ASIA/MYANMAR – En medio de la violencia y las dificultades, los catequistas continúan su labor misionera

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Myitkyina – Llevar el Evangelio “hasta los confines de la tierra”: con este espíritu John NgwaZar Dee, catequista de 72 años, continúa su labor misionera desde hace 50 años. John NgwaZar Dee Dee es el primer catequista de la tribu indígena Lisu de la diócesis de Myitkyina, en el estado de Kachin, al norte de Myanmar. Fue el primer misionero en Zang Yaw, un lugar remoto en los territorios de la parroquia de Putao bajo la diócesis de Myitkyina. Cuando llegó a la aldea, entre los indígenas lisu y rawang, comenzó a leer el Evangelio y a hablar de la salvación dada por Cristo Jesús, dirigiéndose a personas que nunca habían oído hablar de él. Para llegar a la aldea hay que caminar durante 15 días por senderos ásperos y pedregosos. El párroco de la iglesia de Putao dificilmente llega a esa zona intransitable, a veces ni siquiera lo consigue una vez al año, dado el largo viaje. Pero a pesar de la distancia, el catequista John visitó el pueblo 14 veces cuando era más joven, sembrando el Evangelio. Gracias a su celo misionero y a su ejemplo de vida, casi todos los habitantes del pueblo y de las aldeas cercanas, atraídos por el mensaje y la figura de Cristo, pidieron ser bautizados y abrazaron la fe católica.
John ha recordado que de 1969 a 1970 asistió, junto con otros jóvenes, al Instituto de Formación de Catequistas dirigido por los misioneros de San Columbano. “Fue un camino duro y difícil y algunos de mis compañeros lo dejaron; para nosotros, los catequistas, es difícil encontrar un medio de vida, sobrevivir”, relata en una nota enviada a la Agencia Fides por la Diócesis de Myitkyina. “Pero tengo una convicción sencilla: cada vez que estoy en dificultades creo que Dios está conmigo y me dirijo a Él. Él es mi refugio”, dice John, y cuenta cómo, en tiempos difíciles de violencia generalizada en Myanmar, las actividades pastorales y de catequesis continúan y son preciosas porque dan consuelo y esperanza a la gente que sufre.
“Me repito a menudo las palabras de Jacob: si aceptamos el bien de Dios, ¿por qué no vamos a aceptar también el mal?”, explica. “Dios provee y no abandona a su pueblo. El Señor me da fuerzas. No trabajo para obtener la alabanza de los hombres, sino para ganar el Reino de Dios. La gente a veces te alaba y a veces te desprecia. Pero el Señor es fiel, ama y perdona siempre”, señala. Para los fieles de etnia lisu y rewang, el catequista John es un sólido punto de referencia. En su constante labor de catequesis, a lo largo de muchos años, nunca ha querido ninguna recompensa de ellos: “El Señor me da la recompensa. Hasta ahora ni siquiera tengo una casa. La casa en la que vivo ahora no es mía, pero no me importa porque el Señor está conmigo”, dice.
Su testimonio también es precioso para los jóvenes. A él acuden jóvenes católicos y voluntarios que van a aldeas remotas para realizar actividades de educación sanitaria, instrucción y atención pastoral a los más jóvenes. Son los llamados “zetaman”, es decir, “pequeños evangelizadores”, figuras características de la Iglesia católica en Myanmar: estos jóvenes voluntarios llegan a aldeas aisladas, en zonas inaccesibles, en áreas rurales y montañosas y se quedan allí. Comparten la vida de la comunidad durante unos días, pasando mucho tiempo con los niños, en un estilo de presencia hecho de amor, amistad y de compartir la vida con sencillez. Si se les pregunta, dan testimonio de su fe, contando quiénes son y cómo el encuentro con Jesús ha cambiado sus vidas.
Los “zetamanes”, presentes en todas las diócesis de Myanmar, están al servicio de la humanidad más débil y abandonada. Gracias a figuras como el catequista John NgwaZar Dee, las Iglesias piden a sus jóvenes que den al menos tres años de su vida para servir a la diócesis como “zetaman”, para ser enviados como jóvenes misioneros a situaciones difíciles, en aldeas de montaña, entre gente en extrema pobreza, en medio de conflictos armados. Cientos de jóvenes realizan así una preciosa labor de evangelización y promoción humana que hace sentir la presencia de la Iglesia “hasta los confines de la tierra”.