ÁFRICA/KENIA – “Mi padre catequista””: una misión realizada con alegría, dedicación y pasión

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Nyangusu – La hermana Ruth Bwaru Joseph, de las Hermanas Misioneras de San Pedro Claver, SSPC, originaria de Kenia, comparte el testimonio de fe recibido por su padre, Joseph, catequista durante 25 años, y destaca la importancia de este ministerio para la evangelización.
Nací en una familia numerosa de diez hijos. Mi padre y mi madre son católicos fervorosos. Como familia, rezábamos juntos el Rosario y otras oraciones cada noche. Recuerdo que de niños rezábamos espontáneamente y pedíamos al Señor que hiciese realidad nuestros sueños. Papá nos preparó personalmente a cada uno de nosotros para los sacramentos de la iniciación cristiana. El ejemplo de nuestros padres ha sido un gran testimonio y estímulo para nosotros; les vimos cumplir con sus deberes con fidelidad y amor, y soportar pacientemente las dificultades y sufrimientos de la vida.
Estoy convencida de que no sólo debo mi fe, sino también mi vocación religiosa, al testimonio de vida y de oración de mis padres. Cuando era adolescente, admiraba el celo y la dedicación con que mi padre proclamaba la palabra de Dios a nuestro pueblo. Vivíamos en la parroquia de Nyangusu, pero mi padre desempeñaba su misión como catequista en 30 estaciones misioneras diferentes y alejadas entre sí.
Dado que los pueblos se extienden por una amplia zona y están separados por muchos kilómetros, nuestra parroquia no podría prescindir del ministerio de los catequistas. Los sacerdotes no pueden llegar a todas las estaciones misioneras, ni siquiera los domingos para la celebración de la Eucaristía, y para ello tienen que recurrir a los catequistas. Son los catequistas los que dirigen las oraciones dominicales, que tanto agradan a nuestro pueblo, los que presiden la Liturgia de la Palabra, los que explican el Evangelio y, si son ministros extraordinarios de la Eucaristía, también ellos distribuyen la Comunión. Además, dan catequesis a los niños y jóvenes, dirigen encuentros formativos para los catecúmenos y los que se preparan para recibir el sacramento del matrimonio, y tratan de animar y fortalecer en la fe a todos los miembros de las jóvenes comunidades cristianas.
Cuando era joven, me di cuenta de que mi padre llevaba a cabo su misión con verdadera alegría, dedicación y pasión. Hoy, como religiosa, admiro aún más su fe, su intensa vida de oración, su espíritu de sacrificio. Como no tenía medios de transporte, caminaba laboriosamente de un pueblo a otro, como un verdadero misionero, y lo hacía con alegría, porque amaba su vocación de catequista.
Casi todos nuestros catequistas, que prestan su servicio gratuitamente, tienen familias muy numerosas y, por lo tanto, tienen que trabajar duro para asegurar la manutención de sus seres queridos, para pagar las cuotas escolares de los niños, etc. Mi padre también trabajó muy duro para garantizarnos una existencia digna.
En realidad, no puedo imaginar la vida cristiana en las parroquias de nuestra diócesis sin el servicio de los catequistas. La mayoría de nuestra gente vive en los pueblos, cultivando los campos y apacentando los rebaños. Los domingos, cuando el catequista llega a la aldea, ayuda a la gente a desprenderse de las ocupaciones cotidianas que absorben totalmente sus vidas, y la acompaña a la iglesia de la aldea, donde puede participar en la liturgia de la Palabra. Mi padre lo hace cada domingo en un pueblo diferente.
Al tener un padre catequista, he leído con gran alegría la Carta Apostólica Antiquum ministerium, con la que el Papa Francisco ha instituido el Ministerio del Catequista. “Toda la historia de la evangelización en estos dos milenios -escribe el Santo Padre- muestra con gran evidencia la eficacia de la misión de los catequistas”. Ahora soy mucho más consciente de que la tarea del catequista, que mi padre lleva realizando desde hace 25 años , es un verdadero y propio ministerio eclesial. Por eso rezaré más intensamente por él y por todos los catequistas de mi país y de otros países del mundo. E invito también a todos a rezar para que los laicos redescubran su misión en la Iglesia y, respondiendo a la llamada del Espíritu, tengan el valor de “salir al encuentro de tantas personas que esperan conocer la belleza, la bondad y la verdad de la fe cristiana”.