«Eres más que suficiente»

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Consejos a sobrevivientes de examen de ingreso a secundaria de Trinidad y Tobago

Mesas de clase; foto en Flickr de Jack Sem (CC BY 2.0).

Nota del editor: El 9 de septiembre, los estudiantes de todo Trinidad y Tobago que realizaron el examen de Evaluación de Entrada a Secundaria (SEA, por su nombre en inglés) —importante examen de nivel que determina a qué escuela secundaria asistirán—, recibieron sus resultados. Aproximadamente 19 645 estudiantes rindieron el examen de 2021 pero, dado que las plazas en escuelas de «prestigio» son limitadas, la competencia es feroz. Además, como muchas de estas escuelas están dirigidas por juntas religiosas, hay un acuerdo —el Concordato— que les da derecho a escoger «a dedo» al 20 % de estudiantes que entran a escuelas confesionales, sin importar su rendimiento.

Hace ya tiempo que el sistema se ha criticado por injusto y contraproducente para el aprendizaje de los niños. La escritora Shivanee Ramlochan, que ha liderado sus propias luchas contra el sistema educativo del país, expresó en Facebook sus opiniones con respecto al examen. Ha tenido la amabilidad de permitirnos volver a publicarlos a continuación:

Yo era una estudiante rebelde.

Aunque tenía aptitudes e inclinación hacia las artes del lenguaje, muchas de las cosas de mi escuela primaria y secundaria me frustraban y obstaculizaban por completo. Tampoco ayudaban los punitivos y avergonzantes métodos de disciplina de muchos de mis docentes, ni la administración de la escuela. Yo era, de forma natural, una joven precoz y quizá arrogante, pero casi sin excepción mis peores recuerdos académicos tienen que ver con profesores —mayores, sabios, y experimentados— que me hacían llorar sin misericordia.

Es decir: hay varias pasiones que se aplastaron en mi cuerpo y mente antes de que pudiesen florecer, como resultado directo de cómo me educaron. No estoy echando «culpas». Al contrario: que no me animaran a perseguir algunas cosas pasadas solamente consiguió que me sumergiese más en eso ahora. Aún así, como es mi costumbre en el día en que los resultados del Examen de Evaluación se hacen públicos, me encuentro con que no puedo callarme con respecto a las expectativas, sombrías, punitivas, y represivas, que cargamos sobre los jóvenes de nuestra nación.

Los periódicos se cubrirán hoy con los que «mejor rendimiento» han tenido, radiantes estudiantes de gafas que agarran con fuerza sus resultados, flanqueados por dos padres que los apoyan, una visión de felicidad doméstica. Los triunfadores hablarán de largas y frustrantes noches pegados a sus libros, de la importancia de Dios, el bádminton y la natación, así como de las ecuaciones y la composición. Los halagarán, y yo no quiero quitarles ni una de esas cosas.

Hay muchos más niños que hoy se sentirán miserables, sujetando una hoja que les anuncia que no han entrado en su primera, segunda, tercera ni cuarta preferencia. Quizás realmente han «fracasado». Sus padres llorarán, o gritarán, o los golpearán hasta que no sepan si lloran por eso o por la falta de amor que sienten. Sus amigos los mirarán con pena y alivio por no estar en su patético lugar. Sus vidas parecerán tan lúgubres que algunos sentirán la tentación de hacerse daño, para librar al mundo de la vergüenza que han causado. Y esos son los niños a quienes desearía poder dar todo, toda la seguridad, toda la confianza, toda la fe en su poder y promesa.

Hoy, como cada Día de los Resultados, desearía que hubiese portadas para la niña que está orgullosa de haber podido terminar su examen esta vez, o el niño que, por fin, entendió la pregunta de comprensión más complicada, aunque no tuvo correcta toda esa parte del examen. Para el alumno que pensó que reprobaría, y terminó explotando de alegría al ser seleccionado para un instituto «no prestigioso», pero enérgicamente integral. Para los gemelos que nunca tuvieron planes de escuelas de prestigio y solo querían ir a una escuela más cerca de casa, con un gran campo de verde pasto para poder jugar al cricket y al fútbol. Todos esos niños merecen reconocimiento. Ninguno merece vergüenza.

Las exigencias de la rígida y neocolonial jerarquía académica de Trinidad y Tobago solo tienen una forma (angosta y cruel) de «triunfar» para un niño. Presupone que a no ser que vayas al jardín de infancia «adecuado», la escuela primaria correcta, el ambiente secundario ideal, si no «ganas» una beca y emerges al otro lado de esta extenuante escaramuza como médico, abogado, o tal vez ingeniero, si este no ha sido tu camino, entonces no mereces alabanzas en la reunión familiar cuando llegue la Navidad. No necesito decirle a nadie que esto está mal. Y sin embargo, así es como muchos hemos sido educados, hayamos o no deseado tener ese éxito.

Anhelo un sistema educativo que premie múltiples inteligencias, y una sociedad sustentada por medios y organizaciones no gubernamentales que lleven a cabo esa alabanza. Quiero decirles a los niños que se sienten abatidos y sobrepasados por la pena, a quienes ven a sus compañeros ir a colegios de monjas e institutos superiores, que lo mejor que pueden hacer con sus vidas es lo que les brinda la más incandescente satisfacción, y esto no tiene por qué ser arreglar los entresijos del cuerpo humano; puede ser arreglar inodoros, grifos y fregaderos. Que una vida sin libros sobre derecho y prestigio de abogado no es superior, más inteligente ni mejor que una en la que te ganas la vida haciendo pasteles de superhéroes, o diseñas sellos postales o conduces grandes camiones con habilidad y precisión alrededor de los peligrosos rincones, y las carreteras plagadas de baches de nuestra isla, o en la que creas perfectos estilos puntillistas en las uñas con laca.

Nuestro país está hecho de todos estos talentos. Desde los que recogen basura a los jardineros y cirujanos geriátricos, los necesitamos a todos. ¿O preferiríamos una Trinidad y Tobago en la que 1,3 millones de médicos-abogados-ingenieros se miran en silencio cuando llega la hora de arreglar un carburador, visitar el teatro, leer una novela, instalar un aparato de aire acondicionado, volar a Tobago, o sacar piedra de la tierra?

A los niños que sienten que han fracasado:

No han fracasado. Ni siquiera si no aprobaron este examen.
No valen menos. No son menos capaces. No son menos que nada.
El mundo es de ustedes como de cualquier otro.
Siguen siendo y siempre serán seres radiantes, capaces de infinitas posibilidades.

Y sí, les prometo que son más que suficientemente buenos.

La colección de poesía de Shivanee Ramlochan de 2017, «Everyone Knows I Am a Haunting», fue seleccionada para el Premio Felix Dennis a la mejor primera colección en el 2018.