, hasta que lo conseguías, ibas besando mi rostro con tus labios de rubí. 52. No parabas hasta averiguarlo, pronto le aplicabas el remedio, me conducías al jardín para allí buscar de entre las flores la que podría darme huelgo y solaz. 53. Cogías las más hermosas, y en mi cuello colgabas ensartadas y alternadas flores, para desterrar mi tristeza. 54. Si mis dolores no calmaban, tus pestañas se inundaban de lágrimas; ¿dónde están ahora esos halagos que apacigüen mis torturas? 55. Vente, Laura, que necesito ahora tus solicitudes de pasados días, ahora recaba de tí auxilios tu infeliz amante en agonía. 56. Y ahora que es inmenso mi infortunio, no te imploro caudal de lágrimas, una gota, aliviadora, bastará, si arranca de tu corazón amante. 57. Palpa ahora mi cuerpo, examina mi herida no inferida por espada, lava la sangre que brota de las huellas de la atadura de mis manos, pies y cuello. 58. Vente, amor mío, y cata mi ropa, en la que no querías manchas de herrumbre; desata la cuerda y remúdame, para que hallen lenitivo mis aflicciones. 59. Fija los ojos en mi traza, echadero de amarguras, para mitigar la veloz carrera de lo que ha de acabar con mi vida. 60. Nadie, Laura, tú eres la única que podrá sanar estos tormentos; pon tus manos en este cuerpo, y, aunque cadáver fuera, volvería a la vida. 61. Pero, ¡infeliz de mí! ¡ay, en la gran tribulación, no existe ya Laura a quien llamo! se ha alejado, alejado, y no quiere acudir; ¡fue desleal a mi fiel amor! 62. En otro regazo enajenó el corazón que mío era ya, y me engañó; todo mi amor lo desvió de sí, olvidó el suyo y despreció sus lágrimas. 63. ¿Qué desolación es ya la que no tengo? ¿Habrá muerte que todavía no sufra? Huérfano de padre y de adoptiva madre, sin amigos y olvidado por su adorada. 64. Castigo a mi honor perdido; flecha envenenada hincada en mi corazón; ¡compasión por mi padre, enclavado dardo; me están abrasando estos celos! 65. Dolor de los dolores, la infidelidad de Laura es la que emponzoña y viene sepultando mi vida en la fosa de los malhadados. 66. ¡Oh, conde Adolfo! aunque desencadenado hubieras todos los males de la tierra, tu perfidia habría agradecido, si no me hubieses robado el corazón de Laura. 67. Aquí se desgañitó espantosamente, que resonó en el interior del bosque; espíritu y cuerpo se lo llevaron ansias, y desatóse en río de lágrimas. 68. Abatióse la cabeza en el tronco del árbol, vencido el cuello por el cordel que lo sujetaba, puro cadáver era, y el color de yema de su rostro, tornóse blanco puramente. 69. Ocurrió que recaló en el bosque un guerrero, valiente de traza, con turbante hermosísimo por cimera, y traje moro de la capital de Persia.[12] 70. Hizo alto y escudriñó con la mirada, como si buscase sitio donde descansar; de repente tiró pica y adarga, y juntó las manos. 71. Luego alzó la vista y clavó los ojos en la copa del árbol, tapia del cielo; parecía estatua muda de pie, sin pausa en los suspiros. 72. Cansado en tal guisa, se sentó en el tronco de un árbol, y habló, "¡Oh suerte!", lanzando al mismo tiempo de los ojos lágrimas como saetas. 73. La cabeza apoyó en la mano izquierda, luego cogió la frente con la diestra, como si hiciese memoria de cosa importante olvidada. 74. Después se reclinó a la ventura, sin dar tregua al manantial de sus lágrimas; sus desesperaciones iban entreveradas de palabras: "Flérida, ay, se acabó la alegría." 75. Por momentos sembraba todo el bosque de ayes, que entonaban con el canto melancólico de las aves nocturnas que allí reposaban.[13] 76. Luego se incorporó atónito, requirió la pica y el escudo, imprimió en su rostro ferocidad de Furias,[14] "No lo permitiré", exclamó. 77. Si de Flérida el raptor fuera otro, que no mi padre, a quien debo respetar, no respondería de que esta pica no causara mil y diez mil muertes. 78. Descendería Marte de lo alto,[15] surgirían de lo profundo las Parcas,[16] toda su rabia desencadenarían, arrastradas por el ímpetu de mi brazo. 79. De las uñas del traidor arrebatara la que es mitad de mi alma, y quienquiera, excepto mi padre, no respetara el acero que llevo. 80. ¡Oh, soberano y despótico poder del amor, que aun a padres e hijos unces a tu yugo; cuando te apoderas del corazón de cualquiera, todo se despreciará por seguir tus fueros! 81. ¡Y se pisoteará cuanto es santo y sagrado; prudencia, razón, todo será en vano; la Autoridad será desacatada, y la vida misma, aborrecida! 82. Este fin de mi suerte tan descaminada, espejo claro es que debe apreciarse, para que el que lo comprenda no esté abocado a la adversidad superior a mis fuerzas. 83. Dicho esto, lágrimas vertió, pica clavó y luego gimió; resonaron entonces, como si contestasen, los quejidos del que estaba atado. 84. Pasmóse el guerrero de oirlo; fue mirando en derredor, y, cuando nada vio, esperó su repetición; a poco volvió aquél a gemir. 85. Pasmóse más el valiente guerrero, "¿quién gime en esta soledad?" Se acercó hacia donde venían los quejidos, y se puso todo oídos. 86. Alcanzó las siguientes quejas: ¡Ay, padre amantísimo que venero! ¿por qué tu vida se cortó antes, y me dejó huérfano en medio de las amarguras? 87. Cuando mi imaginación hace cábalas, sobre tu caída en manos del traidor, parece que veo lo que te acaeció, y el castigo inhumano que da grima. 88. ¡Qué castigo no aplicara a tí el conde Adolfo tirano! ¡Si eras espejo de la prudencia en el reino! En tí descargaría su mayor furia. 89. Tu cuerpo parece que lo barrunta ahora tu hijo menor postrado en el tormento; lo desmenuza y desgarra, el sayón verdugo del hipócrita. 90. Tu carne y huesos al desprenderse, manos y cuerpo huyeron de la cabeza, cual tobas los iban lanzando esos traidores, y no hubo nadie que se apiadase de soterrarlos. 91. Hasta tus protegidos y amigos, si son de la facción del traidor, son ya tus enemigos; y los que no abrazaron su causa, temen también ser castigados, si a tu cadáver dan sepultura. 92. Hasta aquí, padre, parece que oigo que tu cabeza ya está debajo de la cuchilla, tus ruegos y súplicas al cielo de que yo me libre de uñas cruentas. 93. Deseabas todavía que me cubriesen los cadáveres en medio de la carnicería, para no caer en la mortífera mano del conde Adolfo, peor que la de león. 94. Sin terminar aún tus súplicas, sobre tu cuello cayó de repente el cuchillo, salió de tus labios como últimas palabras: "¡adiós, hijo menor!", y tu vida pasó. 95. ¡Ay, padre y padre mío! cuando pienso en lo que fue tu amor y tus filiales complacencias, la angustia asaetea la lágrima del corazón que de los ojos fluye. 96. No tienes segundo como padre en la tierra, en el mimar al hijo que acaricia en su regazo, por mínima la aflicción que se me asome en el rostro, tu misericordia, a seguida, te hace derramar lágrimas. 97. Todas las alegrías se acabaron para mí, hasta la vida me es un estorbo. ¡Padre! mucho no esperarás para, en la descansada patria, abrazarme. 98. Interrumpió brevemente su soliloquio el desgraciado, dando tiempo a que las lágrimas se desatasen; del piadoso moro que lo oía de lástima casi estallaba el pecho. 99. Puso la mano en el corazón y articuló: ¿cuándo, decía, mis lágrimas brotarán de compasión por mi padre, y echarle de menos como los clamores del que gime? 100. Por el amor secuestrado llora, causa de mis lágrimas hechas arroyo; él gime por su amor al padre que murió, modelo de padres. 101. Si lo que inunda sin cesar mis ojos, fuera echar de menos las caricias de mi padre y su amparo, grande sería mi suerte y harto apetecible. 102. Mas la estancada escasa agua, que suele regar mi rostro y pecho, procede, cierto, de mi padre, pero de su crueldad, no de su amparo y patrocinio. 103. Lo que llamaré cariño de mi padre, es su doblez, birlarme la dama, volverme desesperanzado, agarrotarme de dolor y que mi vida se elimine. 104. ¿Habrá hijo como yo, hecho una lástima, cuya felicidad, obra del padre, es pena y lágrimas, que no probó mínima alegría de amorosa madre que presto la perdió? 105. Tras breve silencio, volvió a oir los quejidos del amarrado, que decía: ¡Ay, Laura, alegría de mis deseos, adiós te doy desde el seno del infortunio! 106. Sea para tí toda bienandanza, en presencia del que no es tu prometido esposo, y no te despeñes por la vía donde se despeñó tu amante olvidado y burlado. 107. Aunque fuiste inhumana y falaz, serás siempre el norte de mis anhelos, y, si es posible, hasta en la sepultura mis huesos te venerarán. 108. Apenas hubo dicho esto, dos leones sofocados de ambular, se le dirigieron con intención de devorarle, pero se detuvieron delante de él. 109. Parece que tuvieron piedad, dejando de ser feroces, del infeliz a quien trucidarían, imagen del dolor; levantaron la vista como queriendo prestar oídos al que no cesaba de sollozar. 110. ¿Qué sentiría, tal vez, este ligado, ahora que dos fieras se le encaran, cuyos dientes y uñas solo podrían ofrecerle muerte horrorosa? 111. Nada puedo contar ya, mis lágrimas corren, enmudece mi narradora lengua; mi corazón sintió fatiga por piedad suma del mísero bloqueado por las torturas. 112. ¿Qué alma sensible no se dolería de la precaria situación del maniatado, asiento de pesares, y todavía viendo a los que a su carne y huesos deshebrarían? 113. Creyendo, pues, este colmo de amargura que su vida ya había traspuesto la raya, sintió fiebre en el corazón, y perdió la voz, que casi eran ininteligibles estos gemidos: 114. Adiós, Albania, patria de pérfidos y crueles, feroces y embaidores, yo, tu salvador, a quien diste muerte, siento por tí infinita misericordia. 115. ¡Que no salpiquen dentro de tus muros picaduras de la espada debeladora del enemigo; que la tengas como la que esgrimió la diestra del que fue tu baluarte seguro! 116. Bascas te dio la promesa de hacerte holocausto de su sangre, y preferiste que bestias vertieran la que por tu causa se hubiese dado toda. 117. Desde mi infancia nada aspiré que no fuera en tu obsequio y defensa. ¿No se intentó a veces tu sumisión y mi brazo fue el que te hizo libre? 118. Afrentosa muerte fue tu cínico galardón, pero te seré agradecido si, con estimación, y no con venganza, te portases con la amada por quien hago duelo y que fue infiel. 119. Aquella mi Laura que no arrancará ni la muerte misma de mi leal pecho; adiós, patria mía, adiós, adorada, mentido amor que nunca se aparta de la mente. 120. Patria sin alma, inconstante adorada, Adolfo cruel, Laura embaucadora, triunfad ya hoy y entregaos a la alegría, que vuestros deseos se verán cumplidos. 121. Ya tengo en frente la más horripilante cruel especie de muerte, vuestra perversidad así será colmada como mis desventuras. 122. ¡Infeliz de mí! Con que, ¡oh, Laura! ¿habré de morir sin ser ya amado por tí? Amargura de amarguras; ¿de mí quién hará memoria? 123. Con que, para mi infortunio, ¿no tendrás miaja de lágrima? Cuando descanse en la nada, ¿no me consagrarás recuerdo alguno? 124. Estos pensamientos me asesinan; corred ya, lágrimas mías; y, corazón mío, derrítete; abre, alma mía, y de los ojos salga; caed, gotas de mi sangre, a porfía. 125. Hecha paz con el dolor por este olvido de mi adorado tormento; llórese, no por mi vida, sino por el amor harto malogrado. 126. Por estas angustias que consternan, no pudo reprimir el guerrero su compasión; corrió tras las voces y las buscó, abriéndose camino por medio del acero. 127. La tupida maraña crugía a los golpes del afiladísimo acero, no dándose tregua el moro hasta dar por donde los quejidos venían. 128. Como a la altura de los ojos estaba el sol en su carrera al Poniente, cuando halló el paradero del amarrado, tan sin ventura. 129. Cuando llegó cerca y alcanzó con la vista al que en sus ataduras cercaron las penas, perdió el conocimiento y lágrimas deslizó, presos cuerpo y corazón de lástima. 130. Ratos estuvo quedo y sin habla, contuvo el aliento que se le escapaba, e iba a adormecérsele, de compasión, la sangre, no fuera por los bravos leones que amenazaban de pie. 131. Hostigados por el hambre y la maña devoradora, cobraron saña, inmisericordia, prestos los dientes y las garras recién afiladas, para, a una, dar al maniatado el zarpazo. 132. El pelo erizaron, irguieron la cola que infundía terror por la braveza y saña de su catadura, cual Furia crugiendo los dientes. 133. Empinados y preparadas contra el atado cuerpo las uñas carniceras, iban a echar ya la zarpa cuando se atravesó el nuevo Marte de la tierra. 134. Acosó de tajos a los dos leones, como Apolo a la serpiente Pitón;[17] no hubo tajo que no hiciera carne del cortante y probadísimo acero. 135. Cuando esgrimía la diestra mortífera, y con la izquierda paraba los golpes, los briosos leones perdían el tino, que, instantes después, yacían cadáveres. 136. Cuando triunfó el buen guerrero de sus enemigos, las bestias feroces, con lágrimas en los ojos desató las ligaduras del infelicísimo que tenía perdido el conocimiento. 137. Poseído de conmiseración el ánimo cuando vio la sangre brotar de los estigmas, perdió la paciencia al querer desatar rápidamente las enmarañadas espiras de la cuerda. 138. Colocóse, pues, al lado del fofo cuerpo, cual fresco cadáver, y de un tajo cortó con la espada la cuerda impía de probada resistencia. 139. Se sentó y puso en su regazo, desesperándose, el cuerpo, que de agobio se le fue el aliento; pasó las manos por el rostro y pulsó el pecho, que su deseo fue que recobrase el conocimiento. 140. Por mirar a hito el desfallecimiento del que tenía en su regazo tan soliviantado, escudriñaba, causándole asombro así la hermosura del porte como su fin. 141. También asombraba al del bello continente su parecido y semejanza con el valiente guerrero; y sintieran encanto los contempladores ojos, si profunda lástima no se lo impidiese. 142. Conturbadísimo estaba su ánimo, pero se serenó cuando pareció moverse el que tenía en su regazo, tan alicaído, despertándosele la vida en letargo. 143. La cabeza abatida, abrió los ojos, un suspiro fue su primer saludo a la claridad, seguido de un gemido que ponía lástima: ¿dónde estás, Laura, en este trance? 144. Vente, querida mía, y mi prisión deshaga, si muero, acuérdate de mí; y volvió a cerrar los ojos, desvaneciéndose sus quejidos. El que le tenía en los brazos temía contestarle. 145. Para evitar que recayese, y acabara por apagarse el ya escaso aliento. Esperó que verdaderamente sosegase el ánimo del que tenía en su regazo, compendio del pesar. 146. Cuando volvió a abrir los ojos llenóse de pavor, ¿cómo? ¡suerte impía! ¡en manos del moro! Quiso hurtar el cuerpo blandujo, y, cuando no lo consiguió, rechinó sólo los dientes. 147. Contestó el guerrero que no cobrase miedo: Serénate y divierte el ánimo; hoy libre estás de todo daño, te ampara quien te sostiene en sus brazos. 148. Si te da bascas mi solicitud, y ponzoña a tu corazón el no ser cristiano, me avergüenza no acorrerte en trance tan apurado que la suerte te deparó. 149. Tu traje te revela Albanés, y Persa el mío; enemigo eres de mi patria y de mi secta,[18] mas tu infortunio de hoy nos vuelve camaradas. 150. Moro soy, pero pío, sujeto a los mandatos del cielo, y en mi corazón viene grabada la ley natural de compartir la desgracia del prójimo. 151. ¿Qué podría hacer yo, que oí tus quejidos que conturban, amarrado, y a punto de recibir zarpazos de dos fieros leones llenos de saña? 152. Suspiró el que iba en el regazo, y al solícito moro contestó: Si no me hubieras desamarrado del tronco del árbol, sepultado estaría ya en el vientre del león. 153. Aliviado ya este pecho, y no obstante mostrarte mortal enemigo, no permitiste que trizas hicieran de mi cuerpo, vida y padecimientos. 154. Tu misericordia no imploro, que me quites la vida es la misericordia que deseo; no sabes los tormentos que sufro, que la muerte es la vida que pido. 155. Aquí se le escapó un grito de conmiseración al moro piadoso y lágrimas descuajó en respuesta a las palabras oídas, reclinándose extenuado. 156. Al cabo, ambos quedaron mudos, sin lograr sobreponerse a los asaltos del dolor, enajenados de ánimo, hasta que se escondió y acostó Febo en su lecho de oro. 157. Cuando notó el piadoso moro que la débil claridad en el bosque se disipaba rastreó las huellas por donde anduvo, y llevó al que tenía en los brazos donde procedió. 158. Allá donde primeramente recaló, cuando penetró en el bosque el aguerrido moro, y, en una ancha y limpia roca, amorosamente recompuso al que con él trujo. 159. Sacó de sus provisiones algo que comer, invitó cariñosamente al apenado a que probase bocado; aunque se negaba, se dejó persuadir por blandas y halagadoras palabras. 160. Algún ánimo cobró, porque el hambre ya no acosaba, y, sin querer, quedó dormido en el regazo del bizarro guerrero. 161. Este no cerró los ojos en toda la noche, y por cuidarle pasóla en vigilia, temiendo que le acometiesen sañudas fieras que por el bosque rampaban. 162. A cada despertar suyo del ligero sueño, el atribulado prorrumpía en quejas, que cual dardos se clavaban en el pecho del moro piadoso y bienhechor. 163. A la madrugada quedó profundamente dormido, y descansó un poco de sus fatigas, hasta que Aurora impelió a las sombras,[19] no soltó gemido, ni queja. 164. Fue la causa que concilió cinco pesares que se revolvían y tranquilizó al corazón doliente, cobrando fuerzas nuevas el cuerpo maltrecho. 165. Por donde, al esparcir por el orbe su dorada cabellera el alegre sol, se incorporó despacioso y agradeció al cielo las recobradas fuerzas del cuerpo. 166. Cuál no sería el gozo del ínclito guerrero, que abrazó repentinamente al cuitado, y si antes, de piedad, le brotaron las lágrimas, hoy, de alegría, le corrían, a chorros. 167. Mis palabras no bastan a narrar cuán grande fue el agradecimiento del maltraído, y, no fuera el pesar por su amor sin ventura, la alegría todo lo hubiera disipado. 168. Que la pena de amor nacida, por más que huya del pecho, presto volverá, y todavía con mayor saña. 169. Así que, apenas logró tocar la alegría la membrana del corazón afligido, la angustia la arrojó, y su dardo, luego, hincó. 170. Apesaramientos estrecharon nuevamente su pecho; (yugo es el amor tan recio de sobrellevar), y, si el moro de Persia no le consolase, de fijo el aliento se le habría ido. 171. Te consta mi aprecio, (dijo el persiano al escuchimizado duque); deseo conocer el origen de tu desventura, por si existe el remedio, aplicarlo. 172. Contestó el cuitado que: no sólo el origen de mi sufrimiento he de contar, sino toda la vida desde que nací, para cumplir con tus deseos y ruego. 173. Se sentaron, uno al lado del otro, al pie del árbol, el pío moro y el apesarado, después narró, saltándole las lágrimas, toda su vida hasta caer en sin igual cautiverio. 174. En un ducado del reino de Albania, allí vi la luz primera; mi ser deuda es que recibí del duque Briseo, ¡ay! mi padre amado. 175. Ahora estás en esa tranquila patria, en presencia de mi madre idolatrada, la princesa Floresca, tu dilecta esposa; recibe las lágrimas que escaldan mi rostro. 176. ¿Por qué vi la luz en Albania, patria de mi padre, y no en Crotona,[20] bulliciosa ciudad y tierra de mi madre? Así mi vida no fuera tan trabajada. 177. El duque mi padre era privado y consultor de rey Linceo en todos los negocios,[21] segundo jerarca del reino entero, e imán del amor del pueblo. 178. En la prudencia, era modelo de todos, y en el valor, la cabeza de la ciudad, incomparable en saber amar a sus hijos, guiarles y enseñarles sus deberes. 179. Me alucina, aún ahora, el comodín cariñoso de mi señor padre, cuando criatura y de brazos llevar era: "Florante, mi singular flor." 180. Este es mi nombre desde niño, y con que padre y madre me criaron, apodo que dice bien a "sollozante" y a "estrechado por el infortunio." 181. Toda mi infancia ya no relataré nada de valer ha sucedido, sino cuando niño a punto iba de ser cogido por las garras de un buitre, ave de rapiña.[22] 182. Mi madre, dice, que dormía en la quinta que daba al monte, entró el ave cuyo olfato alcanzaba, de animales muertos, hasta tres leguas. 183. A los gritos de mi madre idolatrada, entró el primo mío, de Epiro procedente, por nombre Menalipo, que portaba flecha; disparó, y el ave murió instantáneamente. 184. Un día que comenzaba a andar, jugaba en medio de la sala, entró un halcón y pilló rápidamente con las garras[23] el cupidillo de diamante que adornaba mi pecho.[24] 185. Cuando arribé a los nueve años, mi diversión favorita era el collado, las saetas en el carcaj y el arco en el regazo, para matar animales y flechar pájaros. 186. Las mañanas, cuando comenzaba a tender el hijo del sol sus bulliciosos rayos,[25] me entretenía cerca del bosque con una junta de camaradas. 187. Hasta ponerse en el cénit el rostro de Febo, imposible de mirar a hito, recogía la alegría, ofrenda de la generosa solanera. 188. Recibía lo que esparcía el perfume alegrante de las flores, jugaba con mi propia sombra, la tímida brisa y las avecillas volanderas. 189. Cuando divisaba alguna pieza en el cercano, talludo monte, rápidamente armaba la flecha en el arco y de un flechazo, al punto, quedaba atravesada. 190. Cada uno de la comitiva pujaba por ser el primero en agavillar lo que mataba, y las espinas del zarzal no se sentían, porque la alegría les inmunizaba. 191. Ciertamente era de ver los caracoleos de los de la reata, y, si conseguían atrapar el cadáver del animal, ¡qué de tararira resonante dentro del calvero! 192. Si del arco-juguete me cansaba, me sentaba al lado del manantial corriente, y me miraba en el cristal de sus aguas, aspirando la frescura que regalaba. 193. Me eran aquí embeleso las cantigas suaves de las náyades que holgaban en el arroyo,[26] los sonidos de la lira que acompañaban las canciones[27] eficaz sedante eran de la melancolía. 194. Por la dulzura inefable de los timbres de las alegres ninfas que recitaban,[28] quedaban atraídas las voladoras aves de toda especie, a cuál más hermosa. 195. Así que en la rama del árbol que extendía sus brazos sobre el delicioso arroyo venerado[29] por el pagano ciego, rebrincaban, oyendo los cármenes dialogados. 196. ¿Para qué he de narrar las alegrías de mi infancia, harto prolijas? El amor de mi padre fue la causa de que dejase yo aquel bosque de paz. 197. Tengo para mí que, respecto al amor, al niño no debe criarse en la holgura, que el que a la alegría se acostumbra, cuando crezca no ha de esperar dicha. 198. Y porque el mundo valle es de lágrimas, los hombres han menester de fortaleza del corazón; si la alegría dice mal con la adversidad, ¿con qué entonces se hará frente a la crueza del dolor? 199. El hombre dado a entretenimientos y placeres, flaco es de corazón y harto susceptible, aprehensión no más del desasosiego que avecina, ya no sabrá cómo arreglárselas. 200. Cual planta criada en el agua, que las hojas se ajan al menor desriego, y la agosta un momento de calor; así es el corazón que en la alegría se imbuya. 201. La más pequeña contrariedad se trueca en grande, por la inexperiencia del corazón en sobrellevarla, cuando, en el mundo, no hay abrir y cerrar de ojos, en que el hombre no tropiece. 202. Los que en las comodidades se crían, desnudos de discurso y bondad andan, y de consejo horros; acre fruto es del falso aprecio, el desmedido amor de los padres a los hijos. 203. De la muletilla "benjamín" y del insensato cariño, lo que pervierte al niño, nace, tal vez, algo de la negligencia de los que deben enseñar perezosos padres. 204. Todo esto sabíalo mi padre, así que las lágrimas de mi madre desatendió, y me envió a Atenas[30] para que mi ciega inteligencia allí se abriera. 205. Mi educación la encomendó a un prudente y sabio maestro, de la raza de Pitaco, por nombre Antenor;[31] mi tristeza no era para decir, cuando allí arribé. 206. Un mes largo de talle que no probé bocado, que las lágrimas no restañaban, pero tuve paz, merced a la buena voluntad del ilustre maestro que me educó. 207. De entre los estudiantes que allí alcancé, de mi edad y juventud, uno era Adolfo, mi paisano, hijo del conde Sileno, de alta fama. 208. Sus años excedían en dos a los que llevaba de once, era el de más prestigio en la escuela, y el más hábil de los compañeros. 209. Pulcro y nada díscolo, solía andar con los ojos bajos, mesurado en el hablar y poco amigo de querellas, aun con la injuria, no salía de quicio. 210. En fin, en prudencia era modelo de la estudiantil compañía; ni en obra ni en dichos podría cogérsele nimiedad en desdoro del buen comedimiento. 211. Como que ni la sagacidad de nuestro maestro, ni su experiencia de las cosas del mundo, pudieron calar la profundidad y las tendencias secretísimas del taimado corazón de Adolfo. 212. Yo, que desde la infancia aprendí de mi padre aquella rectitud ajena al qué dirán; (aquella que frutos da de bendición, que inclinan al corazón al amor y al respeto). 213. De la que era admiración de la escuela, rectitud de Adolfo mostrada, no cataba aquella dulzura que de los caracteres de mi padre y de mi madre eran sabroso fruto. 214. Mi corazón inclinábase a amarle, no sé qué repugnancia mutua nos tuvimos Adolfo y yo; percibíalo, aunque no daba con la causa. 215. Corrieron los días, y la infancia de mi aprendizaje fue, mi prudencia se afirmó y la sabiduría alumbró mi ciego entendimiento. 216. Llegué a la raíz de la Filosofía, la Astrología conocí, y me hice diestro en el asombroso y útil conocimiento de las Matemáticas. 217. A los seis años de curso, estas tres disciplinas del saber llegué a abrazar, mis camaradas se asombraron, incluso el maestro, cuyo contento no era poco. 218. Mi aprovechamiento pareció increíble, aun a Adolfo dejé en medio de la senda, y la ruidosa fama difundidora, lo trompeteó en todo Atenas. 219. Así que fui la comidilla y materia de conversaciones; desde el niño al más anciano tuvieron conocimiento de mi nombre. 220. Cayósele entonces a mi paisano la máscara de humildad con que se disfrazaba; humildad ficticia, que se conocía no ser ingénita en Adolfo. 221. Súpose que, si se vistió de humildad insincera, era para añadir al buen entendimiento la honra de ser manso y bueno. 222. Este secreto se descubrió cuando llegó el día de honesta holganza, porque los estudiantes, niños y jóvenes, habíamos preparado toda clase de justas y torneos. 223. Comenzó el bureo en la danza, por causa de la música y poesía que alternaban; vino luego la lucha y esgrima que ponían a prueba la bizarría y habilidad de cada uno. 224. Después representamos la tragedia de los dos nietos de una misma madre,[32] y hermanos del padre que les crio, hijo y esposo de la reina Yocasta. 225. Me tocó el papel de Eteocles, y el de Polinice, a Adolfo. un condiscípulo representó a Adrasto,[33] y el de Yocasta, al ilustre Minandro. 226. Al comenzar la primera escaramuza, donde jugamos papel de enemigos en lidia, cuando debió decir que yo le reconociese, que era hermano mío, hijo de Edipo,[34] 227. Se inyectaron de sangre los ojos y dijo, no lo que rezaba el original, sino el decir: "Tú, que arrebataste mi honra, debes morir." 228. Y al mismo tiempo me acometió con el acero mortífero que tenía preparado, y, si no me hubiera hurtado de él, me hubiese tendido en el suelo con los tres desaforados tajos que soltó. 229. Como cayera a fuerza de huir el bulto, a seguida me largó un bravo tajo; ¡gracias a tí, oh querido Minandro, si no por tu agilidad, mi vida hubiera acabado! 230. Le paró el golpe que era mi muerte, saltó la espada que esgrimía Adolfo, y entonces acudieron nuestro maestro y los alebrestados camaradas y amigos. 231. Terminado que hubo el juego, de terror y pesadumbre, a Adolfo no le alcanzó el amanecer, fue conducido, en el mismo momento, a la patria Albania. 232. Todavía duré un año más en Atenas, esperando la voluntad de mi querido padre; por mi desdicha, recibí entonces carta donde cada letra me era puñal venenoso. 233. Imaginación que nunca cesas de apurar, a quien no consiguió arrollar el ímpetu de mis lágrimas, turbas mis ideas y sentimientos y no permites que mi alma tenga paz. 234. Ponzoña eres, dejación de la muerte, que no respetaste a mi idolatrada madre, refrescas la herida hecha por carta-saeta que recibí. 235. Te ayudaré ahora a agudizar el dolor que en mis entrañas no consigo acallar; murió mi madre ¡ay, qué gran desdicha! esta fue la primera que amargó mi vida. 236. Me recogieron muerto por la lectura de la carta escrita con mortal pluma. ¿Y has tenido valor, padre mío, de escribir lo que ha de quitar la vida de tu querido hijo? 237. Dos horas, poco más o menos, que perdí el ánimo, sin saber dónde me hallaba y, no fuera por los auxilios de mis camaradas, no conversarías hoy conmigo. 238. Recobrado del accidente, aquí del agobio; mis dos ojos se convirtieron en fuentes, y si los ¡ay! ¡ay, madre! cejaban, era porque había dejado de respirar. 239. En aquel tiempo creía que el mundo había desaparecido para mí que estaba aislado en medio de mis pesadumbres, luchando con la propia existencia. 240. Mi cruel tormento despreció la tranquilizadora voz de mi maestro, ni las lágrimas de los condolidos camaradas mitigaron el dolor que cabalgaba sobre mis hombros. 241. Desacató los dictados de la justicia la harta agrura del dolor, y bastaba una punzada del pesar ufano para enajenar toda mi paciencia. 242. Diríase que por la fogosidad de su ímpetu, era preferible que el pecho se desencajara, para que el veneno que criaba se llevase la sangre en su estallido. 243. Muy cerca de dos meses que no gustaba sabor de reposo ni entretenimiento, cuando la segunda carta de mi padre llegó con el barco que venía por mí. 244. La carta ordenaba que embarcase inmediatamente y retornase a la patria Albania; cuando me despedí de mi maestro, Florante, dijo, mi encargo ten presente: 245. No te descuides, y sé cauto con la celada que te ha de armar el conde Adolfo; huye de él como de un basilisco, cuya mirada es muerte para tí. 246. Si a tu llegada te recibe con rostro alegre y muestras de aprecio, tu cautela sea mayor, y por taimado enemigo le tengas y con quien habrás de lidiar. 247. Pero no le des a entender que al cabo estás de sus negros propósitos; prepara secretamente el arma con que habrás de defenderte en el día de la lucha. 248. Dicho esto, se le cayeron las lágrimas, me abrazó fuertemente, y, por último encargo, "benjamín, sé sufrido, que te esperan muchas penalidades." 249. Comenzarás ya a luchar en el mundo, criadero de brillante bellaquería; no terminó, y, de tristeza, contuvo la lengua y enmudeció. 250. Abatidos ambos nos separamos; mis condiscípulos lloraban, Minandro se desesperaba, por lo mismo que era fiel camarada. 251. Del enlace de nuestros hombros el queridísimo amigo no lograba desasirse, hasta que le permitió seguirme nuestro maestro, su tío. 252. Al cabo, las despedidas tuvieron fin, entre sollozos de unos y otros; y, con el ruido y alboroto de los "adiós", los suspiros se entreveraron. 253. Hasta el embarcadero me acompañaron nuestro maestro y los compañeros que dejaba, sopló el viento y pronto se apartó de la playa de Atenas nuestro barco. 254. Semejaba a saeta disparada la velocidad de nuestra proa navegando, así que, en breve tiempo, mis pies pisaron la playa de la ciudad de Albania. 255. Al desembarcar, presto me dirigí a la quinta, sin separarse de mí el amigo fidelísimo; al besar las manos de mi señor padre, se hizo agudo el dolor que por mi madre padecía. 256. Sangró nuevamente la herida del corazón, superando el pesar que irrumpió al primero, y a las lágrimas caídas siguieron: "¡Ay padre!" al mismo tiempo que el saludo "¡ay, benjamín!" 257. En pocas palabras, la dicha nuestra de mi padre quedó ahogada por la dureza de un singular dolor, alcanzándonos todavía abrazados el embajador del pueblo de Crotona. 258. Venía ya del palacio real y de comunicar al rey su objeto, portando una carta para mi padre venerado, de puño y letra de su suegro el monarca. 259. Pedía auxilio, sobresaltado: el reino de Crotona estaba sitiado por el enemigo; mandaba el ejército el famoso en destreza, general Osmanlic, héroe de Persia. 260. Según fama, era éste segundo de su Príncipe, cuyo valor era asombro del orbe: Aladín, terror de los guerreros, tu compatriota que admiro. 261. Aquí se sonrió el moro con quien platicaba, y al que hablaba contestó con mesura: Raras son--decía--las noticias que resultan ciertas, y, dado que lo sean, son muchas las adiciones. 262. Y lo que con frecuencia acrece, además, el valor, es la desmoralización del enemigo; un guerrero a quien la suerte depare una victoria, fatigará seguramente a la fama, y le cobrarán miedo. 263. Si en valor goza fama Aladín, también tiene vida que perder, créeme que vale lo que tú en desdichas y tormentos. 264. Contestó Florante: ¡Ojalá que no corra el guerrero célebre mi suerte impía! Que para el enemigo mismo no deseo la clase de infortunio que deploro. 265. Sabida por mi padre aquella desgracia, que al reino de Crotona amenazaba destrucción, me llevó consigo y compareció inmediatamente ante el rey Linceo que tenía ejército preparado. 266. Al comenzar a subir las escaleras del palacio repleto de joyas y riqueza, salió a nuestro encuentro el noble rey, abrazó a mi padre y diome la mano. 267. Dijo: ¡Oh, duque! esta alhaja guarda parecido con el ilustre guerrero; lo soñé y te avisé que sería el sostén de mi cetro y reino. 268. ¿Quién es éste y de qué ciudad viene? La contestación de mi padre: "Es mi único hijo, que ofrezco a tus nobles plantas; cuéntale por uno de tus vasallos." 269. Se asombró el rey y me abrazó; a buena ocasión has llegado, tú serás el general del ejército que auxiliará al pueblo de Crotona, sitiado por el moro. 270. Haz que sea verdad que tú, que no otro, el valiente guerrero que soñé, que difundirá por el mundo mi honor y poder. 271. Deber tuyo ir y socorrer; abuelo tuyo el rey del pueblo de Crotona; eres de noble sangre, y debes conquistar opinión y fama singular en la guerra. 272. Como era de razón la pretensión del rey, se avino mi padre, aunque le pesase que tan pronto se diera a la carnicería mis pocos años y ausencia de experiencia. 273. Yo nada contesté y expuse sino: "Rey señor mío", y me eché a sus pies; cuando iba a besar sus nobles huellas, me levantó y me volvió a abrazar. 274. Nos sentamos y tratamos de sus proyectos y de cosas importantísimas. A punto ya de contar lo sucedido en el pueblo de Atenas de donde venía, 275. Hizo su aparición y esparció su brillo el lucero émulo de Venus,[35] como si acabase de surgir de la nieve, con la cabellera derramándose por la espaldilla de color perla. 276. Dicha segunda, si no Paraíso lo que lanzaba su cándida mirada, o, felicidad, brote del amor, reclamo de Cupido sutil e intangible.[36] 277. La llama del rostro no se diferenciaba de la de Febo al amanecer; cuerpo atildado, bien rimado y muy en armonía con la modestia de su porte. 278. En alegría se asemejaba a la flor recién abierta por el rocío; y, quienquiera que la viese, cadáver o avenates de locura tendría si no amase. 279. Esta es la Laura que aniquila mi pensamiento cada vez que miento, y la causa de mis desesperaciones y lloros que prestan tono tan melancólico a mis palabras. 280. Hija de Linceo, rey malogrado, y cifra de mis ilusiones; ¿por qué permitió el alto cielo que la viese, si yo no la merecía? 281. ¡Oh, rey Linceo! si no la obligaste a tomar parte en nuestra plática, mi vida no hubiera sufrido, hoy que la traicionó tu hija amada. 282. No, amigo mío, Laura no es infiel; no sé el por qué de su olvido; mi suerte es la de befa y escarnio indigna para el gozo y la alegría. 283. ¿Podría acaso la traición asirse a la riqueza del cielo en belleza? Hermosura, ¿por qué no te desenredas de los atropellados y traicioneros pasos? 284. ¿No era tu razón, puesto en trance de claudicar en medio de las tentaciones: que tu honradez era, con mucho, superior a carecer de hermosura y brillo? 285. ¿Era todavía esto ineficaz para atajar tu inconsistencia y perversa inclinación? Cual culmine en grandeza, tal tableteará cuando de bruces caiga. 286. ¡Oh, bizarro guerrero apiadado de mí! a la aparición ya de la nueva estrella, y desde que la vi, de súbito, el amor arrebató el corazón ofrendado a mi madre. 287. Es decir, las lágrimas que mi rostro surcaron, al ser huérfano de madre, se consagraron a Laura, y mi corazón se llenó de terror por la irreverencia, acaso, que tal acto supondría. 288. No acertaba con las palabras, por mi alboroto y enajenamiento de ánimo; cuando tomó parte en nuestra reunión, aquellas salían desgarbadas aunque las acicalaba. 289. Cuando terminó la conversación, era hombre al agua; turbada el alma y el corazón abrasado por la llama del primer amor. 290. Tres días me hospedó el rey en el palacio real, insigne en opulencia; y no conseguí hablar con la causa de mis males y que confiaba me daría dicha. 291. Aquí probé mayor dureza, superior a la primera de marras, y di por mentidos todos los pesares comparados con los que del amor nacían. 292. Gracias que al día siguiente, cuando el ejército marchaba para Crotona, la suerte me deparó instantes para hablar con la princesa que cautivó mi ser. 293. Expuse, con palabras amorosas, suspiros, lágrimas y gemidos, el amor sañudo que me ahogaba, y sigue ahogando mi destartalada vida. 294. El recio corazón del milagro de hermosura, sintió piedad de mis cuitas, y, no fuera porque su ingénita entereza puso veto, mi amor sería bienhallado. 295. Pero, si el _sí_ no llegó a decir, el nublado de amor se abrió y disipó, dándome, a mi salida, mantenimiento de vergonzantes perlas escurridas de sus ojos. 296. Llegó el día de la marcha. ¿Quién soportará el dolor que me invadió? En mi corazón ¿qué mal hubo que no clavó su dardo? 297. ¿Habrá, tal vez, pena que supere en amargor al del amante ausente del bien amado? Sólo imaginarlo, aun sin realizarse, basta para abatir al corazón más endurecido. 298. ¡Oh, ofrecedores de fragante pebete al gran altar del dios Cupido, vosotros comprendeis mi dolor al quedar huérfano de Laura amada! 299. Y, no fuera por las lágrimas con que fui proveído, hubiera ya muerto antes de sufrirlo, dolor que no mitigó hasta nuestro arribo al enmantado pueblo de Crotona. 300. El fuerte iba ya a saltar a los golpes de las máquinas de sitio, cuando atacamos yo y mi ejército, poniendo en apuro al que sitiaba la ciudad. 301. Aquí de la carnicería sin cuartel, que a Atropos hubo de fatigar, por la siega y corte de vidas de los moribundos que en sangre nadaban. 302. Vista por el gran general Osmanlic mi braveza en el combatir, siete filas yuxtapuestas de acero abrió con su cimitarra para alcanzarme. 303. A derecha e izquierda suya yacían mis bravos soldados; se acercó a mí con ojos fulminantes, vente, dijo, y peleemos...... 304. No nos separamos por cinco horas, hasta que se agotó la piedra del valor; al darle muerte, hubo duelo del cielo por el guerrero pasmo de la tierra. 305. Entonces entró el terror en el enemigo, que pareció atacado de peste por el diezmador acero de Minandro famoso, pronunciándose _campo_ y _victoria_ a nuestro favor. 306. Este triunfo alivió de la tristura a los sajados por la inclemencia; el peligro se convirtió en alegría, y la puerta de la ciudad abrióse presto. 307. Nos salió al encuentro el poderoso rey seguido de todo el pueblo hecho libre; el agradecimiento se desbordaba, con tropel ditirámbico, de las lenguas. 308. Aquel pueblo maltrecho y recién repuesto de las enconadas asechanzas del enemigo, por su libertad, a porfía, se me acercaba, para besar mi traje. 309. A los gritos de la vocinglera Fama,[37] los _vivas_ incesantes se inmiscuían, los desordenados "gracias a tí, salvador nuestro", oyeron en el cielo las estrellas. 310. Subió de punto la alegría cuando se supo que era nieto del rey que veneraban, ni era menos, asimismo, la del monarca; las lágrimas deban fe del regocijo. 311. Subimos al palacio famoso y descansaron los soldados de sus fatigas, pero el pueblo, casi por tres días, olvidó su costumbre de dormir. 312. Aun en la alegría nuestra de mi abuelo rey, mezclábase con alevosía el dolor, y la muerte de mi madre dilecta, ha tiempo agostada, volvió a reverdecer. 313. Aquí creyeron mis pocos años, que en el mundo no hay dicha completa; que por una sola alegría, apercibidos vienen siete pesares, y hasta sin tasa. 314. A los cinco meses en Crotona, pugné por volver al reino de Albania. ¿Qué obstáculo habrá para los llamamientos del amor, mucho más si, a lo que se va, es a una Laura? 315. A pesar de nuestra forzada marcha, me aburría y deseaba volar. ¡Oh, cuando vi las murallas de la ciudad, mis presentimientos fueron mortales! 316. Y era que lo que flotaba en el fuerte no era bandera cristiana, sino la Desjarretadera, e invadido el reino[38] por Aladín, peste del pueblo que entraba a saco. 317. Hice alto con el ejército que acaudillaba, al pie de un monte con derrumbaderos; de repente divisamos patrulla mora en lenta marcha. 318. Custodiaba una doncella atada, a nuestro juicio, para decapitarla; mi corazón dio un vuelco, presintiendo fuera Laura, mi vida. 319. Así que no pude contener el impulso del ánimo, y acometí, de repente, a los moros; ¡suerte fue del que huyó que no halló su muerte en mi mortífero acero que esgrimía a toda furia! 320. Cuando ya no hubo en quien descargarla, me acerqué a la enmudecida prisionera, y, cuando descorrí lo que encubría su rostro, ¡cielos, era Laura! ¿habrá mayor infortunio? 321. La iban a decapitar por no allanarse a los torpes apetitos del emir de la ciudad;[39] el osado rijoso, conduciéndose cual bestia, abofeteó al paradigma de la hermosura. 322. A escape desligué de las manos la cuerda inhumana e irrespetuosa, mis dedos, de devoción, se recataban de tocar una piel tan digna de respeto. 323. Aquí recibió confortante mirada el corazón herido de amor, día de dicha en que por primera vez oí _amado Florante_ de los labios de Laura. 324. Cuando supe que estaban en la cárcel el dechado monarca y mi dilecto padre, di órdenes al ejército y asaltamos, sin tregua, hasta rescatar la patria Albania. 325. Ya dentro de sus muros, a la cárcel ocurrí primeramente, saqué al rey y al duque, mi padre, y, de entre los magnates, a Adolfo. 326. Inmensa fue la alegría del rey y la de los ya libres próceres, a Adolfo únicamente angustiaba el honor por mí conquistado. 327. Su envidia subió de punto, cuando fui llamado salvador de la ciudad, por quien celebró fiestas el magnánimo rey en el palacio real con toda largueza. 328. Supo luego que me apreciaba la belleza por quien él suspiraba: el conde Adolfo se moría por la corona y las manos de Laura. 329. Tomó cuerpo la semilla traída de Atenas, la plantó con objeto de causar mi perdición; para Adolfo nada hay tan grimoso como mi vida, que no logra eliminar. 330. No trascurrieron meses de alegría del reino y de acciones de gracias por su libertad, arribó un ejército asolador, procedente de Turquía, asaz inhumana. 331. Aquí del peligro y torcimiento de manos de todo un pueblo sacado de la sumisión; principalmente, Laura, cuyo temor me fuera infausta la suerte en el encuentro. 332. Como fui el general nombrado por el rey del ejército que haría frente al moro, se serenó, de su terror, el ánimo del pueblo, pero fue como envenenado el corazón de Adolfo. 333. Porque quiso el cielo que venciera al ejército del afamado Miramolín, comenzó el día de pánico de los crudos muslimes para con el reino de Albania. 334. Aparte esto, de varias divisiones del enemigo fui triunfando seguidamente, de manera que mi pujante acero fue temido por diez y siete reyes. 335. Un día que acababa de ganar una batalla en la ciudad de Etolia que invadí, recibí de mi rey carta, ordenándome, con apremio, el regreso a Albania. 336. Y el mando del ejército que guiaba encomendase a Minandro. Partí en el acto del reino de Etolia, por obediencia al rey, y marché para Albania. 337. Llegué muy cerrada la noche, entrando en el reino, sin preocupación alguna; a seguida fui sitiado ¡gran traición! por unos treinta mil alfanjeros. 338. No me dieron tiempo de desenvainar la espada que llevaba y de repelerlos; ataron todo mi cuerpo, aherrojándome brutalmente en la cárcel. 339. Excusado decir mi asombro y tristeza, sobre todo al saber que asesinó al rey el conde Adolfo, haciendo otro tanto con mi padre amado, que se complacía en su hijo. 340. El deseo de enriquecerse y ser rey, y su sed de mi sangre impulsaron al corazón del conde a valerse de celadas. ¡Oh, infortunada ciudad de Albania! 341. Más desdichada eres que la gobernada por un ignorante y tirano; que el rey sediento de riqueza es el cielo duro castigo al pueblo. 342. Soy todavía más infeliz, y defraudado en amor; ¿habrá acaso mayor duelo que oir que mi princesa, con ahinco, prometió casarse con el conde Adolfo infame? 343. Este es el que inyectó eficaz veneno en las venas de mi corazón doliente, y deseó que mi vida acelerase, y a la nada, de donde vino, volviese. 344. Durante los diez y ocho días de prisión, me aburrí de no morir; de noche me sacaron y empujaron a este bosque donde fui atado. 345. Por segunda vez gira ya Febo sobre la tierra desde que me amarraron; y, cuando creí despertar en otro mundo, al abrir los ojos, me encontré en tus brazos. 346. He aquí mi vida de anudados males, y todavía sin saber cuál sería su último destino.... Aquí se cortó la larga narración, tomando entonces la palabra el moro: 347. Ya que de tu vida vine en conocimiento, conocerás también la de con quien hablas. Yo soy el Aladín, de la ciudad de Persia, vástago del ilustre sultán Ali-Adab. 348. Por este rocío que cae cual aguacero, deducirás lo que fue mi vida.... ¡Ay, padre mío! ¿Por qué ...? ¡Ay, Flérida, mi alegría! Amigo, permite que paz haya. 349. Seamos ya dos los que las lágrimas aniquilen, ya que somos uno en el infortunio; esperemos en este bosque la jornada final de nuestra vida, tan brava y rudamente trabajada. 350. Florante guardó religioso silencio, y sollozó todavía más que Aladín. Vivieron en el bosque como unos cinco meses; una mañana decidieron explayarse. 351. Recorrieron el interior del bosque, aunque los rastros apenas se reconocían; entonces narró el célebre Aladín su vida harto lastimosa. 352. En las guerras, decía, donde intervine, no me costó trabajo el luchar, como cuando luché con el corazón diamantino de Flérida amada, por quien, sin duelo, padezco. 353. Cuando formaba piña con las princesas, era Diana en medio de las ninfas,[40] así que la tenían en el reino de Persia por una de las Huríes de los profetas.[41] 354. Fortuna fue que venciera con la constancia su corazón reacio; mas, al proyecto de hacer de dos pechos uno, se atravesaron los amores de mi padre. 355. Entonces comenzaron las tribulaciones mías, y a desear mi padre que la vida perdiese; y, cuando triunfé en la ciudad de Albania, a mi llegada a Persia presto me encerró en la cárcel. 356. Y el cargo que me hacía, que sin orden suya abandoné el ejército; y, cuando corrió la noticia de que el reino rescataste, decidió que se me decapitara. 357. En la funesta noche del día siguiente, en que sería un hecho mi decapitación, un general entró en la cárcel portando un indulto que aún era peor que la muerte. 358. Era orden precisa que en el momento saliese, que el alba no me cogiese en el reino de Persia, y cualquier incumplimiento pagaría con la vida; la acaté porque era orden del rey mi padre. 359. Pero a mi corazón era preferible que vida tan lastimosa me la quitasen; nada de una vida ilusoria cuando otro aupa en su regazo a mi cielo y alegría. 360. Hará hoy unos seis años que sin descanso voy vagando con las penas a cuestas; se detuvo aquí: percibieron rumor de palabras dentro del bosque. 361. Oyeron la siguiente relación: Cuando supe que iban a decapitar a mi infeliz bien amado asegurado en la mazmorra, me eché a los pies del hipócrita rey. 362. Lágrimas y quejidos mendigaron el perdón del propio hijo que era mi todo bien y cariño, la respuesta era que, si no aceptaba de buen grado sus amores, no le perdonaría. 363. ¿Qué iba yo a hacer en estas circunstancias? ¿Dejar por ventura que mataran a mi bien amado? Mostré blandura, a fin de que viviese el príncipe amado, tan digno de piedad. 364. El pecho que, recalcitrante, no se doblegaba al halago, fieros y amor del rey, fue laxo de propósito, dándose en holocausto para poder salvar la vida de su ídolo. 365. De alegría el rey soltó en seguida a la causa de mis lágrimas, pero ordenó que saliera de la ciudad y que a otras tierras se relegase. 366. Salió de Persia mi amado y mi vida, sin que hayamos podido despedirnos. ¡Vea ahora si tendré lágrimas para amansar al dolor que llevo! 367. Cuando se preparaban dentro del reino las bodas que eran mi muerte, creí que debía disfrazarme de guerrero, y huir del palacio real. 368. Una media noche, bien lóbrega, secretamente me escurrí por la ventana, sin más compañía que el deseo de rastrear el paradero del amado. 369. Hace ya algunos años que vago, teniendo por palacios bosques y montañas, arribé aquí y logré librarte del torpe deseo de esa bestia humana. 370. Cortóse la narración por la súbita llegada del duque Florante y del príncipe Aladín, el cual, cuando reconoció la voz de la amada, la vocación del corazón no pudo desobedecer. 371. ¿Qué lengua habrá que cuente la alegría de los amantes? De vergüenza el dolor sumióse bajo tierra, llevando consigo su romo dardo. 372. ¿En qué cielo entonces no culminará nuestro Florante en su regocijo, hoy que a hito podrá contemplar la gloria del rostro de su muy ansiada Laura? 373. Por donde el bosque sombrío, para los cuatro se convirtió en jubiloso Paraíso; por tres veces olvidaron que todavía tenían vida que celar. 374. Amainada ya la desbordante alegría, los tres escucharon la vida de Laura; lo acaecido en el reino desde su relegación a los bosques, contó la amante así: 375. No transcurrió mucho desde que partiste, ¡Oh, amado Florante! del reino de Albania, percibióse en el pueblo sordo movimiento, cuyo rumor escalaba el palacio. 376. Pero no hubo manera de definir los altibajos de los sordos rumores; cual mal de impronosticable origen y locación para el sabio médico. 377. A lo mejor el palacio fue sitiado por el amotinado pueblo y armados soldados; ¡oh, día de consternación! ¡día maldito por la ira divina! 378. A grito pelado vociferaba el pueblo rebelde: "Muera, muera, el rey Linceo, que proyectó matar de hambre al reino, y decretar el estanco de los víveres y del trigo." 379. Hizo todo ello Adolfo para amotinar al ciego pueblo, difundiendo, en nombre del rey, los tales decretos, partos de corazón doloso. 380. En el mismo instante destronaron a mi padre rey y le decapitaron. ¿Podría, por ventura, llamarse a razón un corazón aleve y un pueblo alborotado? 381. En el mismo día fueron decapitados los fieles consejeros, y no se melló el acero del traidor mientras hubo prudentes y nobles en el reino. 382. Subió al trono el feroz conde, y me conminó con apremio que, si no aceptaba su amor, horrible muerte tendría. 383. En mi deseo de vengarme de él, y de escribirte al pueblo de Etolia, forcé al corazón no diera a entender al traidor mi mala voluntad y horror. 384. Pedí cinco meses largos de plazo, antes de aceptar su amor, pero decidí interiormente suicidarme, si no llegabas. 385. Terminé la carta y la entregué a un fiel servidor, para que te la diese; sin transcurrir un mes llegaste, y caiste en manos del traidor Adolfo. 386. El miedo que te tenía el malvado de que volvieras con ejército, para que regreses sólo, te envió carta con sello y firma del rey. 387. Su conocimiento dióme tal pesadumbre, que decidí quitarme la vida; entonces llegó Minandro y sitió con ejército la ciudad de Albania. 388. Mi suposición era que recibió la carta que te remití; así, cuando llegó a Albania, lobo hambriento parecía. 389. Cuando nada pudo oponer Adolfo, determinó llamar a otro traidor, y a la noche salió del reino y me llevó atada en el caballo. 390. Aquí intentó violarme, pugnando por tirar al suelo mi honor guardado, cuando una saeta venida de no sé dónde, clavóse en el pecho del traidor Adolfo. 391. La contestación de Flérida a este respecto: que había oído voces de mujer; sentí que te daban tortura y cobró piedad mi lastimado pecho. 392. Cuando te busqué, vi que te violaba aquel hombre inicuo; no me contuve, y armé en el arco la flecha que acabó con el sátiro. 393. Sin terminar aún la narración, Minandro arribó entonces en el bosque, con ejército y en busca de Adolfo, y vio al amigo: ¡gran dicha y alborozo! 394. El ejército venido de Etolia, lo primero que proclamó por tal agnición: "¡Viva Florante, rey de Albania! ¡Viva, viva, la princesa Laura!" 395. Los llevaron en triunfo al reino, inclusos Aladín y Flérida peregrina; ambos convinieron en ser cristianos, celebrándose las bodas de los dos amantes. 396. Muerto el ilustre sultán Ali-Adab, regresó Aladín a la ciudad de Persia; el duque Florante subió al trono, al lado de Laura, la bien amada. 397. Por el acierto en el gobernalle del nuevo rey el reino gozó nuevamente de paz; levantáronse los que yacían en la miseria, y fueron felices los desventurados. 398. Así que tenía las manos al cielo levantadas, de agradecimiento el pueblo próspero; el rey y la reina sólo vivían por sembrar misericordia en sus gobernados. 399. Vivieron en completa armonía, hasta que labraron la felicidad del pueblo. Pára, musa mía, y échate a los pies de Celia, y seas portadora de mis ayes. Balagtás y Su Florante LITERATURA TAGALA 1593-1886 Doctamente dice el Dr. Rizal que el _Florante_ es la "obra de la lengua tagala en todo su apogeo y magnificencia". Desde la conquista ciertamente venía apercibiéndose la lengua tagala para alcanzar el florecimiento a que llegó en los tiempos de Balagtás. Ya para ganar la voluntad de los isleños con propósitos de conquista y catequesis, ya por otros fines políticos, más tarde, es un hecho histórico que los dialectos filipinos, principalmente el tagalo, fueron los medios de comunicación, tal vez únicos y eficaces, entre peninsulares e isleños. La publicación xilográfica en 1593 de la _Doctrina tagalo-española_ demuestra que la lengua tagala tenía especiales cualidades literarias. De Fr. Juan de Plasencia o no dicha doctrina, es cosa averiguada que su Ave María es la que transcribe Hervás en su _Origine......_; la misma que admira Chirino en el capítulo sobre Lenguas; la misma que aprovecha Fr. Luis de Amezquita en su popular _Catecismo_ y la misma que trompetean _lippis et tonsoribus_ ciertos bibliógrafos y cronistas como escrita por Sta. Ana, o por otros glosadores de Astete y de Ripalda, aunque en un lenguaje más o menos modernizado, diría Fr. Pablo Rojo, no porque "le faltase algo, sino por la alteración y mudanza de los tiempos, a quienes de ordinario siguen los idiomas". Chirino halló en ella las cualidades de las lenguas Hebrea, Griega, Latina y Española. Cierta o no tal aseveración de Chirino, pasma a los doctos que el doble Renacimiento de que habían sido portadores los castellanos pudiera tener, desde los primeros años de la conquista, espléndida expresión literaria en tagalo, y sin rebutimiento de neologismos latinos o castellanos. Tal era su abundancia de sinónimos y frases, decía Chirino, que, elegantísima como es dicha Ave María, "se podría formar con semejante elegancia de otros varios modos, guardando la misma significación y sentido". Desde 1602, año de la primera impresión tipográfica en las islas de _Las Excelencias del Rosario_ en tagalo de Fr. Francisco Blancas de San José, los que pasan por incunables filipinos (1602-1640) vienen escritos en su mayoría en tagalo. _Postrimerías_ (1605), _Memorial de la Vida Cristiana_ (1605), _Librong Pinagpapalamnan ..._ (1608?), _Arte y Reglas de la Lengua Tagala_ (1610), todos de Fr. Blancas de San José; _Librong ang Pan~galan ..._ (1610) de Fr. Gerónimo Monte; _Vocabulario de Lengua Tagala_ (1613) de Fr. Pedro de San Buenaventura; _Enchiridion de la Conciencia_ (1617) de Fr. Miguel de Talavera; _Explicación de la Doctrina Cristiana en Lengua Tagala_ (1628) de Fr. Alonso de Sta. Ana; _Confesionario en Lengua Tagala_ (1636) de Fr. Pedro de Herrera; el _Belarmino_ (1637) en tagalo de Fr. José de Sta. María; _Pan~gan~gadyí na Pinagcasondo ..._ (1637), obra conjunta de toda una asamblea magna de religiosos de todas las órdenes y clérigos, los mejores hablistas de la época, presidida por el Arzobispo Miguel García Serrano; _Ang Pagcadapat ..._ (1639) de Fr. Pedro de Herrera, tales son las obras, voluminosas las más de ellas, de fecha conocida, de que da testimonio la Bibliografía filipina. Las de fecha desconocida, y, sobre todo, los manuscritos que corrían de mano en mano, harto prolijo sería citarlos y discutirlos aquí. No todos ellos tienen un valor meramente lingüístico, arqueológico, histórico, o técnico; entre ellos los hay de valor literario. _El Memorial_ del P. San José, reimpreso dos veces (1692 y 1835) y traducido al pampango en 1696, fue siempre libro popular y de consulta hasta muy entrada la segunda mitad del siglo XIX en que vino a sustituirle el _Claus_ del P. Rivas, monumento literario donde colaboró el autor del _Florante_. Aunque el P. San José escribió versos, era más bien gramático y lexicógrafo reformista, que poeta. Sabido es que sus _décimas_ a la castellana parecieron a los ladinos de la época: _magaling datapuàt, hindî tulâ_ (hábiles, mas no versos). Desde Alonso de Sta. Ana datan los octosílabos en estrofas de seis versos, pero Pedro de Herrera (que tuvo por editor y acaso colaborador al gran Pinpín.) fue quien escribió los mejores octosílabos de entre los peninsulares, originales unos, y traducidos del latín, otros. Herrera tenía fama de ser el Horacio tagalo, según Gaspar de San Agustín. Por esto, el agustino Fr. Juan Serrano, al reimprimir en 1762 las _Meditaciones ..._ de Herrera, añadiéndolas grandemente con otras de propia cosecha, reproduce ciertas poesías de Herrera, para con ellas contrarrestar la prosa y los _awits_ de los isleños; y los agustinos, en opúsculo aparte, acoplaron parte de ellas con las poesías del P. Blanco, el botánico, y de Fr. Melchor Fernández, distinguidos hablistas ambos. Gaspar de San Agustín cita también como poetas a Fr. Antonio de S. Gregorio, _que escribió mucho y bueno_, y al jesuita Clain, _varón en todo único_ y que versificó el _Kempis_. Clain, por las trazas, fue acaso el único también que escribió dodecasílabos intercisos a la manera tagala. Es una lástima que el _Kempis_ no se haya impreso, porque, a juzgar por las muestras y por las otras obras dejadas por el P. Clain, éste no es solamente un lexicógrafo incomparable según el propio San Lúcar, sino un literato y poeta en lengua vernácula. El siglo XVII finaliza o termina de una manera espléndida con el popular _Catecismo Romano_ (1671) de otro jesuita, el P. Pedro Lope, que antecedió a San Lúcar en materia de acentos, y llegó hasta a hacer "fabricar sobre diez mil vocales acentuadas". Por las páginas de su libro excesivamente voluminoso, y con texto amazacotado, corre a intervalos sangre tagala de régulos. El siglo XVIII fue el de oro para los peninsulares. Así _El Compendio_ de Fr. Gaspar de San Agustín (1703) viene todavía siendo útil, sin exceptuar la obra célebre del P. Totanes; es el primero que trató de la poesía tagala y de su métrica, que luego secundó Fr. Francisco Buencuchillo, y el primero también que prescindió, algún tanto, del método lebrijano. Con todo, escribió pocos versos en tagalo. No conocemos de él más que su canción al _Barlaan_, en medianos octosílabos. En el mismo año se publicó el _Vocabulario_ de Domingo de los Santos, calcado de las artes del agustino Fr. Andrés Verdugo y del dominico Fr. Blancas de San José, y del vocabulario impreso por Pinpín de San Buenaventura y de otro manuscrito de Fr. Francisco de San Antonio, libro muy útil, no obstante la deliberada omisión de voces antiguas, de que se quejaron los lingüistas, pero presto fue arrumbado y relegado al olvido por la obra maestra definitiva de los PP. Noceda y San Lúcar, este último, español-filipino. Aparte la colaboración anónima manifiesta de filipinos de raza en el _Vocabulario_ de Noceda y San Lúcar, colaboraron todavía en tan magnífico osario de la lengua los hablistas que ya fueron, y los de la época de dos de las principales órdenes religiosas de Filipinas. Trabajó en las letras _A, B, C, D_, el dominico Fr. Miguel Ruiz, y hasta las letras _M, N, Ñg, O_, Fr. Tomás de los Reyes, también dominico. Luego se hicieron cargo los jesuitas Pablo Clain, Francisco Jansens y José Hernández, que lo concluyeron añadiendo "cerca de cuatro mil raíces con sus juegos respectivos y necesarios". Por lo voluminoso de la obra, y porque se deseaba más certeza en la propiedad del significado de cada raíz, los revisores jesuitas decidieron pasarla, para su revisión, al P. Juan José de Noceda, que consagró para depurarla 30 años, no pasando "de una a otra (raíz) sin que se conviniesen doce indios ladinos en este idioma en la pronunciación, acento y significación de cada raíz". Pero los verdaderos monumentos puramente literarios fueron, entre otros, _Ang Infiernong Nabubucsan_ (1713) del P. Clain, y los opúsculos tagalos, en particular los tres tomos del _Psalterio de Ejemplos á Nuestra Señora_, del P. Juan José de Noceda, obras que, para San Lúcar, hállanse "dispuestas con voces propias y frasismo tagalog". Pero se levanta sobre todos ellos, y al cual coronó el éxito popular (era como el pan de cada día de los rápsodas tagalos, los _dupleros_), el _Barlaan_ (1712) del jesuita Antonio de Borja, que merece capítulo aparte. Procedente de la India pasó a Alejandría y de ahí a los griegos. San Juan Damasceno la popularizó en Europa. "_El Príncipe y el Dervis_" del filósofo barcelonés Abraham ben Hasdai, dice Menéndez y Pelayo, no es otra cosa que la leyenda de Buda, tan popular en la literatura cristiana con el nombre de Historia de Barlaan y Josafat, primera aunque remotísima fuente de la _Vida es Sueño_. ¿No será también remotísima fuente del _Traüm ein leben_ (Sueño es una Vida) del gran poeta austriaco Grillparzer? Tan popular en España es esta historia que en Norte-América el Prof. Fonger de Haan escribió toda una monografía: _Barlaan and Josafat in Spain_. Desde el siglo XVII, 1692, goza Filipinas de una versión castellana de esta obra, debida a la pluma del dominico Fr. Baltasar de Sta. Cruz, pero Fr. Juan de Paz la denunció a la Inquisición el 23 de Febrero de 1696. "Dióse a la censura de Fr. Juan Bautista Méndez y Fr. Agustín Dorantes, y en su consecuencia se mandó en 3 de Marzo que se tildase al folio 65 vuelto, desde la línea segunda hasta las palabras _de por sí_. Notificado Santa Cruz, respondió con un largo escrito, que se recibió en México en 7 de Enero de 1699. Volvió a la censura de los mismos, y a la de Fr. Pedro Antonio de Aguirre y Fr. Diego Marín, resolviendo el Tribunal en definitiva que se guardase lo resuelto". No se sabe si la versión tagala de Antonio de Borja se ha hecho del libro de Sta. Cruz. Pero la obra del jesuita viene recomendada precisamente por el calificador del Santo Oficio, Fr. Nicolás de San Pedro, que la diputa por un verdadero _Tesoro_ y de estilo sonoro, dulce y suave, porque, acomodándose el Autor "a lo más llano y natural, no tiene cláusula que, aun mirada en lo material de las voces, no sea digna de toda estimación, por lo mucho que enseña; palabra ninguna se le halla de sobra, ni tampoco se le echa de menos alguna que haga falta; y juega tan bien de la lengua Tagala y de sus modos de hablar, que sin usar de redobles, ni frases, ni raíces antiguas y voces decrépitas, le da al Tagalo con suavidad y elegancia la Doctrina que necesita, de calidad que no podrá alguno, desear, documento, ni enseñanza, que aquí no la halle". Gaspar de San Agustín la dedica dos _awits_, uno en latín y otro en tagalo, y la llama en su aprobación _Maná de la Celestial Doctrina_, "proptuario lleno de lo que cree y enseña N.M. la Iglesia; y un acérrimo controvertista contra la gentilidad", de gran auxilio para los "Ministros de Doctrinas", pues el Autor consigue "más de lo que Marcial pretendía". Y aunque la lengua tagala andaba "tan pobre de términos en materias sobrenaturales, acéticas y políticas (?), cuanto superabundante en las económicas y mecánicas", todas estas dificultades las venció la erudición del Autor, "consiguiendo esta rigurosa traducción, sin omitir en todos los 40 capítulos de ella cláusula que, por difícil, se resistiese al mucho caudal que ha atesorado su estudio de la lengua Tagala". Y con añadir que el egregio tagalista Pablo Clain fue el que dió licencia para su impresión, está dicho todo. Nada pues, de extraño tiene que los viejos _dupleros_, cultivadores de la gaya ciencia tagala, se regodeen con dicha obra: de origin oriental, y, después de recibir los beneficios del genio heleno y del latino, se restituye al país de origen, como el agua que, cargada de sustancias, vuelve al fondo del pozo, filtrada y hecha potable. Su forma de novela, en parte narrativa y en parte autobiográfica, seduce, porque es una serie de _macamas_ orientales de color y sabor filipinos. De los siglos XVI, XVII y XVIII quizás el _Barlaan_ sea el mayor monumento literario. El pueblo prestóle su lenguaje por un proceso de colaboración anónima parecida al de la del vocabulario de San Lúcar, acendrándole todavía el poeta tagalo D. Felipe de Jesús, que la prologó, y D. Gaspar Aquino de Belén, patriarca de los poetas autores de la _Pasión_, que la editó. En este siglo se reimprimieron algunos monumentos de los siglos XVI y XVII, y tanto se multiplicaron los trabajos en tagalo de catequesis de los misioneros y doctrineros, que el Arzobispo Basilio Sancho de Sta. Justa y Rufina publicó su célebre _Catecismo_ castellano en 1769, ordenando que fuera el que ocupase el lugar de sus congéneres en tagalo, para que sobre los diversos dialectos dominase el castellano. "Ojala! que después de tantos años no huviera ya rastros de las diversas lenguas, que solas dominan en las Provincias conquistadas, y únicamente dominara en todas la Española; que tal vez, y sin tal vez, no serían aun los Españoles tan estraños para con los (isleños), se aficionarían estos más a aquellos, estaría más corriente la sociedad, habría más estrecha unión.... Pero siendo assí, que por espacio de doscientos años professan una misma (Religión) con nosotros, y dependen de la voz de un mismo Monarcha, no nos entendemos unos a otros; y tenemos por cierto, que mientras durare esta divissión de lenguas, subsistirá de ambas partes un grande estorvo para la _Comunicación_, para el _Comercio_, y para la _Sociedad Civil_, y aun para la _unidad_ de la Religión......" Pero ni por esto amainó el celo tagalístico de los peninsulares. Ninguno, empero, de sus escritos llegó a valer tanto como el _Barlaan_ y el _Vocabulario_ de San Lúcar. Con la rica herencia de tres siglos entra el siglo XIX. Pero, no obstante la mayor cantidad de producción, el siglo ha dado pocos ingenios. Hay que hacer excepción, sin embargo, de los agustinos Fr. Manuel Blanco, el botánico, y Fr. Melchor Fernández, y del dominico autor del _Claus_. Blanco en cierto modo era poeta, y algunas coplas suyas, ya hemos dicho, formaron ramillete con otras de Herrera y M. Fernández. Pero su obra capital en tagalo es su _Tissot_ (1824), que fue como un digesto de los herbolarios en los tiempos que se carecía de médicos, y un Tobías de las familias tagalas. El literato tagalo necesariamente tendrá que habérselas con esta obra, si ha de querer saber llamar por sus propios nombres a las yerbas y plantas medicinales del país, y a las manifestaciones de su flora. Así se enseñoreará del lenguaje familiar y gráfico, que, bellamente usado, dará vigor y precisión a su estilo, aparte la utilidad del libro para una farmacopea indígena, pues el capítulo de los _sucedáneos_ resume así las observaciones de Clain y Sta María como las propias con manifiesta competencia. Las obras de Fr. Melchor Fernández forman una serie respetable. Notable es su _Catecismo_ (1836) dispuesto a manera de diálogos socráticos, seguido de la _Carta Pastoral_ en 1706 del Arzobispo Camacho, a la que puso comentario en prosa y en verso octosílabo, y adiciones que constituyen hasta documentos forklóricos muy apreciables. También es notable su _Filosofía...._ (1838) enriquecida con poesías originales y traducciones, entre ellos, la del soneto atribuido a San Francisco Javier. Las obras de Blanco y Melchor Fernández tienen la ventaja de que carecen de afectación retórica, y por objeto, mover el ánimo y ser útiles, sin epiqueyas ni lucubraciones ociosas. Verdadera obra de consulta es, sin duda alguna, el _Claus_ (1853-62-64-71) del dominico Fr. Benito Rivas. Trata de sustituir las obras voluminosas de Blancas de San José, pero resulta menos manual que las sustituidas, pues comprende cuatro gruesos volúmenes. Viene, además, algún tanto recargada de castellanismos y provincialismos, pero, así y todo, es la obra más comprensiva y dogmática del género. Se desliza en sus páginas cierto aire sutil de escolasticismo nervioso, a pesar de su austera sobriedad, creada en ocasiones con las brisas inspiradas por la generosa solanera de Balagtás que colaboró en esta obra. Con las obras de Blanco, Fernández y Rivas se volvieron a reimprimir las obras maestras tagalas, como el _Barlaan_ (1837) y antes de 1838, debido al celo del Arzobispo Segui, el _Memorial_ de San José, _Catecismo Romano, Ejercicio Cuotidiano_ y el _Catecismo_ del Padre Pouget; luego los _dalits_ de Herrera en 1843 y, nuevamente, el _Catecismo Romano_ en 1854, sobresaliendo, entre los trabajos similares de la época, el popular _Casaysayan...._ (1868) de Exequiel Merino, o sea, el Mazo tagalo. Tal es el inventario de los monumentos literarios debidos a los miembros de las cuatro corporaciones religiosas, a los cuales el favor popular otorgó su _exequatur_, aunque los que pasan por doctos aún no han parado mientes en ellos, y continúan perdiéndose en laberínticas discusiones sobre artes y vocabularios más o menos lebrijanos, tratando a la lengua tagala, a la bisaya, a la ilocana, etc., como una mera curiosidad bibliográfica, y, cuando mucho, como término de comparación de una filología _ad usum Delphini_, cuando, como se ha dicho, la lengua tagala poseía ya condiciones literarias desde, o antes de, la conquista. Como que la Doctrina de 1593 es más joya literaria que ciertos artes y vocabularios, excepto alguno que otro, el de San Lúcar, por ejemplo. Los inventariados, cual más cual menos, traen sello popular, con una fuerza colectiva que es verdadero elemento de arte. No se elaboraron en solitarios gabinetes de estudio, sino en el seno del tagalismo, en misiones y doctrinas, por varones de arcilla de héroes, que recogieron y bebieron el aliento del pueblo anónimo. Casi todos ellos son traductores, pero algunos, al traducir al tagalo los ascéticos y los libros de origen oriental, y los libros sagrados o bíblicos, no sólo ensancharon y rejuvenecieron las letras humanas, sino que, en cierto modo, restituyeron el saber y las artes a su cuna. Respecto a los filipinos, hablaremos únicamente de los conocidos y aun de aquellos anónimos de quienes los impresos traen o citan muestras de su ingenio. Desde el _Memorial_ de Blancas de San José aparece D. Fernando Bagongbanta con un _awit_ en octosílabos estróficos de cuatro versos. Bagongbanta tiene la consideración de isleño _ladino_, es decir, de conocedor del castellano. Epiloga esta obra otro tagalo anónimo, mejor versificador que Bagongbanta. Pero desde 1610 la Bibliografía registra todo un libro en regla: el _Librong ..._ de Tomás Pinpín, patriarca de los tipógrafos y humanistas filipinos. El prólogo de este libro es importantísimo para la historia técnica de la poesía tagala. En él aparece por primera vez un _awit_ escrito en romancerillos de cinco, seis, siete y ocho sílabas, medidas que aisladamente corrieron a lo largo de la literatura tagala, privando en los isleños los pentasílabos, hexasílabos y heptasílabos, y, en los peninsulares e isleños ladinos, los octosílabos, con excepción del Padre Clain. En sus comedias los isleños duplicaron los tres primeros, convirtiéndolos respectivamente en versos de nueve o diez, doce, y de trece o catorce sílabas, y usaron solamente de los octosílabos en las canciones interpoladas en ellas. Así en la _comedia antigua de San Dionisio Aeropagita_, de un anónimo, los versos son de doce, catorce, trece y once sílabas; pero el de catorce son dobles heptasílabos, y el de doce, dobles hexasílabos. Dito sa daquilang--caharían ñg Grecia y lo mismo estos otros del Padre Clain: Quita,i, sinasamba--Dios na naliligpit Na sa sacramento,i,--tantong sungmisilid, son verdaderos dobles versos de seis. Los de once sílabas son _rara avis_, y los de trece y catorce, a guisa de alejandrinos, desaparecieron pronto del escenario y fueron sustituidos por los de doce, por las combinaciones de doce y seis, con interpolaciones de ocho, en las comedias o piezas de alguna extensión. Pero lo más corriente en los isleños, en sus piezas características, como _awit, kumintang, kundiman_, son los dodecasílabos intercisos. También son frecuentes en las piececillas cortas los romancerillos heptasílabos. En este metro vienen escritos los versos de los cinco anónimos que cita Gaspar de San Agustín, y en estrofas de tres, cuatro y cinco versos. En Pinpín ya queda indicada esta tendencia de la lengua. De los 34 versos de que consta su _awit_, 22 son de seis sílabas; 7 de 5; 4 de 7, y tan sólo 1, de 8 sílabas. Esto de acuerdo con la práctica seguida por los tagalos en las determinaciones de las cantidades silábicas, porque, de acuerdo con el propio Pinpín, la cosa acaso varíe. No hay que olvidar que Pinpín tenía verdadero culto al castellano, y combinaba los usos castellanos y tagalos en materia de sílabas finales, sinalefas e hiatos, con un género de libertinaje métrico propio de toda época de transición. Bajo este punto de vista, mientras la canción de Pinpín es un romancerillo en hexasílabos para los ladinos, para los no ladinos, o la masa tagala, es una combinación de versos de 6, 5, 7 y 8 sílabas. Para hallar otro tan conspícuo y de mayor prestigio poético que Pinpín (colaborador de Blancas de San José, Pedro San Buenaventura y Pedro de Herrera, y de cuyas obras fue impresor) necesitaríamos poner el pie en los liminares del siglo XVIII. Ábrese este siglo en 1703 con el nombre del venerable Gaspar Aquino de Belén, autor del primer poema religioso de la _Pasión_. Su libro consta de dos partes, prosa y verso; la prosa es una traducción de la recomendación del alma del jesuita Tomás de Villacastín, prosa que rivaliza con la prosa del _Barlaan_ que él editó en 1712, y la parte en verso es la _Pasión_, poema que en medio siglo tuvo cinco ediciones, y fue traducido casi a todos los dialectos. No se sabe si con anterioridad o posterioridad al poema de Aquino de Belén, se publicó por primera vez la _Pasión_ de D. Luis Guían. El jesuita Delgado, que debió de conocer el poema de Aquino de Belén, no menta, sin embargo, en materia de _Pasiones_, más que la de Guían, la cual califica de excelentísima, y la hizo re-imprimir en 1750 o 51. Debió ser ésta en quintillas de ocho sílabas, como el poema de Aquino de Belén y todas las pasiones tagalas. D. Felipe de Jesús, aunque no fuera más que por su citado _awit_ al _Barlaan_ (1712) en 46 cuartetos octosílabos, no va a la zaga de Aquino de Belén, y, líricamente, le aventaja. Si no como poeta, y sí como lexicógrafo y docto crítico de peregrina expresión literaria, descuella sobre todos sus predecesores en su género, el jesuita filipino San Lúcar. Su obra, según sus censores, especialmente el tagalista discípulo de San Lúcar, el agustino Fr. Juan Serrano (de quien el P. Mesquida decía en la aprobación de _Meditaciones_ que "si las Mussas dieran en hablar el Tagalo, havian de preciarse mas de Serranas por el Estilo Tagalo"), era superior al Nilo Vocabulario Mong lalang Nilo ay nilalaloan, y, como un inmenso río, tuvo por tributarios a todos los artes y vocabularios de los mayores talentos de las cuatro órdenes religiosas, principalmente la dominicana y la ignaciana. Fuele dada a San Lúcar la gloria de poner cima a la obra tres veces secular de los españoles y de toda la "nación tagala", que "se compone ya del Comintang, ya de los tingues, ya de los tagalos de Corte", según el propio San Lúcar. Blancas de San José dice que la nación tagala la integran: "Comintan, Laguna, y Tagalos". Según Gaspar de San Agustín: "Comintan: (las) provincias la Laguna y Batangas"; y según Domingo de los Santos: "los tingues son desde los montes de San Pablo por Nacarlan hasta Calaylayan donde estaba antiguamente la Cabecera de Tayabas, y de allí corre los Montes de Cabintí, hasta Bilingbiling, que es por cima de Mabitac", pero añade que "no hay que reparar mucho en esto, porque se hallarán muchos que, aunque son de los Montes, los entienden en la Laguna, y en Manila". Son, pues, tagalos de _Corte_, o simplemente Tagalos, los de Manila, Bulacán, Bataan y Cavite. Así quedan determinadas las regiones cuyos modos de hablar fueron registrados en el _Vocabulario_ de San Lúcar. La incomparable modestia de este santo varón, "un San Francisco Javier en el fervor de sus misiones, y un San Francisco de Asís en el despego a las cosas de este mundo" para Fr. Blas de Plasencia, le mueve a atribuir lo mejor de su libro a las contribuciones del Padre Clain y del Padre Noceda, pero sus censores, Serrano y Blas de Plasencia, y las licencias del Gobierno y del Ordinario, a una adjudican a San Lúcar la paternidad de la obra. "Habla con tanta elegancia como escribe, y escribe con tanto primor y discreción como habla", porque "es menos difícil el hablarla a los que nacen en estas tierras"; no sólo puso "los juegos a los que dicho Padre (Noceda) ha añadido al Vocabulario del Padre Clain, porque el del Padre Noceda no tiene ningún juego", sino añadió "más de tres mil términos o voces que hasta ahora no se hallan en vocabularios que tratan de este idioma", dice Blas de Plasencia; y como águila que nació con alas, dice el eximio Serrano, ya desde "sus primeros años era perfecto en este idioma". Ha hecho, pues, una verdadera refundición de todos los trabajos de sus precedesores y contemporáneos, confundiendo las aguas de los tributarios en las sagradas de su Nilo. Ciertamente era el primero en notar que ciertas composiciones tagalas no se distinguían de las castellanas sino por las voces: tenían _frasismo castellano neto_. Pero lo que más importa son las condiciones literarias del autor y el espíritu crítico que preside la obra. Multiplicó los ejemplos sacados de la tradicional paramelogía tagala; distinguió con tino crítico lo vulgar de lo popular, dándole en ojos que ciertos acertijos, refranes o proverbios versificados, si eran todos una manifestación del saber popular, muchos de ellos no tenían adarme de poesía: eran mero recurso nemotécnico; sacó a plaza muestras de las comedias de su tiempo; tuvo el buen gusto de registrar aquellas voces propias del dialecto poético, como _banloqui, olohati, lohar_, etc., etc., y los idiotismos, decires figurados o metafóricos y ciertas expresiones pintorescas llenas de gracia y encanto, cosas todas que brillaban por su ausencia en los trabajos de sus predecesores. Es lástima que cite poco de sus colaboradores D. Juan de los Santos y D. Juan de Ariola, poetas de ingenio peregrino y pintoresco, especialmente el último, cuyo romancerillo heptasílabo es tagalo fino de corte y de noble prosapia. Una tercera parte de los ejemplos en esta obra tiene carácter literario, poético y pintoresco, pero las dos terceras partes, desgraciadamente, son de carácter más bien vulgar que popular y artístico. Se sabe, por los preliminares, que ninguna voz estampóse en esta obra sin que antes conviniesen doce ladinos en la pronunciación, acento y significación de cada raíz; lo que prueba, aparte de la probidad y conciencia literaria de sus autores, que ninguna obra tuvo mayor colaboración anónima del pueblo que ésta, y, por cuya causa, razón tiene San Lúcar para señalarla, en su característico lenguaje, como una obra de la "nación tagala". De entre los impresos del siglo nada hay comparable a lo ya citado. Pero los manuscritos, sobre todo los cartapacios de la dramaturgia tagala que recorrieron todas las provincias tagalas y sus pueblos y barrios, eran tantos en número, y la afición a las representaciones domésticas y clandestinas de cosas del país escandalizaron tanto a los misioneros que el Arzobispo de Manila hubo de prohibir en 1741 su _concierto_ en las _estancias, tierras_ o _huertas_ de los indígenas, sin licencia del Ordinario. Pero el mayor siglo de la literatura fue el siglo XIX. Apenas habrá provincia que no haya registrado su obra maestra durante los tres primeros cuartos de siglo. A Manila y sus arrabales pertenecen: la _Pasión_, llamada vulgarmente de Pilápil, que es la más popular, y data de 1814, pero en realidad es obra de un devoto, revisada por el Dr. Pilápil y el P. Manuel Grijalvo; varios opúsculos religiosos del Dr. Pilápil, reimpresos en 1830-35, entre ellos _Maicling Casaysayan ..._ y _Pagsisiam_; las celebérrimas _Pláticas_ del P. Modesto de Castro (1855), la mejor colección de oratoria sagrada; _M~ga Sariling Uicang Magisa ..._ (1856) del P. Florentino Ramírez, quizás la mejor glosa de ascética filipina; _Guía de Pecadores_ en tagalo (1856) de un autor anónimo; la serie de trabajos llenos de unción religiosa de J. Tuason, entre ellos: _Tobías_ y _Matuid na Landas ..._; _Sa Martir n~g Golgota_ (1886) de D. Juan Evangelista, novela encantadora de una vaguedad romántica, alada y sutil y, finalmente, el _Arte Musical ..._ (1884-87) del P. José M. Zamora. A Bulacán, si no le perteneciera más que el _Florante_ (1838), esta obra bastaría por sí sola para dar gloria no sólo a la provincia sino a todo Filipinas; pero le pertenecen, además, el _awit_ de _San Alejo_ (1858) de Alejo del Pilar, tío de Marcelo H. del Pilar; el _awit_ de _San Raymundo_ (1876) de Mariano Serapio; la _Pasión_ (1852) del P. Aniceto de la Merced, la más literaria de las _Pasiones_, y _M~ga Puná_ del mismo autor, obra de controversia y de crítica teológica, única en su género, escrita toda en adustos y truculentos dodecasílabos, y, finalmente, la popularísima _Urbana y Felisa_ (1877) de Modesto de Castro, obra la más clásica de prosa tagala. A Laguna pertenece la _Aritmética ..._ (1868) de D. Rufino Baltazar Hernández, libro que era una de las delicias en Europa del Dr. Rizal, y perla literaria que, a despecho de sus castellanismos, a una energía insólita junta una frescura primaveral de sementera o de rodal de cocoteros a los primeros aguaceros de Mayo, y a Batangas: los opúsculos y libros del Dr. Vicente García, entre ellos _Casaysayan n~g m~ga Cababalaghan_ (1856), donde ya sonríe y juguetea aquella lengua tan sencilla, tan ingenua, tan sabia, tan austera y tan dulcemente mística que alcanzó su plenitud en el _Kempis_ (1880), acaso _la mejor versión directa del latín en lengua alguna_. Se diría que, sin distinción de casta, los autores citados, españoles y filipinos, eran en su mayoría teólogos; cierto, pero teólogos hijos del Renacimiento, que participaban ampliamente del espíritu de generosa y libre indagación que el Renacimiento trajo consigo, según un gran maestro; atentos a todo rumor de la vida y a las nuevas e inmediatas aplicaciones de la ciencia divina, a la que hacían descender de los cielos para tomar parte en las contiendas de la tierra, y controversistas hechos a aquel movimiento de las escuelas teológicas del siglo XVI, tan vivo, tan animado, tan pintoresco y hasta dramático en ocasiones. Por eso en sus momentos de oración y de reposo, solían elevar el alma a Dios y derramar en sus escritos un misticismo no egoista, y una filosofía _la más alta y más generosa_. A su misticismo vienen de perlas estas hermosísimas palabras de un crítico, dichas a propósito del de Santa Teresa de Jesús: "No es misticismo inerte, egoista y solitario el suyo, sino que desde el centro del alma, la cual no se pierde y aniquila abrazada con lo infinito, sino que cobra mayor aliento y poder en aquel abrazo; desde el éxtasis y el arrobo; desde la cámara del vino, donde ha estado ella regalándose con el Esposo, sale, porque Él le _ordena la caridad_, y es Marta y María juntamente; y, embriagada con el vino suavísimo del amor de Dios, arde en amor del prójimo y se afana por su bien, y ya no _muere porque no muere_, sino que anhela vivir para serle útil, y padecer por él, y consagrarle toda la actividad de su briosa y rica existencia". El disfavor para con estos libros se cifra en sus tejuelos y títulos, y la preocupación, nada más que preocupación, de que los tales libros no contienen nada útil para nosotros. Sin embargo, el más recalcitrante filipinista encontrará en ellos cuanto acaso podría legitimarle como tal filipinista. En sus páginas se encierran, quizás, las únicas noticias folklóricas; ingerido en las lecciones, va, a veces, todo un costumbrero con datos preciosos sobre usos y costumbres filipinos, y hasta aplicaciones de las leyes consuetudinaria y escrita, porque en ellas se exponen, precisamente, para reformarlos o anatematizarlos, y están como vistos con ojos de adversario, y, por lo mismo, los defectos acusados tienen rigurosa exactitud: corregibles. A partir de 1882, desde la publicación de _Diariong Tagalog_, inicióse nuevo rumbo en la literatura tagala, rumbo firmemente trazado y ejecutado por los _precursores_, pero fuera de lugar aquí; no son frutos tardíos como los ya citados de la espléndida estación balagtasiana. Importantísimo como es lo catalogado, es todavía mayor la importancia de los manuscritos de la época. Es averiguado que los manuscritos de la mayoría de los impresos circularon dos o tres años antes de su impresión. La escasez de impresos, y la ansiedad de lectura por parte de los naturales hacía que cada cual se procurase copia manuscrita del impreso de su particular devoción. A esta circunstancia debimos una copia de la edición de 1853 del _Florante_. Géneros enteros de literatura de autores anónimos, corrieron manuscritos de mano en mano, sin imprimirse nunca. Así que el Dr. Pilápil sugirió la recogida de todos los manuscritos de la _Pasión_ al autorizar la revisada por él en 1814; así el Dr. Vicente García tradujo directamente del latín su _Kempis_, por la multitud de _Kempis_ manuscritos adulterados, que circulaban con daño de la Religión. De las comedias que, según Fr. José María Ruiz, estaban "escritas en lenguaje correcto, pero sublime y levantado, más aún que los corridos", sólo fueron impresas una docena de las mil y tantas que solazaban a los pueblos y barrios de las provincias tagalas. Apenas habrá barrio que no cuente con dos o más _originales_ que, con actores improvisados del mismo barrio, se sacaban a relucir al aire libre, en sus fiestas de guardar. Sábese de _Joseng-Sisiw_ que sólo él tenía escritas cosa de un centenar. Y Balagtás mismo, otro tanto, y, a no ser por el celo de su biógrafo, no conoceríamos hoy extractos de más de diez comedias de Balagtás. Ni siquiera _La Elección del Gobernadorcillo_, comedia en prosa en cinco actos, ni la intitulada _Mariang Makiling_, en nueve actos, con que un personaje del _Noli me tangere_ quería sustituir las comedias con "reyes de Bohemia y Granada", fueron impresas. De los _awits_ y _corridos_, Barrantes sólo pudo coleccionar unos 60, y estas composiciones tagalas son aún más corrientes y populares que las comedias. Tampoco se han impreso, a excepción de _La India Elegante y el Negrito Amante_ de Balagtás, los sainetes o entremeses que, según el P. Ruiz mencionado, "merecen estudiarse y traducirse al castellano, y son de tanto interés para la Historia como los mismos corridos", porque versan sobre costumbres del País, y en ellos los caracteres están perfectamente descritos; ni tampoco ciertas piezas características como _duplos, karagatan_, arreglos dramáticos de la _Pasión_ y las líricas, más o menos extensas, de que ya habíamos hablado en otros trabajos, y que, por no pecar de prolijos, nos limitamos a indicar. Esta ligera reseña de los monumentos literarios prueba que la evolución de la lengua tagala había sido constante y paralelamente sostenida, con hermanable alianza lingüística, por españoles y filipinos, y que, cuando se dio a la luz el _Florante_, la lengua estaba, como dijo el Dr. Rizal, en _todo su apogeo y magnificencia_. RASGOS BIOGRÁFICOS Nació Francisco Balagtás en el barrio de Pan~ginay, del Municipio de Bigaa, Provincia de Bulacán, el día 2 de Abril de 1788. Sus padres fueron Juan Balagtás y Juana de la Cruz, naturales del mismo barrio. Su padre era de oficio herrero, y tuvo por hijos a Felipe, Concha, Nicolasa y Francisco. A los 11 años de edad, 1799, pasó al servicio de un acaudalado por nombre Trinidad, en Tondo, Manila, para que, a cambio de ciertas prestaciones personales domésticas, el amo se encargase de instruirle y darle educación, como era de costumbre. Consta en los archivos del Colegio de San José que cursó en 1812, a los 24 años de edad, _Cánones_; lo que hace suponer que sabría algo de Humanidades, Teología y Filosofía. Era la época de los grandes ergotistas. No se saben a punto fijo sus otros estudios académicos. Pero es averiguado que, todavía en los escaños de San Juan de Letrán, era ya persona necesaria para sus camaradas y para la sociedad de Tondo, por su habilidad métrica. Para las cartas amorosas, billetes de invitación de todo género, los renglones cortos y muy historiados eran como las palomas mensajeras del _lacrimae rerum_ de la época. Era, pues, todo un _ladino_ a quien daban cierto prestigio sus rudimentos de Derecho Romano y cierta práctica que había adquirido en los tribunales de justicia. Aunque no anduviese sobrado de dineros, viviría entonces con cierto ensanche y desahogo. Tuvo por profesor al célebre Dr. Mariano Pilápil, que a su fama de brillante latinista unía el de ser autor de varios opúsculos religiosos en tagalo: era el censor eclesiástico que autorizó la publicación de la popular _Pasión_ en 1814. Enamoróse primeramente de una llamada Lucena, preciosilla muchacha del distrito de Gagalan~gín, Tondo; y luego, de otra apodada _Bianang_, no menos preciosilla, según fama, del barrio de su residencia, en Tondo. Hacía sombra, sin embargo, el que pasaba por rey de los poetas entonces, _Joseng-Sisiw_ (José, el del Pollo), porque, si no era como el enfermo de Rute que se comía los pollos piando, tenía la maldita costumbre de hacerse pagar con sendos pollos sus correcciones rítmicas, y Balagtás, manso y dilecto discípulo suyo y hermano en las musas, se las tuvo tiesas con él cierta vez, negándose a dar la subvención de costumbre, y, ¡claro!, rompieron, con dichoso rompimiento, porque desde entonces Balagtás quiso correrlas poéticamente por riesgo y cuenta propia. En 1835-36 pasó a vivir en Pandacan, en la residencia de Pedro Sulit, que distaba solamente como una cuerda de caza del embarcadero de Pandacan. Pandacan fue siempre pueblo de artistas, especialmente de músicos. Vestía Balagtás a la moda de entonces; camisa de cantón crudo o piña calada de Hagonoy, y pantalón de seda tejida en Balíuag, de la clase "tatapisin". A juzgar por la ofrenda _A Celia_, una dulceneilla, que responde a las iniciales M.A.R., hirió con mal de amores a Balagtás. Estas iniciales eran, sin embargo, equívocos de los de María Asunción Rivera, hija de Pandacan, y de los de Magdalena Ana Ramos, de Laguna; pero la tradición de los hijos resuelve el equívoco a favor de María Asunción Rivera, porque _Celia_, decían, era precisamente el apodo de María. Su mala estrella quiso que tuviese por rival a un cacique del lugar, que le hizo prender y asegurar en la cárcel de Pandacan. No se sabe cuánto tiempo estuvo en esta cárcel, pero en 1838 partió de Pandacan, y pasó a vivir en Manila, donde, en el mismo año, sacó a luz la primera edición de su _Florante_. Las alusiones del poema demuestran que la deidad a quien consagró su poema era Celia, pero no se sabe cuándo escribió el poema, ni en dónde; si en la cárcel, o fuera de ella. Lo acabado de su factura, sin embargo, y el aviso al lector de no tocar verso alguno de su poema, cosa que no hizo por ninguna otra poesía suya, hace creer que tuvo por pretexto únicamente las jornadas más o menos angustiosas de su vida, pero que su mal de amores no fue de los únicos, ni de los que calan huesos. Tal vez el amor propio que, a fuer de egregio poeta, teníalo grandísimo; tal vez los malditos celos y el cebo de toda fruta del cercado ajeno, pues Celia casóse con Mariano Capuli, fueran los impulsos iniciadores. Como que el poema es de una serenidad ática, tan finamente cincelado, tan bien pensado, y conciertan en él de una manera tan singular el genio y el talento que no pierde detalle el más nimio de la vida humana, obra, en fin, de la madurez de un poeta a la edad de 50 años, circunstancias todas que no dicen bien con los tumultos de una pasión borrascosa. Si sintió alguna pasión, con la publicación de su poema se habría curado enteramente como Goethe. En 1840, pasó a Bataan como auxiliar de un Juez de residencia. Quedóse allá, y fue a su vez auxiliar del escribano, D. Víctor Figueroa, posición que le daba vagar bastante para ir visitando los pueblos de la provincia. En una de sus visitas a Orión, trabó conocimiento con Juana Tiambeng, mujer de calidad y hermosa, y con quien casó el 22 de Julio de 1842. Ya era entonces Balagtás huérfano de padre y madre. En Orión llegó a desempeñar los cargos de _teniente primero_ y _juez de sementeras_. En 1856, o 57, fue sometido a un proceso, por mandar rapar la cabeza de una criada de un rico de Orión, llamado _Alférez Lucas_, y, de sus resultas, condenado a cuatro años de prisión, de la que seis meses extinguió en la cárcel de Balanga, y el resto, en Bilíbid. Salió de Bilíbid en 1860. Sus numerosos amigos y padrinos dulcificaron un tanto su desgracia y consiguieron minorar las incomodidades de una cárcel como Bilíbid. Proceso y prisión consumieron el saneado caudal de su mujer; así que hubo de recurrir nuevamente a su pluma para vivir. Hubo de su mujer, en 20 años próximamente de matrimonio, 11 hijos: siete murieron antes de 1906: tres varones y cuatro mujeres: a saber, Marcelo, Juan, Miguel, Josefa, María, Marcelina y Julia; y vivían cuatro: Ceferino, Víctor, Isabel y Silveria. Francisco Balagtás murió el 20 de Febrero de 1862, a los 74 años de edad. Su viuda casó en segundas nupcias con otro viudo, pero pronto volvió a enviudar. Murió el día 2 de Diciembre de 1899. De sus hijos, Ceferino es algo poeta; y los otros, como buenos tagalos, son aficionados a la poesía, y guardan en la memoria estancias enteras de su padre. Víctor fue el autor de las correcciones del ejemplar que editó en 1906 el Sr. Cruz, a cuyo celo débense estos datos biográficos. De los parientes de Balagtás en Bigaa, Macario Adriático da testimonio de que un primo de Balagtás, José, sin saber escribir, es autor de _Buhay ni Magdalena, Buhay ni Adan at Eva, ¡Magdarayang Bayan!_ y de una porción de versos de ocasión, y que improvisó en su presencia unos cuartetos parecidos a los de príncipe de los ingenios filipinos, y sobre un tema imaginado por el mismo académico. Además del _Florante_, Balagtás escribió numerosísimas comedias, _kumintangs, kundimans_ y mil poesías de circunstancias, pero ninguna, excepto _Florante_, publicó en vida. Algunas se conocen hoy, merced al celo del Sr. Cruz que publicó extractos. Hé aquí algunas de ellas: _Mahomet at Costanza_. _Almanzor y Rosalina_ (dícese que su representación duró 12 días en 1841). _Abdal y Miserena_, representada en Abucay en 1859. _Orosman at Zafira_. _Don Nuño y Zelinda_, o la desgracia del amor en la inocencia. _Auredato y Astrone_, o la fidelidad de una mujer. _Clara Balmori_, o el sitio de Rochela. _Bayaceto y Dorlisca_. _Nudo Gordiano_. _Rodolfo y Rosamunda_. _La India Elegante y el Negrito Amante_ (sainete casi bilingüe). Si descartamos de estas piezas los nombres extraños de los personajes, alguno que otro alarde de ufanía versificadora y ciertas sutilezas de amor un tanto metafísicas como en _Abdal y Miserena_, dichas piezas son dramas en donde los caracteres se levantan con relieve fascinador. Los caracteres femeninos, el de Dorlisca, por ejemplo, son de las hijas de Filipinas: unas morenas de esas que a lo mejor pasman al perdidizo viajero por esos barrios tagalos, que naturalmente se visten con elegancia, hablan con discreción, ingenuas, llenas de gracia, de pudor y con aquella vergüenza filipina que tanto llamó la atención del poeta Salvador Rueda, guapas de todas veras, y, sin embargo, con un alma capaz del mayor sacrificio, porque tienen la robustez moral de las heroinas, y que, una vez vistas, ya no se olvidan jamás. En el sainete _La India Elegante ..._, cuantos intervienen son filipinos de carne y hueso, tipos de una especie de rastacuerismo cospomolita y lugareño, de color local y palpitante de vida. La malicia socarrona y el humorismo francote, tal vez, algo plebeyo, propio de monteses y de los de la hez urbana, regateadores y cicateros, están sacados de la realidad, y sólo podría reproducirlos quien, como Balagtás, tenía los ojos muy abiertos al espectáculo de los mercados, y era zahorí para ir y venir con desembarazo por las encrucijadas bituminosas del alma. ¡Cómo siente aquel infeliz aeta de _Capitang Toming_! ¡Cuánta poesía realista! Si Balagtás no hubiese escrito el _Florante_ bastarían estas piezas para ponerle a la cabeza de los dramaturgos filipinos. Prueban la fecundidad de su numen poético. Ningún personaje viene repetido en ellas. Se ha dicho que la fecundidad cual la de la naturaleza, y el despego a las propias obras, sin más lote de vida que el ir creando, y creando sin agotarse, son signos distintivos del genio. Si es así, Balagtás tiene tales señales. Ciertamente escribió más de un centenar de dramas que se representaron en todas las provincias talagas, en la mayoría de los casos, adulterados y no como salieron de las manos de su artífice; sin nombre de autor y por actores cogidos a lazo en el lugar mismo de cada representación al aire libre; sin intromisiones de los del oficio que conspiraran e intrigaran para sacar a flote sus piezas, y, sin embargo, el pueblo acudía a presenciarlos en masa, (ese pueblo que no entiende de géneros, de disputas e imposiciones de taller, ni de celos de autores) y aplaudía, porque autor, actores y pueblo se sentían unos, y como si fueran los mismos protagonistas del drama. Algo, pues, debían de tener estos dramas de un interés profundamente humano, o de sentimientos y modos de ser del pueblo, para quien se escribieron, puestos de resalto por el dramaturgo, para que tal pueblo, no una vez, sino todas las veces, se reconociese en el espejo y se complaciese. Y repetimos, ninguno de esos dramas imprimió Balagtás. Tal es la experiencia escénica de Balagtás, tal su fecundidad en la creación de caracteres y tal su facilidad en versificar que Ponce, en _Efemérides Filipinas_, cuenta la siguiente anécdota: "El poeta reunió a los actores; les explicó el argumento que se le ocurrió en aquel momento, y en seguida ordenó que empezase la función; desde la concha del apuntador indicaba qué personaje o personajes debían salir, a los que apuntaba sus papeles respectivos, consiguiendo así sacar en conjunto una pieza completa, en que no faltaba ni el _bubo_ o bufón que hacía desternillar de risa. Conseguía, de ese modo, producir ya escenas tan interesantes y tan llenas de vida y de realidad que dejaban al espectador hondamente conmovido; ya situaciones cómicas llenas de malicia y de intención". Añádese a esto la comedia _Almanzor y Rosalina_, cuya representación duró doce días mortales, y se tendrá una idea de la fecundidad y facilidad del poeta. No gustan menos sus elegías amatorias (_kundiman_); ni sus cartas, o lecciones morales en verso, ni su oda bizarra, pindárica, con _os magna sonaturum_, una garrida criolla poética, dedicada a Isabel II. Era un rápsoda que se movía incansable de una provincia a otra, viéndose en sus recaladas siempre sitiado por los poetas, y derramando a manos llenas humorismo picante y la sal de sus ocurrencias. En Bulacán tuvo por amigos a grandes tagalistas de la provincia, centro del tagalismo entonces y academia viviente refrenadora de los ímpetus y demasías de los poetas salidos de seso. En los anatemas contra el hiperbolismo y escasa propiedad de los poetas de entonces, no era Balagtás de los que se mordían la lengua, y se desataba humorísticamente, con gracia tagala, contra los malos poetas: "_Hindî lan~git ang catapat n~g pusalì cundî batalan_", aguda sátira que más de una vez solía aplicar a aquellos poetas tagalos que hacían pasar por proverbio _ang catapat n~g pusalì ay lan~git_, con que indicaban que un poeta, sin ser un Paris, sino un adefesio y hasta carituerto, podía hacer _pendant_, y casarse con la mayor naturalidad del mundo, con una Helena o con la misma Dulcinea del Toboso, real y practicable. He aquí otra anécdota que retrata gráficamente a nuestro poeta en lo más fulminante de sus improvisaciones: "El bueno de Quicong Balagtás (decíanos un día el más grave y docto de nuestros jurisconsultos, que conoció al poeta en Trozo, Tondo), vestía a la usanza de la tierra: camisa chinesca; del cuello de la camisa pendía un cordoncillo que lucía por dije un palito hecho de cuerno de caraballa. Era mascador aguerrido del aromático betel. Tenía los dientes grandes y ralos, y, mientras ruidosamente improvisaba estancias, esgrimía su estoque de cuerno, dándose bruscas lanzadas en las rendijillas de los dientes, y, a la par que las divinas estrofas, sus labios, como Taal en erupción, iban lanzando al espacio granos de bonga embermellenados con betel y cal". Del carácter íntimo del hombre nada se sabe: parece optimista por las pruebas exteriores. Sus héroes, en el último trance, suelen parar en bien. Pero en la soledad, y cuando su ingenio no era provocado, ¿sería también el mismo hombre humorista, o un contemplativo profundamente serio y sincero, en diálogo continuo consigo mismo y con los seres que le bullían en la imaginación y esperaban que él les infundiera el soplo de vida? Hombres como Balagtás no son de los clasificables en ningún servicio civil. Tienen dentro un fuego devorador que les mata, pero que carece de humo y aparato de alarma. Ciertos sucesos de la vida del poeta, como sus dos encarcelamientos; su exhibicionista carrera aparentemente triunfal por las tablas y su posición social misma, inferior a su talento, con las humillaciones inherentes, debieron dar rudos golpes a su orgullo, y mortificarle con una intensidad digna de él, que conocía como nadie el ridículo y la ironía en las cosas. ¿Para qué entonces sería el genio si valiera más no tenerlo? Acaso por consideraciones semejantes es porque, a las puertas de la muerte, confió a su mujer este desahogo de su corazón lacerado: "no permitas que nuestros hijos escriban nunca versos; córtales las manos si llegan a seguir mi ejemplo". ¡Míseros genios! No saben que su don es gratuito como la gracia divina, y que no depende ni de su voluntad ni de su carácter: tan preciosa dádiva tiene una misión que cumplir en la tierra, y la cumplirá fatalmente: es como el Samuel Beli-Beth de la Pasión Tagala y del _Sa Martir n~g Golgota_: inmortal en esta vida, pero condenado a errar por el mundo, y a llorar la destrucción de Jerusalén. FLORANTE, NOLI, PRECURSORES Y TRADUCTORES La estructura del poema es una concesión a la moda de la época, pero reducidos los anacronismos a su mínima expresión. Florante hállase atado al tronco de una higuera de un bosque fantástico; en su imaginación se agolpan los sufrimientos de su patria, el cariño de su padre y su amor a Laura; dos leones llenos de saña se precipitan sobre él para devorarle, y Aladín, como un rayo, acuchilla y mata a las fieras. Florante y Aladín hacen muy buenas migas entonces, y se cuentas sus respectivas vidas, azarosa a cual más. Flérida, que busca a Aladín, sorprende a Adolfo, que trata de violar a Laura en el bosque, y le mata, indignada, de un saetazo. Florante y Aladín, atraídos por el rumor de las voces de Laura y Flérida, acuden prestos, y aquí de la agnición. Menandro, que acaba de restaurar el orden en Albania, insurreccionada por Adolfo para hacerse con la corona del rey Linceo, padre de Laura, y casarse con ésta, buscando a Adolfo, llega a recalar por ahí, y la alegría entonces no hay para qué decirla. Regresan, al fin, todos a Albania y los dos amantes, Florante y Laura, son proclamados soberanos del imperio y hacen feliz a su pueblo. Tal es el esqueleto del poema. Cómo el poeta lo revistió de carne y de formas hechiceras para que, desde su aparición, Balagtás fuera el poeta nacional, y proclamado así por los personajes del _Noli_ y, de manera indirecta, por la heroina de _Urbana y Felisa_, lo iremos diciendo. El hecho es que los párrocos españoles, cuya enemiga a los corridos es bien conocida, hacían excepción del _Florante_. El descontentadizo filólogo Fr. Toribio Minguella también hacía excepción del poema y decía que "hay allí rotundidez, limpieza de frase". Y cómo el calor del entusiasmo se comunicó a los catedráticos españoles de literatura, Adriático lo cuenta así: "Un ilustre catedrático de literatura en la Universidad de esta capital varias veces encargó a los más aventajados de sus discípulos la versión en castellano de esa notabilísima obra tagala, porque muchos curas de pueblos tagalos le habían ponderado las grandes bellezas literarias de la obra; pero, a pesar de muchos esfuerzos, no se consiguió ninguna traducción aceptable; porque desaparecía casi por completo el mérito intrínseco de la obra". Concierto y pío tan general obedece a que, en _Florante_, lo anacrónico se reduce a los nombres de personas, lugares, armadura del guerrero y leones, pero el contenido histórico es tan histórico como el del _Noli me tangere_, y con lo que Rizal requiere del género: "pintura de nuestras propias costumbres, para corregir nuestros vicios y defectos y ensalzar las buenas cualidades". La erudición de Balagtás, especialmente su helenismo, es de lo que haría sonreir hoy a cualquier irreflexivo estudiante de literatura. Y lo más extraño es que el gran poeta no quiere que se den al raspadillo sus versos donde retozan los nombres mitológicos, e invita al lector a que lea sus glosas sobre los tales nombres. Balagtás, pues, no se ha librado del defecto común en los grandes poetas y escritores espontáneos, de tomar por óptimo aquello que más fatiga les costó y que en ellos solían ser sus alifafes eruditos. Debe decirse en descargo de Balagtás que, dada la época y la falta de medios entonces, cuando los modelos socorridos eran Plauto y Terencio disfrazados, época en que toda tradición poética tenía que andar a greñas con la gerga escolástica de los ergotistas, o con la curialesca de los _plumarios_, su helenismo no es de los que se improvisan con el barato auxilio de los Manuales y de las Poéticas. Su tesoro, exiguo cual es, vendría a ser para él a manera del codiciado tael de oro, que representaba, para el primitivo minero filipino, angustioso desbastamiento, con las manos, de sendos bloques de cuarzo. No lo había recibido por vía de dádiva, sino recogiéndolo, como hacía Virgilio, del estercolero de los poetas contemporáneos. Por ésto, Balagtás suele cerrar sus glosas con la frase _según los poetas_. En su época la mayor suma de helenismo escrito en lengua tagala era la exposición y análisis de la teogonía griega en el _Barlaan y Josafat_, hecha por el falso profeta Nacor, para sacar a la vergüenza pública los crímenes de los doce dioses mayores del Olimpo, con el caritativo propósito de hacerlos odiosos y no amables, sin que escapen de la razzia fanática las castas musas. Así el Menandro del poema no es el clásico Menandro, todavía más famoso que Aristófanes, ni siquiera el ateniense Menandro, de Moratín, sino el precursor de Elías; el Edipo del poema no es el de Sófocles, ni la versión castellana de Estala; ni siquiera la tragedia de Martínez de la Rosa, cuyas obras sólo se conocieron en Filipinas años después de dada a luz la primera edición del _Florante_. Cuando mucho, tendría noticia Balagtás del _Polinice o los Hijos de Edipo_ de D. Antonio Saviñón, pero ni ésto es cosa averiguada. Verdad es que la frase trágica _¡ay, ay infeliz de mí!_ es de gran efecto en el _Florante_ como en la tragedia de Sófocles, pero la tagala _¡sa aba co!_ (ay, infeliz de mí) es tan castiza en tagalo que es más bien idiotismo característico de la lengua que del poema. También la Laura del poema no es la de Petrarca, ni tampoco la de Martínez de la Rosa, sino, sencillamente, la precursora de María Clara. Florante y Laura, Aladín y Flérida, Menandro, Antenor y el conde Adolfo, aunque el autor diga otra cosa, no son personajes deducidos de la historia, ni de crónica alguna. Cuando mucho, son como Brandabarbarán de Boliche, Micocolembo de Quirocia, Pentapolín y Alifanfarrón de la Trapobana en el _Quijote_, nombres graciosamente eufónicos, dice un crítico, sin realidad, ni consistencia histórica. Pero en Balagtás le sirvieron de pretexto magnífico y de tarasca para despistar a los ceñudos censores de su época. De otra suerte, la censura no hubiese autorizado la publicación del poema, ni consentido luego que se difundiese y fuese tan familiar en todo hogar tagalo. La magia del estilo era, ciertamente, para cegar a Aristarcos. Aconteció, pues, con el _Florante_ lo que con _D. Juan Tiñoso_, que, mientras el augusto padre de la princesa, niña de sus ojos, los puntillosos y currutacos príncipes pretendientes de la princesa y los bufones de la corte sólo veían en _D. Juan Tiñoso_ un vejestorio, su podredumbre y lacras postizas, la enamorada princesa era la única que veía la plata, el oro, las pedrerías y la extraordinaria hermosura de Tiñoso, porque sólo ella era la digna de verle en todo su esplendor, y en toda su gloria. Es admirable el uso poético que Balagtás hace de los pegotes históricos, que consigue nacionalizar. Como que sus musas son las de Bay, y sus ninfas las que vagan por las riberas de Beata e Hilom, y las aguas que canta, las tributarias del mar de China, tan pronto dulces, tan pronto salobres. El bosque mismo, dantesco, y que aparece fantástico sin pormenores visibles de carácter local, parece comunicar la impresión de ciertos bosques filipinos y colinas, en los cuales los naturalistas viajeros se hacen lenguas de ciertas palmas tropicales, que yerguen sus troncos anillados, recubiertos de fajas circulares de espinas negras, coloreadas hacia el penacho de un espléndido pardo de calcinada siena; o de familias de barringtonias en flor, coquetamente ufanas de la hermosura de sus estambres rojos, de anteras amarillas y larguiruchas, trabando justa con las orquídeas y epifitas que cuelgan de sus ramas como arañas y flecos, pero cuyos frutos son, a la vez, flotadores de las redes, y activo veneno para los peces. Añádanse maraña y espesura que vuelvan su interior inaccesible a los rayos solares, y tales apesaramientos, además, de ánimo que truequen las cosas más agradables en algo macabro o fúnebre, porque el amor y el dolor fueron siempre supersticiosos, y se tendrá la impresión del bosque del poema. Fuera de ésto, hecho adrede para parecer extraño y fantástico, en todo lo demás es el poema más nacional de Filipinas. Como que, si se extraen del _Florante_ todas las palabras netas de ultrapuertos, no harían siquiera 28 dodecasílabos. ¡Y el poema en conjunto, tiene 1708 dodecasílabos! Así se comprende que los personajes y situaciones del poema hayan ido a encarnarse en los del _Noli me tangere_ y hasta en el espíritu