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Horacio Quiroga – Los mensu

Cayetano Maidana y Esteban Podeley, peones de obraje, volv√≠an a Posadas en el Silex, con quince compa√Īeros. Podeley, labrador de madera, tornaba a los nueve meses, la contrata conclu√≠da, y con pasaje gratis, por lo tanto. Cay√©‚ÄĒmensualero‚ÄĒllegaba en iguales condiciones, mas al a√Īo y medio, tiempo necesario para chancelar su cuenta.

Flacos, despeinados, en calzoncillos, la camisa abierta en largos tajos, descalzos como la mayor√≠a, sucios como todos ellos, los dos mens√ļ devoraban con los ojos la capital del bosque, Jerusalem y G√≥lgota de sus vidas. ¬°Nueve meses all√° arriba! ¬°A√Īo y medio! Pero volv√≠an por fin, y el hachazo a√ļn doliente de la vida del obraje, era apenas un roce de astilla ante el rotundo goce que olfateaban all√≠.

De cien peones, s√≥lo dos llegan a Posadas con haber. Para esa gloria de una semana a que los arrastra el r√≠o aguas abajo, cuentan con el anticipo de una nueva contrata. Como intermediario y coadyuvante, espera en la playa un grupo de muchachas alegres de car√°cter y de profesi√≥n, ante las cuales los mens√ļ sedientos lanzan su ¬°ahij√ļ! de urgente locura.

Cay√© y Podeley bajaron tambaleantes de org√≠a pregustada, y rodeados de tres o cuatro amigas, se hallaron en un momento ante la cantidad suficiente de ca√Īa para colmar el hambre de eso de un mens√ļ.

Un instante despu√©s estaban borrachos, y con nueva contrata sellada. ¬ŅEn qu√© trabajo? ¬ŅEn d√≥nde? Lo ignoraban, ni les importaba tampoco. Sab√≠an, s√≠, que ten√≠an cuarenta pesos en el bolsillo, y facultad para llegar a mucho m√°s en gastos. Babeantes de descanso y dicha alcoh√≥lica, d√≥ciles y torpes, siguieron ambos a las muchachas a vestirse. Las avisadas doncellas conduj√©ronlos a una tienda con la que ten√≠an relaciones especiales de un tanto por ciento, o tal vez al almac√©n de la casa contratista. Pero en una u otro las muchachas renovaron el lujo detonante de sus trapos, anid√°ronse la cabeza de peinetones, ahorc√°ronse de cintas‚ÄĒrobado todo con perfecta sangre fr√≠a al hidalgo alcohol de su compa√Īero, pues lo √ļnico que el mens√ļ realmente posee, es un desprendimiento brutal de su dinero.

Por su parte Cay√© adquiri√≥ muchos m√°s extractos y lociones y aceites de los necesarios para sahumar hasta la n√°usea su ropa nueva, mientras Podeley, m√°s juicioso, insist√≠a en un traje de pa√Īo. Posiblemente pagaron muy cara una cuenta entreo√≠da y abonada con un mont√≥n de papeles tirados al mostrador. Pero de todos modos una hora despu√©s lanzaban a un coche descubierto sus flamantes personas, calzados de botas, poncho al hombro‚ÄĒy rev√≥lver 44 en el cinto, desde luego‚ÄĒrepleta la ropa de cigarrillos que deshac√≠an torpemente entre los dientes, dejando caer de cada bolsillo la punta de un pa√Īuelo. Acompa√Ī√°banlos dos muchachas, orgullosas de esa opulencia, cuya magnitud se acusaba en la expresi√≥n un tanto hastiada de los mens√ļ, arrastrando consigo ma√Īana y tarde por las calles caldeadas, una infecci√≥n de tabaco negro y extracto de obraje.

La noche llegaba por fin, y con ella la bailanta, donde las mismas damiselas avisadas induc√≠an a beber a los mens√ļ, cuya realeza en dinero de anticipo les hac√≠a lanzar 10 pesos por una botella de cerveza, para recibir en cambio 1.40, que guardaban sin ojear siquiera.

As√≠ en constantes derroches de nuevos adelantos‚ÄĒnecesidad irresistible de compensar con siete d√≠as de gran se√Īor las miserias del obraje‚ÄĒel Silex volvi√≥ a remontar el r√≠o. Cay√© llev√≥ compa√Īera, y ambos, borrachos como los dem√°s peones, se instalaron en el puente, donde ya diez mulas se hacinaban en √≠ntimo contacto con ba√ļles, atados, perros, mujeres y hombres.

Al día siguiente, ya despejada las cabezas, Podeley y Cayé examinaron sus libretas: era la primera vez que lo hacían desde la contrata. Cayé había recibido 120 en efectivo, y 35 en gasto, y Podeley 130 y 75, respectivamente.

Ambos se miraron con expresi√≥n que pudiera haber sido de espanto, si un mens√ļ no estuviera perfectamente curado de ese malestar. No recordaban haber gastado ni la quinta parte.

‚ÄĒ¬°A√Ī√°‚Ķ!‚ÄĒmurmur√≥ Cay√©‚ÄĒNo voy a cumplir nunca‚Ķ

Y desde ese momento tuvo sencillamente‚ÄĒcomo justo castigo de su despilfarro‚ÄĒla idea de escaparse de all√°.

La legitimidad de su vida en Posadas era, sin embargo, tan evidente para él, que sintió celos del mayor adelanto acordado a Podeley.

‚ÄĒVos ten√©s suerte‚Ķ dijo.‚ÄĒGrande, tu anticipo‚Ķ

‚ÄĒVos tra√©s compa√Īera‚ÄĒobjet√≥ Podeley‚ÄĒeso te cuesta para tu bolsillo‚Ķ

Cay√© mir√≥ a su mujer, y aunque la belleza y otras cualidades de orden m√°s moral pesan muy poco en la elecci√≥n de un mens√ļ, qued√≥ satisfecho. La muchacha deslumbraba, efectivamente, con su traje de raso, falda verde y blusa amarilla; luciendo en el cuello sucio un triple collar de perlas; zapatos Luis XV, las mejillas brutalmente pintadas, y un desde√Īoso cigarro de hoja bajo los p√°rpados entornados.

Cay√© consider√≥ a la muchacha y su rev√≥lver 44: era realmente lo √ļnico que val√≠a de cuanto llevaba con √©l. Y a√ļn lo √ļltimo corr√≠a el riesgo de naufragar tras el anticipo, por min√ļscula que fuera su tentaci√≥n de tallar.

A dos metros de √©l, sobre un ba√ļl de punta, los mens√ļ jugaban concienzudamente al monte cuanto ten√≠an. Cay√© observ√≥ un rato ri√©ndose, como se r√≠en siempre los peones cuando est√°n juntos, sea cual fuere el motivo, y se aproxim√≥ al ba√ļl, colocando a una carta, y sobre ella, cinco cigarros.

Modesto principio, que podía llegar a proporcionarle el dinero suficiente para pagar el adelanto en el obraje, y volverse en el mismo vapor a Posadas a derrochar un nuevo anticipo.

Perdió; perdió los demás cigarros, perdió cinco pesos, el poncho, el collar de su mujer, sus propias botas, y su 44. Al día siguiente recuperó las botas, pero nada más, mientras la muchacha compensaba la desnudez de su pescuezo con incesantes cigarros despreciativos.

Podeley gan√≥, tras infinito cambio de due√Īo, el collar en cuesti√≥n, y una caja de jabones de olor que hall√≥ modo de jugar contra un machete y media docena de medias, quedando as√≠ satisfecho.

Hab√≠an llegado, por fin. Los peones treparon la interminable cinta roja que escalaba la barranca, desde cuya cima el “Silex” aparec√≠a mezquino y hundido en el l√ļgubre r√≠o. Y con ahij√ļs y terribles invectivas en guaran√≠, bien que alegres todos, despidieron al vapor, que deb√≠a ahogar, en una baldeada de tres horas, la nauseabunda atm√≥sfera de desaseo, patchul√≠ y mulas enfermas, que durante cuatro d√≠as remont√≥ con √©l.

* * * * *

Para Podeley, labrador de madera, cuyo diario pod√≠a subir a siete pesos, la vida de obraje no era dura. Hecho a ella, domada su aspiraci√≥n de estricta justicia en el cubicaje de la madera, compensando las rapi√Īas rutinarias con ciertos privilegios de buen pe√≥n, su nueva etapa comenz√≥ al d√≠a siguiente, una vez demarcada su zona de bosque. Construy√≥ con hojas de palmera su cobertizo‚ÄĒtecho y pared sur‚ÄĒdi√≥ nombre de cama a ocho varas horizontales, nada m√°s; y de un horc√≥n colg√≥ la provista semanal. Recomenz√≥, autom√°ticamente, sus d√≠as de obraje: silenciosos mates al levantarse, de noche a√ļn, que se suced√≠an sin desprender la mano de la pava; la exploraci√≥n en descubierta de madera; el desayuno a las ocho, harina, charque y grasa; el hacha luego, a busto descubierto, cuyo sudor arrastraba t√°banos, barig√ľ√≠s y mosquitos; despu√©s el almuerzo, esta vez porotos y ma√≠z flotando en la inevitable grasa, para concluir de noche, tras nueva lucha con las piezas de 8 por 30, con el yopar√° del mediod√≠a.

Fuera de alg√ļn incidente con sus colegas labradores, que invad√≠an su jurisdicci√≥n; del hast√≠o de los d√≠as de lluvia que lo relegaban en cuclillas frente a la pava, la tarea prosegu√≠a hasta el s√°bado de tarde. Lavaba entonces su ropa, y el domingo iba al almac√©n a proveerse.

Era √©ste el real momento de solaz de los mens√ļ, olvid√°ndolo todo entre los anatemas de la lengua natal, sobrellevando con fatalismo ind√≠gena la suba siempre creciente de la provista, que alcanzaba entonces a cinco pesos por machete, y ochenta centavos por kilo de galleta. El mismo fatalismo que aceptaba esto con un ¬°a√Ī√°! y una riente mirada a los dem√°s compa√Īeros, le dictaba, en elemental desagravio, el deber de huir del obraje en cuanto pudiera. Y si esta ambici√≥n no estaba en todos los pechos, todos los peones comprend√≠an esa mordedura de contra-justicia, que iba, en caso de llegar, a clavar los dientes en la entra√Īa misma del patr√≥n. Este, por su parte, llevaba la lucha a su extremo final, vigilando d√≠a y noche a su gente, y en especial a los mensualeros.

Ocup√°banse entonces los mens√ļ en la planchada, tumbando piezas entre inacabable griter√≠a, que sub√≠a de punto cuando las mulas, impotentes para contener la alzaprima, que bajaba a todo escape, rodaban unas sobre otras dando tumbos, vigas, animales, carretas, todo bien mezclado. Raramente se lastimaban las mulas; pero la algazara era la misma.

Cay√©, entre risa y risa, meditaba siempre su fuga. Harto ya de revirados y yopar√°s, que el pregusto de la hu√≠da tornaba m√°s indigestos, deten√≠ase a√ļn por falta de rev√≥lver, y ciertamente, ante el winchester del capataz. ¬°Pero si tuviera un 44!‚Ķ

La fortuna llególe esta vez en forma bastante desviada.

La compa√Īera de Cay√©, que desprovista ya de su lujoso atav√≠o lavaba la ropa a los peones, cambi√≥ un d√≠a de domicilio. Cay√© esper√≥ dos noches, y a la tercera fu√© a casa de su reemplazante, donde propin√≥ una soberbia paliza a la muchacha. Los dos mens√ļ quedaron solos charlando, resultas de lo cual convinieron en vivir juntos, a cuyo efecto el seductor se instal√≥ con la pareja. Esto era econ√≥mico y bastante juicioso. Pero como el mens√ļ parec√≠a gustar realmente de la dama‚ÄĒcosa rara en el gremio‚ÄĒCay√© ofreci√≥sela en venta por un rev√≥lver con balas, que √©l mismo sacar√≠a del almac√©n. No obstante esta sencillez, el trato estuvo a punto de romperse, porque a √ļltima hora Cay√© pidi√≥ se agregara un metro de tabaco en cuerda, lo que pareci√≥ excesivo al mens√ļ. Concluy√≥se por fin el mercado, y mientras el fresco matrimonio se instalaba en su rancho, Cay√© cargaba concienzudamente su 44, para dirigirse a concluir la tarde lluviosa tomando mate con aquellos.

* * * * *

El oto√Īo finalizaba, y el cielo, fijo en sequ√≠a con chubascos de cinco minutos, se descompon√≠a por fin en mal tiempo constante, cuya humedad hinchaba el hombro de los mens√ļ. Podeley, libre hasta entonces, sinti√≥se un d√≠a con tal desgano al llegar a su viga, que se detuvo, mirando a todas partes qu√© pod√≠a hacer. No ten√≠a √°nimo para nada. Volvi√≥ a su cobertizo, y en el camino sinti√≥ un ligero cosquilleo en la espalda.

Sabía muy bien qué eran aquel desgano y aquel hormigueo a flor de estremecimiento. Sentóse filosóficamente a tomar mate, y media hora después un hondo y largo escalofrío recorrióle la espalda bajo la camisa.

No hab√≠a nada que hacer. Se ech√≥ en la cama, tiritando de fr√≠o, doblado en gatillo bajo el poncho, mientras los dientes, incontenibles, casta√Īeaban a m√°s no poder.

Al d√≠a siguiente el acceso, no esperado hasta el crep√ļsculo, torn√≥ a mediod√≠a, y Podeley fu√© a la comisar√≠a a pedir quinina. Tan claramente se denunciaba el chucho en el aspecto del mens√ļ, que el dependiente baj√≥ los paquetes sin mirar casi al enfermo, quien volc√≥ tranquilamente sobre su lengua la terrible amargura aquella. Al volver al monte, hall√≥ al mayordomo.

‚ÄĒVos tambi√©n‚ÄĒle dijo √©ste, mir√°ndolo‚ÄĒy van cuatro. Los otros no importa‚Ķ poca cosa. Vos sos cumplidor‚Ķ ¬ŅC√≥mo est√° tu cuenta?

‚ÄĒFalta poco‚Ķ pero no voy a poder trabajar‚Ķ

‚ÄĒ¬°Bah! Curate bien y no es nada‚Ķ Hasta ma√Īana.

‚ÄĒHasta ma√Īana‚ÄĒse alej√≥ Podeley apresurando el paso, porque en los talones acababa de sentir un leve cosquilleo.

El tercer ataque comenzó una hora después, quedando Podeley aplomado en una profunda falta de fuerzas, y la mirada fija y opaca, como si no pudiera ir más allá de uno o dos metros.

El descanso absoluto a que se entreg√≥ por tres d√≠as‚ÄĒb√°lsamo espec√≠fico para el mens√ļ, por lo inesperado‚ÄĒno hizo sino convertirle en un bulto casta√Īeteante y arrebujado sobre un raig√≥n. Podeley, cuya fiebre anterior hab√≠a tenido honrado y peri√≥dico ritmo, no presagi√≥ nada bueno para √©l de esa galopada de accesos casi sin intermitencia. Hay fiebre y fiebre. Si la quinina no hab√≠a cortado a ras el segundo ataque, era in√ļtil que se quedara all√° arriba, a morir hecho un ovillo en cualquier vuelta de picada. Y baj√≥ de nuevo al almac√©n.

‚ÄĒ¬°Otra vez vos!‚ÄĒlo recibi√≥ el mayordomo.‚ÄĒEso no anda bien‚Ķ ¬ŅNo tomaste quinina?

‚ÄĒTom√©‚Ķ No me hallo con esta fiebre‚Ķ No puedo trabajar. Si quer√©s darme para mi pasaje, te voy a cumplir en cuanto me sane‚Ķ

El mayordomo contempló aquella ruina, y no estimó en gran cosa la vida que quedaba allí.

‚ÄĒ¬ŅC√≥mo est√° tu cuenta?‚ÄĒpregunt√≥ otra vez.

‚ÄĒDebo veinte pesos todav√≠a‚Ķ El s√°bado entregu√©‚Ķ Me hallo muy enfermo‚Ķ

‚ÄĒSab√©s bien que mientras tu cuenta no est√© pagada, deb√©s quedar.
Abajo… podés morirte. Curate aquí, y arreglás tu cuenta en seguida.

¬ŅCurarse de una fiebre perniciosa, all√≠ donde se la adquiri√≥? No, por cierto; pero el mens√ļ que se va puede no volver, y el mayordomo prefer√≠a hombre muerto a deudor lejano.

Podeley jam√°s hab√≠a dejado de cumplir nada, √ļnica altaner√≠a que se permite ante su patr√≥n un mens√ļ de talla.

‚ÄĒ¬°No me importa que hayas dejado o no de cumplir!‚ÄĒreplic√≥ el mayordomo.‚ÄĒ¬°Pag√° tu cuenta primero, y despu√©s veremos!

Esta injusticia para con él creó lógica y velozmente el deseo de desquite. Fué a instalarse con Cayé, cuyo espíritu conocía bien, y ambos decidieron escaparse el próximo domingo.

Pero al día siguiente, viernes, hubo en el obraje inusitado movimiento.

‚ÄĒ¬°Ah√≠ ten√©s!‚ÄĒgrit√≥ el mayordomo, tropezando con Podeley.‚ÄĒAnoche se han escapado tres‚Ķ ¬ŅEso es lo que te gusta, no? ¬°Esos tambi√©n eran cumplidores! ¬°Como vos! Pero antes vas a reventar aqu√≠, que salir de la planchada! ¬°Y mucho cuidado, vos y todos los que est√°n oyendo! ¬°Ya saben!

La decisi√≥n de huir, y sus peligros, para los que el mens√ļ necesita todas sus fuerzas, es capaz de contener algo m√°s que una fiebre perniciosa. El domingo, por lo dem√°s, hab√≠a ya llegado; y con falsas maniobras de lavaje de ropa, simulados guitarreos en el rancho de tal o cual, la vigilancia pudo ser burlada, y Podeley y Cay√© se encontraron de pronto a mil metros de la comisar√≠a.

Mientras no se sintieran perseguidos, no abandonarían la picada;
Podeley caminaba mal. Y a√ļn as√≠‚Ķ

La resonancia peculiar del bosque tr√°joles, lejana, una voz ronca:

‚ÄĒ¬°A la cabeza! ¬°A los dos!

Y un momento después surgían de un recodo de la picada, el capataz y tres peones corriendo. La cacería comenzaba.

Cayé amartilló su revólver sin dejar de avanzar.

‚ÄĒ¬°Entreg√°te, a√Ī√°!‚ÄĒgrit√≥les el capataz.

‚ÄĒEntremos en el monte‚ÄĒdijo Podeley.‚ÄĒYo no tengo fuerza para mi machete.

‚ÄĒ¬°Volv√© o te tiro!‚ÄĒlleg√≥ otra voz.

‚ÄĒCuando est√©n m√°s cerca‚Ķ‚ÄĒcomenz√≥ Cay√©.‚ÄĒUna bala de winchester pas√≥ silbando por la picada.

‚ÄĒ¬°Entr√°!‚ÄĒgrit√≥ Cay√© a su compa√Īero.‚ÄĒY parapet√°ndose tras un √°rbol, descarg√≥ hacia all√° los cinco tiros de su rev√≥lver.

Una gritería aguda respondióles, mientras otra bala de winchester hacía saltar la corteza del árbol.

‚ÄĒ¬°Entreg√°te o te voy a dejar la cabeza‚Ķ!

‚ÄĒ¬°And√° no m√°s!‚ÄĒinst√≥ Cay√© a Podeley.‚ÄĒYo voy a‚Ķ

Y tras nueva descarga, entró en el monte.

Los perseguidores, detenidos un momento por las explosiones, lanz√°ronse rabiosos adelante, fusilando, golpe tras golpe de winchester, el derrotero probable de los fugitivos.

A 100 metros de la picada, y paralelos a ella, Cayé y Podeley se alejaban, doblados hasta el suelo para evitar las lianas. Los perseguidores lo presumían; pero como dentro del monte, el que ataca tiene cien probabilidades contra una de ser detenido por una bala en mitad de la frente, el capataz se contentaba con salvas de winchester y aullidos desafiantes. Por lo demás, los tiros errados hoy habían hecho lindo blanco la noche del jueves…

El peligro hab√≠a pasado. Los fugitivos se sentaron, rendidos. Podeley se envolvi√≥ en el poncho, y recostado en la espalda de su compa√Īero, sufri√≥ con dos terribles horas de chucho, el contragolpe de aquel esfuerzo.

Prosiguieron la fuga, siempre a la vista de la picada, y cuando la noche llegó, por fin, acamparon. Cayé había llevado chipas, y Podeley encendió fuego, no obstante los mil inconvenientes en un país donde, fuera de los pavones, hay otros seres que tienen debilidad por la luz, sin contar los hombres.

El sol estaba muy alto ya, cuando a la ma√Īana siguiente encontraron al riacho, primera y √ļltima esperanza de los escapados. Cay√© cort√≥ doce tacuaras sin m√°s prolija elecci√≥n, y Podeley, cuyas √ļltimas fuerzas fueron dedicadas a cortar los isip√≥s, tuvo apenas tiempo de hacerlo antes de enroscarse a tiritar.

Cay√©, pues, construy√≥ solo la jangada‚ÄĒdiez tacuaras atadas longitudinalmente con lianas, llevando en cada extremo una atravesada.

A los diez segundos de concluída se embarcaron. Y la hangadilla, arrastrada a la deriva, entró en el Paraná.

Las noches son esa √©poca excesivamente frescas, y los dos mens√ļ, con los pies en el agua, pasaron la noche helados, uno junto al otro. La corriente del Paran√° que llegaba cargado de inmensas lluvias, retorc√≠a la jangada en el borboll√≥n de sus remolinos, y aflojaba lentamente los nudos de isip√≥.

En todo el d√≠a siguiente comieron dos chipas, √ļltimo resto de provisi√≥n, que Podeley prob√≥ apenas. Las tacuaras taladradas por los tamb√ļs se hund√≠an, y al caer la tarde, la jangada hab√≠a descendido a una cuarta del nivel del agua.

Sobre el r√≠o salvaje, encajonado en los l√ļgubres murallones de bosque, desierto del m√°s remoto ¬°ay!, los dos hombres, sumergidos hasta la rodilla, derivaban girando sobre s√≠ mismos, detenidos un momento inm√≥viles ante un remolino, siguiendo de nuevo, sosteni√©ndose apenas sobre las tacuaras casi sueltas que se escapaban de sus pies, en una noche de tinta que no alcanzaban a romper sus ojos desesperados.

El agua lleg√°bales ya al pecho cuando tocaron tierra. ¬ŅD√≥nde? No sab√≠an‚Ķ un pajonal. Pero en la misma orilla quedaron inm√≥viles, tendidos de espaldas.

Ya deslumbraba el sol cuando despertaron. El pajonal se extendía veinte metros tierra adentro, sirviendo de litoral a río y bosque. A media cuadra al sur, el riacho Paranaí, que decidieron vadear cuando hubieran recuperado las fuerzas. Pero éstas no volvían tan rápidamente como era de desear, dado que los cogollos y gusanos de tacuara son tardos fortificantes. Y durante veinte horas la lluvia transformó al Paraná en aceite blanco, y al Paranaí en furiosa avenida. Todo imposible. Podeley se incorporó de pronto chorreando agua, apoyándose en el revólver para levantarse, y apuntó. Volaba de fiebre.

‚ÄĒ¬°Pas√°, a√Ī√°!‚Ķ

Cay√© vi√≥ que poco pod√≠a esperar de aquel delirio, y se inclin√≥ disimuladamente para alcanzar a su compa√Īero de un palo. Pero el otro insisti√≥:

‚ÄĒ¬°And√° al agua! ¬°Vos me trajiste! ¬°Bande√° el r√≠o!

Los dedos lívidos temblaban sobre el gatillo.

Cayé obedeció; dejóse llevar por la corriente, y desapareció tras el pajonal, al que pudo abordar con terrible esfuerzo.

Desde all√≠, y de atr√°s, acech√≥ a su compa√Īero, recogiendo el rev√≥lver ca√≠do; pero Podeley yac√≠a de nuevo de costado, con las rodillas recogidas hasta el pecho, bajo la lluvia incesante. Al aproximarse Cay√© alz√≥ la cabeza, y sin abrir casi los ojos, cegados por el agua, murmur√≥:

‚ÄĒCay√©‚Ķ caray‚Ķ Fr√≠o muy grande‚Ķ

Llovi√≥ a√ļn toda la noche sobre el moribundo, la lluvia blanca y sorda de los diluvios oto√Īales, hasta que a la madrugada Podeley qued√≥ inm√≥vil para siempre en su tumba de agua.

Y en el mismo pajonal, sitiado siete d√≠as por el bosque, el r√≠o y la lluvia, el mens√ļ agot√≥ las ra√≠ces y gusanos posible; perdi√≥ poco a poco sus fuerzas, hasta quedar sentado, muri√©ndose de fr√≠o y hambre, con los ojos fijos en el Paran√°.

El Silex, que pas√≥ por all√≠ al atardecer, recogi√≥ al mens√ļ ya casi moribundo. Su felicidad transform√≥se en terror, al darse cuenta al d√≠a siguiente de que el vapor remontaba el r√≠o.

‚ÄĒ¬°Por favor te pido!‚ÄĒllorique√≥ ante el capit√°n‚ÄĒ¬°No me bajen en
Puerto X! ¡Me van a matar!… ¡Te lo pido de veras!…

El Silex volvi√≥ a Posadas, llevando con √©l al mens√ļ empapado a√ļn en pesadillas nocturnas.

Pero a los diez minutos de bajar a tierra, estaba ya borracho, con nueva contrata, y se encaminaba tambaleando a comprar extractos.


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