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Miguel de Unamuno – Al Nervión

Una vez más, Bilbao, sobre tu seno
maternal descansando mi cabeza
vuelvo a soñar la vida de esperanzas
y ensueños juveniles
que me conservas.
Esas nubes que embozan las montañas,
seto de mi primer visión del mundo,
las nubes son en que atisbé visiones
de allende el valle humano…
¿serán de lágrimas?
En las sombrías hoces de tus calles,
de la lluvia al reflejo ojos humanos
con mis ojos mejieron sus miradas,
ansiosas de alimento
de formas vivas.
¡Oh mis calles de sombra y de recuerdos,
encañadas henchidas de rumores
de abismos de la vida; el río humano
de que sois hondo cauce
tajado a siglos,
se lleva derretidos en su curso
mis goces y mis penas; vuestras aguas
bajo el agua del cielo adormecieron
aquella sed eterna,
desapagable,
único lazo de las horas todas
desde el nacer hasta el morir; ¡hoy vuelvo
a aquel mañana de mi ayer perdido,
a aquella mi otra suerte
que con vosotras,
nubes de mi niñez y mis montañas,
fue a perderse en los cielos del oriente!
¡Oh mis nubes de ensueños no cumplidos,
como en lenta llovizna
regáis mi alma!
¡Ay mi triste Nervión, preso entre muros,
pobre arteria de enfermo; cada día
del corazón desnudo de la tierra,
del mar, en ti sentimos
el pulso rítmico!
También tú fuiste niño, jugueteando
al pie de alisos, álamos y mimbres,
con vueltas y revueltas indecisas
entre los fuertes brazos
de las montañas,
como ensaya sus pasos vagarosos
flanqueado por los brazos de su madre
el pequeñuelo que se lanza al mundo
con pureza en los ojos
sin buscar hito.
Gozaste bajo el cielo la verdura
del valle en el sosiego, ¡quién me diera
ver tu niñez, Nervión, ver estos campos
cuando aún no eran la villa,
cual Dios los hizo!
Cortáronnos el curso, río mío,
nos apresaron entre recios muros,
nos robaron verduras de la orilla,
¡juguetear por el valle
ya no nos dejan!
Dulces mimbres y sauces que en mis aguas
de alborada el follaje retratasteis,
¡cuántas llevé de vuestras hojas verdes,
juguete en mis espumas,
al mar perdidas!
Cual tú, preso entre muros, hoy trasporto
cargas de pensamientos en mis aguas
y en vez de nubes blancas o de rosa
reflejo, carnal triste,
¡negrura de humos!
Son, mi Bilbao, tu corazón los puentes;
en ellos, sobre el agua, bate el ritmo
de tu trabajo y es donde se te abre
de montaña a montaña
más ancho el cielo.
Tú eres, Nervión, la historia de la Villa,
tú, su pasado y su futuro, tú eres
recuerdo siempre haciéndote esperanza
y sobre cauce fijo
caudal que huye.
Lengua de mar que subes por el valle
a la Villa los pies hasta lamerla,
tú nos traes con la sal de la marina
sales de las entrañas
del mundo todo.
En pleamar rizan tu henchido pecho
brisas del valle y sobre los metálicos
reflejos de tus rizos retorciéndose
tus barcos en imagen
se descoyuntan.
Bosques movibles de enjarciados mastes,
cordajes empapados en salina
de luengos mares; velas que han vibrado,
bajo todos los cielos
a vientos libres;
leños a que los témpanos del polo
fregaron, y mojaron los chubascos
del trópico, descansan en tu seno;
del sudor de mil gentes
la sal recoges.
Y sufres la presión, Nervión sufrido,
del recio ceñidor de los pretiles
para ser padre de la fuerte villa,
la de los mercaderes
hija del agua.
Oh, mi Nervión, tú de mi pueblo el alma,
tú que guardas sus dichas y sus penas,
los siglos por tu cauce resbalaron
llevándose la historia
hacia el olvido;
hacia el olvido, mar de nuestras vidas,
mas, dejando la Villa, monumento
que durará por siglos de los siglos,
colmena de las almas
que en ti libaron.
Nervión, Nervión de palpitante pecho,
fuente de vida de mi pueblo, dame
la mansedumbre de tus lentas aguas
que al mar indiferente
rinden su vida.
Dame, Nervión, resignación activa,
lava de tu hijo la inquietud ardiente,
embalsama en la sal de tu marea
para el viaje sin vuelta
mi pobre espíritu.

Miguel de Unamuno – Al estado natural

Sucesor de Pilato, entregas Cristo
al sucesor de Anás, esto es al Papa,
porque: «La majestad civil no tapa
con su ley soñadores; no me invisto

—dices— de extraña autoridad so capa
de orden; allá la religión; malquisto
no me es el Hombre-Dios, pero resisto
que me conviertan la nación en Trapa».

La Iglesia libre en el Estado libre
y a Cristo, como a rey de mofa vendes,
juzgando así facilitar tu obra;

mas castigado vas, quien equilibre
los dos poderes no hallarás ni entiendes
que de los dos el uno está de sobra.

Miguel de Unamuno – Al Dios de España

Sólo las patrias son la gran escuela
del ideal de la hermandad humana,
pues de las patrias es de donde emana
la fe en nuestro destino, la que apela

al Dios de todos. Aunque su faz vela
del Sinaí en las nubes, Él se allana
a dar sus tablas a Moisés y arcana
antes su ley en patria se revela.

¡Oh Dios de Covadonga y Roncesvalles,
Dios de Bailén, señor de nuestra hueste,
que tu nombre por tierras y por valles

bendigan de esta España y la celeste,
y en confesarte único no acalles
mi voz mientras su aire ella me preste!

Miguel de Unamuno – Al destino

En inquietud ahógame el sosiego
tu secreto velándome, Destino,
no me dejes parar en mi camino,
sin inquirirte te obedezca ciego.

Ni hora me des de queja ni de ruego,
aguíjeme tu pica de contino,
y que en el mundo, insomne peregrino,
a cuestas lleve de mi hogar el fuego.

Quiero mi paz ganarme con la guerra,
conquistar quiero el sueño venturoso,
no me des ocio, el que tu entraña encierra

de esclarecer enigma tenebroso,
y cuando al seno torne de la tierra,
haz que merezca el eternal reposo.

Miguel de Unamuno – Nubes de misterio

Al cielo soberano del Espíritu
tenue vapor se eleva desde mi alma,
en ondulantes nubes se recoge
a que el Sol increado en su luz baña,
y de mi mente en la laguna quieta
cuando se aduerme en otoñal bonanza
sin que rompa tu tersa superficie,
el viento que del mundo se levanta,
con sus nubes la bóveda celeste
a retratarse en los cristales baja
sin dejar sus alturas, de tal modo
que finge repetirse so las aguas.
A ellas desciende en plácido sosiego,
del abismo evocando en las entrañas
el azul celestial que allí dormita,
el soterraño cielo en que descansan,
y en su tersura mórbidas las nubes
en idénticas formas se retratan.
Entonces me rodean los misterios
haciéndome soñar nubes fantásticas,
quimeras sin contornos definidos,
de ondulante perfil, figuras vagas,
visiones fugitivas de otros mundos
que se hacen y deshacen sin parada,
sin dejarme su imagen, ni me quede
estela o nimbo alguno de su marcha.
La procesión de vagarosas nubes,
del lago en la tersura sosegada
sucédese cual números melódicos
de alguna sinfonia honda y callada,
en suave ritmo de ondulantes líneas,
de tornasoles y matices, aria
de cambiantes sutiles, himno alado
que en silencio profundo la luz alza.
Y el himno silencioso me despierta
inextinguibles y entrañables ansias
de una vida mental pura y sencilla,
sin conceptos ni ideas, abismática;
de espirituales linfas que circulen
sin cuajarones, en fluida savia,
que vivífica fluya, en libre jugo
antes de que en celdillas se reparta
y en la prisión de vasos y de brotes
pierda su libertad el protoplasma;
de etéreo concebir que se difunde
por los celestes ámbitos del alma,
pensamiento no esclavo de discurso
que a la raíz de la vida ávido abraza
con tan íntimo abrazo y tal deseo
que a confundirse llegan.

La batalla
con el tenaz misterio al fin me rinde;
al pensamiento la quietud me gana;
y a favor del reposo en que la mente
de su continuo forcejear descansa,
del corazón resurgen los anhelos,
me late lleno de amorosas ansias,
pide su parte en el oficio, quiere
comulgar del misterio en las entrañas.

Rendidas al amor las nubes leves,
en suave lluvia entonces se desatan,
y al pobre corazón riegan, sediento,
que se entreabre a beber sus vivas aguas,
las que me nutren del pensar el lago,
las que forman la fuente sosegada
de que fluye mi eterno y mi infinito
manantial de que excelsa vida mana,
vida de eternidad y de misterio
que jamás empezó y que nunca acaba.

Miguel de Unamuno – Al azar de los caminos

Nudo preso al azar de los caminos
bajo el agüero de una roja estrella,
él desde el cierzo, desde el ábrego ella,
rodando a rumbo suelto peregrinos.

Al mismo arado uncieron sus destinos
y sin dejar sobre la tierra huella
se apagaron igual que una centella
de hoguera. Y se decían los vecinos:

¿De dónde acá ese par de mariposas?
¿y hacia dónde se fue? ¿cuál su ventura?
su vida, ¿para qué ? como las rosas

se ajaron sin dar fruto; ¡qué locura
quemarse así las alas! ¡Necias cosas
de amor, siempre menguado pues no dura!

Miguel de Unamuno – Al amor de la lumbre

Al amor de la lumbre cuya llama
como una cresta de la mar ondea.
Se oye fuera la lluvia que gotea
sobre los chopos. Previsora el ama

supo ordenar se me temple la cama
con sahumerio. En tanto la Odisea
montes y valles de mi pecho orea
de sus ficciones con la rica trama

preparándome al sueño. Del castaño
que más de cien generaciones de hoja
criara y vio morir cabe el escaño

abrasándose el tronco con su roja
brasa me reconforta. ¡Dulce engaño
la ballesta de mi inquietud afloja!

Miguel de Unamuno – La gran rehúsa

Al abrigo fatal de la cogulla
con que te encubres el altivo ceño
se incuba libre el ambicioso ensueño
que soledad con su silencio arrulla.

Del mundo huyendo la inocente bulla,
vuela adusto tu espíritu aguileño
en torno, no del sacrosanto leño
que con su yugo al corazón magulla,

sino del solio. Aunque la plaza huiste
la plaza llevas dentro y es la musa
con que Satán te pone el alma triste,

la que te dio la vocación confusa
por la que adiós a tu familia diste,
que no, cobarde, harás la gran rehúsa.

Miguel de Unamuno – Aire

Las brisas que hoy sobre las mieses ruedan
enfusándoles sol a nuestros panes,
las que funden las nieves de las cumbres
y en el follaje de la selva mecen
sueños de soledad, y las que entonan
canción de cuna sobre el mar redondo
a la tierra que abrasan con sus olas,
suspiros fueron con tu pecho amante
y de sus faldas tus palabras vivas
rompieron a volar como de un nido.
Tú, la Palabra, sin el aire, muda.
Entraban de rondón en tus pulmones
como en su propio hogar, y recogiendo
el vapor de tu sangre, se lo daban
en rocío a las flores campesinas.
La última oleada de tu pecho rosa
rompió en fría quietud, ¡y se quedaron
sin aire tus pulmones; tu respiro
lo sorbió el de tu Padre: arroyo al mar!

Miguel de Unamuno – En mi cuadragésimo sexto cumpleaños

Ahora que ya por fin gané la cumbre,
a mis ojos la niebla cubre el valle
y no distingo a dónde va la calle
de mi descenso. Con la pesadumbre

de los agüeros vuelvo hacia la lumbre
que mengua la mirada. Que se acalle
te pido esta mi ansión y que tu dalle
siegue al cabo, Señor, toda mi herrumbre.

Cuando puesto ya el sol contra mi frente
me amaguen de la noche las tinieblas,
Tú, Señor de mis años, que clemente

mis esperanzas con recuerdos pueblas,
confórtame al bajar de la pendiente:
de las nieblas salí, vuelvo a las nieblas.