Lawrence Lessing – Cultura libera un equilibrio fra anarchia e controllo, contro l’estremismo della proprietà intellettuale – PDF

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Miguel Hernandez – ASCENSIÓN DE LA ESCOBA – Coronad a la escoba de laurel, mirto, rosa

Coronad a la escoba de laurel, mirto, rosa.
Es el héroe entre aquellos que afrontan la basura.
Para librar del polvo sin vuelo cada cosa
bajó, porque era palma y azul, desde la altura.

Su ardor de espada joven y alegre no reposa.
Delgada de ansiedad, pureza, sol, bravura,
azucena que barre sobre la misma fosa,
es cada vez más alta, más cálida, más pura.

Nunca: la escoba nunca será crucificada,
porque la juventud propaga su esqueleto
que es una sola flauta muda, pero sonora.

Es una sola lengua sublime y acordada.
Y ante su aliento raudo se ausenta el polvo quieto.
Y asciende una palmera, columna hacia la aurora.

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Miguel Hernandez – Antes del odio – Beso soy, sombra con sombra

Beso soy, sombra con sombra.
Beso, dolor con dolor,
por haberme enamorado,
corazón sin corazón,
de las cosas, del aliento
sin sombra de la creación.
Sed con agua en la distancia,
pero sed alrededor.

Corazón en una copa
donde me lo bebo yo
y no se lo bebe nadie,
nadie sabe su sabor.
Odio, vida: ¡cuánto odio
sólo por amor!

No es posible acariciarte
con las manos que me dio
el fuego de más deseo,
el ansia de más ardor.
Varias alas, varios vuelos
abaten en ellas hoy
hierros que cercan las venas
y las muerden con rencor.
Por amor, vida, abatido,
pájaro sin remisión.
Sólo por amor odiado,
sólo por amor.

Amor, tu bóveda arriba
y no abajo siempre, amor,
sin otra luz que estas ansias,
sin otra iluminación.
Mírame aquí encadenado,
escupido, sin calor,
a los pies de la tiniebla
más súbita, más feroz,
comiendo pan y cuchillo
como buen trabajador
y a veces cuchillo sólo,
sólo por amor.

Todo lo que significa
golondrinas, ascensión,
claridad, anchura, aire,
decidido espacio, sol,
horizonte aleteante,
sepultado en un rincón.
Esperanza, mar, desierto,
sangre, monte rodador:
libertades de mi alma
clamorosas de pasión,
desfilando por mi cuerpo,
donde no se quedan, no,
pero donde se despliegan,
sólo por amor.

Porque dentro de la triste
guirnalda del eslabón,
del sabor a carcelero
constante, y a paredón,
y a precipicio en acecho,
alto, alegre, libre soy.
Alto, alegre, libre, libre,
sólo por amor.

No, no hay cárcel para el hombre.
No podrán atarme, no.
Este mundo de cadenas
me es pequeño y exterior.
¿Quién encierra una sonrisa?
¿Quién amuralla una voz?
A lo lejos tú, más sola
que la muerte, la una y yo.
A lo lejos tú, sintiendo
en tus brazos mi prisión,
en tus brazos donde late
la libertad de los dos.
Libre soy. Siénteme libre.
Sólo por amor.

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Miguel Hernandez – AL SOLDADO INTERNACIONAL CAÍDO EN ESPAÑA – Si hay hombres que contienen un alma sin fronteras

Si hay hombres que contienen un alma sin fronteras,
una esparcida frente de mundiales cabellos,
cubierta de horizontes, barcos y cordilleras,
con arena y con nieve, tú eres uno de aquellos.

Las patrias te llamaron con todas sus banderas,
que tu aliento llenara de movimientos bellos.
Quisiste apaciguar la sed de las panteras,
y flameaste henchido contra sus atropellos.

Con un sabor a todos los soles y los mares,
España te recoge porque en ella realices
tu majestad de árbol que abarca un continente.

A través de tus huesos irán los olivares
desplegando en la tierra sus más férreas raíces,
abrazando a los hombres universal, fielmente.

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Miguel Hernandez – Aceituneros – Andaluces de Jaén

Andaluces de Jaén,
aceituneros altivos,
decidme en el alma: ¿quién,
quién levantó los olivos?

No los levantó la nada,
ni el dinero, ni el señor,
sino la tierra callada,
el trabajo y el sudor.

Unidos al agua pura
y a los planetas unidos,
los tres dieron la hermosura
de los troncos retorcidos.

Levántate, olivo cano,
dijeron al pie del viento.
Y el olivo alzó una mano
poderosa de cimiento.

Andaluces de Jaén,
aceituneros altivos,
decidme en el alma: ¿quién
amamantó los olivos?

Vuestra sangre, vuestra vida,
no la del explotador
que se enriqueció en la herida
generosa del sudor.

No la del terrateniente
que os sepultó en la pobreza,
que os pisoteó la frente,
que os redujo la cabeza.

Árboles que vuestro afán
consagró al centro del día
eran principio de un pan
que sólo el otro comía.

¡Cuántos siglos de aceituna,
los pies y las manos presos,
sol a sol y luna a luna,
pesan sobre vuestros huesos!

Andaluces de Jaén,
aceituneros altivos,
pregunta mi alma: ¿de quién,
de quién son estos olivos?

Jaén, levántate brava
sobre tus piedras lunares,
no vayas a ser esclava
con todos tus olivares.

Dentro de la claridad
del aceite y sus aromas,
indican tu libertad
la libertad de tus lomas.

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Miguel Hernandez – A mi hiho – Te has negado a cerrar los ojos, muerto mío

Te has negado a cerrar los ojos, muerto mío,
abiertos ante el cielo como dos golondrinas:
su color coronado de junios, ya es rocío
alejándose a ciertas regiones matutinas.

Hoy, que es un día como bajo la tierra, oscuro,
como bajo la tiera, lluvioso, despoblado,
con la humedad sin sol de mi cuerpo futuro,
como bajo la tierra quiero haberte enterrado.

Desde que tú eres muerto no alientan las mañanas,
al fuego arrebatadas de tus ojos solares:
precipitado octubre contra nuestras ventanas,
diste paso al otoño y anocheció los mares.

Te ha devorado el sol, rival único y hondo
y la remota sombra que te lanzó encendido;
te empuja luz abajo llevándote hasta el fondo,
tragándote; y es como si no hubieras nacido.

Diez meses en la luz, redondeando el cielo,
sol muerto, anochecido, sepultado, eclipsado.
Sin pasar por el día se marchitó tu pelo;
atardeció tu carne con el alba en un lado.

El pájaro pregunta por ti, cuerpo al oriente,
carne naciente al alba y al júbilo precisa;
niño que sólo supo reír, tan largamente,
que sólo ciertas flores mueren con tu sonrisa.

Ausente, ausente, ausente como la golondrina,
ave estival que esquiva vivir al pie del hielo:
golondrina que a poco de abrir la pluma fina,
naufraga en las tijeras enemigas del vuelo.

Flor que no fue capaz de endurecer los dientes,
de llegar al más leve signo de la fiereza.
Vida como una hoja de labios incipientes,
hoja que se desliza cuando a sonar empieza.

Los consejos del mar de nada te han valido…
Vengo de dar a un tierno sol una puñalada,
de enterrar un pedazo de pan en el olvido,
de echar sobre unos ojos un puñado de nada.

Verde, rojo, moreno; verde, azul y dorado;
los latentes colores de la vida, los huertos,
el centro de las flores a tus pies destinado,
de oscuros negros tristes, de graves blancos yertos.

Mujer arrinconada: mira que ya es de día.
(¡Ay, ojos sin poniente por siempre en la alborada!)
Pero en tu vientre, pero en tus ojos, mujer mia,
la noche continúa cayendo desolada.

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Gustavo Adolfo Bécquer – Rima XLI – Tú eras el huracán, y yo la alta

Tú eras el huracán, y yo la alta
torre que desafía su poder.
¡Tenías que estrellarte o que abatirme…!
¡No pudo ser!

Tú eras el océano; y yo la enhiesta
roca que firme aguarda su vaivén.
¡Tenías que romperte o que arrancarme…!
¡No pudo ser!

Hermosa tú, yo altivo; acostumbrados
uno a arrollar, el otro a no ceder;
la senda estrecha, inevitable el choque…
¡No pudo ser!

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JAkob e Wilhelm Grimm – Antonio Gramsci – Mignolino

C’era una volta un contadino che una sera sedeva vicino al focolare e attizzava il fuoco mentre la moglie accanto a lui filava. Disse il contadino: «Come è triste non avere bambini! È così tranquilla la nostra casa, mentre nelle altre case si grida e c’è allegria!».
«Sì – rispose la moglie, e sospirò, – avessi anche un solo bambino e fosse anche piccolo come il dito mignolo, come sarei contenta; lo ameremmo di tutto cuore».
Ora avvenne che la moglie si ammalò e dopo sette mesi ebbe un figlio, che in tutte le membra era perfettissimo, ma non era più alto del dito mignolo. Allora dissero:
«È proprio come lo abbiamo desiderato, e sarà il nostro caro bambino».
E per la sua statura gli dettero il nome di Mignolino.
I genitori non gli lasciarono mai mancare il cibo, ma il bambino non diventò più grande: rimase sempre come era stato alla nascita; però aveva gli occhietti intelligenti e presto si mostrò una cosettina furba e agile.
Il contadino un giorno si preparava a recarsi nella foresta per tagliare legna dicendo fra sé: «Se ci fosse uno che più tardi mi raggiungesse col carro!».
«Oh, papà – gridò Mignolino, – il carro te lo porterò io, sta’ tranquillo; giungerà nella foresta al tempo giusto».
L’uomo rise e disse: «Come sarebbe possibile? Tu sei troppo piccolo per guidare il cavallo con la briglia».
«Non fa nulla papà, purché la mamma attacchi il cavallo; io mi siederò sul suo orecchio e gli griderò dove deve andare».
«Ebbene – rispose il padre, – per una volta proviamo».
Quando giunse l’ora, la mamma attaccò il carro e pose Mignolino a sedere sull’orecchio del cavallo; il piccolo gridava affinché la bestia andasse per la sua strada: «Iup, arri su, su!».
Tutto andò benissimo, come con un buon cocchiere, e il carro seguì diritto la strada verso la foresta. Accadde che, mentre ad una curva il piccolo gridava «arri, arri», due forestieri passassero di là.
«Perbacco – disse uno, – che cos’è questo? Passa un carro, un carrettiere grida al cavallo e non si vede nessuno!».
«Non mi pare una cosa naturale – disse l’altro, – seguiamo il carro e vediamo dove si ferma».
Intanto il carro avanzava in piena foresta e andava dritto al punto dove si tagliava la legna. Appena Mignolino vide suo padre gli gridò: «Vedi, babbo, che sono arrivato col carro? Adesso mettimi a terra».
Il padre prese il cavallo con la sinistra e con la destra tolse dall’orecchio il suo figliolino che, tutto allegro, si sedette su uno stelo di paglia.
Quando i due forestieri videro Mignolino non seppero cosa dire per lo stupore. Uno prese a parte l’altro e disse: «Senti, l’omino può fare la nostra fortuna, se noi lo faremo vedere a pagamento in una grande città: compriamolo!». Andarono dal contadino e gli dissero: «Vendeteci l’omino; con noi starà bene».
«No – rispose il padre, – è il mio prediletto, e non lo vendo per tutto l’oro del mondo».
Ma Mignolino, quando sentì dell’affare, si arrampicò sulle pieghe dell’abito del padre, sedette sulla sua spalla e gli bisbigliò all’orecchio: «Babbo, vendimi pure; io tornerò lo stesso a casa».
Così il padre lo cedette per una bella moneta d’oro ai due forestieri. «Dove vuoi metterti?», gli dissero questi. «Per piacere, mettetemi sulla falda del vostro cappello, così potrò passeggiare su e giù e guardare il paesaggio; e non cadrò giù, state certi».
Fecero come voleva e dopo che Mignolino ebbe preso congedo da suo padre, partirono. Camminarono fino al crepuscolo, e il piccolo disse: «Mettetemi a terra, ho un bisogno».
«Rimani pure lassù – disse il forestiero sul cui cappello egli stava, – non mi arrabbierò; anche gli uccelli qualche volta mi fanno cadere qualcosa addosso».
«No – disse Mignolino, – io so cos’è la decenza; mettetemi subito a terra».
Il forestiero si tolse il cappello e depose il piccolo su un campo lungo la strada; questi scappò di corsa e strisciò un poco tra le zolle qua e là, poi all’improvviso guizzò in una tana di topi.
«Buona sera miei signori, andate pure a casa senza di me», gridò loro prendendoli in giro.
I due corsero da quella parte e col bastone frugarono nella tana, ma fu fatica sprecata; Mignolino strisciava sempre più in fondo e così quelli, stizziti e con la borsa alleggerita, dovettero tornarsene a casa.
Quando Mignolino capì che si erano allontanati, strisciò fuori dal corridoio sotterraneo. «È così pericoloso andare al buio per i campi – disse, – uno si può rompere il collo o una gamba!».
Per fortuna urtò in un guscio vuoto di lumaca. «Grazie al cielo – disse – posso passare la notte al sicuro qui dentro», e vi si accomodò.
Quando stava per addormentarsi, sentì che due uomini gli passarono vicino, e uno diceva: «Come possiamo fare per portar via al ricco parroco il suo oro e il suo argento?».
«Ve lo posso dire io», lo interruppe Mignolino.
«Chi c’è là – disse uno dei ladri spaventato, – ho sentito qualcuno che parlava». E si fermarono poiché Mignolino aveva ripreso a dire: «Portatemi con voi, e vi aiuterò».
«Ma tu dove sei?».
«Cercate per terra e fate attenzione da dove viene la voce», rispose. I ladri lo trovarono finalmente e lo sollevarono. «O bricconcello, come ci puoi aiutare?», dissero.
«È semplice – rispose, – io scivolo tra le sbarre di ferro nella stanza del parroco e vi porgo fuori quel che volete avere».
«Benissimo – dissero i ladri, – vediamo ciò che puoi fare».
Appena giunsero alla casa del parroco, Mignolino scivolò nella stanza, ma si mise a gridare con tutte le forze che aveva in corpo: «Volete tutto quello che c’è?».
I ladri si spaventarono e dissero: «Parla piano, ché sveglierai qualcuno».
Ma Mignolino finse di non capire e gridò nuovamente: «Che cosa volete? Volete tutto quello che c’è?».
La cuoca, che dormiva nella stanza vicina, udì, si rizzò nel letto e ascoltò. Ma i ladri per lo spavento erano corsi indietro per un tratto di strada; finalmente ripresero coraggio e pensarono: «Il bricconcello si vuol far beffe di noi». Ritornarono indietro e gli sussurrarono: «Fa’ dunque sul serio e porgici qualcosa». Mignolino gridò ancora più forte: «Vi darò tutto, allungate le mani».
La domestica che ascoltava sentì chiaramente queste parole, saltò dal letto e inciampò nella porta. I ladri scapparono di corsa come se fossero inseguiti da un cacciatore feroce; la domestica, intanto, non avendo potuto vedere nulla, andò ad accendere un lume.
Mentre ella si avvicinava, Mignolino, senza esser visto, se ne andò nel fienile. La domestica, dopo aver cercato in tutti gli angoli e non aver trovato nulla, finalmente si rimise a letto persuasa di aver solo sognato a occhi e orecchie aperti.
Mignolino intanto era scivolato tra gli steli di fieno e aveva trovato un bellissimo posto per dormire; voleva riposare fino al mattino e poi ritornare a casa dai suoi genitori. Ma doveva passare per ben altre avventure!
Appena spuntò il giorno, la domestica si levò dal letto per dare da mangiare alle bestie. Per prima cosa si diresse verso il fienile, dove prese una bracciata di fieno, proprio di quello dove giaceva il povero Mignolino; che dormiva così profondamente che non si accorse di nulla e si svegliò solo quando era già nella bocca della vacca che l’aveva ingoiato insieme al fieno.
«Perbacco – gridò, – sono capitato in una gualchiera!(3)».
Ma subito capì dove si trovava. Fece attenzione di non capitare fra i denti ed essere stritolato e quindi scivolò col fieno nello stomaco.
Nella stanzetta hanno dimenticato la finestra – disse – e non vi entra il sole; e neanche c’è un lume». Insomma, l’appartamento non gli piaceva per nulla, e ciò che era peggio è che dalla porta entrava sempre altro fieno masticato e il posto diventava sempre più stretto. Infine, preso dall’angoscia, si mise a gridare con la voce più alta possibile: «Non datemi più altro fieno, non datemi più altro fieno».
La domestica stava mungendo la mucca; quando sentì parlare senza veder nessuno, e si accorse che era la stessa voce che aveva sentito nella notte, si spaventò tanto che cadde dallo sgabello e rovesciò il latte. In gran fretta corse dal padrone e gridò: «Dio mio, signor parroco, la mucca ha parlato».
«Tu sei matta», rispose il parroco, tuttavia andò egli stesso nella stalla a vedere che cosa succedeva. Vi aveva appena messo piede che Mignolino riprese a gridare: «Non datemi altro fieno, non datemi altro fieno».
Anche il parroco si spaventò; pensò che uno spirito folletto possedesse la mucca e ordinò di ucciderla. Essa fu macellata e lo stomaco, dove era finito Mignolino, fu buttato nella concimaia.
Mignolino durò una grande fatica per farsi largo perché era andato molto in fondo per trovar posto, ma proprio quando stava sporgendo fuori la testa, capitò una nuova disgrazia.
Era accorso un lupo affamato che inghiottì in un sol boccone l’intero stomaco della mucca.
Mignolino non si perdette di coraggio. «Forse – pensò – il lupo permetterà che gli parli», e dalla pancia gli gridò: «Caro lupo, conosco una magnifica ghiottoneria per te».
«Dove si può andare a prenderla?», disse il lupo.
«In una casa così e così; tu puoi entrare dall’acquaio e troverai focacce, lardo, salsicce tante quante potrai mangiarne», e gli descrisse esattamente la casa del padre.
Il lupo non se lo fece dire due volte: nella notte si introdusse attraverso l’acquaio e mangiò nella dispensa a piacimento. Quando si fu rimpinzato, volle uscire, ma era diventato così gonfio che non poteva più passare per la stessa via.
Mignolino aveva calcolato proprio su questo e allora cominciò a fare un fracasso spaventoso nella pancia del lupo; gridava e imperversava per quanto poteva.
«Vuoi star zitto – disse il lupo, – sveglierai la gente!».
«Ebbene – rispose il piccolo – tu hai mangiato a sazietà e anch’io voglio rallegrarmi», e ricominciò a gridare con tutte le sue forze.
Così finalmente si svegliarono suo padre e sua madre che corsero a guardare da una fessura della porta. Come videro che vi era un lupo, scapparono via; l’uomo prese la scure e la donna la falce.
«Rimani là dietro – disse l’uomo entrando nella stanza, – se io gli darò un colpo e non sarà ancora morto, allora tu lo colpirai e lo farai a pezzi».
Mignolino udì la voce del padre e gridò: «Caro babbo, sono qui, sono nella pancia del lupo».
Pieno di gioia il padre disse: «Dio sia lodato, abbiamo ritrovato il nostro caro figlio», e ordinò alla moglie di portar via la falce per non far del male a Mignolino. Prese quindi lo slancio, e dette un tale colpo sulla testa del lupo, che questi cadde stecchito. Presero quindi il coltello e le forbici, gli squarciarono la pancia e ne cavarono il piccolo.
«Ah, – disse il padre, – quanti dispiaceri abbiamo passato per te!».
«Sì, padre, ho molto girato per il mondo; grazie a Dio posso di nuovo respirare l’aria fresca!».
«Dove sei stato?».
«Oh, padre, sono stato in una tana di topi, nella pancia di una vacca e nel ventre di un lupo; adesso rimarrò con voi».
«E non ti venderemo più per tutte le ricchezze del mondo», dissero i genitori, stringendosi al cuore e baciando il loro caro Mignolino.
Gli dettero da mangiare e da bere e gli fecero fare dei nuovi vestiti, perché quelli che aveva si erano ridotti male durante il viaggio.

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Jakob e Wilhelm Grimm – Antonio Gramsci – I quattro musicanti di Brema

Un uomo aveva un asino che per lunghi anni aveva portato senza stancarsi i sacchi al mulino; ma le forze gli vennero meno e diventava sempre più inetto al lavoro. Il padrone pensò di utilizzarne la pelle, ma l’asino capì che non soffiava buon vento, scappò via e prese la strada verso Brema: là, pensava, avrebbe potuto suonare nella banda cittadina.
Aveva fatto un tratto di strada, quando vide un cane da caccia sdraiato sulla strada, che ansimava come se avesse corso troppo.
«Perché ti lamenti così, Denti lunghi?», domandò l’asino.
«Ahimè – disse il cane, – perché sono vecchio e divento ogni giorno più debole e anche alla caccia non posso più correre; il mio padrone mi voleva ammazzare, ho dovuto battere le calcagna: ma ora come potrò guadagnarmi il pane?».
«Sai che cosa devi fare? – disse l’asino. – Io vado a Brema e diventerò musicante nella banda cittadina; vieni con me e fatti accettare anche tu. Io suonerò il liuto e tu la batteria e il tamburo».
Il cane fu contento e i due continuarono insieme la strada.
Non molto lontano, trovarono un gatto seduto sull’orlo della strada; era irsuto come dopo tre giorni di pioggia.
«Orsù, che cosa ti è andato di traverso, vecchio barbiere?», disse l’asino.
«Chi può essere allegro quando lo si vuole strozzare? – rispose il gatto. – Poiché sono vecchio, i miei denti si sono spuntati e sto dietro la stufa a far le fusa invece di dar la caccia ai topi. La mia padrona mi voleva annegare; è vero che sono riuscito a scappare, ma ora sono in un bell’imbroglio: dove posso andare?».
«Vieni con noi a Brema; tu te ne intendi di serenate e puoi diventare un musicante nella banda cittadina».
Il gatto trovò buona la proposta e andò con loro.
Poco dopo i tre viandanti passarono vicino a un cortile sulla cui porta era appollaiato un gallo che strillava con tutte le forze del corpo.
«Strilli da trafiggere il cuore – disse l’asino. – Quale pena ti affligge?».
«Devo annunciare il bel tempo – disse il gallo – perché è l’onomastico della nostra padrona; ella ha lavato la camicina del bambino Gesù e vuole farla asciugare; ma poiché domani, domenica, vengono degli ospiti, la padrona di casa, senza pietà, ha detto alla cuoca che mi vuol mangiare a lesso e così stasera mi dovrò lasciar tagliare la testa. Perciò grido a squarciagola, fino a quando lo posso ancora».
«Ahitè, povera testa rossa – disse l’asino, – vieni piuttosto con noi. Noi andiamo a Brema e tu troverai qualcosa di meglio della morte: hai una bella voce, e quando faremo della musica insieme, avremo una professione rispettabile».
La proposta piacque al gallo e tutti e quattro insieme ripresero la strada.
Ma non poterono raggiungere in giornata la città di Brema e la sera entrarono in una foresta dove decisero di pernottare.
L’asino e il cane si sdraiarono sotto un grande albero, il gatto e il gallo si posarono sui rami; il gallo poi volò fin sulla cima dove si trovava più al sicuro.
Prima di addormentarsi, guardò ancora in tutte le direzioni e vide in lontananza splendere un lumicino; gridò ai suoi colleghi che non lontano doveva esserci una casa perché si vedeva una luce.
L’asino disse: «Dobbiamo alzarci e andare avanti, perché in questo albergo si sta molto male».
Il cane pensò che un paio di ossa con un po’ di carne attaccata gli avrebbero giovato assai. E così si rimisero in cammino nella direzione della luce; la videro brillare e divenire sempre più grande, finché giunsero a una casa di briganti tutta illuminata.
L’asino, che era il più alto, si avvicinò alla finestra e dette una sbirciatina dentro. «Che cosa vedi Grigione?», domandò il gallo. «Cosa vedo? – rispose l’asino. – Una tavola imbandita con bellissime cose da mangiare e da bere e i briganti che siedono intorno e banchettano».
«Sarebbe proprio quel che fa per noi», disse il gallo. «Sì, sì, potessimo esserci noi!», disse l’asino.
Le bestie si accordarono e finalmente trovarono un modo per cacciar via i briganti.
L’asino posò le zampe anteriori sulla finestra, il cane salì sulle spalle dell’asino, il gatto si arrampicò sul cane e finalmente il gallo volò in alto e si posò sulla testa del gatto. Appena fatto ciò, cominciarono tutti insieme, ad un segnale, ad eseguire il loro concerto: l’asino ragliò fragorosamente, il cane abbaiò, il gatto miagolò e il gallo lanciò i suoi potenti chicchirichì; quindi si precipitarono nella stanza attraverso la finestra, facendo tintinnare i vetri.
I briganti trasalirono all’orrendo fracasso; non pensarono ad altro se non che un fantasma era entrato dentro e fuggirono spaventatissimi nella foresta. Allora i quattro amici si sedettero a tavola, si accontentarono di ciò che era rimasto e mangiarono tanto come se fossero digiuni da quattro settimane.
Quando i quattro suonatori ebbero finito, spensero il lume e cercarono un luogo per dormire, ognuno secondo la propria natura.
L’asino si sdraiò sullo strame, il cane dietro la porta, il gatto sul focolare vicino alla cenere calda e il gallo sulla trave maestra. E si addormentarono subito perché erano stanchi del lungo viaggio.
Quando scoccò la mezzanotte e i briganti videro da lontano che in casa non c’era più il lume acceso e tutto sembrava tranquillo, il capitano disse: «Non permetteremo più che ci si cacci di casa, per il corno di un caprone!», e mandò avanti uno per esplorare la casa.
L’inviato trovò tutto tranquillo, andò in cucina per accendere un lume e poiché gli occhi scintillanti come carboni accesi del gatto gli sembravano veramente carboni accesi, vi avvicinò uno zolfanello perché prendesse fuoco. Ma il gatto non capì lo scherzo e gli saltò sulla faccia soffiando e graffiando. Egli si spaventò terribilmente e volle uscire dalla porta di dietro, ma il cane che giaceva lì lo morse alla gamba; e mentre il brigante, attraverso il cortile, correva vicino alla concimaia, l’asino gli vibrò un vigoroso calcio con la zampa posteriore.
Intanto il gallo, che dal rumore era stato distolto dal sonno e si era destato, dalla trave cacciò un potente chicchirichì.
Il brigante corse come meglio poté dal suo capo e disse: «Ahimè, nella casa si è stabilita una orrenda strega, che mi ha soffiato in faccia e con le sue lunghe dita mi ha graffiato; dinanzi alla porta stava un uomo con un coltello che mi ha pugnalato la gamba e nel cortile era sdraiato un mostro nero che mi ha bastonato con un mazza, e sopra il tetto c’era il giudice che gridava: – Consegnatemi quel briccone! -. Sono riuscito a stento a scappare».
Da allora i briganti non osarono più avvicinarsi alla casa, mentre i quattro musicanti di Brema vi si trovarono così bene che non vollero più lasciarla.

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