ASIA/INDONESIA – Una misión al servicio de las mujeres jóvenes

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Ciudad del Vaticano – Ha sido la invitación de la Virgen María “Id, Siervas mías”, la que ha empujado a la congregación de las Siervas Franciscanas de María, un instituto religioso italiano, nacido en la Toscana, a dirigirse hacia tierras lejanas e iniciar misiones en Indonesia y Colombia.
Así lo explica la hermana Alessandra Dalpozzo, Madre General de las Siervas Franciscanas de María, al presentar las actividades misioneras de su congregación en una conferencia celebrada en el Vaticano el 21 de octubre.
Las Hermanas Franciscanas Siervas de María nacieron en 1744 en Quadalto, Palazzuolo sul Senio, en la provincia de Florencia, de la adhesión de tres muchachas a la invitación de la Santísima Virgen, que se les apareció en sueños y les dijo: “Id, mis Siervas”. Las Hermanas, cuyo modelo es María en la actitud de escucha, contemplación y ofrenda, combinan el espíritu contemplativo con el del apostolado, realizado en las parroquias, las misiones populares, la educación, la pastoral juvenil y la asistencia a los pobres y enfermos.
En particular, en 2009, impulsada por la misma invitación a “salir” e “ir a llevar el Evangelio hasta los confines de la tierra”, la congregación comenzó su presencia en Atambua, en la isla de Timor, en Indonesia. Fue la primera “misión ad gentes” de las hermanas, llamadas allí por la diócesis, que les confió el cuidado de dos internados. Los internados, que llevan el nombre de Santa Teresa de Ávila y Santa María Goretti, acogen a un total de unas 150 niñas y ofrecen a las adolescentes locales, procedentes de familias muy pobres, la posibilidad de cursar estudios secundarios.
Sor Alessandra recuerda la contribución decisiva de la Obra Pontificia para la Propagación de la Fe que, ofreciéndoles un subsidio, hizo posible la construcción de la capilla en el centro de esta misión, un lugar de oración, vida espiritual, celebración y encuentro comunitario. Sor Alessandra recuerda: “Dondequiera que nos llamen a trabajar, en cada lugar del mundo, sentimos que también son lugares elegidos por María, donde queremos ser sus siervas, donde nos sentimos implicadas para estar en la Iglesia y para la misión de la Iglesia; queremos ser constructoras de paz, esa paz que es el don de Cristo muerto y resucitado por nosotras”.