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classicistranieri.com - The Mirrored Project Gutenberg eBook of Los favores del mundo, by Juan Ruiz de Alarcón

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Title: Los favores del mundo

Author: Juan Ruiz de Alarcón

Release Date: June 14, 2006 [EBook #18580]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LOS FAVORES DEL MUNDO ***



Produced by Chuck Greif, Stan Goodman, Miranda van de Heijning,
and the Online Distributed Proofreaders Europe team
at http://dp.rastko.net




DON JUAN RUIZ DE ALARCON

LOS FAVORES DEL MUNDO

Edición de Pedro Henríquez Ureña

CULTURA MEXICO, 1922
TOMO XIV. No. 4


PRELIMINAR
EL MEXICANISMO DE ALARCON
EL MEXICO DE ALARCON
LA OBRA DE ALARCON
ALARCON EL CORCOVADO

LOS FAVORES DEL MUNDO
    ACTO PRIMERO
    ACTO SEGUNDO
    ACTO TERCERO

PRELIMINAR

Dan Juan Ruiz de Alarcón nació en 1580 u 81 y murió en Madrid en 1639. Vivió su país natal hasta los veinte años; de 1600 a 1608 estuvo en España; regresó a México, y estuvo aquí otros seis años. En 1615 se le halla de nuevo en España, ya cerca de los treinta y cinco de su edad; y allí reside durante los veinticuatro que le restan de vida. Se dedicó dar producciones al teatro probablemente unos dos lustros. Publicó dos volúmenes de comedias, uno (Primera parte, que contiene ocho) en 1628 y otro (Segunda parte, que contiene doce) en 1634. Hay, publicadas separadamente, otras cuatro obras suyas; se le atribuyen, como colaborador o como autor, con poco fundamento las más veces, hasta otras diez obras. Con esta breve labor, sin embargo, entra a formar, con Lope, Calderón y Tirso, el cuarteto clásico del drama español.

El texto que se da aquí de Los favores del mundo (obra cuyo asunto es una leyenda en que figura un antecesor del dramaturgo) está rigorosamente cotejado con el de la Primera parte de las comedias de Alarcón, 1628. Se ha modernizado la puntuación y la ortografía, excepto en los casos en que la modernización implicaría cambiar la forma de las palabras: así, se ha conservado vitoria en vez de victoria, agora en vez de ahora (las más veces), efeto en vez de efecto (y en una ocasión, al contrario, respecto en vez de respeto), pensaldo por pensadlo, dalle por darle, vos intentastes o vos guardastes en vez de intentasteis o guardasteis. Como las indicaciones de escenas y otras acotaciones que se introdujeron al reimprimirse las comedias en el siglo XIX tienen utilidad para el lector moderno, se las ha conservado, pero entre corchetes []: todo lo que está entre corchetes, pues, es lo que no figura en la edición de 1628. Las acotaciones entre paréntesis (), en cambio, sí pertenecen a la edición primitiva.

P. H. U.


EL MEXICANISMO DE ALARCON

En el teatro español de los siglos de oro, artificioso pero rico y brillante, Don Juan Ruiz de Alarcón manifestó personalidad singular. Entróse como aprendiz por los caminos que abrió Lope, y lo mismo ensaya la tragedia grandilocuente (en El Anticristo) que la comedia extravagante (en La cueva de Salamanca). Quiere, pues, conocer todos los recursos del mecanismo y medir sus propias fuerzas; día llega en que se da cuenta de sus capacidades reales, y entonces cultiva y perfecciona su huerto cerrado. No es rico en dones de poeta: carece por completo de virtud lírica; versifica con limpieza (salvo en los endecasílabos) y a veces con elegancia. No es audaz y pródigo como su maestro y enemigo, Lope, como sus amigos y rivales: es discreto (como mexicano), escribe poco, pule mucho, y se propone dar a sus comedias significación y sentido claros. No modifica, en apariencia, la fórmula del teatro español (por eso superficialmente no se le distingue entre sus émulos, y puede suponérsele tan español como ellos); pero internamente su fórmula es otra.

El mundo de la comedia de Alarcón es, en lo exterior, el mismo mundo de la escuela de Lope: galanes nobles que pretenden, contra otros de su categoría, o más altos (frecuentemente príncipes), a damas vigiladas, no por madres que jamás existen, sino por padres, hermanos o tíos; enredos e intrigas de amor; conflictos de honor por el decoro femenino o la emulación de los caballeros; amor irreflexivo en el hombre, afición variable en la mujer; solución, la que salga, distribuyéndose matrimonios aun innecesarios o inconvenientes. Pero este mundo, que en la obra de los dramaturgos peninsulares vive y se agita vertiginosamente anudando y reanudando conflictos como en compleja danza de figuras, en Alarcón se mueve con menos rapidez: su marcha, su desarrollo son más mesurados y más calculados, sometidos a una lógica más estricta (salvo los desenlaces). Ya señaló en él Hartzenbusch "la brevedad de los diálogos, el cuidado constante de evitar repeticiones, y la manera singular y rápida de cortar a veces los actos" (y las escenas). No se excede, si se le juzga comparativamente, en los enredos; mucho menos en las palabras; reduce los monólogos, las digresiones, los arranques líricos, las largas pláticas y disputas llenas de brillantes juegos de ingenio. Sólo los relatos suelen ser largos, por excesivo deseo de explicación, de lógica dramática. Sobre el ímpetu y la prodigalidad del español europeo que creó y divulgó el mecanismo de la comedia se ha impuesto, como fuerza moderadora, la prudente sobriedad, la discreción del mexicano.

Y son también de mexicano los dones de observación. La observación maliciosa y aguda, hecha con espíritu satírico, no es privilegio de ningún pueblo; pero, si bien el español la expresa con abundancia y desgarro (¿y qué mejor ejemplo, en las letras, que las inacabables diatribas de Quevedo?), el mexicano la guarda socarronamente para lanzarla, bajo concisa fórmula, en oportunidad inesperada. Las observaciones breves, las réplicas imprevistas, las fórmulas epigramáticas, abundan en Alarcón, y constituyen uno de los atractivos de su teatro. Y bastaría comparar, para este argumento, los enconados ataques que le dirigieron Quevedo mismo, y Lope, y Góngora, y otros ingenios eminentes,—si en esta ocasión mezquinos—, con las sobrias respuestas de Alarcón, por vía alusiva, en sus comedias, particularmente aquella, no ya satírica sino amarga, de Los pechos priviligiados (acto III, escena III):

Culpa a aquel que, de su alma
olvidando los defetos,
graceja con apodar
lo que otro tiene en el cuerpo.

La observación de los caracteres y las costumbres es el recurso fundamental y constante de Alarcón, mientras en sus émulos es incidental: y nótese que digo la observación, no la reproducción espontánea de las costumbres ni la libre creación de los caracteres, en que no les vence. Este propósito de observación incesante se subordina a otro más alto: el fin moral, el deseo de dar a una verdad ética aspecto convincente de realidad artística.

Alarcón crea, dentro del antiguo teatro español, la especie, en éste solitaria, sin antecedentes calificados ni sucesión inmediata, de la comedia de costumbres. No sólo la crea para España, sino también para Francia: imitándolo, traduciéndolo, no sólo a una lengua diversa, sino a un sistema artístico diverso, Corneille introduce en Francia, con Le menteur, la alta comedia, que iba a ser en manos de Moliere labor fina y profunda. Esa comedia, al extender su imperio por todo el siglo XVIII, vuelve a entrar en España, para alcanzar nuevo apogeo, un tanto pálido, con Don Leandro Fernández de Moratín y su escuela, en la cual figura, significativamente, otro mexicano de discreta personalidad artística: Don Manuel Eduardo de Gorostiza.

Pero la nacionalidad no explica por completo al hombre. Las dotes de observador en nuestro dramaturgo, que coinciden con las de su pueblo, no son todo su caudal artístico: lo superior en él es la trasmutación de elementos morales en elementos estéticos, dón rara vez concedido a los creadores. Alarcón es singular, por eso, no sólo en la literatura española, sino en la literatura universal.

Su nacionalidad no nos da la razón de su poder supremo; sólo su vida nos ayuda a comprender cómo se desarrolló. En un hombre de alto espíritu, como el suyo, la desgracia aguza la sensibilidad y estimula el pensar; y cuando la desgracia es perpetua e indestructible, la hiperestesia espiritual lleva fatalmente a una actitud y a un concepto de la vida hondamente definidos y tal vez excesivos. Ejemplo claro el de Leopardi.

En el caso de Alarcón, orgulloso y discreto, observador y reflexivo, la dura experiencia social le llevó a formar un código de ética práctica cuyos preceptos reaparecen a cada paso en las comedias.

No es una ética que esté en franco desacuerdo con la de los hidalgos de entonces, pero sí señala rumbos particulares, que a veces importan modificaciones. Piensa que vale más (usaré las expresiones clásicas) lo que se es que lo que se tiene o lo que se representa. Vale más la virtud que el talento y ambos más que loa títulos de nobleza; pero éstos valen más que los favores del poderoso, y más, mucho más, que el dinero. Ya se ve: Don Juan Ruiz de Alarcón y Mendoza vivió mucho tiempo con escasa fortuna, y sólo en la madurez alcanzó la posición económica apetecida. En cambio, sus títulos de nobleza eran excelentes, como que descendía de los Alarcones de Cuenca, ennoblecidos en la Edad Media, y de la ilustrísima casa de los Mendoza. Alarcón nos dice en todos los tonos y en todas las comedias—o punto menos—la incomparable nobleza de su estirpe: debilidad que le conocieron en su época y que le censura en su rebuscado y venenoso estilo Cristóbal Suárez de Figueroa.

El honor—¡desde luego! El honor debe ser cuidadosa preocupación de todo hombre y de toda mujer; y debe oponerse como principio superior a toda categoría social, aunque sea la realeza. Las nociones morales no pueden ser derogadas por ningún hombre, aunque sea rey, ni por motivo alguno, aunque sea la pasión legítima: el amor, o la defensa personal, o el castigo por deber familiar, supervivencia de moral antehistórica. Entre las virtudes ¡qué alta es la piedad! Alarcón llega a pronunciarse contra el duelo, y, sobre todo, contra el deseo de matar. Además, le son particularmente caras las virtudes que pueden llamarse lógicas: la sinceridad, la lealtad, la gratitud, así como la regla práctica que debe complementarlas: la discreción. Y por último, hay una virtud de tercer orden que estimaba en mucho: la cortesía. Proverbial era la cortesía de Nueva España precisamente en los tiempos de nuestro dramaturgo: "cortés como un indio mexicano", dice en el Marcos de Obregón Vicente Espinel. Poco antes, el médico español Juan de Cárdenas celebraba la urbanidad de México comparándola con el trato del peninsular recién llegado a América. A fines del siglo XVII decía el Venerable Palafox, al hablar de las Virtudes del Indio: "La cortesía es grandísima." Y en el siglo XIX ¿no fué la cortesía uno de los rasgos que mejor observaron los sagaces ojos de Madame Calderón de la Barca? Alarcón mismo fué sin duda muy cortés: Quevedo, con su irrefrenable maledicencia, lo llamaba "mosca y zalamero." Y en sus comedias, se nota una abundancia de expresiones de cortesía y amabilidad que contrasta con la usual omisión de ellas en los dramaturgos peninsulares.

Grande cosa—piensa Alarcón—es el amor; ¿pero es posible alcanzarlo? La mujer es voluble, inconstante, falsa; se enamora del buen talle, o del pomposo titulo, o—cosa peor—del dinero. Sobre todo la abominable, la mezquina mujer de Madrid, que vive soñando con que la obsequien en las tiendas de plateros. La amistad le parece afecto más desinteresado, más firme, más seguro. Y ¡cómo no había de ser así su personal experiencia!

El interés que brinda este conjunto de conceptos sobre la vida humana es que se les ve aparecer constantemente como motivos de acción, como estímulos de conducta. No hay en Alarcón tesis que se planteen y desarrollen, silogísticamente, como en ciertos dramas del siglo XIX; no surgen tampoco bruscamente, con ocasión de conflictos excepcionales, como en García del Castañar o El Alcalde de Zalamea: pues el teatro de los españoles europeos, fuera de los casos extraordinarios, se contenta con normas convencionales, en las que no se paran largas mientes. No: las ideas morales de este que fué "moralista entre hombres de imaginación" (según Hartzenbusch) circulan libre y normalmente, y se incorporan al tejido de la comedia, sin pesar sobre ella ni convertirla en disertación metódica. Por lo común, aparecen bajo forma breve, concisa, como incidentes del diálogo; o bien se encarnan en un ejemplo, tanto más convincente cuanto que no es un tipo unilateral: tales, el Don García de La verdad sospechosa y el Don Mendo de Las paredes oyen (ejemplos a contrario) o el Garci-Ruiz de Alarcón de Los favores del Mundo y el Marqués Don Fadrique de Ganar amigos.

El don de crear personajes es el tercero de los grandes dones de Alarcón. Para desarrollarlo, le valió de mucho el amplio movimiento del teatro español, cuya libertad cinematográfica (semejante a la del inglés isabelino) permitía mostrar a los personajes en todas las situaciones interesantes para la acción, cualesquiera que fuesen el lugar y el tiempo; y así, bajo el principio de unidad lógica que impone a sus caracteres, gozan éstos de extenso margen para manifestarse como seres capaces de aficiones diversas. No sólo son individualidades con vida amplia, sino que su creador los trata con simpatía: a las mujeres, no tanto (oponiéndose en esto a su compañero ocasional, Tirso); a los protagonistas masculinos sí, aun a los viciosos. Por momentos diríase que en La verdad sospechosa Alarcón está de parte de Don García, y hasta esperamos que prorrumpa en un elogio de la mentira, como después lo harían Mark Twain u Oscar Wilde. Y ¿qué personaje hay, en todo el teatro español, de tan curiosa fisonomía como Don Domingo de Don Blas, apologista de la conducta lógica y de la vida sencilla y cómoda, sin cuidado del qué dirán; paradójico en apariencia pero profundamente humano; personaje digno de la literatura inglesa, en opinión de Wolf; digno de Bernard Shaw, puede afirmarse hoy?

Pero, además, en el mundo alarconiano se dulcifica la vida turbulenta, de perpetua lucha e intriga, que reina en el drama de Lope o de Tirso, así como la vida de la colonia era mucho más tranquila que la de su metrópoli: se está más en la casa que en la calle: no siempre hay desafíos; hay más discreción y tolerancia en la conducta; las relaciones humanas son más fáciles, y los afectos, especialmente la amistad, se manifiestan de modo más normal e íntimo, con menos aparato de conflicto, de excepción y de prueba. El propósito moral y el temperamento meditativo de Alarcón iluminan con pálida luz y tiñen de gris melancólico este mundo estético, dibujado con líneas claras y firmes, más regular y más sereno que el de los dramaturgos españoles, pero sin sus riquezas de color y forma.

Todas estas cualidades, que en parte se derivan de su propio genio, original e irreducible, en parte de su experiencia de la vida, y en parte de su nacionalidad y educación mexicanas, todas ellas, colocadas dentro del marco de la tradición literaria española, hacen de Alarcón, como magistralmente dijo Menéndez y Pelayo, "el clásico de un teatro romántico, sin quebrantar la fórmula de aquel teatro ni amenguar los derechos de la imaginación en aras de una preceptiva estrecha o de un dogmatismo ético"; dramaturgo que encontró "por instinto o por estudio aquel punto cuasi imperceptible en que la emoción moral llega a ser fuente de emoción estética, y, sin aparato pedagógico, a la vez que conmueve el alma y enciende la fantasía, adoctrina el entendimiento como en escuela de virtud, generosidad y cortesía."

Hay en su obra ensayos que no pertenecen al tipo de comedia que desarrolló y perfeccionó. De ellos, el mas importante es El tejedor de Segovia, brillante drama novelesco, de extravagante asunto romántico, pero a través del cual se descubre la musa propia de Alarcón, predicando contra la matanza y definiendo la suprema nobleza. Ni debe olvidarse El Anticristo, tragedia religiosa inferior a las de Calderón y Tirso; de argumento a ratos monstruoso; pero donde sobresale, por sus actitudes hieráticas, la figura de Sofía, y donde se encuentran pasajes de los más elocuentes de su autor, de los que más se acercan al tono lírico: así el que comienza: "Babilonia, Babilonia"...


Tiene la comedia dos grandes tradiciones, que suelen llamarse, recortando el sentido de las palabras, romántica y clásica, o poética y realista. Ambas reconocen como base necesaria la creación de vida estética, de personajes activos y situaciones ingeniosas; pero la primera se entrega desinteresadamente a la imaginación, a la alegría de vivir, a las emociones amables, al deseo de ideales sencillos, y confina a veces con el idilio y con la utopía, como en Las aves de Aristófanes y La tempestad de Shakespeare: la segunda quiere ser espejo de la vida social y crítica en acción de las costumbres, se ciñe a la observación exacta de hábitos y caracteres, y a menudo se aproxima a la tarea del moralista psicólogo, como Teofrasto o Montaigne. De la primera han gustado genios mayores: Aristófanes y Shakespeare, Lope y Tirso. Los representantes de la segunda son artistas limitados, pero admirables señores de su dominio, cultores delicados y perfectos. De su tradición es patriarca Menandro: a ella pertenecen Plauto y Terencio, Ben Jonson, Moliere y su numerosa secuela. Alarcón es su representante de genio en la literatura española,—muy por encima de Moratín y su grupo,—y México debe contar como blasón propio haber dado bases, con elementos de carácter nacional, a la constitución de esa personalidad singular y egregia.

PEDRO HENRIQUEZ UREÑA

(Don Juan Ruiz de Alarcón, conferencia de 1913).


EL MEXICO DE ALARCON

Hacia 1581 nació—en la ciudad de México—Don Juan Ruiz de Alarcón y Mendoza. Por su padre, Pedro Ruiz de Alarcón, descendía de una noble familia de Cuenca, y por su madre, doña Leonor de Mendoza, estaba emparentado con lo más ilustre de España. Su abuelo materno, Hernando de Mendoza, se había establecido en la Nueva España, tal vez buscando la protección del primer virrey, el benemérito Don Antonio de Mendoza, que era su pariente. A la nobleza de su nombre en España, unía la familia el título de ser una de las más antiguas de la colonia. Don Pedro, el padre del poeta, figura como minero del Real de Taxco, población del actual Estado de Guerrero, al Sur de la ciudad de México, que los viejos libros describen como famosa por sus ricos metales, y "siempre apreciable por la benignidad de su temperamento, por lo sereno y apacible de su cielo, por la bondad de sus aguas"[1]. Decaída de su antiguo esplendor hacia fines del siglo XVIII, conserva todavía hermosos templos y casas señoriales que se destacan sobre el paisaje de líneas puras y el dibujo fino de la serranía[2]. Los conquistadores habían acudido a Taxco atraídos por la fama de que sus minas pagaban al emperador Moctezuma el vasallaje en ladrillos de oro.

La ciudad de México,—en cuya Universidad comienza Alarcón sus estudios por 1592,—fundada según las líneas de la villa española, tenía ya, a fines del siglo XVI, un carácter propio, impuesto por las condiciones sociales en que se desarrolló la Conquista. La raza triunfante vivía de la raza postrada, y todo criollo, por el hecho mismo de serlo, estaba acostumbrado a portarse como señor. Pronto la sociedad cobra un tinte de reposada aristocracia, que contrasta vivamente con el ímpetu aventurero del español recién venido. Mientras las Indias son para el peninsular algo como un revuelto paraíso de lucro y de placer, el nativo de ellas las tiene por tierra de natural nobleza.

Don Juan heredaba, pues, con su nombre, las preocupaciones de una nobleza añeja y legitima, y el orgullo delicado del criollo español bien quisto, pariente y amigo de virreyes. Siempre le había de envanecer este timbre, y más tarde, había de atraerle las burlas de los desenfrenados ingenios de Madrid. Por toda su obra se nota el rastro que dejó en su espíritu el trato de la sociedad colonial y el recuerdo de su vida aristocrática.

Para los tiempos de Alarcón—y aun medio siglo antes, cuando la describe Francisco Cervantes de Salazar en sus Diálogos latinos—ya tenía la ciudad de México ese aspecto monumental que, en continuada tradición, había de hacer de ella la más hermosa ciudad del Nuevo Mundo. Más tarde, como todos los mexicanos saben, Alejandro de Humboldt la llamaría la ciudad de los palacios[3]. A través de su comba lente de poeta, Bernardo de Valbuena nos la hace ver en 1603 revestida de extraordinaria belleza.

La Universidad de México fué fundada a mediados del siglo XVI, con todos los privilegios y pompas de la salmantina; y ampliando poco a poco su plan, llegó a ser una buena copia da su modelo. En tiempos de Alarcón, conquistada la parte mejor de la tierra, la carrera de las letras comenzaba a ser más deseable que las de las armas para los hijos de buena familia que aspiraban a los cargos del Estado.

De España habían ido a servir a la nueva Universidad varones tan doctos como el mismo Cervantes de Salazar, el jurista Bartolomé Frías de Albornoz, celebrado por el Brocense, y el filósofo aristotélico Fray Alonso de la Veracruz, grande amigo de Fray Luis de León. Y ya las amplias posibilidades de la vida mexicana habían atraído a poetas y literatos como Gutierre de Cetina, Juan de la Cueva, Eugenio Salazar de Alarcón, sin contar la multitud de cronistas que acudían a relatar las que entonces se llamaban "hazañas de la Iglesia". Poco después, durante la juventud de Alarcón, fueron a México Luis de Belmonte, Diego Mejía, Mateo Alemán. Y buen testimonio de la cultura propia de México dan los poetas como Francisco de Terrazas y Antonio de Saavedra Guzmán. Beristáin, en su Bibliografía (1816-21), cita más de cien literatos sólo en el siglo XVI, y Fernán González de Eslava, en uno de sus Coloquios espirituales (1610) hace decir a Doña Murmuración desenfadadamente que "hay más poetas que estiércol". González de Eslava—no se sabe si de extracción española—es ya un poeta de educación mexicana, como asimismo lo fué Bernardo de Valbuena.

La imprenta, cuya actividad comenzara desde 1539, había ya tenido tiempo de hacer cerca de doscientas publicaciones para fines del siglo[4] .

El teatro, finalmente, inaugurado por los misioneros para objetos de catequismo, se desarrolló de tal manera, que ya por 1597 tenía edificio propio en la casa de comedias de don Francisco de León. Poco después, al decir de Valbuena, hubo "fiesta y comedias nuevas cada día"[5].

Así pues, cuando don Juan Ruiz de Alarcón—acabados en aquella Universidad los estudios de Artes y casi todos los de Cánones,—se embarcó para la vieja España en 1600, con ánimo de continuar su carrera en la famosa Salamanca, había ya vivido en un ambiente de sello inconfundible y propio los veinte primeros años de la vida, que es cuando se labran para siempre los rasgos de toda psicología normal.

ALFONSO REYES

(Prólogo a la edición Calleja de Páginas escogidas de Alarcón, Madrid, 1918).


LA OBRA DE ALARCON

Representa la obra de Alarcón una mesurada protesta contra Lope, dentro, sin embargo, de las grandes líneas que éste impuso al teatro español. A veces sigue muy de cerca al maestro, pero en otras logra manifestar su temperamento de moralista práctico de un modo más independiente. Y, en uno y otro caso, da una nota sobria, y le distingue una desconfianza general de los convencionalismos acostumbrados, un apego a las cosas de valor cotidiano, que es de una profunda modernidad, y hasta una escasez de vuelos líricos, provechosamente compensada por ese tono "conversable y discreto" tan adecuado para el teatro. Nota Pedro Henríquez Ureña que es Alarcón un temperamento en sordina, preciosa anomalía de un siglo ruidoso; y Menéndez Pelayo escribe: "Su gloria principal será siempre la de haber sido el clásico de un teatro romántico, sin quebrantar la fórmula de aquel teatro ni amenguar los derechos de la imaginación en aras de una preceptiva estrecha o de un dogmatismo ético; la de haber encontrado, por instinto o por estudio, aquel punto cuasi imperceptible en que la emoción moral llega a ser fuente de emoción estética..."

Complejísima debió ser la elaboración de esta psicología refinada. Un claro sentimiento de la dignidad humana parece ser su último fondo, y a medida que del yo íntimo avanzamos hacia sus manifestaciones sociales y estéticas, vamos encontrando, como otras tantas atmósferas espirituales, un viril amor de la sinceridad, que nunca desciende a la crudeza; un gran entusiasmo por la razón, que quisiera instaurar sobre la tierra el régimen de la inteligencia, y siempre dedicado a mostrarnos el desconcierto de las existencias que gravitan fuera de esta ley superior; cierto orgullo caballeresco del nombre y la prosapia, por afición al mayor decoro de la vida, como una nueva dignidad que sirve de máscara a la dignidad interior; el gusto de la cortesía y el cultivo de las buenas formas, freno perpetuo de la brutalidad, que hace vivir a los hombres en un delicado sobresalto; el disgusto de la rutina y los convencionalismos de su arte, pero sin consentirse—por el culto de la moderación—estallidos revolucionarios; una elegancia epigramática en sus palabras, y en sus retratos un objetivismo discreto; una actitud de cavilación ante la vida, ocasionada tal vez por su desgracia y defectos personales, y hasta por cierta condición de extranjero, que todos se encargaban de recordarle; finalmente, una apelación a todas las fuerzas organizadoras de que el hombre dispone, una fe perenne en la armonía, un ansia de mayor cordialidad humana, que imponen a su vida y a su obra un sello de candidez.

Entre la revuelta jauría literaria, burlado y herido, Ruiz de Alarcón no se convence de que la naturaleza humana sea fundamentalmente mala, y busca por todos los medios una convicción externa, objetiva. Satisfecho de su fama poética, reclama, con decente naturalidad, su parte en las comodidades del mundo, y entonces aspira a ser un buen ministro. Dudamos de que haya sido feliz; nada sabemos de su hogar, e ignoramos quién era Angela Cervantes. Pero ¡noble amor el de la fama! Él cuida al poeta como un verdadero demonio familiar y, descontando las penalidades presentes, le permite proyectar a través del tiempo la imagen más pura de sí mismo, y la más feliz. El arte es también desquite de la vida, y bienaventurado el que puede alzar la estatua de su alma con los despojos de esta realidad que todos los días nos asalta.

Una mesurada protesta contra Lope.—No sólo por su posición crítica ante algunas convenciones del teatro, como la conducta de sus graciosos, que—dice Barry—, a pesar de Lope y de la antigüedad, no son siempre bribones, ni siempre se casan necesariamente al tiempo que sus amos[6]. De esta rutina, que da por momentos a la comedia cierto aire de danza ritual, a través de las situaciones simétricas y contrarias de amos y criados, ya se burlaba Quevedo en la "Premática" inserta en El Buscón; también Tirso de Molina censura la intimidad inverosímil entre el amo y el criado[7]. Ni siquiera pararon siempre en casamiento las comedias de Alarcón, aunque no sea único en esto. No era su teatro un teatro de fantasía y diversión como el de Tirso, sino de realismo y pintura de caracteres. Pero nada de esto le es privativo, aunque todo ello concurra a darle relieve distinto. Sino que en Lope, en el tipo fundamental de la comedia española, la invención lo es todo, y aquella ráfaga avasalladora de acción deshace hasta la psicología, y si no arrasa también la ética (yo creo que muchas veces la arrasa), es porque el sentido moral se salva prendido provisionalmente a las nociones mecánicas del "honor". Alarcón, en cambio, procura que su acción tenga una verdad interna y, como no puede menos de valerse de convenciones, hace disertar a sus personajes—tal sucede en La verdad sospechosa—, para que se demuestren a sí mismos, por decirlo así, la verosimilitud de la acción en que están comprometidos; y, de tiempo en tiempo, pone en sus labios resúmenes de los episodios que nos permitan apreciar su sentido. Por eso decía Barry que se propone desarrollar una sola intriga, huyendo de la confusión de asuntos, y que "no sin cierta dificultad" la lleva a término. Esto paga a la debilidad de los recursos dramáticos de su tiempo. Algo de aquel disgusto por lo convencional que su "Don Domingo de don Blas" lleva a las cosas de la vida, anima a Alarcón en la esfera del arte. Y La verdad sospechosa, su obra más característica, verdadero compendio de su teatro, ¿no podría también interpretarse como una ironía inconsciente de los procedimientos teatrales en boga? Su final es frío y desconsolador: Corneille no se atrevió a conservarlo en su adaptación francesa (Le Menteur), anulando el sentido que la comedia tiene hoy para nosotros. Como en un cuento del humorista norteamericano Mark Twain, la acción procede de una en otra mixtificación, hasta que el héroe tropieza contra un verdadero muro infranqueable. Lo ordinario es que en el teatro español los héroes se abran paso de cualquier modo; pero en La verdad sospechosa—si no para Alarcón, sí para sus lectores modernos—las leyes del orden, las fuerzas de la razón se vengan: "La mano doy, pues es fuerza", dice Don García, y éste es el resultado más lógico de su trama de embustes.

ALFONSO REYES

(Prólogo a la edición de La verdad sospechosa y Las paredes oyen en los Clásicos Castellanos de La Lectura, Madrid, 1918)


ALARCON EL CORCOVADO

Entre las fisonomías literarias españolas que el tiempo y la investigación erudita han ido aclarando y definiendo, pocas más afortunadas que la de Don Juan Ruiz de Alarcón. De una parte, ha contribuído a ello su relativa sobriedad en el producir. Sólo veintitantas comedias tenemos de su mano. Ante la inagotable vena de otros contemporáneos suyos, de Tirso, por ejemplo, para no hablar de Lope, a quien nadie quizá leyó nunca por entero, esta continencia de Alarcón es ya, por sí sola, harto característica. De otra parte, el hecho de haber nacido en el mundo colonial le ha valido a Alarcón buen número de aficionados y devotos en las nuevas generaciones de aquellos países, que hoy entran con marcha segura en los nuevos métodos históricoliterarios, ganosas de escudriñar cuanto haya de grande y de bello en su pasado próximo. Después del trabajo respetable de Don Luis Fernández Guerra, ya anticuado, y de las aportaciones de Pérez Pastor y Rodríguez Marín,—sin contar algunas sugestiones de Menéndez y Pelayo, felicísimas y muy luminosas, con estar hechas de pasada,—los estudios alarconianos han tomado nuevo impulso en América, merced a las rebuscas eruditas de Don Nicolás Rangel, y sobre todo a la honda labor de Don Pedro Henríquez Ureña. Ahora en Madrid salen simultáneamente dos volúmenes de Alarcón, uno con dos comedias, en la colección de Clásicos castellanos, y otro de Páginas escogidas, en la Biblioteca Calleja, ambos por diligencia de Don Alfonso Reyes, que los ha ilustrado con importante labor crítica en prólogos y anotaciones.

Resumen estos libros todo lo hecho hasta aquí en el estudio de Alarcón, tanto en investigaciones documentales como en interpretación estética; hay, además, en ellos cuanto podría esperarse, conocidas la seriedad y cultura del literato que los ha dado a la imprenta. La ciencia literaria, la seguridad del gusto, la novedad expositiva, tan rica en alusiones y puntos de vista, con que los papeles críticos que avaloran la fidelidad de los textos están trazados, son dignos de incondicional encomio. A estos libros tendrá que acudir en adelante todo el que se interese por el autor de La verdad sospechosa.

Podemos ver aquí cómo es Alarcón. Las burlas de que fué objeto por parte de sus contemporáneos han llegado hasta nosotros, más todavía que sus comedias, casi nunca representadas en tiempos recientes. Son éstas, al lado de las de Lope, ruidosas, gallardas, empenachadas, o de la insinuante agudeza de las de Tirso, modelos de reposo y de discreción; en ellas la razón se impone y la fantasía se somete. Acaso la poesía también: es raro, en Alarcón, el transporte lírico, tan frecuente en los dramáticos de su tiempo. Las escasas obras no teatrales que de él nos quedan son versos de circunstancias, sin mérito alguno. Es el hombre de teatro, sin cariño por las demás formas literarias; y aun sus comedias parece que las consideró como virtuosos efectos de la necesidad, para entretener la espera de los cargos que pretendía. Logrados sus anhelos, casi se aparta del teatro. Desde 1626 ya es persona importante: relator interino primero, propietario después, en el Consejo de Indias. Cuando publica sus comedias, en 1628 y en 1634, la vida literaria es cosa pasada para él.

Los epigramas que le dispararon sus émulos, reunidos en antología, pueden caracterizar el Parnaso de los comienzos del siglo XVII. Con La que adelante y atrás—gémina concha te viste, se retrata en vocabulario e inversión Don Luis de Góngora. ¿Quién sino Quevedo podría decir: Don Talegas—por una y por otra parte? Tantas alusiones a su desdichada figura, aunque él procurase pararlas con alfilerazos y donaires, habían de amargarle la vida. Hasta en sus finos modales y atildada cortesía encontraban reparo los ingenios de la corte; les parecerían—y en eso la corte no ha tenido tiempo de variar en tres siglos—marca segura de inferioridad provinciana.

El pobre corcovado, zaherido a todas horas y en todas partes, repetiría más de una vez, para sus adentros, aquella redondilla que escribió en Las paredes oyen:

En el hombre no has de ver
la hermosura o gentileza:
su hermosura es la nobleza;
su gentileza, el saber.

De noble y bien nacido blasonó siempre Alarcón; el tono moderado y severo de moralista, que le señala y distingue entre todos los dramáticos de su época, casa muy bien con tales aspiraciones, desesperadamente abrazadas, a la falta de otros ideales, que huían de su figurilla contrahecha. Esa redondilla, que si fuera de Lope se nos había de antojar afectada y pegadiza, en Alarcón asume plena virtud representativa y vale por una confesión.

ENRIQUE DÍEZ-CANEDO

(Divagaciones literarias, Madrid, 1922).


LOS FAVORES DEL MUNDO

Comedia en tres actos.

PERSONAS:

GARCI-RUIZ DE ALARCON.
DON JUAN DE LUNA.
EL PRINCIPE DON ENRIQUE.
DON DIEGO, viejo, tío de Anarda.
EL CONDE MAURICIO.
LEONARDO, su criado.
HERNANDO, gracioso.
GERARDO, paje del Príncipe.
ANARDA, dama.
JULIA, dama.
INÉS, criada de Anarda.
BUITRAGO, escudero.
DOS PAJES.
[CRIADOS.]

[La escena es en Madrid.]




ACTO PRIMERO


[Llano al pie del parque de Madrid.]


[ESCENA PRIMERA]


[Salen GARCIA y HERNANDO, de color.]

HERNANDO. ¡Lindo lugar!

GARCIA.      El mejor;
todos, con él, son aldeas.

HERNANDO. Seis años ha que rodeas
aqueste globo inferior,
y no ví en su redondez
hermosura tan extraña.

GARCIA. Es corte del rey de España,
que es decillo de una vez.

HERNANDO. ¡Hermosas casas!

GARCIA.      Lucidas;
no tan fuertes como bellas.

HERNANDO. Aquí, las mujeres y ellas
son en eso parecidas.

GARCIA. Que edifiquen al revés
mayor novedad me ha hecho;
que primero hacen el techo,
y las paredes después.

HERNANDO. Lo mismo, señor, verás
en la mujer, que adereza,
al vestirse, la cabeza
primero que lo demás.

GARCIA. Bizarras las damas son.

HERNANDO. Diestras, pudieras decir
en la herida del pedir,
que es su primera intención.
Cífrase, si has advertido,
en la de mejor sujeto,
toda la gala en el peto,
toda la gracia en el pido.
Tanto la intención cruel
sólo a este fin enderezan,
que si el "Padre nuestro" rezan,
es porque piden con él.
Hoy a la mozuela roja
que en nuestra esquina verás,
dije al pasar: ¿Cómo estás?
y respondió: Para aloja.

GARCIA. Con todo, siento afición
de Madrid en tí.

HERNANDO.      Y me hicieras
merced, si aquí fenecieras
esta peregrinación;
que molerán a un diamante
seis años de caminar
de un lugar a otro lugar,
hecho caballero andante.

GARCIA. Hernando, estoy agraviado,
y según leyes de honor,
debo hallar a mi ofensor;
no basta haberlo buscado.
Mas no pienses que me canso,
que hasta llegar a matalle,
de suerte estoy, que el buscalle
tengo solo por descanso.
No a mitigarme es bastante
tiempo, cansancio ni enojos;
que siempre tengo en los ojos
aquel afrentoso guante.
¡Ah, cielos! ¿en qué lugar
escondeis un hombre así?
¡Cielos, o matadme a mí,
o dejádmelo matar!
Yo, que en la africana tierra
tantos moros he vencido;
yo, que por mi espada he sido
el asombro de la guerra;
yo, que en tan diversas partes
fijé, a pesar del pagano
y el hereje, con mi mano
católicos estandartes,
¿he de vivir agraviado
tantos años, cielo? ¿Es bien
que esté deshonrado quien
tantas honras os ha dado?

HERNANDO. Por Dios te pido, señor,
que no te aflijas así;
que yo espero en Dios que aquí
has de restaurar tu honor.
Si las señas no han mentido,
Don Juan en Madrid está;
sufre lo menos, pues ya
lo más, señor, has sufrido.
Deja esa pena inhumana,
no pienses en tu contrario.

GARCIA. Es pedir al cuartanario
que no piense en la cuartana.

HERNANDO. Diviértete, considera
cómo está en caniculares,
con ser pobre, Manzanares,
tan honrada su ribera,
que dél dijo una señora,
cuyo saber he envidiado,
que es, por lo pobre y honrado,
hidalgo de los de agora.
Bien puede aliviar tus males
ver ese parque, abundoso
de conejo temeroso,
blanco de tiros reales.

GARCIA. Detente. ¿No es mi enemigo
el que miro?

HERNANDO.      ¿Don Juan?

GARCIA.              Sí,
el que viene hablando allí,
con aquel coche...

HERNANDO.      Yo digo
que me parece Don Juan,
pero no puedo afirmallo.

GARCIA. Ya ves que importa no errallo.
Pues tan divertidos van,
al descuido has de acercarte,
y con cuidado mirar
si es él, que yo quiero estar
escondido en esta parte
hasta que vuelvas. Advierte
que certificado quedes;
despacio mirarlo puedes,
que él no podrá conocerte.

HERNANDO. El coche paró; una dama
sale; él sirve de escudero.

GARCIA. Acaba, vete.

HERNANDO.      El cochero
me dirá cómo se llama.      (Vase.)

(Salen Anarda y Julia con mantos, y don Juan.)

[Vase Hernando, García se esconde a un lado, y por
el opuesto salen Anarda, Julia y Don Juan.
]


[ESCENA II]


[ANARDA y JULIA con mantos; DON JUAN.—GARCIA, oculto]

JUAN. El Príncipe, mi señor,
que deste parque en la cuesta
dando está con la ballesta
lición y envidia al amor,
como vuestro coche vio,
contento y alborotado,
a daros este recado,
bella Anarda, me envió.
Miraldo en aquel repecho,
sobre el hombro la ballesta,
la mira en el blanco puesta,
que sigue tan sin provecho.

ANARDA. Al parque, Don Juan, subiera,
no dando que murmurar;
mas está todo el lugar
de ese río en la ribera.
Perdón me ha de dar su Alteza,
y porque pueda advertir
que nace en mí el no subir
de honor, y no de esquiveza,
aquí me quiero asentar,
(Siéntanse las damas, Don Juan se arrodilla.)
donde el Príncipe me vea,
que ver lo que se desea,
algo tiene de gozar;
y vos, que con él priváis,
estaos aquí, porque arguya
que esta fortaleza es suya,
pues por alcaide quedáis.

JULIA. [Hablando aparte con Anarda.]
Parece que se mitiga
tu acostumbrado rigor.

ANARDA. A esto me obliga el temor,
ya que el amor no me obliga.
¿De rodillas? [A Don Juan.]

JUAN.              Tus despojos
adoro.

ANARDA.      Mucho te humillas.

JUAN. ¿No pondré yo las rodillas
donde el Príncipe los ojos?
Y cuando no a tu deidad
tal veneración le diera,
a tu prima se la hiciera,
pues adoro su beldad.

(Sale Hernando.)


[ESCENA III]


[HERNANDO.—ANARDA, JULIA, DON JUAN, GARCIA.]

GARCIA. [Saliendo al encuentro a Hernando y hablando con
él, sin ser vistos de Don Juan ni las damas
.]
¿Es Don Juan?

HERNANDO.      Sin duda alguna,
que yo pregunté al cochero:
¿quién es este caballero?
y dijo: Don Juan de Luna.

GARCIA. En cas del embajador
de Ingalaterra te espero.
Con mis joyas y dinero
ponte en salvo.

HERNANDO.      Voy, señor.      (Vase.)

(Saca la espada y embiste a Don Juan; él te levanta
y la saca.)

GARCIA. Aquí pagará tu vida
tu atrevimiento.

JUAN.              Detente.

GARCIA. ¡Ah, Don Juan! aquí no hay gente
que la venganza me impida.

ANARDA. ¡Qué confusión!

JULIA.      Prima mía,
¿qué haremos?

ANARDA.      ¡Oh trance fuerte!

JUAN. ¿Veniste a buscar tu muerte?
¿No me conoces, García?

GARCIA. Tanto mayores serán,
si aquí te venzo, mis glorias,
cuanto lo son tus victorias.

ANARDA. ¡Vencido cayó Don Juan!

(Vienen a los brazos, cae debajo Don Juan, saca la
daga García y levanta a dalle una puñalada.)

GARCIA. Ya llegó el tiempo en que salga
de tanta afrenta. ¡Enemigo,
este es tu justo castigo!

[Va á darle una puñalada.]

JUAN. ¡Válgame la Virgen!

GARCIA.      (Detiene el brazo levantado, y levántase)
Valga;
que a tan alta intercesora
no puedo ser descortés.

JUAN. Déjame besar tus pies.

GARCIA. Don Juan, a nuestra Señora,
Vírgen. Madre de Dios hombre,
de la vida sois deudor;
que refrenar mi furor
pudiera sólo su nombre.

JUAN. Matadme, que más quisiera
morir, que haber agraviado
a quien la vida me ha dado.

GARCIA. Más queda desta manera
satisfecha la honra mía;
que si ya pude mataros,
más he hecho en perdonaros
que en daros la muerte haría.
Matar pude, vencedor
de vos solo; mas así
he vencido a vos y a mí,
que es la vitoria mayor.
Sólo faltó derribar
el brazo ya levantado;
más fué perdonar airado,
que era, pudiendo, matar.

ANARDA. [Ap.] (De turbada estoy sin mí)
Necio, descortés, grosero,
si valiente caballero,
fuera bien mirar que aquí
estaba yo, para dar
a ese intento dilación.
¿Faltáraos otra ocasión
de poderlo ejecutar?

GARCIA. En que os habéis ofendido
reparad, señora mía,
llamando descortesía
lo que ceguedad ha sido.
Ciego llegué del furor;
que ¿quién, señora, os mirara,
que suspenso no quedara
o de respeto o de amor?

ANARDA. Vanas las lisonjas son,
cuando con lo que intentastes
de ningún modo guardastes
el decoro a mi opinión.
¿Qué dijeran los que están
buscando qué murmurar,
viendo a mi lado matar
un hombre como Don Juan?

JUAN. Si advertís, señora mía,
perdón merece en su error
quien, por tener mucho honor,
tuvo poca cortesía.

ANARDA. ¡Bueno es disculparlo vos!

JUAN. ¿No estoy a hacello obligado,
cuando la vida me ha dado?

(Sale un paje.)


[ESCENA IV]


[GERARDO.—GARCIA, DON JUAN, ANARDA, JULIA.]

GERARDO. Su Alteza llama a los dos.

GARCIA. ¿El Príncipe?

GERARDO. Veislo allí.

JUAN. No tenéis que alborotaros,
que presto pienso pagaros
lo que habéis hecho por mí.

[A las damas.]

Su Alteza a llamarme envía.

ANARDA. Bien es que le obedezcáis.

JUAN. Si el coche, Anarda, tomáis,
dejaros en él querría.

ANARDA. Desde aquí del aire y soto
gozar queremos las dos.

JUAN. Julia, adiós.

JULIA.      Don Juan, adiós.

(Vase Don Juan.)

GARCIA. Perdonad este alboroto,
si puedo esperar perdón
de quien, sólo con mirar,
da muerte.

ANARDA. De perdonar
vos me habéis dado lición.

JULIA. ¡Qué bizarro caballero!
Las almas lleva tras sí.

(Sale Hernando.)


[ESCENA V]


[HERNANDO.—GERARDO, GARCIA, DON JUAN, ANARDA, JULIA.]

GARCIA. [Encontrándose con su criado al retirarse y hablando
aparte con él
.]
¿Aquí estás?

HERNANDO.      Quise de aquí
ver el suceso primero.

GARCIA. Quédate, y sabe quién son
esas mujeres.

HERNANDO.
¿Ya estás
herido?

GARCIA.      En ellas verás
si es bastante la ocasión.

Vase [García, Hernando se queda en el fondo.]


[ESCENA VI]


[ANARDA, JULIA, GERARDO, HERNANDO, retirado.]

GERARDO
El Príncipe, mi señor,
que este caso viendo ha estado,
os dice que se ha alegrado
de tener competidor;
que a su privado ha querido,
porque os hablaba, ofender;
que dueño debe de ser
quien cela tan atrevido.

ANARDA. Decid, Gerardo, a su Alteza,
que mostrárseme penado
deste susto que me han dado,
fuera más alta fineza
que condenarme a liviana
con tanta resolución
por sólo la información
de una conjetura vana.
Que ya de Don Juan sabrá
cuán otra la causa ha sido,
y de haberme así ofendido
el yerro conocerá.
Y porque entienda que yo
no sé a dos favorecer,
le suplico haga prender
al que mi agravio causó
Id con Dios.

GERARDO.      Quede contigo.      (Vase.)


[ESCENA VII]


[ANARDA, JULIA, HERNANDO, retirado.]

JULIA. Yo pensé que merecía
su humildad y cortesía
antes premio que castigo.
Villana estás, por mi fe,
con quien perdón te pidió.
(Ap. Préndaos Anarda, que yo,
forastero, os libraré.)

ANARDA. ¡Oh, qué mal me has entendido!
¿Ves este enojo y rigor?
pues ardides son que amor
ha trazado y ha fingido.

JULIA. ¿Quieres al Príncipe ya?

ANARDA. Nunca tan necia te ví.
Quien vió el forastero, dí,
¿cómo otro dueño querrá?
Aquel bizarro ademán
con que la espada sacó,
el valor con que venció
y dió la vida a Don Juan;
la gala, la discreción
en darme disculpa, el modo,
gentileza y talle, todo
me ha robado el corazón.

JULIA. (Ap.) ¡Rabiando estoy de celosa!

ANARDA. Y así, por volver a vello,
lo aseguro con prendello,
de que se irá temerosa,
porque forastero es.

JULIA. Cuando se apartó de aquí,
al oido hablar le ví
a aquel mancebo que ves.
Él informarte pudiera.

ANARDA. Bien dices: hablalle quiero.

JULIA.(Ap.) Así, ha de ser, forastero,
mi contraria mi tercera.

ANARDA. ¡Ah caballero!

HERNANDO. (Ap.      ¿Si a mí
caballero me llamó?
¿tan buen talle tengo yo?)
¿Es a mí, señora?

ANARDA.              Sí.

HERNANDO. Extrañé la nueva forma,
cuando me ví caballero;
si bien no soy el primero
que en la corte se trasforma.
Mas son vanas intenciones
cuando con pobreza lidio,
que es el dinero el Ovidio
de tales trasformaciones.
Pero si puedo serviros,
dama, sin ser caballero,
mandadme.

ANARDA.      Pediros quiero...

HERNANDO. Pues bien podéis despediros.
¿Para pedirme, decid,
sólo me llamáis las dos?
Animosas sois, por Dios,
las mujeres de Madrid.
Que pida la que se ve
de mí rogada y querida,
vaya; mi amor la convida,
y pues pido, es bien que dé.
Que la mujer que hablo yo
en la iglesia, tienda o calle,
me pida, vaya; el hablalle
ya por ocasión tomó.
Mas ¡llamarme, hacerme andar,
y luego pedirme! ¿Es cosa
el dar tan apetitosa,
que he de andar yo para dar?

ANARDA. Lo que pediros intento,
sólo hablar ha de costaros.

HERNANDO. De eso bien me atrevo a daros
cuanto os pinte el pensamiento.

ANARDA. Oid, pues.

HERNANDO.      Decid, señora.

ANARDA. Que me digáis sólo quiero
quién es aquel forastero
que al oído os habló agora.

HERNANDO. Con que vos, señora mía,
antes quién sois me digáis,
os lo diré; y no tengáis
lo que os pido a grosería;
porque sin saber a quién,
decir quién es no conviene,
puesto que enemigos tiene.

ANARDA. ¡Qué cauto sois!

HERNANDO.      Hago bien;
que en la corte es menester
con este cuidado andar;
que nadie llega a besar
sin intento de morder.

ANARDA. Si así ha de ser, yo me llamo
Doña Lucrecia Chacón.

HERNANDO. Garci-Ruiz de Alarcón
es el nombre de mi amo.

ANARDA. ¿Es caballero?

HERNANDO.      ¿Tan mal
os informa su apellido?
La Mancha no lo ha tenido
más antiguo y principal.
Y sin el nombre, el sujeto
os pudiera haber mostrado
su calidad.

ANARDA.      ¿Es casado?

HERNANDO. No, sino hombre muy discreto.

ANARDA. Déte el cielo buenas nuevas.

JULIA. [Ap. a Anarda.] Disimula. Loca estás.

ANARDA. [Ap. a Julia.] ¿Qué quieres?

JULIA. [Ap. a Anarda.] Pregunta más,
sin mostrar el fin que llevas.

ANARDA. ¿Es rico?

HERNANDO.      ¡Gracias a Dios
que llegamos al lugar!
Si queríades preguntar
solo ese punto las dos,
¿qué sirve parola vana
y hablar de falso primero?
Bien sé que apunta al dinero
toda aguja cortesana.

ANARDA. Ya no lo quiero saber,
por mostrar otros cuidados.

HERNANDO. Pues hasta dos mil ducados
de renta, deben de ser
los que en sus vasallos tiene.

ANARDA. ¿A qué vino a este lugar?

HERNANDO. Ese es mucho preguntar.

ANARDA. Sólo si de espacio viene me decid.

HERNANDO. Si no es aquí rémora un nuevo cuidado...

ANARDA. ¿Hase acaso enamorado?

HERNANDO. (¿Picaisos?) [Ap.]
Pienso que sí.

ANARDA. Malas nuevas te dé Dios.

HERNANDO. (Mal disimula quien ama.) [Ap.]

ANARDA. ¿Puede saberse la dama?

HERNANDO. Oso decir que sois vos.

ANARDA. Pues, ¿cuándo me ha visto?

HERNANDO. Ahora.

ANARDA. Y ¿cómo sabéis que aquí
se ha enamorado de mí?

HERNANDO. Porque sé que os vio, señora.

ANARDA. ¿Lisonjas?

HERNANDO. Verdades son,
de que tengo algún indicio.

JULIA. Que viene el conde Mauricio.

ANARDA. Pues huyamos la ocasión.

[Sale el CONDE Mauricio y LEONARDO.
Se quedan en el fondo observando a las damas]


[ESCENA VIII]


LEONARDO. Lince eres en conocellas.

CONDE. Ciega amor y vista da.
¿Cúyo criado será
el que está hablando con ellas?

ANARDA. Tu nombre...

HERNANDO. Hernando es mi nombre.

ANARDA. ¿De qué?

HERNANDO. Hernando, cerrilmente,
que no le sirve al sirviente
más que el nombre el sobrenombre.

ANARDA. Mucho tu modo me obliga.
Gusto me ha dado tu humor.

HERNANDO. Eso, hablando a lo señor...

[Hablan aparte doña ANARDA y doña JULIA]

ANARDA. Dile, Julia, que nos siga,
como que sale de ti.

JULIA. (Tu mismo fuego me abrasa.) Aparte
Ven a saber nuestra casa,
que he de hablarte.

HERNANDO. Harélo así.

[Vanse las damas]

¡Pobretilla! ¿Ya me quieres?
Las armas de amor trajimos,
que un hombre a matar venimos,
y hemos muerto dos mujeres.

[Vase HERNANDO]

LEONARDO. El coche toman. Huyendo
van de ti, señor.

CONDE. Cuidado me da, Leonardo, el criado.
¿Ves cómo las va siguiendo?

LEONARDO. ¿Qué determinas?

CONDE. Saber
quién es su dueño y su intento,
que amor me forma del viento
mil visiones que temer.

[Vanse el CONDE y LEONARDO. Salen el PRINCIPE,
con gabán y ballesta, GARCIA y don JUAN]


[ESCENA IX]


GARCIA. Supuesto que obedecer
es forzoso a vuestra Alteza,
oya a quien ha ejercitado
más la espada que la lengua.
Garci-Ruiz de Alarcón
es mi nombre, en las fronteras
berberiscas más temido
que conocido en las vuestras.
Vasallos tengo en la Mancha,
que mis pasados heredan
del Zavallos, que a Castilla
abrió de Alarcón las puertas.
En ciñéndome la espada,
fuí a serviros a la guerra;
que heredar honra es ventura,
y valor es merecella.
Callar quiero mis hazañas
pues que la fama os las cuenta,
y en la tierra las escriben
ríos de sangre agarena.
Habrá, pues, señor, seis años
que en la batalla sangrienta
que tuvimos con los Moros
en Jerez de la Frontera,
militó Don Juan de Luna,
de cuyos rayos pudiera
el mismo sol envidiar
fuego para sus saetas,
porque su valiente espada
era encendido cometa
que a fuego y sangre amenaza
la berberisca potencia.
Al trabar la escaramuza,
con tan animosa fuerza
las huestes de África embisten,
que las de Castilla afrentan.
Desbaratados los nuestros
olvidaron su soberbia,
y aun volvieron las espaldas;
que esto es verdad, si es vergüenza.
Yo, despechado de ver
tan nunca usada flaqueza,
atájelos con la espada,
castiguélos con la lengua.
O se deba a mis razones,
o al valor dellos se deba,
corridos los castellanos
repararon la carrera,
y en nuevo Marte encendidos,
revuelven con tal violencia,
que más pareció el huir
artificio que flaqueza.
Vos, señor, al fin vencistes;
que son los reyes planetas,
y las obras del vasallo
se deben a su influencia.
Pues como yo fuí la causa
de que los nuestros volvieran,
por autor de la vitoria
todo el campo me celebra:
con que en algunos cobardes
la envidia tósigo siembra;
que la pensión de las dichas
es la emulación que engendran.
Juntos, pues, los envidiosos,
a fabricar mis afrentas,
a Don Juan de Luna eligen
para el instrumento dellas.
Solo en su valor confían,
y en la confianza aciertan,
pues a lo que él se atrevió,
nadie, sin él, se atreviera.
Dícenle, para incitallo
a la venganza que intentan,
que de su espada y valor
he hablado mal en su ausencia;
que he dicho que las espaldas
suyas, fueron las primeras,
que vieron los enemigos
en la pasada refriega.
Uno el agravio denuncia,
los otros con él contestan,
y él con falsa información
justamente me condena.
Y estando en corrillo un día
con otros soldados, llega
determinando Don Juan,
diciendo desta manera:
—Yo soy Don Juan, cuya Luna,
de gloriosos rayos llena,
el honor de mis pasados,
con ser inmenso, acrecienta;
vos habéis dicho de mí
que soy cobarde en la guerra,
sabiendo que en valentía
os venzo, como en nobleza.
—¡Mentís en todo!, le dije;
mas húbelo dicho apenas,
cuando le tiró en un guante
a mi honor una saeta;
que si bien no me llegó,
es por la desdicha nuestra
el honor tan delicado,
que del intento se quiebra.
Saqué a vengarme la espada,
y él la suya en su defensa,
que de dos humanos Joves
dos rayos vibrados eran:
y a no impedírnoslo tantos,
no digo yo cuál muriera;
que con ventura se vence,
si con valor se pelea.
Al fin, no pude romper
muros de espadas opuestas;
que aunque el valor las excede,
no las igualan las fuerzas.
Ausentóseme Don Juan,
y yo, en sabiendo quién eran
los autores del engaño
de que resultó mi ofensa,
los dos, de tres, arrojé
al mar desde una galera:
por las bocas me ofendieron,
y entró la muerte por ellas.
El tercero se ausentó;
y a mí el agravio me lleva
buscando a Don Juan de Luna
por varios mares y tierras,
determinado a matar
o morir; y a sus esferas
seis vueltas ha dado el sol
mientras yo al mundo una vuelta.
Supe que estaba en Madrid;
vine y vílo en la ribera
de Manzanares agora;
embestí a vengar mi afrenta;
vino a los brazos conmigo,
donde al hijo de la tierra
en valor y fuerza excede;
pero yo al honor de Tebas.
La daga y brazo levanto,
que ardiente furia gobierna;
y él, viendo que ya en el suelo
ningún remedio le queda,
¡válgame la Virgen! dice:
valga, digo, y la sentencia
revoco en el mismo instante
que al golpe empezado resta.
Este el caso; Don Juan,
pues he hablado en su presencia,
me puede enmendar agora
lo que mi memoria yerra.

JUAN. Este, señor, es el caso.

PRINCIPE. Garci-Ruiz de Alarcón,
claras vuestras obras son;
desde el oriente al ocaso
da envidia vuestra opinión.
Las más ilustres historias
en vuestras altas vitorias
el non plus ultra han tenido;
mas la que hoy ganais, ha sido
plus ultra de humanas glorias.
Vuestra dicha es tan extraña,
que quisiera ¡vive Dios!
más haber hecho la hazaña
que hoy, García, hicistes vos,
que ser Príncipe de España.
Porque Alejandro decía
(¡ved cuanto lo encarecía!)
que más ufano quedaba
si un rendido perdonaba,
que si un imperio rendía.
Que en los pechos valerosos,
bastantes por sí a emprender
los casos dificultosos,
el alcanzar y vencer
consiste en ser venturosos;
mas en que un hombre perdone,
viéndose ya vencedor,
a quien le quitó el honor,
nada la fortuna pone,
todo se debe al valor.
Si vos de matar, García,
tanta costumbre tenéis,
matar ¿que hazaña sería?
Vuestra mayor valentía
viene a ser que no matéis.
En vencer está la gloria,
no en matar; que es vil acción
seguir la airada pasión,
y deslustra la vitoria
la villana ejecución.
Quien venció, pudo dar muerte;
pero quien mató, no es cierto
que pudo vencer; que es suerte
que le sucede al más fuerte,
sin ser vencido, ser muerto.
Y así, no os puede negar
quien más pretenda morder,
que más honra os vino a dar
el vencer y no matar,
que el matar y no vencer.
Dar la muerte al enemigo,
de temello es argumento;
despreciallo es más castigo,
pues que vive a ser testigo
contra sí, del vencimiento.
La vitoria el matador
abrevia, y el que ha sabido
perdonar, la hace mayor,
pues mientras vive el vencido,
venciendo está el vencedor.
Y más donde a cobardía
no puede la emulación
interpretar el perdón.
Pues tiene el mundo, García,
de vos tal satisfacción,
dadme los brazos.

GARCIA.      Señor,
con que a vuestros pies me abaje
premiáis mi hazaña mayor.

PRINCIPE. Esos pide el vasallaje,
y esotros debo al valor.

GARCIA. Como rey sabéis honrar.

PRINCIPE. Alzad, Alarcón, del suelo,
que en el suelo no ha de estar
quien ha sabido obligar
la misma Reina del cielo.
Y que pago considero
por libranza suya, a vos
las honras que daros quiero;
que es el rey un tesorero (Échale los brazos)
que tiene en la tierra Dios.      (Abrázale)
Libre de ser derribado
ahora me juzgo yo;
que bien seré sustentado
de un brazo a quien, levantado,
tal furia no derribó.
Y así, en mi casa, García,
os quedad; desde este día
andemos juntos los dos;
que quiero aprender de vos
la piedad y valentía.
Gentilhombre de mi boca
os hago.

GARCIA.      Dadme esos pies.

PRINCIPE. El servirme de vos es
para vos merced muy poca,
porque es mi propio interés.
Y yo no pretendo hacer
desto premio o beneficio;
porque el cargo ni el oficio,
no premia al que ha menester
el rey para su servicio.
El un hábito escoged
de los tres.

GARCIA.      ¿Cuándo, señor,
serviré tanta merced?

(Arrodíllase Don Juan)

PRINCIPE. Aquesto a vuestro valor
y no a mí, lo agradeced.
Lo mucho que habeis servido,
el hábito manifiesta.
Pues ¿qué merced habrá sido
la que a mí nada me cuesta
y vos habéis merecido?—
¿Por qué estás, Don Juan, así?

JUAN. Estas honras que le das
a Garci-Ruiz por mí,
agradezco.

PRINCIPE.      Debo más
a quien hoy me ha dado a ti.

A pagarle me apercibo
esta vida con que vivo,
en la que hoy, Don Juan, te dió;
que eres, amigo, otro yo,
y en tí la vida recibo.
A todos sabes honrar.


[ESCENA X]


Sale el paje GERARDO; apártase el PRINCIPE con el paje, y hablan
aparte GARCIA y DON JUAN.

[GERARDO.—EL PRINCIPE, GARCIA, DON JUAN]

PRINCIPE. ¿Qué hay, Gerardo?

GERARDO.      A vuestra Alteza
aparte quisiera hablar.
[Desvíase el Príncipe con el paje, y hablan aparte
García y Don Juan.]

JUAN. Merece vuestra nobleza
tan soberano lugar.

GARCIA. Un deudor en mí tenéis
de las honras que hoy recibo.

JUAN. Cuando a merced vuestra vivo,
nada deberle podéis
por ley a vuestro cautivo.
Mas donde el sujeto es tal,
no tanto estiméis que aplique
el ánimo liberal
el Príncipe Don Enrique
a haceros merced igual;
porque en su real persona
puso el cielo tal nobleza,
benignidad y largueza,
que hoy os diera su corona,
a tenerla en la cabeza.

PRINCIPE. (Ap.) Confuso estoy.
¿Qué he de hacer?
¿Al que tanto agora honré
tengo al punto de prender?
Pues dejar de obedecer
a Anarda, ¿cómo podré?
¡Oh fuero de amor injusto!
¿A tan heroico varón
hacer tal agravio es justo,
por sólo el liviano gusto
de una mujer sin razón?
Pero prendello, ¿qué importa,
si luego le he de soltar,
y a mí me viene a librar
su prisión liviana y corta
de un largo enojo y pesar?
Pero tengo por mejor,
por mostrarme poco amante
sufrir de Anarda el rigor,
que dar nota de inconstante
a un hombre de tal valor.
Mas si la causa le digo,
bien disculpará el efeto.
No me tendrá por discreto,
si aun no empieza a ser mi amigo
cuando le fío un secreto.
Mas ya sé lo que he de hacer.—
Vedme esta noche, García.

GARCIA. Vuestro soy.

PRINCIPE.      Habéis de ver
a mi padre, que poner
vuestra persona querría
en el estado que cuadre
al valor que en vos se ve.

GARCIA. Con serviros lo tendré.

PRINCIPE. Esta noche de mi padre
el hábito alcanzaré.      (Vase.)

JUAN. Ya con él os miro yo;
que el rey Don Juan a su Alteza
nada jamás le negó;
que de su padre heredó
el Príncipe la largueza.      (Vase.)

GARCIA. En mar sangriento de cruel venganza,
de rabia, de ira y de coraje lleno,
corrí tormenta, de esperanza ajeno
de llegar en mi estado a ver bonanza.
Y un súbito accidente, una mudanza
el pecho libra de mortal veneno,
y el que en mi agravio a mi furor condeno,
en el perdón produce mi esperanza.
No la privanza me movió futura;
que fortuna en sus obras desiguales
no hace de los méritos memoria;
mas debo a mi piedad esta ventura;
y por lo menos en hazañas tales,
de la gentil acción queda la gloria.      (Vase.)


[ESCENA XI]


[Calle en que vive Anarda.—Es de noche.]

Sale HERNANDO, con capa y sombrero viejo; INÉS.

HERNANDO. Tu nombre saber deseo.

INÉS. Inés.

HERNANDO.      Decirte podré
según en mí no sé qué
siento después que te veo.
Un poco te quiero, Inés.

INÉS. A lo menos no dirás,
pues que ya dicho lo has,
yo te lo diré después.

HERNANDO. La lengua en amor osada
es más dichosa y más cuerda;
porque la mula que es lerda
tarde llega a la posada.
Enfermo es quien tiene amor,
y es el doctor el amado;
pues ¿cómo será curado
quien su mal calla al dotor?


[ESCENA XII]


Salen EL CONDE y LEONARDO, de noche.—

[HERNANDO, INÉS.]

LEONARDO. Ocupada está la puerta.

CONDE. Reconocer determino.

LEONARDO. El celoso desatino
tus acciones desconcierta.

CONDE. No me repliques. ¿Quién es?

INÉS. [Ap]
(Este es el Conde.) Inés soy,
que gozando el fresco estoy.

CONDE. No hablo contigo, Inés,
sino con aquese hidalgo.

INÉS. Un soldado es, que llegó,
como a la puerta me vió,
a pedir por Dios.

HERNANDO.      Dad algo
para pagar la posada,
caballeros, a un soldado
desvergonzante y honrado,
que trae la pierna colgada
y tiene un brazo torcido,
por amor de...

LEONARDO.      Perdonad.

HERNANDO. Miren la necesidad
con que, por Dios, se lo pido.

CONDE. ¿Queréis no ser majadero?

HERNANDO. ¿Así a un pobre se responde?
(Ap. ¿Este es conde? Sí: éste esconde
la calidad y el dinero.) (Vase.)


[ESCENA XIII]


[EL CONDE, LEONARDO, INÉS.]

CONDE. Hermana Inés, no concierta
con el honor desta casa
ver, quien a tal hora pasa,
hombres hablando a su puerta.

INÉS. Un mendigo remendado
que por Dios llega a pedir
¿qué puede dar que decir?

CONDE. Un tercero, disfrazado
de mendigo, busca así
la ocasión a su mensaje,
y a estas horas el mal traje
no se ve, y el hombre sí;
y a estar vos, como es razón,
encerrada en vuestra casa,
al mendigo y al que pasa
quitárades la ocasión.

INÉS. No sé yo, por vida mía,
desde cuándo acá o por dónde
le ha tocado, señor Conde,
el cargo a vueseñoría
de alcaide o de guardadamas
desta casa. ¿Qué marido,
padre o galán admitido
es de alguna de mis amas,
para que las guarde así?

CONDE. ¡Vive el cielo, que a no ser
de aquesta casa y mujer!...

LEONARDO. Calla, Inés, ¿estás en ti?
¿Así te atreves al Conde?

INÉS. Y al mismo rey me atreviera,
si tanta ocasión me diera.
Quien por su dueño responde
se atreve muy justamente.
Pero yo le diré a Anarda
que el Conde su puerta guarda,
para que el remedio intente.           (Vase.)


[ESCENA XIV]


[EL CONDE, LEONARDO.]

LEONARDO. Perdido vas.

CONDE.      Tal estoy
de celoso y desdeñado,
que ya de desesperado
en nuevos intentos doy.
Ya que no puedo obligar,
vengarme sólo deseo,
que estas visiones que veo,
la materia me han de dar.
El mozo que hoy en el río
las habló y siguió después;
hallar a la puerta a Inés
y hablarme con tanto brío;
de Anarda el airado ceño
hoy, porque al coche llegué:
todo dice, o nada sé,
que esta casa tiene dueño.

LEONARDO. ¿Eso dudas?

CONDE.      De inquirirlo
y darles pesares trato.

LEONARDO. No le saldrá muy barato,
si tú dasen perseguirlo,
al pobre amante el favor.

CONDE. Tenga disgustos al peso
que los tengo.

LEONARDO.      Para eso
te hizo Dios tan gran señor;
pagúela quien te la hiciere.

CONDE. Bien es, para tales hechos,
vestir de acero los pechos.

LEONARDO. Quien dar pesadumbres quiere
ha de vivir con cuidado.

CONDE. Vamos por armas, que el día
ha de hallarme aquí en espía,
Leonardo, hasta ser vengado.      (Vanse.)


[ESCENA XV]


Salen GARCIA y HERNANDO, de noche.

GARCIA. Prosigue.

HERNANDO.      Llegóse a mí
el dicho conde Mauricio,
como ve que sigo el coche,
y pregúntame a quién sirvo.
Digo que a nadie. Él replica:
de dónde soy conocido
de aquellas damas que hablaba,
y por qué ocasión las sigo.
Que ni sigo ni conozco,
le respondo y certifico.—
Pues no os tope yo otra vez
a vista del coche (dijo),
o a palos haré mataros.—
Yo me aparto, y a un mendigo,
que limosna entre los coches
pidiendo andaba en el río,
mi capa y sombrero doy,
y estos andrajos le pido,
con que, si me ves de día,
oso engañarte a tí mismo.
Con esto, y con que la noche
también ayuda nos hizo,
las seguí, y entré en su casa,
de que estamos tan vecinos,
que es esta que estás mirando,
cuyo soberbio edificio
avaramente publica
los tesoros escondidos.
Hablé con ellas; y al fin,
la que ser Lucrecia dijo,
me dió de tenerte amor,
si honestos, claros indicios.
Pregunta tu casa, y yo
con decilla me despido;
de mi humor dicen que gustan,
mas yo, que a tu amor lo aplico,
me di al disfrazado brindis
de "a más ver" por entendido.
A Inés, secretaria suya,
mandan que salga conmigo
hasta dejarme en la calle,
cosa bien fuera de estilo,
pero no de la intención,
que presumo y averiguo
que fué, porque yo de Inés
me informase en el camino
de lo que ellas me negaron:
lance de amor conocido.
Supe que era el nombre Anarda,
y Girón el apellido
de la que Doña Lucrecia
Chacón nombrarse me dijo.
La otra es su prima, Julia
su nombre, y un viejo tío
es el curador y el Argos
destas dos huérfanas Ios;
ambas por casar, y tienen
dos mayorazgos muy ricos
con que puede hacer dichoso
cada cual a su marido.
Ciertas esperanzas mías
dieron con esto en vacío,
y a Inés, envuelta en donairos,
una flecha de amor tiro.
Llegamos así a la puerta,
donde con celoso brío
se llegó a reconocerme,
determinando, Mauricio.
Dice que un mendigo soy
Inés; yo fínjolo al vivo.
Él responde: no hay que daros;
yo, a fuer de pobre, porfío.
Enfadóse, fuíme, halléte
en la posada, salimos,
las mercedes me contaste,
que hoy el Príncipe te hizo:
llegamos aquí, paramos...
Con que en breve suma he dicho
cuanto he hecho desde el punto
que me dejaste en el río.

GARCIA. De los favores de Anarda
y los celos de Mauricio,
me forman los pensamientos
un confuso laberinto.
Hernando, perdido estoy.
No sé qué poder divino
tiene Anarda, que en un punto
me arrebató los sentidos.
Tal estoy, que no me alegran
los favores que hoy me hizo
Su Alteza; que los de Anarda
sólo quiero y sólo estimo.
Juzga, pues, cuál me tendrán
las licencias de Mauricio;
que mucho tiene de dueño
quien cela tan atrevido.

HERNANDO. Advierte que a una ventana
dos personas han salido.


[ESCENA XVI]


Salen ANARDA e INÉS a la ventana.
[ANARDA, INÉS, GARCIA, HERNANDO].

ANARDA. Dos son.

INÉS.      El Conde y Leonardo
siguen el intento mismo.

ANARDA. ¿Es el Conde?

GARCIA.      El Conde soy.
(Ap.) (A mi muerte me apercibo;
pero venid, desengaño;
que cuanto os temo os estimo.)
Aparta; que las verdades [a Hernando.]
de amor no quieren testigos,
y saber estas deseo.

HERNANDO. A esa esquina me retiro.      (Vase)


[ESCENA XVII]


[GARCIA, ANARDA, INÉS.]

ANARDA. Conde, a vuestro atrevimiento
y grosera demasía,
ni conviene cortesía
ni es cordura el sufrimiento.
¿En qué favor fundamento
el guardarme así ha tenido?
A quien nunca fué admitido
pretendiente ni galán,
decid: ¿qué leyes le dan
las licencias de marido?
Si con tanta libertad
guardáis mi puerta y mi calle,
¿quién hará al vulgo que calle,
o estime mi honestidad?
Si bien me queréis, mirad
mi fama y reputación
que es forzosa obligación
que al bien amar corresponde.


[ESCENA XVIII]


Salen EL CONDE y LEONARDO, armados, y el CONDE
escucha a ANARDA.

[EL CONDE, LEONARDO, GARCIA, ANARDA, INÉS.]

ANARDA. Y si no me queréis, Conde,
dejadme en este rincón.

[El Conde escucha a Anarda]

Y si os pretendéis vengar,
con eso, de mi desden,
sabed que el no querer bien
no ofende, ni obliga a amar;
que inclinar o no inclinar
sólo lo puede el amor.
Y si el veros tan señor
esfuerza vuestra malicia,
el Rey sabe hacer justicia,
y yo sé tener valor. [Retíranse las dos.] (Vase)

CONDE. (Ap.) Huélgome; que no soy yo
solamente el desdeñado.

GARCIA. (Ap.) La vida mi amor ha hallado
donde la muerte esperó.

CONDE. (Ap.) ¡Pobre amante!

LEONARDO. [Hablando aparte con su amo.]
¿Muere, o no?

CONDE. Viva, pues vive penando.


[ESCENA XIX]


Sale HERNANDO.

[HERNANDO, GARCIA, EL CONDE, LEONARDO.]

HERNANDO. [Llegándose a su amo y hablándole aparte.]
¿Qué tenemos?

GARCIA.      Vida, Hernando:
el Conde muere.

HERNANDO.      Con esto
¿cenaremos?

GARCIA.      Vamos presto;
que está el Príncipe esperando.      (Vanse.)


[ESCENA XX]


[EL CONDE, LEONARDO.]

CONDE. Sospecho que no hago bien,
Leonardo, en no conocello.
Si es mi igual, sacaré dello
el consuelo a mi desdén,
y a lo menos sabré quién
no ha de causarme cuidado.
Vamos tras él.

LEONARDO.      Acosado
toro embestimos, señor;
que aun sospecho que es peor
un amante desdeñado.      (Vanse.)




ACTO SEGUNDO


[Cámara del Príncipe en el Alcázar de Madrid.]


[ESCENA PRIMERA]


Salen EL PRINCIPE, GARCIA, DON JUAN, GERARDO y
HERNANDO, de noche.

PRINCIPE. De lo que el Rey os ha honrado,
que me deis gracias no es bien,
Alarcón, mas parabien,
pues tanto gusto me ha dado.

GARCIA. Vuestro soy.

PRINCIPE.      Decid amigo;
mostrarlo puede el efeto,
pues mi más alto secreto
a declararos me obligo.
No me tengáis por liviano
por mostraros presto el pecho,
porque estoy muy satisfecho
que con vos nunca es temprano.
Y así, justamente digo
que os puedo dar parte dél;
que ha mucho que sois fiel,
si ha poco que sois amigo.
Mas pues quiero daros hoy
la llave del alma mía,
de mi cámara, García,
también con ella os la doy.

GARCIA. No sólo no he de poder
serviros merced tan alta;
mas aun a la lengua falta
el modo de agradecer.

PRINCIPE. Alzad.

JUAN.      Los brazos os doy,
alegre de que su Alteza
honre así vuestra nobleza.

GARCIA. Sois amigo, y vuestro soy.

JUAN. A Vuestra Alteza, señor,
los pies beso agradecido,
pues honra tanto al vencido
cuanto honrare al vencedor.

PRINCIPE. Bien, Don Juan, sabéis mostrar
vuestro hidalgo corazón,
pues no os causa emulación
la competencia en privar.
Y con eso ganáis tanto,
que en mi gracia os levantáis
al paso que os alegráis
de lo que a Alarcón levanto.
No por su privanza viene
mi amor a menos con vos,
porque es el rey como Dios,
que muchos privados tiene.
Y así, cuanto estas acciones
muestran en vos más valor,
tanto a vuestro vencedor
tengo más obligaciones.
Que cuando no le pagara
la vida que en vos me dió,
porque a tal hombre venció,
con justa razón le honrara.

GARCIA. A la esperanza, señor,
vuestros favores exceden.

PRINCIPE. Esos criados se queden.

JUAN. El Príncipe, mi señor,
manda que os quedéis.      (Vase Gerardo.)

GARCIA.      [Hablando aparte con Hernando.]
Hernando,
en nuestra calle me aguarda,
y mientras no voy, a Anarda
te encargo.

HERNANDO.      ¿Estaré velando?

GARCIA. Nunca tan necio has estado.

HERNANDO. ¿Y dormir?

GARCIA.      Dormir de día.
[Vanse el Príncipe, García y Don Juan.]


[ESCENA II]


[HERNANDO.]

Temprano, por vida mía,
en el uso hemos entrado.
Alto; somos de palacio;
trasnochar, ir a dormir
al amanecer, vivir
de prisa, y morir de espacio.
Si el cielo no lo remedia,
la sátira encaja aquí;
mas no ha de haber cosa en mí
de lacayo de comedia.
¡Cuál a la corte pusiera
algún poeta, si el caso
y el lacayo en este paso
de la comedia tuviera!
¡Cuál pusiera yo a su Alteza!
¡Qué libremente le hablara,
y qué poco respetara
su poder y su grandeza!
¡Luego me apartara dellos,
cuando a graves cosas van
él y mi amo y Don Juan!
¡Mal año! por los cabellos
de otra parte me trajera,
y en todo el caso me hallara,
que el Príncipe aun no fiara
quizá a los dos, si pudiera.
Y estando en lo más famoso,
grave, fuerte y apretado,
saliera el señor criado
con un cuento muy mohoso,
o una fábula pueril
de la zorra y el león,
y la más alta cuestión
concluyera un hombre vil.
No, no; el criado servir;
con el rey la gente grave;
aconsejar el que sabe,
y el que predica reñir. (Vase.)


[ESCENA III]


[Calle en que vive Anarda.—Es de noche.]

[EL PRINCIPE, GARCIA, DON JUAN.]

PRINCIPE. Pensé que un pecho tan fuerte
como el vuestro triunfaría
del amor tierno, García.

GARCIA. Iguala amor a la muerte.

PRINCIPE. Militares embarazos
a muchos dél defendieron.

GARCIA. Al dios Marte no valieron
contra los venéreos lazos.

PRINCIPE. ¿No os admirará en efeto
deciros que amo, García?

GARCIA. No, porque ya lo sabía.

PRINCIPE. ¿Cómo?

GARCIA.      Sé que sois discreto.

PRINCIPE. ¡Qué bien sabéis consolar!

JUAN. Es su consecuencia clara,
puesto que amor se compara
a la piedra de amolar,
en que el más agudo acero
da a sus filos perfección.

PRINCIPE. Esta es la calle, Alarcón,
en que vive por quien muero.

GARCIA. (Ap.) ¿Qué es esto? Ya el niño Amor
destas sombras se acobarda,
y la hermosura de Anarda
hace cierto mi temor.

PRINCIPE. Esta es la casa.

GARCIA.      (Ap.) ¡Ay de mí!

PRINCIPE. Haz la seña. Mas detente;
que el recato es conveniente,
y pienso que hay gente allí.

JUAN. La calle despejaré.

PRINCIPE. Tú no; que presumirán,
si eres la flecha, Don Juan,
que soy yo quien la tiré.
Vaya Alarcón.

GARCIA.      Voy, señor.

PRINCIPE. En esta esquina os espero.

(Vanse él [Príncipe] y Don Juan.)


[ESCENA IV]


GARCIA. ¿Para qué, fortuna, quiero
con tal pensión tu favor?
¿De qué sirve la privanza?
Mercedes y honras ¿de qué?
Todas te las trocaré
a esta perdida esperanza.
¡Cuál iba yo, viento en popa!
Fortuna, ya te entendí;
que con más ímpetu así
la nave en la peña topa.
El fin traidor has mostrado
con que en levantarme das;
que para que sienta más,
me has hecho más delicado.
Dándome honrosos despojos
llegas con rostro de paz,
por arrojarme el agraz
en las niñas de los ojos.
¿Qué es privanza, qué es honor,
qué es la vitoriosa palma,
si en lo más vivo del alma
ejecutas tu rigor?
Hoy la mayor alegría
y el mayor pesar me has dado;
de dichoso y desdichado
soy ejemplo en solo un día
Pero quizá Anarda bella
no tiene al Príncipe amor.
¿Qué importa? Él es mi señor,
y tiene su amor en ella.
No tocan a la lealtad
las ofensas de quien ama;
mas ya su amigo me llama,
y me obliga la amistad.
¿De qué sutiles razones,
deseo, os queréis valer?
¿Alarcón ha de poner
la lealtad en opiniones?
Deseo, o morid en mí,
o matad conmigo a vos,
porque o vos o ambos a dos
hemos de morir aquí.
Llegad, corazón fiel;
venza al amor la lealtad;
el paso al cielo allanad
a quien os derriba dél.


[ESCENA V]


Salen HERNANDO, huyendo con la espada en la mano y tras él
MAURICIO y LEONARDO.

[HERNANDO, EL CONDE, LEONARDO, GARCIA.]

HERNANDO. A no ser tantos, yo sé
si me causaran temor.

GARCIA. ¿Es Hernando?

HERNANDO.      ¿Es mi señor?

GARCIA. ¿Qué ha sido?

HERNANDO.      Desde que entré
en aquesta calle a hacer
lo que me has encomendado,
los de esa cuadrilla han dado
en que me han de conocer.
Porque no me descubrí,
dieron tras mí a cuchilladas,
y mil montantes y espadas
llovió el cielo sobre mí.

GARCIA. Dos solos diviso yo.

HERNANDO. ¿Dos?

GARCIA.      No más.

HERNANDO.      Pues no habrá más.

GARCIA. ¡Qué trocado, Hernando, estás!
¿Ya tu valor se acabó?

HERNANDO. Tanto son dos como mil
contra aquel que solo está.

GARCIA. ¿Y quién será?

HERNANDO.      ¿Quién será
sino quien hecho alguacil
nos reconoció, señor?

GARCIA. ¿El conde Mauricio?

HERNANDO.      El Conde.

GARCIA. Aquí, si mal me responde,
me conocerá mejor.      (Llégase a él.)
Si acaso algunas mercedes
alcanza la cortesía,
por ella, hidalgos, querría
poder con vuesas mercedes
que den lugar por un rato
a cierto amante secreto,
que debe al alto sujeto
de su amor este recato;
que él les dejará después
toda la noche la calle.

CONDE. (Ap. los dos.)
Este, en la voz y en el talle,
es Garci-Ruiz.

LEONARDO.      Él es.

CONDE. ¡Pues a buen puerto ha llegado!
Vos pedís bien justa cosa, [A García.]
pero muy dificultosa;
que soy ministro, y mandado
de un superior en mi oficio,
que de aquí no haga ausencia,
para cierta diligencia
que importa al real servicio.
A mí me pesa por cierto
de no poderos servir;
pero que no he de impedir
vuestros amores, advierto;
porque callar os prometo;
de más de que es caso llano
que de la justicia es vano
querer encubrir secreto,
que al sol nada se le esconde.

HERNANDO. (Ap.) [con su amo]
Él prosigue su artificio.

GARCIA. ¿Estás cierto en que es Mauricio?

HERNANDO. Digo, señor, que es el Conde.

GARCIA. Hidalgo, o seáis justicia
y aquí negocios tengáis,
o ser ministro finjáis
con cautelosa malicia,
lo que pido haced, que es justo.

CONDE. Que no puedo he dicho ya.

GARCIA. Ya en conseguillo me va
más reputación que gusto;
porque quien llega a pedir
lo que no es justo negar,
no deja elección al dar,
y se obliga a conseguir.

CONDE. ¿Qué queréis decir con eso?

GARCIA. ¿Aun no lo habéis entendido?
Que habéis de hacer lo que os pido,
o obligarme a algún exceso.

CONDE. No os arriesguéis a un gran daño,
por la que, según entiendo,
no os quiere.

GARCIA.      Yo estoy pidiendo
lugar y no desengaño.
Esto haced, y no os metáis
en consejos, ni mostréis
que conocido me habéis,
porque a mucho me obligáis.

CONDE. Que os conozca o no, os prometo
que es imposible dejaros
la calle sola.

GARCIA.      ¿En estaros
os resolvéis, en efeto?

CONDE. Aquí me ha de hallar el día.

GARCIA. Pues procedéis tan grosero,
podrá con vos el acero
lo que no la cortesía.

(Sacan todos las espadas y riñen.)

HERNANDO. ¡Pese a tal! Agora sí
me entenderé yo con vos,
que nos vemos dos a dos.
¿Broquelicos para mí?

CONDE. Herido estoy.

GARCIA.      Yo me holgara,
sin heriros, de obligaros;
mas a vos podéis culparos.

CONDE. La fuerza me desampara;
sin duda es mortal la herida.

GARCIA. Que me pesa, sabe Dios.—
[A Hernando, que riñe con Leonardo.]
Tente.—Yo fuera con vos (Al Conde.)
cuidando de vuestra vida,
a poder faltar de aquí.

CONDE. Indicios de noble dáis.

GARCIA. Por mucho que lo seáis,
con igual pecho os herí.

LEONARDO. ¡Ah! ¡pese a quien me parió!

(Vanse Leonardo y el Conde.)


[ESCENA VI]


Salen EL PRINCIPE y DON JUAN, alborotados.

[EL PRINCIPE, DON JUAN, GARCIA, HERNANDO.]

PRINCIPE. En la vida de García
se arriesga, Don Juan, la mía.

JUAN. ¿No basta que vaya yo?

PRINCIPE. No basta; que no sabemos
cuántos los contrarios son.

JUAN. Yo soy Luna, él Alarcón,
que por un millón valemos.
Mas pienso que viene aquí.

PRINCIPE. ¡García!

GARCIA.      Señor.

PRINCIPE.      ¿Qué ha sido?

GARCIA. ¿Qué, señor?

PRINCIPE.      ¿Ese ruido
de cuchilladas que oí?

GARCIA. Lo que fué, que no fué nada;
después, señor, lo diré.
Agora, pues que se ve
la calle desocupada,
logre el tiempo vuestra Alteza.
[Hablando aparte con el criado.]

En casa me espera Hernando.

HERNANDO.
¡Vive Dios que estoy temblando!

GARCIA. Nunca has mostrado flaqueza
sino en la corte.

HERNANDO.      Señor,
tú dices que nada ha sido
haber a Mauricio herido,
y puedes; que en el amor
del Príncipe estás fiado;
mas a mí el pesar me ahoga;
que sé que siempre la soga
quiebra por lo más delgado.

GARCIA. De tu temor me averguenzo.

HERNANDO. Hay alcalde que de balde,
por sólo hacer del alcalde,
me pondrá de San Lorenzo.

GARCIA. Antes a mí me mataran;
que a los ingratos no imito,
que animan para el delito,
y en la pena desamparan.
Véte, y duerme descuidado.
(Entre tanto hace la seña Don Juan.)

HERNANDO. ¿A qué no obliga tu amor?
Bien dicen que el buen señor
es quien hace buen criado.      (Vase.)

PRINCIPE. ¿Si habrán oído?


[ESCENA VII]


Sale INÉS, a la ventana.

[EL PRINCIPE, GARCIA, DON JUAN, INÉS.]

JUAN.      Ya están
a la ventana.

INÉS.      ¿Quién es?

PRINCIPE. Inés parece.

JUAN.      ¿Es Inés?

INÉS. ¿Quién lo pregunta?

JUAN.      Don Juan.
A Anarda le dí que está
su Alteza aguardando aquí.

PRINCIPE. Sin esperanza, le dí.

Vase Inés [de la ventana.]

¡Válgame Dios! ¿si saldrá?
Decidme que sí, y con eso
no me matará el temor.

JUAN. Yo tuviera por mejor
prometerte el mal suceso,
y así tendrás más colmado,
si Anarda sale, el contento;
y si no, será el tormento
mucho menor, esperado.

GARCIA. (Ap.) ¡Ah Dios!
¡qué dulce esperanza
gané y perdí en sólo un día!
¡qué propia ventura mía
en la ligera mudanza!
Pero quizá... ¡No hay quizá!
"Haced," el Príncipe dijo,
"la seña," de que colijo
que es dueño de Anarda ya;
que amistad hay asentada
donde hay seña conocida;
y pues tan presto fué oída,
bien se ve que fué esperada.


[ESCENA VIII]


Salen ANARDA y JULIA a la ventana.

[ANARDA, JULIA, EL PRINCIPE, GARCIA, DON JUAN.]

ANARDA. [Ap. con Julia.]
Yo salgo, esta es la verdad,
por el forastero, prima;
que su prisión me lastima,
si temo su libertad.

JULIA. ¡Qué perdida estás!

ANARDA.              De amor
hasta agora no he sabido.

JULIA. Tarde, mas bien, te ha cogido.
(Ap. Sabe Dios que estoy peor.)

ANARDA. ¡Ah, caballero!

PRINCIPE.      Señora,
¿sois Anarda?

ANARDA.      Anarda soy.

PRINCIPE. Perdonad, mi bien, si os doy
aqueste disgusto ahora,
impidiendo el venturoso
sueño que ocupando estaba,
por el descanso que os daba
en cambio ese cuerpo hermoso;
que tanto el susto he sentido,
que hoy en el río tuvistes,
que hasta ver cómo volvistes,
volver en mí no he podido.
¿Cómo estáis? ¿Quitóse ya
aquel alboroto?

ANARDA.      En mí
nunca, Príncipe, sentí
lo que de entonces acá;
que hizo en mí tal impresión
el forastero atrevido,
que presente lo he tenido
siempre en la imaginación.

GARCIA. (Ap.)
¡Ah Dios, si fuese de amor!

ANARDA. Mas lo que me ha sosegado
es pensar que aprisionado,
como os supliqué, señor,
lo tenéis, para que así
no se vaya sin pagarme.

GARCIA. (Ap.)

No es este efecto de amarme:
ya de mi engaño salí.
Cuanto de mí se informó,
fué por trazar su venganza,
y mi engañosa esperanza
a favor lo atribuyó.

PRINCIPE. De un yerro que cometí
contra vos, hermosa Anarda,
mi amor el perdón aguarda.

ANARDA. ¿Cómo?

PRINCIPE.      No os obedecí.

ANARDA. ¿Luego sin pena quedó
el forastero atrevido?

PRINCIPE. Y aun con premio bien debido
a las nuevas que me dió.

ANARDA. (Ap.) ¡Ay de mí!

JULIA. (Ap.) Perdida soy.

ANARDA. ¿Esa es la fe y la fineza
que le debí a Vuestra Alteza?
Bien desengañada estoy.
¡La primer cosa que pido,
en que estribaba mi gusto,
y más cuando era tan justo
castigar a un atrevido,
no he podido merecer!

PRINCIPE. Vos lo causastes, por Dios,
porque a vos sólo por vos
dejara de obedecer;
que como ser, entendí
vos, causa de aquel exceso,
con que tan fuera de seso
de pena y celos me ví,
quedé de gusto tan loco
con saber que me engañé,
que para albricias juzgué
ser todo mi reino poco.

ANARDA. Obedecer es fineza.
(Ap. Muerta soy, si se ausentó.)
Señor, mi tío tosió:
perdóneme Vuestra Alteza;
que su recato y rigor
me prohibe este lugar.

PRINCIPE. Primero habéis de escuchar
el descargo de mi error;
que para que no culpéis
del todo mi inobediencia,
lo traigo a vuestra presencia
a que vos lo castiguéis.

ANARDA. ¿Qué decís?

PRINCIPE.          Que traigo aquí
al forastero conmigo,
sujeto a vuestro castigo.

ANARDA. Aun podré pensar así
que habéis mi gusto estimado.

GARCIA. En fin ¡qué! ¿perdón no espero
de un error de forastero
y de un furor de agraviado?

PRINCIPE. Perdonad, por vida mía,
pues lo conoce, su error.

ANARDA. Cuando no al intercesor,
a su humildad se debía.

PRINCIPE. Pues con eso, dueño mío,
obedezco en dejaros.

ANARDA. Bien podéis, señor, estaros;
que ya no tose mi tío.

PRINCIPE. ¿Como es posible que tanto
favor haya yo alcanzado?

ANARDA. (Ap.)
La fiesta habéis celebrado;
mas habéis errado el santo.

GARCIA. (Ap.)
Que tiene al Príncipe amor,
bien claramente se ve.
Mas ¡necio yo! ¿qué esperé,
si es tal el competidor?

PRINCIPE. ¿Cómo, Julia, no me dais
el parabién del favor?

JULIA. Por no impediros, señor,
cuando de Anarda gozáis.

JUAN. A lo menos, por no dar
con su voz gloria a mi oído.

JULIA. Siempre, Don Juan, habéis sido
desconfiado en amar.

JUAN. Esto tengo de discreto:
y a Dios, ingrata, pluguiera
que otra causa no tuviera
un tan desdichado efeto.

GARCIA. (Ap.)
Los dos aman a las dos;
con tal liga y artificio
seguro va el edificio.

ANARDA. ¿Cómo trajistes con vos
al forastero, señor?
A quien mañana se irá,
¿tan fácilmente se da
noticia de nuestro amor?
(Ap. las dos. Así le pregunto, prima,
del forastero el estado.)

JULIA. ¡Qué bien tu intento has guiado!

PRINCIPE. No os tengo en tan poca estima,
que lo que os ama mi pecho
tan fácil le haya fiado.
En mi servicio ha quedado;
de mi cámara lo he hecho.

ANARDA. (Ap. a ella.) ¡Ah Julia! dichosa soy.

JULIA. Déjame, no me diviertas
de Don Juan. (Ap. Sin que me adviertas
atenta a mi dicha estoy.)

GARCIA. Gente viene.

PRINCIPE.    Anarda, adiós;
que miro por vuestra fama.

ANARDA. Así obliga quien bien ama.

JUAN. Adiós.

JULIA.    Él vaya con vos.

ANARDA. Caballero forastero,
de que os quedéis en palacio
con el Príncipe, de espacio
el parabién daros quiero.

GARCIA. Ya con eso lo recibo.

(Vanse las damas.)


[ESCENA IX]


[EL PRINCIPE, DON JUAN, GARCIA.]

PRINCIPE. Sin duda ha estado, García,
en vuestra dicha la mía;
que nunca en el pecho esquivo
de Anarda, señal de amor,
como aquesta noche, ví.

GARCIA. (Ap.)
¿Mas si fuese para mi,
sobre escrito a ti, el favor?

PRINCIPE. "Bien podéis, señor, estaros",
dijo, queriendo partirme.

JUAN. De que paga tu amor firme
ha dado indicios bien claros.

GARCIA. (Ap..)
Cuando el Príncipe le dijo
que estaba presente yo,
gusto de estarse mostró:
con justa razón colijo,
pues antes irse quería,
que yo su rémora he sido.
Nueva esperanza ha nacido
de la ya ceniza fría.

PRINCIPE. Agora podéis contar,
Garci-Ruiz, lo que fué
aquel ruido.

GARCIA.    Llegué,
pedí que diesen lugar
a un amante; no quisieron,
por más que rogué importuno;
saqué la espada, herí al uno,
y con aquello se fueron.

PRINCIPE. Mal hicistes: cuando envío,
Alarcón, a despejar,
es por bien; no ha de costar
sangre de vasallo mío.

GARCIA. No quiso por bien.

PRINCIPE.    Dejallo.

GARCIA. El gusto vuestro estorbaba.

PRINCIPE. Menos mi gusto importaba
que la salud de un vasallo.

GARCIA. Yo erré por ser obediente.

PRINCIPE. Cerca estaba yo; volver
y tomar mi parecer.
Quien sirve ha de ser prudente.

(Vanse el Príncipe y Don Juan.)


[ESCENA X]


[GARCIA.]

¿En servir hay esta vida?
¿Esta gloria en la privanza?
¿En tan ligera mudanza
hay tan pesada caída?
¡Que haya sido error en mí
lo que fineza juzgué!
¡Cuando la vida arriesgué
por agradar, ofendí!
¡Fuerte caso, dura ley,
que haya de ser el privado
un astrólogo, colgado
de los aspectos del rey!
Hoy benévolo le ví,
y hoy contrario vuelve a estar:
ganélo con no matar,
y con matar lo perdí.
¿Qué es esto? ¿Pruebas conmigo
tus variedades, fortuna?
Hoy era Don Juan de Luna
mi más odioso enemigo;
hoy es ya mi amigo, y hoy
yo mismo vida le di;
hoy al Conde conocí,
y ya su homicida soy.
Hoy ví a Anarda, y hoy la amé;
hoy creí que era querido,
hoy la esperanza he perdido,
y hoy a cobrarla torné.
Hoy me vió el Príncipe, y hoy
me ví al más sublime estado,
de su favor levantado,
y ya derribado estoy
en un infierno profundo
de temor y de ansia fiera.
Paciencia; desta manera
son los favores del mundo.    (Vase.)

[Sala en casa de Anarda.]


[ESCENA XI]


Salen DON DIEGO, ANARDA y JULIA.

DIEGO. Enemigas: ¿es razón
que así la fama perdáis,
y la heredada opinión
de Pacheco y de Girón
en tan vil precio tengáis?
¿Es bien que el Conde, atrevido,
me diga en mis propias canas,
cuando voy a verle herido,
que mis sobrinas livianas
la causa del daño han sido?

ANARDA. ¿Nosotras?

DIEGO.    Vosotras, pues.

ANARDA. De desangrado delira.

DIEGO. Pues si la causa es mentira,
por lo menos verdad es
el efeto de su ira.
Dice que él no conoció
ni ha dado ocasión a quien
en nuestra calle le hirió;
mas al menos sabe bien
que desta causa nació.
Y así sus deudas conjura,
y en nuestra sangre agraviado
vengar su herida procura,
si tu mano no le c